XVII LA SALA DEL TORMENTO
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ERA esta, en la Torre de Londres, un ancho recinto abovedado, oscuro y profundo, bajo la Torre de Roberto el diablo á la cual servía de cimiento.
Era horrible el aspecto de esta sala; colgaban de las paredes sierras, gárfios, ruedas, poleas, mazas, tornillos y otros instrumentos aterradores; en el centro estaba el potro, y junto á él el aparato para el tormento denominado de los borceguíes.
Era éste un lecho de cuero algún tanto inclinado; en su parte inferior, sobre un barrote, había clavada una especie de caja ancha y larga, lo bastante para dar cabida á los pies de un hombre hasta más arriba de los tobillos.
Cuando entró el rey con el príncipe Juan, encontró el tormento preparado, y los hombres indispensables para él colocados en sus puestos, á la manera que la servidumbre de una pieza próxima á entrar en fuego.
Frente al tormento preparado, había una mesa con recado de escribir y pergaminos en blanco; sentado tras esta mesa había un hombre de fisonomía severa, vestido con una hopalanda talar, cubierta la cabeza con un birrete, y ciñendo una estrecha y larga espada pendiente de una banda roja; era el jefe de la prebostía de la Torre, y su misión allí era la de anotar la declaración del reo puesto á la prueba del tormento.
Junto á este hombre había otro vestido de negro, de fisonomía indiferente y glacial; era un médico destinado á marcar el momento en que el paciente no pudiese tolerar la prueba sin peligro de su vida.
Inmediatamente junto al aparato de los borceguíes había un negro etiope, vestido de amarillo, de expresión estúpida y estatura atlética y membruda: el verdugo de la Torre, Godofredo, teniendo á sus pies un saco de cuero y su hacha al hombro, estaba tras la mesa del preboste. Junto á un tosco altar en que ardían dos velas, estaba arrodillado el clérigo destinado á auxiliar á los que morían en la Torre; últimamente, Glow con algunos hombres de armas estaba junto á la puerta.
Corazón-de-León miró con repugnancia todo éste aparato, en tanto que el príncipe seguía inalterable sin dejar de dispensar una horrible chanzoneta á cada uno de aquellos aterradores aparatos, á cada uno de aquellos rostros sombríos, que se fijaban en el príncipe Juan, creyéndole destinado á representar la parte del protagonista; pero no debía suceder así. El rey buscó á Glow con la vista, y al encontrarle dijo:
—Que bajen los reos.
—¿Quiénes, señor?
—Adam Wast y Robín.
Glow salió con algunos archeros, y volvió con los presos trascurridos algunos segundos.
Adam Wast entró con paso reposado y continente altivo, y se detuvo entre los guardias cuando hubo entrado en la sala; Robín, al notar el extraño aparato del tormento, palideció y hubieron de sostenerle.
—Adelante los reos, dijo el rey.
Adam Wast adelantó hasta llegar al tormento, como si concibiese que de allí no debía pasar; Robín fué traído á la fuerza hasta cerca del rey.
—¿Cómo te llamas? preguntó Corazón-de-León á Adam Wast.
Este pronunció en voz clara su nombre, añadiendo el de su profesión y el de su país.
—¿A quién reconoces por tu señor natural?
—A las leyes inglesas.
Ricardo frunció el gesto y adelantó un paso.
—¡Vive Dios, traidor! gritó; en Inglaterra no hay más ley que la voluntad del rey.
Adam Wast no contestó; pero fijó una mirada terrible en el rey.
—¿Por qué estás aquí? continuó el rey reprimiéndose.
—No lo sé, contestó Adam Wast.
—¿Conoces á este hombre? dijo Ricardo señalando á su hermano Juan.
—No, señor, contestó con la mayor impudencia Adam.
—¿Y vos, príncipe, le conocéis? preguntó el rey á Juan-sin-tierra.
Este, que estaba distraído contemplando con faz burlona la original catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir cómodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con mano temblona enormes caracteres, volvióse al escuchar la pregunta, y contestó:
—¿Me preguntabas, Dik?
El rey, con una paciencia inusitada en él repitió acentuadamente su pregunta.
Juan-sin-tierra fijó su vista en Adam Wast, detúvose un momento contemplando con una insolente expresión su rostro, y dijo extendiendo hacia él su brazo y señalándole con el dedo:
—¿Quién? ¿ese tuno? ¡vaya si le conozco! Conózcole tanto, como que le mandé encerrar en la Torre, por no sé qué parentesco que tuvo el villano atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de que en aquel momento le predije que vendría á parar en manos del verdugo.
El acento de Juan sin-tierra era tan burlón, tan seguro, que el rey hubiera dudado, á no ser por la severa mirada de reconvención que brilló en los ojos de Adam Wast.
—El príncipe asegura que te conoce, dijo el rey: ¿qué tienes que oponer á eso?
—El príncipe miente ó se engaña, dijo agriamente Adam Wast.
