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Los hermanos Plantagenet

VI UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA

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DIK arrastraba tras sí á Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de San James. Atravesaron á Westminster, á Walter-Streed, y deslizándose junto á los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se perdieron á través del arrabal Sowttwark.

Ketti no sabía adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik; ni una sola vez recordó su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejón al fin del arrabal y llamó á una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contestó, pero el joven creyó escuchar pasos leves en el interior.

—Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.

Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán alumbrándose con una tea.

—¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto, que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino, que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.

Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano. Casi se avergonzó.

—¿Hay alguien?

—Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti, pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.

—Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?

—Sí.

—Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.

Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo para sí:

—Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir, que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

—¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció interesarse en su cuento, y dijo con interés:

—¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

—¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

—Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

—Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra, equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una historia que pasó hace sólo once años.

—Luego ese rey era...

—¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con sorpresa:

—¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

—Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik, que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

—¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

—A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey vivo.

—¿Luego conocía á Enrique II?

—Era su confesor.

—¿Y cómo se llama ese monje, á qué monasterio pertenece?

—¡Llámase!... lo ignoro; ¿su rostro?... jamás le he visto. Un día le seguí y le ví entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atención; cada palabra de Robín despertaba en él un nuevo interés. Robín conoció que era escuchado, tal vez con más atención que nunca, y sentándose sobre la cama calló un momento como preparándose para un largo relato; Dik creyó oportuno sentarse, y se colocó en uno de los sillones. Ketti, que sólo pensaba en su amor, maldijo en su interior al importuno hablador y se sentó también.

—Vosotros, hijos míos, seríais niños aún, dijo Robín dándose toda la importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atención por primera vez; sí, muy niños, cuando acontecieron los terribles trastornos del año ochenta y tres; yo era más joven, y pasaba mejor la vida... Karl... mi buena Karl...

Dik se agitó en su sillón con impaciencia.

—Es necesario que os refiera esto, continuó Robín notando el movimiento de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena muchacha de las montañas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovían en mi gorra, y estábamos perfectamente; pero llegó un tiempo en que el pan estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba más que algunos miserables pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro baile eran inútiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y unámonos á alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

—Pero el rey...

—Paciencia, capitán, paciencia. Conocíamos á otra bailarina escocesa, y le propusimos que se uniera á nosotros.

«Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y estaremos juntos si vosotros aceptáis mis condiciones. Soy amante de un gran señor, y habréis de tolerar que frecuente la casa.» Ya véis, capitán, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de esto dieciséis años. Todas las noches, después del toque de cubre-fuego, un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da á otra calle, entraba en esta habitación por esa puerta; y Robín señaló una puerta pequeña inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algún tiempo después nuestra amiga tuvo una niña. Pasaron algunos años, y al fin llegó el ochenta y tres. Fué un año terrible; el pueblo, agobiado por el hambre y los tributos, se rebelaba cada día contra el rey, y Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se declararon en abierta rebelión contra su padre, insurreccionaron el Poitú y la Normandía, y se presentaron á las puertas de la ciudad al frente de un ejército. El rey se encerró en White-Tower; pero los normandos asaltaron la torre indefensa, porque no había un solo inglés al lado del rey, más que lord Macclair y el conde de Salisbury. Entretanto los normandos robaban á Londres, los hijos traidores partían el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primogénito Enrique el joven, pasaba á la carrera acompañado de sus dos últimos servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de Surrey no se atrevieron á secundar la infamia á que habían ayudado los del condado de Middlesex; se apiñaron á la salida del puente, dejaron pasar al rey y rechazaron á Enrique el joven. Fué un horrible combate; los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos normandos cayeron al río. La cólera de Dios cayó sobre el hijo maldito; las aguas se cerraron sobre él, y sólo se abrieron para arrojar su cadáver en la isla de los Perros.

Robín calló un momento como para observar el efecto que había producido en sus oyentes lo pomposo de su último período.

—Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo que no es tan claro es lo que pasó por el rey antes de que su cadáver fuese depositado en Westminster.

—Cabalmente ese es el secreto, contestó Robín con cierto misterio. Al ver á los más pacíficos vecinos armados con partesanas, palos y picas, corriendo hacia London-Bridge, cerré mi puerta, y corrí á encerrarme con Karl, en lo más profundo del sótano. Nuestra compañera estuvo en este aposento, asomada tenazmente á la ventana, á pesar de haberla nosotros invitado á ponerse en lugar más seguro. Desde el fondo del sótano oíamos los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la noche. Luego sucedió un profundo silencio. Me aventuré á subir, y nada oí: subí aún más, siempre el mismo silencio. Atrevíme á llegar á esa puerta para llamar á nuestra amiga, y miré por las rendijas. ¿Sabéis lo que ví? añadió Robín deteniéndose como para dar un tinte solemne á su pregunta.

