XV.
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RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.
La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y de amor entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo, hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de ella hiciese residencia en Francia.
De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795, o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.
En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más reñida y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento, contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.
De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión, si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado, una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras, adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el movimiento de los mundos.
Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos, parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados llegaron a causar hasta asesinatos.
Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron, con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás de que es capaz el linaje humano.
Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra, fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes, pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la nación que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés; venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra el tremendo y temido poder de Napoleón Buonaparte.[90]
Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída Constitución, pero habían sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta, y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa, ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular, más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo menoscabo.
Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional, y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la guerra contra Napoleón, y aun en las horas en que la causa de la independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes, había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego, hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él, si no el único, el mayor de sus defectos.
Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si algunos tenían bienes, no podían recibir auxilios, o los recibían mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por medio de cuantiosas suscripciones.
Pero se hacía necesario calificar los méritos de los refugiados para que no viniese a disfrutar de los beneficios de tales gente perdida (como en parte suele suceder y, aun en cierto aunque en corto grado, sucedió entre nosotros), y para que en los auxilios dados hubiese una regla de proporción, recibiendo más quien más había perdido en su patria, no siendo posible igualar a un exministro con un exmiliciano nacional, al cual algunos actos particulares, o su propia voluntad, hija de excesivo temor, o de idea de su superior importancia, había lanzado con sus superiores al destierro. Esta calificación mal podían hacerla los ingleses. Discurriose, pues, crear una comisión de españoles que sirviese para el intento. Mi conocimiento del idioma inglés, adquirido en mis primeros años, y aumentado con el estudio y con una corta residencia anterior en Inglaterra cuando servía en la carrera diplomática, llevó a mis compañeros a incluirme en comisión tan desabrida, de la que hube de escapar en breve, pero para volver a entrar en otra de la misma clase. A pesar de mi buena memoria, no me acuerdo de por quiénes o cómo fue hecha la elección, aunque no hubo de serlo con mucha regularidad, pero, tal cual fue, satisfizo. Como era natural, salió elegido por cabeza o presidente de la comisión el general Mina, bajo cuya bandera parecía que estaban los fugitivos alistados. Fuimos los demás elegidos a ver al que había de presidirnos, manifestando con este paso la superioridad que en él era uso por entonces reconocer, aunque a muchos ya desabrida por varias y muy diferentes razones. No era yo de los contrarios a Mina, a quien ni siquiera conocía de vista; pero, cediendo a un fatuo orgullo que conozco ser uno de mis capitales defectos, por lo mismo que le veía tan ensalzado y adulado, no quería tributarle obsequios, y ni me había presentado a él hasta entonces, ni al ir a verle con mis compañeros me puse delante para ser notado, sino que al revés, medio ocultándome detrás de los otros, logré que en mí en aquel momento nadie reparase. La figura de Mina de ningún modo correspondió a la idea que de él me tenía yo formada, lo cual a menudo sucede tratándose de personas conocidas por su mucha buena o mala fama. Tenía el famoso exguerrillero una presencia en nada notable, no siendo ni muy bien ni muy mal parecido, con nada de guerrero ni de feroz en su fisonomía, pues antes parecía un buen hombre de la clase inferior entre la media. El trato con gente principal no había afinado mucho sus modales[92] ni corregido su lenguaje, que seguía siendo el de un campesino navarro, y más tosco que de lo que de su presencia debía esperarse.
