PARTE IV (continued 2)
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VI
Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la solían llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era el nombre del huésped, exclamó:
—¡Qué burrada!
—¿Cuál es la burrada? —preguntó doña Juanita.
—Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso.
—Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo que un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha dicho por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo es mi hijo y está muy alto para que nadie le toque.
—No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad.
Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó.
—Eso es una infamia, una calumnia, una intriga —afirmó menospreciando gradualmente el alcance del suceso—, un lío tramado por los muchos envidiosos que Teófilo tiene.
Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza, salió en tercera para Madrid muy resuelta en su arranque, decidida a presentarse, si fuera preciso, al ministro de Gracia y Justicia y llamarle imbécil, y segura de poner en libertad a Teófilo a la vuelta de contadas horas. Llegó a casa de Antonia a las ocho de la mañana. Hubo de sacudir varias veces la campanilla, porque eran los moradores gente nada diligente, si se exceptúa el teutón, el cual estaba precisamente en aquellos momentos tomando su habitual ducha mañanera en la cocina. Este germano, industrioso y sutil, como es fama que son todos ellos, había suplido a la carencia de cuarto de baño con el albañal de fregar los platos. Los compañeros le habían ofrecido el tub de que ellos se servían, pero el teutón lo había rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del albañal y allí se encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües lomos. El día que la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra ingeniosidad y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes estuvo a punto de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes para el aseado teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del delincuente de no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían a pierna suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en cuna de deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase con harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y le sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre lo había parido; pero un poco más talludo y formado.
Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se santiguó y lanzó un grito de aflicción.
—¡Joasús! —esta era una exclamación muy frecuente en labios del teutón—. Ustet se ha equivocado.
—Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone —tartamudeó doña Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y tersa.
Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse en su alcoba y doña Juanita quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi hijo si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles.
—¿Qué se le ocurre a usted, señora? —preguntó Travesedo, suavizándose al ver una vieja enlutada, con manto.
—¿Es esta la casa de una señora Antonia?...
—Sí, señora.
—Yo soy la madre de Teófilo.
Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a un gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le habían hecho —Travesedo no sabía aún el lance del teutón—, despertó a las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo.
—¡Ay, qué susto me he llevado, señor...!
—Travesedo.
—Señor Travesedo. Creí que me había equivocado.
—Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted?
—¿Cómo? Viéndole.
—En algún periódico.
—En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre desnudo.
—¡Ave María Purísima! —exclamó Travesedo—. De seguro el teutón.
—Eso no sabré decirlo.
—Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán.
—¿Y son protestantes por aquellas tierras?
—Sí, señora.
—Entonces se explica.
—Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía figurarse...
—Mire usted que se necesita rejo... En puros cueros, señor...
—Travesedo.
Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones, inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa, que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz.
Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había tenido, como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años), de aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud, ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pretexto a que escribiese en la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo y noble de tono; para atraerse la simpatía de los radicales, por la naturaleza del delito que se le imputaba, y de los conservadores por haberse probado su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez de Toledo se apresuraran a ensayarle su drama A cielo abierto y a estrenarlo cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor.
Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le enojara o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero doña Juanita se negó, porque quería presenciar el estreno del drama. Trataba a su madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta hostilidad latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien procuró consolarla como buenamente pudo.
—Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran hombre. Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles. Parece que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las apariencias. Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un artista tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían antes de declararlo, como no sea por medio de la obra artística.
—Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir.
Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo:
—Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa, dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza. Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo.
Teófilo respondió adusto:
—¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos parido? No sé tú. Lo que es yo...
—Eres un idiota. Me río yo de tus versos...
Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión formuló así su juicio:
—Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he visto a usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de vientre no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da lástima de usted, porque adivino que acabará mal.
Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de ganarse la vida.
—Si usted lo llama a eso decoroso...
En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad de las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo ejercicio en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más principal, no puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con entonación agresiva:
—¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media?
—No puede ser. ¡Piñones!...
—Usted, ¿qué sabe de eso?
—Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no me vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia.
Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo todo. Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se opuso. Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa, encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no fuese los domingos de matinada, a misa. No había estado nunca en un cinematógrafo. Cuando en Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada y confusa.
—¡Ay Dios! —ante una cinta que reproducía las maniobras de un escuadrón de lanceros—. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente en ese escenarito tan pequeñico?
Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja quería decir.
—Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy tranquila, Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor.
—Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de los chicos.
—Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas que el diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia corrompida. ¿Adónde irás a vivir no bien te cases?
—Creo que a Cuenca.
—Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas, y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se me ha ocultado que el último domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo de costumbres! Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no mueven oídos demasiadamente mozos.
Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de presenciar otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres delanteras de anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual, merced a unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde estaba contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase una tragedia, titulada Hermiona, escrita por don Sixto Díaz Torcaz, el viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido que en años, con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón que eminente en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin cisma; pero su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba oculto, como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera, que un oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel, el enorme y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes canas. Hacía cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con acento entre religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a la política militante y a la causa de la República. Asegurábase antes del estreno que Hermiona, bajo su nombre musical y alado, como vestido de viento y armonía, disimulaba otra música más agria y provocativa: un chinchín de charanga callejera, a propósito para turbar el seso de la plebe y empujarla al frenesí. Dicho más claro: murmurábase que Hermiona era una insignia de motín o incitación revolucionaria antes que obra de arte. Habíanse anunciado disturbios de orden público. El teatro estaba lleno de coribantes republicanos y de policía secreta. Aunque los ánimos vibraban al rojo flamígero y los corazones llevaban puesto el gorro frigio, el aspecto del teatro era sobre manera caliginoso y funeral, como sucede en todo gran ayuntamiento de hombres solos, trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas otros seres femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y unas pocas más, hembras pertenecientes al demos, cuyos esposos, ciudadanos concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar rotunda afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel gran concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar el desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia fuesen ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado con la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de lata.
Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos, vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo, estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto perdía con la edad la batuta.
Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres, Travesedo, Teófilo y Alberto.
—¡Buen chasco nos hemos llevado! —suspiró Travesedo, consternado—. Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y muertes, asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una prolija tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el testamento de una vieja beata es poco pretexto para cuatro interminables actos.
—Tu reparo, querido Eduardo —intervino Alberto—, es semejante al de aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...» Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que hayan entendido la tragedia.
—¿Quién es la otra? —preguntó Travesedo, con ironía afectuosa.
—Primero, ¿quién es la una? —atajó Teófilo.
—¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo —aseguró Travesedo—. ¿Quién es la otra, pues?
—Verónica.
En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto exclusivamente, rompió a hablar:
—Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla a la maldita vieja.
Salieron todos a la calle. Verónica continuó hablando.
—¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido que si Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres), asistiera por casualidad un día al teatro y viera representar el drama, y desde fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué te parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios.
Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres. Hicieron rumbo a una chocolatería.
—Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética —murmuró Teófilo, con sarcasmo.
—Me parece que sí, Teófilo —replicó Guzmán—. Aquella catarsis o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles...
—Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de Aristótiles.
—Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir que las únicas.
—Son a saber.
—La tolerancia y la justicia.
—Veamos cómo.
—Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten, a no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación; esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas. En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo posee en tal grado que en él viven todas las criaturas. El espíritu dramático, por el contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea la mutilación de toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser o una idea enfrente de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a la propia ley de su desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, choquen, luchen, conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el conflicto se vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles para los más y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu lírico es el hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de la resolución de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge la tragedia. Cuando el autor dramático inventa personajes amables y personajes odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una acción, el resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama existe también en la novela, en la filosofía, en la política, hasta en la pintura y en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente simulada por el hombre, pero nunca en la vida real. En España somos absolutistas; la palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy recientemente ha comenzado a florecer el espíritu lírico.
—Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te aventaje, como no sea don Sabas —declaró Teófilo, cuyo drama estaba construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos, porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del éxito económico y literario.
—No compares.
—Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de humo —añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón y accionando con vehemencia—. Yo pongo siempre el caso concreto, el ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas. Helo aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos de una mujer que finge corresponderle con no menos ardor. Toda la vida pasada, presente y futura de este hombre se reasume y encarna en aquella mujer. Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona. El poeta, como se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso, brutal, pues sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema sensibilidad y a quien la más leve palpitación del mundo externo conturba, exalta o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza humana en lo que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario; yo doy por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es todo espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye de él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza e instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien; este poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber visto arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el arte, sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene a ser una liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de presentar los tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal suerte que todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera hecho lo mismo en el caso de ellos.»
—Exactamente.
—Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en la vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... —exclamó Teófilo sonriendo acedamente—. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores.
—Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama. Sería un drama diferente, ¿verdad?
—Claro está.
—Y, sin embargo, es el mismo drama.
—Otro sofisma. Es como si colocas a veinte pintores alrededor de un modelo. Todos pintan lo mismo y cada cuadro es diferente, porque han sido diferentes los puntos de vista.
—No, porque el pintor se limita a pintar lo que ve y como lo ve. Otra cosa sería si el que pinta la figura de espaldas, por completarla, añadiera la misma figura de frente, imaginada o en caricatura. Para mí es evidente que todo autor dramático que merezca tal nombre, antes de ponerse a escribir una obra debe hacerse esta consideración: «Supongamos que mis personajes asisten como espectadores a la representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían en conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los testigos de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?» Todo lo demás no es arte dramático, sino superchería, bambolla, bombas fecales, inmoralidad y estupidez.
—Siempre quedaría el drama poético— apuntó Teófilo, sin disimular cierta expresión de enojo y desdén.
—Cuando dije bombas fecales, querido Teófilo, aludía al drama poético a que tú te refieres. Y ahora vamos a tomar chocolate.
VII
El día del estreno de A cielo abierto, a las cuatro de la tarde, una dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que aquel día andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse quieta en parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a abrir. Grande fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por su hijo.
—Está en el teatro, señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía?
—Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche.
—Cuánto le agradezco... Pero pase usted.
—Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?
—Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto, porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no tendrá papel, ni pluma, ni nada.
—Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?
—Sí, señora —doña Juanita comenzó a enternecerse.
—¡Qué suerte tener tal hijo!...
—¡Bendito sea Dios! —doña Juanita se enterneció más.
La dama parecía enternecerse también.
—¿Y cómo está? —inquirió la dama.
—Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella infamia de la bomba, ya estará usted enterada —la dama asintió con la cabeza—, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir, porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce usted a don Alberto Díaz de Guzmán? —la dama asintió nuevamente—. Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.
—¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? —la voz de la dama temblaba un poco.
Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de quien se había enamorado Teófilo.
—¿Tan enamorado quiere usted decir? —los ojos de doña Juanita echaban chispas.
—No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...
—¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella vil ramera —doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy enfáticos— si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece, se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará con su prima Lucrecia —doña Juanita urdía todas aquellas falsedades, lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y ofendida para no acordarse más de Teófilo.
—Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la enhorabuena —la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo. Prosiguió la dama—: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir cuatro letras para su hijo.
Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.
No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y leyó la carta, la cual rezaba así:
«Tu madre me dice que te casas. (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó doña Juanita en voz alta.) Lo mejor es que no nos volvamos a ver. Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.
Rosina.»
—Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan nada —exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán; luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.» La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto, patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre dientes:
—¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...
Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines, cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a media voz:
—Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta pelambre en el cubo.
Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio, flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente.
—¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! —suspiró la vieja santiguándose. Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos. Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos de ella.
—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?
—Miren el arrapiezo, qué fisgona.
—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta?
Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más acompañada que no con las personas mayores.
—Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.
—¿Por qué está usted nerviosa?
—No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues estoy nerviosa —doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras como ella quisiera.
—¿Y por eso está usted nerviosa? —Milagritos se levantó, se marchó y volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a leer—. ¿Cuántas horas faltan? —preguntó.
