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Recuerdos de un anciano

VIII.

Reading edition

CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.

No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia en una plaza fuerte, verdaderamente asediada y combatida, como una situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la vista de la generación presente algunas escenas del singular drama que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta costa, el ejército enemigo, dueño ya, aunque no bien asentado en su posesión, sino muy al contrario, de las tres cuartas partes del territorio español, y representante del poder del imperio francés bajo el varón más sin igual que vieron todas las edades. Fueron los actos de heroísmo nada escasos en la guerra que sostuvo España en desagravio de su honor ofendido y en defensa de su independencia, pero de estos no hubo de caber parte a los vecinos de Cádiz, si bien muchos de ellos se señalaron en la campaña, porque su ciudad, protegida por la naturaleza, les facilitaba resistir sin estragos ni graves peligros. Así, mal puede llamarse sitio o aun bloqueo lo que hacían los franceses respecto a la desde entonces llamada isla gaditana. La relación de unos con otros beligerantes en aquellos lugares, desde febrero de 1810 hasta agosto de 1812, creó un estado anómalo, compendiando o abreviando a España hasta tenerla encerrada en reducidísimos límites, pero sin quitar el carácter de la potencia España a aquella cortísima porción de su territorio. Por esto, cuando los sitios afamados de Zaragoza y Gerona, y aun los menos célebres, pero dignos de recordación y alabanza, de Astorga, Ciudad Rodrigo, Tortosa, Tarragona y algunos más, trajeron a los sitiados horrorosos males, donde fue probado su heroísmo, a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los fuegos de un contrario poderoso.

Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. No puede afirmarse qué habrían hecho los gaditanos puestos en grande apuro, y sujetos a los más duros rigores de la guerra; pero lo que les tocó hacer lo hicieron bien, portándose como buenos españoles. Ya en otro lugar de estos recuerdos he contado que dieron a los ejércitos una buena suma de voluntarios, y también he referido que el batallón de tiradores de Cádiz, compuesto si no todo de gaditanos, de moradores de aquella ciudad y sus cercanías, hizo en Lerín, en octubre de 1808, una gloriosa defensa, cabalmente en los días en que, amortecida la llama que tanto brilló en los primeros sucesos del alzamiento, y tanto estrago causó en el enemigo, empezaba la época de los reveses, no sin mengua del crédito de nuestros soldados. También he dicho que todo había sido paz y sosiego en Cádiz desde febrero de 1809 hasta ir a terminar el enero del año siguiente. Pero entonces, invadida la Andalucía con resistencia cortísima de nuestras escasas y desalentadas tropas, venían con gran poder sobre Cádiz los franceses. Suya era casi toda España: fuera de la Península ibérica no contaba el emperador francés con un solo enemigo en el continente. Por un momento parecía como que flaqueaba en los españoles el propósito de resistir a todo trance al invasor, dado que la resistencia solo podía parar en ser vencidos y al cabo sujetos. Sin embargo, nadie pensó en Cádiz en abrir las puertas a los a la sazón vencedores. Resistir era tenido por cosa precisa y como natural.

Uno de los graves inconvenientes con que se hacía necesario luchar era con la falta de Gobierno. Verdad es que el de la Junta Central, por un año establecida en Sevilla, había decretado trasladarse a la isla de León; pero la Junta Central había caído en sumo desconcepto, por cierto no merecido, a lo menos hasta el punto a que había llegado en aquella hora. Sabíase confusamente que en Sevilla un medio motín, con pretensiones de revolución, había sustituido al malaventurado y desconceptuado Gobierno que lo había sido de España el de la antigua Junta de provincia, reforzada con algunos personajes malcontentos e inquietos; pero el recién formado o resucitado cuerpo era a modo de fantasma o visión, que a soplo mucho menor que el del furioso viento que todo lo iba barriendo y desbaratando, debía desaparecer resuelto en humo o niebla. Cádiz no hizo caso del recién nacido poder, ni del antiguo, que reputaba difunto, y apeló al recurso de aquel tiempo, en que era fácil y común nombrar gobierno creando una Junta. De ella hizo cabeza el que era gobernador militar y político de la ciudad, el general don Francisco Javier Venegas; militar antiguo, general que había mandado con varia fortuna, literato, caballero cumplido con mucho de cortesano, aunque poco había vivido en la corte; hombre, en fin, de los que aciertan a ganarse las voluntades. Los demás de la Junta fueron nombrados por un método regular y por elección indirecta, que era lo que privaba entonces, o, digamos, el único sistema electoral conocido.

Sentado ya que había de resistirse y nombrada Junta, la cual, por supuesto, a ninguna autoridad superior obedecía, a lo menos en algún tiempo, quedaba y era urgente llevar el propósito a efecto.

Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran inexpugnables. Ya había pasado por tal Despeñaperros, y acababa de desmentirse su alto concepto; pero un caso no probaba contra otro; sucediendo, como en otros lances de la vida pública o privada, ser vana en su significado la palabra escarmiento, no solo en cabeza ajena, sino a menudo hasta en la propia. En cuanto a la ocasión de que voy hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas pantanosas, donde solo puede andarse por angostísimos pasos conocidos solo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía de todo ello, no si razón, pues acreditó después la experiencia ser muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos, aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie. Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de modo tal, que la vida allí vino a ser, no meramente tranquila y cómoda, sino agradable y divertida. Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza que había en Cádiz y la isla de León comenzó a prepararse la defensa. De la del puente de Suazo no trató inmediatamente el vecindario de Cádiz, dejándola a cuidado de la autoridad militar entonces obedecida. Pero las inmediaciones de la ciudad podían ser puestas en estado de buena defensa, construyendo y asimismo derribando lo necesario a dificultar su empresa a los sitiadores que se veían en perspectiva. Tenía Cádiz, y tiene otra vez hoy, fuera de la punta de tierra, por donde solo puede ser atacada, buen número de casitas y jardines, pobres o chicos, aunque aseadas y bonitas las primeras, áridos los segundos, a los cuales envía de continuo el mar grandes cantidades de arena, cuya humedad salitrosa en breve desaparece, volviéndose seca y enemiga de la vegetación, aunque no a punto de destruir la que existe, pero sí de dejarle poca belleza o frescura. Estos edificios era forzoso echar por tierra, dejando llano y liso el terreno donde, llegando ocasión de ello, pudiese jugar bien la artillería de la plaza. Aun antes de venir a caso tal, convenía detener al enemigo agresor, y particularmente en lugar tan distante que desde él no pudiese mortificar al vecindario y destruir el caserío, arrojando a la ciudad bombas. Para ello había sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura que ya he descrito en otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento de los polacros. El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.

A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz, quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan copias los enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos, asidos de gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a ser derribadas, y en breve las igualaban con el suelo, entre risas y pullas de las que solían usarse con los de su hábito, a los cuales a un tiempo, con notable contradicción, se tributaba respeto y se hacía objeto de sátira, a veces grosera, mientras ellos, acostumbrados a recibir tiros de saetas sin punta y arrojadas sin intención de dañarlos menoscabando su poder o influencia, correspondían de buen humor con dichetes iguales a los de que eran objeto. Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros a costa de salir con los brazos, si no lastimados, doloridos.[33]

Duró cosa de una semana este trabajar de todos sin orden ni regla, pero al cabo del breve plazo que acabo de decir, entró un arreglo dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase a hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y por otra parte quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés, salvando la independencia de España y, aun bien puede afirmarse sin jactancia, por consecuencia de la de España la de Europa, rescatando gobiernos y pueblos la que tenían perdida.

