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Los hermanos Plantagenet

XVI EL CONDE DE SALISBURY

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CREEMOS que el lector no habrá olvidado al extraño personaje que se había presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien á tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tenía lugar entre ésta y Agiab, ni la profunda impresión que la vista del desconocido produjo en Ester, haciéndola arrojarse á sus pies.

Nosotros no queremos ser misteriosos por más tiempo, y nos apresuramos á decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonomía era el conde de Salisbury.

Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que había presenciado su agonía; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el padre, había servido al hijo con la misma adhesión, con la misma lealtad.

Es cierto que Ricardo había observado una conducta criminal con su padre, rebelándose contra él y siendo en cierto modo cómplice de su muerte; pero había sido engañado; Salisbury, que no hubiera podido tolerar la vista de Enrique el joven, halló en el dolor y en el arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre, lo que Enrique II le había perdonado como padre.

Ricardo, por su parte, indomable y feroz para todos, se dejaba dirigir por el conde; le consultaba sus actos de gobierno, los proyectos que le sugería su genio guerreador y aventurero, y se doblegaba á sus consejos: en una ocasión, empero, fueron inútiles los esfuerzos y las súplicas de su viejo amigo. Ricardo resolvió partir á Tierra Santa, y partió dejando su reino abandonado en manos extrañas, avezadas de viejo á la traición, y que tal vez pretendían arrancarle traidoramente la corona de sobre su yelmo de combate. Una doble causa impulsaba á Ricardo: estaba entonces á la orden del día (digámoslo así) que los reyes cristianos fuesen á derramar sangre sobre el sepulcro del Salvador, y por otra parte, el joven Felipe Augusto de Francia, ya con gloria por el feliz éxito de algunas empresas arriesgadas, y enemigo, por tanto, aunque simulado, de Ricardo, acababa de partir con gran pompa, y seguido de una falanje de caballeros, á arrancar de manos de los infieles la Santa ciudad, conquistada por Saladino al débil Guido de Lusiñán. Ricardo aprestó, como sabemos, lo mejor de sus caballeros, y partió dejando la condestablía de la Torre á Salisbury con quinientos normandos para su defensa, en cuya adhesión tenía gran seguridad. Poseer la Torre era poseer á Londres; poseer á Londres era ser rey de Inglaterra.

Pero no tardaron en mostrarse los resultados que Salisbury había temido á la partida del rey. Guillermo de Longchamps, canciller del reino, se atrevió á decir en el seno del Consejo que era necesario declarar el derecho de sucesión al trono para el caso probable de que Ricardo muriese en Palestina; halló apoyo, y Artus de Bretaña, sobrino del rey, fué declarado su heredero: de aquí resultó que Juan-sin-tierra, apoyado por su madre Eleonora de Guiena, regente del reino, interpusiese su mejor derecho, y la nobleza se dividió en tres bandos; los unos en pro de Artus, bajo la bandera de Juan los más, quedando muy pocos en el partido del rey, á pesar de los esfuerzos de Salisbury.

Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posición pesaba de una manera notable en la balanza política. Tratóse, pues, de comprarle por entrambas partes, y Salisbury desechó con indignación la primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareció un día que había sido llamado por el Obispo canciller, y como no se volviese á saber de él, Apsley fué nombrado condestable de la Torre. A esto siguió el encarcelamiento de los adictos á Ricardo, y los sucesos de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fué arrojado al Támesis por la compuerta de la Torre del Traidor, ganó silenciosamente la orilla, tomó tierra y se dirigió al monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era aún del conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron también al fugitivo: fué éste tan prudente, que su muerte se dió por cierta, y su hija fué puesta en posesión de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prácticas religiosas de una manera rígida, y se había hecho un modelo de austeridad para con los monjes más severos. Jamás salía del convento, ni hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era á la sazón de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo más recóndito.

Los monjes no se veían en el confesonario; llegaban á él por el interior del monasterio, y sólo comunicaban con el penitente al través de una pequeña reja abierta en un nicho profundo y oscuro que correspondía á la iglesia.

Una vez allí, el misterio y la oscuridad presidían al solemne acto; y la voz del monje, partiendo desde lo profundo, parecía en cierto modo la voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asistía al confesonario junto al padre Williams, esto podía ser sacrílego y malo; pero así sucedía.

Por este medio Salisbury conocía la sed de venganza de Ester, sus padecimientos, sus alegrías, su amor á Espada-larga, la conciencia de su hija estaba abierta ante él como un libro, y por lo tanto, cuando pasada la primera sorpresa contó á su hija el modo milagroso con que había salvado su vida; cuando llegó el caso de que Ester quisiese referirle su historia, la interrumpió pronunciando estas solas palabras:

—Todo lo sé, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera, lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y vergonzoso.

