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Troteras y danzaderas

PARTE V

Reading edition

ORMUZD y AHRIMÁN

Οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.

Homero.

I

—Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú —Verónica palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz, ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la comida.

Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una casuca de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre el entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos, perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con los huertos de las casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja de hierro pintado de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y huerto estaban asentados en peña viva del acantilado de la costa, como todas las casas del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía al mar por una escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas estando alta la marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para quienes no supieran nadar.

Prosiguió Verónica:

—Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como si no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van a morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla.

—O comérnosla.

—Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en hablar por los codos. Bueno, he dicho.

Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a donde Alberto escribía.

—Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo. Quiero hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro del cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos días.

—Veamos qué es lo que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho.

—No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte; por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor para tales pequeñeces.

—Andando.

Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por encima de quebrados peñascos brunos.

—¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? —habló Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar la planta.

—Sin duda.

—A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?

—Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.

—Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo, hombre.

—Engañar... Explícate mejor.

—Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.

—No te acalores.

—No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco confianza.

—Creo que te equivocas.

—¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a Teófilo?

—Tal creo.

—¿Y al otro también?

—También. De distinta manera.

—¿Estás de guasa? ¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo que se dice querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a una sola. Y si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño. ¿Qué digo a un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se quiere sino a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de la gente no quiere a ninguna.

Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y dijo:

—¿Es eso todo lo que tenías que decirme?

—¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras?

—En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos viene.

—Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En ocasiones me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz?

—Teófilo no puede ser nunca feliz.

—Calla, calla.

—Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser.

—No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia, yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día por día?

—Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser.

—¿Te has vuelto loco?

Tomaron la vuelta de la casa en silencio.

II

No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga en la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina:

—Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos a hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado. Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme, costare lo que costare.

Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica, evadiéndose por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases apasionadas que a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido en la cuestión concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él quiso, aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de guardar prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible.

Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a veces llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo como empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando. «Odio a Fernando —aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo causaba el oírla—, lo odio porque es un tirano y un explotador. De aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él, porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en el último invierno, que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le dijese, se acabó todo, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco, con todas mis ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía acabar cuanto antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel dinero. Pero Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se emperraba en que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente había ganado. «Y sobre todo —añadió— que ese capitalito, más que mío, es de mi niña, y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada tuvo que decir a esto.

A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a lo que Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la licencia absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya nunca de ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en extremo desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del dinero, y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día que le abandonase. «Ten paciencia, Teófilo —había suplicado Rosina—. Lo mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga hacer.»

Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego, Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia.

Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina temía que por sorpresa se presentase en Asturias. Solo de pensar en semejante contingencia se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada, acudió en un instante con el remedio, y fue llevarse a Verónica consigo, de manera que si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase por amante de la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de hábiles circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió por el pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo afecto y discreción fiaba.

—Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la nuca —dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con Rosina. Añadió—: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así, sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda. No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes de tu motu propio te arrastro por las orejas.

—¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por gorro? ¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos?

—A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo, que siempre te tuve por un buen amigo.

—Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.

—Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir?

—Te he dicho que sí, Verónica.

—Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el diablo las entiende...

—Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.

—Eres un barbián. Choca acá esos cinco.

—Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van los cinco.

Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje, permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:

—Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica, porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.

Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la cual él se había sometido gustoso.

—Entonces —repuso Travesedo—, ¿por qué no ha venido Verónica a solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también.

—¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que te someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado de ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado la coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer.

—Quizás solo en la Vicaría —concluyó Travesedo, después de pensarlo un rato.

III

Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente; esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo, afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones de pasado y futuro; en suma, el carpe diem horaciano. Los cuatro moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en todo punto algo de estridente y acre.

Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de continuo de chácharas, risas y cánticos.

Teófilo había venido al pueblo con la determinación de aprovechar el verano para cargarse otro drama, como él decía. Pasaba el tiempo, sin embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto, rogándole que le proporcionase algún remedio.

—No sé cómo te arreglas —habló Teófilo—. Trabajas todos los días cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago. No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué debo hacer yo?

—Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves, no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas. Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo.

