XI PRINCIPIOS DE REVELACIÓN
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EL rey fijó una mirada escudriñadora sobre el semblante de Robín, y sólo vió en él la expresión de un terror pánico.
—¿Qué tienes que revelarme? preguntó el rey.
—Señor, contestó Robín con voz ininteligible; he visto morir á vuestro padre.
El semblante de Corazón-de-León se nubló.
—Adelante, dijo con voz entrecortada.
—Es, señor, que ese es mi único delito.
—¡Cómo ¿y el alboroto de esta noche?
—Perdón, señor; yo creía que vuestra gracia había muerto.
—¡Ira de Dios! ¿tú también? exclamó el rey cada vez más sombrío; ¿con que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesión por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo? ¡Por San Jorge! yo les probaré muy pronto que aún tengo sangre en las venas.
—Cortad algunas cabezas, señor, y creerán en vuestra gracia.
—¿Con que eres mi consejero? Y bien: ¿qué cabezas son esas?
—La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.
El miedo hacía temblar á Robín.
—¿Luego conspiran?
—Sí, señor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaña, y Juan-sin-tierra alega que es vuestro legítimo heredero.
—¿Y sabes tú los nombres de los que están empeñados en esta empresa?
—Yo no, señor; pero alguno hay que lo sabe.
—¿Quién?
—Adam Wast.
—¿Ese preso cuya libertad pedía el pueblo?
—Sí, señor.
—¿Y quién es ese hombre?
—Señor, prometedme perdón y todo lo revelaré.
—Adelante, gritó el rey impaciente, dando una furiosa patada en el pavimento.
—Vuestra gracia me pregunta quién es, y necesito tomar la historia algo lejos, continuó Robín sudando de angustia; es compatriota mío, nacido en el condado de Kent; su padre era mercader y vivía junto al mío, que era herrero. Siempre estábamos juntos; cuando llegamos á ser hombres, Adam Wast siempre meditabundo y reflexivo, se tornó más pensador que nunca y empezó á esquivar mi compañía. Yo le busqué y le reconvine por su abandono.
—«Robín, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compañeros sirven; para ayudar la ambición de un hombre como yo, para elevarse con él, son necesarias dotes que tú no posees.»
—¿Y cuál era la ambición de ese hombre? preguntó Corazón-de León arrojando una intensa mirada sobre Robín.
—Oidlo, señor, contestó éste: nosotros nada debemos á la fortuna; me dijo Adam cuando le hice una pregunta igual á la que vuestra gracia acaba de hacerme; nada debemos á la fortuna que nos ha arrojado en un círculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asíduo y degradante; mira tus manos: están negras, ásperas, encallecidas por el roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la mirada orgullosa, una espada á la cintura, y llevan pajes y bufones tras sí con su blasón al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos hombres son como nosotros. ¿Qué nos falta para igualarnos con ellos? fortuna: la fortuna es de quien la busca.
—No pensaba mal el perillán, observó el rey; y luego ¿qué aconteció?
—Huimos de casa de nuestros padres, contestó Robín, robándoles el dinero que pudimos, y nos encaminamos á Oxfford. Allí nos dedicamos al estudio de las leyes. «De los abogados se hacen cancilleres», decía Adam, cuya primera ambición era ser canciller; y se dedicó con ardor al estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario mis deseos y mis esfuerzos fueron inútiles para ponerme á nivel de los estudiantes menos aventajados. Tenía razón Adam; yo no servía más que para forjar hachas y arados.
Adam concluyó sus estudios, y á pesar de que yo nada había adelantado, no me abandonó; seguí á su lado, pero me hizo trabajar escribiéndole sus defensas; casi me tiranizaba; yo fuí su primer esclavo.
Su dependencia llegó á ser para mí insoportable, y me separé de él; antes de separarnos me dijo:
—Robín, ten en cuenta que eres dueño de mis secretos (en el ejercicio de su profesión había cometido algunas infamias, de que yo era conocedor y á veces partícipe); que nos habíamos unido para buscar fortuna, y que tú eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que dependes de mí; que cuando te necesite te buscaré; que si me vendes me vengaré.
