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Recuerdos de un anciano

Note 39 — VIII.

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En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de acceder a su voluntad”».

En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi familia.

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