Pero lo que en él desde luego asomaba era la cautela, hija de la clase de vida que se había visto obligado a seguir en sus campañas de guerrillero, y que él acertó a aplicar a sus hechos y dichos como político, de suerte que el diplomático más avisado no podía excederle en cuanto a hacer, como cuentan decía Talleyrand, uso de la palabra para ocultar sus pensamientos. De esto dio desde luego una prueba en la corta conferencia de que voy ahora aquí hablando. Llevó la voz, en nombre de la comisión que iba a reconocerle por presidente, el famoso eclesiástico y escritor, exdiputado de las Cortes extraordinarias de 1812 y de las ordinarias de 1820, don Joaquín Lorenzo Villanueva. Este varón erudito, contra la general esperanza, entrando en las Cortes primeras de la isla de León con apariencias de antirreformista, se había pronto señalado como de los primeros campeones del bando apellidado liberal, y granjeádose el odio acerbo del bando opuesto, por lo cual, en la persecución padecida por los liberales en 1814, había salido de los peor librados. Si bien sustentaba Villanueva con tesón y aun con ardor las doctrinas con poco motivo aunque generalmente calificadas de jansenistas en la parte de resistencia a los principios conocidos por ultramontanos, o favorables a la mayor extensión de la potestad pontificia, en sus modos excesivamente suaves representaba lo que la preocupación vulgar tiene por propio de un jesuita consumado. Solía clavar los ojos en el cielo cuando hablaba, e inclinando también un tanto la cabeza parecía como que trataba de reducir a menos su alta estatura. Siendo escritor notable por la pureza de su dicción castellana y por lo correcto de su estilo, si bien difuso y pesado y de corto juicio, en sus discursos dejaba ver bastante de la calidad de sus escritos.[93]
Nunca tanto cuanto en la ocasión a que la narración presente se refiere, pudo manifestar estas singularidades de sus modos el buen padre Villanueva, que empezó a hablar al general dándole altas alabanzas en aliñadas frases y rotundos períodos, que si habrían sentado bien en un discurso pronunciado en las Cortes, y mejor todavía en uno académico, aun en tales lugares podrían haber sido tachados de un tanto de afectación ciceroniana. Mina, a quien no acomodaba ser de la comisión, porque el serlo le habría acarreado, sobre molestia, algunos compromisos que él deseaba excusarse, respondió a su elogiador, que trataba a la par de ensalzarle y de persuadirle, expresando su resistencia a aceptar el cargo que se le confería, pero procurando dar a su resistencia el mejor color posible. «Yo...», decía, «sí, por mis compañeros quiero hacer mucho, pero... eso de comisión, yo..., no conviene, y... pues no hay cuidiao..., yo siempre..., pero de ese modo no..., porque yo acá me lo entiendo y..., y siempre haré por todos..., no así, pues porque no me parece lo mejor», y por este estilo seguía con palabras sueltas, cuyo sentido apenas podía comprenderse, ni deseaba, por otra parte, quien las decía fuesen muy comprendidas, salvo en cuanto a que no quería ser de la comisión, ni en clase de presidente, ni como mera parte de ella. Insistió Villanueva en convencer o persuadir al general, y se entabló una como discusión entre los que se expresaban en tan diferente estilo, la cual vino a parar en nada, si nada era no contar con Mina. Asistí yo silencioso espectador a tal escena, en que encontré algo de diversión, y de que saqué algún conocimiento de Mina, bien que escaso. Esto aparte, no quedé resentido de la conducta del general, como quedaron otros, siendo la ocasión que acabo ahora aquí de referir motivo, y más que motivo pretexto, de los primeros descontentos que excitó contra sí Mina; descontentos hijos de pasiones y del interés, así como del desvanecimiento de locas ilusiones, no sin tener él grave culpa de las enemistades que se granjeó, pues, poco franco de suyo, alimentaba en otros esperanzas que él no tenía; esperanzas cuya falta de cumplimiento causaba a la par con dolor enojo, y recaía sobre quien las había fomentado.
A la llegada de la primera inundación de emigrados, que coincidió con los últimos días del año para España infausto de 1823, solo pensaron por lo pronto los fugitivos en su desvalida situación, y en acomodarse a vivir con lo que la caridad británica les daba, no corta cantidad para socorro cuando habían de ser muchos los socorridos, y tampoco grande para personas que solían vivir con tal cual desahogo. Pero si los partidos que en su patria los dividían no aparecieron vivos en el lugar del destierro, no estaban muertos, y tenía cada cual su bandera recogida, mas no abandonada. Bien es cierto que, andando el tiempo, asomaron, y se manifestaron y crecieron, no sin furor y encono, las anteriores discordias, y hubo continuas deserciones de uno a otro bando, en las cuales iba de continuo perdiendo el que tenía por cabeza a Mina.
