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Troteras y danzaderas

PARTE PRIMERA

Reading edition

SESOSTRIS y PLATÓN

Vedere adunque dovevi, amore essere una passione accecatrice dell’ animo, disviatrice dello ingegno, ingrossatrice, anzi privatrice della memoria, díssipatrice delle terrene facultá, guastatrice delle force del corpo, nemica della giovinezza, e della vecchieza; morte, genitrice de’ vizi, e abilatrice de’ vacui petti; cosa senza ragione, e senza ordine, e senza stabilitá alcuna; vizio delle menti non sane e sommergitrice della umana libertá.

Boccaccio.

I

Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos diarios de escasa circulación, el autor de Danza macabra y Muecas espectrales, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño; el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de vino, saturaba sombras y penumbras.

Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era lo aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño de la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por obra de cierto desdén hacia las artes cosméticas. Las botas y los pantalones, en particular, delataban con sañuda insolencia la inopia y desaseo de Teófilo. Sin duda, este lo echaba de ver, porque, según caminaba con las manos a la espalda y la cabeza caída hacia el pecho, miraba pertinazmente pantalones y botas, y su rostro aguileño, cetrino y enjuto, languidecía con mueca de consternación —una mueca espectral hubiera dicho él—, como si encarándose con aquellas prendas tan deleznables y mal acomodadas a los miembros las motejase de falta de tenacidad ante el infortunio y de adhesión a su amo.

Detúvose Teófilo delante de una puerta y miró el número pintado en el dintel: el 26. Volvió sobre sus pasos y penetró en el portal del 24. Arrancaba a subir las escaleras, cuando la portera, enarbolando un escobón, se precipitó a atajarle el paso:

—¡Eh!, tío frescales, ¿adónde va usted? —rugió la mujer, con iracundia que a Teófilo le pareció incongruente en tal caso. Continuó, casi frenética—: Aquí no se admiten méndigos, ¿lo oye usté, so sinvergüenza, tísico?

Teófilo sintió helársele el alma. Sus ojos perdieron por un segundo la visión. Teófilo, que había suspirado infinitas veces en verso por la muerte, y había descrito con cínica deleitación y nauseabundos detalles la orgía que con su carne pútrida habían de celebrar los gusanos, y también el fantasmagórico haz de sus huesos, ya mondos, a la luz de la luna; él, el cantor de la descomposición cadavérica, así que escuchaba mentar la palabra tisis desfallecía de miedo. Su zozobra constante era si estaría tísico.

La portera había ganado la delantera a Teófilo. Estaba dos escalones más alta que el poeta, con el escobón empuñado a la ofensiva y muy despatarrada, de manera que, dado el terrible volumen de su vientre y caderas, podía obstruir el paso con solo ladearse un poco a diestra o siniestra, según por donde viniera el ataque.

—Señora... —tartamudeó Teófilo.

Como si del calificativo hubiera recibido la más bárbara injuria, la portera reanudó sus voces con furor próximo al paroxismo. Esgrimía el escobón con entrambas manos a modo de mandoble; amagaba, pero no acometía.

Teófilo se mantuvo vacilante en un principio. Recobrado del desfallecimiento, por reacción la sangre le invadía acelerada los pulsos. Temblaba, sintiendo levantarse dentro de sí una fuerza indócil a la voluntad.

—Pero, ¿es que no tiene usted orejas, so tísico? —gritó exasperada la portera.

—Mujer, esté usted loca o no lo esté, esto se acabó, porque se me ha acabado la paciencia —masculló Teófilo atropellando las sílabas. Inclinó la cabeza, adelantó con el pie derecho un escalón y descargó secamente sobre la barriga de la portera, y en su zona central y más rotunda, un golpe recto con el puño. Como si el vientre fuese el fuelle de una gaita gigantesca, y por la colisión del puño se hubiera vaciado de pronto, los ámbitos de la caja de la escalera retemblaron: tal fue el alarido de la portera. Cayó sentada la mujer, y Teófilo brincó sobre ella, con propósito de huir escaleras arriba; pero la portera logró asirle un pie, y en él hizo presa. Tiraba Teófilo con todas sus fuerzas, y la mujer aferraba sin ceder, pidiendo auxilio. Oíanse pasos apremiantes dentro de las viviendas. Teófilo, a la desesperada, dio una sacudida y libertó el pie; pero al ponerlo en firme recibió rara impresión de frío y falta de tacto, como si el pie no le perteneciese. Mirose y vio que le faltaba la bota y le sobraban agujeros al calcetín, color cardenal retinto. Vergüenza y rabia le encendieron las mejillas. Le acometió la tentación de patear, con la bota que le quedaba, la cabeza de la portera, la cual agitaba en su mano la otra bota a modo de trofeo, y vociferaba:

—Este ladrón... este ladrón... ¡Emeteriooo...! Pero, ¿en dónde te metes, bragazas? ¡Emeteriooo! —y poniendo un descanso en sus clamores, hizo hito de la nariz de Teófilo y le lanzó la bota con tanta violencia como pudo. La bota pasó por encima de la cabeza del poeta, rebotó en el muro y deslizándose entre dos hierros del barandal fue a caer al pie de la escalera. Para recobrarla, Teófilo debía pasar otra vez por encima de la portera.

