X MEDIDAS PREVENTIVAS
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AQUELLOS hombres que habían gritado en la plaza; que habían arrojado piedras á la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que tenía por cetro un hacha de armas y la corona ceñida sobre un yelmo de guerra, temblaron, no atreviéndose á dar un paso; fué necesario que el rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante el trono, permanecieron mudos.
—¿Qué queréis, pues? les preguntó el rey.
—Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal ciudad de Londres.
—¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?
—La reina, señor, y el Obispo de Eli.
Frunció el gesto Corazón-de-León.
—Tenemos hambre, señor.
—Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de satisfaceros?
—Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.
—Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las abadías de los clérigos.
—Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.
—Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio, pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo. ¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?
—¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella manera su último período.
—Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del fruto de nuestro trabajo.
A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de caballero, le dijo entregándosela:
—Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado, por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la Torre.
Los delegados del pueblo no se movieron.
—¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.
—Señor, se ha vertido sangre inocente...
—Denunciad al causante.
—Es el Obispo canciller, señor.
—Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.
—Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los fueros del pueblo.
—Se pondrán en libertad.
—Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.
La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.
Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.
—¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León á uno de los capitanes.
-Quinientos, señor, contestó el capitán.
-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?
-Cinco, señor.
-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo, y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis fuertemente á traidores?
—¡Señor! balbuceó Smitt.
—Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú, Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á vuestra cabeza?
El archero adelantó un paso.
—Están presos, señor, contestó.
—¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos, mandad buscar al llavero de la Torre.
—Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.
—Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.
—Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado manojo que pendía de su cintura.
—Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras armas.
Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.
Espada-larga tomó la cédula.
—Pero aquí, señor, se manda prender al gran justiciero y al lord guarda-sellos.
—Hacedlo pues.
—¿Y se comprende al príncipe Juan en esta cláusula: muertos ó vivos?
Meditó un momento el rey.
—Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si apela á la fuerza, sujetadle ¡vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien pueden aherrojar á un león. En cuanto á los demás, sin piedad.
Espada-Larga tomó cien archeros, y se dirigió á Whitehall.
—Y vos, Surrey, continuó el rey, buscad los heraldos reales, que deben estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendón á Cheapside, y proclamad á son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de Inglaterra.
Surrey tomó el pendón, y salió.
—Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.
El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey, siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.
Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de ellos, y abrió; el rey penetró solo.
Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.
—¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.
—¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.
El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.
—¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido los traidores?
—¿Cómo os nombráis? insistió el rey.
—Guido de Richemont, contestó el preso.
—¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?
—No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas, días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.
—¿Quién os mandó prender?
—El Obispo de Eli, señor.
—¿Os juzgaron?
—No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.
—¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?
—Al capitán Smitt, señor.
—¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.
Smitt adelantó pálido como un cadáver.
Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de Richemont.
Smitt obedeció.
—Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os juzgue mi Consejo.
—Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.
—Cerrad, dijo Ricardo al llavero.
La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos desesperados de Smitt.
Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey, que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron encerrados en su lugar.
El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.
—¿Quién está aquí? preguntó el rey.
—Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é incendiarios.
—Cierra, y adelante.
El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.
—Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un ángulo.
—Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark llamado Robín.
—¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo el rey.
Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y exclamó:
—¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le aseguren en el trono.
—¿Y qué me revelarán esos secretos?
—Traiciones, señor.
—Salid.
Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que se había replegado.
—¿Quedan muchos presos?
—Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.
El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en el pavimento, despertó y se incorporó.
—¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?
—¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.
El preso se puso en pie.
—Stek, contestó.
—¿Por qué estáis preso?
—Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la ejecución.
—¿Luego sois verdugo?
—No, señor; era llavero de la Torre del Traidor.
—Salid; el rey os declara libre.
—¿Qué rey? preguntó Stek sin moverse.
—¡Imbécil! gritó Nortumberland; ¿qué rey puede ser más que su alteza Ricardo I de Inglaterra?
—Perdón, señor, exclamó Stek arrojándose á los pies del rey; la desesperación y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.
—Alzad, dijo el rey. Y tú, que has guardado á mis buenos servidores, añadió dirigiéndose al llavero, será bien que á tu vez seas guardado. Entrega las llaves á Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de Estado.
El archero á quien se dirigía Corazón-de-León asió las llaves, é inauguró su nuevo destino encerrando, á pesar de sus gritos, al destituído llavero.