Sabido es que la mutua enemistad de dos sociedades secretas había sido causa de grandes inquietudes en los últimos meses de 1822 y primeros de 1823, así en Madrid como en las provincias. De ellas, la de los comuneros, la más extremada en doctrinas, no había llegado a apoderarse del Gobierno, que sin cesar codició, y con toda clase de medios buscó, teniendo que contentarse con hacer el mando desabrido, peligroso y casi imposible a su rival, cuyo acierto, por otra parte, no había sido mucho. Cuando ya amenazaba ruina el edificio de la Constitución, o, digamos, de la revolución, los comuneros se habían dividido, viniéndose de ellos las personas de más nota, y especialmente casi todos los diputados de su gremio, a unir con los prohombres de la sociedad enemiga, quedándose algunos de menos valer por su talento, ciencia o reputación, pero de los más osados o extremados, en su campo antiguo, y siguiendo a estos últimos casi toda la hueste. El general Ballesteros, cabeza de la sociedad de hecho, aunque no por su título, aparecía dudoso, pero más allegado a los de superior moderación. El general Torrijos, quizá segundo en importancia entre ellos, atento a su obligación de soldado en la campaña, se había alejado de las lides políticas, salvo en punto a defender la Constitución contra la invasión extranjera. Comenzada la guerra, Ballesteros en una capitulación había entregado su ejército, y con él la causa constitucional y de su patria, a los invasores. Torrijos se había mantenido fiel hasta la última hora, y, libre y restablecido ya el Rey en su trono, había celebrado una verdadera capitulación militar con los franceses, y puesto en salvo su persona sin menoscabo de su obligación o de su honor; hecho lo cual se vino a Inglaterra, donde llegó ya bien entrado el año de 1824. Su nombre, poco o nada conocido hasta entonces de los ingleses, apenas sonó en la hora de su llegada, pero entre los españoles trajo a los comuneros uno de sus más notables caudillos. La desunión que existe siempre entre los desterrados, y que más que de otros pueblos es culpa constante del español, y había sido muy señalada durante la dominación de los constitucionales, tomó en breve forma y cuerpo en Inglaterra. Las dos sociedades rivales no resucitaron, pero sí los dos bandos de moderados y exaltados, bien que no compuestos completamente de quienes de ellos eran parte en España. Dos hombres simbolizaron estas parcialidades, y en cuanto cabía en su situación, fueron cabezas de dos cuerpos inertes, pero vivos, y con esperanzas de despertar de su letargo y dar muestras de sí en nuevos sucesos, restituidos ya al seno de su patria, llevando a ella la bandera a la sazón caída. Fue casualidad que la cabeza de cada bando fuese, al parecer, más propia para serlo del cuerpo otro que el suyo. Torrijos, de ilustre familia, nacido, bien puede decirse, en la corte, educado en la casa de pajes del Rey, y, por lo mismo, entrado en la carrera militar ya en la clase de capitán, hombre de fina crianza y modales amables, no muy instruido, pero sí con los conocimientos comunes de la gente de su clase, era sin duda a propósito para acaudillar y representar al partido más aristocrático de la emigración, si algo en la emigración merecía el nombre de aristocracia. Al revés, oriundo Mina de la clase del pueblo, habiendo recibido en sus primeros años solo los rudimentos de la educación más común, habiéndose formado en la dura y áspera vida de guerrillero, y debiendo su elevación al poder popular, cuando había divisiones políticas, tenía su puesto natural entre la gente más extremada y menos culta. Ambos eran ambiciosos; pero el primero, franco en su ambición hasta pecar en no leve grado de imprudente, se prestaba a seguir para mandar a la gente que en su sentir era más activa, de la cual se prometía más pronta la victoria, cuando el segundo, cauto y astuto, veía en el sabor y juicio de las personas más entendidas más abonada fianza de su seguro si no cercano triunfo.
Esto aparte, no todos los emigrados eran del uno o del otro de estos partidos; pero sucedía en el pueblo emigrado lo que en otros pueblos, y era que los pacíficos no entraban en cuenta, cuando la emigración aparecía en movimiento, aunque este movimiento no llegase a más que a hacer ruido. Además, en todo caso, en cualquiera eventualidad prevista, los pacíficos se allegaban a uno u otro bando, salvo unos pocos que tenían pretensión de levantar bandera propia, de lo que en 1830 dieron muestras fatales para la causa común, y en alguna ocasión para ellos mismos.