En el rellano del piso primero asomó un cuerpecito muy bien cortado; una apicarada cabeza femenina por remate de él.

—Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido?

Teófilo levantó la cabeza y respiró:

—¡Conchita! —dijo Teófilo—, con qué oportunidad sale usted... Esta arpía —y señaló a la portera yacente— no me dejaba subir; me amenazó, quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más groseros.

La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha pasao aquí».

—¿Pero no sabe usté, señá Donisia —preguntó desde lo alto Conchita—, que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita?

—¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... —comenzó a decir la portera, adelantando, al llegar a méndigo, el labio inferior, en señal de menosprecio. El señor Emeterio mutiló la frase incipiente de su esposa con una mirada de través.

—Suba usté, don Teófilo —habló Conchita.

La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica.

—¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono!

El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne y puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto, apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente:

—¡Tú, a callar! —y enderezando la mirada a Teófilo—: Vamos a ver, ¿le ha faltao mi señora?

Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y sumisión.

Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el porvenir colgaba de su respuesta.

—¡Vaya! —intervino Conchita, impacientándose—, que se hace tarde y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo. ¡Vaya si son ustedes pelmas!...

—¡Un hemistiquio, Conchita! —rogó el señor Emeterio.

—Un hemis... ¿qué? —y Conchita rio alegremente.

—Quiere decirse un momento —el señor Emeterio enarcó las cejas y chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió—: Vamos a ver, ¿le ha faltao mi señora?

—¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera —Teófilo no sabía qué decir.

—Creía... —insinuó el señor Emeterio.

—¡Bah! —concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir—. Una equivocación cualquiera la tiene.

—Pero que muy bien dicho —comentó el señor Emeterio—. Quiere decirse entonces que usté sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o quiprocuó.

—Claro, claro —aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota y sustentándose en un pie.

—Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! —y el señor Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden haciendo castañuelas de los dedos.

La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio. Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como coléricos hacia el intruso.

Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio, voló, más que subió, al piso primero.

En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente que se comprendían sin hablarse.

—¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... —chachareó la mujer, conduciendo involuntariamente la mano al paraje en donde Teófilo había descargado el golpe—. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor Sicilia, y más ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida el cuerpo...

—¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad...

—No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao?

—¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú, también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila...

—Pero —acordándose del golpe recto de Teófilo—, si es que me ha soltao un mamporro talmente aquí... —señalaba lo más avanzado del vientre.

—Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la señorita Rosa...

—Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio.

—Y que lo digas, Donisia.

Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril.

II

Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo; en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada con pocos y vetustos muebles de nogal denegrido; un arcón tallado, sillones fraileros, y en el respaldo de uno de ellos una casulla, una mesa de patas salomónicas trabadas entre sí por hierros forjados, un velón de Lucena, algunos cacharros de Talavera y Granada, una cama con colcha de damasco de seda carmesí, y en la cama un hombre flaco, barbudo y sombrío. A la primer ojeada, este hombre ofrecíase como el más cabal trasunto corpóreo de Don Quijote de la Mancha. Luego, se echaba de ver que era, con mucho, más barbado que el antiguo caballero, porque las del actual eran barbas de capuchino; de otra parte, la aguileña nariz de Don Quijote había olvidado su joroba al pasar al nuevo rostro, y, aunque salediza, era ahora más bien nariz de lezna.

Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y la rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio. Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la miopía, delataban gran blandura de sentimientos.

—¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? —habló el caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un papel de arzobispo.

—¡Por Dios, señorito! —rogó el señor Emeterio.

—¡Por Dios, don Alberto! —suplicó la señá Donisia con extremada y dolida humildad.

Marido y mujer acercábanse siempre a don Alberto poseídos de medrosa devoción. Lo amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, como a un ser a medias familiar y a medias misterioso.

Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de antaño, había dado los nerviosos años de la juventud a las aventuras por tierras de Nueva España, en cuyo descubrimiento y conquista, al decir de don Alberto, habían tenido gloriosa parte antepasados suyos. Acercábase a la mitad del camino de la vida cuando retornó a la metrópoli y cayó en la villa y corte, luciendo extraña indumentaria y anunciando la buena nueva de un arte extraño. Los transeúntes reían de su traza; los cabecillas literarios hostilizaron con mofas sus escritos. Monte-Valdés, como haciéndose fuerte en un baluarte, entonó la vida conforme a una pauta de orgullo, mordacidad y extravagancia, que tales eran los tres ángulos de su defensa contra burlas, insidias y rutinas ambientes. Algunos escritores mozos le seguían y remedaban. Y a todo esto, el escaso dinero con que había llegado a Madrid andaba a punto de consumirse. No conseguía publicar ningún artículo en los periódicos, y si por acaso alguna revista de poco fuste se lo acogía, no se lo pagaba, como no fuera en elogios. Habiéndose reducido su caudal a dieciséis duros mal contados, caminaba cierto día sin rumbo por las calles, considerando lo que darían de sí y el tiempo que tardaría en ganarse otros dieciséis, cuando un corro de apretada gente, al pie de una casa a medio construir, le atrajo la atención. Abrió brecha entre los mirones a codazos y descubrió en el centro un hombre lívido y quejumbroso, yaciendo en tierra. Dos personas parecían prestarle auxilio y examinarlo. Trajeron una camilla y en ella acomodaban al herido a tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar de la escena, interrogó a una de aquellas dos personas, que resultó ser médico:

—¿Qué ha ocurrido?

Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera vez hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió despegadamente:

—Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio. Nada.

—¿Cómo que nada? —rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas y quevedos.

El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y habló de nuevo, esta vez con cortesía:

—Digo que nada precisamente por eso, porque este nada quiere decir todo: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida, cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada!

—¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé? —bramó opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos. Ahora fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de afianzarlos en la nariz con insegura mano.

—Digo; como usted no las...

—Naturalmente que yo las doy.

En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés, y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos, dijo:

—Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince duros.

La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su marido. Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin.

Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco que es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó:

—¡Viva Don Quijote!

Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo, hicieron coro:

—¡Viva!

Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus arrebatos, huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le veían de espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban de risa.

El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la señá Donisia.

A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana, porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a solicitar dineros.

Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a pasar frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose en un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados, las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró pan para un mes. Pan que luego conservó blando envolviéndolo en pañizuelos, los cuales mantenía húmedos siempre, como los escultores hacen con sus bocetos en barro. Antes de terminar el mes, y con él el pan, Monte-Valdés colocó dos artículos que cobró a cinco duros cada uno. Casi al mismo tiempo presentáronsele Emeterio, repuesto ya del percance, y la mujer. Su agradecimiento y adhesión al caballero eran tales, que a la vuelta de lagrimear y dar gracias centenares de veces, la Dionisia habló así:

—Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté y a sus órdenes pa lo que nos resta de vida.

—Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre —y comenzó a peinarse las barbas, signo en él de reflexión—. Pero debo advertirles que yo soy un hidalgo pobre.

—Con usté, aunque fuese morir de hambre —afirmó decidido Emeterio—. ¡Mejor que con el Rochil!

—¡Sea! —concluyó Monte-Valdés.

A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica de la vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de renombre y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista de bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del Emperador, con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo lidiando por la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le erguía la cabeza ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por un ideal de arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le entiesaba y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente entre españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible el hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era raro que durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera algunos días sin salir del lecho, habiendo empeñado el único traje que poseía, por no morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales ocasiones aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama, con afable prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en torno de ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado.

Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna, la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera.

—Lo que me duele —exclamaba a veces componiendo un gesto de consternación irónica— es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles —cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor.

Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga y el éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había propuesto.

El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia, que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían, además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias misterioso.

—Es que, verá usté, señorito —empezó a explicar la señá Donisia—, se cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe usté que el casero no quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que méndigo.

—Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro veces.

—Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le dejo pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da un puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la señorita Rosa.

Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el brazo y dijo:

—Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala mujer, se quedan.

—Pero es que... señorito —el señor Emeterio titubeaba.

—He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al punto.

III

—La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete.

—Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el comedor.

—A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? —soltose a reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba a Teófilo.

—Es usted tremenda, Conchita —balbuceó Teófilo azorándose.

—Tráteme usted de tú, don Teófilo.

Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi facha...»

—Es que en el comedor hay más luz, Conchita.

—Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas ahumás.

Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.» Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una prostituta?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al cabo, una prostituta.» Al fin y al cabo valía tanto como «aunque yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba pensando: «Lo natural, lo decoroso, el gesto bello de este trance risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita, para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas: «¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria. Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo, a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»

—¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... —cuando le entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras, Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina, sin el concurso de la voluntad.

—¡A ver, a ver, que yo me entere! —Conchita colocó los brazos en jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien pensaba que se burlaban de ella.

Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.

—Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.

—Eso es lo que a usté menos le importa —dijo Conchita con sequedad que no era hostil.

—Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al comedor.

—¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!

Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo iba a remolque, le condujo al comedor.

—¿Lo ve usté? —preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la habitación.

Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada barría.

—¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?

—Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es antipático.

—Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.

—¡Concha!... —gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior de un aposento.

—¿Qué hay? —respondió Conchita.

—¿Quién está ahí? —preguntó la voz.

Y Conchita:

—Un amigo de la señorita.

Y la voz:

—¿Es el señor Menistro? —por el tono se comprendía que lo pronunciaba con letra mayúscula.

Y Conchita:

—No, señor.

Y la voz:

—Pero, será amigo del señor Menistro...

Y Conchita:

—No lo sé. Es un señor poeta.

Y la voz:

—Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?

Y Conchita:

—Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe —volvió a tomar de la mano a Teófilo y salieron del comedor.

—¿Quién era? —interrogó Teófilo muy sorprendido.

—El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte, no sé en dónde. Ahora está ciego.

—Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la vida que lleva su hija.

—Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya, entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.

