PARTE IV
Reading edition
HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA
Carpe diem quam minime credula postero.
Horacio.
I
—¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos, rica, ven acá! —rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo, y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto (Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido dentro de la casa por el teutón, al cual, en la historia geológica inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones, porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico, no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).
El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas, el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera. Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de agua y de bosque.
Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.
—¡Que me traigan esa niña! —volvió a aullar Travesedo, elevando los brazos.
Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose, se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros. Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este respecto era Macías.
—No puedo oír llorar a un niño —declaró Travesedo, pasando su mórbida mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.
—Ni nadie —corroboró Macías, mojando una sopa en vino—. El llanto del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo. Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.
—¡Qué bruto! —exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.
Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad, y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.
—¿Has oído?
—Ya, ya —respondió Alberto, con gesto de lástima.
—Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese de que yo se lo digo —afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa, y continuó con entonación disquisitoria—: Esto del llanto de los niños es una sensación puramente española.
—Claro —entró a decir el teutón—, yo en Alemania nunca he oído a los niños llorar.
—Tiene razón Alfredín —Travesedo llamaba siempre así al alemán—. A mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que estuve en Alemania olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes cuando volví a dar en ello qué malestar tan grande me entró. Venía a pasar las vacaciones a España: en tercera, y aun así y todo el dinero me llegaba ras con ras. En la frontera tomé un tren mixto; de esos trenes... en fin, un tren mixto español. Durante el día, todos los viajeros bebían como bárbaros y vociferaban como energúmenos. Al caer de la tarde el tren se había convertido en tren de mercancías, porque los hombres eran fardos, no personas. En cada estación, esas pobres estaciones castellanas en despoblado, el tren, que parecía un convoy funeral, se paraba veinte minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún. Entre la tierra y el cielo flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres, cuatro álamos, de raro en raro, o un hombre montado en un pollino, sobre la línea del horizonte, que producían la ilusión óptica de ser gigantescos. Luego he tenido ocasión de observar muchas veces y en diferentes órdenes de cosas el mismo fenómeno; en España un pollino visto contra luz se agiganta sobremanera. Pues, a lo que iba; en una estación, Palanquinos, nunca se me olvidará, después de una parada eterna y en medio de un silencio abrumador, oigo llorar a un niño... Vamos, renuncio a expresar lo que en aquellos momentos sentí.
—Ja, ja, ja —Macías produjo una carcajada teatral—. Eso quiere decir que en Alemania los niños no lloran.
—Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar —extrajo el reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes exclamaciones—: Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no ha traído la sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium.
Oyose la voz de Antonia, respondiendo:
—Cállese, condenado, que no hace más que gruñir.
Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto trayendo él mismo la sopera. Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente.
—¿Dónde está Amparito? —inquirió Alfil.
—Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita.
—¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria? —sermoneó Travesedo—. ¿Le parece a usted bien que una niña como Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente, nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro, frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender nada bueno?
El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo.
—No me muelan el alma. Lolita es una infeliz...
—Sí que lo es —admitió Travesedo.
—Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene —por acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había desaparecido—. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús, Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil.
—Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... —respondió Alfil muy ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido pagar ni un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del gabán porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían las carnes. Continuó—: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno se dé cuenta se va engullendo el pan —y por disimular su turbación, con digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul cobalto.
—Está en lo cierto Albertón —dictaminó Travesedo, que se arrogaba dentro de la casa funciones de tribunal en última instancia. Solía poner en aumentativo o diminutivo los nombres, según la estructura física de las personas y el afecto que a ellas le unía—. En esta casa todo va manga por hombro. Miren que mantel: si quita las ganas de comer...
—¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino ustedes, que son unos marranos? —decía Antonia en un tono más de observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la sopa.
—Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué está Amparito? ¡Amparito!...
«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo añadió:
—Venga usted ahora mismo, so holgazana.
—Basta, Antonia: no eche usted más sopa.
—¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo?
—Es que no tengo gana.
—Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo, querido Pajares— impuso Travesedo.
—Si no puedo, Eduardo —murmuró Teófilo, con doliente sonrisa.
En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz blanca, de terciopelo.
—¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber que entra usted en el cuarto de Lolita —la reprimenda de Travesedo tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal.
—Pero, don Eduardo..., es que ella me llamó —Amparito inclinó la cabeza ruborosa.
Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora, menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo, empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito, los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable, nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.»
—¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas a casar con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que éramos así —en efecto, habían sido compañeros en el instituto—, y que le conozco bien, te digo que lo que él prefiere es que seas mujer de tu casa, sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él?
—Sí, señor.
—¿Cuándo viene?
—Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante vendrá uno o dos días.
—Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? —preguntó Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa.
—Cabeza abajo, en la rinconera.
—¡Vaya por Dios! —exclamó consternado Travesedo—. Hoy andaremos escasos de principio y de postre.
Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había dado en la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las rameras. En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro menester que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que fuesen sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo del bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta de París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante. Delante de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía que un día no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San Antonio, y en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en actitud ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando: «Para que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de vacío, el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el niño Jesús de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má, porque ere un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al tercer día de privaciones amorosas ponía al santo cabeza abajo en la misma rinconera. Al cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza abajo siempre. Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba cabronaso y otras palabras malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita llegaba a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin duda por contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía incurrir en ásperas abstinencias.
Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas. Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las cartas.
—Corte usté, don Alfredo.
—¡Uf!, supersticiones, me dan susto —respondió el teutón, sacudiendo la mano en el aire.
—Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? —intervino Macías.
—Tres montonsitos, así. A ve —colocó sobre la mesa la sota de bastos.
—Zorras a principio de cazadero mal agüero —sentenció Alfil que andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían puesto en las manipulaciones de Lolita.
Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos.
—¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo —y sacó ahora el siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a las greñas, aborrascándolas más de lo que estaban.
—Algo gordo —habló Alberto.
—¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés. Vamos, que no pué sé y que no pué sé.
Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las cartas y comenzó a lloriquear.
—¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías —aconsejó Travesedo.
—¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!...
—¿Qué es, criatura?
—Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta de una esquina.
—¿Todo eso decía aquella carta?
—Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa.
—¿Por qué, inocente? No seas imbécil —dijo Alfil, que era el de mejor apetito de todos.
—¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté, como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una esquina y sujeto traidó?
—No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha suerte, con el día que hace, que convida al amor —añadió Alfil.
—Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen.
—¡Qué ignorancia! —exclamó Alfil, enarcando las cejas.
Amparito presentó a Lolita un plato de sopa.
—No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien rehogá.
—¿Una francesilla? —habló Antonia, con sonrisa triste y cansada—. Como no se la saquemos al señor Alfil del papo...
—Pero, ¿es que no hay pan?
—A ver —añadió Antonia—. ¿Cuántos días hace que usted no paga?
Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona, con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones en el mercado.
—Vamos, no seas remilgada y come lo que haya.
Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado: cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto de los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el norte de África. Había escrito sinnúmero de memorias, perfectamente concienzudas, en donde se demostraba la suma de beneficios sociales que los proyectos acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos invertido había de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales proyectos eran, por lo general, muy razonables y serios; pero el autor no conseguía que nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que dedicarse a negocios sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre, como aquel del circo, iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado por orden de la autoridad la misma noche de ponerse en marcha.
A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa y todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita, la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia, pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada. La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella, que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido, Verónica conservaba su muchachil sencillez.
—El público está mochales —acostumbraba decir—. Porque, vamos, que me digan a mí que si bailo así y asao, como los gipcios y las bañaderas... Si yo no he sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y acabao.
Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar su amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían: «Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de nada con ella».
Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante del amor y del desdén.
—Siéntate aquí, neñina —habló Travesedo con ojos bailarines, poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica—. Nunca vienes por aquí.
—Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana.
—Sería cuando no estábamos nosotros en casa.
—Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro.
—Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en un teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las tripas con un garabato.
—¿Trabaja usted mucho, don Teófilo?
—Sí. ¿Por qué lo dices?
—Porque tiene usted mala cara.
—Pues no suelo trabajar con la cara —dijo Teófilo secamente.
—Usté perdone si le he molestao —suplicó Verónica, con humildad.
—Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que perdóname y adiós.
—Adiós, señor Travesedo.
—Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina?
—Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer.
—Cualquiera que no sea idiota.
Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas escaleras Travesedo reanudó su palique económico.
—Voy a ver si convenzo a Jovino —decía—, y eso que después de lo del circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo. Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno. Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora bien, préstame atención.
Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande. Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando:
—¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo la opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas mil pesetas. Ahora, mis proposiciones son: un veinticinco por ciento de las utilidades y la dirección de las minas. ¿Qué te parece? —hizo una transición—. Cómprame un cigarro de quince céntimos que no tengo dinero. ¡Ah! Y un timbre móvil de diez.
Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo prosiguió:
—Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais?
—¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo.
—¿Con esta tarde? —exclamó asombrado Travesedo.
—Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al Ateneo a oír la conferencia de Mazorral.
—Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle. ¿Qué tal habla? —indagó Travesedo.
—No sé.
—De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia?
—A las cuatro.
—Pues iré. Y eso que desconfío de Mazorral. Es tan pedante...
Travesedo se despidió de Teófilo y Alberto.
II
—¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes de meternos en esa catacumba del Ateneo? —rogó Teófilo.
—Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar, volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia...
—No pensar... derretirse... Hoy y siempre.
—¿Te vas a poner trágico?
—Yo, ¿para qué? —Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió a risa a su compañero—. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o envidiarte; no comprendes nada del sentimiento.
—¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales quedan destruidos.
—¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de la vida.
—No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les falta la expresión emotiva.
—Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?
—Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.
—Caramba, qué expeditivo estás. A ver.
—Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo, introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y tramoya del sentimiento humano.
—Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?
—A la larga sí.
—¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el interesante, pero es que tú no sabes... —Teófilo creía mantener el secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen, entre ellos Alberto.
Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida, que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de alcantarilla. Por fin la abrió.
—Hombre, de Bériz.
—¿El qué?
—Esta carta.
—¿Qué es de él?
—No sé aún. Ahora veremos —leyó—: «Querido Guzmán: Dirá usted y los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día (esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín, nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo. Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»
—¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... —murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.
—Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un deber adscrito a ese nombre.
—Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una ocasión...
—Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica. Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un éxito.
—Pero tú dices que es muy malo.
—Por eso será gran éxito.
—Entonces, ¿cuál es mi deber?
—Hacerlos buenos.
—¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?
—No importa.
—Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.
Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes. Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado, como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho: «Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le forzó ahora a hablar.
—¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora, suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer, y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra, porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles asfaltadas, el ciego decía: «Huele un poquiñín a mar». Él decía un poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así, un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió: «Siempre es esto, pero en grande.»
Hubo una pausa.
—¿Qué sabes de Rosina? —preguntó Alberto sin subrayar las palabras.
—Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es una estrella de los music-halls y que hace furor en París —respondió Teófilo, afectando excesiva indiferencia.
—Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
—Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
—Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
—¡Escribirme!... —exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida y añadió—. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media docena de palabras en toda mi vida.
—¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
—Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja! También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas; por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte, robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud, espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
—Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y enxuta!»
—Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados. Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o monstruosas?
—Sí, Platón.
—Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.
Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.
—Es curioso —observó Teófilo, como hablando consigo mismo—. Me he pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje, sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca, como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas lo contrario.
—No digo yo tal.
—Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es inútil, todo es inútil.
Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»
III
No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de las ondas en el mar.
La Celestina.
Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo, esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos de exclamar:
—Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué indecente oscuridad!
Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.
—Señor —acudió Muro en seguida—, que estamos en el país de los viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad, para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud, y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas, los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es pasar el rato —hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza.
Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal, como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego. Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público, por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico, caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido.
Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y en cuanto dio con él le llamó aparte.
—No me digas nada —se adelantó a decir Guzmán, observando la satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante—, el negocio va a las mil maravillas.
—Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz. Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio. No hay negocio.
—¿Y eso?
—Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto en boca.
—¿Y por eso venías tan contento?
—Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito. Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué? Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí, este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando; pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud? ¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al zapatero? Pues entonces...
—Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?
—Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, adentro, a pasar este mal trago.
Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta, como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros, ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y mejor aire que los políticos.
Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.
La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola. Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas modulaciones que le daban emoción estética.
De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero. Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el problema España debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de recibir en tal punto muchas miradas de través.
Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.
Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando abandonaban entrambos el salón.
—¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le estima.
Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente, de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres, e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó, con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a don Sabas era la pérdida de Rosina.
—¿No ha venido Pascual a la conferencia? —preguntó Guzmán a don Sabas, por preguntar algo.
—No sé. Anda tan atareado estos días...
—¿Con la boda?
—Sí, creo que sí.
—¿Cuándo se casa?
—No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la conferencia, querido Guzmán?
—Muy bien, ¿y a usted?
—A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no; lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos, que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos» es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo mal —rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un calorífero—, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más. Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus artículos o dígale que su conferencia ha sido una batata, como se dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir, «respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica, mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué hacerse de él, con la espada escribían nihil en el mar, daban toda su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven Tejero me derribó con un discurso... —don Sabas sonrió amargamente—. De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles. Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera. Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué dice usted?
—Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.
—Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? —inquirió benévolamente don Sabas.
—¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.
—No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo haberle aburrido.
—No, de ninguna manera.
—Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes.
Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras, otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora, tenía un gato sobre las piernas. Habló así:
—Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato, y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver —dirigiéndose al gato—, ¿por qué no te has presentado en la tribuna y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio.
—Señores —insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado, encarnación austera de la ecuanimidad—, procuremos ser justos. Se pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.
—Pues eso es precisamente lo que decimos —replicó uno de los del diván, de cara aplastada y obtusa—. Que ha sido una conferencia llena de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era bambolla.
—¡Es un farsante! —falló una criatura enjuta y vehemente que hacía claudicar su mecedora con descomunal denuedo.
—Para mí los farsantes son dignos de toda admiración —declaró uno de los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de hombre sobre un cráneo de niño—. Para ser farsante se necesita, como condición sine qua non, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a la farsa la llamásemos pose, y a eso otro que caracteriza a Mazorral y a muchos animales inferiores, mimetismo. La simulación es una forma zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los ortópteros que entre los periodistas. La phyllia y la callima, por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera de ellos. El mimetismo es una actividad irracional, instintiva, despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario, la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se acostumbra a llamar pose. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... —sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre.
—¡Bah! Mimetismo o pose o farandulería, ¿qué más da? —observó un ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los ojos vueltos hacia el cielo raso—. El caso es que Mazorral no ha dicho nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos: ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo, si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos de Tejero.
—¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable! —clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica—. «Nosotros, los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva generación nos incumbe...» —peroraba en tono campanudo, contrahaciendo la voz abaritonada y vibrante de Mazorral—. Cualquiera diría al oírle que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón de este nuevo periplo. ¡Formidable!
—Señores —volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto y mal trajeado—, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral, estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc. El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?
Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo Travesedo.
—Me voy a la calle, ¿vienes?
Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se marchaban salió con ellos.
IV
Había anochecido.
Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de Santa Ana.
—¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... —exclamó Travesedo, que estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.
—Por la Virgen santa... —rogó Teófilo—. ¿Vais a hablar todavía de la conferencia?
—Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner algunas cosas en claro —y se dirigió a Alberto—: ¿Me quieres decir ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla, hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón. Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor.
—Conforme en todo contigo —comentó Teófilo.
