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Novelas ejemplares y amorosas

SEGUNDA PARTE. (continued 8)

Reading edition

Ida Beatriz, lo primero que el duque hizo fue poner buena guardia en su palacio, y luego, sin dejar casa ni posada en toda la villa que no se mirase, mandó buscar el tal confidente del conde Fabio, mas no fue hallado, aunque para más satisfacción le trajeron cuatro forasteros que en ella había: y asimismo informado de todos cuantos en su palacio estaban si habían visto a Rosimunda hablar con algún forastero, y diciendo todos que no, creyendo que era más la traición contra la bella Rosimunda que contra él, por descomponerla, lastimado de ello y movido a piedad de su hermosura, honestidad y virtud, y la paciencia con que llevaba aquel trabajo, y lo que más es, guiado por Dios, que no quería que Beatriz muriese, habiéndole dicho que la duquesa, viéndole remiso en darla muerte, estaba determinada a darla veneno, sin que la duquesa lo supiese ni él querer verla, porque no le diese más lástima de la que tenía, la mandó sacar una noche, al cabo de dos días que estaba presa, y que dos criados suyos la llevasen y la pusiesen junto a la fuente donde la habían hallado, sin hacerla más daño que dejarla allí, y así fue hecho; y como la fuente no estaba más de dos leguas de la ciudad, y partiesen con ella al primer cuarto de la noche, cuando llegaron a ella aún no había amanecido; y dejándola allí, como llevaban la orden de su dueño, se volvieron.

¿Quién podrá decir el tierno sentimiento de la afligida reina cuando se vio allí de noche sola y sin amparo, habiendo perdido el sosiego con que en casa del duque estaba, y más por una causa tan afrentosa? Como no se hallaba con prenda de valor para poder remediarse, pues como se ha dicho en casa del duque andaba vestida muy honestamente, no hacía sino llorar, y a cada rumor que oía, ya le parecían, o bestias fieras que la venían a sepultar en su vientre, o salteadores que la violasen su honra; y esto temía más que el morir, porque estaba tal que casi tenía aborrecida la vida.

En esta congoja estaba cuando empezó la aurora a tirar las cortinas de la noche, desterrando los nublados de ella para que Febo saliese, cuando, mirándose Beatriz con los entreclaros crepúsculos del alba, se vio con los ricos vestidos que había sacado de Hungría cuando la llevaron por mandado del rey su esposo a sacarla los ojos: y pareciéndola todas sus cosas prodigios, estando cierta de que aquellos vestidos habían quedado en casa del duque, y ella, con la pena que salió de allí, no se había acordado de ellos; considerando pues estas cosas, juzgó que quien la ponía en tales ocasiones no la desampararía.

Aguardó algo más consolada en qué pararían sus fortunas, llamando a Dios que la socorriese y ofreciéndole aquellos trabajos; cuando siendo ya más de día vio salir de entre los árboles, no un león, ni un oso, ni un salteador, porque estos no la dieran tanto asombro como ver salir a Federico, que si se os acuerda, con su falso doctor y criados se fueron a la floresta cuando dejaron urdida la traición.

No hay duda sino que quisiera más Beatriz verse despedazada de cualquiera de los dichos, antes que verle, y queriéndose poner en huida, se levantó; mas Federico, abrazándose con ella, la dijo:

—Ahora, ingrata y desconocida Beatriz, no te librarán de mis manos tus encantos ni hechizos, ni la jaula de hierro en que me tuviste tanto tiempo, que yo te gozaré en venganza de tus desvíos, y luego te daré la muerte, para excusar la que tú tratas de darme.

—Antes, traidor a Dios, a tu hermano y a mí, verás la mía —respondió Beatriz—, que yo tal consienta. Mátame, traidor enemigo, mátame ahora, si lo has de hacer después.

Diciendo esto, trabajaba por defenderse, y Federico por rendirla, pareciéndole al traidor que luchaba con un gigante, y a Beatriz que sus fuerzas en aquel punto no eran de flaca mujer, sino de robusto y fuerte varón; y andando, como digo, en esta lucha, la dijo Federico, viendo su resistencia:

—¿Qué te cansas, desconocida de mi merecimiento y valor, en quererte librar de mi poder, que aun el cielo no es poderoso para librarte?

Apenas acabó el blasfemo Federico de decir esto, cuando de entre los árboles salió la hermosa señora que en las pasadas angustias la había socorrido, que a paso tirado venía caminando hacia ellos, que como llegó, sin hablar palabra, asió de la mano a Beatriz, y tirando de ella la sacó de entre los brazos del lascivo príncipe y se la llevó, quedando Federico abrazado, en lugar de la hermosa presa que se le iba, con un fiero y espantoso león, que con sus uñas y dientes le hería y maltrataba; y viéndose así, empezó a dar tristes y lastimosas voces, a las cuales acudieron el doctor y criados, que, viéndole en tal estado, sacaron las espadas, de las cuales el león temeroso le soltó, entrando por lo más espeso de la alameda; porque no era tiempo de que la vida de Federico ni los trabajos de Beatriz tuviesen fin.

Quedó Federico tendido en el suelo y mal herido, tanto que a los criados y al doctor les fue forzoso llevarle al primer lugar, donde se estuvo curando muchos días de sus heridas, no pudiendo alcanzar, ni Federico con su entendimiento, ni el doctor con sus artes, cómo había sido aquella transformación, ni adónde se había ido Beatriz, que eso estaba por entonces reservado a quien la llevaba; la cual, con la hermosa señora que la llevó, se halló libre de la fuerza que esperaba recibir.

Daba muchas gracias a su verdadera amiga y defensora de su vida y honor, y ella la animaba y regalaba con amorosas caricias, caminando todo aquel día hasta poco antes de anochecer (a lo que a Beatriz la parecía) fuera de camino; porque unas veces creía que iban hacia adelante y otras que daban vuelta y volvían a caminar lo ya andado, cuando llegaron a unas cabañas de pastores donde la dejó su guía diciéndola:

—Quédate aquí, Beatriz, donde hallarás lo que por ahora has menester.