No faltaban, entre estos pacíficos, personajes de nota, pues, al revés, abundaban; pero tales personajes son los menos. Por ejemplo, Quiroga, cuya importancia como primer caudillo del levantamiento constitucional debía haber sido grande, figuraba poco y no tenía quien le siguiese. Bullía infinito el canónigo Riego; pero por su profesión no podía ser caudillo, y por su vanidad contaba con su apellido y la memoria de su hermano para ser figura principal en el drama de la revolución española, viva o amortecida, no consiguiendo lo cual, se contentaba con hacer papel entre radicales ingleses y desterrados franceses e italianos, habiendo logrado con que apareciese mención de su nombre en la vida del ilustre Ugo Fóscolo, uno de los objetos de su ambición algo pueril. Argüelles, ilustre entre los ingleses y relacionado con gran parte de lo más distinguido de aquel pueblo, vivía con sus amigos el respetabilísimo general de marina don Cayetano Valdés y su excolega en el Ministerio de 1820 don Ramón Gil de la Cuadra, apartado de un movimiento cuya esterilidad conocía, y respetado en su apartamiento, pero se inclinaba a Mina para el caso, poco probable durante algunos años, de que pudiese hacerse algo para variar la suerte de nuestra patria. Istúriz y yo, unidos en estrechísima amistad, solíamos estar en frecuente o íntimo trato con la casa de Argüelles y sus compañeros, y como ellos pensábamos y obrábamos, si bien Istúriz se desviaba en su interior de Mina un poco más que yo, que, viéndolo muy rara vez y habiéndole primero mirado con muy poca afición, al fin tenía pensamientos de ponerme a su lado, si llegase la hora de obrar, no obstante unirme con Torrijos relaciones de amistad antigua, contraída en nuestras mocedades. Ni debo omitir hacer desde luego aquí mención de un hombre a quien dio importancia su trágica muerte, hija de su natural indómito y de su presunción ciega. El coronel de Pablo, conocido por su mote de Chapalangarra, había defendido a Alicante hasta la última hora del reinado de la Constitución, como Torrijos a Cartagena, cometiendo, según es fama, actos de tiranía, como era de esperar de su condición feroz y escaso discurso, pero sin impureza, aunque dijo lo contrario la voz de la calumnia, y había parado en entregar la plaza por una capitulación asimismo honrosa, en la hora en que llegaba a ser inútil y habría sido hasta perjudicial prolongar la resistencia. Venido a Inglaterra, se había acercado a Mina, bajo quien había servido y distinguídose en la guerra de la Independencia; pero, como hombre ignorante y apasionado, le había casi exigido que inmediatamente se lanzase a restablecer la Constitución en España, y como no consintiese tal desvarío el buen juicio de Mina, el antes su amigo y secuaz se convirtió en su enemigo más crudo y violento, creyéndole traidor y acusándole sin rebozo de serlo.[94]
Pero Chapalangarra, si se apartó de su bandera antigua, no se pasó a la de otro, y llegó a ser caudillo sin secuaces, viviendo por lo común solitario, desabrido, parco por demás en la comida y bebida hasta hacerse notar por ello, casi indispuesto con todos; en suma, llegando con su carácter bilioso y su corto saber, a rayar en los límites de la locura, pero locura de una sola clase, o dígase, monomanía de belicoso patriotismo.
En medio de todo esto, la esperanza de volver pronto a España, y entrar en ella victoriosos, no faltaba en la clase ignorante y numerosa de los emigrados. En balde era que una parte, aunque corta, del ejército francés siguiese en territorio español, y que estuviesen prontas a seguirle numerosas tropas, si de ello hubiese necesidad; en balde que la parte más crecida de nuestro pueblo manifestase a la derribada Constitución enemistad violenta, y que la contrarrevolución, la cual viene a ser la revolución continuada, presentando una de sus fases, pusiese a la vista armada la plebe con el nombre de voluntarios realistas; fuerza democrática al servicio de un poder absoluto representante, y ya antiguo representante, de una considerabilísima parte de lo que lleva y merece el nombre de pueblo. Había otro pueblo imaginario en la cabeza de los emigrados, el pueblo de que ellos habían sido parte, y tipo, y representantes en España. Solo la traición, o cuando no tanto, la incapacidad de los gobiernos podía haber dado la victoria a los franceses y a los realistas; pero volviendo la nación en sí, como era fuerza que sucediese, y con unos más honrados o más hábiles caudillos que los anteriores, pronto restablecería la libertad en su suelo, plantándola harto más firme que antes estaba. Tales opiniones son las de toda emigración, y de ellas no podía estar exenta la española de 1821.
Así es que, cuando una desvariada empresa dio a una corta cuadrilla de constitucionales por el término de tres o cuatro días posesión de la plaza de Tarifa, desmantelada y descuidada, a punto de no tener fuerza que la presidiese, hubo un movimiento de alegría entre la parte más numerosa de los emigrados, a cuya noticia llegó la de la inesperada ocupación de aquella fortaleza, de corta importancia, pero fortaleza al cabo, antes que llegase, horas después, la de su pronta e infalible caída en poder de los franceses que guarnecían a Cádiz. Hombres hubo, si no de los de superior agudeza y claridad de entendimiento ni de la más vasta instrucción, pero no rudos ni ignorantes,[95] a quienes, anublando el juicio la pasión, pareció aurora de la regeneración española lo que era una mala clara entre negras nubes y que traía en pos de sí nuevas desdichas.