—¿Qué hora es?
—Las cinco.
—Pues faltan cuatro horas.
Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita.
—Ya puede usted ir al teatro.
Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:
—Hija mía...
—Ya puede usted ir al teatro —repitió Milagritos, sin despegar los ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba incontrovertible de que era hora de ir al teatro.
—Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es eterno. No sé cómo explicarme.
—Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde —dijo Milagritos con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular denuedo un cornetín de pistón.
La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después de anochecido.
Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al teatro de los Infantes a presenciar el estreno de A cielo abierto. Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y smoking.
Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa, al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones; quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a fruir del lírico festín.
Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y prosternándose, declamó:
Que el hada Felicidad
derrame, noble Princesa,
su dorada cornucopia,
de bienes y rosas llena,
sobre tus hombros gentiles,
sobre tu gentil cabeza.
Muchedumbre de galanes
por tu amor riñen contienda
de rimada pleitesía
a uso de la Gaya Ciencia,
y tus antojos atisban
antes que los labios muevas,
como el espía que escucha
con el oído en la tierra.
Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado a tierra, agradaron por su originalidad.
A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a reñir contienda, como había dicho el rey de armas, por un beso en la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los entusiastas. Un guerrero, que aunque rudo y áspero como la crin del león de los desiertos, aspiraba, como bobo, a ungir su braveza con aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en alejandrinos contra los afeminados cortesanos, parásitos de la mesa de los magnates y polilla de las damas, que de esta suerte los calificó el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, que fuerzan el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos, no de otra suerte que el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa. Esta imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros, y en un rapto de inspiración vertida en las ánforas helénicas de los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos (insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas) encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario, juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana, mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada; pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible (Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo. Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento, en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa, y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución, y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes, puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la balada tenía el consonante en ía:
Tras de tu airón yo me iría,
tras tu canto-hechicería
que trueca la noche en día,
y la sombra en armonía,
y el desierto en lozanía
de rosas de Alejandría.
Tras de tu airón yo me iría,
trovador del alma mía,
cisne del ala bravía... etc., etc.
y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó por extremo al público. El deleite a cada nuevo ía se acrecentaba hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos, a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo.
La segunda estrofa aconsonantaba en on, y era la misma canción:
Me iría tras de tu airón,
tras tu canto-anunciación,
que encinta a la creación
con luz viva de ilusión... etc., etc.
La tercera estrofa tenía el consonante en aba, y nunca se acababa; esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí.
La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.
—¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! —se oía de un lado a otro.
Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada, y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: Tras de tu airón yo me iría, remedando, en la medida de sus respectivas facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán.
Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada de los ías, ones y abas hacía pensar en un borrico dando vueltas a una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a Monte-Valdés, y dijo:
—Eso hay que probarlo —sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis pimpleo.
—En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.
—Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande —como si el ambiente fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano—. ¿Qué me dice usted con eso? —habló el caballero barrigudo.
—En segundo lugar —continuó Monte-Valdés sin conceder atención al interpelante y enarcando mucho las cejas—, el conflicto dramático es absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos mujeres, unam feminam nihil...
—Camelos, no —atajó el caballero barrigudo.
—Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, como la crin del león, cisne del ala bravía, cuando me consta que Pajares no ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne, porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como Góngora asegura.
—Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese notar los desatinos de la obra.
—En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío. Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta gallinácea.
—¿Y eso lo sabe usted acaso —interrogó el caballero barrigudo, con sorna— directamente por su antepasado?
—Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota. La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de Oviedo, Sumario natural de la historia de las Indias, y él lo llama pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es cosa archisabida.
Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.
—Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra —y el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés.
La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él quisiera que inflasen las velas con tanta violencia como la pasión le hinche a él el pecho. Los marineros refieren historias de piratas. Y como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata. Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima a los cristianos. Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba de los mares. Son piratas, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha aceptado y digerido una sarta de ías, una retahíla de ones y un celemín de abas. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero, se añadía, el teatro es siempre efectismo.