—La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons, un filósofo inglés, inventó una máquina lógica, un aparato que funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de segundo grado. La crítica de la razón pura, que no parece sino que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de La crítica de la razón pura, digo que, para el caso este libro es como la máquina de Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con la crítica de la razón pura se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso: como dijo Hermoso —el hombre flaco y mal vestido— «hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú?
—Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado. Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir, porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres, porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos, pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa: había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.» Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo: «Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a esta raza española que nunca los había tenido.
—En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y embotarse aquella sensibilidad?
—Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies; pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez meses ya andan.
Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor. Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros, agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.
—¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos —Travesedo se inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.
Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo, y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.
Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta. De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de Travesedo.
—¡Eh, Céspedes! —gritó Travesedo.
—Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?
—¿Podemos entrar?
—Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...
Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos, practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado. Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el sentido.
—¡Vámonos, vámonos de aquí! —suplicó.
Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.
—Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te sentará muy bien —ordenó Travesedo.
En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.
—Estos poetas... —dijo Travesedo, chascando la lengua después de trasegar una copa de aguardiente—. Eres más pusilánime que un conejo de Indias.
—Vamos a la calle a que me dé el aire —habló Teófilo, poniéndose trabajosamente en pie.
Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:
—Era Santonja.
—¿Qué dices ahí? —inquirió Travesedo.
—Santonja, mi amigo Santonja.
—¿Quién? ¿El anarquista?
—Sí.
—Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...
—Homobono.
—¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.
Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.
—Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje platónico, una bomba a un monumento!... —de pronto rompió a hablar con mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo—. Habláis mal de los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas. Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis, vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves que lloro? Y es de rabia...
V
En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche, la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la categoría de una loggia medicea. Colgada oblicuamente de la pared había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer creer a sus visitantes que lo había pintado ella.
—Pero, ¿sabes pintar?
—¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero ya lo he abandonao.
No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.
—¿Cómo te apellidas, Lolita?
—¿Yo? Montoya.
—¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?
Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:
—Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si son amapolas, so primo.
Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco, con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes.
Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar el pino, sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos.
—Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia. Vamo, lee, niña.
Amparito leyó.
—Habiendo logrado Mr. Sonnini... —Amparito leyó eme-erre.
—Pero chiquiya, tú no sabe leé.
—Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.
—¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que ahora viene lo bueno.
—Habiendo eme-erre Sonnini —prosiguió Amparito— logrado abrir un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro, el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.
—¿Te has enterao? —preguntó Lolita a Verónica—. Ese royo de la momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos, de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso.
Amparito leyó:
—Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris, salud y paz os envía!
—¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé. Ahí están toas en er papé amariyo.
Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas.
—¿Tengo que decir la pregunta que haga?
—Naturalmente, chiquiya.
—Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?» —quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.
—Pero so gorfa —exclamó Lolita, alborozada sobremanera—. ¿Entavía estamos con esas niñerías der corasón?
—Si es por preguntar...
—Yo también quiero preguntar luego —insinuó Amparito tímidamente.
—Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.
—Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes —leyó Amparito—, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos. Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de estas...
—Yo te diré; esto se hase así, a burto —y Lolita comenzó a trazar palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.
—Pero eso es imposible.
—Muy fásil.
—Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.
—Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.
—El traductor —leyó Amparito— cree de su deber advertir aquí que él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón. Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables vías.
—¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.
—Sí que no...
—Pues, ahora hases las rayitas.
Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa.
—Sagitario; non, tres pares, non —bisbiseó Amparito—. La respuesta dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»
—¿Me quies desí —interrogó Lolita, enchipada como con un éxito personal suyo—, si no le deja a una aturuyá?
—¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? —inquirió Verónica.
—Y dos mil.
Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.
—Llaves, non, cuatro pares —sentenció Amparito—. La respuesta dice: «Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y atención te asegurarán el triunfo.»
—Esto debe ser cosa de brujería, porque no se explica que responda tan acorde —declaró Verónica con ojos resplandecientes.
—Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca ar finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er mes en que has nasío.
—Yo nací el cinco de setiembre.
—Setiembre, Amparito. Busca er signo.
