XVIII EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS
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EL rey se precipitó en su cámara, y se arrojó á los brazos de un hombre, que con la misma efusión le salió al encuentro; era al anciano conde de Salisbury.
—¡Oh! ¡por San Jorge! gritó el rey; he de perpetuar la memoria de este día en un monumento; ha sido muy feliz para mí.
—Y aun puede serlo más, señor, porque podéis cumplir la última voluntad de vuestro padre.
—¡Oh! sí, la cumpliré, dijo el rey; pero estoy impaciente por conocer tu historia, milord: te escucho.
Salisbury refirió al rey lo que ya había referido á su hija; Corazón-de-León escuchaba absorto la relación de los infortunios que su lealtad había arrojado sobre el buen caballero.
—Y bien, Salisbury; los degollaré, los ahorcaré, los quemaré, los exterminaré. ¡Mi madre! ¡oh! ¡mi madre me ha vendido también! la encerraré en un convento; mandaré descuartizar á Artus de Bretaña, y si mi hermano Juan abusa de su posición, ¡por San Huberto! no le ha de valer dos veces ser mi hermano.
—Al contrario, señor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los patíbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece al partido perseguido.
—¡Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos, triplicaremos, centuplicaremos el número de los patíbulos.
—Tened en cuenta, señor, que todo vuestro poder no os librará de un golpe traidor.
—Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la espalda. Pero pensemos en tí. ¿De qué modo te puede mostrar tu agradecimiento el rey? Ayuda á mi deseo, pídeme, exígeme... ¡Por San Jorge! te daría la mitad de mi corona.
—¡ Oh! señor, guardadla; pero no por eso dejaré de pediros una gracia.
—Concedida, sea cual fuere.
—Meditad, señor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un enlace en que vuestra sangre se uniría á la mía.
—¡Oh! conde; ¿has pensado unirte á mi hermana Matilde? Sea. Seremos hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el príncipe Malek-Adel está roto, y ella es libre. Se lo rogaré; se lo mandaré. Será tu esposa.
—¡Ah, señor! contestó Salisbury sonriendo á la interpretación del rey; ¿ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta años?
—Entonces, añadió el rey vacilando, querrás unir tu hermosa hija con un hombre á quien haría pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz. ¡Rayos de Dios! valiera más entregarla á Satanás en persona, milord.
El conde miró fijamente al rey.
—¿Sabéis de quién hablo? le preguntó.
—Si ha de unirse tu sangre á la mía, ¿cómo puede ser sino enlazando á lady Ester con el príncipe Juan?
—¡Ah! ¡señor! ¡nunca! murmuró con desdén Salisbury.
—Pues no comprendo...
—Existe un hombre que ama á Ester, y que es amado de ella. Ese hombre es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.
—¿Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano de armas? preguntó el rey con extrañeza.
—Entended, señor, que Espada-larga tiene derecho á que le nombren, como á vos, Ricardo Plantagenet.
—¿Y qué abona ese derecho?
—Esta cédula, contestó Salisbury sacando de entre sus ropas un pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la época de su fecha, y muerto después por orden de Enrique en la Torre del Traidor, que desde entonces tomó el nombre, que aun conserva, de Santo Tomás.
El rey pasó rápidamente la vista sobre el pergamino, del que pendía el gran sello de Inglaterra.
En él, Enrique II reconocía por hijos naturales, autorizándolos para llevar su blasón en la corte y en el campo, debiendo poner en él barras de bastardía á Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejábales por herencia el palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen puestos en posesión de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su origen hasta que cumpliesen los veinticinco años. El depositario de este secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.
El documento era autógrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de Inglaterra, auténticos. No había lugar á la duda; pero el asombro estaba pintado en la mirada de Corazón-de-León, que releía el pergamino.
—Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es enteramente nuevo para mí. Pero sin embargo, me colma de placer. ¡Pluguiera á Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet sucedería á otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento está unido á una historia terrible.
—Muy terrible, señor; pero me abstendré de referirla á vuestra gracia, porque en ella me sería forzoso pintar á vuestra madre de una manera odiosa, junto á lady Rosmunda, que era un ángel.
