IV DE LO QUE ENCONTRÓ DIK CUANDO MENOS LO ESPERABA
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DIK permaneció en el respiradero con la mirada fija en la ventana vecina, donde brillaba el reflejo de la luz. Mucho debía interesarle, puesto que inmóvil, atento, reconcentraba en ella toda su atención, cual si pretendiese penetrar al través de sus paredes lo que acontecía en su interior.
Un momento después se separó del respiradero. Su mirada recorrió el estrecho recinto del sótano, y vió en la oscuridad de uno de sus lóbregos ángulos, un cántaro. Fué á él, lavóse el rostro y las manos de la sangre que los manchaba, y arrojando su gabán de montero, se vistió el traje de seda y oro que su hermano había dejado abandonado sobre su lecho de paja. Cuando estuvo completamente vestido, se ciñó la espada, y apareció un caballero gentil, si bien atezado, de manos membrudas, cosa en aquella época muy común entre los caballeros de mayor alcurnia, cortesanos con poca frecuencia, hombres de armas y caza siempre. Sirviéronle sus manos de peine, y sobre su larga cabellera se ciñó un gorro compañero del traje.
Era éste una túnica talar de anchos pliegues y mangas perdidas, sujeta por un cinturón del mismo género, del que pendía la espada; debajo de esta especie de sobrevesta se veía un jubón de manga estrecha ciñendo los brazos, y un pantalón de seda encarnado aparecía en la extremidad de las piernas, ceñidas en su principio hasta el tobillo por unos botines de gamuza. El deslumbre del traje que vestía Dik, desdecía de una manera enérgica del aspecto del sótano de la horca.
El joven se colocó de nuevo en el respiradero, y fijó su mirada en la ventana de la casa vecina. Un silencio profundo reinaba en la plaza del Mercado, silencio interrumpido á veces por el chirrido de alguna carreta que acompañaba algún hombre con paso lento y forzado, ó por los pasos acompasados de alguna ronda de archeros. Los archeros se apartaban cuidadosamente de la carreta, porque su carga eran cadáveres apestados. Después de estos ruidos transitorios, el silencio volvía á invadir la desierta plaza.
Una voz que cantaba dentro de la casa en que Dik fijaba su mirada, vino á interrumpir de nuevo el silencio; era una voz dulce, simpática, melancólica; cantaba una balada de triste y lánguida armonía, cuya traducción hubiera podido ser:
«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las aldeas de mi país; no eres tan hermosa, orgullosa ciudad de Londres.»
«Las almenas de tus torres están envueltas por la niebla; las cabañas de mi país se recortan sobre un cielo azul, velado por blancas nubecillas.»
«¡Londres! ¡Londres! tú eres sombrío como un cementerio; mi valle es alegre como un jardín.»
«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las aldeas de mi país.»
La voz calló, y el oído de Dik devoró hambriento sus últimas vibraciones. Hacía algún tiempo que había cesado el canto, y aún le parecía escucharlo.
Un momento después la luz desapareció de la ventana, é inmediatamente la puerta colocada bajo ella se abrió, y salieron dos mujeres. La una llevaba un lío en la mano, y era joven; la otra una lámpara de hierro, y era vieja. La vieja cerró; la joven se deslizó por la solitaria plaza, y pasó muy cerca del respiradero donde observaba Dik, que escuchó el crujido de un traje y el són de unas ligeras pisadas.
De un salto se puso Dik fuera del subterráneo, y empezó á seguir á la mujer.
La oscuridad era densísima, nada se veía á algunos pasos de distancia, y el leve rumor de los pasos de la mujer era lo único que servía á Dik para no perder la pista.
La joven atravesó la plaza, se deslizó por el cuartel del Temple y se dirigió á San James, sin duda reparó en que la seguían, puesto que se detuvo á la entrada del cuartel, residencia de la alta nobleza. Dik adelantó, y se detuvo junto á ella.
—¿Quién eres? preguntó la niña con una voz argentina.
