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Los hermanos Plantagenet

XV EL PRÍNCIPE JUAN

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EL rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.

—¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada; ¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?

—Y terrible contestó uno de ellos.

—Pánico; repuso otro.

—Glacial; añadió un tercero.

—¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior pregunta.

—Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

—¿Y tú que dices, Sidney?

—Exactamente lo mismo que el justiciero.

—¿Y tú, Oxfford?

—En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con rumbo á Francia.

—Será necesario creer que Dik[B] está en Londres.

—¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?

—¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de Francfort.

En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo, dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho de espanto.

—Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más festines.

Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y se tiño de sangre.

—¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el lance ha sido caliente.

Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.

—¿Quién va? gritó una voz desde la almena.

—Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan; abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.

Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los sillones.

—¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba; ¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió dirigiéndose á los pajes.

Ninguno se movió; pero Glow adelantó hasta la mesa, y tirando del paño negro, quedó descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.

—¿Qué significa esto? gritó poniéndose de pie y empuñando la espada.

—Esto significa, gritó Ricardo Corazón-de-León saliendo de detrás de una columna y asiéndole de un brazo; esto significa, gobernador de Normandía, que el rey ha añadido una pieza más á vuestro banquete. Pero comed, si tenéis hambre; bebed, si tenéis sed. El rey espera.

Juan-sin-tierra lanzó una larga y alegre carcajada al reconocer al rey, y exclamó:

—¡Ah! ¿eres tú, Dik? ¿y yo no lo había querido creer? Me alegro, me acompañarás; ¡me han abandonado mis cobardes amigos!

Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera más natural, se sirvió un enorme pedazo de lomo de jabalí.

Corazón-de-León enmudeció de asombro; los circunstantes miraron con respeto y aun con miedo aquel loco, que así se chanceaba con la muerte. Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que más tarde debía decir á sus cortesanos, que le anunciaban la ocupación por Felipe Augusto de los Estados de Guinea, Poitú y Normandía; dejadle hacer, yo le tomaré en una hora doble tierra que la que él me ha robado en tres meses.

El rey despidió á la servidumbre y á los soldados con un ademán imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.

—¿Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado á hacer contigo un escarmiento?

—Y bien, no pasará de ahí, contestó tranquilamente Juan engullendo un tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondrías á que Dios te diga como á Caín: «Ricardo, ¿qué has hecho de tu hermano Juan?»

Corazón-de-León dudó si debía mandar sepultar en un calabozo ó abandonar como á un loco aquel joven gallardo y frívolo que de una manera tan original desafiaba su cólera.

—Sin embargo de eso, observó después de un momento de silencio el rey, nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; ¿crees que el que se rebeló contra su padre y en unión con sus hermanos le destronó y causó su muerte, no se atreverá á poner tu cuerpo en el tormento, tu cabeza en manos del verdugo?

—Y bien; prefiero eso, contestó el príncipe llenando tranquilamente una copa, á verme reducido á la nada, encerrado en una torre, sin mujeres, sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.

—Pues bien; eso será, gritó el rey, eso será si no me revelas tus cómplices.

—¿Cómplices? yo no tengo cómplices, ó si los tengo no los conozco; no sé si se trata de mí más que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, ó abajo Juan-sin-tierra. ¡Abajo, vive Dios! es una originalidad; ¿qué más abajo quieren á Juan, que sin tierra?

—Paréceme, Juan, que eres un traidor consumado.

—¿Traidor? No por cierto. Tú estabas ausente; tu trono vacío, enteramente vacío, y dije para mí: «El pueblo cree muerto al rey, y me elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando vuelva mi hermano devolvámosela.» Yo hubiera deseado tu vuelta á los dos meses de mi coronación, porque todo me cansa pronto; pero tú te has encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ahí tienes tu corona: en cuanto á mí, dame lo suficiente para poder tener de vez en cuando un festín, y no quiero más.

Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fría, puso el colmo al furor de Ricardo.

—Príncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normandía, os declaramos reo de alta traición, y sólo os dispensaremos nuestra clemencia cuando pongáis en nuestra noticia el nombre de vuestros cómplices.

—¿Y qué más? dijo el príncipe con una sonrisa picaresca.

—¡Juan! gritó el rey exasperado.

—¡Dik! contestó Juan-sin-tierra remedando al rey.

—Está borracho; ¡voto á...! el rey se detuvo y meditó.

—¡Hola! añadió dirigiéndose á la puerta; ¿está ahí el atormentador?

—Sí, señor, contestó Glow apareciendo en el umbral.

—¿Y el ejecutor?

—También.

—Seguidme, príncipe, dijo el rey.

Juan-sin-tierra se levantó casi ebrio, y asió un brazo del rey, siguiéndole así hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala del tormento, en la cual entraron.

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