IV

Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas. A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.

Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil, los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.

En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro, de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche.

Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de Conchita y de la luz.

La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con suavidad.

—¿Qué hora es? —preguntó Rosina, con voz algo ronca.

—Las diez y media, sobre poco más o menos.

—¿Por qué me despiertas tan temprano?

—El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.

—Es verdad. Ya no me acordaba.

Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire, desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás, dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos, cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.

—Que no se despierte la niña —bisbiseó Rosina, incorporándose y haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana y semivegetal.

El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»

—¿Dónde está Celipe? —preguntó una clara voz infantil.

Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda. La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir.

—¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí, que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha hambre. Ven, ven.

Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más ternezas y amorosos dislates.

Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños, repitió:

—¿Dónde está Celipe?

—¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a llorar.

Y comenzó a simular afligido llanto.

Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla, repitió indignada:

—¿Dónde está Celipe?

Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.

—¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! —refunfuñó Rosina, fingiéndose enojada.

Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir, con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica, como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto, enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias.

—Señorita —atreviose a sugerir la doncella—, que el pobre señor de Pajares está esperando.

—Sí, tienes razón; dame acá el kimono.

Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva, glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.

Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño, seguida de la doncella.

En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.

—Pero, ¡qué bestia es esa mujer! —comentó Rosina nerviosamente—. Y él ¿no le dijo alguna frase oportuna?

—Arpía; fue lo único que yo le he oído.

—¡Pobre Pajares!

—Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...

Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza, si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo.

—¿Cómo viene vestido hoy?

—¿Cómo? Anda, pues de príncipe ruso. Ya conoce usté la mise en escène: pantalones con fondillos y sus flecos, calzao americano, que es la moda (quiero decir, calzao que proviene de las Américas del Rastro), y la chaqueta que puede pasar... que puede pasar al carro de la basura. Pues no le ha visto usté en calcetines.

—Claro que no. ¿Es que le has visto tú?

—Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá Donisia le había sacao una bota?

—¡Qué bestia de mujer!

—Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín.

—Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me gusta oír hablar mal de Pajares.

—Si es que le tengo lástima.

—¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen envidia...

Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que había contraído directamente del propio Teófilo.

—No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y envidiosas... Ya está el baño.

Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los ojos. Estaba pensativa.

—Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo?

—No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.

—Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno; tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la Peña, pongo al caso...

—Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.

—No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No debía de haber por dónde cogerme.

—Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.

Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.

—Pues digo más, y esto para el señor Pajares —prosiguió Conchita—. Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba pero que ni esto.

—Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que Teófilo tiene una gran figura.

Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para sus adentros: «Está chalá por el poeta.»

Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no volvieron a cambiar una palabra.

V

Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un ruiseñor odiaría un solo de cornetín».

El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías, a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles, trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra, de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»

Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del aposento.

El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo, reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad. Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró, considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.

Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos, y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.

—¡Celipe! ¡Celipe!

Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y a murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales: los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por exabruptos de energúmeno.

Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el gabinete Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida a costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para con el que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como acontece con la poesía y con la música, sino que todos sus pasos y estados de ánimo, aun los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano en estado de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores y armonía estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es: no sentía el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o de melancolía, sino que lo contemplaba como lienzo a medio pintar. Tal era su manera de comprender el libre albedrío; cada momento en su existencia no era obra fatal del momento precedente, sino la nueva figura del cuadro, hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando locamente a Rosina, no se juzgaba constreñido a ello por la fuerza de unos hechos necesariamente concatenados, sino por propia elección y apasionada voluntad de coronar el fondo tenebroso del cuadro de su vida con aquel vivo oro de aurora a guisa de firmamento. De esta cualidad materialista de su imaginación provenía que Teófilo no comprendiera el arte de la pintura, si bien gustaba mucho de perorar acerca de ella, con entonaciones críticas.

Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía era una mala caricatura de su propósito primero!

Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué velo de ilusión que lo exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla.

Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios mío!»

VI

—Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... —dijo Rosina, sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete—. Vestía un traje, hechura sastre, de homespun: áspera estofa de un medio color parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas.

Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura sedente.

—Andando —indicó Rosina.

Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo y no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a que saliese.

—Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me lleve algo del gabinete? —murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.

Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y partía, murmuró llanamente:

—Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco, señor Erizo. Voy andando delante. —No le desplacía la hosquedad de Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba.

En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos estaban negros.

«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente; algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad. Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al estorbo, enviándolo largo trecho por el aire.

—¡Pobre Sesostris! —exclamó Conchita.

Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del ministro.

Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada.

Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus risas y vayas, no conseguía enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de Rosina, se le aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como encarnaciones, Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad, los dos polos del amor ilícito.

—¿Listos? —preguntó Rosina.

—Cuando usted ordene —respondió Pajares, que se había dulcificado por extraño modo.

Al bajar las escaleras, dijo Rosina:

—¿No me ofrece usted el brazo?

—El brazo y el corazón. —En habiéndolo dicho, se arrepintió, reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no ser engañada, y murmuró:

—A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón; pero desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que eso, ¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele ser siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras bonitas.

