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Troteras y danzaderas

PARTE III (continued 2)

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—Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo.

—Yo la continúo —tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes, y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no descubrir su desazón.

Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.

—¡Qué hombre admirable! —bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.

En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles, quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una emoción contradictoria e intensísima.

En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al juego.

—Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar un tiro...

—Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría estar loco.

—¿Que no puede ser? Puede ser y es —afirmó Teófilo, con entonación infalible.

—Pues yo no lo creo.

En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón. El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más sobre las dos mil que ya tenía apostadas.

—Banca abierta —musitó Mármol.

—¿Qué? —clamó don Jovino.

Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.

—No quiero verlo —rezongó, con los pulmones en suspenso.

Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba... Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo nueve. Giró sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.

—¡Qué suerte! —exclamó Angelón, ligeramente contrariado.

Un croupier apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los paños; otro lo recogía con el sable. Mármol, en medio de los dos, no se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no atinaron a calcularlas.

A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El Fraile motilón era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y, a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él, extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino recobraba la serenidad.

Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas, el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con aliento entrecortado.

—¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!

Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo. Algunos se precipitaron a sujetarlo.

—No es necesario —dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.

—Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? —se lamentó el buen señor, algo sorprendido.

—Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.

—Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?

—Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted algo de mí.

—¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?

—Diga usted la verdad.

—Yo soy un caballero.

Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.

—¡Diga usted la verdad, se lo suplico!

En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada austeridad:

—En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga usted el favor de marcharse.

—No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que más.

—Haga usted el favor de marcharse —e iba a asirle de un brazo.

—Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza. Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.

—Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.

Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:

—Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse si no le da la gana. Por lo demás —añadió, mirando a Fernando—, si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar —concluyó, contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.

—Claro que las apariencias suelen engañar —corroboró don Bernabé—. Yo soy un caballero.

Nuevas risas.

—Muchas gracias —dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de Alfonso del Mármol—. Y buenas noches la compañía.

Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.

—Vámonos nosotros también —rogó Teófilo a Angelón, poco después que el desconocido e iracundo joven se hubo marchado—. Estoy rendido.

—Vámonos si usted lo desea.

Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro, disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.

Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con torpes requiebros placeres complejos y módicos.

Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador, del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción, de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?» Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el segundo, en la prostitución.

—¿En qué pensaba usted? —habló Angelón.

—En nada —respondió en seco Teófilo.

—He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas, que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y vuelve la espalda a los hombres honrados.

IX

Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados. ¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca? ¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el alma?»

A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo. Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció a Verónica.

Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio, ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de algún cuidado.

—¿Qué ocurre? —preguntó anheloso.

—¡Ay, señor poeta! —sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada que enternece aun a los corazones más enteros.

—¿Está enferma de gravedad?

El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con los ojos enjutos. Habló don Sabas.

—Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde —separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o desesperación.

—Entendámonos —agregó Teófilo—. ¿No puede ocurrir que haya salido con la niña y les haya ocurrido algún accidente?

—No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.

En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes, porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y apasionada Rosina!

—Creía yo —prosiguió el ministro—, antes de concluir de leer la carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como quien dice.

El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.

El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos azotados por un ramalazo de locura.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! —gritaba Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.

—Serénese usted, señor Pajares.

—¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita. ¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?

—Conchita... ¿Pero no sabe usted? —Teófilo se detuvo frente a don Sabas, sin escuchar—. ¿No ha leído usted los periódicos de esta mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez —aquí la voz de don Sabas temblaba—. Una desgracia nunca viene sola —don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño crucifijo del seno y lo besaba con desvarío.

Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz sombría, interrogó:

—Pero, ¿Conchita?...

—¡Pobre Conchita! —balbució don Sabas.

El ciego continuaba llorando con los ojos secos.

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