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Troteras y danzaderas

PARTE PRIMERA (continued 2)

Reading edition

—Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas —corroboró Pajares, muy lisonjeado.

—Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. —Don Sabas no se proponía otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó—: Bajo su palabra de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?

—Según de lo que se trate.

—¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?

—Sí, señor; prometo.

—¿Está usted enfermo?

Teófilo palideció.

—¿Lo está usted? Dígame la verdad.

—No le entiendo a usted...

—De sobra que me entiende...

—Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que yo esté o no esté enfermo?

—¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan a la ventura.

—Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el contagio.

Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía muy superior a don Sabas.

—No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.

—En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo hombre.

—Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir, que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo, lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?

Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina pensaba como Teófilo.

—Pero es que... —atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas—, si te figuras que ha habido algo entre nosotros...

—Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos señoritos silbantes...

—De caballero a caballero —habló Pajares—, puesto que usted se obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque, como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo, porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...

Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:

—No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.

—No lo puedo comprender.

—Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo —por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora, dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso nuevamente la carátula, y añadió—: Pero, por ahora, Rosa no necesita mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?

Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo hubiera adivinado, respondió:

—Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento. Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.

Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su disimulo.

—A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre el Obispo retirado. Dice que dentro de tres o cuatro días es la inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena?

—Sí, señor.

—Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella... Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito, sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y, dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado, resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A, involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea, una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad; Antígona, que todo el mundo sabe quién fue —y miró irónicamente a Teófilo—, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa?

—¿Qué te parece a ti? —solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.

—Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero no importa.

De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a la mitología helénicos.

—¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?

—No, señor.

—¿Quieres cantar algo, Antígona?

—Ya lo creo, con mucho gusto —se levantó de la butaca, y con gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a Teófilo—: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para acompañarme.

—¿Qué vas a cantar, Pitusa?

—Ninon.

—¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan sentimentalmente cursi!...

—A mí me gusta, Sabas.

Rosina cantó:

Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?

L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.

Rose ce soir, demain flétrie,

Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?

Aujourd’hui le printemps, Ninon,

Demain l’hiver...

La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras; pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma, colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y conciencia de sí propia producía dolor gustoso.

Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el lamento sentimentalmente cursi de Tosti: «¿Qué has hecho de tu vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana.» Y luego, ¿cómo se puede vivir sin amor? ¡Oh, amor; necio engaño! Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado. ¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban? Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi le rebasaba por los ojos.

Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.

—Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa romancita...

—La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan hondamente remueva el alma como la música —sentenció el poeta.

Como poeta español que era, tenía por característica un sistema nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales. Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que preguntó a don Sabas:

—Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza?

—¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más sincera. El español no concibe la música sino como aderezo de la lujuria o a manera de desfogo físico y bramido carnal; por eso los músicos españoles no aciertan a componer nada que valga la pena, como no sean chotis, tangos y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y buena música, música centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través de los miembros, derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas, de cabriolas y otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música, la centrípeta, cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si corrieran tiempos de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe, así, con un rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y para mayor seguridad, suprimía la música en absoluto —y sonrió con afabilidad indiferente.

Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido, habló en tono algo áspero:

—En resolución, que para ti la música, como quien oye llover.

—Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover.

—Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una persona...

—Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella. Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos en el teatro.

—Allá veremos —contestó Rosina con mal simulada humildad.

La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría el contrato con el Obispo retirado, por grande que fuera el éxito de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo.

—Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene en El Escorial.

—Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.

—No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días.

—Como gustes —don Sabas había comprendido.

Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de Rosina o perderla para siempre.

Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al terruño yermo el agua de llovizna.

Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.

—¡Oh, excelente Sesostris! —exclamó don Sabas—. ¡Quién fuera galápago o tortuga! —como de ordinario, sus interlocutores ignoraban si lo decía en serio o de chanza—. Todos los males del hombre, ¿no cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado, o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta, señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido? ¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios determinó que fuerais extirpados casi totalmente!

Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en busca de cucarachas.

En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a agazaparse en el regazo de su madre.

—Ven a darme un beso, Rosa Fernanda —dijo don Sabas—. Ven y te contaré el cuento del príncipe narigudo.

Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos, como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los vocablos en su religiosa desnudez originaria.

Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la fecha y sitio de la próxima entrevista.

Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital, como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y Don Juan; Hamlet les es repulsivo.

La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio, asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.

Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones críticas.

Punto de vista de don Sabas.—Tenía conciencia de ser antipático, instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir, odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión, como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad.

Punto de vista de Rosina.—Don Sabas le parecía, cuándo extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante. Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo; pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza misteriosa que le hacía atractivo y amable.

Punto de vista de Pajares.—La presencia y sonrisa de don Sabas le hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada, cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo aborrecía.

Punto de vista de Rosa Fernanda.—Como el de todos los niños, era a ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales, las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas. Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices, pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera cosa por ir a arrancarla y jugar con ella.

Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.

Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también. Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas preguntó:

—¿Por dónde va usted?

—¿Y usted?

—Yo, hacia arriba.

—Yo, hacia abajo.

—Ea, pues hasta la vista.

—Hasta la vista.

X

Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor intuitivo que manaba de una palabra: dinero. Era fuerza que buscase dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, edad capitalista, se le hicieron patentes. La actividad motriz de estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios. En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían sido res nullius, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos. Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en el bolsillo?

Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente, o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.

Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.

—Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de menos, porque no tuve con quién discutir.

Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina. Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata, simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar a los comensales —dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de paso y un comandante—, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió, calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido, cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía, razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el otro replicaba que todo aquello era una pamplina.

Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras tertulias literarias.

—¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?

—Creo que sí; ¿por qué?

—Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.

—Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.

—No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?

—Sí, señor.

—¿Cree usted que eso que llaman amor existe?

—Sí, señor.

Una pausa.

—Bien; ¿qué hay con eso? —preguntó Pajares.

—Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con ser anarquista...

—Hombre, al contrario.

—Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun con poco ombligo.

—¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.

—Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?

—Nada, que tengo prisa. Hasta luego.

—Hasta luego, señor Pajares.

Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta, de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No contenía ningún cheque. Decía la carta:

Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia. Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro. Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso de tu madre, que sabes te adora.

El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso. Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa. Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos. Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres; pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible, que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es, Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra, ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte? Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios. Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes seguir tu vocación...

Un beso de tu madre que te quiere,

Juanita.

Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.

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