—No, Rosa; la poesía es la única verdad —Pajares asumió un continente sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor religioso.

—No, no. Si es verdad, ya no es poesía.

—¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad?

—¿Que si soy verdad? No entiendo.

—¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera?

—Claro que lo soy.

—Y dice usted que la poesía es una mentira bonita... Poesía es una verdad bella, la única verdad. Ya lo dijo nuestro gran poeta: «¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.»

Rosina no sabía qué decir. Experimentaba una fruición nueva; la sangre afluía a sus mejillas. Esa satisfacción inocente de complicar el propio instinto con la vida del Universo y encubrir la venustidad con las ropas hechas del bazar del Arte, satisfacción que ha gustado cualquiera criada de servir cuyo novio sea un hortera sentimental, era absolutamente desconocida para Rosina. Era la primera vez que le hablaban de esta suerte. Las proposiciones de amor que de los últimos tiempos recordaba tenían un carácter espartano, a propósito, por la sobriedad, para la epigrafía: «Cuándo y qué precio.» No podía darse más laconismo. Pajares, ahora y por contraste, le pareció adorable diciendo aquellas cosas tan sencillas y tiernas con gran ternura y sencillez, porque, en efecto, para decirlas Pajares se había despojado del artificio e infatuación que en él eran frecuentes.

Llegaron al portal en ocasión que salía don Alberto del Monte-Valdés componiendo un ritmo trocaico con la pierna de palo sobre el pavimento, el haldudo gabán flotando a la espalda.

Teófilo quiso satisfacer una doble vanidad, la de mostrarse ante Monte-Valdés en compañía de tan hermosa hembra y la de alardear ante Rosina de la confianza con que trataba al renombrado escritor.

—¿Adónde vamos tan de prisa, Monte? —interrogó Teófilo, procurando traducir con el acento la estrecheza de su amistad con Monte-Valdés.

El cojo volvió la cabeza, aborrascó el entrecejo y siguió andando, sin dignarse contestar. Para Teófilo la vejación fue muy dolorosa, porque iba acompañada de un oscuro sentimiento de haberla merecido. Rosina, replegada aún en sus emociones, no concedió mucha importancia al incidente.

—No le ha reconocido a usted, sin duda —explicó al observar el mutismo de Teófilo.

—¿No me había de reconocer? De sobra. Qué sé yo; le habrán ido con algún chisme...

—He oído decir que escribe muy bien.

—Psss...

—¿Puede usted prestarme algún libro que él haya escrito?

—No vale la pena. Es todo falso y afectado.

Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los pedantes.

Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en un sentido pueril de contradicción.

Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del Prado.

—Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la pintura me gusta tanto...

—Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual, burdo, inferior...

—Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted...

—¿Qué? ¿Lo contrario? —Teófilo eyaculó una risita antinatural—. Es posible. No le pida usted a una mariposa que vuele en línea recta. En línea recta vuelan los escarabajos peloteros —y acabando de sentar la sentencia, pensó: «Apuesto a que he dicho una sandez... y una grosería.» Con lo cual su irritación y desasosiego subió de punto.

Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones, que habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual para el esteticismo.

Entraron en el Museo.

—¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? —consultó Rosina.

—Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es decir, el que veía la materia más material —respondió Teófilo con intención agresiva.

No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra, pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de copa.

Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y enfilaron el pasillo central, hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que nada fueron a la saleta de las Meninas.

A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos, sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo pudieran calcularse con ligero error.

—¡Qué cosa!... —murmuró Rosina, y se acercó al cuadro—. Nadie diría que este caballete esté pintado. Si es de bulto... —y se volvió hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén—. Pero, ¿de veras no lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces detrás de los vidrios en los acuariums?

—Naturalmente que sí —cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no los había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso.

—En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño; pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería. Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente. Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro, allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que está a diez pasos.

—Sí, sí; algo hay de eso...

—Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son tonterías mías. Usted es un artista.

Rosina permaneció largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando la pintura. Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda. Anonadábale la esperanza y creía tener en lugar de corazón un montoncito de cenizas, y una burbuja de aire turbio en lugar de sesos. Rodaba los ojos en torno, demandando a las pinturas de don Diego Velázquez una emoción o una idea; mas su espíritu permanecía árido. «¿Por qué son estos cuadros mejores que otros cuadros; en qué aventajaban a un cromo?», se preguntaba y se retorcía las nudosas, viscosas manos. Llegose Rosina a él y se sentó a su lado. Cerró los ojos, y estúvose unos minutos en silencio. Al abrirlos, exclamó con voz brumosa:

—¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen una ilusión, como en aquel cuadro... —ruborizose como observase que Teófilo la miraba severamente, y añadió—: Qué bobada; como no estoy acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son preciosos también —levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo—. Es curioso. ¿No le ha llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted.

Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones líricas:

—Negros, negros..., abismáticos.

—¡Bah... esa es una palabra! —corrigió Rosina, que poseía un claro buen sentido.

—Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón —asintió Teófilo en uno de aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo yo, sino un amasijo de palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel instante en actitud de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos hacia Rosina, descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás con amor. Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se aventuró a interrogar—: ¿En qué pensaba usted?

