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Los hermanos Plantagenet

XIV EL VERDUGO DE LA TORRE

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LA escena que había tenido lugar entre el rey y el verdugo fué muy corta.

Godofredo entró y se arrodilló ante el rey, permaneciendo en aquella postura.

-¿Cómo te llamas? le preguntó el rey.

-El verdugo de la Torre, contestó Godofredo sin levantar la vista del suelo.

-Tu nombre, insistió el rey.

-No tengo nombre.

-¿Cuánto tiempo hace que ejerces tu profesión en la Torre?

-Dos años, señor.

-¿A qué clase pertenecías antes de ser ejecutor?

-Lo he olvidado, señor.

Nublóse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija hacía algunos momentos en el semblante de Godofredo; creyó reconocer en él á un antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechazó esta idea como un delirio.

—¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

—Para el rey y los hombres sí; para Dios no.

—¡Cómo!

—La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me eran conocidas, y le dejé escapar.

—¿Y te atreves á decir eso al rey?

—Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia, que me fué confiado por el conde de Salisbury.

—Y ese secreto...

—Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek el llavero.

—Lástima es que este hombre muera, me dijo.

—¿Quieres que le salvemos? contesté.

—¿Qué órdenes tienes?

—Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contesté, encerrados en un saco, con una piedra á los pies.

—¡Ah! ¡ya! me contestó; es una ejecución secreta. Luego dijo al conde; caballero, ¿sabéis nadar?

—Sí, contestó.

—Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar á nadie que os hemos salvado, os salvaremos.

—¿Y le salvasteis? esclamó con ansiedad Corazón-de-León.

—Sí, señor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al Támesis, me dijo: «has hecho un servicio al rey, y el rey te lo recompensará. Voy á encerrarme en un monasterio mientras el rey está ausente. Yo no podré fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada está en la conserjería de la Torre: dí que te la dejo, y exige que te la entreguen; cuando venga el rey preséntate á él con la espada y afírmale sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.»

—¿Y dónde está la espada?

—La he perdido, señor.

—¿Tenía alguna seña particular?

—Sí, señor; entre los gavilanes un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¡El es! ¡El es! gritó con alegría Corazón-de-León. Alza, añadió dirigiéndose al verdugo, y pídeme una gracia.

—¡Una gracia, señor! Pues bien; deseo ejecutar á los reos que se sentencien por resultado de la traición de esta noche.

—¡Sólo eso me pides! exclamó el rey asombrado.

—Sólo eso, señor.

—Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto harás falta en la Torre.

Cuando Godofredo llegaba á su sótano en busca del instrumento fatal, fué cuando encontró junto á la puerta á Agiab.

Concluida su corta entrevista con éste, volvió á la Torre y se puso á las órdenes de Glow.

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