—Así es. Acaparado por completo —repitió Teófilo, esbozando una sonrisa de candoroso orgullo—. Se cree vulgarmente que el amor estimula el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la poesía. Ahora veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un anulamiento tan placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa; aguardaré. Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo ahora vivo.

—Sí; vivir es sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice Stendhal.

—Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior no hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy desmejorando bastante? —Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos traicionaban escondido anhelo.

—Un poco, es natural.

—No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me repondré en muy pocos días.

A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán dijo:

—Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi novela.

—«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los tres amigos.

—Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo pensáis marchar vosotros?

—Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo? —y contempló al poeta con mimosidad—. Por lo pronto, no tengo contratos hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí todo el mes de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes quedar también. O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas, puedes volver después de publicado el libro.

—No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los testigos. Antonia no me perdonaría que faltase.

—Pues hijo, te portas como hay Dios —dijo Verónica, desabridamente—. Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. Eso es una cesta que pesa varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.

—Ven a Madrid conmigo.

—Estoy por marcharme también.

—Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más —habló Rosina—. Seremos muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú —dirigiéndose a Alberto—, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes, porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos, y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de percebes...

—¡Quédate! —rogó Teófilo con gran amargura en la voz.

—No me es posible.

Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo confidencialmente a Alberto:

—Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía. Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí, miedo.

—¿De qué o a qué?

—No lo sé yo mismo.

IV

Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar.

Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a los asistentes a su boda un almuerzo en el Ideal Room. Aparte de Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio, el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti, compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y, aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.

Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.

—Son felices; serán felices —exclamó Travesedo, aludiendo al flamante matrimonio.

—Son felices; serán felices —hizo eco Guzmán.

—He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos, educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde! La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la bondad y la belleza de la vida.

En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.

—Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando por usted hace dos horas.

—¿Un judío?

—O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le entiende lo que dice.

Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos meses.

Heinemann revelaba gran agitación.

—Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a consultar lo que me ocurre —dijo en francés.

«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta:

—Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.

—En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!

Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se prestase a ello.

—¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? —murmuró Guzmán.

—Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario. Nora dice que de lo contrario se suicida.

—¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida?

—Lo sabe. Estamos decididos.

—Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole moral.

—Lo que usted quiera.

—Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente. Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...

—¿De un crimen, quiere usted decir?

—No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.

—Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido? —Heinemann ponía y quitaba el monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión. Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann—: ¿Qué hubiera elegido usted? La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento.

Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento. Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca de la vida. Guzmán le interrumpió.

—Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es que yo no conozco a ningún médico o comadrona...

—¡Sálveme usted! —suplicó Heinemann, tomando entre las suyas entrambas manos de Guzmán.

—¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma tanto a ustedes tener un hijo.

—Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio, convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.

En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la puerta y gritó:

—¡Eduardo!...

Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió lo que Heinemann pretendía.

—Pero eso es un crimen —comentó Travesedo, sin poder contenerse.

—Si antes de nacer —replicó secamente el alemán— le hubieran dado a usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?

Hubo una pausa.

—La nada —respondió Travesedo, con energía.

Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los hombros aquella masa sideral de tinieblas.

—Yo amo a los niños —bisbiseó Travesedo, con acento de confesión—. Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un Goethe? —Hizo una pausa—. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?

—O esta otra —repuso el taciturno Heinemann—. ¿Será un tirano, un ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado, grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión, tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y fea y no vale la pena de ser vivida.

Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo, dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.

Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de visita y la respaldó con lápiz.

—Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me lavo las manos. Usted se entenderá con ella.

Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo mismo:

—La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que aconseja Hartmann.

V

A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y yo. Teófilo mal.»

Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.

Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos, Verónica, sin saludar, dijo impaciente:

—Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.

Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.

—¡Me muero, me muero, me muero! —sollozó Teófilo. Cortole la palabra un acceso de tos.

—Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira... —y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.

—Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.

—Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en Celorio? —preguntó Travesedo.

—No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.

Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.

El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:

—No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han especificado los síntomas.

—En todo caso, la enfermedad es grave —sugirió Travesedo.

—Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.

Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita, quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita con singular predilección por aquellos días.

El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta, con todos los muebles y ropas.

Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica.

Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.

—Pues verás, hijo mío —explicó Verónica—. Hace cosa de ocho días, Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando. El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso, tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza, ¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue: «Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo; él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da el corazón que cura.