—Ofrecíle callar, y me puse en camino para Londres; un día que estaba fatigado, me senté á comer junto á un arroyo, y poco después una mujer que hacía el mismo camino, se sentó junto á mí.
—Ruego á vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observó Robín notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis aventuras, me será más fácil expresar lo que á vuestra gracia conviene saber.
Corazón-de-León mudó de postura, arregló unos tizones, y siguió escuchando de una manera indiferente.
—Aquella mujer, prosiguió Robín, iba extrañamente vestida; su traje consistía en un faldellín de seda muy usado, tan corto que apenas cubría sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su seno, que así como su cabeza y su cuello eran de una hermosura brillante, aunque algo selvática, y un tanto ajada por un trabajo continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores provenzales, y una pequeña harpa. Era una de esas pobres mujeres que venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada á esa profesión aventurera que no hubiera existido sin la protección de la hermosa y desgraciada lady Rosmunda.
Al oir este nombre, los músculos de Ricardo se estremecieron de una manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresión particular, que desapareció con la velocidad del relámpago.
—Aquella mujer, continuó Robín, me saludó, y arrojó sobre mi escasa comida una mirada involuntaria. Me compadecí, y la invité á que participase de mi frugal alimento, que aceptó; ella era hermosa y de costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refirió en tres palabras su historia. Se llamaba Clary, no tenía padres, y era trovadora. La conté la mía con la misma brevedad, y cuando hube concluído fijó en mí una mirada que me hizo estremecer.
—¿Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna á la mía?
—Sí, la dije acabando de enamorarme.
—Pues bien; tú no has amado, ni sabes más que batir hierro; yo te daré mi amor y te enseñaré á bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos á Londres, ya sabrás lo bastante para acompañar mi canto y recoger los tarines que ganemos. Tras estas palabras...
—Menguado, gritó el rey dando un furioso puñetazo sobre uno de los brazos de su sillón; se breve, ó veremos si en el potro nos dispensas de lo inútil de tu charla. ¡Adelante!
—Es que, señor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar muchas noches en mi casa á su gracia el rey Enrique II.
—¡Adelante! insistió el rey.
—Llegamos á Londres, prosiguió Robín, y allí conocimos otra bailarina escocesa, á quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de nuestros mutuos ahorros. Ketti, que así se nombraba, nos impuso por condiciones que guardásemos secreto y prudencia acerca de un alto personaje que se había enamorado de ella; y en verdad, señor, Ketti era muy hermosa.
—¿Y quién era ese personaje? preguntó el rey fijando su mirada de águila en la de Robín.
—Su gracia Enrique II de Inglaterra, señor, contestó inclinándose Robín.
—¡Mi padre! exclamó el rey levantándose de repente y adelantando un paso hacia Robín; ¿y quién te ha dicho, miserable, que el amante de la bailarina era mi padre y no otro?
—¿Recordáis, señor, contestó Robín temblando de antemano por temor al resultado que pudiera tener lo que iba á decir, recordáis, señor, el 1.º de julio de 1189?
El rey palideció, apoyóse trémulo en el cornisamento de la chimenea, y Robín, que le miraba con ansiedad, vió resbalar una lágrima á lo largo de su tostada mejilla. Después pasó una mano por su frente, cubierta de sudor, y empezó á pasear á lo largo de la cámara.
—No fuí yo, murmuró el rey de modo que no pudo oirle Robín; no fuí yo, señor; fué mi hermano Enrique.
De repente se paró delante de Robín.
—¿Y cómo sabes tú eso? le preguntó.
—Vuestro padre murió en mi taberna de Sowttwark, señor, y yo por una casualidad estuve presente á su agonía.
—Mientes; mi padre murió en Chinón el 6 de julio de 1189.