—¡Quién soy yo!... ¿qué te importa? contestó trabajosamente Dik, mientras su sangre circulaba con una rapidez terrible. ¿Dónde vas, Ketti?
Un grito débil, involuntario, salió de los labios de la joven, y Ricardo la sintió asida de su cuello, sintió los latidos del seno de aquella mujer; la oyó decir con acento indescribible:
—¡Dik!...
La joven no dijo más, dobló su cabeza sobre el pecho del joven, y empezó á llorar entre sollozos.
—Aparta, la dijo Dik separándola dulcemente; no es en mis brazos donde debo recibirte. Me has hecho traición.
—No, no, me engañaron, contestó la joven llorando; ¡te creí muerto!...
—Es decir...
—Que estoy casada.
—Bien, dijo Dik; es necesario que nos alejemos de aquí. Podría encontrarnos una ronda. Necesitamos hablar despacio, y es preciso que me conduzcas á cualquier parte. Yo no conozco á nadie en Londres. ¿A dónde vas?
—Al palacio de lady Ester...
—¡Lady Ester!... exclamó con extrañeza Dik: ¿qué tienes tú de común con lady Ester?
—Coso sus trajes, y le llevo uno para el baile que da esta noche Juan-sin-tierra á los nobles de Whitehall.
—Y bien...
—Ven conmigo, la diré que eres mi Dik; todo lo sabe, porque es buena, y la he contado mis penas. Ella, que es fuerte y poderosa, nos protegerá, Dik.
La joven se asió del brazo de Dik, que se dejó conducir. Al doblar la esquina próxima, un vivo resplandor se dejó ver adelantando hacia ellos. El primer movimiento de entrambos fué mirarse, sin pensar en inquirir la causa de aquel resplandor: la joven era hermosísima, y en sus ojos, grandes y melancólicos, se pintó una expresión de asombro al ver el magnífico traje de Dik, deslumbrante al resplandor que cada vez se acercaba más.
—¡Ah! ¡Dik, dijo con tristeza Ketti, eres un gran señor!
—Silencio, dijo Dik.
El resplandor se había detenido; le producían dos hachones conducidos por archeros que precedían á dos trompeteros y un heraldo á caballo. Dik y Ketti se ocultaron en el dintel de una casa, y observaron; los trompeteros hicieron sonar tres veces las trompetas, y el heraldo gritó con voz sonora:
—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: El muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dinden-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés, noble ó pechero, que presente su cabeza. ¡Salud al rey!
—Y bien, dijo Dik para sí, la cabeza de un montero está harto pagada: pero vale más la de un caballero.
—¡Pobre hombre! exclamó Ketti conmovida, sin sospechar que asía del brazo á aquel á quien acababan de pregonar.
El heraldo y su comitiva adelantaron pasando junto á Dik. Los archeros se apartaron con respeto al ver el rico atavío del joven, y siguieron adelante acompañados de algunos curiosos.
Bien pronto volvió la oscuridad, interrumpida un momento por aquel incidente. Nuestros dos jóvenes siguieron su camino.
—Decíamos que era traidor, dijo un hombre que á la sazón pasaba con otros, y cuya voz era igual en un todo á la de John Asta-de-buey; ¡pobre muchacho! ¡le acaban de pregonar!
—Nunca pensé que lo fuera, contestó una voz que hizo estremecer á Ketti de un modo que se hizo notable á Dik.
Era la voz de Adam Wast.
Aquellos hombres se perdieron por una estrecha y larga travesía en dirección á Whitehall.
Dik y Ketti tomaron otra calle en dirección opuesta.
—¿Cuándo llegamos? preguntó Dik á la joven.
Doblaban entonces el guardacantón de otra calle, y en el centro de ella se veía el reflejo de las luces de un zaguán; era la única casa en la calle que se veía iluminada. Ketti la hizo notar á Dik y le dijo:
—Es allí.