Y sin aguardar, ni dar lugar a que la respondiese, ni la diese agradecimientos del bien que la hacía, la vio ir por el campo con ligerísima velocidad, dejándola tan desconsolada en su ausencia como la vez primera; porque cuanta alegría recibía su corazón mientras la tenía junto a sí, sentía de pena cuando se apartaba.

En fin, viendo que ya se había encubierto, se llegó a las cabañas donde halló cantidad de pastores y pastoras que tenían, sobre unas pellejas de reses muertas, tendidos unos blancos aunque toscos manteles, y todos sentados alrededor, querían cenar una olla, que estaba sacando una de las pastoras, de tasajos cecinados, los que así como vieron aquella mujer, que en lengua alemana les dio las buenas noches, y tan hermosa y ricamente aderezada, como simples rústicos se quedaron mirándola embelesados, hasta que ella viendo la suspensión, prosiguió diciendo:

—Amigos, por la pasión de Cristo os pido que, si sois cristianos, como me parece, me admitáis y amparéis en vuestra compañía, siquiera por ser mujer, que me he escapado de un gran peligro y vengo huyendo de un cruel enemigo que anda procurando quitarme la vida.

Ellos, habiendo entendido bien la lengua, porque era la misma que hablaban, pues de allí a la corte de Alemania apenas había media legua, la respondieron que entrase, que de buena voluntad harían lo que les pedía.

Con este beneplácito de la pobre gente entró la perseguida reina, y haciéndola sentar a la pobre mesa, cenó, comió y almorzó con ellos; porque desde que salió de casa del duque no había comido bocado, haciéndola todos tanto agasajo y buena acogida que aquella noche, no pudiendo dormir, pensando en sus fortunas, se resolvió a enviar a vender a la ciudad aquellos ricos vestidos; y trocándolos en los pastoriles, quedarse allí con aquella buena gente.

Mas no le sucedió como ella pensaba, y fue el caso que cerca de aquellas majadas de pastores había un soto donde se criaba gran cantidad de caza, y adonde el emperador iba muchas veces a cazar y a divertirse de la pensión que trae consigo la carga del gobierno, y había seis u ocho días que estaba en él con la emperatriz y toda su gente, y un niño único que tenían de seis años, príncipe heredero de todo aquel imperio; y a otro día, volviéndose todos a la ciudad, era fuerza pasar por delante de las cabañas; y como los pastores y pastoras sintieron que venía, salieron todos a verle pasar, y Beatriz con ellos.

Como la carroza en que venían el emperador, la emperatriz y su hijo llegase cerca, y entre la gente rústica viesen aquella dama tan hermosa y bien aderezada, y con vestido de tanta riqueza, extrañando la novedad y el traje, que bien conocieron ser húngaro, mandando parar la carroza, enviaron con un criado a llamarla; que sabido por Beatriz, se llegó y con una cortés reverencia (como ella bien sabía se habían de tratar tan reales personas) los saludó, a la cual el emperador correspondió con otra no menos cortés reverencia, contemplando en su rostro la majestad que en sí encerraba; y con alegre y afable semblante la preguntó que de dónde era, y qué hacía entre aquella gente.

—Poderoso señor —respondió Beatriz—, yo soy de tierras muy extrañas de esta, aunque he asistido algún tiempo en Hungría; sacáronme de mi patria y casa por un engaño, y después de haberme conducido a unos montes, que allá detrás quedan, queriéndome matar en ellos, el cielo, que sabe para qué me guarda, me libró de las crueles manos de mis enemigos y, hurtándome de ellos, llegué anoche a estas cabañas donde esta piadosa gente me amparó: esto es lo que puedo decir a vuestra majestad; lo restante es más para sentido que para contado.

Mirándola estaban el emperador y la emperatriz mientras ella hablaba, maravillados de su gracia y belleza, cuando sucedió una maravilla bien grande, y fue que el niño que junto a su padre estaba, acercándose al estribo de la carroza, como Beatriz estaba tan junto, que tenía las manos puestas en él, la echó los brazos al cuello, y juntando su rostro con el suyo, la empezó a besar con tan grande amor como si toda su vida se hubiera criado en su compañía; lo que visto por Beatriz, le sacó de la carroza, y apretándole entre sus brazos, le pagó en amoroso cariño lo que el príncipe había hecho con ella.

Admirados todos de lo que el niño hacía con aquella dama, juzgando a prerrogativa de la hermosura agradarse todos de quien la posee, dejando a más de cuatro el niño envidiosos de los favores que gozaba, queriendo restituírsele a sus padres, no fue posible, porque daba gritos, llorando por volverse con ella, sin bastar los halagos de su madre, ni el reñirle el emperador, pues era tan grande el sentimiento que el príncipe hacía y tan tiernas y lastimosas las lágrimas que derramaba que los padres, como no tenían otro, compadecidos de él, rogaron a Beatriz entrase en el coche, diciéndola que supuesto que no tenía parte segura donde ampararse de los que la perseguían, que dónde mejor podría hacerlo que en su palacio, donde el príncipe su hijo la serviría de guardia, pues los que le guardaban a él la velarían a ella.

No le pareció a Beatriz ser acaso este suceso, sino encaminado por Dios y su guardadora; y así, besando la mano al emperador y emperatriz y despidiéndose de los pastores, prometiéndoles satisfacerles el bien que de ellos había recibido en albergarla aquella noche, se fue con el emperador, tan contentos él y la emperatriz de llevarla que, si hubieran ganado un reino, no fueran más gozosos: a tanto obligaba el sereno, honesto, y hermoso rostro de Beatriz, que cuantos la miraban se le aficionaban.

