Note 38 — VIII.
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Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino, por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia 1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos, y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su familia.