A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su diagnóstico.

—Sospecho que se trata de un caso de granulia —dijo.

—¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? —inquirió Travesedo.

—Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre. ¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?

—Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico —habló Guzmán.

—Si fuera granulia, como presumo —continuó el médico—, conviene que ustedes se precavan del contagio.

—Y si fuera granulia —preguntó Travesedo—, ¿el caso es desesperado?

—Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra muy débil.

—¿Sin remedio?

—Sin remedio.

A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.

—¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? —consultó Travesedo.

—¿Para qué? —interrogó a su vez, con amargura, el médico—. Por el contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con cuidado con el contagio.

Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del contagio. Concluyó:

—Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc. que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación. Es una tuberculosis virulentísima.

Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la destrucción, exclamó con ánimo heroico:

—¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa, porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!

Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre los ojos, con ternura infantil y suplicante:

—Madre, me muero.

—Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has oído: no consiento que se hable de cosas tristes.

—Madre, creí que usted no vendría.

—¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?

—Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.

—Estos mozuelos —replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo—, estos mozuelos tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, ya te explicaré —y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de la muerte.

Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios, en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido el enfermo terminarán muy pronto.»

—Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a qué carta quedarnos —dijo Lolita.

Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.

Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un butacón, con los ojos entornados.

—¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a bailar de nuevo? —habló Verónica.

—¿Y te vas a marchar? —bisbiseó Teófilo.

—Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y luego vuelta aquí, si usted me necesita.

—Sí, sí.

—¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?

—Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.

—¿Quiere un poco de agua azucarada?

—Sí; me abrasa la boca.

Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.

—Gracias, Verónica. Bendita seas.

—Calle, no diga. Si no vale la pena...

Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica, la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.

—Acércate a mí, Verónica —suplicó Teófilo—. Tengo que hacerte una revelación.

—Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza —Verónica no sabía lo que decía.

—Acércate.

—¿Qué me quiere?

—Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo me hubiera enamorado de ti... —interrumpiose para toser. Respiró afanosamente y continuó—: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber; pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?

Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el fuego de los suyos.

—¡Verónica! ¡Verónica!

Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos negros. Hubo un largo silencio.

—Yo también te quiero a ti, Verónica.

Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de Teófilo, murmuró:

—Usted no puede dejar de querer a la otra.

—No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.

Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla, sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo, la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante, que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a grabar bien en la memoria la aprendida lección.

Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.

—¿Quién te escribe? —curioseó Teófilo, que había caído en un infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.

—Voy a ver. Arsenio Bériz.

Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo, huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.

Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti. Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación, me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria por efecto del incentivo carnal —llámalo amor, si quieres— que me inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo, encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y canallesco! Compadéceme, Arsenio.»

Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:

—¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta don Remigio, el canónigo; parece mentira —doña Juanita palideció—. Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y no con Lucrecia —contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en todo caso hacia lo imposible—. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.

—¿Para qué? Lo de la otra vez.

—Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?

En esto entró Travesedo.

—Nunca.

—¿Y tu novia?

—He roto con ella.

—¿Cuándo?

—Hace varios días.

Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la habitación, fue obra de un minuto.

—¿Es cierto lo que has dicho?

—Sí.

—¿Te has cansado de Fina?

—No.

—Entonces, ¿es cuestión de ideología?

—Desde luego, y otras cosas largas de explicar.

—Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me caso, y en seguida. Por amor y por ideología.

—¿Cuándo?

—No lo sé aún.

—¿Con quién?

—No lo puedes saber aún.

Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos sentados, sin hablar palabra.

—¡Aquel día, aquel día!... —exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.

—¿Qué día, hijo mío? —preguntó doña Juanita.

—El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez; de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa, fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte; quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.

Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.

—¿Quieres confesarte, hijo?

—Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos, para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora quedo tranquilo.

Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.

Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso, consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.

—Hijo mío —comenzó a hablar con voz tenue y aplomada—, más grave que tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que el demonio pone a veces en nuestra carne mortal —doña Juanita estaba de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro. Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y netamente—: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio Villapadierna.

Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo; este la detuvo con un movimiento del brazo.