Llegaron. El atrio, por decirlo así, estaba alumbrado por una lámpara en que una estopa anegada en aceite producía una gran llama, á cuyo resplandor se veían monteros, pajes y palafreneros, con el blasón de su dueño al pecho, y agrupados alrededor de una gran chimenea, bebiendo, riendo y murmurando. Un esclavo etíope estaba á guisa de centinela apoyado en el dintel de la puerta. La joven pasó sin dificultad delante de aquel cancerbero, que se interpuso al paso de Dik despojándose de la gorra y preguntándole en mal inglés, aunque con respeto:
—¿A dónde va monseñor?
—Conduce á ese caballero á la sala de armas, contestó Ketti, que se había detenido previendo aquella dificultad.
El negro tomó la lámpara, y Dik pasó siguiéndole junto á aquella turba de hombres de armas, monteros y palafreneros, que se levantaron descubriéndose en señal de respeto, y atravesó el zaguán, mientras Ketti se perdía por la entrada de una estrecha escalera.
El esclavo hizo pasar al joven un largo patio de altos arcos góticos, subir una escalera, atravesar un largo y descubierto corredor; y abriendo una puerta, dijo señalando el interior á Dik:
—He ahí la sala de armas, monseñor.
El negro se inclinó y se alejó. Dik entró y cerró.
Se hallaba en un gran salón, alumbrado por una sola lámpara colocada sobre una mesa en el centro de él; la dudosa claridad que irradiaba á pocos pasos de distancia, se quebraba débil y medrosa en caprichosos reflejos sobre la acicalada superficie de arneses, lorigas, espadas, hachas de armas y mazas de hierro, que componían las numerosas manoplas colgadas irregularmente entre los góticos calados de los muros; las ojivas recargadas de grandes florones, estaban confundidas en la oscuridad, y sobre el embaldosado de mármol resonaban produciendo un eco sonoro los pasos de Dik, que pasaba y repasaba junto á aquellos brillantes trofeos, sin que le debiesen una sola mirada, sin que le arrancasen á su profunda meditación.
Pero al pasar junto á una pequeña puerta, se detuvo levantando su cabeza como si despertase de un letargo; había oído pronunciar su nombre á una voz de mujer, cuyo eco vino á herir en sus recuerdos lejanos: hablaba con Ketti.
Es necesario creer en las apariciones; oyó que decía aquella voz: Ve por él, Ketti: veamos si aún no ha desaparecido.
Una sonrisa ruidosa y alegre terminó aquella observación, á la que siguió un ligero altercado.
—¿No oís que necesito franco el paso? dijo una voz junto á Dik, al mismo tiempo que una mano tocaba á la puerta.
Volvióse el joven y vió junto á sí un hombre que retrocedió al ver el semblante de Dik, que hasta entonces había estado de frente á la puerta, y que retrocedió también.
—¡Ah! ¿sois vos, Agiab? Gracias á Dios que os encuentro, dijo Dik.
El nombrado Agiab tartamudeó algunas frases.
—No, ahora mismo no; añadió Dik dando una intención á estas palabras. Por lo que veo, sois un gran señor, y los grandes señores es difícil que se pierdan en Londres.
Dicho esto, se apartó adelantando á lo largo de la sala; el otro hombre le miró profundamente y llamó con la mano á la puerta, que se abrió como obedeciendo á un resorte. Una joven apareció tras ella con una lámpara en la mano: el que llamó pretendió entrar.
—Es imposible, señor Saul, dijo la joven interponiéndose; la señora se está ataviando para el festín de Whitehall, y es imposible verla. Luego añadió, arrojando una mirada á la sala y viendo á Dik que observaba esta escena.
—¡Eh! caballero, el que habéis venido con Ketti la costurera: mi señora lady Ester desea que paséis á su cámara.
La maliciosa muchacha miró á Saul ó Agiab con un mohín picaresco, y después de haber dejado pasar á Dik, que se adelantó, cerró la puerta dejando plantado al otro, y corrió los dobles cerrojos dando salida á una insolente carcajada.
Dik alzó un tapiz separado de la puerta por el grueso del muro, y se halló en un pequeño retrete alhajado con todo el gusto de aquella época.

