Note 33 — VIII.
Reading edition
Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar, formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a la tertulia de la marquesa de Casa-Pontejos, madre de la excelentísima señora marquesa de Miraflores. Eran estos, entre otros, el duque de Híjar (Agustín), poeta si no de gran mérito, no del todo malo, y regular literato; el actual duque (entonces conde de Salvatierra); el conde de Casa-Tilly (después marqués de Iturbieta); el que llevaba por su mujer el título de Casa-Pontejos; don Fernando Silva (no el afamado corregidor de Madrid, don J. Vizcaíno), y algunos más hoy borrados de mi memoria, y todos, menos el duque de Híjar y yo, salidos ya al teatro del mundo. ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de mano a mano las espuertas de tierra, y las contábamos para gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el pisón, pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas, de palo, pero limpias y cada día nuevas.