—No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar.

Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a la calle.

Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin tasa de sus labios:

—¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de Madrid... Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es mucho mejor que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita de mi Rosa Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma impresión. Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de quién era? De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de color chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el Esopo, justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso?

La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos pómulos con una sonrisa densa, bondadosa y feliz.

—Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera vez.

Rosina tomó el brazo de Teófilo.

—Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es.

Detuviéronse junto a una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie de ella, unos obreros municipales habían levantado una hoguera con ramazón seca y hojarasca. Agua y fuego cantaban a su modo.

—¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! —suspiró Rosina.

Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas, añadió:

—Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden pintar.

—Sí, las dos cosas más hermosas quizás.

—Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego.

Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo.

En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse.

—¿Cómo? —atajó Rosina—, hoy almuerza usted conmigo.

Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los ojos de Rosina.

VII

El don de la palabra ha sido otorgado al hombre por que pueda ocultar lo que piensa.

Padre Malagrida.

Rosina había dispuesto que comiesen a solas Teófilo y ella. El marinero ciego y Rosa Fernanda comían en otra habitación.

El comedor tenía dos balconcitos que daban a un espacioso patio. Los balcones estaban abiertos y corridas las cortinas de muselina, tan livianas que el aire y el sol las pasaba de claro, pero bastante densas para guardar de ojeadas fisgonas el recinto.

Conchita sirvió el almuerzo, y no era raro que se mezclase a la conversación, solicitada siempre por Rosina o Teófilo. Uno y otro hablaban con exceso e incoherencia; una afable sonrisa social, sin expresión, superpuesta al rostro, como personas que más que por decir lo que quieren luchan por no decir lo que piensan. Daban escape al exceso de energía nerviosa por la válvula de los labios; pero el espíritu permanecía ausente de la palabra, vagaba agitadamente en un angosto ámbito de pensamientos, como el viajero que aguarda en los andenes la llegada de misterioso tren. Los dos pensaban: «no es tiempo aún». Por eso requerían a Conchita de continuo a que les distrajera con una de sus graciosas y prolijas parrafadas. Pero Conchita, por desgracia y raro caso, no estaba aquel día en modo elocuente.

En terminando de almorzar, Rosina envió de paseo a su hija, en compañía de la criada vieja. Quería desembarazarse de gente. Tenía un criado para sacar a la calle al ciego; pero comía y dormía fuera de la casa y no se presentaba sino a las horas de servicio.

Rosina condujo a Teófilo a una salita de confianza, en donde ella acostumbraba vestirse, leer, ensayar canto y coser algunas veces. Estaba amueblada heterogéneamente, como habitación en donde cada mueble obedece a una necesidad. Había un piano vertical, un perchero con cortinas que bajaban hasta casi rozar el suelo, un tocador, fotografías empalidecidas por los años, y los sillones eran cómodos y de una suave y muelle adaptabilidad, obra del uso. Sobre el piano, una pecera con un pez color azafrán.

A poco de haber llegado Teófilo y Rosina, y cuando no habían abierto aún la boca, entró el ciego, el cual sabía andar a tientas por toda la casa. Eran sus facciones redondas y muy curtidas; el rostro, afeitado, y por debajo de la quijada un rollo de barbas, a la marinera, blanquinosas. Los ojos azules, portentosamente serenos y como si no estuvieran privados de visión. Las espaldas, rotundas; largos los brazos y las manos chatas; corvas las piernas. Toda la traza del hombre que ha vivido adscrito muchos años al remo. Fumaba un cigarro habano, con la sortija puesta, y lo asía con dos dedos, muy cerca de la lumbre.

—Rosina, ponme una silla.

Rosina le guió hasta una butaca. Luego, por señas, instó a Teófilo a que diese la mano al ciego.

—¿Usté ye el poeta, verdá?

—¿Quién se atreverá a decir que es un poeta? Y menos, el poeta. ¡Oh!

Habló Teófilo tanto con el movimiento de las facciones como con las palabras, sin darse cuenta de que estaba frente a un ciego.

—Pero usté ¿ye o no ye poeta?

—Hombre, hago versos.

Teófilo se cortó un tanto.

—Padre, tiene usté unas preguntas... ¿No ve que él no puede responderle?

—¿Por qué no?

—Porque no.

La seca respuesta abatió la cabeza del ciego. Irguiola poco después, inquiriendo.

—Qué ye más, ¿poeta o Menistro?

—Poeta, padre, ministro lo es cualquiera.

—¿Cualquiera?

—Sí, cualquiera.

—Y este señor ¿es amigo del Menistro?

—No lo soy. De su hijo Pascual, sí. Por él conocí a Rosa.

—¿Y cómo viene a esta casa sin ser amigo del Menistro?

—Porque esta casa, padre, es mi casa, y no la casa del ministro.

—¿Eh?

—Que esta es mi casa y recibo a quien me da la gana.

—Sí, sí; tienes razón, Rosina. Rosina ye muy guapa ¿verdá, señor poeta?

—Hermosísima —exclamó Teófilo con ímpetu.