Las alegrías que el niño mostraba admiraban a todos, pues no hacía sino apartar su cara de la de Beatriz y mirarla, y luego, riéndose, volver a juntarse con ella, quedando desde este día a su cargo la crianza del príncipe, porque no había que intentar apartarle de ella: con ella comía y dormía, y en tratando de dividirle de su compañía, lloraba y hacía tales ansias que temían su muerte. Queríanla tanto por esto los emperadores que no es posible ponderarlo; y ella amaba al príncipe más que si fuera su hijo.

En fin, la dejaremos en esta paz y quietud tan amada, respetada y servida como si estuviera en el reino de Hungría; y vamos a Federico y su doctor, que ya sano de sus heridas y tan enojado contra la reina, por parecerle que por artes mágicas le había puesto en tal peligro que si la tuviera en su poder (como cuando la tuvo en la fuente), no aguardara a gozarla, como entonces intentó, sino que la diera la muerte, bien pesaroso de no haberlo hecho entonces.

Preguntó un día a su doctor qué le parecía de tales sucesos.

—¿Qué quieres, príncipe, que me parezca —respondió el doctor—, sino que tú y yo tenemos suerte enemiga? Porque no puedo, por más que lo procuro, alcanzar qué deidad defiende a esta mujer, contra quien no valen nada mis artes y astucias. Solo alcanzo que si dentro de un año no muere, nos hemos de ver tú y yo en la mayor afrenta que hombres en el mundo se hayan visto; y no puedo entender sino que es grandísima hechicera y maga; porque aunque he procurado saber después que estamos aquí dónde o quién la ha escondido, no lo he podido alcanzar hasta hoy, que me ha dicho un familiar mío que está en el palacio del emperador de Alemania, muy querida y estimada de todos, porque un niño de seis años, hijo del emperador, la quiere más que a su madre, a cuya causa los padres la aman ternísimamente; y lo que se ha de temer es no descubra al emperador quién es y lo que la ha pasado contigo; y descubierto, no hay duda que dará cuenta al rey tu hermano, el cual desengañado y sabida la verdad, tú morirás, y yo no quedaré libre por haberte ayudado.

Dirás cómo, sabiendo tanto, no acabo con ella. A eso te respondo que contra esta mujer ni tu acero puede cortar, ni mis artes tienen fuerza, por una sombra que la ampara, que no puedo alcanzar quién se la hace, ni mis familiares tampoco; porque hay cosas que hasta a los demonios las oculta Dios por sus secretos juicios; y es tan grande el amparo que tiene, que aunque ahora quisiera llegar a ella (como llegué cuando en casa del duque la puse en las mangas las cartas con que la saqué de allí y la puse en tu poder), no fuera posible: y esto es desde el día que en la fuente te la sacaron de las manos, y en su lugar dejaron el león que te ha tenido en el estado en que te has visto.

Pues dejarla que viva es peligroso para nosotros, que tarde o temprano se ha de venir a descubrir, y corremos el mismo riesgo; lo más acertado es procurar que muera por ajenas manos; y el cómo ha de ser en esta forma: yo te pondré dentro del palacio del emperador y en la misma cámara donde duerme con el niño príncipe: cuando ya el sueño los tenga a todos rendidos (que entrar yo es imposible, por esta sombra que digo que la defiende), pondrasla debajo de la almohada una yerba que yo te daré, que provoca a un sueño tan profundo que, mientras no la despertaren, dormirá seis días: y como esté así, mátale el niño y luego ponle la daga en la mano para que, viéndola de este modo, juzguen que ella le ha muerto, que con esto acabaremos con ella; pues claro es que la han de mandar degollar en venganza de la muerte del príncipe, con que quedaremos libres; y si esto no se hace, no hay que aguardar otra cosa: mira si te parece a propósito y si te determinas a ello, y si no, sigue tu parecer y gusto, que yo me quiero volver a mi morada, porque estoy dudoso si me guardarás el secreto prometido, de que se me seguirá mucha pérdida, cuando no sea en mi vida, en mi saber, que en él está la fuerza de mis artes; y quiero, si lo hicieres, estar lejos del peligro; porque el día que (aunque sea confesándote) lo descubrieres, ese día moriremos tú y yo, y no es la vida tan poco amable que se desee perder; y sería, sobre haberte bien servido, llevar mal galardón.

—¿Cómo irte a tu morada? —respondió Federico, abrazando al doctor—: mientras yo viva no consentiré tal; y para que con más seguridad estés, dame la mano y palabra de que de día ni de noche te has de apartar de mi lado, que yo te la doy de lo mismo; y en cuanto al secreto, te vuelvo a prometer, como hijo de rey y príncipe que soy (y rey que espero ser), de guardártelo de modo que, aunque me confiese, no confesaré lo que entre los dos pasa, ha pasado y pasará; y antes dejaré de confesarme porque pierdas el temor.

—No confesarte —dijo el doctor— fuera causar mucho escándalo, que al fin eres cristiano y lo has de hacer, aunque no sea sino por cumplir con el mundo: calla lo que importa, y di lo demás, que más de dos hay que lo hacen de este modo.

—Así será —dijo Federico—, y vamos luego a matar ese niño para que muera esta enemiga, ya que no puede mi acero ejecutar en ella la rabia de mi pecho.

Con esto dando orden a los criados los aguardasen allí, sin que por accidente alguno se apartasen de aquel lugar hasta que ellos volviesen, se salieron paseando por el campo, y aquella misma noche puso el doctor a Federico dentro del palacio del emperador, y aguardando a que todos se sosegasen, ya cuando fue tiempo le llevó a la puerta de la cámara donde Beatriz con el niño dormía, descuidada de esta maldad; y dándole la yerba que queda dicho, le dijo:

—Entra, príncipe, que aquí te aguardo, y advierte que en lo que vas a hacer no te va menos que la vida: no te ciegue ni engañe la hermosura, ni el amor de esta tirana, que si te cogiera a ti como tú la tienes a ella, yo te aseguro que no te reservara.

