PARTE III
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TROTERAS y DANZADERAS
The Indian dances to prepare himself for killing his enemy; but our dance is the very act of killing Time, a more inveterate and formidable foe than any the Indian has to contend with; for, however completely and ingeniously killed, he is sure to rise again, «with twenty mortal murders on his crown», leading his army of blue devils, with ennui in the van and vapours in the rear.
Peacock.
I
En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz de Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación diversas clases de frutas.
—¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico —dijo Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador.
—¿Mal pronóstico?
—Para la temporada del circo.
—Hombre, no veo concomitancia ninguna...
—Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi suerte —y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego ornamento capilar. Añadió—: Según todos los cálculos y racionales previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla, ¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona, y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que mis barbas.
—Te quejas un poco de vicio.
—Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida, más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.
Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado de Alberto.
Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de anticipación.
—¿Hay gente? —preguntó Travesedo a uno de los porteros.
—No, señor. Es muy temprano todavía.
—¿Qué papeles son esos?
—La lista de los que tienen entrada libre.
—¿Quién se la ha dado a usted?
—El maestro Soler.
Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los pasó a Alberto.
—Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición sin pagar un cuarto.
Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.
—No es posible. Con esto basta para atestar la sala —observó Alberto.
—Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto, aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial.
Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.
—¿Qué te decía yo? —habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las barbas—. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico: dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio... Buen pelo voy a echar.
—Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano, sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún.
—Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha perjudicado.
Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.
A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna, desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido sfogato de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del fox-terrier.
Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá, desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas dedicatorias manuscritas al pie.
Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y una voz rajada y mate dijo:
—¿Si puó?
—Sí, preciosa; adelante —gritó Travesedo poniéndose en pie, con los ojos muy pajareros.
Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.
Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas.
—¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello, qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está tanto bello; dale un bravo baciozzo.
Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo, presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y malhumorado decía:
—No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!
Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros, aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una mariposa o de una quimera.
—¡Hugolino! ¡Hugolino! —suspiraba—. Viene a tua mamina.
En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa. Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición. Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos, complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:
—¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino!
—¿Cincuenta liras? Estás fresca —respondió Travesedo, congestionado de risa.
La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes, hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo quirúrgico, repelente.
—¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! —murmuró, señalando con la mano izquierda a Travesedo.
—Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen pelo íbamos a echar.
—Pelo, pelo... —y le asió de las barbas—. ¿Venticinque? No seas cattivo. Va, va; venticinque.
—Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.
—¡Tirano, bárbaro, leccatone! —por aliviar su aflición extrajo a Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.
—Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene suerte —agregó, dirigiéndose a Alberto—. No ha debutado aún y ya le ha salido un adlátere.
—¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono... Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora —habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza del estuco que llevaba sobre la piel.
Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.
—Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.
Alberto intervino:
—Pécora es oveja.
Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.
—Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...
—¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.
—Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita Pécora —dijo, hablando con la dama—; dile a la pécora macho que puede entrar. —Volviéndose hacia Alberto—: Es un chico muy fino, agregado en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.
Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura, con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase benevolencia.
Verónica venía algo excitada:
—Chicos, estoy nerviosa. Me siento.
—Siéntese usted también —dijo Travesedo al joven bozal.
La dama del macaco se adelantó a hablar:
—Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el frío... ¿Las fiori?
—Luego te las llevarán.
Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión.
—¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? —preguntó a Travesedo.
—Daño ¿en dónde?
—Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.
Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.
—Chiquillo —habló Verónica, volviéndose hacia Alberto—, en casa están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio —se puso en pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose sobresaltada y la silla cayó con estrépito—. ¡Qué susto! Cualquiera cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar...
—¿Y Angelón? —preguntó Travesedo.
—Luego vendrá.
Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo, pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la compostura afable. Traía una rosa en la mano.
—¿Hay gente, maestro? —inquirió Travesedo.
—Mucha gente.
—¡Bendito sea Dios!
—¿Lo ves? —dijo Alberto, acercándose a la puerta.
—¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... —habló Travesedo.
—Abajo está —respondió el músico—, hablando con las Petunias.
—Y Antígona, ¿no ha venido aún? —preguntó Teófilo.
—No sé —dijo Travesedo—. Ya debe ser la hora de empezar...
—Muy cerca. Yo voy a la orquesta.
Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían, subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.
Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas, farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones, abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos remoquetes: el Obispo retirado y el Fraile motilón. Teófilo y Alberto se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola, era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también, como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales, plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía, ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego.
Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este mundo andan las riquezas.
—Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le sirve a él el dinero? En cambio yo...
Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.
La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las grandes caracolas.
II
Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el encuentro con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última carta de su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo calificaba así, mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de saberse amado por Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado y gustoso carácter de sus relaciones platónicas hasta tanto que no pudiera hacerla suya, suya por entero y para siempre; pero ocurrió que, como menudease las visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras encarecidas y ardorosas muestras de amor, cierta tarde, en que por fortuna llevaba ropa interior nueva, el frágil e inocente tinglado platónico desapareció, disuelto entre ígneos arrebatos y deleites, como pobre ermita que estuviera levantada sobre un volcán. Después de haber hecho suya a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por los umbrales de la suprema desventura.
La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas mercenarias de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud lustral y metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y convertido en intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales y sabias en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa ni le hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera: inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero, sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida. Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba algunas horas.
Rosina hacía de él lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le convenció de que lo conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus relaciones:
—Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido y tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso. Yo me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza alta. ¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando: «si estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo por caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las cosas van por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción y qué risa por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no saben de la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan dulce como guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los secretos. Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma que es en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida iba a revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden, y Dios me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la religión —se santiguaba, porque era supersticiosa.
Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar, sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al igual del fuego, todo lo limpia y acrisola.
Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con las primeras deudas contraídas de mala fe, angosto portillo por donde se sale al campo abierto del bandolerismo habitual. El día de la inauguración del circo, su patrona le había requerido para que pagase por anticipado la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que ella le plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No tenía, al recibir el ultimatum de la patrona, arriba de dos pesetas en el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa roja para ofrecérsela a Rosina.
Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas, se le planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar la noche. Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía. «Pero, ¿y si esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con la emoción y distracción del debut?», pensaba Teófilo.
—Alberto —bisbiseó Teófilo—, tengo que pedirte un gran favor.
—Si está en mi mano...
—No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche...
—Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La cuestión es para lo porvenir.
—Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va a salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad?
—Sí, mañana.
—¿Hablas tú?
—Se empeña Tejero.
—Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras cómo estoy...
—¿Dura el lío amoroso aún?...
—Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de esto que era toda mi vida.
—¿Quién es la dama?
—Perdona, pero no se puede saber; es asunto de honor.
—¿Y el viaje a El Escorial?
—No hemos podido realizarlo.
—¡Vaya por Dios!
—Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio a aquel infecto anciano —murmuró Teófilo, señalando con ademán teatral el palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos, Pascualito y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le miraba de un modo significativo, preguntó azorado—: ¿Por qué me miras así?
—Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué?
—Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos de la nación puedan estar en manos de semejante viejo.
—¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología.
En escena había un baturro dándole con gran arremango al guitarrillo. Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó:
¿Cuándo nos veremos, maño,
como los pies del Señor,
uno encimica del otro
y un clavito entre los dos?
El público celebró la donosura con grandes carcajadas.
—¡Qué asco! —susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre con una contracción en el rostro, como de aquel que sufre bascas—. Mira alrededor tuyo, Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso de humanidad. ¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he hablado hace un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces semejantes? La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo? Observa aquí el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas. Observa qué vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que verlas por dentro...
—Chss —se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó:
—¿Qué? ¿Qué ocurre? —continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy tenue—. ¿Para qué vive esta gente?
—¿Para qué vives tú? —le atajó Alberto.
—Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir?
—¿Qué pretexto verdad tienes tú?
—Yo soy un artista, un poeta.
—Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y para esa gente.
—No lo veo claro.
—Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú querías decir?
—Exactamente.
—Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra de la humanidad, esa que no tiene pretexto para vivir, como tú dices, y déjame solo los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y sabios. ¿Quieres decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y la Ciencia? ¿Quieres decirme qué pretexto tendría el manubrio de un organillo sin el escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas? Ya sabes que en los presidios ingleses tienen un linaje especial de tortura y dicen que es lo más horrible que se puede imaginar: consiste en meter un manubrio en un agujero de la pared y obligan al penado a que le dé vueltas, horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas de que no se hace nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los presidiarios. El Arte por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una cosa semejante.