Rosina le sonrió.

—Cuando salga al teatro..., ¿verdá?, la gente va a quedar toña.

—Chiflada, quiere decir —explicó Rosina.

—Desde luego —asintió Teófilo, penumbrosamente.

—Rosina, súbeme la anilla.

Y alargó el cigarro a su hija. Esta apartó dos centímetros la sortija del fuego y devolvió el cigarro al padre.

—A mí estropéaseme el cigarro al subir la anilla —explicó el viejo—. Estos cigarros dámelos el Menistro. Diz que son los mejores. Fúmolos porque el Menistro me los da; pero dende que non veo ¿non ye raro? non me sabe a na el tabaco. Tien que ser muy fuerte. Como que non sé si arde o non arde si no pongo al lao los deos... Uno cree que pierde la vista solo, ¿eh?; pues piérdense tantas cosas con ella...

Sonó el timbre de la puerta.

—Padre, debe de ser Rufino. Ea, a pasear, que hoy hace un día muy guapo.

Era Rufino, el criado. El ciego salió con él y quedaron a solas Teófilo y Rosina.

VIII

«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero ignoraban lo que iba a ocurrir.

Rosina había entrado con toda su alma en esta aventura, prometiéndose deleites de un linaje desconocido, elevados deleites, porque no era carnal sino voluptuosa. Durante el almuerzo se había preguntado repetidas veces: «¿Le quiero?» La respuesta sucedíase siempre en afirmación. Y ya en los umbrales del misterioso trance, cerraba los ojos y humillaba el espíritu ante el nuevo yugo, ansiando sentir cuanto más pronto su contacto y con él el término de aquella congoja. «¿Qué va a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera lo de todos?» Lo de todos era tomarla, gustarla y poseerla, con más o menos fruición, y después dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo la avalorase de nuevo. Y se le desparramaba en el paladar un gusto amargo, astringente. Permaneció con los ojos gachos.

También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era más profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de hacer o decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios, había subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había desertado y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y más tarde, a la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes indicios de amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que no eran sino meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles artificios de cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del amor. El vértigo se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo de sangre anémica, color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante martirio, salir huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra, pero no pudo. La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra, el corazón desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en tierra de rodillas y llorando; desplomó la cabeza sobre el regazo de Rosina, le asió de las manos y se las cubría de besos.

Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque y a pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes: la una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había salido de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es posible que existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades se fundieron en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del ánimo. Rosina estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a sollozos y que por sollozos tomó Pajares.

A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente.

Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos, enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro de hierro inquebrantable.

Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida aísla.

Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física o concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de beberle el alma, de conocer toda su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia el presente y trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura a su propio corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por la mujer como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero en este otro linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes de reciedumbre duradera. Como buen español, amaba de la manera más espiritual, que es lo que vulgarmente se dice de una manera brutal, y apenas había besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla suya, le invadía el furor de los celos retrospectivos.

—Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo —exigía Pajares, paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores.

Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos, como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con tanto mimo y regalo como a una yegua pursang; su vuelta a Madrid y la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante, lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco chinchorrero.

Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar, cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez; y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente, que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega, el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda, placentera e inefable sensación de libertad.

Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos», pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada hablaban a gritos.

—¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! —decía Conchita.

—Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas... —replicaba el visitante.

—No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.

—Pues entro a ver a Rosina.

—Vaya; pues no faltaba otra cosa...

—Conchita, que te doy dos azotes... —y el visitante reía a carcajadas.

—A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.

Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:

—¿Qué ocurre?

—Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará, porque ese cuando dice allá voy...

—No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.

—Pero ¿tú conoces a Angelón? —preguntó Rosina, algo asombrada, ante la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la fortaleza de uno y la flaqueza del otro.

—Sí, le conozco —y revelaba una energía latente capaz de consumar hechos increíbles.

—Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No nos cansará mucho tiempo.

Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita; abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa, con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias, colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad. Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí; asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló:

—Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita —y luego, dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó—: Está bien la cucañera chiquilla.

Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de risa, murmuró:

—A usté hay que dejarlo o emplumarlo.

—Lo mismo digo, Conchita —respondió Angelón, colocando a Conchita en tierra. La muchacha huyó avergonzada.

Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.

—Entonces, ¿no está don Sabas?

—No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.

—Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?

—Bien o mal, me parece que no es para ti.

—¡Quién sabe! ¿Tiene novio?

—Sí, un encuadernador.

—Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya —se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos—, también los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como Rosina, no está mal, ¿verdá neña?

Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:

—¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que le recomiendo a don Sabas?

—¿Quién?

—Echa a ver.

—Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.

—Y tuyo.

—¿Mármol?

—No, Alberto.

—¿Qué Alberto? —inquirió aquí Teófilo—. ¿Díaz de Guzmán?

—Sí, el mismo —respondió Ríos—. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa?

—Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora?

—Estos días parece que anda algo malucho.

Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.

—Neña, qué pez tan apetitoso —exclamó Ríos, contemplando el pez color de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la bola de vidrio.

—¿Quién, Platón?