—Déjame ese cargo —respondió Federico, maravillado del gran saber del doctor—, que cuando no fuera por lo que me va a mí en ello, solo por tu gusto, aun a mi hermano no perdonara la vida; y si no dime que se la quite, y verás con obedecerte lo que te estimo.

—Así lo creo —dijo el doctor—, eso será para después, que deseo tanto verte rey que pienso que no hemos de aguardar a que el curso de los años se la quite: y no te espantes de que tema a un hombre enamorado en presencia de una mujer hermosa, que es un hechizo la hermosura que a todos mueve a piedad; y porque sé tanto, alcanzo que por amor se perdonan muchos agravios.

Con esto Federico entró, y el doctor se quedó aguardando fuera, que como llegó junto a la cama vio dos ángeles; humanémoslo más: vio a Venus y a Cupido dormidos, porque en la cuadra había grande luz.

Era la crueldad de este hombre mucha, pues no le ablandó tan hermosa vista; mas no hay que espantar, que estaba ya el rigor apoderado de él: púsola la yerba debajo de la almohada, y quiso hacer experiencia del saber del doctor, su amigo, y sacando la daga fue a herir a Beatriz en medio del blanco pecho, diciendo:

—Ahora, alevosa reina, con una muerte me pagarás tantas como por ti he dado.

Mas no fue posible poder mandar el brazo: con lo que satisfecho de la verdad que su doctor le trataba, la volvió contra el inocente príncipe, y dándole tres o cuatro puñaladas le dejó dormido en el eterno sueño; y luego, poniendo en la mano de Beatriz la daga bañada en la inocente sangre, se volvió a salir adonde esperaba el doctor y juntos se fueron al campo inmediato a las cabañas de los pastores donde Beatriz estaba cuando la halló el emperador, porque allí le dijo el doctor se había de ejecutar la justicia de Beatriz, para verla por sus ojos y quedar seguros de ella.

Llegó la mañana bien triste y desdichada para el emperador y todo el imperio de Alemania; pues como las criadas que asistían a Beatriz y al príncipe vieron ser hora, entraron a la cámara y hallaron el cruel y lastimoso espectáculo, y dando gritos, fueron donde estaban el emperador y emperatriz diciendo:

—Venid, señores, y veréis la tragedia de vuestro palacio e imperio, pues la traidora Florinda —que así había dicho se llamaba— os ha muerto a vuestro amado hijo.

Los ansiosos padres, con tales nuevas traspasados, fueron a ver lo que aquellas mujeres les decían; y así como se ofreció a sus ojos tal lástima y dolor, empezaron como gente sin juicio a dar voces, mesando la emperatriz sus cabellos y el emperador sus barbas, a cuyas voces despertó Beatriz despavorida, que hasta entonces le había durado el diabólico sueño; y no hay duda que, si antes hubiera despertado, con la misma daga que tenía en la mano se hubiera quitado la vida; quien como se vio bañada en sangre y al niño muerto, y que ella, con la daga que tenía en la mano, daba muestras de ser la agresora de tal delito, no hizo más de alzar al cielo los ojos, bañados de tiernas y lastimosas lágrimas, y decir:

—¡Ya, Señor, veo que de esta vez es llegado el fin de mi desdichada y perseguida vida! Y pues conozco que esta es tu voluntad, también es la mía: yo moriré contenta de que no la debo y de que aquí tendrán fin mis persecuciones, y con una muerte excuso tantas como cada día padezco; y así, mi desengaño sea mi silencio, porque deseo morir sin contradecir a lo que dispones.

A este tiempo ya el emperador, ciego de ira, había mandado llamar al gobernador, que venido, mandó que tomasen a aquella mujer, así desnuda como estaba, y la llevasen a la misma parte donde la habían hallado, y allí la cortasen la cabeza, y que ella y la mano se pusiesen en el mismo camino, con letras que dijesen su delito; y dando orden que se enterrase el príncipe, él y la emperatriz se retiraron a llorar la muerte del amado hijo.

Sacaron a la hermosa reina, así desnuda como estaba, del palacio, y por llegar más presto (como hasta la parte dicha había media legua), la entraron en un coche, y también porque no la mirasen los ciudadanos, que dando voces andaban como locos lamentando la muerte de su príncipe, antes de ejecutar la justicia; y como la vana ostentación del mundo hasta en los cuerpos sin alma se guarda, no pudo ser el entierro del niño tan presto que primero no llegasen con la hermosa señora al lugar del suplicio: luego que estuvieron en él, sacándola del coche, atadas las manos, la pusieron en mitad de aquel campo, en medio de un armado escuadrón, para que todos los que la seguían la viesen mientras se levantaba un alto cadalso, donde se había de ejecutar la justicia, que muchos oficiales armaban a gran prisa.

Estaba la inocente y mansa corderilla cercada de carniceros lobos, con ojos llorosos mirando con la prisa que se disponía su muerte: llamaba muy de veras a Dios, ofreciéndole aquel y los demás martirios que había padecido; y el traidor Federico y su compañero, entre la gente, mirando lo que tanto deseaban, cuando bajando Beatriz los ojos del cielo, donde los tenía puestos, y extendiendo la vista por el campo, vio venir rompiendo por el tumulto de la gente a largo paso a su defensora y amiga, aquella hermosa señora que la había dado su favor en tantos peligros como se había visto, quien como llegó la dijo:

—En estas ocasiones, Beatriz, se conocen las verdaderas amigas.

Y desatándola las manos, tomándola por una de ellas, por entre toda la gente, paso a paso, la sacó de entre todos, hallándose Beatriz a este tiempo con los mismos vestidos que salió de su casa y se le habían quedado en el palacio del emperador, y llevola muy distante de allí, poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, en donde había una cristalina y pequeña fuentecilla, y del otro lado una verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto; y como llegó allí la dijo la hermosa señora:

—Entra, Beatriz, dentro de esa cueva, que esta ha de ser tu morada hasta que sea tiempo; en ella hallarás lo que has menester, que quiere Dios que por ahora no comuniques con más gente que con las voladoras aves, simples conejuelos y sueltos gamos, donde te hallarás mejor que con los hombres: vive en paz, ama la virtud y encomiéndate a Dios, y acuérdate de mí, que soy la que te ha sacado del aprieto en que te has visto.

