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Recuerdos de un anciano

IX.

Reading edition

CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.

No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios, y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una época pasada, y, si no remota, separada de la que la seguía por el campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas, inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga, infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar que lo fue por su torpeza.

Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable, pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen cuales fuesen los medios.

Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces, señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy, si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces en loable medio de ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días. Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios, una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria. Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y del poder francés, nuestro odiado enemigo.

Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones, que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues, en España, y comenzó a tener consistencia hacia 1816. Por una rara casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada. Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el conde del Montijo.[53]

Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria, acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe, y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra de la Independencia el mismo conde había representado algún papel, aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes, apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos. Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar que no hablase de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada, estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente. Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas, y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra, cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono, pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.

Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud, tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado, como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran nuestros pensamientos y afectos de odio al Gobierno establecido en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada, a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos, y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado, separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer más que maldecir en voz baja.

Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días no me permitieron pensar en otra cosa que en mis aflicciones. La tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en las sociedades secretas.

Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro, como si el que corrían ya fuese corto.

De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans, con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal empresa de Lacy. Pero participaban los asociados de las ideas de los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza inglesa comisionados a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después, como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos, aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien, ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con infausta fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que entonces se veían todavía completamente faltos.

Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada. La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo, a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares eran referidos de muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones, cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y de la corte existentes.

No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador, no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado; pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el temor, para la esperanza.

Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera política, como neutralizadas por algún tiempo, fueron agregándose hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos, y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las mandaba.

Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores. Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena fama, cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina constitucional, y tanto que, a manera de otro Saulo, era ya un Pablo resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.

Mucho encerraban de cierto estos rumores, según vinieron a probar los sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de poner en él su confianza.

En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano país a que me llevaba la suerte.

Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos de enero hallé tan mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.

No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud, y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas, estropeadas.

Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución de 1812, poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad; pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.

Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así hiciesen entre sí los hermanos, todos ellos conspiradores, natural era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración; hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado, dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820 una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su cargo las provisiones del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis amigos o hermanos, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas, y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto. Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición, a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal. Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno, pero tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año, Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812, dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.

Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable. Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia. De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz, donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte. De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño de un ejército al cual no podía oponer otro España, o ya fiase en promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo; prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza tan peligrosa y apremiante.

Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día, que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.

La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es, o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz. Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de la aristocracia de aquella ciudad, las más de ellas de edad madura, graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión salían y eran parte quienes se entendían con el conde.

Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición, a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato, pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.

Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible demorar mucho el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla, o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre. Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco, entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque le valía lo que una división para la propuesta empresa. Debía ocurrir a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una rebelión contra el Gobierno. Satisfizo a casi todos esta razón, aunque no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield, por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza, y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.

II.

Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera, donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un tanto ligero, calidad que, viéndose en él demasiado, lo hacía a veces parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un sabio en los varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera, la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo, un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había leído algo,[54] sin método, por lo cual descubría no poca confusión en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a cuento para las materias sobre que hablaba.[55]

Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración, el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando de pies a cabeza el casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield, viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del hombre a acomodar su fe a su deseo.

En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que Sarsfield amenazaba.[56] Pero como el daño no aparecía, continuaba la conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser hecho dentro de corto plazo.

Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne. Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones, medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título de Orador, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser orador más de una vez y en varios lugares, con crédito, y también con descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés, más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre, como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de otras ocupaciones y obligaciones.

Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento, ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa, y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío. ¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!

De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle favorable remate.

Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés, en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba pendiente.

Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones, no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a fuertes indicios, lo segundo era lo probable.

Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón». Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese veracidad al hacer semejante cargo.

Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya oscurecido, se habían cerrado las puertas de la ciudad de Cádiz, entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra, solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz, no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el general con demasiado acompañamiento.

En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo, pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo, obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo, cuyo mando tenía don Antonio Valera, primo mío muy querido y de nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí, pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario. De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.

Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando el Ave María, y dijo en tono de burla: Cantad, cantad, que pronto no cantaréis, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto, se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.

Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58] primeros y segundos, a los cuales intimó que se diesen presos, no expresando sino a medias por qué causa.

Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles proscripciones del triumviro Octavio.

No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso molestar siquiera. Se dejó decir más de una vez que nadie temiese, porque «él era caballero, y a nadie vendería», y cumplió tal palabra, que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir castigo como recompensa.

Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir, excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que, olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.

Y así fue que, cuando una conjuración formidable había venido a parar en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender, prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era ciertamente.

Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó, quedándose en desahogo de vana rabia.

Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al cual había tratado de derribar.

Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa, donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno, y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí sabía que había ido Istúriz con otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo, y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada. A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis esperanzas.

El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo. Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina; siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español, aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y estaba Moreno Guerra, que así nos servía de embarazo a veces, como de distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía, y seguía yo resuelto a embarcarme.

Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción; con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que locura tanta llamase particularmente la atención a mi persona.

Entretanto, recibíamos de la vecina Cádiz noticias que nos daban a creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación, pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten, dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad, si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa. Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero, alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado, y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios. Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades, en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito ni encausado, era dueño de ir y venir según mi antojo, hasta con el carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul, siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.

El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras. Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces, y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo, no le sirvió de grande obstáculo, dando a los pasos de los conjurados una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde 1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas. Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores, pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado y como caído en un pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme, si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas, porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban, y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva, aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.

Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente. El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, dándole su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco recato.

III.

Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa, a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía, y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego a la causa apellidada de la libertad, y más digna de ser llamada de la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia. De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado, como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos, comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad; a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los únicos, con rara excepción, que no habían desistido de trabajar en la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues, sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora, de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz. Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en 1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes, pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a fama.

De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de desorden para traer las cosas a feliz paradero por singulares caminos, aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y una de las principales faltas era la de un general que le capitanease llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador, y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento; este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su triunfo.

En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de la cual después me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general (dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto, aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero, con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó, como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación, soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto de haber caído en cama.

Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada a Cádiz. En este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha, y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.

Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas. Sin embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble, hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo, como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde escribía.[60]

Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho que yo vivía, el teniente de navío que era de la real armada don Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra. Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera, suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología. Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande, pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de España y todos sus agentes.

Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado como una cosa impertinente. El primer lugar a que me encaminé fue la villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos, de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel. Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde. En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé, pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración, un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el día en que a él tocase la guardia de los presos, cumpliría con su obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber lo mismo que los otros.

Yo, en Alcalá, tuve por habitación la prisión de mis cómplices, y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo en ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial, por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio, concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.

Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad, siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá, pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera, donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba, disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler, acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra civil, y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca, poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña, en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito, resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias. Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado, en breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz. Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así, necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió, a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido igual, ni la he tenido después en el largo discurso de mi trabajada vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules. Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante ir al cordón desde los lugares vecinos. «Mayor riguridad», me dijo, «hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a calificar de malo al sargento que tan bien cumplía con su obligación, porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de El Duende (obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo. Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla, encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal alguna de caminante. Esperé a un momento en que el soldado que estaba de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre los militares de «Atrás, paisano». Como su atrás para mí quería decir adelante, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que estaba trabajando en derribarle.

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