PARTE IV (continued 3)
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Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada de rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas eran bastante lindas, señaladamente Lilí, una francesa, que hacía crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por los recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros vivos.
—¿Qué es eso? —inquirió Rosina.
Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron las mujeres y volvieron muy pronto, desnudas. En el centro de la estancia, sobre unas colchonetas que al efecto había introducido la encargada, las siete mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones de amor lésbico y otra porción de nauseabundas monstruosidades. Rosina, Verónica y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se levantaron y salieron, seguidas de los hombres.
En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio.
De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes.
Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en donde, según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de bajo estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior: Casianaaa... Opulencia... Pero no abrían. Dos duros que Grajal introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho. Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia, en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era gorda, vieja y sucia.
—¿Qué hueso se os ha roto por aquí? —preguntó con voz insolente y gesto desconfiado.
—Pues, ya ves —respondió Angelón—. Venimos a hacer una visita a tu palacio. Enséñanos las niñas.
—Están haciendo la calle.
—Pues que traigan champaña —ordenó Artaza.
—Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo?
Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual se domesticó al instante.
—Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la calle, que vengan las niñas.
Cuando la llamada Opulencia, que era la criatura indefinible, salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica, que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era: «Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete. Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió el capricho de verla desnuda.
—¿Quieres desnudarte delante de nosotros? —preguntó Grajal.
—¿Desnudarme? —exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus ojillos tenaces de insecto venenoso.
—Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy.
—¿Desnudarme? —repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada de la proposición.
—Tendrá miedo que lo sepa su novio —observó la dueña.
—¿Su novio? —preguntó Rosina maravillada.
—Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres —se apresuró a decir Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era perfectamente zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro se escondiese un espíritu humano.
—¿Qué edad tienes? —preguntó Alberto.
—Veinte —respondió la dueña.
Verónica no pudo menos de exclamar:
—Eso pal gato.
—Sí, veinte, veinte, veinte —afirmó Opulencia, subiendo la voz.
—¿Sabes contar? —preguntó Alberto.
—¿Contar qué?
—Contar números.
—No, pero tengo veinte.
—Bueno, a lo mío; dos duros te doy, ¿quieres desnudarte?
Opulencia consultaba con los ojos a la dueña. Decidiose con impulso repentino.
—¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay opulencia no hay meneo.
Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso. Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey. Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales, atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo:
—Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.
—¡Basta! —suplicó Travesedo.
—¡Basta, basta, por Dios! —añadió Verónica, con lágrimas en los ojos.
—Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia —habló Grajal.
A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: la Coral, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una oftalmía purulenta; la Leopolda, segoviana, según dijo, joven y bonita; la Araceli, coja y con cara de foca; la Aragonesa, de pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad. Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa de trato estaban de pupilas.
Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. La Aragonesa salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón y lloraba exasperadamente.
—¿Es su hijo? —preguntó Verónica.
—Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica —rezongó la madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño.
—¿Qué tiene? —preguntó Rosina.
—Sífilis —respondió la madre.
—Entonces usted... —insinuó Verónica.
—Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo estoy tan sana como tú. Oye, ninchi —añadió, volviéndose hacia Artaza—, dame dos pelas pa la medecina.
Artaza se las dio.
En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de Verónica y la bella serenidad de Rosina.
Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el primero en decir:
—Così va il mondo.
—Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la noche en la Bombilla —propuso Artaza.
Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo. Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.
Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él. Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo:
—Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy ceñiditos, una polquita de organillo.
En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán, encendidos en deseos por Márgara.
Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan. Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja. Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego, los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado. Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a Grajal y Márgara sobre una chaise longue, luchando jadeantes a brazo partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.
Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y Márgara con chanzas picantes.
—¿Y Rosina y Teófilo? —preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las malicias.
—Nos la han dado con queso —respondió Angelón.
—Es la zorra más zorra que ha parido madre —decretó Artaza—. Toda la noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta lilial.
—Pero, ¿cuándo ha sido?
—¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola —habló Artaza, con enojada mueca—. Vosotros, al fin, no habéis perdido la noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama, tomar sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben. Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso después de una juerga.
A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal, Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a Madrid.
En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:
—¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo?
—A mi pueblo en seguida— respondió Márgara.
—En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la estación está cerca.
Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.
—Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas? —dijo Alberto.
—¿Adónde? —inquirió Márgara, con ojos ariscos.
—Ellas van a Pilares.
—Bueno.
—Toma este dinero.
—No lo necesito.
—Sí; lo necesitas para comer en el viaje.
Márgara lo aceptó sin dar las gracias.
Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca afabilidad. Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un departamento de tercera y aguardó hasta que el tren partiera.
Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como un ángel más que como una mujer.»