Mientras se trabajaba en la Cortadura, y era esto el principal entretenimiento de los gaditanos, la inesperada aparición del duque de Alburquerque con su división, con dar guarnición suficiente a las líneas del brazo de mar que va desde la Carraca a Sancti Petri, aseguró la posesión de la empezada a llamar isla gaditana a los sustentadores de la independencia.

No es asunto de las presentes páginas contar de nuevo la historia de aquellos días, referida ya por mejor cortadas plumas, y hasta por la misma, tosca y pobre como es, de que salen estos renglones. En ellos me propongo solo decir lo que a la historia no compete, por ser demasiado humilde; lo que han callado quienes lo vieron; aquello de que hoy existen pocos que hayan sido testigos presenciales; pocos, y que parecemos ruinas en pie, pero en quienes no está mal, cuando podamos, que hablemos, pues no somos piedras, y que presentemos a la generación presente algunos cuadros de costumbres donde conozcan las de sus abuelos.

No obstante estar preparados a todo, la aparición de los franceses al frente de Cádiz no dejó de producir un efecto desagradable, o, cuando menos, solemnemente triste. Era el día 5 de febrero. Brillaba, como suele allí casi de continuo, el sol, siendo no infrecuentes, pero sí de corta duración, los nublados; y la atmósfera, pura y despejada, rival, si no superior a la de Madrid en sus bellos días, permitía ver los objetos distantes con claridad asombrosa.

En la expectativa del poco grato espectáculo cuya aparición era segura y se veía próxima, estaban los moradores de Cádiz, armados muchos de ellos con anteojos, poblando torres y azoteas, y la muralla que mira al norte, clavada la vista en la contrapuesta costa, y de ella en el punto llamado de Buena Vista, por donde es el camino de Jerez al Puerto de Santa María, principal medio de comunicación de lo interior de España con las poblaciones que rodean a Cádiz. De repente se divisa polvo: a poco aparecen tropas de caballería, reflejando un tanto la luz del sol las capas blancas y cascos de acero de los dragones franceses que venían delante de las demás tropas de su nación, en ordenanza como de quien no espera tropezar con oposición alguna inmediata. Singular cosa era ver aquella gente, a la par odiosa y temible al pueblo español, y verla sin recelo, aunque no para recibirla como a amiga; efecto ello de la disposición de aquellos lugares. Así es, que si nadie los vio con gusto, no hubo quien los viese con miedo, y hubo de suceder, aun a los tímidos, lo que al cordero de la fábula, que en el bien guardado redil hasta llegaba a echar fieros y retos al lobo.[34]

No tardaron los franceses en acercarse al puente de Suazo. Entonces empezó a correr la noticia de que, adelantándose a reconocer las baterías, algunos pocos dragones hubieron de aventurarse a pisar el terreno de las salinas, en el que se hundieron caballos y hombres hasta quedar sepultados, lo cual se celebraba con risadas, ponderándose el apuro que debieron tener al ir hundiéndose en el fango con la ferocidad con que celebra la pasión la desventura de un contrario aborrecido. No sé si fue cierto este suceso; pero bien pudo, y, fuese o no verdad, sirvió para confirmar en la opinión de que era aquel terreno intransitable, dando a los que estaban detrás de él seguro amparo.

A pocos días ya no fue el puente de Suazo el límite entre el reino que dominaba el intruso José y el que reconocía por rey al cautivo Fernando. El duque de Alburquerque salió de la isla de León, y ocupó un puesto que dista de ella sobre un cuarto de legua, donde había un portazgo, y que estaba vecino al caño de Zurraque. No sé por qué no le disputaron la posesión de tal punto los franceses. Ello es que, teniendo condiciones para la defensa iguales a la del puente mismo, y además la ventaja de ser punto más avanzado, se plantó allí una batería llamada del portazgo, la cual no fue ni siquiera formalmente atacada por el enemigo durante los treinta meses que siguió al frente de aquella España en compendio, y el poder que se dilataba hasta las riberas del Báltico hubo de respetar aquellas obras de pobre aspecto, pero de verdadera fortaleza.

Quedó, pues, la isla de León segura a la par que la ciudad de Cádiz. Así es que en ella murió legalmente la Central e hizo su testamento, instituyendo por heredero al Consejo de Regencia. Allí se estableció este y tomó el carácter de Gobierno Supremo de España, sin que se le negase Cádiz, aunque por lo pronto no se le reconociese del todo, siendo objeto de su amor exclusivo, cuando el amor no era corta parte del poder de la autoridad, su nueva Junta.

La isla de León vino a ser para los gaditanos lo que para Madrid un Sitio Real cuando en él residía la corte, lugar donde era común, y con frecuencia necesario, ir para negocios, y asimismo a veces para diversión y recreo. El camino estaba en buen estado, y era completamente seguro, pues ni aun cuando pudiesen alcanzar allí los fuegos de los franceses, malgastarían ellos su pólvora o municiones en disparar a blanco incierto, donde, aun acertando un tiro, sacarían de esto muy escasa ventaja.

Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. Estando aliados los españoles con los ingleses, participaban de la dominación de estos en el mar para traficar en toda clase de géneros. Galicia, libre de franceses desde junio de 1808, y nunca vuelta a ocupar por ellos, aun cuando se enseñorearon de poco menos que toda España, enviaba a sus hermanos de la isla gaditana los abundantes productos de sus árboles, pastos y corrales; los otros pueblos de la costa de España, especialmente los de Andalucía, no bien salían de ellos los soldados franceses, que mal podían estar en todas partes de continuo, cuando se ponían en comunicación con la España de que eran parte, la cual existía allí donde estaba el Gobierno nacional, o, digamos, donde se reconocía estar la cabeza del cuerpo moral llamado patria, cuerpo cuyos miembros bien podían estar en sujeción al titulado rey José, pero que siempre se miraban y en efecto eran partes de un todo que no podía dominar la fuerza material, porque estaba por su índole fuera de su jurisdicción o de sus alcances. Así es que, como dos meses después de formalizado el bloqueo, que solo lo era por la parte de tierra, llegaron los alimentos a un precio razonable, manteniéndose el importante artículo de la carne de vaca a seis reales la libra de 32 onzas, y las demás carnes y pan en proporción a esto, y abundando las verduras, frutas y otros regalos. Los aljibes provistos de agua llovediza, que es delgada y sin sabor, bastaron a impedir que hubiese sed, sirviéndoles de suplemento algunos pozos, cuyo contenido, si menos grato, por ser el agua algo menos delgada, nada tenía de salobre.

Hostilidades apenas había. Las escuadras inglesa y española surtas en la bahía, y más aún las numerosas lanchas cañoneras de ambas naciones, disparaban a veces a los enemigos situados en la costa opuesta. Asimismo, en las líneas alguna vez se hacía fuego; pero tan inútil uso de pólvora y el no más provechoso sacrificio de algunas vidas, nada podían influir en el éxito de la contienda pendiente.