—¡Ay, señora! —dijo Beatriz arrodillándose a sus pies—: no os vayáis sin decirme quién sois, para que sepa a quién tengo de agradecer tantas mercedes, que olvidarme de vos es imposible.

—Aún no es tiempo que lo sepas.

Y diciendo esto se fue con notable ligereza, dejando a Beatriz absorta, siguiendo con los ojos sus pasos, y con el sentimiento que todas las veces que se apartaba de ella quedaba; y cuando la perdió de vista se levantó y entró en la cueva, la cual no tenía de hueco más de algunos veinte pasos, y toda labrada en la misma peña.

A un lado de ella estaba una cruz grande, formada de dos maderos con mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies y de los que tenía en los brazos estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie un pequeño lío en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora y otras oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y, enfrente, unas pajas donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente, que había trocado esta vida, llena de penalidades, con la eterna; la cual viendo esto, desnudándose el vestido, haciéndole un lío, le puso a un lado de la cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y cubriendo el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos, con el alimento que en la verde palma y clara fuentecilla halló, los regalados manjares de la casa del duque ni palacio del emperador.

Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, pasando esta unos ratos orando y otros leyendo. Volvamos al lugar del suplicio y a la corte del emperador, que no hay poco que decir de ellos.

Acabose de levantar el cadalso, que porque fuese más bien vista su muerte se mandó hacer muy elevado; y queriendo, para ejecutar la justicia, llevar a él a Florinda, que así la llamaban todos, como a un tiempo fue el ir por ella y llevársela su defensora, y vieron que delante de sus mismos ojos faltaba, quedaron los engañados ministros tan asombrados como cuando el caminante, que en noche muy oscura siguiendo su viaje, de repente se le ofrece a la vista un repentino relámpago que, dejándole deslumbrado, no sabe lo que le ha sucedido: así quedaron los que, al tiempo de asir de Florinda, se hallaron sin ella, mirando a una parte y a otra por ver por dónde se había ido; no quedando menos admirados que los demás Federico y el doctor, no pudiendo imaginar dónde se hubiese ido: unos decían: «Aquí estaba ahora»; otros: «Mirándola sin apartar los ojos de ella, se me ha desaparecido de ellos». Estos le llamaban «milagro», y aquellos «encantamiento»: solo el doctor, que era el que más espantado estaba de que a su saber se le encubriese, dijo a Federico:

—¡Qué nos cansamos! mientras esta sombra se la hiciere a esta mujer, no hemos de tener poder contra ella.

Pues estando de esta suerte, sin saber qué hacerse ni qué disculpa darían al emperador, vieron venir a todo el galope de un caballo un caballero de palacio, dando voces que si no estaba ejecutada la justicia, se suspendiese y diesen vuelta con Florinda a palacio, que así lo mandaba el emperador: que como llegó le dijo al gobernador lo mismo, y cómo, al tiempo de llevar a sepultar al príncipe con general sentimiento de todos, había resucitado levantándose sano y bueno, diciendo a voces:

—No maten a Florinda, que no me mató Florinda; antes por Florinda tengo vida; tráiganme a Florinda, vayan presto, no la maten, que está inocente, que no me mató, sino un traidor por hacerla mal a ella.

Nuevas admiraciones causaron estas nuevas, y viendo que no parecía, ni por más vueltas que dieron por el campo la hallaban, volvieron a dar cuenta al emperador de todo, y fue tanto y tan grande su sentimiento de que no pareciese como si la hubieran muerto; y más viendo que el niño lloraba tanto por ella y decía que sin Florinda no quería vivir.

Ida la gente, quedaron solos Federico y el doctor, a quien dijo el príncipe:

—¿Qué me dices de tales sucesos como estos, doctor amigo?

—Qué quieres que te diga, sino que tengo agotado el entendimiento, deshecha y deslucida la sabiduría viendo lo que pasa; y que a mí, que no se me encubre cuanto sucede en el mundo, y aun lo que en las profundas cavernas del infierno hay lo miro y juzgo como si estuviera en cada parte; no puedo alcanzar este secreto, ni en qué virtud se libra esta mujer de tantos peligros como la ocasionamos tú y yo, y no sé, aunque más lo procuro, si en virtud de Dios o de algún demonio se hace esto.

Mirándola estaba cuando se desapareció, y no vi más de que la encubrieron, sin saber quién, ni por ahora alcanzo dónde está; solo sé que la hemos de volver a ver, mas entonces será con gran riesgo de los dos, y así es menester que de nuevo tornemos tú y yo a prometernos el no apartarnos uno del otro en ningún tiempo ni ocasión; porque unidas nuestras fuerzas no la basten las suyas contra nosotros, y ahora demos la vuelta a Hungría por aliviar la pena que tu hermano y todo el reino tiene por ti, y allí obraré con más fuerza y sosiego de mis encantos, para ver si podremos obrar contra ella antes que lo ejecute contra nosotros; y en caso que no se pueda hacer, será lo más acertado quitar a tu hermano la vida con alguna confección que le demos, que siendo tú rey, poco podrá contra ti.

Pareciole bien a Federico el consejo del doctor, y dándole de nuevo palabra de no apartarle de sí en ningún tiempo, ni de noche ni de día, se fueron donde habían dejado los criados, y de allí a Hungría, donde hallaron al rey bien penado por no saber nuevas de su amado hermano, y todo el reino muy triste, no sabiendo de su príncipe; y por su venida hicieron grandes fiestas; pues como el rey no se quería casar, tenían todos puestos en él los ojos; y aunque le conocían mal inclinado, era, en fin, hijo de su rey y hermano del que tenían.