—No me convences.
En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos hombres: el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy jacarandoso, de ojos insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y satisfecha; el otro, joven, recio y hermoso.
—¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me parece conocer la cara... —dijo Alberto.
Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba, agitando la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas.
—No sé —repuso Teófilo—. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé haya pescado y estará en vías de hacerle actor.
Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido de la sorpresa, y le llamó:
—¡Fernando!
—¡Don Alberto!... —respondió el joven, enrojeciendo de pronto.
Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién era el que así había aturdido a su joven amigo.
—¡Ah! ¿Es usted, grande hombre? ¿Y conocía usted a Fernandito?
—Ya lo creo.
Algunas personas impusieron silencio chicheando.
—¿Quién es? —preguntó Teófilo.
—Un titiritero. Como yo he sido payaso una temporadilla y anduve en una compañía de saltimbanquis...
—Vaya, hombre. En serio.
—En serio. Este era el hércules de la pandilla. Solo sé que se llama Fernando y que tiene una fuerza brutal, aunque no lo parece.
Teófilo miraba a Alberto enojadamente. Terminó la primera parte del espectáculo, compuesta de números de mogollón.
—Ea, adiós —habló Teófilo, poniéndose en pie.
—¿Adónde vas?
—Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las muchachas.
—Voy contigo.
Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para Alberto, quien añadió:
—O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a Honduras... Voy a hablar con ellos.
III
Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros con gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos del brazo fue todo a un tiempo.
—¿Al cuarto de Rosina? Yo también voy allá —dijo a voces Angelón—. ¿Cómo va la cosa? ¿Bien? Me alegro.
—Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en relación conmigo. —Teófilo se puso muy grave.
—¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún? Bah, no se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! —gritó Angelón.
Apolinar Murillo se le acercó.
—Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te vean.
—Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas.
Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego, picarescamente, continuó diciendo:
—No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello?
—¿De aquello?...
—¿Te vas a hacer el lila?
—Como no me diga usted más...
—Vaya, niño. De lo de Conchita.
Apolinar sonrió con maligna petulancia.
—Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal?
Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el aire, puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída:
—¡Azúcar!
—Te creo. En fin, gracias.
—¿Gracias de qué?
—Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de qué va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este. Yo no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas?
—Anda, pues si estoy por quedarme... —y sonrió aviesamente.
—¿Eh? —inquirió Angelón muy alarmado.
—Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato.
—¿Y ella?
—Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del párroco.
—De manera que ¿no se ha olido que te vas?
—Anda mal de pituitaria.
—¿Y cuándo te vas?
—Mañana mismo.
—Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí...
—¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera...
Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro de la estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas violentos golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la poseedora del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero con mayor frenesí que la vez primera, aullaba así:
—Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois vosotros.
Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio para interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de Travesedo.
—Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto qui, qui —en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote.
Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar, por las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire en un lenguaje babilónico y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos. Luego, cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la dirección, se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en fraternal greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida por maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza y unidad primeras por medio del culto a la vida en su forma más rudimentaria y placentera, como es la exaltación de la energía física y amor del juego y de la danza.
Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses, falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre, osculatorio, y esta vez doble, que también el Obispo retirado hubo de recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba la condesa Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no muy larga y en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo; con todo, no era mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la llevaba encubierta bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente negros. Rompió por entre la gente que había en los pasillos, seguida del caballero bozal, con airoso vaivén de caderas, que resultaba de una comicidad aguda por la fase sumaria del indumento de la condesa. Los que por allí estaban celebraron su desenvoltura, requebrándola y jaleándola, y el clown Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una sonora palmada en lo más mollar y tentador de su persona, que no parecía sino que lo estaba pidiendo.
Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas.
—Concho, ¿tú por aquí? —dijo Angelón al bípedo implume.
—Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida.
El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho cada vez subiendo con ironía, porque en su ya larga carrera artística había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre. Había comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de donde había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela y, por último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su avilantez y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que había tenido siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés era pública y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de una comedia de aquel, en la cual había un personaje que era una dama cortesana o entretenida, y como el director pretendiera encomendar el papel a Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes voces austeras que de todos fuesen oídas, que su personaje lo era mucho, pero nunca tanto como la Íñigo, y que no podía consentir que aquella mujer achabacanase la comedia. Ello es que cuando por acaso se encontraban Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a contender al punto, asaetándose con pullas y embozados vituperios y agravios; pero, como el ingenio y dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y sutiles, la dama salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a aborrecer a su antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera que fuese.