Un suceso desagradable interrumpió, si no del todo o en todos, el sosiego material, o el del espíritu en aquel periodo. Pocos días después de haberse presentado delante de Cádiz los franceses, y en los primeros días de marzo, en que acertó a ser el Carnaval (del 4 al 6), rompió un furioso temporal del S al SO tal, que recordó a los gaditanos el que siguió inmediatamente al combate de Trafalgar, al cual superó en violencia, aunque no en duración, no habiendo este último excedido del término de tres días. Hasta a los acostumbrados a escena tan aterradora como lo es la que presenta la casi aislada Cádiz cuando, movidas las olas por un viento parecido, aunque no igual, al huracán, amenazan tragarse aquella tierra baja, expuesta a los efectos de su furia, horrorizaban el ruido del mar y del viento, la atmósfera cargada de nubes, la espuma marina cayendo a la par con la lluvia, los edificios estremeciéndose a los recios embates a que oponían resistencia, al parecer, si bien no en realidad, por demás flaca y precaria. A los venidos de tierra adentro hubo de ser objeto de pasmo y terror espectáculo tan horrible y grandioso. En medio de él, dos de las reliquias de nuestra antigua marina, y de estos uno el navío de tres puentes de más porte entre los de nuestra Armada,[35] fondeados en paraje poco seguro, porque en lo interior del puerto habrían sido molestados y aun destruidos por los fuegos de los franceses, garrándoles las anclas o rompiéndoseles los cables, se fueron con mediana rapidez, pero con inatajable curso, hacia la costa donde estaba el enemigo.

Fue imposible socorrerlos, y llegando casi a dar en tierra, fueron desamparados e incendiados. Aumentaba la pena ver lo irreparable de la pérdida, porque no era tiempo de pensar en construir buques nuevos. Algo pudo mitigar el dolor considerar que lo que entonces hizo el furor de los elementos lo habría venido a hacer en no largo plazo la misma naturaleza por otro medio, causando en los viejos cascos la podredumbre que trae consigo la muerte.

Mediando abril, una mañana empezó a ensordecernos y hasta a conmover la tierra un espantoso ruido. Las cañoneras, los navíos, nuestras baterías, las enemigas habían roto un fuego vivísimo y continuado. Decían los viejos acostumbrados a la guerra que nunca desde el día en que combatieron con feliz éxito a Gibraltar las baterías flotantes habían oído los hombres tronar a un tiempo tantos cañones de tan gruesos calibres. Pasmoso era el efecto que producía; pero, si causaba dolor considerar que una grande efusión de sangre acompañaba aquel estruendo (punto en el cual hubo de ser exagerada la suposición, pues, como sucede en casos tales, no correspondió el estrago al ruido), no hubo asomo de temor en cuanto a la seguridad de Cádiz o de la isla; tan firme era la persuasión de ser inexpugnables las líneas, y estar, por consecuencia, en completa seguridad la plaza, o digamos la ciudad de Cádiz.

Un inconveniente de mediana gravedad resultó de aquel tremendo cañoneo. Se perdió en él Matagorda, castillejo que mal podía conservarse, quedando los franceses dueños de ambos lados de la boca del después afamado canal o caño llamado el Trocadero, cuando antes lo eran de uno solo. De resultas quedó insegura por demás para nuestros buques la parte interior y abrigada de la bahía,[36] y aun casi cortada la comunicación por mar entre Cádiz y la isla de León, antes, si no tan segura, tan frecuente como la de tierra.

Otro mal resultó de la pérdida de Matagorda, que entonces no se preveía, y fue que desde el cercano lugar llamado punta de la Cabezuela, pudieron los enemigos arrojar granadas a la ciudad de Cádiz, reputada hasta allí, y con razón, fuera de tiro, según lo que alcanzaba la ciencia teórica y había acreditado la experiencia.

Pasado el susto o desabrimiento que trajo consigo la pérdida de Matagorda, volvieron las cosas a su estado ordinario. No era este todavía de tanto entretenimiento y recreo como llegó a ser en 1812, cuando fue compensada, como después diré, la incomodidad de las bombas con la multiplicación de las diversiones. Aún no estaba abierto el teatro, que lo fue mediando 1811. Encerraba Cádiz muchas personas de alta categoría, o por su cuna, o por su dignidad, adquirida en el servicio público en una larga carrera. De estos muchos dueños de pingües y aun cuantiosísimas rentas, pero cuyo caudal consistía en tierras, como estas, estuviesen a la sazón en país ocupado por el enemigo, cobraban poco y mal, cuando cobraban algo. Quienes vivían de sueldo también recibían mermados o con irregularidad los suyos. Pero había conformidad, porque el mal de muchos no es, como suele decirse, consuelo solo de los tontos, sino que lo es asimismo de los entendidos. Las costumbres hubieron de resentirse de la situación, y España, donde el poder era desde tiempo antiguo democrático, pero la sociedad no, encogida en el recinto de Cádiz, se amoldó a los usos de aquella ciudad, donde reinaba la igualdad, pero donde también brillaba entonces hasta un grado considerable la buena crianza. Era la política el principal alimento de la conversación; pero la política para las más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de la guerra, pues antes de juntarse las Cortes las cuestiones políticas sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la atención, de escaso número de gentes eran conocidas.

La calle Ancha, por las mañanas, la inmediata plaza de San Antonio, cuando era posible pasear en ella al sol, o, según la frase española, que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda, pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el gentío de ociosos de buen porte que a la hora antes indicada charlaba y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre la olla, pero sin añadirle el epíteto de podrida, que solo a ciertas ollas cuadra.

Trasladado en mayo el Consejo de Regencia de la isla de León a Cádiz, tuvo algunas, pero pocas, creces el vecindario; pero la isla de León, convertida en mero puesto militar, no dejó de seguir animada, por ser numeroso el ejército que allí tenía su cuartel general, del cual eran parte las tropas aliadas inglesas, y un regimiento portugués, y además porque residía todavía en aquella población alguna oficialidad de marina, a lo cual se agregaba haber ido a establecerse en el mismo lugar unas pocas familias a quienes parecía mansión estrecha la de Cádiz.

La vida así pasada era uniforme, y si libre de sustos, no ajena de fastidio. Pero llegó el día de abrirse las Cortes, con lo cual quedó abierto campo a la actividad individual, o, dicho con más propiedad, a la del pensamiento; y con avivarse las facultades vinieron a pedir más alimento, y, de resultas de ello, el cuerpo de la sociedad, sintiéndose más fuerte, buscó y encontró con qué ejercitar su fuerza y satisfacer sus lícitos apetitos.

En muchas cosas hace ventaja la generación presente a la de los días pasados, porque sabe más y piensa más, y aumenta el caudal de su entendimiento y discurso, allegándole los tesoros de la experiencia. Pero tal vez siente menos que sentíamos, o, a lo menos, no siente con igual viveza. Si no carece de fe, no puede blasonar de tener mucha, y esto hasta un bien es, en cuanto evita abrazar una fe errada, y sustentarla y propagarla; pero es un mal, y no leve, porque encoge y apoca el pensamiento y embota los afectos, si no del todo, quitándoles la viveza.