Pero la tentativa hecha sobre Tarifa, y a la par en Almería, con no menos infeliz fortuna, y pérdidas de vidas, dignas, a lo menos, de lástima, pasó en breve, y cayó la emigración en su estado ordinario, nunca enteramente abandonada por la esperanza, aunque no hubiese en qué fundarla, pero resignada a aplazar el cumplimiento de esta, o si no tanto, los esfuerzos inmediatos para traerlo a época algo más lejana. Hasta la inesperada aparición de la carta constitucional dada a Portugal por su nuevo rey don Pedro, vivió la emigración tranquila.
No por esto, en verdad, desaparecían los partidos, pero existían oscuros, sin extender su influjo a más que a un corto número de personas, y dejando a las otras adherirse al que fuese de su aprobación, cuando hacerlo así fuese oportuno. En suma, los partidos políticos de aquellos días tenían las apariencias, y en cierto grado la índole de las rivalidades de un lugar de provincia, y para que en ello hubiese semejanza, solían ceñirse al recinto de Somers Town, barrio pequeño en los extremos de Londres, que es a modo de un lugarillo entre los varios cuya aglomeración forman aquella capital inmensa, falta de límites legales conocidos. Allí vivía una España que no ha dejado de tener influencia en los sucesos de la España verdadera.
II.
De muchos de nuestros compatriotas que nunca han pisado el suelo de la Gran Bretaña es conocido el nombre de Somers Town como el de una abreviada España constitucional, que hizo tal, con su residencia allí, una gran parte de los desterrados españoles, de los cuales pocos viven hoy para conservar de ella memoria, pero de que se conserva no poca por transmisión de padres a hijos, y de ancianos a amigos, cuyos descendientes existen y forman buena porción de la generación presente. Es Somers Town un barrio pequeño, al cual divide del casco de la aglomeración de casas que hoy y ha mucho constituye el como centro de lo llamado Londres un camino o calle, pues de ambas cosas tiene, y camino nuevo (New road) se llama, y de tal le dan aspecto las casas, que todas tienen delante reducidos jardines en vez de formar la calle sus paredes, pero que, por la extensión que va teniendo, y aun por la que tienen ha ya largo tiempo la metrópoli del imperio británico, calle viene a ser, a ambos lados de la cual hay barrios crecidos y populosos. Apenas cuenta Somers Town casas para gente de más que decorosa pobreza, constando las más de ellas de un solo piso sobre el bajo o entresuelo; algunas de dos, casi ninguna de tres: número que es el común de los pisos de las habitaciones de la gente acomodada en los buenos barrios del centro de aquella capital inmensa. Esta circunstancia, haciendo las casas un tanto baratas, señalaba aquel barrio como propia residencia de gentes de escasos haberes, aunque no de indigencia absoluta. Ya en época muy anterior, cuando aquel mismo barrio, recién formado o poco menos, y todavía muy reducido, distaba bastante del casco de la gran ciudad, faltando en el lado contrario del camino nuevo las numerosas y bellas calles y plazas que hoy llenan y adornan aquel espacio, había servido de morada a muchos de los emigrados franceses del tiempo de la primera revolución de su patria, circunstancia que, conmemorada por residentes en Londres, hubo de llevar a tal lugar a los primeros españoles que a él acudieron y fueron núcleo del cuerpo que allí vino a formarse.
Con todo, si bien Somers Town era el lugar considerado, y con razón, como la población cabeza de la nación emigrada, o hablando, como suele hacerse, con frase militar y a la moderna, el cuartel general de la emigración, no residían en él los emigrados todos. Varios de ellos, entre los cuales era yo uno, y otro Istúriz, y otro Argüelles con sus compañeros de casa, el general Valdés y don Ramón Gil de la Cuadra, con unos cuantos más de menos nombradía, no vivíamos en el barrio que llegó a ser español, pero sí a poca distancia de él, yéndonos acercando unos a otros hasta habitar los más en las calles próximas al camino nuevo, por el lado opuesto al en que está Somers Town. Así eran las comunicaciones frecuentes, a pesar de lo cual la línea divisoria no dejaba de producir efectos y no cortos. Porque la política militante que se mantenía siempre viva en la otra banda del New road, y lo llamado chismografía, que siempre existe donde hay agregación de gentes, y más cuando no pasa la agregación de ser corta, o no llegaban al lugar en que residíamos, o llegaban ya debilitados habiendo perdido mucho en la corta travesía.