Ocho años estuvo Beatriz en la cueva, sin que el mal doctor pudiese en todos ellos descubrir dónde estaba, y ella tan contenta en aquella morada, gozando tan quieta y pacífica vida que ya no se acordaba de reino ni de esposo, sin que persona humana viese sus ojos en todo este tiempo. Toda su compañía eran simples conejuelos y medrosos gamos con tiernas cervatillas, que estaban tan hallados con ella que se le venían a las manos como si fueran mansos cachorrillos, gozando de la alegre música de las aves, con quienes se deleitaba y entretenía.

Solo sentía mucha pena de no haber visto en todos estos años a su amada amiga y defensora, aquella hermosa señora a quien tanto debía, y casi amara el verse en peligro por volver a gozar de su vista; cuando una mañana, al empezar a reír el alba, estando durmiendo, se oyó llamar de la misma suerte que cuando estaba sin ojos entre las peñas, diciéndole:

—Dios te salve, Beatriz amiga.

A cuya voz, abriendo los soñolientos ojos, vio junto a sí a su querida y amada defensora, y levantándose despavorida y alegre, se arrodilló delante de ella, diciendo con lágrimas de alegría:

—¡Ay, señora mía, y qué largo tiempo ha que no os veo! ¿Cómo os habéis olvidado de mí, como quien tanto sabe las ansias que por veros he tenido? Decidme: ¿cómo no me habéis venido a ver? Que a saber yo dónde os pudiera hallar, no me hubiera detenido en buscaros.

—Yo —respondió la señora— nunca me olvido de quien verdaderamente me ama, que aunque tú no me has visto, yo te he visto a ti; mas como hasta ahora no has necesitado de mi favor, no he venido a que me veas; y porque ya es tiempo que los deseos que tienes de saber quién soy se cumplan, antes de decirte a lo que vengo, quiero que me conozcas y sepas que soy la Madre de Dios.

En diciendo esto, como ya era la voluntad de Dios y la suya que la conociera, al punto, en el diáfano manto azul, que aunque de este color, más era sol que manto, en los contornos de la plateada luna, en la corona de estrellas, en el clarísimo resplandor de su divino y sagrado rostro, en los angélicos espíritus que la cercaban, conoció Beatriz a aquella soberana reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, y puestos los ojos en ella, así como estaba de hinojos, se quedó inmóvil y elevada gran rato, absorta en tan gloriosa vista.

Goce Beatriz este favor tan deseado mientras que yo pondero este misterioso suceso, y digo que es gran prueba de nuestra razón la que sucedió a esta hermosa y perseguida reina, que para defenderse de la lasciva crueldad de un hombre, no le bastase su santidad y su honestidad, con todas las demás virtudes de que se cuenta era dotada, ni con su divino y claro entendimiento disimular y celar el amor de que tantas veces y en tan varias ocasiones se había dado por desentendida, ni el excusarse de que hallase en ella más cariño ni agrado cuando le escribió el papel, ni tenerle el tiempo que estuvo en la jaula de hierro; nada bastó contra la soberbia e ira de este hombre, sino que fue menester todo el favor y amparo de la madre de Dios.

¡Ah, hermosas damas, si consideráis esto, y qué desengaño para vuestros engaños! El poder de la madre de Dios es menester para librar a Beatriz de un hombre, resistiéndose, apartándose, disimulando, prendiendo, y tras todo esto no se puede librar de él si la Madre de Dios no le libra. ¿Qué esperáis vosotras, que los amáis, que los buscáis, que los creéis, y os queréis engañar?

Porque lo cierto es que si fuéramos por un camino y viéramos que cuantos han caminado por él han caído en un hoyo que tiene en medio, y viendo caer a los demás, nosotras fuésemos a dar en él de ojos, sin escarmentar de ver caer a otros, ¿qué disculpa podríamos dar, sino que por nuestro gusto vamos a despeñarnos en él?

Veis la parienta burlada, la amiga perdida, la señora deshonrada, la plebeya abatida, la mujer muerta a manos del marido, la hija por el padre, la hermana por el hermano, la dama por el galán; y finalmente veis que el día de hoy el mayor honor y la mayor hazaña de que se precian los hombres es de burlaros, y luego publicarlo y decir mal de vosotras, sin reservar ninguna, sino que en común hacen de todas una ensalada, ¿y no tomaréis ejemplo las unas de las otras?

¿Para qué os quejáis de los hombres, pues, conociéndolos, os dejáis engañar de ellos, fiándoos de cuatro palabras cariñosas? ¿No veis que son píldoras doradas? ¿No consideráis que a las otras que burlaron dijeron lo mismo, que es un lenguaje estudiado con que os están vendiendo, un arancel que todos observan; y apenas os pierden de vista, cuando, aunque sea a una fregatriz, la dicen otro tanto?

Y lo que más habíades de sentir es cuando, juntos en corrillo, dicen que os hallan tan a la mano que vosotras mismas los rogáis, y que hallan mujeres a cuarto de castañas, o a este papel de a cuarto. ¿No os afrentáis de esto? ¿No os caéis muertas de sentimiento?

Pues de mí digo que, con no ser comprendida en estas leyes, porque ni engaño ni me pongo en ocasión que me engañen, ni he menester los desengaños, me afrento, de manera que quisiera ser poderosa de todas maneras para apartaros de tal vicio y para defenderos de tales desdichas.

¡Y que nada os obligue a vosotras para libraros de ellas! Pues mirad cómo esta reina que, pues merecía tener el favor de la Madre de Dios, buena era; pues si siendo buena tuvo necesidad de que la Madre de Dios la defendiese de un hombre, vosotras, en guerra de tantos y sin su favor, ¿cómo os pensáis defender?