Dik se encogió de hombros.

—Pues bien, ¡ví al rey!

—¡Al rey! exclamaron á un tiempo Dik y Ketti.

—Sí, á Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un flechazo, y espirante; junto á él estaban lord Salisbury sosteniéndole, y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo también escuchaba conteniendo mi respiración; pero nada oí, hasta el momento que el rey gritó incorporándose de repente:

—¡Perdonarlos! ¡perdonarlos cuando ellos me han asesinado! ¡no! ¡no! ¡Maldito sea mi hijo Enrique! ¡Maldito sea mi hijo Ricardo! ¡maldito sea mi hijo Juan!

—No los maldigáis, señor, contestó el conde; tal vez alguno de ellos está ahora en presencia de Dios.

—¡Dios mío! exclamó el rey, ¿ha muerto Ricardo?

—Señor, no, observó lord Salisbury; es de presumir que no.

—Me engañáis, milord; me engañáis.

—Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

—Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el lecho.

—Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad, que á nadie he contado hasta ahora.

—Pero aquella mujer... observó Dik.

—¿Qué mujer?

—La bailarina.

—Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.

—¿Y cómo se llamaba?

Iba Robín á contestar, cuando se abrió la puerta que comunicaba con la escalera escusada que hemos indicado, y apareció una sombra en su dintel.

—Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro, demasiado habéis dicho; y me place saber que un secreto de Estado está en vuestro poder, maese Robín. Será necesario poneros á recaudo, según creo. Caballero, cualquiera que seáis, en nombre del rey, íd á avisar á los guardias de la Torre.

Dik, á quien este extraño personaje se había dirigido, no se movió; pero Robín, creyéndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un brazo con la fuerza de unas tenazas.

—¡Socorro! ¡socorro! gritó Robín con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tapó su boca, pero ya era tarde; oyéronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la puerta se abrió, y entró Adam Wast; tras él venían los otros cinco hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se presentó á la vista de Adam Wast. Verla y arrojarse á ella puñal en mano, fué obra de un momento. Dik se interpuso, y arrojó al furioso marido en tierra de una puñada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se tornó en un campo de batalla; el hombre del manto abrió rápidamente la puerta de escape, y dió salida á Ketti, que cayó desmayada en el primer tramo de la escalera; Adam Wast se levantó furioso y embistió á aquella puerta; la espada de Enrique II lució fuera de la vaina junto al lecho de muerte del mismo Enrique II, empuñada por Dik; el hombre del manto continuaba asiendo á Robín, que gritaba como un desesperado, mientras los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometían en círculo á Dik.

Justo era su renombre de Espada-larga; de una estocada tendió á John Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caía por otro lado, abierta la cabeza de una cuchillada; sólo quedaban tres contendientes: Adam Wast, Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se había retirado á un ángulo, y desde allí mantenía en un ancho círculo á sus adversarios. Tom Flavi esgrimía de una manera terrible su bastón; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arrojó en un momento en que creyó poder herir á Dik, y se atravesó en su espada; Adam Wast luchaba como un león.

Oyéronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik, creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendió en una estocada, y Tom Flavi cayó para no volverse á levantar más. La puerta se abrió, y llenóse el aposento de alabarderos del rey, ó mejor dicho, del obispo canciller; Adam Wast fué cogido por la espalda, y sujeto. Dik bajó la espada, no viendo enemigos á quienes herir.

—¿Qué es esto? preguntó á Dik el aldermen que mandaba la tropa.

—¿Qué puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando véis á un caballero defendiéndose de cinco jayanes?

Adam Wast arrojó una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen miró en derredor y vió cuatro cadáveres. Dik buscó á su hermano inútilmente; había desaparecido.

El interrogado habló algunas palabras en voz baja al aldermen; éste se despojó respetuosamente de la gorra, y dijo á los alabarderos.

—Esos hombres á la Torre.

Robín y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro callado y sombrío, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen, cuando hubieron salido, preguntó al hombre del ropón:

—¿Os acompaño, monseñor?

Monseñor indicó al aldermen la puerta de salida; este saludó y desapareció.

—Mañana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el hombre negro á Dik, y desapareció por la puerta escusada.

Dik permaneció un momento pensativo, mirando los cuatro cadáveres.

—¡Bah! debía suceder así; la canalla siempre pierde.

Después tomó la tea, recorrió la casa buscando á Ketti, y no la encontró. Luego salió de la casa y se dirigió lentamente á la de lady Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibró, irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.

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