Hay quien pondera las ventajas que sacan los hombres de una residencia en tierra extraña, y no faltan por otro lado desaprobadores de los pensamientos y hábitos que engendra la ausencia voluntaria o forzada del suelo patrio. Ello es que en verdad los viajes son útiles, y quien de ellos vuelve fatuo es porque llevaba en sí el germen que el viaje ha desenvuelto. Pero el establecimiento de una a manera de colonia unida por estrechos lazos y pasiones e interés común en medio de una población de extraños, carece de la mayor parte de las ventajas que el viajar lleva consigo. Hasta la necesidad de aprender la lengua de los naturales de la tierra donde se vive, grande para quien tiene que estar en perpetuo trato y roce con ellos, se hace mucho menor para gentes que, salvo en unos pocos negocios de la vida, encuentran con quienes comunicar sus pensamientos y afectos en la lengua propia. Así es que de los emigrados españoles pocos aprendieron de la lengua inglesa más que algunas voces de ellos no bien pronunciadas; y de estos pocos, los más se ciñeron a aprenderla para la conversación o la lectura de los periódicos; pero de la Inglaterra política, de la Inglaterra literaria, de la Inglaterra social, ni se cuidaron siquiera, y las escasas ideas que sobre tan graves puntos adquirieron fueron sobremanera cortas y confusas. Verdad es que de esto hubo tal cual excepción, pero tal cual y no más; y en su escasez se vio prueba nueva de lo verdadero de la máxima antigua en cuanto a que la excepción confirma la regla. Y era hasta blasón de algunos emigrados que habían creado una imagen de su patria en su barrio, habiendo aprendido en él algo de la lengua castellana criadas de servicio y tenderos, y hasta habiendo llegado a pregonar la hora en las altas de la noche en idioma de Castilla uno de los guardas nocturnos de la clase de los que llamamos serenos, a los cuales convendría mal tal nombre en la nebulosa Londres; guardas que hoy ya no existen, habiéndoseles sustituido los empleados de policía. A un árbol que crecía solitario cerca de una esquina en la banda del camino nuevo, y donde, a uso español, solían juntarse muchos a engañar, a cielo raso, las horas ociosas en conversación entretenida, bautizaron con el nombre de árbol de Guernica, sin que hubiese entre él y el de Vizcaya la semejanza más remota, y solo por agregar a un árbol la calificación que ha hecho famoso a uno de los de nuestra tierra.
Un poco ajenos a la vida interior y política ordinaria de Somers Town vivíamos otros españoles. La casa en que residía Argüelles era el punto en que por la noche solíamos juntarnos, y también en esto seguíamos un mal uso de nuestra patria, porque aun en las noches de invierno, bastante más largas que aquí, donde no son cortas, era nuestra asistencia a hora bien avanzada, o digamos, al dar las once poco más o menos. Allí solía la conversación ser amena, y en algún caso instructiva. Argüelles, dulce en su trato, aunque de condición violenta que sabía reprimir; muy amigo de sus amigos, y no menos enemigo de sus enemigos; lleno de honradas preocupaciones casi todas ellas patrióticas; estudioso, pero nada aficionado a ideas nuevas, y tratando hasta de ignorarlas para no reprobarlas, bajaba a la sala, tarde, de la parte alta de la casa donde tenía su dormitorio, que era asimismo cuarto de estudio, trayendo por lo común en la mano una gran jaula que contenía un ruiseñor, porque era hábil en avezar a la vida de encierro estos pájaros ariscos, de suerte que lograba darnos un rato de agradable música de la que poco se disfruta en España. Cuando bajaba con nosotros ya estaba allí sustentando la tertulia el respetable general don Cayetano Valdés, para mí aun más que para otros objeto de respetuoso cariño, porque había sido compañero y muy amigo de mi padre; cuyos modales de caballero, habiendo vivido en roce con las primeras clases de la sociedad, y siendo él mismo de familia distinguida por su antigua nobleza, aparecían en medio de la llaneza de su modo de producirse; de instrucción corta, salvo en su profesión de marino, y aun en esta más de los hábiles marineros que de los sabios astrónomos, no muy escasos en número entre los oficiales de nuestra antigua real armada; de buen juicio, manifestado a veces con singularidades, más que de agudo ingenio; cuya bien merecida fama de valiente estaba hermanada con otra no menor de honrado, y que llevaba con plácida resignación y dignidad las amarguras del destierro, sujetándose a las que eran duras necesidades para hombre acostumbrado a vivir como persona de alta esfera.[96]