—Digo este pez.

—Sí, Platón.

—¿Cómo Platón?

—Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...

—Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me parece suculento.

—¿Suculento?

—Sí, suculento. Me lo comería de buena gana.

—¿Es una payasada?

—Es la verdad.

—¿Quieres que te lo fría Conchita?

—Quita allá. Tal como está.

Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la boca. Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los labios, coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que bebe y se engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el estómago y afirmó:

—Exquisito.

—¡Qué atrocidad! —comentó Teófilo, sonriendo.

—¡Qué bárbaro eres! —dictaminó Rosina—. Oye, te advierto que si quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes suponer; pero las razones las ignoro.

—Gracias, neña, me basta con Platón, que por cierto era muy sustancioso, aunque filósofo. Pero, chica; es que hoy no he comido aún... Ando tan apurado...

—¿De tiempo?

—¡Bah! De dinero.

—¡Qué payaso eres! —aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a Angelón y su distinguida, flamante indumentaria.

—Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen provecho.

—Lo mismo digo, Angelón.

Ríos salió de la estancia como un torbellino.

Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir:

—De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo...

—No ha sido, sino que es.

—Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo.

—No lo presumo...

—¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes con él?

—Pero, hombre, ¿qué te importa?

—¿Eh?

Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello con los brazos.

—No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa, porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes. Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!, luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él, Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la cárcel. Es una historia ridícula.

—¿Y nada más?

—Nada más, hombre.

Le besó en los ojos.

—Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.

—¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.

—Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...

Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.

Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus piernas.

—¿Y qué soy yo sino una cocota?

—Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.

—Sí, sí; pero, ¿cómo?

—¿Cómo?

Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con arrebato.

—Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre. Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el otro.

«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera recordar qué era ello.

—Por lo pronto —añadió Pajares—, hay que romper con don Sabas.

—Sí, sí —contestó Rosina sin convicción.

—Hoy mismo —determinó Teófilo.

—Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así de repente.

—Hoy mismo —repitió Teófilo.

—No seas cruel —Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e implorante—. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco... Ten compasión de mí.

Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:

—Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él, ¿qué tal? —y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba los labios.

—¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él! ¡Qué felices, qué felices vamos a ser! —continuó prodigándole blandas, enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.

Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el afrodisiaco superlativo.»

—¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo; sí, en El Escorial. ¡Di algo!

—Sí, Rosa; tienes razón.

—¿De veras te parece bien?

—Sí, mujer.

—¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?

—Sí, te haré versos —asintió Teófilo sonriendo con amargura.

—Y luego los publicas en Los Lunes. Calla; pues resulta que el viajecito te va a dar dinero... —poniéndose en pie Rosina palmoteaba como niño rico ante el escaparate de una confitería.

«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario, además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta. «¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente, y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes, botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan donde menos se piensa.

Entró Conchita, desvariada, empavorecida.

—¿Qué ocurre? —interrogó Rosina, contagiada del pavor de la doncella—. ¿Algo de Rosa Fernanda?

Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a materializarse y abrió aleladamente los ojos.

—Que, que —rompió a explicar Conchita temblando—, que... don Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la puerta del piso.

—¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!...

Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.

—¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! —De los arrestos bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto, Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al ministro.

Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había tranquilizado. Ordenó a la doncella:

—Vete a abrir y que pase aquí como siempre. —Salió Conchita. Rosina imploró—: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo que está de visita.

Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo así como terror atávico.

Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del perchero.

IX

If music be the food of love, play on.

Shakespeare.

... como la vihuela en el oído

Que la podre atormenta amontonada.

Fray Luis de León.

Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:

—¡Hola, Pitusa! Hace frío.

—Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para ser tan friolero.

—No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor de afecto en el alma —su afirmación contrastaba con la frialdad del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa—. Me consentirás que no me quite el gabán.

—Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.

Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre, carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización expresiva del magnificum cum comitate o dignidad benévola de Séneca. Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando beatíficamente un pasto abundoso y graso.

Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.

—Estoy cansado, Pitusa.

—¿Has trabajado mucho hoy?

—¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin corbata. ¿Dónde está Platón? —desde que había comenzado a negar la utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola, esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad, tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre los ministros y las corbatas.

Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de azafrán.

—¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.

A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de un conflicto.

Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.

—Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble. Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto, con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi dimisión.

Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó a destiempo:

—¿Tan pronto?

—Tan pronto ¿qué?

—La dimisión, digo.

—¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.

Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo. Por suerte se acordó de la carta de Ríos.

—Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.

Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en concluyendo de leerla.

—Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma. Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes —y con mirada distraída examinó las botas—. ¿De quién son aquellas botas?

A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento instintivo de retirar un pie.

Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.

Rosina no se atrevió a mirar.

Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en posición erecta, a la usanza rabínica.

Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman la urdimbre de la rutina social.

—¡Oh! —dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano—. Cuánto siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.

Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y estaba tranquila.

—Es un amigo mío.

—Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.

—El señor Pajares.

—Pajares... ¿Es usted el escritor?

—Servidor de usted —habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero. Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.

—Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.

—No, poeta —corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.

A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.

—Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares —lo cual era falso.

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