Tras esto, el rey siguió en paso rápido adelante al través de aquellos sombríos subterráneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow buscó entre las llaves la de aquélla, y abrió: el rey subió algunos escalones más, entró en un pequeño recinto de bóveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir otra puerta, y penetró en un salón octógono, con techo de ensambladura recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las puertas, las ventanas pertenecían al gusto de la arquitectura normanda; una gran chimenea en que cabía una encina entera, mostraba aún ceniza y restos de troncos consumidos. En el centro de la cámara, había una pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un enorme sillón recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un gigante escudo heráldico con la divisa de los Plantagenet: un león rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo género se presentaban por doquier á la vista, y llamaba asimismo la atención un colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenían la legislación inglesa, la normanda su madre, las crónicas de Inglaterra, y artes de caza y de guerra. Frente á la puerta por donde penetró el rey, había otra mayor que comunicaba á una antecámara; en ella desembocaba una escalera que nacía en un portal situado en un terraplén, al cual correspondían las dos únicas ventanas de la cámara; en ésta, frente á las ventanas, había un retrete abierto en el muro, y dentro de él un lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cámara, cuyos accesorios hemos descrito, con un calabozo debajo y un terraplén encima, formaba el conjunto de la torre de Roberto el Diablo.
Sea que su denominación agradase á la imaginación romancesca de Corazón-de-León, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por resultado que le servía de morada el poco tiempo que la guerra le permitía estar en Londres.
Corazón-de-León arrojó una rápida mirada en torno de su estancia favorita. La encontró exactamente como la había dejado cuatro años antes para ir á la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su viejo tintero de hierro, en que el cincelador no había olvidado su real blasón; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrería abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo añadirse sendas colgaduras fabricadas por las arañas.
Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de Glow.
El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland permaneció de pie.
—Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.
Luego añadió tras una corta pausa:
—Que entren esos buenos servidores.
—Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.
Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.
—Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño natural.
—¡Señor! murmuró Guido.
—Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y bien, ¿que gracia pedís al rey?
—Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.
—¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?
—Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.
El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase: Ya nos veremos.
—Pero observo continuó el rey, que estáis económicamente vestidos; tembláis de frío, mis buenos amigos. ¡Ola! Glow, ve á ver si encuentras por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.
Glow partió como un venablo.
—Ahora bien, Guido, prosiguió Corazón-de-León, ¿recuerdas cómo se hacía mi servicio y el de la Torre?
—Sí, señor.
—¿Y te atreverás á jurar que de esos quinientos hombres de armas normandos nos son adictos diez?
—¡Señor! exclamó un soldado que al parecer oyó estas palabras, asomando la cabeza á la puerta donde se habían detenido; ¡señor! los normandos no reconocen mientras vuestra gracia viva otro señor natural, ni rendirán pleito homenaje más que á Corazón-de-León, duque de Normandía.
—¡Ola! gritó el rey; ¡eres tú, Ralf! Guido, no os olvidéis de mandar, se apliquen á ese tuno veinticinco azotes.
Ralf retiró precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en quejarse del castigo que el rey imponía á su atrevimiento.
—Ya lo oís, señor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.
—Pues bien; id á mi guarda-ropas, y que os den vestidos; después traedme esos buenos muchachos á ese terraplén; quiero verlos juntos; después recorreremos los puestos.
Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta á la que habían entrado.
—¡Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocaría el placer que siento, por la posesión de Jerusalén. ¡Ira de Dios! primo, debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. ¡Extraña posición para un rey! ¡tener que arreglar su casa como un miserable!
A punto apareció Glow con una lámpara de hierro encendida; Nortumberland arrojó la antorcha al hogar que cayó á propósito para prender un haz de leña que arrojaba en él un pajecillo de la servidumbre real; otros tres pajes traían sobre bandejas de oro una opípara cena; un quinto extendió sobre la mesa un paño de púrpura, y colocó sobre él, dos candelabros de oro con bujías de cera.
—¡Diablo! exclamó Corazón-de-León sorprendido; ¿á que hada debemos tanta grandeza?
Glow se adelantó tímidamente dando vueltas á su gorra, sin atreverse á hablar. Con la velocidad del fluído eléctrico había circulado á alguna distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en favor de Ralf, y Glow temía exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.
Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.
—Señor, dijo con miedo, el príncipe Juan da un festín esta noche á los nobles en Whitehall, y ha mandado preparar la cena en el gran salón del Consejo en White-Tower para después del festín.
Concluida esta contestación, Glow y los pajes desaparecieron, quedando otra vez solos el rey y Nortumberland.
—Ya lo ves, milord, dijo Corazón-de-León mientras devoraba un pernil de vaca; ya lo ves. El pueblo tiene razón, ¡uñas de Satanás! Insultan su miseria, haciéndole oir el rumor de los festines, dándole á oler el aroma de sus comilonas. ¡El pueblo tiene razón! le sangran para engordar con su sangre; la alegría de esos miserables es la muerte de Inglaterra. Y bien: ya que hemos encontrado pan, tomémoslo; que esos leales servidores que acaban de salir de una prisión gocen de esos preparativos de orgía; que se entreguen al soldado los vasos de oro y los paños de púrpura. Haz que se lleven esto; he concluído.
La cena de Corazón-de-León había sido, como siempre, muy parca. Los pajes entraron y recogieron el brillante servicio; dejando sólo los candelabros de oro.
Sentóse el rey junto á la chimenea.
—Que entre el preso, dijo.
Nortumberland hizo entrar al preso, y salió.
Corazón-de-León y Robín quedaron solos.