A una seña del rey, aquél fué sujeto por la cintura y por los brazos con correas unidas á él; á pesar de su carácter bravío, Adam Wast palideció y murmuró una plegaria pidiendo fuerzas, no sabemos si á Dios ó al diablo.
—¿Te obstinas en callar? preguntó Ricardo.
—Nada tengo que decir acerca de eso, más que lo que he dicho.
—¡Una cuña! gritó el rey al atormentador.
Los pies de Adam Wast fueron colocados en el cajón; entre ellos puso el negro dos tablas, y entre las tablas introdujo una cuña de encina que hizo entrar á golpes de maza en la juntura.
Una convulsión agitó los miembros de Adam Wast, y su semblante se contrajo devorando una expresión de dolor.
El rey se volvió á Robín.
—Empieza tu acusación, le dijo.
Un sudor frío, sudor terrible, como debe ser el de la agonía, pasó por Robín, á quien el miedo enmudeció.
—¡Al potro! dijo el rey.
—¡Ah! ¡no, señor! gritó llorando Robín y arrojándose á los pies del rey; ¡yo lo diré todo, señor!
El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robín como un tigre hambriento sobre su presa, se detuvo á su despecho á un ademán del rey; Robín, trémulo, sin levantarse del suelo, acusó á Adam de violencia contra Ketti, de traición al rey; dió á conocer los detalles de la conspiración hasta que fué llevada á cabo; nombró los cómplices que conocía, hombres todos oscuros, y calló.
—¿Qué tienes que oponer á eso? dijo el rey á Adam Wast.
—Que es falso; dijo el paciente.
—¡Otra cuña! gritó el rey.
El atormentador introdujo una segunda cuña, y Adam no pudo reprimir un ligero grito de dolor; sus pies se habían amoratado al principio, y al entrar la cuña en su lugar, brotó de ellos sangre.
Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo á la segunda prueba; él, sin embargo, no contestó á una nueva pregunta del rey.
—¡Dos cuñas más! gritó furioso Corazón-de-León.
Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manchó el suelo; Adam, no pudiendo sufrir más, lanzó un grito que estremeció de espanto al sacerdote, al preboste, á Glow y á los archeros; el rey y el verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope descargaba frenético con inmensa y cruel satisfacción furibundos golpes sobre la tercera cuña, que rechinaba al par que los huesos crujían; el tigre devoraba su presa.
—¡Perdón! ¡perdón! gritó con horrible acento de dolor Adam; ¡yo lo revelaré todo, toto!
El rey mandó sacar la tercera cuña. Adam, doblegado, vencido por el tormento, lo confesó todo, y nombró por cómplices al príncipe Juan, al gran justiciero Huberto, al judío Saul y á los condes de Sidney y Oxfford.
Cuando hubo concluido, pidió gracia al rey.
—Concedida, contestó Ricardo; en vez de morir ahorcado como un villano, serás degollado como un noble.
—¡Perdón; señor!
—¡Miserable! si sólo hubieses atentado á nuestra corona, si sólo á nos hubieses herido, podría el rey perdonarte; pero tú has violado una mujer, la has adoptado como un medio á tu ambición, la has hecho desgraciada, á pesar de que sabías el secreto de su nacimiento; después has conspirado, y el incendió de Sowttwark y la sangre de algunos inocentes pesan sobre tu cabeza. ¡Ola, sacerdote! preparad á este hombre para que muera en el término de una hora; Glow, haz que se prepare su ejecución en la Torre del Traidor; ejecutor de la Torre, dentro de una hora me presentarás su cabeza.
El atormentador desató las ligaduras del reo; sentáronle en un sillón, y conducido por dos archeros, siguió al verdugo, que caminaba delante llevando un saco de cuero y el hacha al hombro con el filo vuelto hacia él.
El rey y el príncipe quedaron solos.
—En cuanto á tí, Juan, esta misma noche partirás en la galera que me ha traído á Francia, donde el rey te señalará una renta digna de un príncipe real.
—¡Oh! ¡muchas gracias, querido Dik! me acabas de dar un brillante espectáculo, y concluído me envías á París. ¡ Muchas gracias! Bien mirado, ya estoy hastiado de Londres.
Llegaban á la puerta, cuando un hombre armado se precipitó en la sala; era Surrey.
—Señor, dijo; el conde de Salisbury está en la cámara de vuestra alteza.
—Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey; pero aguardad.
El rey fué á la mesa, y escribió tres pergaminos que selló con su anillo.
Después los entregó á Surrey, y dijo á Juan-sin-tierra.
—Príncipe, quedáos con el conde de Surrey.
Tras esto salió precipitadamente de la sala del tormento.
—El rey me manda conduciros á París, dijo el conde, bajo la protección de Felipe Augusto.
—¿Y si yo no quisiera ir?
—Seríais un loco, príncipe, añadió señalando un segundo pergamino; porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil florines para vuestros gastos en este año.
—¡Ah! en ese caso, contestó el príncipe soltando una alegre carcajada, es un partido aceptable.
Y apoderándose del brazo de Surrey, salió.
El tercer pergamino que el conde había guardado decretaba el arresto de los condes de Sidney y Oxfford.