—Virgo —leyó Amparito, con voz candorosa.
El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no podía retener, comentó:
—Tamién es grasioso.
—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será muy honrada, sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes, modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa.
—No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee, Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto!
—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será temeraria, imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y amiga de empinar el codo.
—¡Qué calurnias! —suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura al San Antonio cabeza abajo.
—En la vida —continuó Amparito—, todos sus planes se malograrán casi siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y desleal. No dice más.
—¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.
—Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten —habló Amparito.
—Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa.
—Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario —decidió Amparito después de consultar el libro—. ¡Ay, no sé qué me da!; no me atrevo.
—Anda niña y no seas desaboría.
Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:
—En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...
Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito, lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:
—¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres que te eche a azotes, mala cabeza —Amparito salió temblando. Travesedo se encaró con Lolita—: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos de conciencia.
Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía entrecortadamente.
—¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!
La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas.
—Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.
—Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?
—Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido —añadió Travesedo—. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver, Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.
Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que parecía hecha con bayeta de fregar suelos.
—¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.
—No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.
—Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo que haya.
—Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.
—Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.
Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:
—Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid y no falta quien le pague bien...
—No sea usté malo. Lolita es muy mona.
—Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz.
A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera, servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse. Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.
—Por lo que más quieras —rogó Teófilo—, no hables de eso.
—Claro —añadió Verónica—. Cualquiera come oyendo esas cosas.
—Por eso lo hago, precisamente —explicó Travesedo—. De este modo no echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.
—¿No has salido ayer de casa, Lolita? —investigó Alfil, bizqueando un poco a causa de la emoción.
—¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo afeitaban, don Eduardo?
—¿A quién?
—Ar tío ese anarquista.
—No sé decírtelo.
A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia, como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:
—¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy desgraciada.
—Bien —interrumpió Travesedo—, se ve que ha pasado usted la mañana en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en aquella casa?
—Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació Angelinos? —se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los alfileres, que iba colocando entre los labios.
—Saque usted esos alfileres de la boca... —conminó Travesedo—. Me pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia: que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.
—En esto no estamos conformes —objetó el cómico—. Brochero, el célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa manera.
—¡Pobre Angelinos! —repitió Antonia.
—En resumen, ¿pobre por qué?
—¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda.
—¿Quién es? —curioseó Lolita—. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso...
Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.
—¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para usted, don Teófilo —y alargó un sobre al poeta.
La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis. Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica. Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido. Decía la postal:
No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones. ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy hecha una ESTRELLA, el empresario del teatro del Príncipe, en Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín,
Rosina.
Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo. Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo:
—Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.
Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le escuchaban, exclamando:
—La bota que se materializa, señores —elevó los ojos a lo alto y murmuró—: Fiat voluntas tua.
Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.
—¿Es usted Teófilo Pajares? —preguntó uno, atusándose los bigotes, erectos e imponentes.
—Servidor de usted.
—Está usted detenido.
—¿Se puede saber por qué?
—Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos cuál es su habitación?
—¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?
—Tenemos que incautarnos de sus papeles.
—Bueno; sea lo que ustedes dispongan.
Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban guardando cuantos papeles hallaron a mano.
—¿Me consienten que me despida de mis amigos? —solicitó Teófilo.
—Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la policía —declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color amarillo tortilla.
—¡Alberto, Eduardo! —gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y cuando los amigos acudieron añadió—: Me llevan preso.
Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse.
—¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para perseguir los delitos literarios? —preguntó Travesedo.
—¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura —rezongó uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora—. Si al tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...
—¡Carape! —eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento—. A que resulta que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado de ayer.
—Usted lo ha dicho —aseveró el de la corbata amarillo tortilla—. En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor, concebidas en términos misteriosos.
—Pero si este señor —explicó Travesedo— es incapaz de matar una mosca.
Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose a decir:
—Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más recientes.
Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían complicaciones graves.
Al despedirse, Teófilo dijo:
—No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña —y tosió lamentablemente. Luego abrazó a sus dos amigos.