—Eso dijeron, señor; al día siguiente del combate de London-Bridge, un carro cubierto salió de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde de Salisbury, y contenía los restos del rey. En Chinón se publicó la muerte; se dijo que el rey había muerto allí de pesar, porque esto era menos escandaloso que decir había muerto herido por un venablo en el puente de London-Bridge, cuando huía de su hijo el príncipe Enrique el joven.
Por esta vez el rey se dominó y tornó á sentarse; su voz más ronca, más profunda que antes, se dejó oir dirigiéndole á Robín la palabra:
—Sigue.
Robín prosiguió:
—De los amores del rey y de la bailarina nació una niña; antes de espirar, el rey llamó á Ketti y la dijo: si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo.
—¿Y dónde está esa mujer? preguntó el rey, cuya mirada se dilató.
—Ketti, señor; ha muerto, y su hija vive en el collado de la Torre, frente á la horca, junto á los muros de la iglesia de All-Hallow.
—¡Su hija!
—Su hija, señor, es la esposa de Adam Wast.
—¡Esposa de Adam Wast! exclamó el rey con extrañeza.
—Aun no he concluído, señor, contestó Robín. Después de aquella catástrofe, Ketti enloqueció, y nosotros la tuvimos algún tiempo, y criamos la niña. Cuando murió el rey, Ketti, que así se llamaba, sólo tenía dos años; á los doce era la más hábil costurera de Londres.
—¡Costurera! murmuró el rey con amargura.
—Sí, señor; jamás pudimos recavar de Ketti que se presentase á vuestra gracia; cuando en un intervalo de razón Clary y yo se lo aconsejábamos, nos respondía: «no, amigos míos; si el rey no quiere reconocerla, la expongo á las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarán de mí, porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un rey.
—¿Y ella lo ignora? preguntó con interés Ricardo.
—Sí, señor. Avanzó el tiempo, y cuando partió vuestra gracia para Tierra Santa, el hombre que las protegía, el noble y valiente conde de Salisbury, desapareció: hay quien dice que fué ejecutado secretamente en la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los recursos, y me ví obligado á hacerme montero, para ayudar con el fruto de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban á cubrir los productos de mi taberna de Sowttwark. Un día, hace dos años, al volver á mi casa, Clary me dijo que teníamos un huésped; era Adam Wast, que venía á buscarme. Su ambición había sido burlada. A los treinta y tres años se veía reducido á la indigencia. Yo era pobre también, pero le propuse partir con él mi trabajo si quería hacerse montero. Aceptó, y otro día al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el camino le referí mi historia, y cometí la imprudencia de revelarle el secreto del nacimiento de Ketti.
—¿Y esa mujer es hermana del rey? me preguntó con interés.
—Sí, le contesté.
—Calló un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo sentándose:
—Estoy enfermo, y creo que no podré llegar; sigue tú.
Yo le creí, y le dejé.
Cuando antes del toque de cubre-fuego volví á mi casa, encontré á Ketti llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba fuertemente á Adam.
El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de ausencia de Clary y la demencia de su madre, había violado á Ketti.
Corazón-de-León dió salida á un juramento y á un rugido.
—Adam, prosiguió Robín, procuraba sincerarse con Clary, y ofrecía á Ketti reparar su falta uniéndose á ella. Yo me indigné, porque ví claro el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llevó á otro aposento y me dijo:
—Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; ¿por qué hemos de dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, haré de modo que el rey la reconozca, y seré rico; entonces tú dejarás de ser un mendigo.
—Pero esa mujer ama á mi capitán, le contesté.
—En efecto, Ricardo, nuestro capitán, observó Robín abandonando por un momento su relación, había dicho cuatro galanterías á Ketti, y ésta las había creído hasta el punto de enamorarse locamente de él.
—Si yo consigo casarme con ella, prosiguió Adam Wast, me importa poco tu capitán. Si me ayudas, seremos ricos.