—No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia. Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras. Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? —doña Juanita se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la del enfermo comenzó a murmurar en voz baja—: Hermógenes se casó conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera. Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo. Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble, caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú —doña Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos—: Durante los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase. Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante, me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer! —nueva pausa de Doña Juanita—. Años y más años, muchos años, hijo mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca, nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con lágrimas en los ojos, tu perdón.

En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando el fuego de su calentura.

—Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore, madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el alma.

—¿Que tú sabías?... —Dijo doña Juanita, incorporándose.

—Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa. Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre, béseme.

VI

Chi sará sará.

Divisa heráldica.

La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno de estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le suplicó:

—Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le dirás que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien; Fernando es la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y falsedades, una criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono.

En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo de Dios que se apaga».

Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como el de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se creyó en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y costó gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad.

Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y abandonar la casa.

Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina:

«Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas horas. Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París. Tendremos mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y media.—Rosina.»

Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto.

No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán; encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba.

—Ya no me caso —declaró con voz macilenta. Y como Guzmán no respondiese, prosiguió—: Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace tiempo que la quiero; pero no podía sospechar que la quería como mujer propia, ni siquiera yo lo había pensado, hasta que con motivo de esta enfermedad del pobre Teófilo se me reveló no como una mujer, sino como lo que es, como un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera. Reconocerás que en los últimos días esta extraña criatura alcanzó las más altas cumbres de la sublimidad. Reconocerás también que, aun concediendo todas estas perfecciones intrínsecas en Verónica, el acto de solicitarla por esposa, dados sus antecedentes, supone en el pretendiente cierta abnegación y un gran desprecio de la opinión pública. ¿Era verosímil suponer que Verónica rechazase a un hombre honrado e inteligente que le propone el matrimonio, y con él la dignidad y el olvido de su vida pasada? La inteligencia, el sano raciocinio, responden que no era verosímil esta hipótesis, sino que lo necesario, por racional, era que Verónica acogiese con llanto de agradecimiento a este hombre. Me parecía a mí que la ocasión más solemne y oportuna para dar el paso era hoy, día de la muerte del pobre Teófilo, de manera que el anillo que a Verónica le iba a ofrecer fuese como corona y reconocimiento de sus heroicas virtudes, aquilatadas estos últimos días. La tomo aparte. Le hablo todo conmovido, ¿qué quieres?, no lo he podido remediar. Ella llora y dice: «Don Eduardo, es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle a usted lo mucho que le agradezco esto que usted hace. Pero es imposible.» En otra mujer cualquiera la palabra imposible no significa nada, y muchas veces todo lo contrario de su contenido gramatical. Pero yo creo conocer a Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de conciencia?», pregunté, y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí, por tu vida de otro tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los ojos muy abiertos y sorprendidos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada. «No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a bailar.

—¿Cómo a bailar?

—Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo, piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos nada de nada.

Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina. Se presentó en el hotel de sobremesa.

Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las mejillas.

—¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes celos, Fernando?

Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y tranquila. Tendió la mano a Guzmán.

—Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.

—Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.

Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»

Se encaminaron al teatro.

Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca; llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un escalofrío.

Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público hasta humedecerle los ojos.

En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los sentidos.

Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando habló:

—¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?

—Mameluco —refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente el muslo de Fernando—. ¿Olvidas que Alberto es literato?

—No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta.

Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba frenético.

Rosina deseaba visitar a Verónica en su camerino y despedirse de ella. Guzmán la disuadió:

—Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le escribes una carta y al avío.

—Tiene razón don Alberto —afianzó Fernando—. Vámonos a dormir, que mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje.

Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:

—Sí, vámonos a dormir.

A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de Alberto:

—No sé cómo agradecerle...

—¿Y Nora?

—Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los demonios.

Se despidieron.

Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.

En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo, Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras, estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna voluntad de la naturaleza.

—A ver si nos haces una visita en París.

—Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa, de todo corazón.

—Buen viaje y que Dios os guarde.

Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto, antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas, y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.

—¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?

—¿Qué artículo?

—El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo —hablaba Muslera; pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando, ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban. Prosiguió—: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en su Encyclopédie Méthodique: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo: ¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España?

—Pues si le parece a usted poco... —murmuró Guzmán con sordo encono.

—¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.

—Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.

FIN

Múnich 10 noviembre 1912.

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