—¡Ah, señor! murmuró Ester.

—Y bien, ¿nada tenéis que pedirme?

—Nada, si todo lo sabéis, señor, contestó Ester, fijando sus hermosos ojos en su padre.

—Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un aventurero en toda la fuerza de la expresión; ¿pero sabes tú si cuando conozca su origen será para él un objeto de ambición tu amor?

—¡Señor...!

—Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por cuya causa estoy aquí.

—¡Cómo!

—Desde que la peste aflige á Londres, paso las noches auxiliando moribundos; necesito hacer bien para consolarme del daño que me han hecho los hombres. Pues bien; esta noche volvía de auxiliar á un desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre y la iglesia de All-Hallow, llegó á mi oído el acento de una mujer que cantaba, aquella voz me era muy conocida: á poco la puerta de aquella casa se abrió, y la joven que había cantado salió. Entonces del sótano de la horca salió un hombre y siguió á la mujer, yo les seguí también. Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

—¡Ketti! ¡Ricardo! exclamó Ester.

—Cabalmente, esperé y salieron; seguíles de nuevo, y entraron en una taberna en Sowttwark.

—¡En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucían el orgullo ofendido y los celos.

—Sí, en una taberna. Pero en aquella taberna murió Enrique II de Inglaterra, y los jóvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique II...

—¿Con que son...? dijo Ester, no atreviéndose á proseguir.

—Hermanos, contestó el conde.

—¡Ricardo! ¡Ketti! hermanos.

—Sí; él es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida á Enrique II y á una bailarina. Más tarde te referiré esas historias.

El estupor no permitía hablar á Ester; su padre prosiguió:

—Yo conservaba una llave que tenía el rey para visitar á la bailarina, y corrí á buscarla á San Bridge. Volví con ella, y entré sin ser notado.

—¡Oh! sí, recuerdo, dijo Ester, que un día, cuando confesaba con el padre Williams, éste me pidió una llave que debía existir en el lugar de vuestro aposento que me indicó: al día siguiente le llevé la llave.

—Sí, dijo el conde; necesitaba derramar lágrimas, necesitaba consuelos, y en aquel aposento los hallaba; parecíame estar en él junto á Enrique II, teniendo sobre sus rodillas á su pequeña hija, y cuando arrojaba una mirada al lecho, mis lágrimas corrían; porque aquel fué el lecho de muerte del rey.

Salisbury suspiró, calló un momento, y después contó á su hija la historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche tuvo lugar en la taberna.

—¿Y dónde está Ketti? preguntó Ester cuando su padre hubo concluído.

—En esa cámara inmediata.

—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre!

—Sí; pero tened cuenta, hija mía, con que esa desgraciada ama á Ricardo, y si sabe por mí que es su hermano.

Ester abrió la puerta y llamó á Ketti; la niña entró pálida y llorosa y se arrojó á los pies de Ester.

—¡Oh! ¡perdón señora! ¡perdón! yo no sabía que era mi hermano, exclamó arrojándose á sus pies y juntando sus manos.

La expresión de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del Descendimiento de Rubens.

Ester levantó apresuradamente á la joven, y contestó á la súplica de Ketti abrazándola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti reclinó la cabeza sobre el hombro de Ester y rompió á llorar; Salisbury caló la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmoción.

En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata; sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elevó proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.

Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vió fué el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.

—¡Milord! ¡conde de Surrey! gritó.

A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey vió la noble cabeza de Salisbury, que había arrojado atrás la capucha.

Surrey se arrojó del caballo, entró en el zaguán, y siempre con el pendón real, entró instantáneamente en la cámara donde se hallaba Salisbury.

Miró un momento con sorpresa al conde y le abrazó.

—¡Por San Jorge! dijo; ¿aun vivís?

—Sí, exclamó Salisbury, y quiero ver al momento al rey.

—¡Pues á la Torre! contestó Surrey.

—¡A la Torre! sí, vamos; y vosotras también, hijas mías.

Diez minutos después, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo á Ester, junto á Surrey que conducía de igual manera á Ketti. Había concluido la proclamación, y los archeros apagaron sus antorchas para evitar lo extraño que debía parecer un caballero llevando sobre su cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendón real.

Deberemos decir que esta precaución era inútil: llegaron á la Torre sin haber encontrado un alma viviente en el camino.

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