No comprenden los hombres de ahora el entusiasmo con que en 1810 acogimos unos pocos, que pronto en la isla gaditana fuimos muchos, la reunión de las Cortes. Los que eran gratos ensueños, halagüeñas visiones, hijas de nuestra lectura, y enseñoreadas de nuestra fantasía, pero sin pasar de la clase de deseo, habían llegado a ser realidad, harto bien a duras penas conseguido. En el estado de las cosas bien merecía ser calificado aquello de locura, pero locura sublime.

Me acuerdo de que en uno de los primeros días de las sesiones de las Cortes generales y extraordinarias (hubo de ser el 28 de septiembre, pero de la exactitud de la fecha no estoy cierto), estaba yo en la isla, cerca del pobre teatro donde los representantes de la nación celebraban sus sesiones. Estábamos en la calle, porque el Congreso celebraba sesión secreta. En medio de un corrillo, de que era yo parte, aparecía la figura severa, pero satisfecha por demás en aquella hora, de don Manuel José Quintana. Sabíamos que se estaba tratando en la sesión, entre otras cosas, del negocio del duque de Orleans, mucho después rey de los franceses. Este alto personaje había venido a España solicitando el mando de un ejército; llamado por el regente Saavedra; mal apoyado por el mismo cuando ya le tuvo en Cádiz; a quien habían hecho viva oposición el gobierno inglés y el ministro de Estado español, Bardají; del cual se decía que los diputados por América querían hacer algo correspondiente a su clase de personaje de la regia estirpe de Borbón, y sobre quien, después de un debate en secreto, habían dispuesto las Cortes, o en aquel mismo día o en el anterior, que saliese inmediatamente de España. Nadie sospechaba o conocía las buenas calidades de aquel príncipe, acreditadas desde 1814 hasta 1830 en Francia, y después en diecisiete años y medio de reinado, en que conservó a los franceses en libertad y prosperidad, llevando tal pago cual solo merecía el tirano más aborrecible. Sabíase confusamente que había militado con gloria en los ejércitos republicanos, lo cual, por cierto, no le recomendaba a la gente del pueblo español, adicta con entusiasmo a la monarquía; constaba que estaba reconciliado con su familia, y casado con una princesa de la familia real de Nápoles, lo cual le hacía mal visto por quienes, odiando a Napoleón, eran, con todo, parciales acalorados de las ideas de la revolución por él terminada en provecho de la autoridad despótica, y por último, era francés, y esto solo bastaba para que el vulgo le recibiese con sospecha y aun con mala voluntad; consideración esta bastante a alejarle de todo poder o influjo, habiendo de redundar el que pudiese dársele por corto plazo en daño ajeno y hasta en el suyo propio. Así era aplaudida la resolución de las Cortes contraria a su persona. Con este motivo, Quintana dijo que los tiranuelos de Nápoles, Portugal y Cerdeña estaban dando pasos encaminados a adquirir el mando o influencia superior en España, y que era vano su intento, atendido el espíritu de las recién congregadas Cortes; y en todos cuantos allí estábamos escuchando causó no solo aprobación, sino placer oír tratar de tiranuelos a los pocos reyes nuestros aliados, y ver que había llegado en España la hora en que el poder popular trataba al trono como de igual a igual, y en algún caso como a inferior. Estábamos en aquellos momentos comunes en la historia en que los poderosos están caídos y exaltados los antes humildes, de lo cual se sigue por lo pronto, no la igualdad, sino un trocar de papeles en que los nuevamente encumbrados cobran la soberbia o el entono que en los recién venidos a menos afeaban.

Mientras esto pasaba, y seguía la sesión secreta, y los corrillos no amenazadores ni inquietos, sino satisfechos y curiosos, continuaban en sus conversaciones, afanándose por averiguar lo que estaba pasando en el Congreso, sonó ruido de caballos que se acercaban, y a poco asomó en la angosta calle, teatro de la escena que voy describiendo, el duque de Orleans vestido de general español, que claramente venía a entrar en el Congreso. Se apeó, en efecto, a la puerta del teatro, pero no a la principal, sino a la del vestuario, estrecha y mezquina, como lo era todo en aquel pobre edificio. Por ella entró el príncipe y allí le perdimos de vista, pero no del todo, pues hubieron de reducirle a tomar asiento en un pasillo o cuarto oscurísimo, de modo que por entre las puertas entreabiertas asomaban sus piernas, más visibles, porque llevaba calzón corto de grana y media de seda, impropias prendas para quien venía a caballo, pero sin duda preferidas por el que las llevaba, porque se presentaba con el carácter de capitán general del ejército español. Con notoria y ridícula injusticia mirábamos todos el acto del príncipe en venir a las Cortes como un insulto, y con malignidad nos recreábamos en notar que no se le daba entrada, y que estaba haciendo como de portero. El color encendido del calzón seguía dando señal vistosa de su presencia en aquel sitio, y nos atropellábamos para clavar la vista en aquel objeto, siendo nuestro afán cerciorarnos de si entraba o no, y nuestro deseo que no entrase. Quedamos plenamente satisfechos, porque, pasado algún tiempo, vimos movimiento en las piernas tan observadas, pasando el muslo de la horizontal a la vertical, esto es, poniéndose en pie el príncipe, cuyo cuerpo entero asomó inmediatamente a la puerta en ademán de quien iba a salir despedido, como hizo al momento. Montó de nuevo el duque de Orleans a caballo; saludó con cortesía, pero con mal gesto, a los circunstantes, que le vieron ir desairado, si no con insulto, pues no llegó a tanto la locura, con satisfacción no disimulada. Al día siguiente se embarcó el príncipe francés, y dio la vela de vuelta a Sicilia, no volviéndose a pensar en él durante largos años en España, ni durante tres o cuatro más en lugar alguno del mundo.

Al nuevamente abierto Congreso atendían todos. Por la primera vez se oía en España hablar en público a otros que a los predicadores o abogados. Encantaba y arrebataba tal novedad, de suerte que nacieron y crecieron reputaciones que hubieron de conservarse hasta nuestros días, mereciéndolas quienes las alcanzaron por sus virtudes y servicios eminentes a la causa pública, si no por su talento oratorio; sentencia desfavorable de que es razón excluir al ilustre Argüelles, aunque este mismo no pareció a una generación posterior lo que al auditorio de las Cortes de Cádiz. Era además común entonces leer discursos, de los cuales muchos eran celebradísimos leídos, pero oídos causaban el mal reprimido fastidio con que infaliblemente es oído lo que se lee cuando es largo, salvo en algunas piezas de verso.

Pero hasta febrero de 1811 no vinieron las Cortes a Cádiz, y los gaditanos no pudimos estar de continuo en la isla, donde no abundaban los alojamientos y los buenos escaseaban. Hízose, pues, necesario saber lo que pasaba en el Congreso, y saberlo sin demora, y para el intento servían los periódicos, que desde luego crecieron en poder, aunque ya alguno tenía desde que empezó a dominar en las cosas del Gobierno el influjo popular, lo cual coincidió con el alzamiento de 1808.

