← Table of contents
Troteras y danzaderas

PARTE II (continued 2)

Reading edition

Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.

La voz de Tejero:

—Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública. Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben, acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado... La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más; por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.

Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió con lápiz:

«Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea. Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda. Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas (como no estaba seguro de la ortografía de privado trazó a mitad de la palabra un tipo mixto entre b y v) aborrezco al viejo cipote teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,

Teófilo.»

Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!» Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. ¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del establecimiento cuando el sastre le detuvo.

—Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe de la factura.

—Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.

—No, señor, no responde.

—¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.

—En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura que no querrá —el sastre sonrió de manera ofensiva—, hacerme el anticipo de doscientas cincuenta.

Teófilo se engrifó, herido en su altivez.

—No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas por ahora?

—Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.

El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente a Teófilo y dijo así:

—Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto chasco... La ropa estará lista en ocho días.

—Tiene que ser en cinco, a más tardar.

—Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea cuando se trata de algún parroquiano antiguo.

—Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas noches.

Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»

En estas consideraciones acertó a pasar frente a la Maison Dorée. Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.

—Tengo que pedirte un favor, Quijano.

—Por de contado.

—Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?

—Sí.

—¿Puedes prestármela unos días?

—¿Cómo prestártela?

—Cedérmela.

—Claro que sí.

—¿Hay muebles?

—Ya lo creo, los necesarios.

—Te advierto que es para ir con una mujer.

—Eso, allá tú. Te enviaré la llave.

—Yo vendré aquí mañana a recogerla.

Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido, igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo. El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer callo, tierno aún y en formación.

A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño. Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre, hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen, Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había pasado y a afrontar sus consecuencias.

IX

Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario La Patria:

Dan gusto nueve al garguero

en el festín de Platón;

mas, diga el señor Tejero,

¿y el piri, coci o puchero

del resto de la nación?

Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían asomado en el tintero del poeta jocoso.

La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.

Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le proponía celebrar un mitin de protesta.

—Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto —decía, y su corazón rezumaba caricioso óleo de esperanza—. Este mitin dará mucho qué hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?

—Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste papel.

—¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y si no, al tiempo.

—Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible. Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?

—¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar la ética política...

—Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!... Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías, me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade, con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros, otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa es el misticismo: el parto de los montes. Somos una raza con los sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo en aquel punto de esfuerzo nebuloso y desazón gustosa, como decían los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar aquel esfuerzo y desazón gustosos, para expresar lo inefable; es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección, porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas.

Tejero sonreía, condescendiente:

—No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo desordenadas, necesitan mayor objetividad —a Tejero le mareaba el que su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»—. Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace usted arrancar la estética?

—He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y saturarlos de emoción, personificarlos.

—Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina hoy toda la especulación de la estética alemana, el einfühlung. Se ve que ha leído usted algo acerca de ello.

—No he leído nada.

—¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?

—Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha sido... una prostituta.

Tejero se puso serio.

—¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!

Alberto se encogió de hombros.

—Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de los oradores del mitin.

—Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se empeña...

—Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.

En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no se conocían, y Angelón, así que cambió las acostumbradas fórmulas corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta:

—¿Qué dice usted?

—Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido Alberto.

Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a vestírselo.

—Hay que centrarse, Alberto —aconsejó Tejero, en tanto realizaba una flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha.

—¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt Whitman: I am an acme of things accomplished?

Tejero respondió:

—No.

—«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos; y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito, entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme, y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos debieran titularse: Nací en la Mancha.

—Es usted tremendo —Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la calle.

Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando: «Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad. «¡Caracoles! —exclamó a media voz, con la sangre helada—. ¡Ya lo creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más intenso y aplaciente aún.

X

De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero como al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con la cerviz algo inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la escasez de dinero tenía la culpa de todo.

En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como de veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral, tirando a lo señorito.

—Buenas noches —habló el mozo.

—Hola, Apolinar.

Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador, nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado, si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran otros tantos sablazos o peticiones de dinero, y Apolinar después las traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas. Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España.

Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón; pero las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo. Volvió con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos le esperaba, y por la manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su protector estaba con el agua al cuello.

—¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café?

—Natural.

—Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras.

Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas de la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba al café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho con don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será lo que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de merluzas gigantescas.

La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la puerta e hizo señas a Angelón que saliera.

—Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han tenido las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como me caía al paso, voy y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que le está a ustez muy agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había comprao una merluza pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya pudo ocurrírsele a ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como ustez no fuma. Es una nimiedaz.

—Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre —rezongó Angelón y echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a casa.

Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba sobre una mesa de peluche rojo.

—¿Qué es eso? —inquirió Alberto.

—A usted ¿qué le importa? —dijo Angelón.

—Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy?

—¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted entretanto...

—Pero, ¿qué he dicho?

—A ver si vais a reñir por una tontería —interrumpió Verónica—. Se refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz...

—¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño —y volviéndose a mirar la merluza—: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente?

—Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué hacemos con una merluza? —Angelón habló con visible malhumor.

—Comérnosla —acudió Verónica.

—O empeñarla —intervino Apolinar con zumba.

—¿Eh? —Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad—. Tú lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero, ¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará? —la sompesó—. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza, Verónica?

—Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas...

—Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos.

—¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor —aconsejó Verónica.

—Quita tú allá —atajó Apolinar—. Lo primero que ahora estarán cerradas.

—¡A empeñarla! —gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas. Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento.

Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho alborozo.

Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió, entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas. Verónica mostraba gran regocijo.

—Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo —observó Angelón—. De seguro en América no se empeñan merluzas.

—¿Cuándo marchas? —preguntó Alberto.