El tercero que vino a serlo de aquella familia, que lo venía a ser por la amistad, si no por el parentesco, era Gil de la Cuadra, que por algún tiempo vivió en el campo, y ya en la casa, tomaba menos parte que sus dos compañeros en nuestro trato, soliendo estar él encerrado en una segunda sala contigua a la en que nos juntábamos, escribiendo siempre, y (según corría la voz) formando el plan de una conjuración de cuya ejecución había de ser cabeza Mina; pero como conjuración tal no llegó a ponerse por obra, ni del futuro plan de gobierno para nuestra patria que acompañaba el proyecto apareció cosa alguna en 1834, bien es de suponer que sobre otra materia serían los constantes escritos del autor, hasta ahora sepultados en el olvido, como al cabo de larguísima vida ha venido a estarlo su persona en la tumba. Ocioso sería enumerar quiénes componíamos de continuo aquella reunión diaria, o, hablando quizá con propiedad, nocturna; pero sería injusticia no nombrar entre ellos a don Felipe Bauzá, muerto en Inglaterra en vísperas del día en que nos tocó, y habría tocado a él, volver al suelo patrio, cosmógrafo distinguidísimo y director del depósito hidrográfico en Madrid, a quien haber sido diputado en las Cortes de 1822 y 23 atrajo su desgracia, por causas políticas, a tratar las cuales no era él aficionado. Rara noche dejábamos de asistir Istúriz y yo, que juntos llegábamos sobre las once, y nos retirábamos dadas las doce cuando más temprano. Hablábase allí de varias materias, pero más con mucho que de otra alguna de las políticas. Sobre estas, si no reinaba unanimidad de opiniones, eran cortas en número y no importantes las discordias, olvidado de todo punto lo que en 1820 y hasta últimos de 1822 nos había dividido, y muy presente en la memoria y el juicio lo que en el curso de 1823 hasta la caída del Gobierno constitucional nos había unido con estrecho lazo. Desatinábamos no poco, según yo ahora veo las cosas, y aun según todos deben suponer, si conocen cuán errados son generalmente los juicios en situación tal cual era entonces la nuestra, pero había en nosotros tanta fe, que bien nos hacía merecedores de absolución por nuestros yerros. Eran aquellas sin duda horas de amargura, y bien echábamos de menos la patria ausente, y harto llorábamos la suerte de la causa que habíamos creído para nosotros justa y puede decirse santa, lo cual no obstante, había en nuestra situación algo y no poco que la suavizase: la amistad, que se hace más tierna en la desdicha, algo de lícito orgullo de lo que estimábamos nuestro honrado proceder, y esperanzas, aunque lejanas y débiles nunca del todo perdidas, que nos presentaban un futuro incierto, distante, pero hermoso, como es en sí todo porvenir halagüeño, a lo cual nunca pueden llegar las realidades. En mejores días me ha sucedido, y no a mí solo, volver la vista con la mente a aquellas horas de destierro y pobreza, y considerarlas casi como suele considerarse un bien perdido. Verdad es que nuestros años eran entonces menos, y esto era una gran ventaja cuya pérdida es al hombre por demás dolorosa: verdad es que la edad de la mayor fuerza intelectual y física lleva consigo bienes que dan resistencia y con ella buen ánimo en las mismas desventuras: verdad que
«a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor».
Del imaginado Robinson, en cuya inventada historia encuentran los críticos el mayor mérito el de la habilidad con que el autor da a su narración la apariencia de serlo de sucesos real y verdaderamente pasados, se supone que, al salir de su isla desierta, donde tanto había padecido, sintió vivo dolor, aunque salía de un lugar horrible para trasladarse a uno culto, que era además su patria. No de otra manera, al recordarnos las noches de Londres sentimos tentación de exclamar: «¡Aquellas eran horas felices!». Y una buena razón tenemos para decirlo cuando pensamos en desengaños posteriores, en ilusiones desvanecidas, en yerros propios y ajenos, pues del hombre es errar, y tanto cuanto se dilata la vida se multiplican los errores a la par con los que no lo son, en tantas amistades acabadas, convertidas a veces en enemistades, o pasadas a ser desvío cuando menos. Perdonen mis lectores esta efusión del ánimo contristado al meditar sobre consecuencias forzosas de una vida prolongada, y particularmente de una vida política en que tantas y tales son las mudanzas traídas por modos diferentes de ver las cosas, en que el interés o la pasión suelen cegarnos, pero en que motivos poderosos nos compelen a volver por lo que estimamos el provecho común, impeliéndonos a actos en que, discordando los pareceres, chocan unas con otras las voluntades, siendo el choque, por necesidad, violento.
