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Los hermanos Plantagenet

IX UNA SORPRESA

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ME podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada alumbrándola con el incendio?

Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento de su marcha.

Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera llegaba al muelle de London-Bridge.

En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas. Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland, joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo de la cámara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en el pecho.

—¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación. Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y dijo:

—Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla flanqueado por dos torreones.

—Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta voz de uno de los cuatro.

—¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se adelantó á reconocer á los que llegaban.

—¿Quiénes sois? les preguntó.

—Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al capitán. Este se descubrió apresuradamente.

—Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán, pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su colmo.

—¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no dispersan á esa insolente multitud?

—No tenemos orden, señor.

—¿Y qué hacen el canciller y el príncipe Juan?

—Conspirar.

—¡Capitán!...

—Conspirar, señor.

—¡Ola! esto es serio, observó el hombre que así interrogaba, lanzando una mirada desde el collado de la Torre, adonde habían llegado, sobre Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina regente, el príncipe, el canciller y el Justiciero; oid cómo piden sus cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

—Viva el rey Juan, abajo los tributos.

—Viva el rey Ricardo, gritó otra voz que dominó las demás como el trueno domina los mugidos del huracán.

—¡Por San Bridge! exclamó el caballero que observaba sobre la colina; así Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente Espada-larga. Capitán, volved á vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. ¡A Tames-Square! ¡Adelante mi pendón!

Surrey picó el caballo, llevando desplegado un pendón rojo; tras él aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto rompieron á cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square; por la parte opuesta, un hombre solo á caballo, sin más armas que una espada, rompía por medio de la multitud hiriéndola y gritando:

—¡Viva el rey Ricardo!

—¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.

El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones que le rodeaban su severo semblante.

El jayán cayó de rodillas.

—Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!

—Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!

—Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un centenar de hachas.

—Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No hay quien lo reconozca entre tantos?

—Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!

Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.

—¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian mi corte y asaltan mi castillo?

—¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.

—¡Abajo los tributos!

—¡La cabeza del Obispo!

El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:

—¡Viva el rey Juan!

—Corazón-de-León perdió la paciencia.

—¡Silencio, digo! gritó amenazando á la multitud con su hacha de armas, que calló á este ademán volviendose toda oidos. ¡Silencio y plaza al rey! Que el pueblo elija una diputación, y que esta diputación se nos presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. ¡Adelante, Surrey, adelante mi pendón!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelantó por medio de las turbas, que abrían calle, y la escasa comitiva real llegó al rastrillo de la fortaleza; en aquel punto Espada-larga plantó su caballo junto al del rey, que al verle le tendió la mano estrechándosela como se la hubiera estrechado á un hermano.

A la vista del pendón real, el rastrillo de la Torre se levantó dando paso al rey, á Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerróse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver á Corazón-de-León. Las cóncavas bóvedas de la Torre gemían al eco de las aclamaciones de los soldados, que llegado el rey á la sala del Consejo se agruparon á la puerta.

Corazón-de-León adelantó hasta el trono, subió sus gradas y ocupó la silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodeábanle en lugar preferente Ricardo Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland; más allá los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

—¿Quién es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso; ¿quién es el lord condestable de la Torre?

—Yo, señor; contestó temblando un anciano que se adelantó.

—¡Ah! ¡sois vos, Apsley! exclamó el rey cada vez más severo; ¿porqué habéis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi cárcel y mi castillo?

—No tenía órdenes, señor.

—¿Y de cuándo acá se necesitan órdenes para contener un tumulto que rompe los límites de la ley y aterra á los buenos y pacíficos habitantes de un pueblo?

—Me he expresado mal, señor, contestó cada vez más trémulo Apsley; debí haber dicho que tenía órdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

—¿Es decir, traidor, contestó el rey levantándose con ira, que me vendías?

—Señor, vuestra madre, regente del reino por vos, responderá de esa orden.

—¿Y te ordenaron también que permanecieses impasible aun cuando se gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre á Esex: Esex, encierra en el calabozo más profundo de la Torre del Traidor á Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron á esta orden.

El rey se adelantó al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

—¿Hay alguno que se oponga al rey? gritó.

Un silencio profundo fué la respuesta; Corazón-de-León sólo vió rostros adictos. Apsley fué conducido á la Torre del Traidor.

—Esex, continuó el rey; id al rastrillo é introducid á la diputación del pueblo cuando se presente á nuestra presencia.

Esex salió.

El rey continuó:

—Vos, Ricardo, marqués de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

Espada-larga dobló la rodilla y besó la mano á Corazón-de-León. El rey le alzó y dijo:

—Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compañero en el cautiverio, el rey os entrega su pendón real, que llevaréis junto á él en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, añadió dirigiéndose á Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos procedáis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareció en la puerta de la sala, seguido de algunos hombres del pueblo.

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