Por desgracia, no contaba Cádiz con periódico alguno como el Semanario patriótico, muerto en Madrid con la entrada de los franceses, y resucitado en Sevilla para morir en breve por su propia voluntad, hija de enojo nacido de pretender el Gobierno escatimarle la libertad de sus juicios u opiniones, o aun como la Gaceta de Valencia, célebre por las bufonadas con que comentaba los folletines del ejército francés, o como la de la Mancha, ya entonces difunta, o saliendo de tarde en tarde en diferentes lugares. Pero no mucho antes de abrirse las Cortes había empezado a publicarse en Cádiz un periódico titulado El Conciso, cuyo reducido tamaño, no dando cabida a gran número de palabras, justificaba su nombre. Era el fundador y principal escritor en él un don G. Ogirando, traductor conocido como tal hacía algunos años, cuya versión de la ópera Une folie, con el nombre de Una travesura, le había dado celebridad, más que por su mérito indudable de bien hecha y de castizo lenguaje, por la que llegó a tener aquella, hoy olvidada, y entonces y poco antes aplaudidísima música de Mehul, sobre todo, cantada por nuestro Manuel García. Había asimismo puesto en excelente castellano el mismo Ogirando la comedia francesa Les Marionnettes, a que él llamó Los Títeres, obra de Picard, hoy completamente decaído del alto concepto de que gozó, aunque, en mi pobre sentir, hay más injusticia en el extremo de su actual descrédito que la había en el de su antigua celebridad. No sé de qué otros conocimientos podía blasonar Ogirando fuera del de las lenguas francesa y castellana, siendo en la última verdadero purista: lo cierto es que no dio grandes muestras de sí, pero que tuvo fortuna, pues su periodiquillo vivió hasta 1814, siempre recibido con algún favor, habiéndose desde luego alistado en el partido que tomó el apellido de liberal de allí a poco. Pobre cosa era El Conciso, pero tal cual era, si no ayudaba, servía. Recién abiertas las Cortes, publicó uno a modo de número supletorio, al cual nombró El Concisín, que venía a dar a su papá noticias de lo que en la isla iba pasando en el Congreso; obra de escaso chiste, pero de algún efecto.

Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un entretenimiento nuevo, que llamó otros. En electo, venido el Congreso a Cádiz en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero con las bombas vino a multiplicarse las diversiones, abriéndose el teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; estar llenos de gente los paseos, animadas con la muchedumbre y buen humor de los concurrentes las calles y plazas, y en medio de todo esto, ventilándose con ardor todo linaje de cuestiones, no ciertamente con los conocimientos venidos hoy a ser comunes, pero con más sinceridad y calor al sustentar y esforzar errores que hay hoy para defender verdades, siendo aquello las mocedades de un pueblo, llenas de inexperiencia y superficialidad, pero ricas en ilusiones, cuyo valor, en la flaqueza de la condición humana, a veces iguala y en alguna ocasión supera al de la realidad misma.

Pintar esto más circunstanciada, aunque toscamente, será asunto a otra parte de este artículo. Si en él me sucede ver las cosas de mis mejores días como suelen verlas los ancianos, aun esto servirá para pintar cómo pensaban y sentían los hombres de entonces, y una voz que sale de los bordes del sepulcro tendrá algo en consonancia con la índole de lo que conmemora.

Hermosa imagen han presentado a la vista y contemplación de los lectores de todos tiempos los que, narrando y describiendo los sucesos y escenas de la guerra por nosotros llamada de la Independencia, han pintado a un pueblo dándose nuevas leyes mientras llovían sobre él las bombas del enemigo sitiador, dueño además de casi toda la superficie del país a que la novel legislación estaba destinada. Sin duda hay ponderación, y no corta, al decir que caían las bombas como lluvia, y más si se tiene presente que en la misma guerra hubo poblaciones reducidas a escombros, o poco menos, sin desmayar por esto sus defensores hasta la hora fatal en que llegó a ser imposible continuar la heroica resistencia. Pero, según la expresión vulgar, así se peca por carta de más como por carta de menos, y las bombas arrojadas a Cádiz desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812, si escasas en número, particularmente en los primeros tiempos del bombardeo, y menos destructoras que son por lo común tales instrumentos de ruina, no dejaron, andando el tiempo, de caer con alguna frecuencia, causando molestia y acabando con varias vidas, lo cual implica que para los habitantes de Cádiz había entonces cierto grado, si bien corto, de peligro.