En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad, desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente, sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable. Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para ellos empeño del amor propio.
Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades, el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba, de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo, su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía, o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente sin que la gente se enterara.
Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras de asinidad definitiva), habló así:
—Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y corruptelas vergonzosas.
—Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan claudicantes y transitorios —dijo Pérez de Toledo.
—¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza Calderón, o Lope, o Tirso...
—Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... —comentó un joven periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del crítico, quien preguntó:
—Conseguir, ¿qué?
—Lo que se proponga, don José.
—Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto —concluyó el crítico.
Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer, tenía un apaño (está metidísima, está enchuladísima, fueron dos de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego cómico en una compañía de poco pelo.
—Alto ahí —cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente—. La compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé los principios esenciales del arte escénico.
—¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? —inquirió Pérez de Toledo.
—Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él —respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.
Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling, cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo entero, no era otro que el amante de Rosina.
Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público. Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de A cielo abierto y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una sombra funesta diluida sobre el semblante.
La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual, por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos, hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado con una nueva ovación.
El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc., etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa viendo aquellos cadáveres de rosas en féretros de espuma. De la propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se veían muchos ojos empañados por las lágrimas.
Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:
—Ya estará usted contenta, señora.
Doña Juanita se echó a llorar.
—Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.
Doña Juanita balbució:
—Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día en que Teófilo hizo su primera comunión —doña Juanita temblaba extraordinariamente.
El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que Teófilo era un Schiller.
Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto. Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.
—¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense usted locuras.
—Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan hasta las mil y quinientas.
—Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.
Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas. Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer. Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros, levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación y preguntó:
—¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?
—Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted? —Lolita no cesaba de llorar—. Es que llamaba a Antonia para que me quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado mico —diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto le originó olvidose de llorar.
Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco momento como la emisión del vocablo mico, porque le traía asombrada y absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle, a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la calle.
—Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o mejó, como un serdito —y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué decir ni qué pensar.
En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta.
En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso celebrar el éxito con champaña en Los Burgaleses. En el restorán fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios. Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:
—No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.
En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.
—Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.
—No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.
—Te acompaño. ¿Adónde vamos?
—A la ventura.
«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio profesional, su vanidad de poeta.
—¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece tu drama?
Teófilo no respondió.
—¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.
Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:
—No me dejes solo. Habla, que te escucho.
—Tu drama me parece estúpido. —Pausa. Teófilo no se dio por entendido. Añadió—: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad; suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se trague doce seguidos a palo seco —Alberto sintió una leve presión en su brazo. Pensó: «Esto va bien»—. Por supuesto, no se te puede echar a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón vituperaba en los latinistas españoles el aliquid pingue, un algo pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles, San Dámaso, se le llamaba Auriscalpius matronarum, cosquilleador de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito, como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos elogios.
Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.
—¿Qué te pasa? —preguntó Alberto.
—No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo toda la sangre en la cabeza —su voz era ronca y salía en coágulos. Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.
—Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?
—No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas. ¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro, desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? —la voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió. Repitió Teófilo—: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?
—No, claro que no. Ahora sosiégate.
—Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.
Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas estará durmiendo como una bendita.»
—Tomaremos un coche, si te parece —habló Guzmán.
—Sí; como tú quieras.
Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo y la cabeza caída sobre el asiento.
Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios. En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.
—Es algo aquí, en semejante parte —murmuró Teófilo, señalando la base de la caja torácica—. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me enfurece —añadió, levantando la voz y crispando los puños.
—Habla bajo.
—Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?
—No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de bajar la voz.
Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió, apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada y amorosa:
—Hijo de mis entrañas.
Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento estrangulado de ira o de pavor, bramó:
—¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.
La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris caótico.
—¡Hijo! ¡Hijo! —La primera exclamación fue de estupor, la segunda de manso reproche.
—Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea, porque te desharé entre mis manos —y Teófilo forcejeaba por desasirse de los brazos de Alberto.
Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.
—¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce; muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.
—Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir —Guzmán estrechó la mano de su atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más atribulada aún.
Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña Juanita se adelantó a hablar:
—No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.
—Es que...
—No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias por su solicitud. Buenas noches.
Guzmán se retiró pensando: «Nunca sabemos nada de nada.»
Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid.
VIII
Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo Las Moradas, de Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta:
Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico, estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a almorzar conmigo? Tu amiga,
Rosina.
Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua caliente.
—Buenos días, sor Cruz.
—Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan viejos y se acerque el momento de la muerte...
—Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas tristes.
—¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo viera —sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche—. Un libro de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no sea para hacer mofa...
—Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.
—Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas, buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...»
—¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?
—Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora. De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares. Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.
—Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría.
—Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?
—Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y de todas maneras se puede servir a Dios —dijo Alberto.
—¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted —y sor Cruz salió riendo con benevolencia.
Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de Antonia.
Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo Las Moradas, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro consigo, y fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle en peinador y le regaló con un beso de salutación.
—No te parecerá mal que te bese, ¿eh?
—Ni que fuera tonto —respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente el regalo.
—Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho, pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? —Alberto asintió—. Quizás venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen El Galeoto: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo, y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado. Parece que me adora.
—Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia?
—¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del almuerzo no digo esta boca es mía.
—Poco falta ya, de manera que tendremos calma.
—¿Qué es de Teófilo?
—En casa estará durmiendo...
—Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo reconoce así —Rosina cambió de expresión—. Tú ya sabes que Teófilo y yo hemos sido muy amigos un poco de tiempo.
—Sí, lo presumía.
—Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees?
—Lo que tú; que está enamorado de ti.
—Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí directamente, no me vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te advierto que no es por ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir lo que me reste de vida. Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo esté o no esté enamorado; pero, la verdad, tampoco me hace gracia que me odie y me trate con desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice fue lo que no pude menos de hacer —el rostro de la mujer adquirió una expresión meditativa.
Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas con Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo, aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto, había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol, la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo, necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones de entonces.
Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que les sirvieran el almuerzo en la misma habitación.
—Qué, ¿has tenido noticias de Fernando? —preguntó Verónica.
—Hoy no.
—¿Te escribe todos los días?
—Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario y una postal por lo menos. Es celosísimo.
—Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días. Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no hay caso.
—Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás siempre con la misma canción.
—Y ahora —entró a decir Guzmán—, ¿se puede ya saber aquello que me iba a hacer la mar de gracia?
—Todavía no. De sobremesa.
—Resignación.
En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta.
—Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia. Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo que una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven, vestida de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita Rosa», me dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué la iba a conocer yo! «Soy Márgara, la hija de Bergantín». Este Bergantín es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has crecido y qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada. Le pregunté a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a decir nada; pero fue animándose, animándose poco a poco y me contó lo que le pasaba. Veréis. Dice que en Arenales había llegado a ser muy desgraciada. La cortejaban muchos mozos; pero ninguno le gustaba a ella. Durante los veranos, los señoritos veraneantes no la dejaban vivir, persiguiéndola sin parar, ya podéis suponer con qué intención. Jura que hasta ahora ningún hombre la ha tocado, y yo lo creo. Dos horas o muy cerca empleó en contarme mil menudencias. Yo abrevio. La cosa fue que comenzó a entrarle un gran disgusto por todo lo que veía en el pueblo; se apartó de las amigas y se encerraba a solas a llorar. Oye, tú, no seas grosero y cierra ese libro.
—Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos ayudará a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella sentía, según dice este libro, ansias y lágrimas congojosas y sospiros y grandes ímpetus.
—Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe explicarlo.
Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó:
—Es dificultosísimo de dar a entender.
—Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para.
—Lo presumo —dijo Guzmán.
—Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos y, vaya...
—Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene en dar grandes gritos —interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió—: Parece un fuego que está humeando y se le representó ser de esta manera los sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así, aunque dure poco, deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan abiertos... —Guzmán espigaba en el libro y leía a retazos.
—¿Pero te estás chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo inventas?
—Prosigue, Rosina.
—Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar como una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en el corazón, continuaba siempre.
—Los contentos —leyó Guzmán— nacen de la misma obra que hacemos y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos ensanchan el corazón. Esa muchacha quería meterse monja y viene a pedirte el dote.
Rosina rompió a reír descompuestamente.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó, sin cesar de reirse.
—¡Qué mundo! —exclamó Verónica.
—No es nada difícil caer en la cuenta —añadió Guzmán.
—Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario.
—¿Todo lo contrario? —inquirió Verónica, boquiabierta—. Entonces fraile.
—Sí —respondió Rosina—, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen tres. Quiere ser una cocotte, como yo, y reinar en el mundo y sus arrabales, porque ella se figura que ser cocotte y emperatriz es la misma cosa.
—Pues está enterada —comentó Verónica.
—Me dejas anonadado —confesó Guzmán—. ¿Y cómo fue? ¿No te ha explicado?
—Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.» Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con deliciosa ingenuidad: «Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi vocación.» Ya veis: vocación de cocotte...
Pausa.
—Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia? —inquirió Guzmán.
—Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden, solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde, chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece?
—Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo —aconsejó Verónica, con ardimiento.
—Tengo un proyecto. A ver qué opináis —habló Guzmán.
—Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno —jaleó Verónica.
—Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos, reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice tener...
—¿Y nosotras vamos a ir también? —preguntó Rosina, algo alarmada.
—¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito...
—No tengo mantón.
—Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir.
—Tanto como divertir... —observó Alberto—. Entonces, ¿qué os parece?
—A mí, de perlas —declaró Verónica.
—Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis que conocer a Márgara —Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando apareció la camarera, Rosina añadió—: Que venga esa chica que llegó esta mañana.
Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un armonioso aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy morena, casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos, duros y perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y dientes menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el labio. No era bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa.
—No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una manera enorme —dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz alta—: Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas —y comenzó a oprimirle los senos y los muslos—. Tocad. Es mármol.
Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual, dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia personal.
—Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad, Márgara?
Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza específica de Márgara.
—Sí, parece una estatua —declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a las apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se mantuvo la muchacha.
Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió.
A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta de Rosina, Verónica y Márgara, a pelo y con mantones achulados, y Angelón Ríos, Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo, por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda, Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los cafés.
Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa de cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en los dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además, la Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica, y las admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien, como sevillana, opinaba que el cante jondo y el baile flamenco, lo castizo en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés modernistas.
Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban libres. La Socorrito era una mujer joven, agraciada y pizpireta. Llevaba un pañolillo andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto; el peinado caído en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño. Presumía de usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases con guiños y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un valor cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas: la Talones, la Lorito y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza.
Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo salido, cuando la Talones dijo, aludiendo a la dueña:
—Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe.
Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito. Había sido —y aún coleaba, afirmó la Lorito— querida de uno de los hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias.
—¿Creen ustedes —preguntó Pepita, mirando a Rosina— que las comedias de los Fitoria son de ellos? ¡Quia!
—Pues, ¿de quién son? —interrogó Travesedo.
—¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos los chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito. Si lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del último semestre, uno por uno.
—¿Es posible? —inquirió Travesedo, con escepticismo.
Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por la salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que ellas eran testigo de mayor excepción.
Angelón reía a torrentes.
—Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia —dijo Travesedo—. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede ser.
Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña, de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas las noches.
—Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad —gritó Artaza, golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia que de corrupción.
Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina, Márgara y Guzmán hicieron terna aparte.
—¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? —preguntó Rosina.
—Es preciosa, guapísima —respondió Márgara.
—Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa, ella o tú?
—Ella, ella ye mucho más guapa —dijo Márgara, con vehemente convicción.
—Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones de lucirse y cazar hombres ricos.
Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la vida que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo el dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre casi todas terminan en un hospital, y por ahí adelante.
En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo. Angelón obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la pandilla.
El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una casa de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano voluptuosidades antinaturales y perversas.
En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras negras, que decían: ALFONSA.