—¿Por qué no? —añadió Ríos—. Para mí, pasar del género chico a las variedades me parece un ascenso.
—También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se ha reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! —y elevó en el aire una de sus entecas zancas—. Ven a mi cuarto y te daré una copa de anís del mono.
—No bebo.
—¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento.
Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando cerca de la puerta llamó a Conchita.
—¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo?
—¿Hay mucha gente?
—Bastante gente; pero sobre todo flores... así.
—¿Quiénes están?
—¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don Sabas.
—Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la segunda parte, ¿qué te parece?
—Muy bien. Pa entonces estará sola.
Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no pudo por menos advertir algo raro y nuevo en Conchita. Era como si del pecho al rostro se le rebasase la alegría con superabundancia inquietante.
—De manera que ¿ese es tu novio? —preguntó Teófilo, señalando con los ojos a Apolinar.
—Sí, señor; ¿le gusta a usté?
—Sí.
—También a mí —y Conchita rio de manera excesiva.
—Hasta luego, Conchita.
—Hasta luego, señor Pajares.
Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la traía a caballo sobre los lomos.
Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba en espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con un grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios, Toñito, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente del perro que conduce en la boca el bastón del dueño. Toñito tenía la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los toros más temerosos y difíciles.
Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de toros.
—No sé cómo no os da vergüenza perder el tiempo hablando de chulerías —habló Teófilo, agresivamente.
—Pero, hombre —replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo, rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por inclinación—, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las manolas y todas las cosas goyescas?
—¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no.
—¡Ay, no te sofoques! —replicó Honduras, riéndose y culebreando con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y cinismo, añadió en tono equívoco—: Si yo también me perezco por los manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que Toñito es el primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es el Espartajo. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección que tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta a la cara...
Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de Honduras.
—¡Qué sinvergüenza eres! —concluyó Teófilo.
—Realmente —intervino Alberto—, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo.
Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que paseaba solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza erguida y un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la mano con efusión.
—¿Cuándo ha venido usted?
—Ayer por la mañana llegué.
—¿Qué ocurre en Pilares?
—Nada de particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted minuto por minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un cochero. Ya sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho, ¿verdad?
—Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver. ¿Cuánto dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva en Madrid?
—¿Cómo sabe usted?
—Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva?
—Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media pelleja? Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué barajas!
—¿Cuánto, en suma?
—¿A usted que le importa? —Mármol no se reía nunca como no fuera interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda—. Setenta mil pesetas.
—¿De veras?
Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza.
Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor dramático.
—Aquel es Bobadilla, ¿eh? —interrogó Mármol, apuntando con el cigarro descomunal al dramaturgo—. Lo digo por los retratos del Nuevo Mundo.
—Él es. Y el otro, el cojo, Monte-Valdés.
—Lo conozco.
—¿Personalmente?
—Lo conocía. Estudiábamos juntos en la Universidad de Santelmo: él, para abogado; yo, para médico.
—¿Y no se han vuelto a ver desde entonces?
—No.
Alberto se acercó con Mármol al corrillo, y preguntó a Monte-Valdés.
—¿Conoce usted a este caballero?
—¡Pues no lo he de conocer! Mármol.
Se saludaron.
—No ha variado usted nada, salvo...
—Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos he conocido.
—No ha variado nada —comentó Alberto.
—Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía, y no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted mantuvo con Trelles, el guatemalteco? —Monte-Valdés volviose hacia los circunstantes a explicar la contienda—: Era un día plomizo y de cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate.
Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien presumían que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la historia y engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez, echaba humo por las narices y entornaba los párpados, como si nada de aquello fuese con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada de Mármol y Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven levantino, defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y procedimientos de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del mozo, sacudiendo la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las cejas. Él era jaimista.
—¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? —preguntó Monte-Valdés a Alberto.
—Sí, señor.
—Tejero, ¿hablará?
—El mitin es cosa de él.
—Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores, hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón —Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido—. Ahora, si es para hacer propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo están ustedes tan obcecados...
Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y, en cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por medio de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si los dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia humana.
—Ya, ya —decía Bériz con abierta prosodia levantina—. Miren que el don Sabas ha de ser viejo.
—Pues aún pollea, aún pollea —glosó Bobadilla maliciosamente y con voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles escondidos, que nunca se cierran de golpe.
Sonaron los timbres llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol fueron por un lado hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por otro hacia los asientos de orquesta.
Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a Alberto y le habló de cosas indiferentes.
—¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco con la chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? —preguntó Pascualito.
—Me parece conocer la cara; pero, no sé.
Mármol respondió:
—Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más.
—Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra —habló Alberto.
—¡Caracoles! —epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual Sicilia.
Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz alta, pero como si hablase consigo mismo:
—Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar que ese viejo...
—Calla, pues no había caído en la cuenta —Guzmán se dio una palmada en la frente—. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo que ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla?
—De su cuarto venía cuando nos encontramos.
—¿Y le ha recibido a usted bien?
—Es muy cariñosa. Se me figura...
—Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo?
—Yo no digo nada.
—Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché —acudió Bériz.
—¿Quién? —investigó Alberto.
—Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero mira tú, ché, que es una tontería de millones.
Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita como de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos.
—Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo?
—Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén.
—Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti. Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte. Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo.
—Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a predicador —y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento—: Puede que tengas razón. Ya hablaremos, ché.
IV
Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina. Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir Conchita:
—Es don Teófilo.
—Entra, criatura —gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al poeta—: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes?
—Por la gente —Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván.
—Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien.
—Perdona, nenita. No quería molestarte —se acercó a la mujer y le besó con ternura la frente.
—A eso llamas tú molestarme —Rosina hizo un mimoso mohín, que Teófilo lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo y flojera, como si se estuviese desangrando mansamente.
La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente al espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco.
—Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín, ¿verdad, don Teófilo? —habló Conchita, paseando los ojos a la redonda sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de que estaba saturada aquella noche más que nunca.
—Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? —preguntó Rosina con alguna severidad.
—¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio.
—¿Qué debut?
—A ver cuál va a ser... El de usté —el rostro de Conchita enrojeció.
—No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella, él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo?
—Admirablemente —Teófilo sonreía con beatitud.
Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza, tomó su escarcela de mano, de largos cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta.
—Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este chichí —y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca.
Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a dar los últimos toques al peinado de Rosina.
—Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué llevas dentro?
—Un duro en calderilla —y la doncella se evadió ágil y riente.
Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre él, procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda.
—Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de Conchita, ¿eh?
—No, pero lo presumo.
—Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por casa. ¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por fin, a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra, que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico, por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso, para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa. Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí, Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda.
—¿Quién fue?
—Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes!
—No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas inverosímiles.
—Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir que apareció y desapareció como por encanto —comenzó a llorar, y entre lágrimas suspiraba—. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor!
—¿Qué, qué es aquello? —interrogó Teófilo, asiéndola afanosamente.
—Aquello... —bisbiseó con turbiedad en la mirada—. Aquello, ¿qué ha de ser, sino que desapareció para siempre?
—Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así —dijo Teófilo con ardimiento.
—No te comprendo.
—Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía. No sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves que te adoro?
—Y yo, ¿no te adoro también?
—No sé.
—¿No sabes?
—Yo no sé nada, Rosina —y le mordisqueó la boca.
—No seas loco, que tengo que salir a escena —se puso en pie—. Ahora me vas a ayudar a vestir, ¿quieres?
—Sí, nenita, cromo bonito —y estos loores alfeñicados adquirían ridícula estridencia en su boca.
Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera embebida en luz mate.
—¡No, no y no! —Rosina pataleaba con gracioso enfado—. Sea usted formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales confianzas a mi doncella...
Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue componer una mueca lóbrega y desolada.
—¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau —y se inclinaba a mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco.
Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas, de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina.
—Vas a conseguir enfadarme, Teófilo.
—No es mi culpa, ¡si eres tan linda!
—Calla, ¿no oyes?
Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas olas de la música lejana.
—Un garrotín —dijo Rosina—. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será?
—Quizás la Íñigo.
—No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos los números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se contaba.
—Mayor será el tuyo.
—Pss. ¿Creerás que no me importa?
Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo metió por la cabeza.
—Abróchame, Teófilo.
En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos y giró delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de sociedad: una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de muselina de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida por un cinturón de acero en la base de los senos.
—Quiero romper con esa moda ridícula de las cupletistas españolas, tomada de las francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta este? Y esta rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí —se la colocó en el pecho.
Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos. Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló:
—Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan desconsoladamente como hoy.
—Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa.
—¿Por salir a escena, quieres decir?
—Sin duda.
—Parece mentira que me conozcas tan mal. ¿Qué me importa a mí eso? Es una cosa muy honda, mucho más honda... Es que siempre he buscado algo que me satisficiese y no he dado con ello. Tu cariño le anda muy cerca, pero aún falta algo. No sé. Quizás es porque estoy rodeada de ficciones, hipocresías, bajezas y no logro habituarme. ¡Maldito dinero! ¿Por qué no tienes dinero? Yo quisiera vivir sola y retirada contigo y mi niña, contigo que me has querido como nadie me ha querido. Es necesario, es necesario, es necesario que yo sea de un solo hombre, que viva en paz —estrujaba con sus manos el rostro de Teófilo y hablaba ceñida a él, entreponiendo beso y palabra, palabra y beso—. Ese drama... ¿por qué no lo escribes si te ha de dar tanto dinero? No nos falta sino dinero. Si eres un hombre y es verdad que me quieres, busca dinero, róbalo aunque sea, Teófilo.
El poeta respondió arrebatadamente:
—Lo tendré, lo tendremos. Si es preciso lo robaré.
—Ruido de gente que viene. Ha debido de terminar la segunda parte.
—Entonces te dejo.
—Quédate.
—No, no. Es mejor que me vaya.
Se despidieron con un beso muy largo.
V
En las escaleras del escenario Teófilo tropezó con un golpe de gente enardecida y entusiasta, cuyo corifeo era Angelón. Conducían triunfalmente a Verónica.
—¿Qué le ha parecido a usted el éxito? —preguntó Angelón a Teófilo.
—¿Cuál?
—¿No ha estado usted en la sala? —interrogó Verónica.
—No.
El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido. Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos, ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase particularmente por la elocuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés no existía sino un sentido estético, el de la vista. De sí mismo acostumbraba decir: «No tengo oído; la música de ese teutón que llaman Wagner me parece una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir la emoción de la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos profesionales, y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco sentencia más aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire griego, en la cual se declara: La pintura es poesía muda; la poesía es pintura elocuente. Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y así era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía su corazón, su abolengo pragmático y su armorial.
—La danza —decía ahora Monte-Valdés—, es pintura, poesía y música mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal por excelencia.
—Sí —asintió Alberto—. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza es el misticismo de la carne.
—Que la danza sea un arte religioso me parece cierto. Que España sea la tierra del misticismo y de la danza, también; pero...
—No hay sino parar atención en el número de palabras que existen en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte, embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha, zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo.
—Sí —corroboró don Alberto Monte-Valdés—, en esas dos formas de actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo.
—¿Cuál? —preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño, oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino.
—La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc. Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo, por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal, y en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz que se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí, se trata de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos infunden de tal suerte en el espíritu, que al punto las asimilamos y las sentimos como un recuerdo que no logramos emplazar en el tiempo, algo así como las historias y palabras que hemos oído durante una convalecencia. Los versos de Garcilaso tienen siempre una emoción de recuerdo. Los de Góngora, nunca. En puridad, no existe belleza sino en lo efímero, porque lo efímero se transforma al instante en recuerdo y de esta suerte se hace permanente. Por eso la danza, que es el arte más efímero, quizás sea el arte más bello.
—Según eso —atajó Bériz—, será más bella una quintilla de Camprodón, escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un pergamino.
Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no existiera sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto:
—¿Qué dice usted?
—Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que es perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor decir, con lo que yo pienso.
—En suma —intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo—, quedamos en que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda ella una danza del vientre... vacío.
—Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza.
Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva, como a gente que no comprende, y agregó:
—Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no sé qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la medida y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque ya los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo danzante o saltante. Plinio el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y Juvenal cantaron el elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y un canónigo del siglo XVII, llamado Salazar, asegura que las danzas andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la antigüedad —Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con citas pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal.
—Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted?
—Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y gentil de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante, qué profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una bailarina famosa.
—¿Quiere usted conocerla?
—Con mucho gusto.
Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos.
VI
Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto aquel torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le dio ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con su transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse un punto, desasosegada de los nervios.
—Pues na, señores; que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una tontería de este chalado —señalando a Alberto—, que se empeñó en que había de bailar. Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo gracioso es que no sé bailar: bailo lo que buenamente me sale.
Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle sendos retratos al óleo.
—Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas es este, es muy habilidoso —por Guzmán.
Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Guzmán, ya en el pasillo.
—Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte en las nubes y quiera subir el contrato...
—No creo.
—Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes; luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera. Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle de las barbas, y qué sé yo. Figúrate.
—No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.
—¿Esa, miedo?
—Sí, hombre.
—No me tranquilizas.
—¿Y qué quieres que yo haga?
—Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.
—Ni que fuera un niño.
—Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora, en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de Pilares, ¿lo sabías?
—Sí, ya lo he visto.
—El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.
—Haré lo que pueda.
Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego precipitar la despedida.
Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla. Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta, Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.
—Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les parece que nos vayamos?
—¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima.
Se levantaron todos.
—¿Se marcha usté ya? —dijo Verónica a Monte-Valdés—. A mí que me gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese usté conmigo.
—Mujer, no seas egoísta —amonestó Alberto.
—O si no —Verónica comenzó a dar saltitos—, si a estos señores no les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.
—Eso es imposible, Verónica —atajó Alberto.
—¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé si consentirán tanta gente.
Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero, según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos, imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la exasperada voz de Monte-Valdés.
—¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...
Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales, después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente una ligera indisposición.
La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de la dirección.
Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo, cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces, perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a recuperar a su compañero.
—¿Han visto ustedes a Fernandito? —inquiría por todas partes con desolado lamento.
Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo, gallarda figura de mujer.
Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.
Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro, porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz desfalleciente:
—¡Fernando!
Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo entrar en la estancia, entornando después la puerta.
—¡Fernando! —suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida—. ¿No me conoces ya?
El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:
—¡Rosina!
Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno y orgulloso:
—Tenemos una hija: Rosa Fernanda.
De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente:
—¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche. En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.
Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al entrar.
—¿Qué le ocurre a usté?
—Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.
—¿Y el debut?
—¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala, muy mala y que no puedo cantar.
A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando: «Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a besarla, llorando.
—Si supieras, Conchita... Ea, adiós.
—Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.
Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno, comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.
—¿Qué te ocurre? —preguntó solícito.
—Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo? Mi sino es más negro que mis barbas —y se las mesó con ensañamiento.
La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.
Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado; el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio.
—¿Adónde vas? —inquirió Travesedo ásperamente.
—¿Adónde? Al palco escénico.
—Pues mejor te vas a otra parte —Travesedo añadió una frase poco gentil.
—¿Cosa?
—Lo que has oído. Que se terminó la función.
—¿Y el pallone?
—¿El pallone? —esta vez su frase fue menos gentil aún.
Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa; aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de boquilla.
VII
Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla. El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero: «A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de Fernando.
—Me siento mal.
Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.
—Ya no soy nada para ti —murmuró muy arisca, irguiéndose—. Mejor dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós —su voz era árida y conminatoria.
Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó de golpe sobre sus piernas.
—Cállate y no digas estupideces —masculló, triturándola casi, de lo cual recibía la mujer una alegría dolorosa.
Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula, como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder.
Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:
—Vamos a mi casa.
—No puede ser.
—¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?
—No puede ser.
Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola con brutal ahinco.
—Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?
Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.
—Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. ¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. ¡Niégalo!... ¿Vamos a casa?
—No puede ser.
—Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida?
Fernando no respondió.
—Di sí o no.
—No.
—¿No?
—No.
—Pues vamos a casa.
—No puede ser.
—¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias que habrás cometido?
—¿Y cómo te encuentro yo?
Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:
—Pero, ¿te atreves?...
—¡Perdón! —y su acento estaba empañado—. ¡Tenme lástima!
Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero; pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.
Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.
—Haz el favor de bajar.
—¿Me echas?
—Haz el favor de bajar.
—Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... —se detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero Rosina permaneció en silencio—. Mi corazón —habló a tiempo que echaba pie al estribo— ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla —y cerró de golpe la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.
Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca:
—¡Fernando! ¡Fernando!
—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó el cochero.
—A casa.
Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja: «Pero, ¿no estoy de veras soñando?»
VIII
Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica. Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de la jornada.
—Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta —dijo Angelón, que llevaba a Verónica del brazo—. ¿Cómo te sientes?
—Muy cansada.
—Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.
—A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.
—Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con el Obispo retirado.
—Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en persona va a bailar un zapateao en camisón.
—Mejor que eso, neñina.
—¿Qué es ello?—Preguntó Teófilo.
—¿Conoce usté a Mármol?
—Alberto me lo ha presentado.
—El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido que don Jovino, el Obispo retirado, tu empresario, neña...
—Ya, ya me he enterado...
—Digo que el Fraile motilón, que tiene más dinero que pesa, y que se lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches. De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante que han visto los siglos.
—Pues, memoria a la familia del Obispo. Estoy muerta, Angelón, y necesito dormir.
—Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.
—Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente —habló tímidamente Teófilo.
—Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.
—Eso no importa. Duermo vestido.
—¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el Liceo?
—Todavía no.
—La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches.
—Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a dormir.
—Ya lo creo que lo tomo a mal.
—No sea usted impertinente —intervino Alberto—. Deje usted a la gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de la paliza que ayer le han dado en el casino.
—¿Está usted seguro?
—Y tan seguro.
—De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos —abandonó el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo—. Bueno, adiós. Usted, ¿vuelve también, después de dejar a Verónica?
—No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba siempre entre publicanos y prostitutas; pero...
—Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza... —manifestó Angelón en tono afectuoso.
Las dos parejas se separaron.
Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.
—¿No han visto ustedes a Fernandito?
Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió al punto a responder.
—Ahora mismo nos hemos cruzado con él.
—¿En dónde?
—En la calle de Carretas. Iba con la Dientes.
—¿Con esa piculina desorejada?
—Con la misma. Hacia la Central.
—¡Desdichado! —gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha huyó desolado.
Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho, un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado, con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos, porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer, había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.
Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras; las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas, como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas, la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin saciarse nunca, hasta reventar.
Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.
Había por dondequiera mesas octogonales para poker y en torno de ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el mercado.
Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso del Mármol y don Jovino, el Obispo retirado. Iba a comenzar la partida. Un criado con galones subastaba la baraja.
—Talla para el baccara, señores —canturreó el mozo con sonsonete sacristanesco.
—Mil pesetas —dijo Mármol entre dientes.
—Dos mil —añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso, como si postulase la intervención divina.
—Dos mil —hizo eco el mozo—. Dos mil, una... Dos mil, dos...
—Tres mil —atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.
—Cuatro mil —se apresuró a decir el Obispo retirado, como si hubiera recibido una intuición celestial.
—Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro mil...
Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y dijo con aire de indiferencia:
—Cinco mil.
—Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil..., tres —el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo tiempo—: Don Alfonso del Mármol talla.
—Banco —agregó al punto el Obispo retirado.
—Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos —murmuró Teófilo al oído de Angelón.
—Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase, mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las cartas favorecen al motilón? Pues Mármol se queda sin las cinco mil del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga la banca.
—¡Es curioso! —exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad del juego.
—¿Curioso? No veo la curiosidad... —murmuró Angelón, con desdén hacia la inexperiencia del poeta.
Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más considerables eran siempre las del Fraile motilón, de suerte que se mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.
—¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? —inquirió Teófilo, muy hostigado de la curiosidad.
—¿Qué es lo que ha dicho Alberto?
—Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.
—Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una mentira.
—¿Está casado?
—Y con ocho hijos.
—Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.
—No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.
Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol. Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de lo uno ni más de lo otro.
En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por parte del Obispo. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos. Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos, diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol desde el sitial del banquero al democrático escaño de punto; la buena suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de hombre que está a solas aburriéndose.
—¡Nos ha reventado ese puerco! —eyaculó Teófilo, malhumorado, sin poder contenerse.
—¿El qué? —interrogó Angelón.
—Nada. Digo que el Obispo le ha ganado a Mármol todo lo que tenía. Solo le quedan dos mil pesetas.
—Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.
—Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?
—¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?
El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir a don Jovino:
—Hay una continuación.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Teófilo.
—Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la misma baraja.