Ya he dicho que, aun tomado por los franceses el fuertecillo de Matagorda, a lo cual siguió establecerse los sitiadores en la Punta de la Cabezuela, puesto el más cercano a la ciudad de Cádiz entre todos los de la costa fronteriza, no se recelaba que pudiesen alcanzar sus fuegos a la linda población, hecha por breve plazo capital de la ocupada, pero no sujeta, España. De repente en un día de diciembre, pasados ya diez meses de tener delante el ejército francés, como estuviésemos los ociosos, no cortos en número, en nuestro acostumbrado lugar de reunión en la calle Ancha, llenándola toda de acera a acera en corrillos de parleros, se difundió la voz de que había caído una granada o bomba cerca del Hospital de mujeres, esto es, en un lugar muy del centro de la población. Al oír tal noticia, la primera idea fue tratarla de patraña. ¿De dónde había de venir tal bomba? Sabido era que de la costa opuesta no podía ser, pues todos sus puntos estaban fuera de tiro de la plaza, aun para los morteros conocidos de mayor alcance. Por mar, sí, era fácil meter bombas y granadas en el recinto de Cádiz, pero los franceses no se atrevían a asomarse con sus cañoneras fuera de las bocas del Guadalquivir y Guadalete, y si bien algún botecillo o lanchilla podía haberse escurrido por entre las fuerzas navales que protegían la ciudad y bahía, no así una bombardera, que es embarcación pesada y poco manejable, y ha menester otras que le den compañía y amparo. Y suponer que lo juzgado bomba fuese un aerolito enorme, no era menor desatino, y además, de aerolitos poco se sabía entonces, siendo voz que ni en el Diccionario de la Academia estaba. Con todo esto, la curiosidad hubo de llevarnos a muchos al lugar que nos daban por teatro de tan singular suceso. Llegados allí ya, a nadie quedó duda: había caído una granada de mediano tamaño. Al caer, en lugar de reventar con estrago, se había abierto como si la hubiese quebrado o rajado la violencia del golpe. Esto consistía en que en vez de venir toda rellena de pólvora y con una larga espoleta, al acabar de consumirse la cual revientan los proyectiles huecos causando grave daño sus cascos, que suben y se extienden de resultas de la explosión, venía casi atestada de plomo, y con tan corta cantidad del material destructor, que no era bastante a lanzar con violencia hecho pedazos el hierro. Veíase, pues, ser aquel un nuevo invento del arte, en que el aumento de peso se había hecho necesario para dar más alcance al proyectil que se arrojaba. No fue agradable esta ocurrencia, la cual podía traer en pos de sí consecuencias muy superiores a las que tuvo, pero causó más admiración que terror; y como a la primera granada no siguiesen otras en no corto tiempo, hasta llegó a creerse abandonada una idea que si había parado en algo, era en muy poco. Olvidadas estaban las granadas cuando vinieron las Cortes de la isla: sus debates llamaban en gran manera la atención. En las cosas de la guerra no dejaba de pensarse, pero tal vez menos de lo debido. Sin embargo, yendo a terminar febrero de 1811, empezó a prepararse una expedición, de la cual nada menos se prometían las gentes, y aun el Gobierno, que la derrota del enemigo y el levantamiento del sitio de Cádiz; porque fuerzas respetables inglesas y españolas, con un regimiento portugués, salidas de la isla gaditana y desembarcadas en Algeciras, venían a embestir a los sitiadores por la espalda, mientras una salida de los sitiados, hostilizándolos por el frente, los reducía a estar cogidos entre dos fuegos. A la historia toca definir cómo fue el malogramiento de esperanzas en gran parte fundadas, a pesar de haber conseguido los ingleses en el cerro del Puerco una victoria indudable, si bien los historiadores franceses tienen el descaro de afirmar lo contrario, dando motivo al aserto mentiroso que desavenencias entre los aliados hicieron inútil la ventaja alcanzada, y que un revés anterior llevado por nuestras armas había puesto las cosas en tal estado, que no era posible ya sacar de la expedición ventajas considerables. Pero lo que por ser pequeño no merece mención en la historia, y si en una pintura de aquel tiempo, fue el papel que en estos sucesos representaron, o diciéndolo con propiedad, representamos los voluntarios de Cádiz. Risa dará a los hombres de ahora la importancia que dimos a una cosa pequeñísima; pero así éramos, y cuales éramos debemos ser considerados. Hasta entonces aquella milicia, casi en todo semejante a la nacional de nuestros días, no había pasado de cubrir los puestos del casco de la plaza con los anejos castillos de San Sebastián y Santa Catalina, con su uniforme pardo, o de lucir el encarnado, remedo del inglés, en la procesión del Corpus y otras fiestas, haciendo triste figura con sus galas, porque los sombreros de picos o apuntados con que cubríamos la cabeza, eran diferentísimos en hechura, produciendo esto en la tropa formada un efecto desagradable a la vista. Pero necesitándose emplear en la expedición destinada a pelear fuera de la isla gaditana y en las líneas de esta la numerosa fuerza que las guarnecía, hubo de resolverse que, saliendo del recinto y murallas de Cádiz, fuésemos los voluntarios a cubrir los puestos avanzados de la Cortadura y baterías a ella inmediatas, a no larga distancia de la boca del Trocadero con los fuertes de Matagorda y Ortluis ocupados por los franceses. Levísimo, o aun puede decirse ningún peligro había que correr en aquellos lugares; porque el castillo de Puntales, próximo a ellos, y donde solían llegar las bombas y balas enemigas, y perderse vidas, no estaba incluido en los puntos en que habíamos de hacer servicio. Pero así y todo nos pareció la faena a que nos vimos destinados una verdadera salida a campaña. Por su orden, los cuatro batallones que figuraban ser de línea (vulgo guacamayos), y los dos de ligeros (alias cananeos), en seis días consecutivos marchamos ufanos a nuestra grande empresa, siguiendo desde entonces en dar guarnición a aquellos puntos. La música de un batallón, pues solo uno la tenía, fue sucesivamente acompañando a todos en la primera salida de cada uno. Tuvimos cuidado de hacer nuestras mochilas lo más pesado posible, para dar prueba a los espectadores, y aun dárnoslas a nosotros mismos, de nuestra fortaleza, elegimos para romper la marcha el punto más distante de aquel donde íbamos a parar, a fin de hacer con lo trabajosa más meritoria la jornada, y, acompañando con el canto la música instrumental, entonando las canciones patrióticas de aquellos días, en los cuales, como desde 1820 hasta 1823, era uso dar muestras del patriotismo en el canto, caminamos entre aplausos, y anduvimos una buena media legua con nuestra carga sin sentir fatiga; ¡tan ligero hacía el peso el nada fundado pero sí sincero entusiasmo! Años después, la milicia nacional de Madrid hizo muy superior servicio con igual celo, justificando con mayor motivo el entusiasmo que en ella inunda, y en días más cercanos del nuestro, cuerpos de milicias nacionales movilizadas han acreditado su buena voluntad y sufrimiento, en servicio de campaña, si no en combates; pero en los días de que voy hablando, obrábamos y sentíamos dominados por el hechizo de la novedad, y si bastante había ridículo en nuestro orgullo, merecíamos indulgencia por la candidez de nuestra soberbia un tanto fatua. Ni una sola desgracia, aun de las más leves, ocurrió a los que hasta 1812 siguieron ocupando aquellos puntos, aunque de ellos a la batería llamada la Furia, y además a la que tenía por nombre la Venganza, solían llegar balas y aun granadas; pero, buscando a tiempo, como era fácil, el abrigo de los salchichones de tierra y retama de que estaban hechas, venía a ser ninguno el peligro.

Aunque llegó a ser modesto o enfadoso pasar tanto tiempo sobre las armas, pues cada seis días había que entrar de guardia, y en hacerla en los puntos fuera de puertas se consumía buena parte de dos; con todo, lo divertido, pues lo era hasta cierto punto, de la ocupación, hacía la molestia llevadera. Las inmediaciones de la Puerta de Tierra habían sido, y por muchos años han seguido siendo para los gaditanos, lugar de recreo y fiesta, y por cierto, rara vez de recreo provechoso. Pasaban, pues, los días de guardia como de gresca y broma, siéndolo de comilonas en los vecinos ventorrillos. De esto padecían algo las costumbres, siendo ello uno de los males que trae consigo el dar a los paisanos hábitos de soldados sin el freno de la disciplina.

Mayor y mejor entretenimiento iba dando el interior de la ciudad. A muchos del sexo masculino (porque a las personas del femenino estaba vedado) ocupaba la asistencia a las Cortes. Celebraban estas sus sesiones en la iglesia de la casa de los padres Filipenses, que aun hoy subsiste; iglesia en forma de óvalo de no mala planta, pero no de adorno de buen gusto, y a la cual había adaptado medianamente al nuevo fin a que estaba destinada don N. Prats, oficial de ingenieros de marina. Unas tribunas formando a modo de andamiaje, que dentro del templo le daban trazas de costado de un teatro, componían las tribunas reservadas. Dos galerías altas con reja de balcón hasta el pecho, que corrían por todo el recinto de la iglesia y la abrazaban por entero, siendo parte antigua del edificio mismo, eran las tribunas del público, concurriendo allí donde antes iba el auditorio a oír la palabra sagrada numerosos oyentes a oír discursos de muy otra clase. De estos oyentes muchos no lo eran asiduos y constantes, pero había bastantes que tomaron la asistencia casi como oficio. Si bien la maldad de varios anticonstitucionales abultó extremadamente algunos excesos cometidos por concurrentes diarios a las galerías, y si bien en una época de atroz injusticia e inicua venganza, hubo quien inventase un nombre para hombres tales, y con inventarle añadiese, no solo un vocablo a la lengua, sino un delito en la lista de los hasta allí conocidos, apellidándolos galeríos, mal puede negarse que con frecuencia olvidaban el papel que estaban representando, el cual era el de verdaderos testigos mudos, destinados a transmitir afuera, juzgándolo y entregándolo al juicio ajeno, lo que allí veían y oían. De estos excesos ha habido no pocos en épocas posteriores, y hasta muy cercanas, y algunos de ellos de suma gravedad; pero aunque todavía la concurrencia a las sesiones de nuestros Cuerpos deliberantes dista un tanto de guardar el silencio absoluto a que está obligada, hay en este punto harto menos que censurar, pues en Cádiz, de 1811 a 1813, el mezclarse el auditorio en las deliberaciones del Congreso, dando muestras ruidosas de aprobación y desaprobación que una vez pasaron a ser hechos, era cosa continua. Había entre los bulliciosos espectadores de que voy ahora aquí hablando, todos ellos movidos por un celo sincero aunque descaminado, personas de todas clases, gaditanos y forasteros, para quienes vino a ser sustento ordinario del entendimiento la política militante.