—Señor, el demonio de la codicia se apoderó de mí, y la casualidad nos protegió. Ketti conoció que era madre; Ricardo, perseguido por los archeros del canciller, pasó por muerto, y al fin la hija de Enrique II fué la esposa de Adam Wast.
-¿Y su hijo?
-Murió, apenas dado á luz. Adam Wast, luego que se efectuó su matrimonio, se presentó al príncipe Juan-sin-tierra y le reveló el secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El príncipe se negó y le arrestó en la Torre. Por aquel tiempo estuvo también arrestado un judío que venía de Tierra Santa, y que no tenía otro delito más que ser riquísimo y haber declarado su amor á la joven condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo canciller. Allí se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos, y no tardaron en unirse, vendiéronse á la facción del príncipe Juan, contra la facción de Artus de Bretaña que alentaba el canciller; y engañando á éste y comprándolo á fuerza de oro, fueron puestos en libertad. Desde entonces, señor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se mentía amigo del pueblo y se hacía su jefe, el alboroto de esta noche, sólo era con pretexto para proclamar al príncipe Juan.
Robín calló, porque había llegado al cabo de su revelación.
—De la verdad de lo que me has dicho me responderá tu cabeza, dijo el rey. ¿Pero quien me podrá probar que esa Ketti es mi hermana?
—Señor; el único que podía era el conde de Salisbury y ha muerto.
Corazón-de-León recordó entonces lo que el llavero Stek había dicho era causa de su prisión. Aquellas palabras: El obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury... yo había lavado la compuerta después de la ejecución, hicieron nacer una vaga sospecha en el pensamiento del rey.
—¿Y vive aún el verdugo que ejecutó al conde de Salisbury? preguntó á Robín.
—Sí, señor; aun es ejecutor de Estado de la Torre.
—¡Ola! ¡Nortumberland! exclamó el rey.
Nortumberland, que por el momento desempeñaba las funciones de gentil-hombre, entró.
—Haz que lleven este hombre á una torre que le pongan un lecho, y le traten bien. Ve, continuó el rey dirigiéndose á Robín; sí pruebas que es cierto lo que dices, el rey te recompensará.
Nortumberland llamó á Glow, y le trasmitió la orden del rey. Glow condujo á su destino á Robín.
—Milord, añadió el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de la Torre; asimismo que un atormentador prepare los borceguíes.
Nortumberland salió; el rey quedó paseándose agitado por la cámara.
La relación de Robín había despertado sus más crueles recuerdos; había escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazón-de-León, el hombre sin miedo y sin piedad, sintió pavor de sus mismos pasos, se estremeció al ver su sombra interpuesta á la luz en los muros, creyéndola un fantasma vengador.
Reinaba el más profundo silencio. El rey se asomó á una de las ventanas de la cámara, desde donde se veía el Támesis y Sowttwark; nada quedaba del alboroto más que la roja llama del incendio del arrabal, tiñendo con reflejos rojos la ancha y serena corriente del río.
Un ruido acompasado y monótono vino á interrumpir el silencio; eran los pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos capitanes á la cabeza, en el terraplén á que correspondían las ventanas de la cámara. Formaron en tres filas, según la costumbre de aquel tiempo, y esperaron en silencio.
Poco después se oyeron nuevos pasos; cien archeros, á cuya cabeza cabalgaba Espada-larga, llevando á su lado otro hombre también á caballo, se detuvieron á la entrada del portal que conducía á la escalera de la Torre; Espada-larga descabalgó, y á poco después se presentó en la puerta de la cámara real.
—Y bien, dijo Corazón-de León ¿has preso á esos traidores?
—Al obispo canciller, contestó Espada-larga, sí; el príncipe Juan no estaba ya en Whitehall; había terminado el festín, y se dirigía sin duda por distinto camino á la Torre, donde he sabido tenía preparado un banquete.
—Que suba el obispo de Eli. ¡Nortumberland!
El duque entró, volviendo á salir tras algunas palabras que Corazón-de-León murmuró á su oído.
Un momento después estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