Volved, volved por vosotras mismas, y ya que no estimáis la vida, pues a cada paso la ponéis en riesgos, estimad el honor, que no sé qué mujer duerme sosegada en su cama, sabiendo que en los corrillos están diciendo mal de ella los mismos que debían encubrir su falta, habiendo sido instrumento de que cayese en ella; que en las pasadas edades más estimación se hacía de las mujeres, porque estas la tenían de sí mismas, y entonces, como les costaban más, las aplaudían más, y los poetas las alababan en sus versos y no las ultrajaban como ahora, que no se tiene por buen toreador el que no hinca un rejón.

Ahora volvamos a Beatriz, que la dejamos elevada y absorta en aquella divina vista, que en lo demás yo pienso que me canso en balde, porque ni las mujeres dejarán de dar ocasión para ser deshonradas ni los hombres se excusarán de tomarla; porque a las mujeres les huele mal el honor y a los hombres el decir de ellas bien, y así anda todo de pie quebrado: es la gracia que tienen todos, y todos los tejados de vidrio, y sin temer las pedradas que darán en el suyo, están tirando piedras a los demás, y de lo que más me admiro es del ánimo de las mujeres de esta edad, que sin tener el favor y amparo de la Madre de Dios, se atreven a fiarse del corazón de los hombres, bosques de espesura, que así los llamó el rey don Alonso el sabio en lo verdadero, y el dios Momo en lo fabuloso, donde no hay sino leones de crueldades, lobos de engaños, osos de malicias y serpientes de iras, que siempre las están despedazando el honor y las vidas, hartando su hambre y sed rabiosa en sus delicadas carnes, que bien delicada es la vida y bien débil el honor, y con ver salir a las otras despedazadas, se entran ellas sin ningún miedo en ellas.

Pues, como digo, estaba Beatriz arrodillada y tan fuera de sí, mirando aquella divina señora, de quien tan regalada se hallaba que se estuviera así hasta el fin del mundo, si la santísima Virgen no le dijera:

—Vuelve en ti, amiga Beatriz, que es ya tiempo que salgas de aquí y vayas a volver por tu honor, que aunque padeces sin culpa, eso y tu paciencia es bastante para darte el premio de tus trabajos: quiere mi Hijo que sus esposas tengan buena fama; y por eso a muchas a quien el mundo se la ha quitado, aun después de la última jornada de él, permite que con averiguaciones bastantes, como las que se hacen en su canonización, se la vuelva el mismo que se la ha quitado; mas de ti quiere que tú la restaures y quites a tu mismo enemigo el peligro que tiene de condenarse; y a tu esposo y padres, juntos con los dos reyes de Inglaterra y Hungría, la mala opinión en que te tienen. Toma este vestido de varón y póntele, dejando ahí los dos que te han servido en tus penas e inquietudes, y estas yerbas.

Diciendo esto, le dio el vestido y una cestilla de unas yerbas tan frescas y olorosas que bien parecía que las traía aquella que es vergel cerrado y oloroso; y prosiguió diciendo:

—Estas no se te marchitarán jamás, sino que siempre las hallarás como te las doy: vete a Hungría, donde por voluntad y permisión de mi Hijo todos padecen de una cruel peste que ha dado tal, que no vale la diligencia de los médicos humanos para reservar a los tocados de ella de la muerte; solo a ti, por medio de estas yerbas, es otorgado el poder; mas ha de ser de este modo: que el herido de este mal que quisiere ser sano se ha de confesar de todos sus pecados, sin reservar ninguno, por feo que sea, delante de ti y otra persona que tú señalares; y hecho esto, habiendo sacado el zumo de esta yerba, le darás a beber una sola gota, con que al punto quedará sano; mas advierte, y así lo hagas tú a los que curares, que en dejando de confesar algún pecado, o por vergüenza o malicia, al punto que beba el salutífero y suave licor, le será riguroso veneno que le acabará la vida con gran peligro de su alma.

Levantose Beatriz, oído esto, y quitándose el saco de jerga se puso el vestido, y llevando el arreo que se quitaba a la cueva, le puso en el lugar que le había hallado; y despidiéndose de aquella morada con tierno sentimiento, tomó su cestilla acompañada de su gloriosa defensora, quien tomándola por la mano la sacó de entre las peñas y la puso en el camino, enseñándola por dónde había de ir, y abrazándola y dándola su bendición, y ella arrodillada, con muchas lágrimas por apartarse de aquella celestial señora, la besó los pies con tal sentimiento que no se quisiera quitar jamás de ellos, pidiéndola que siempre la amparase; y la santísima Virgen, ya que se quería partir, la dijo:

—Anda, hija, con la bendición de Dios y mía, y sanarás a todos los que hicieren lo que he dicho, en el nombre de Jesús, mi amado Hijo.

Y dejándosela así, arrodillada, se desapareció, quedando la santa reina tan enternecida de que se hubiese partido de ella que no acertaba a levantarse ni quitar la boca del lugar adonde había tenido sus gloriosos pies; y así estuvo un buen espacio hasta que, viendo ser justo obedecer lo que le había mandado, se levantó y empezó a caminar.

Como fuese entrando por el reino de Hungría, era cosa maravillosa de ver la gente que sanaba, así de un sexo como del otro, tanto que a pocos días volaba su fama por todo el reino, llamándole el médico milagroso, hasta que llegó a la misma ciudad donde residía la corte, la cual halló en más aprieto que las demás que había andado, tanto porque como allí había más gente y el mal estaba apoderado de los más, cuanto porque estaba herido de él el príncipe Federico, en tanto grado que no se tenían esperanzas de su vida, por no aprovecharle los remedios que los médicos le hacían; y como no había otro heredero, el rey y el reino estaban muy penados.

Empezó Beatriz a hacer sus milagrosas curas, sanando a tantos con ellas que apenas la dejaban hora para dar algún reposo a su cuerpo, y junto con esto, a no hablarse de otra cosa sino del médico milagroso, unos creyendo ser algún santo, y otros teniéndole por ángel; de suerte que llegaron las nuevas al rey, a quien afirmando todos los que lo sabían que sanaba a tantos, deseoso de la vida de su amado hermano, envió por él, y venido, le prometió grandes mercedes si le daba salud.