La hora de concluir las sesiones era sobre las dos de la tarde, y las noticias de lo ocurrido en las Cortes pasaban a la calle Ancha, poco distante del lugar donde celebraba sus sesiones el Congreso, y los juicios de los procedentes de las galerías eran revisados por otra más numerosa clase de ociosos, o de hombres cuyas ocupaciones habían terminado.

Escaso campo quedaba para entretenimiento puramente literario en Cádiz, tal cual era entonces. No estaba enteramente olvidada del trabajo del espíritu, pero trabajaba influyendo en él las circunstancias, y conforme a lo que recibía era lo que daba, de suerte que el matiz político, siempre subido, con frecuencia cubriéndolo todo, daba su color a todas las producciones del ingenio.

Residía en Cádiz Quintana, ya con la dignidad de patriarca de la iglesia político-filosófica, de que había sido largos años, aunque como en secreto, por no consentir otra cosa los tiempos, uno de los principales doctores y maestros. Estaba ya en él reconocida su calidad de gran poeta, si bien no faltaba quien se la negase. Gallego, a quien la famosa composición al Dos de Mayo había desde luego remontado a uno de los primeros puestos en lo todavía llamado nuestro Parnaso, siendo a la sazón diputado a Cortes, y nunca muy amigo del trabajo, tenía contenida su vena poética, no fecunda, aunque de exquisitos productos.

Beña, militar instruido, no descuidaba, en medio de otras ocupaciones, la de lo entonces dicho pulsar la lira. Arriaza, ya en Londres, ya en Cádiz, escribía mediana prosa, no manejando mal la pluma en reñidas disputas con Blanco White, que desde Inglaterra hacía guerra cruda a todo cuanto era de España en un periódico cuyo título era El Español, pero mostrándose por lo común inferior a su diestrísimo y más instruido adversario, y entre tanto seguía cultivando la poesía, fecundo siempre y por demás ingenioso, siendo esto último la principal calidad de su talento. Capmany, en quien la vejez, aunque no muy avanzada, había extremado rarezas que siempre tuvo, docto y vivo, hacía alarde de su purismo lleno de singularidades, y mientras en las Cortes seguía las hostilidades contra los galicismos de dicción, alistado en la bandera de los reformadores, pero con actos de insubordinación frecuente, y tan allegado a la Inglaterra que parecía en él falta lo que no era sino hábito de extremarse en todo, daba rienda a resentimientos personales, publicando vituperios de Quintana. Gallardo, con un lindo y chistosísimo folleto había cobrado crédito de los más altos, que sostuvo entre lo general de los jueces, pero no entre los mejores, con su Diccionario crítico burlesco. Algunas composicioncillas, aunque no malas, del joven don Ángel de Saavedra, no daban, con todo, idea de lo que había de llegar a ser el ilustre duque de Rivas. Don Mariano Carnerero, casi abandonando por la política y sus marañas la literatura, en que había comenzado a señalarse, parece como que anunciaba que no habían de igualar a sus grandes facultades intelectuales ni la importancia de sus escritos y actos, ni la altura o extensión de su fama en lo venidero. Al revés Martínez de la Rosa, recién vuelto de Inglaterra, donde había pasado unos pocos meses, empezaba a levantar la fábrica de lo que fue después, con título justo, su elevada fortuna. Saviñón, cuya principal celebridad había sido la de habilísimo traductor, la confirmaba con nuevas versiones. Jérica y Costa, poeta o versista de corto valor, pero fecundo, empleaba su mediano ingenio en frívolas censuras de cosas apenas dignas de atención. Un don Santiago Jonama, de agudo entendimiento y bastante instrucción, pero de no poca rareza, así como otros escribiendo gozaban de concepto superior al que merecían, era tenido en precio harto inferior al suyo real y verdadero. Algunos más podría nombrar, pero me sirve mal la memoria, y con los nombrados basta para dar una idea general y somera del estado del cultivo en que estaban las letras en Cádiz sitiada.

Pero, según antes he dicho, los mismos literatos solo usaban la pluma para tratar cuestiones políticas, porque en otros asuntos apenas habrían encontrado lectores. De esto fue excepción, sin embargo, el folleto de Capmany contra Quintana, reducido a censurar su estilo, y más todavía, su dicción, justo en su crítica en uno y otro caso, injusto con suma frecuencia; por lo acre de su tono vituperable a todas luces, y no tan bien escrito como debía exigirse a juez tan severo, pues si no pecaba de galicista tampoco podía blasonar de natural y fluido; vicio este de todos los escritos de un hombre cuyo idioma verdadero era el catalán, y en cuyas obras aparecía el castellano puro como traído con violencia. A pesar de que ya el censurado Quintana había subido a la silla del patriarcado, como en ella era novel, faltaba en lo general del público la reverencia que da una larga posesión del personaje respetado, y así Capmany hubo de encontrar aprobadores numerosos. Pero los amigos de Quintana, en quienes al principio causó desmayo la súbita e inesperada acometida, volvieron en sí, e hicieron frente al adversario. Entonces, como en otro lugar de este libro he contado, salió a nuevo y más brillante teatro el que hasta entonces solo había hecho papel en el literario de Granada, don Francisco Martínez de la Rosa. Quintana se defendió con nobleza en un breve escrito. Con la publicación de este último perdió los estribos Capmany, nunca sufrido ni prudente, y en segundo folleto, indigno de su pluma, y aun de la de todo hombre de juicio, lanzó sobre Quintana, no ya censuras literarias, sino acusaciones y vituperios de toda clase, calumniosos algunos, injustos todos, sin perdonar a los amigos de su enemigo, y haciendo de los concurrentes a la tertulia de Quintana en Madrid, de los cuales era él uno casi perenne, los más feos retratos, donde si se acercaba en algún rasgo de la pintura la malicia, hasta producir alguna semejanza, con más frecuencia turbaba la mente y descomponía la mano del pintor el odio, llevándole a recargar leves faltas, o a suponer las que no había. Apoyaban a Capmany en esta contienda, más o menos disimuladamente, Arriaza, y sin rebozo, Gallardo, a los cuales se adherían todos los adversos a las reformas por odio a Quintana el político y a su secta, más que por idea alguna literaria. Pero tal contienda fue pronto olvidada, y ni aun en los periódicos se hizo de ella larga memoria.