—La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso... —Apolinar sonrió apicaradamente—. Es el caso que ya va para dos años que una gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha y está sirviendo con una que la dicen la Rosina. Y como digo, la niña se merece cualquiera cosa. Si ustedes la vieran...

—Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No seas pazguato y aprovéchate antes de marchar —amonestó Ríos.

—¿No te da vergüenza decir esas cosas? —habló Verónica.

—¡Bah! —exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo—. Y ella, ¿sabe que te marchas?

—Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el subterfugio es convencerla de que va a haber enlace.

—Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! —comentó Verónica, enojada—. ¿Qué dices tú, Alberto?

Alberto se encogió de hombros.

Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz, un mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos, andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo en todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de pequeñas sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en la expresión del rostro infundiéndole extraordinaria y simpática movilidad. No disimulaba que el motivo esencial de su conducta era el espíritu de lucro a la larga, y, en todo caso, la satisfacción de su propio interés. Constituía un espécimen típico del hombre del litoral mediterráneo, y en el trato de gentes adoptaba la norma semítica del igualitarismo. Tuteaba a cualquiera a poco de hablarle, y se conducía con gracioso desparpajo, aun ante personas muy respetables por la edad, la dignidad, el gobierno o el mérito, las cuales, por lo general, celebraban el desenfado del joven. A los pocos meses de estar en Madrid entraba y salía en escenarios, ministerios y redacciones como en su misma casa, y a los pocos minutos después que llegó al comedor de Angelón, hablaba con este, Verónica y Apolinar como si fueran habituales camaradas suyos de holgorios, y los había visto aquella noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita, la hermana de Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora detrás de él.

Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y así la vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se precipitó a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban, y bebió dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el rostro y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo anémica a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por que atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento.

Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a ella cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues y fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a entender que el joven le gustaba.

Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un descuido, teniéndola aparte, la conminó a que ella lo pidiese; Verónica, a su vez, endosó el encargo a Alberto, que se prestó a cumplirlo de buen grado.

—Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas —respondió Angelón.

—Pues déselas usted.

—Justo, ¿y mañana?

—Mañana, Dios dirá; es su frase de usted.

—Tome usted cinco y déselas.

Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando menos llevarse a Verónica:

—Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así, que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga, Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras.

—¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre.

—¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en perfumes?

—No es por ahí, madre.

—Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él.

Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto, aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de celos.

Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de nuevo acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura, el aire, el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial prestancia. Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y sonriente timidez, y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado suyo.

—He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y me ha dicho que estaba usted algo enfermo. ¿Qué es ello?

—Nada, realmente.

—Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con exterminarnos a todos los que somos conservadores.

—Usted no es conservador.

—Lo soy, y convencido.

En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la boca, demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin cejar, por abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva y paradójica, que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la calle un gran perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el chico de otro y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando la cuerda rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad, repartida en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca.

—Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres. Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno ni lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto. Según se adopten uno de estos tres postulados, se es en política, primero, conservador; segundo, liberal, y tercero, arribista, como ahora se dice. Claro que en España la grey política se compone casi exclusivamente de arribistas, o sea, hombres que juzgan tontos a los demás y no piensan sino en medrar, como quiera que sea. También pienso que hay conservadores de buena fe, y a estos la lógica les impone como único instrumento de gobierno el palo y tente tieso. No niego que haya uno que otro liberal; pero no se mezclan en la política activa, y así va el partido. Si del hombre en particular pasamos al universo, cuya expresión es el arte, se puede creer que el mundo es malo, que el mundo es bueno o que el mundo es tonto; es decir, tenemos el arte melodramático, el arte trágico y el arte humorístico. Pues yo digo, y perdóneme la franqueza, que usted no puede ser conservador sincero, como no puede ser un urdidor de arte melodramático, sino, en todo caso, un poco arribista en política y un mucho humorista en arte.

Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición, Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho interés.

—¡Y ahora a bailar, niña! —jaleó Angelón, golpeando una botella con un cuchillo.

Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire, que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza, batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear por lo jondo.

Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación extática de las pupilas.

—¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! —insinuaba la vieja, volviéndose a mirar a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación, que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete, que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.

Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de negro, sutilísimas, maravillosas.

Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta, eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad. Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea, contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años, y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.

—¡Estas cendolillas! —exclamó Halconete con acento algo agitado. (Cendolilla, mozuela de poco juicio.)

Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido.

—Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras —dijo Alberto.

Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó:

—¿Por qué?

—Porque has estado aquí esta tarde...

Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó:

—¿Qué ha dicho Antón Tejero?

—¿De qué?

—No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes.

—¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo que venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te ha picado también a ti la tarántula política?

Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan zorramplín y ladino.» Habló en voz alta:

—Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero?

—Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha enterado de lo del mitin?

—Justo —y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.»

—Es tarde y yo me voy con Pilarcita —dijo la vieja, poniéndose en pie.

—Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa —añadió Bériz.

Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole en voz bisbiseada este pronóstico:

—A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.

Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:

—Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento nada bien.

—Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una pregunta —la pregunta de Teófilo concernía al sastre.

Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.

En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.

—¿Es tu novia?

—Sí.

—Es bonita. ¿Qué dice este papel?

—Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos los días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras razonables.»

—Para no perder el día, claro está.

—Según Goethe.

Teófilo se recogió a recordar:

—Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más.

—Yo no hice nada de eso.

Teófilo se acercó al papelillo:

—Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» —Teófilo hizo por recordar de nuevo—. Si ello fuera verdad, que no lo es, he perdido el día, y aun semanas y meses...

—¿Qué era la pregunta que querías hacerme?

Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto la cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y, por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el santo y la limosna.

—No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo y hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures.

Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings