PARTE II
Reading edition
VERÓNICA y DESDÉMONA
Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen.
Goethe.
I
Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no abren, tiro la puerta!».
¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó. Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su rostro era enfermiza.
Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.
—¡Si no abren echo abajo la puerta! —aullaron.
—¡Voy! —respondió Alberto, tan alto como pudo.
Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia. Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el hombre depuso un tanto la cólera.
—¿Qué deseaba usted?
—Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los Ríos?
—No, no está.
—Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie —parecía que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó—. Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar a patadas.
—En suma —atajó Alberto, impaciente—, que don Ángel no está, ¿qué desea usted?
—Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera que le encuentre le rompo el alma —y como Alberto no respondiera, continuó—: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de visu, que se dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba, y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque, me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado. Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito.
El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos, como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la sangre encharcaba el piso.
—¡Está usted herido!
—Así parece —Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la entrevista.
II
Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía, era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las había cortado. Aspiraba a la mediocridad, en el sentido clásico de moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían desgastado el yo.
Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca. Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas conspicuas amistades de este género.
Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel, robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales, desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con que advertir diferencias entre moral e inmoral, ausencia que, por rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles, su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en obstáculos.
Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el secreto de transmutar los metales.
—Hoy mismo se viene usted a mi casa.
—¿Y arreglado todo? —inquirió Alberto, que conocía la escasez económica de Angelón.
—Naturalmente.
—¿Cuánto dinero tiene usted?
Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra resultante con alguna consternación:
—Dieciséis pesetas con noventa céntimos.
Alberto sonrió.
—¡Bah! —añadió Ríos, irguiéndose—. Mañana tendremos dinero, y si no, pasado mañana.
Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:
—¿Por qué no escribe usted artículos?
—Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.
—No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.
Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba; requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón. Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia, atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los trances de mayor angustia pecuniaria.
Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito, honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar, aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en Pilares.
De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.
Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano. Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias de los acreedores ya estaba él en la calle.
A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta era su manera natural de producirse, discutía in vacuum, como siempre se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa recompensa a su lealtad política.
Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros, boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán, en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.
—Vamos a mi casa —ordenaba Angelón.
—Como usted guste —respondía la mujer temblando de gozo.
Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:
—Pero, ¿todo esto es tuyo?
Ríos contestaba que sí con la cabeza.
—Y ¿vives solo?
—Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.
Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata he tenido.»
A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:
—Vístete de prisa, que yo tengo que salir —y la guiaba al cuarto de baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la noche venidera.
Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha hablado de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la cosa con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente a suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír con sarcasmo.
—¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate.
—Sí, sí; pues has apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y en la calle de Fuencarral...
—Cabalito ¿y qué?
—¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor miquero de Madrid y su extrarradio.
Miquero quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de satisfacer el debido estipendio.
Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si la mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de cazar aquel tío, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a recriminar a Angelón, que era imponente.
Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje. Angelón juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas de alta condición. «Para enamorar a las mujeres —decía él— no hay sino un tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén, y no hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi escuela en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros, sino la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo. Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero, hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el segundo no da resultados.» En sus éxitos era elemento no despreciable su apostura viril y su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo que de la mujer no tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el sexo tan solo; no podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra, sucesivamente, era para él todas las hembras.
III
Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no tenían un céntimo.
Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:
—Terminó la mala racha al fin —hizo la higa con la mano izquierda para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso—: estos cinco duros no son cinco, sino cien.
Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle. Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos. Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de Verónica.
Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros sobremanera.
Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes, antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida. Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la consideraba como una vieja amistad.
Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto hablaron un momento a solas:
—¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?
—Pss... No pasaron de cincuenta.
—Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre chica?
—En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada, mal disimulada, y luego mujeres... uf, así —arracimó los dedos—. Tiene usted que ir una noche.
IV
Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre, una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber, que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas de la prostitución de Verónica.
Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.
—Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...
Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica: un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la artesana.
La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia, adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero Toñito; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje usté unas cuantas pelas a Verónica.»
V
Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible, Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera caída y remansada sobre los desnudos hombros.
—¿Qué ocurre, Alberto?
—Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?
—Bien, bien.
—¿Y Ángel?
—Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una conferencia con Zancajo. Entra.
Alberto entró.
—¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?
Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente musgosos, verdimalva.
—Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que la sangría me ha sentado bien.
—¿Qué sangría?
Alberto levantó el pie herido, sangrante.
—¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?
—Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún trapo?
—Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.
Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.
—¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.
—Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?
Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.
La sangre se estancó pronto.
Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de concluir de vestirse.
—¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos. ¡Qué mundo!
—Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.
Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un cuchicheo de diapasón femenino.
Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
—Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una grima...
—Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
Verónica rio sigilosamente.
—Te he tañao —dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió saltando.
A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio. La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y sugerían la imagen de un gallo.
—Nada, que esta golfa... —comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
—¡A mí no me llames golfa! —atajó Pepa, desafiando a su hermana con pupila arisca.
El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:
—En casa no hay más golfa que tú.
—Así me lo pagáis. Estúpida de mí —dirigiéndose a Alberto—: ¿qué te acabo de pedir?
—Un duro, que no tengo.
—¿Lo ves? —preguntó Verónica, furibunda.
—Tira p’alante y agur la compañía —ordenó el chulo, sacudiendo la cabeza hacia la puerta.
Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:
—Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.
—¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?
—A ver...
—Lo que oyes, mujer.
—Me querrás meter el dedo en la boca.
Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.
—Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por casualidad, pero lo tienes en otra parte.
—En ninguna parte.
—¿Quiere decirse que estás como yo?
—Ni más ni menos. Tú haces hombres, como se dice; yo hago literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta, nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa, si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no muero agotado.
Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que no atinaba a explicarse:
—¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que pienso. ¡Qué tonta soy! —y con transición inopinada—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo —el viejo era Angelón.
—No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a nadie.
Verónica humilló la cabeza, avergonzada:
—¡Perdona! No sé lo que digo.
Salieron al gabinete.
—En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.
—Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino...
—¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.
—¿Qué vas a hacer?
—Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá veremos si lo concluyo y me lo ponen.
—¿Cómo se llama?
—Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?
—Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?
—El mismo.
Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de antracita a cuestas.
—¡Buen augurio! —exclamó Alberto.
—¿Eh? —interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
—¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería —dijo Alberto.
—¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
—No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón —rezongó Alberto, perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó fuera del piso.
—Entonces... —tartajeó el carbonero, amedrentado—, ¿cuándo traigo la cuenta?
—Cuando se le antoje —y cerró la puerta de golpe.
Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la salamandra. Dijo Verónica:
—También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber pagado el carbón?
—¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?
—¿Eh?
—Que no tiene un cuarto.
—¿Qué quieres decir?
—Que no tiene un cuarto —repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a esta pobre muchacha.»
—¿Como tú y como yo?
—Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que presumo, todavía mayores que sus necesidades —de propósito evitaba mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso desencanto.
—¿Y este piso?...
—Se lo paga la familia, creo.
Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.
—¿De manera que sois unos bohemios?
—¿Qué quieres decir, Verónica?
—Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles Bohemios, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca de mi madre... Me sé la música de memoria —tarareó unos compases, enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase continuó vertiginosa charloteando—: Pero chiquillo, los bohemios de las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse; vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:
Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas
y por el maleficio de la luna espectral.
Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,
uno por uno cada pecado capital.
En el burgués estulto, mis guedejas undosas
de bohemio suscitan una risa banal;
mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas
armas del caballero ungido de ideal.
Son, mi magnificencia y fasto, principescos;
adoro las manolas y los sueños goyescos;
toda la España añeja triunfa a través de mí.
Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga,
y en mi yacija, por que la carne satisfaga,
sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.
Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes de quién son los versos?
—De cualquiera.
—¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
—No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
—Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los versos que te recité.
—¿Te gustan a ti?
—Me encantan.
—Pues a mí también me gustan.
—Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
—Sí, sí.
—A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...
—No tiene melena.
—¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas? ¿Guedejas no es lo mismo que melena?
—Sí.
—Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su Mimí?
—Yo qué sé...
—A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.
—A lo mejor.
—Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?
—Yo no sé de memoria mis versos.
—Algunos sabrás. Anda... —suplicó Verónica. La gravedad de su cara, de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar versos propios.
—Vamos a lavarnos las manos.
Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
—Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
—Si no los sé de memoria...
—Alguno sabrás.
—Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. —Fijó los ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y algo incierta, recitó:
Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,
que de la vida tuve miedo,
y he comido mi pan húmedo en llanto,
y he bebido mi vino acedo;
yo que purgué pecados ancestrales,
y delitos confusos del antaño,
y la cosecha negra, de fatales
simientes, a estas horas agüadaño;
Señor, si es que tu mano justiciera
el humano torrente
del placer y el dolor tasa y pondera
en cada vida equitativamente,
dame la paz que he merecido. Aleja
de mis labios el pámpano en agraz.
Dame la uva ya en sazón, bermeja
en sus dulces entrañas. Dame paz.
Dame el suave manjar de la alegría
por una vez siquiera.
Dame la compañía
de la que debe ser mi compañera.
Buscaremos un rústico descanso;
que allí nuestra oración, como un incienso,
suba en el aire manso
del firmamento inmenso.
Una casa no más, de aldeana esquiveza,
con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,
y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,
y por la noche un libro y una boca de miel.
Y además, que las rosas, de corazón riente,
canten todo a lo largo de las sendas del huerto,
y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente
cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que había oído. Habló después:
—Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
—Un poco.
—Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es verdad?
—Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos, vuelve a ser verdad.
—Tienes razón; eso debe de ser una felicidad —y exaltándose de pronto—: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi ideal ese...
—Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M. Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti. No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo. Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con ambición, sin trabajo y con lotería nacional.
VI
No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera cometido.
Goethe.
—A todo esto, ¿qué hora es? —preguntó Verónica.
Alberto consultó el reloj.
—Las tres menos diez.
—Y Angelón sin venir.
—Qué, ¿tienes apetito?
—La verdad, un poquitín.
—En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y quizás aceite.
Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.
—Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.
Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la estancia en donde Alberto estaba.
—He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.
—Gracias. Hoy no como.
—¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la noche, Dios dirá.
—No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.
Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.
—Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir un favor ahora.
—Lo que quieras.
—Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?
—¿Por qué no?
—Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro —se acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre—. Arriba el telón.
A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto. Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico, y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido, penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida. Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir, asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia.
Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica suspiró:
—¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya me figuro estar en ella.
Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia: noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»
Verónica interrumpió, apasionadamente:
—Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!
Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.»
Y Verónica:
—Ni yo tampoco.
Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos, ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: Muy bien.) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis peculiares fines.» (Verónica: Algo trama. Me alegro. Y mira si es noble y cómo dice lealmente lo que piensa.) Yago induce a Rodrigo, antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro. (Verónica: Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!) Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: Llama diablo al moro. Es gracioso Yago.) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y, transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica: ¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende...)
Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder que con ella goza hacen temible. (Verónica: Me gusta Yago. ¿Ves lo bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro.) Otelo: «Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: Pues no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta nobleza, ¿eh?) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica: También es suerte lisa la del negrazo.) Aparece otra ronda. Es Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él. ¡Ladrón!» (Verónica: Y que lo diga. Buen lío.) Otelo se interpone: «Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: ¡También es un tío!) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan el discernimiento.» (Verónica: A ver. No se comprende de otro modo. ¡Pobre viejo y pobre muchacha!) Están para irse a las manos los de uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de apuntador.» (Verónica: Que se las trae el negro. Tiene una confianza en sí mismo...) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde la Señoría está de consejo.
Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios. La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente, ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo: «Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea, aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: Si ahora se hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a Yago le van a ahorrar molestias.) Brabantio dice que ha sido Otelo. Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: Vamos a ver.) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: Pal gato.) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: Aguarda un momento. No sigas leyendo. Una pausa. Sigue.) El Dogo: «La historia hubiera ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: Y el mío.) Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la fe que al moro me une.» (Verónica: Qué simpática.) Brabantio está desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara. Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: Yo en la pelleja del padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía.)
Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.
El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: «No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «Come, be a man. Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero, dinero. Therefore make money.» Despídense, y Yago habla consigo mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia, sino porque «dícese de público —murmura Yago— que entre las sábanas su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este monstruoso engendro a la luz del día.»
Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:
—Verdaderamente, este Yago es un miserable.
—Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro. Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud, me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una quisiera!
—Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.
—Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe, conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua, chiquillo...
—Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...
—¿Por qué? —atajó Verónica—. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas? Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo. ¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla... Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a cansarse de él? ¿No lo comprendes?
—Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del padre se oponía en aquella forma...
—También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre, ¡le doy una mano de azotes!...
—Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?
—Natural que por mi cuenta.
—Como primero me habías dicho todo lo contrario...
—¿Eh?
Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento. Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.
—¡Algo grave va a pasar! —habló Verónica—. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.
Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia, y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente. Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: Pobre Casio. Perdido el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí.) Yago: «Por mi honor te juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» (Verónica: Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A última hora, que le quiten a una lo bailado.) Yago muestra a Casio el camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy agradecido.
Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto continuó.
Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una entrevista de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio ruega. Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido. Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago: «No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse a la luz.» Yago continúa empleando subterfugios que enardezcan las inquietudes de Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el mal pensamiento con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no me obliga a aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que se piensa.» El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de los celos! Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia duda; que sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No he de dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues no hay sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no tiene reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda de vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre, Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.» A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza. Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo, pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que no necesita, si no llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido robado. Si toda la soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce cuerpo, ignorándolo yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre la paz del ánimo! ¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las empeñadas guerras que de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós, todo!» Los celos se truecan momentáneamente en iracundia: «Villano, pruébame que la mujer a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular, o más te valiera ser un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar y besar en sueños a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer del moro, y todo de suerte que parecía demostrar oculta y culpable inteligencia entre una y otro. Otelo es víctima de funesta cólera: «La desharé entre mis manos». Yago habla del pañuelo y que ha creído verlo en poder de Casio. Otelo: «¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se vengará; quiere que asesinen a Casio en el plazo de tres días.
Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y convencido de la culpabilidad de Desdémona.
Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como lo encuentra, se lo regala a su amante Blanca.
Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le viese. Durante este acto sus interpelaciones y glosas habían sido más sucintas y espaciadas que en los comienzos de la obra, y propendían a la interjección o grito emotivo sin contenido lógico, por donde era fácil advertir que en lugar de ir compenetrándose y sustanciándose, sucesivamente, con cada una de las personas dramáticas, como en los dos primeros actos había hecho, se mantenía aparte y por encima, acaparada por una sensación de conjunto; en lugar de ir viviendo una tras otra las diferentes pasiones individuales, vivía ahora en su propio corazón la emoción expectante del conflicto y choque de las pasiones ajenas, las cuales le eran bien conocidas y sabía que habían de obrar fatalmente por haberlas en sí misma experimentado en los actos precedentes. De la emoción lírica había trascendido Verónica a la emoción dramática, de la tragedia del hombre interno a la tragedia de los hombres entre sí; y así como en el primer acto había sentido que, en el misterio de su alma, todo hombre es justo y bueno, aun el que no lo parece, porque sus intenciones y conducta se siguen por sutiles impulsos, a manera de leyes necesarias, así también ahora Verónica presentía que los sucesos que entretejen la historia y de la cual los hombres reciben placer, dolor, exaltación, gloria, ruina, son como tienen que ser, producto de elementos fatales en proporciones fatales.
Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de Verónica. Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos, clave con que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición repentina, la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración espontánea del espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y el arte ruin y farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía que la esencial diferencia era diferencia de concepción moral y no de técnica. Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antitéticos en dos géneros literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero —sea del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta— abriga en su mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara comprensión de todo lo creado, la justificación cordial de todo lo que existe. Para el espíritu trágico no hay malo nacido del libre arbitrio, no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas; cada nuevo acto llamado voluntario es el último punto añadido a una recta que se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida: todo es justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el de la vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra rectitud, conflagración de actos opuestos y justos: justos porque tienen una razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica, sidérea, que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia, como de todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente, el espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por último engendra el sentimentalismo, morbo contagioso y funesto. Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte farisaico y ruin revelan su sentimentalismo a modo de estigma del espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una farsa lacrimosa y grotesca?»
—Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios —rogó Verónica.
Alberto continuó traduciendo:
Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto con la palabra prostituta. Y al retirarse, Otelo premedita la pena acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona.
Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión, pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos de los personajes que tan a mal traer la traían.
—¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón —solloza Verónica, retorciéndose las manos.
También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos. Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de una vieja sirvienta, Bárbara, a quien el novio había abandonado, la cual murió cantando esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona pregunta a Emilia de pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia, que hay mujeres tales, como dicen, que sean infieles al marido?» (Verónica: La verdad es que parece imposible.) Desdémona: «No, no puede existir una mujer capaz de hacer tal cosa.»
He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra sigilosamente Otelo.
Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios.
Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme. ¡Qué hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso aliento; casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso, y otro, y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le pregunta si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?» Otelo: «Sí.» Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo: «Amén, con todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué tengo miedo, pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en tus pecados.» Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por eso morirás.»
En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle de las manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba, llevándose las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto balbucía:
—¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado, que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber, de sobra lo comprendo! ¡Si ese hombre está loco! Y ha llorado cuando la besaba... ¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo decía yo. ¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar los ojos? Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo. ¿La mató ya? —preguntaba con desvariado acento, como si la escena del drama tuviera vida histórica e independiente, y hubiera seguido desarrollándose en tanto ella se entregaba a la desesperación.
—Sí, la mató ya, Verónica.
—¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú?
—Sí, la estranguló.
—Y ella, ¿qué dijo?
—Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.»
—¡Adiós! —Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó la cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos.
VII
No tardó gran cosa Verónica en dar al olvido la tragedia de Otelo; pero le quedó, a manera de rastro en el espíritu, un no sé qué de cansancio y turbiedad, como en la copa de cristal que ha contenido densos licores de diferente color. Estaba quieta y callada, con los ojos apenumbrados, como niña convaleciente.
Alberto, que se hallaba poseído por la emoción del profesional ante el caso insólito, del bibliómano ante el incunable o del ornitólogo ante el mirlo blanco, y había visto en qué portentosos términos Verónica poseía las bellas virtudes pasivas de la más exquisita receptividad, determinó someterla aún a nuevos experimentos. Tomó al efecto papel y lápiz y se puso a dibujar como sin propósito y por matar el tiempo. Al instante, Verónica, cuya curiosidad instintiva estaba siempre en acecho como la de los gatos cachorros, se acercó al joven, apoyó las manos en sus hombros y aplicose a seguir con gestos y movimientos del cuerpo los giros que Alberto imprimía al lápiz. Primero, Alberto trazó líneas a la ventura: rectas, curvas, mixtas, quebradas; y por la presión sobre sus hombros de las manos de Verónica comprendía que toda la vida psíquica y orgánica de la muchacha convergía hacia las líneas en vía de formación, como si aspirase a convertirse en puro esquema geométrico; no de otra suerte que el jugador de billar parece como que aspira a trocarse en una simple ley mecánica cuando, con vario linaje de contorsiones y sin conciencia de lo que hace, acompaña la ruta de la bola, como si por ella estuviera sugestionado. Hasta juraría Alberto que Verónica tenía la lengüecilla al aire, como los niños cuando hacen palotes.
Aquellas líneas incongruentes, por arte de Alberto, fueron convirtiéndose en mujeres en actitudes danzantes, en bailarinas que no por serlo habían perdido su prístina naturaleza esquemática, sino que la línea de donde habían nacido parecía imponer una ley interna, un carácter, a la actividad de la figura; y así, junto a la bailarina egipcia, de un hieratismo sacerdotal, obediente al imperio de la línea recta, ondulaba la bayadera indostánica, esclava de una elipse voluptuosa e invisible, como los astros.
—¡Qué bien pintas, chiquillo! Esto está que se mete por los ojos. Te advierto que yo me despepito por el baile. Pero en casa se empeñan en que si tengo tanto así de asadura y que pierdo el compás, y la mar y sus barcos. En cambio dicen que Pilarcita es el noplusultra. Eso sí, mucho trenzao de pies, y vengan corcovos y piruetas que parece una langosta. Podía no: dos años lleva asistiendo a la academia de Juanito, el Marica. Pero, hijo, yo a eso no lo llamo baile. El baile ha de decir algo, ¿no te parece a ti? Hay que sentirlo, y yo lo siento. Lo otro... ¡bah!, a mí me suena como una máquina de coser.
—¿Quieres bailar?
—Bailar ¿qué? ¿Y la música?
—Yo tarareo lo que quieras.
Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un poco la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia:
—¡Venga de ahí!
Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante, y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría, la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro, sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y Verónica se detuvo en seco.
—Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme con música, ¿sabes? —y se enjugó la húmeda frente.
—Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por vanidad; porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en espectáculo; porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar y no por encandilar hombres de dinero.
—Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro.
—Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran bailarina.
—¡Quita allá, chalado!
—Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días?
—¿Qué dices?
—Nada, que vas a debutar porque lo quiero yo.
—Pero, hombre...
—El circo de Parish se abre dentro de pocos días. El empresario, y sobre todo el gerente, son amigos míos. Hoy mismo escribo la carta...
—Pero... ¿tú crees que puedo?
—When you do dance, I wish you
A wave of the sea, that you might ever do
Nothing but that; move still, still so,
And own no other function.
—Latinitos, ¿estás de coba?
—Nada de coba, niña. Estas palabras son del mismo autor de Otelo, y quieren decir: «Cuando te veo bailar quisiera que fueses una ola del mar, de manera que no pudieras hacer en adelante otra cosa que bailar. Baila, baila más aún; baila siempre, y no hagas sino bailar.»
—Pero, ¿y el traje, Alberto?
—No te preocupes; yo me encargo de él.
—Si no tienes un cuarto.
—La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de vestirte.
—Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós Madrid.
—No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David delante de Dios.
—¿El rey David? ¿El que dijo...?
—El mismo.
—¿Y era bailaor?
—A ratos.
—¡Ay, que tío!
—Sí que era un tío.
—No, si el tío eres tú, digo —se llegó a Alberto, le enlazó del cuello con un brazo y murmuró—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo.
—En ti, Verónica, el entregarse a todos y a todo es en tal grado que de vicio se hace virtud.
VIII
Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de Fuencarral, esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo atravesó, a tiempo que caminaba, tres ciclos de pensamientos.
El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando, como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona. No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba.
Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que se le amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que algún día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades del sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió. Y, ¡extraño fenómeno!, ahora Teófilo daba por sentado que Rosina lo quería, no por poeta, sino por gustar de él, como hombre, más que del resto de los hombres. Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran dicho «esa mujer te quiere porque te considera gran poeta, y un poco también por simpatía a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al oírlo el desencanto y amargura mayores de su vida.
Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido de sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno. ¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha, purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza, preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a hacerla suya, costase lo que costase.
En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban, Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí; el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna? Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos. No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió de trampolín, desde donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un ciclo encantado y luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos hermanas mellizas: Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo menos él pensó que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético. El héroe: un juglar de humilde cuna que escala el trono e impone deleitable tiranía de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por y para sí propia, sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en puridad, que alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a quien Dios adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino verbo divino, encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba si decidirse por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento; la elección la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo probable y aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas, así que de él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo veía ya el dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando holgura y vagar sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que pides, que nada hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la lluvia de oro. Y según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba diciéndose: «Qué necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro, que es lo único que produce dinero.»
Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al gabinete en donde Verónica estaba.
—Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes? El poeta Teófilo Pajares.
Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio, pero no se atrevía aún.
—Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato psicológico.
—Aquello que comienza: soy poeta embrujado por rosas lujuriosas... —murmuró Verónica, cohibida.
—Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez duros: cincuenta pesetas de lirismo.
Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un sablazo y acoquinar un tanto al sableado.
—¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías mi domicilio?
—Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho. Pues, me dije, voy a visitar a ese...
—¿Qué te haces? ¿Trabajas?
—Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina. Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.
También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.
—Si yo me atreviera... —balbuceó Verónica.
—Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico que la complazcas.
—Es el caso que tengo tanto que hacer...
—Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas. Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.
Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su lectura eran pura patraña o cándida ilusión.
—Cállate tú, que eres un tío frescales —comentó Verónica, quien por desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a tratar a Alberto con extrema llaneza—. No le haga usté caso, yo soy una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan amable...
—¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?
—No veo la relación, querido Alberto...
—Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica? Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.
—¡Calla, loco, calla! —rogó Verónica, en las últimas lindes de la turbación.
—Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?
—En la Italia renacentista— respondió Teófilo, muy aplomado.
—¿Y en qué ciudad?
—¿En qué ciudad? —Teófilo vaciló un momento—. En Milán.
—No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán, en su Calibán, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles episódicos y de fondo, etc., etc.?
—¿Qué obras? —Teófilo se amoscaba—. Pues varias obras: La Divina Comedia, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.
—Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la historia; pero, como el otro, la presientes.
—Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el vate les impone.
—Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.
Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:
—Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura; cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los tontos y que es cuestión de posaderas.
—No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el acicate es la cultura.
—Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes.
—A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que, aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran.
—Pamplinas, Alberto.
—Dispensa que te haga una pregunta.
—A ver.
—¿De dónde eres?
—De Valladolid.
—¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de irte a vivir allí?
—Sí, ¿por qué?
—¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía. Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de los más grandes que hemos tenido?
—Será para ti, y Dios te conserve la oreja.
—Y a ti Dios te la otorgue y algo más.
—Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.
—Estoy a tu disposición.
—Es reservado.
Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.
—¿Qué es ello?
—Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte para mí.
—No los tengo.
—No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver. En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás pueda arreglarme.
—No tengo un céntimo, Teófilo.
—Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y todo porque te he dicho lo de la oreja.
—No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un céntimo. ¿No me crees?
—Pero tendrás a quien pedirlo.
—A nadie.
—No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas —el acento de Teófilo se cortó, como si fuera a llorar.
—¿Tan apurado es?
—De vida o muerte, ya te he dicho.
—¿Puedo saberlo?
—¿Por qué no? Una mujer... —comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.
—¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.
—¡No digas insensateces! —Teófilo se encrespó—. Es mujer que no necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie... En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves... he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No comprendes?
—Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. No te acongojes, hombre —Alberto estaba un poco enternecido—. Una mujer decente, ¿eh?
Teófilo dudó un momento.
—Sí.
—No, no; di la verdad.
—Es... una cocota; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?
—Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha enamorado de ti como poeta o como hombre?
—Como hombre —afirmó Teófilo—. Te repito que es un ángel. Habíamos concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún ninguna impureza en nuestro amor —y con una transición que a poco hace reír a Alberto—: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu sastre...
—Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje... No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos, aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan tronados como yo.
Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.
—Vamos al gabinete.
Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron unos golpes en la puerta.
—Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo deseos de ver a nadie.
Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la conversación.
—¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?
—Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de él?
Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición. La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto agradecimiento que no acertó a abrir los labios.
La voz de Alberto:
—Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.
La voz de Antón:
—Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese, ¿sabe usted lo que es esto?
La voz de Alberto:
—Parecen dos salchichones.
La voz de Antón:
—Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras, con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero. Supongo que estará seguro, ¿eh?
La voz de Alberto:
—Naturalmente.
Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se dijo.
Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba, examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres. Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros dos hombres, en el comedor.