Los periódicos eran pocos y pequeños. El Conciso no traspasaba sus estrechísimos límites. Pero el Redactor general los tuvo más extensos, llegando a los que hoy tienen algunos periódicos semanales, y constando ya cada carilla de dos columnas. Su principal redactor era un don Pedro Daza, de buena familia, de mediano pasar, bien criado, y caballero en sus modales; pero escaso en conocimientos literarios o políticos, por lo cual escribía poco en su diario. Este, sin embargo, alcanzó la primacía, escribiendo de cuando en cuando en él hombres de alguna nota, y otros de mediana, entre los cuales hube yo de ser contado una o dos veces. Los anticonstitucionales tenían periódicos de los cuales era el principal el titulado Procurador de la Nación y del Rey. Por desgracia de los hombres de esta opinión, que en el Congreso podían blasonar de tener personas de no corto mérito, aunque a reconocérsele se negase la intolerancia liberal, aun mayor entonces que lo es ahora, en los periódicos estaban mal representados. A su frente tenía el marqués de Villafranés, caballero jerezano de singular extravagancia, aun en el vestir, pues con el frac, aunque mal cortado, al cabo frac, y no casaca redonda, llevaba cinturón con un medio sable en vez de espadín, y el cual se jactaba de dormir en una dura tarima, creyendo esto conducente a la salud intelectual más todavía que a la corporal, pues contaba que a sus hijos, como les hallase dificultad en la comprensión al seguir sus estudios, había remediado el mal, de él reputado gravísimo, con rellenarles sus almohadas en vez de plumas o lana con piedras. Era el principal ayudante del raro marqués un sujeto cuyo nombre se me ha ido de la memoria, esta vez traidora,[37] y que en los días de 1814 llegó a gran privanza con el rey, a la cual siguió un revés de fortuna; clerizonte, según creo, ordenado de menores, alto, desgarbado, con un sombrero de picos mal puesto en la cabeza, cuyo título literario principal había sido, según él refería, haber hecho oposición a una plaza de organista sin haberla logrado; hombre en quien un descaro no común daba realce a sus modos y figura estrafalaria.

Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.

La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto. En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones, pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de la marquesa de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del monte. También una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego, centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra, aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de tan ilustre difunta.[38]

A su casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar. Iba allí el mucho después afamado Gorozarri, que en las Cortes de 1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón, pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer, el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso, instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una oposición al partido predominante en el Congreso, del cual era el conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante, así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste; algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal, pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante, y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo, y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias, y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado. Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años, paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo con que resistíamos a otro orgullo, siendo en la fe constitucional cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una pequeña parte.

En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber, literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las que consideraban el levantamiento de España contra el poder francés como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y sistema, según su sentir, justos y saludables.

Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados consortes la debida justicia.

Pero tales reuniones eran para pocos, y lo general de las gentes había menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco los paseos, extraordinariamente concurridos. El invierno de 1810 a 1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla, que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y 1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto, así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz. No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo. Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811 fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía (pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses, y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que bien podrían provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo, aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro, y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos empleados.

Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos; estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres, hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía era Cádiz residencia del gobierno de España.

Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita. También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada las Vísperas sicilianas, era oída con aplauso, a punto de venirse el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y hacían en ellos horrible destrozo.

Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente. Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores, siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando, dieron motivo a la famosa coplilla de

Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones.[41]

Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las que pensé darle al comenzarla), los últimos meses del sitio, y los del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.

Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando, como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno, atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los moradores de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.

Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución. De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí, ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.

Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín, con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] todo lo cual ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.

Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo don N. Torreros, conocido por el Cura de Algeciras, afluente, de corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras, ridículo en sus modos, y mucho en su acento ceceoso a punto de dar golpe aun en Andalucía.[44]

En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside esencialmente en la nación, a la cual asiste el derecho de variar sus leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes, que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.

También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia. Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de dicterios contra el orador, expresándolos en gritos y acompañándolos con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar asiento en ellas Valiente.

Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España, pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas con los nombres de servil y liberal, que las operaciones militares.

También se prestaba atención a las producciones impresas, pero corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del Filósofo rancio, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar aquí en lugar primero, tenía por título Diccionario razonado manual, y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en el Semanario patriótico, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White) y don Alberto Lista, a los cuales había encomendado Quintana, por entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante, se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía. Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado Apología de los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas, y en tan breve trabajo y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor; dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla, juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario al razonado manual, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el Diccionario crítico burlesco con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada aprobación de los entendidos; con bastantes malos chistes entre algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran méritos las culpas del autor atrevido.

Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que impropiamente había dado el título de Filosofía de la elocuencia, mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual, sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su autor, en su galofobia, le había variado, dándose por arrepentido de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a vituperio.[45]

En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor, pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado, pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35 fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua, la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la Constitución inglesa, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa Genève se extendía.[46]

Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.

Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa su tragedia La viuda de Padilla, y poco después su comedia Lo que puede un empleo, de las cuales ya he hablado en otro lugar de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el Bruto primo de Alfieri, mudándole el título en el de Roma libre, y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas republicanas.[47]

En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar, hermano del actual, escribió e hizo representar una composición dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]

Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana, se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake, si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno por ellos calificado de rebelde.

Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.

Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público. Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus muchas buenas prendas aún gozaba de favor sumo entre lo general de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que, descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de acre vituperio, de burla amarga.

Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y era lo más probable que no llegase a haberle.

Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del que se titulaba rey de las Españas y de las Indias. En el día 18, preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y habilidad en predecir por el cariz el tiempo, podía augurar que no sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, cuyo acierto en tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián, circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el Te-Deum, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas, aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar) uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión, obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida, aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo, si meditada y fríamente le consideraban, embargaba, suspendía e inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa, o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y poder por esfuerzos de los constitucionales, si no solos, a la par con los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces, ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores, y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas. Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a efecto.

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Note 1 · Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar, formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a la tertulia de la marquesa Note 2 · No esta de más repetir aquí la noble y sencilla respuesta, dada por Cádiz a la intimación hecha por los franceses para que se sujetasen a JoNote 3 · La Purísima Concepción.Note 4 · Quizá con alguna inexactitud doy el nombre de bahía al puerto de Cádiz. Pero hablo como suelen mis paisanos, que así le llaman, diciendo losNote 5 · Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy superior a su valer, peroNote 6 · Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder el juicio. En sus úNote 7 · En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a España sujetarse de buenNote 8 · Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la siguiente décima, por cierto noNote 9 · Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo delgadas mechas de pelo, que cNote 10 · Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que pruebe que no fui el locoNote 11 · Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era director, cuando despuéNote 12 · Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el castellano. En Cádiz, porNote 13 · En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en la Gaceta de Bayona, publicada hacia 1830 y escrita en castellano, fue censurada con extrNote 14 · Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber que los genoveses, aun cuNote 15 · Al terminar el primer acto del original, recién expelido del trono Tarquino, grita el pueblo romano: «Il primo di che vivrem noi, fia questoNote 16 · Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo a dichetes de mal
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