Volviendo de estas reflexiones, acompañadas de arrebato acaso intempestivo, al tono de narrador, y narrador en estilo llano, cual conviene a quien lo es de nada graves sucesos, diré que, por lo general de la emigración, la tertulia de la casa de Argüelles y Valdés era mirada con cierta clase de respeto. Sin duda, los parciales de Torrijos y otros que, sin serlo de este, miraban ya a Mina con bastante mala voluntad, recelaban, y no sin causa, que, si no con todos los de nuestra tertulia, con los habitantes de la casa en que esta se reunía, privaba en grado no corto el general exguerrillero; pero tal privanza no daba muestras de sí, porque parecía aquella pobre reunión como puesta en superior esfera, a donde no llegaban los como airecillos o vaporcillos de pasiones que influían en los habitantes de Somers Town, o en quienes, viviendo con estos en continuo trato, como ellos pensaban y sentían.
Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos Bazán, un tiempo parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra el harto más importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.
En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado, y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla, donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos, no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas frases de vituperio.[97]
Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano, renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija, menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle, los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello consistía en atribuir al famoso ministro Canning intenciones que nunca tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta, fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool, acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo futuro.
Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre, calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros, y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. Las resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.
Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado, me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el periódico The Times, donde procurase desvanecer la idea de que el pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.
Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en Portugal, y se convertía en día tormentoso, y en encapotársenos más que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad, normanda, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los llamados patois entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas, las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío, pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste, abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra, bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras, y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers Town la población española de Jersey. Los más de los desterrados se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos; pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.
También estaba más pacífica que antes la mermada población española de Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.
En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas a la suerte de España, en la suposición de una empresa encaminada a sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria, por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden, y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora. Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de malas explicaderas, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés, de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía, quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de su intento, pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.
La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo, que de la inquietud han de salir gananciosos.
Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que, influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid, cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal podía alcanzarnos a todos.
Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir, y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría gloria y provecho legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario, el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes; proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso, si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés, andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.
III.
La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación (porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo, con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia. Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados, cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento, cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para resistirle. Y aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada, que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa. No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres que le formaban, don Manuel Flores Calderón, nunca en España de la asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro, y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general, aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando, pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente armada y prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber, dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque, que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino. Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más descabelladas.
Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución de Francia en 1830 que inmediatamente sobrevino.
No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería esta duradera.
Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos, esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados, estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?
Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones, trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles. Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia, encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para entenderse con él Gil de la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor, y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y 23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto, y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje, a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas, siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior su acierto en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de Mendizábal.
Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje, a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución, en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte. Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos, aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia. Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo, cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces poco o nada le conocían.[98]
Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron a un medio altamente vituperable, pero, por desgracia, usado por anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado, encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud de tratados había pagado Francia a particulares españoles para reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814 por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues, a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres, y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con extraña modestia, apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid, como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba. Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres, ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy entendida en tal materia.
No tenía tan buena suerte Mendizábal, a quien, sobre las calamidades comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000 reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía, pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre 9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España, y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor. Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz, como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba. Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento, sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. No es del todo una digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa, que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia, cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él, consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no tal que estuviese el deudor enteramente libre.
Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia, y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución vino a derribarle.
Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso; rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí más que común aliento, agregándose a lo cual, cuando nos acercamos a la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el día 13 me encontré en la capital de Francia.
Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres, por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha, si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso, y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer encubrirlo.
Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823, cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado de influjo entre los periodistas y aun en el ánimo del general Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo que llamábamos dar libertad a España.
Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo; pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.
También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo, y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.
Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco, trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a ciertos presos en el mar cerca de la Coruña en 1823, hecho que fue, como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa, cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota. Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas, esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés, y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.
Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad; pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés, si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a los desmanes populares, si no deseaba que continuase en su patria el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.
Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos. El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido, cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo; pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas, cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato, porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros de mis compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria, cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos días pasó a ser trasladado al sepulcro.
No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le fuese contrario, me dijo: Ah! il ne faut pas, que puede traducirse no hay que hacer eso. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron de ser desabridos, à qui ne faut-il pas? le pregunté, haciendo de la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí producido por sus palabras, se explayó en vagas, pero frías protestas de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su vida, de allí a pocos meses terminada.
Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles. Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que, haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima, y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria, mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole, aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para dictarme lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas, a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse, aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de influir en mi suerte.