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Los hermanos Plantagenet

XII EL REY SE VENDE

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ERA este magnate un hombre como de cuarenta y cinco años; se llamaba Guillermo de Longchamps, y su apostura más era de soldado que de obispo, perteneciendo su traje á ambos estados. Llevaba un ropón morado y un sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal; pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba protegido por una fuerte coraza, sobre la que pendía una cadena de oro con el gran sello de Inglaterra, símbolo de su categoría de canciller; unos borceguíes de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresión fija, en que una expresión desaparecía reemplazada por otra, según convenía al lugar ó á las circunstancias. Este hombre, que según las crónicas de aquel tiempo era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada había en torno superior á él, delante del rey ostentaba un semblante sereno, noble, con una mirada en que no se leía miedo ni turbación; aun más, era el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey á quien es enteramente adicto, ó más bien el de un amigo que vuelve á ver á otro amigo querido tras una larga ausencia.

—¡Cuánto habéis tardado, señor! exclamó hincando una rodilla ante el rey y apoderándose de una de sus manos, que besó, á pesar de estar armada de un fuerte guantelete.

—O por mejor decir, contestó el rey levantándole y fijando en él una profunda mirada; ¡qué pronto habéis venido!

—Y sin embargo, os esperaba, señor.

Una nube sombría de amenaza pasó por la mirada del rey.

—¡Me esperabas, canciller! gritó el rey; ¡y me esperabas armado como para dar batalla! ¡Me esperabas arrojando, para recibirme, un motín entre las puertas de la ciudad y de la Torre! ¡Me esperabas como un traidor, Obispo!

—Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitán Ricardo Espada-larga cómo me ha encontrado en Westminster. Os dirá que mis hombres de armas estaban también armados hasta los dientes, que la abadía estaba defendida como un castillo, y que sin embargo, á vuestro nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decís, se dejó prender, porque así era la voluntad de su rey, á pesar de que hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abadía.

—¿Y por qué, teniendo fuerzas, no corriste á sofocar una sedición en que se proclamaba por rey á Juan-sin-tierra?

—Tened presente, señor, que el condestable de la Torre es lord Apsley, que está vendido al príncipe Juan, y que necesitabais un puesto de guerra que yo debía conservaros.

El rey dulcificó un tanto su acento, y dijo:

—Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

—Empezad, señor.

—En primer lugar, ¿sabes qué ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fijó una mirada intensa sobre el semblante del canciller, del cual ni un solo músculo se contrajo.

—Ignoro qué ha sido de él, contestó; preguntadlo á Apsley, porque de seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre deben conocer su suerte, y sólo por orden de Apsley pueden cerrarse sobre un hombre.

—Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus de Bretaña.

—Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura Apsley.

El rey movió incrédulamente la cabeza.

—¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus, viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?

—Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar vuestra muerte.

—Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos agradecerte lo que has hecho, canciller.

Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se abrigue con su piel?

—Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos señor.

—¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.

—Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de Conrado, marqués de Tiro?

-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.

-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.

-Mi madre ha vendido sus joyas...

-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, el rey es lo primero[A]. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje por los Estados del Poitú y la Normandía.

El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al rey su cabeza á peso de diamante.

El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió de hombros, y dijo al canciller:

—Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.

El negocio estaba terminado; el rey se vendía.

El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para sí mientras bajaba la escalera:

—Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.

Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba. Aquel hombre iba vestido de colorado.

Era Godofredo el verdugo.

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