—¿Qué me podrás decir que yo no sepa? ¿Ignoro acaso que las locuras, y aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron á repudiarla á Luis VII de Francia? ¿Que mi padre fué bastante débil para unirse á ella por razones de Estado, y que ha sido una cosa extraña que haya nacido de ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan y yo somos tres retoños malditos? ¡Oh! todo lo sé, mi buen Salisbury; pero la historia de esa Rosmunda es para mí poco clara. Necesito saber lo que concierne á mis hermanos antes de reconocerlos.
—Si así lo queréis, señor, oiréis una historia muy triste.
—¡Oh! no importa; te escucho.
—Vuestro padre, señor, sólo contaba veinte años cuando fué coronado en 1154; era un bizarro caballero, y partió, como vos, á Palestina. Dos años después, á despecho de su Consejo y de sus amigos, se unió á vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II, niño aún, no podía amar, ni amaba á Eleonora, que nunca fué hermosa, y que sólo tenía en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de su carácter. Eleonora aventajaba trece años en edad al rey, y éste, enamorado é impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella había hecho sufrir á Luis VII. Celosa hasta el frenesí, amando hasta la locura á vuestro padre, de carácter iracundo y altivo, se hizo para él insoportable. Doce años transcurrieron después de su matrimonio en continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia del rey con pretexto de caza ó guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas expediciones; yo acompañaba al rey; el punto de partida era Wootstock. En la última jornada nos sorprendió la noche junto al castillo de Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que salió al encuentro del rey y le rogó le honrase hospedándose en su castillo. Aquella noche conoció el rey á la desgraciada Rosmunda: era una joven de dieciocho años, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso aún no he podido olvidar. Figuráos, señor, una frente pálida, tersa, majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos ojos azules de mirada diáfana, poderosa, en que se retrataba la paz de un alma purísima y tranquila; añadid á esto un cuerpo esbelto, de soberbias formas, de continente de reina y aéreo y vagoroso como el de un ángel; una imaginación entusiasta y un tesoro de amor en el corazón, y tendréis una pequeña idea de Rosmunda. El rey era como vos á los treinta y cuatro años; prendóse de Rosmunda y Rosmunda de él; lord Walter Chifford cerró los ojos á su honor y los abrió á su ambición. Algunos días después, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construyó para ella el palacio y el célebre laberinto de Wootstock. Allí nacieron un año después Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos á su lado en la corte, y me los entregó; yo los expuse en Westminster y me oculté tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los recogiese más que el rey, que con algunos caballeros debía pasar como al acaso; pero os anticipásteis vos; volvíais de San James de una cita amorosa, y oísteis el débil baguido de los niños; llegasteis á ellos, y los contemplásteis un momento conmovido, yo os conocí á la luz del alba y os dejé hacer; tomásteis los pobres gemelos bajo la capa, y partísteis; yo os seguí: fuísteis con ellos á Withe-Tower, residencia entonces del rey, y le entregásteis los niños cuando se preparaba á ir á buscarlos: el misterio envolvió de una manera impenetrable su origen. Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que sentía por su madre; y cuando Eleonora logró introducirse en Wootstock-Bower y asesinó celosa á Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron límites; si vuestro padre viviera, aun estaría encarcelada vuestra madre. Ahora, señor, que conocéis la historia de Ricardo, que sabéis que debe llevar vuestro nombre, ¿consentís en su unión con lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury?
—Te hubiera dado mi hermana Matilde, ¿cómo, pues, negarme al enlace de Espada-larga con tu hija?
—¡Oh, señor! exclamó el anciano arrojándose á los pies del rey.
—Levanta, leal vasallo. Mañana quiero ver á tu hija; y ya que conoces los secretos de mi padre, busca á otra hermana mía que se nombra Ketti.
—Han venido conmigo, señor.
—Que entren, dijo el rey; ve por ellas.
Salisbury salió.
—¡Por San Dustan! exclamó el rey; si mi padre hubiera vivido diez años más... ¡Oh! ¿quién sabe dónde hubiéramos llegado? El buen anciano no quiso privarme del consuelo de la fraternidad. ¡Rabo del diablo! una hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por añadidura. En cambio yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.
Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entró con Ester y Ketti. La primera saludó con nobleza y gracia al rey, felicitándole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y trémula de miedo, á pocos pasos de la puerta.
Ricardo la miró de alto á bajo; después dijo á Salisbury en un tono que sólo pudo ser oído por él:
—¿Estás seguro de que es ella?
—Miradla bien, señor, contestó en el mismo tono el conde; es una semejanza perfecta de vuestra hermana Matilde.
—Adelante, niña, la dijo el rey; ¿sabes quién soy yo?
—¡Ah, señor! tartamudeó Ketti arrojándose á sus pies, con los ojos bañados de lágrimas.
—¿Sabéis, Salisbury, dijo el rey levantando á la niña y sellando un beso en su frente, que es lo más bello de mi familia?
Ketti se sonrojó, y se separó suavemente del rey.
—¿Y dónde está milord Espada-larga? preguntó el rey. ¡Ola, Nortumberland!
Nortumberland apareció á la puerta.
—Haced que entre mi hermano de armas.
—Aquí estoy, señor, dijo adelantándose Espada-larga.
Nortumberland permaneció á la puerta.
—¿Qué edad tenéis, milord? preguntó Corazón-de-León á Espada-larga.
—Veinticinco años, señor.
—Hincad una rodilla en tierra, milord, y leed.
Espada-larga dobló una rodilla, y empezó á leer en voz alta la cédula de Enrique II, que le había entregado el rey; cuando llegó á su nombre, su voz, antes segura, tembló.
—Esto no puede ser, señor; exclamó Espada-larga, fijando en el rey una mirada profunda.
—Y sin embargo, milord, contestó el rey, yo, Ricardo Plantagenet, hijo legítimo de su alteza Enrique II de Inglaterra, rey por muerte de nuestro padre del mismo reino, os reconocemos á vos, Ricardo Plantagenet, marqués de Tiro, conde de Chifford, como hijo bastardo de nuestro padre, y de lady Rosmunda, condesa de Chifford, alzad.
Espada-larga se levantó aturdido. El rey le abrazó y le besó en la mejilla.
—Y porque sabemos, añadió el rey, que es vuestro deseo tomar por mujer á lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury, tenemos á bien concederos nuestra licencia, y señalar vuestras bodas en un plazo de tercero día.
Ester dió un grito de placer, pero se contuvo. Vió á Ketti trémula, pálida, apoyarse en la mesa, y vacilar. Espada-larga se contuvo también por la misma causa.
—Milord, continuó el rey, dirigiéndose á Espada-larga, haréis que se nos presente nuestro hermano Godofredo Plantagenet.
Espada-larga palideció, acercóse al rey y le dijo en voz baja:
—Godofredo es ejecutor de la torre.
Ricardo Corazón-de-León lanzó un voto horroroso, y golpeó el pavimento con el pie.
En aquel momento la puerta se abrió, y Godofredo se presentó en ella mostrando una cabeza cortada; había pasado la hora prefijada por el rey, y venía á cumplir su deber.
—Señor, dijo, sin pasar de la puerta, é hincado una rodilla en tierra; esta es la cabeza de Adam Wast, ejecutado por traidor.
Ketti dió un grito, y cayó desmayada; Ester sintió circular por sus venas el frió del horror, y Corazón-de-León fijó los ojos en Godofredo, como hubiera podido fijarlos en la esfinge.
—¡Id! ¡id! dijo el rey después de un momento de estupor á Espada-larga; decidle que es nuestro hermano, que deje ese traje y que se nos presente hoy.
Espada-larga salió.
—Y tú, Salisbury, hasta luego. Quiero dar sus dos horas á mi sueño.
Salisbury, Ester y Ketti salieron.
El rey se arrojó maldiciendo, y sin despojarse de la armadura, en el lecho. Cubrióse con la piel de tigre, y un momento después dormía.