—Vamos adonde está, respondió Beatriz, que como el príncipe haga lo que los demás hacen, sanará sin duda.

Oído esto por el rey, la tomó por la mano y la entró adonde estaba Federico en el lecho, tan malo y debilitado que parecía que apenas duraría dos días. Tenía a la cabecera a su mágico doctor y amigo, que de día ni de noche se apartaba de él, y si bien había ya hecho las prevenciones que todo cristiano debe hacer para partir de esta vida, habían sido tan falsas como quien había prometido a su doctor no decir, ni aun al confesor, el secreto que los dos sabían.

Pues viéndole el rey tan fatigado, le dijo:

—Ánimo, amado hermano mío, que aquí tienes el milagroso médico que te dará con el favor de Dios la vida, como la ha dado a cuantos en todo el reino padecían de este mal.

Alentose Federico, y poniendo en Beatriz los ojos, le dijo:

—Haz tu oficio, doctor, que si me sanas, prometo hacerte el mayor señor de Hungría.

—Hemos menester —dijo a esta sazón el mágico— saber en qué virtud curas, si es por ciencia, o por yerbas, o palabras.

—¿Pues tú —respondió Beatriz— que tanto sabes, ignoras en qué virtud curo? En la de Dios, que puede más que tu falsa mágica.

Calló el mágico, oído esto, y Beatriz, volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Sabes, príncipe, lo que has de hacer para que te aproveche el remedio que te he de dar?

—No —dijo Federico—. Adviérteme de todo, porque no pierda la cura por ignorar lo que se ha de hacer.

—Pues tú has de confesarte de todos tus pecados, sin dejar ninguno por vergüenza ni malicia, delante del rey tu hermano y de mí: mas mira, príncipe, lo que haces, que si no te confiesas de todo y te queda alguno, en lugar de vivir, morirás.

¡Gran misterio de Dios, que estaba hablando con los mismos que la perseguían, sin ser conocida de ninguno, y del mágico menos! Pues viendo Federico que había nombrado al rey, vuelto a su doctor, le dijo:

—Ya ves, doctor, que no puede ser menos: da lugar para que haga lo que este buen hombre dice que he de hacer.

Riose el doctor, y volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Pues cómo, príncipe, te olvidas que me tienes prometido, como quien eres, de no apartarte de mí? ¿Será justo que un rey quiebre su palabra? Según esto, ni yo puedo irme ni tú enviarme. Mira esto, hombre, cómo ha de ser, que menos que hecho pedazos no cederé del derecho que tengo a tu promesa.

Mudo quedó Federico, sin saber qué responder a lo que el doctor hablaba, viendo que decía verdad.

A lo que Beatriz respondió, inspirada del cielo:

—Estate quedo, engañador, no te vayas, que poco importa que estés presente, pues tú siempre lo estás a todo; mas por esta vez no te valdrán tus astucias ni saber, que hay quien sabe más que tú.

Con esto, sentándose el rey y Beatriz, y el doctor, Federico se confesó de todos sus pecados, excepto de las traiciones tocantes a la reina, estando muy contento el mágico, viendo cómo observaba el príncipe lo que le tenía prometido, quien luego que acabó y dijo no tener más que decir, viendo Beatriz que era diferente, le dijo:

—¿No tienes más que decir?

—No —dijo Federico.

—¿No? —replicó Beatriz. Pues mira lo que haces hasta darte el licor: yo te lo daré, que en esta vasija le tengo; mas advierte que si te dejas alguna cosa, por mínima que sea, en el mismo punto que le bebas no solo perderás la vida, mas también el alma.

Tembló oyendo esto Federico, y volviéndose al rey le dijo:

—Hermano mío, prometedme, como rey, perdonarme lo que hubiere cometido contra vos, y otorgadme la vida, que menos que con esto no puedo hacer lo que este buen hombre pide.

—Yo, hermano amado —dijo el rey—, os perdono, aunque hubiérades tratado de quitarme la vida, y os otorgo la vuestra, y quiera Dios que, obrando este milagroso remedio, la tengáis por muchos años.

—Pues, doctor amigo —dijo Federico, vuelto al mágico—, perdona, que morir y condenarme son dos males terribles; y no es razón que, por guardarte a ti la promesa que te hice loco, pierda la vida del alma y cuerpo, cuando estoy cuerdo.

—¿De esa manera cumples lo que prometes? —dijo el mágico—. ¿Qué esperanzas darás a tus súbditos para cuando seas rey? Y yo me quejaré de ti, y te infamaré por todo el mundo de perjuro.

—Más importa el alma y la vida —dijo Federico.

Y sin aguardar a más preguntas ni respuestas, declaró todo lo que tocaba a la reina, diciendo cómo había sido quien la había enamorado y perseguido, y cómo ella, por librarse de él, le había encerrado en la jaula de hierro; cómo había fingido con el saber del doctor las cartas, estando en la casa del duque; cómo la había querido forzar antes de matarla en la fuente; cómo le había muerto el niño príncipe en casa del emperador, y cómo, estando para degollarla, se había desaparecido; lo que había oído del caballero de casa del emperador que había venido a que no se ejecutase la justicia, porque el niño había resucitado; cómo la había hallado con los ojos, siendo cierto que los monteros se los habían sacado; y cómo, por más que habían procurado saber qué se había hecho, no lo habían podido alcanzar, ni el doctor con su saber, ni él con sus diligencias; y cómo tenían intención de matar al rey, porque si en algún tiempo pareciese, no los castigase.

Finalmente, no dejó cosa que no la descubriese, lo que visto por Beatriz, dándole la abujeta del licor, al punto quedó sano.

Como el rey, que atento estaba a lo que su hermano decía, se enterase de la inocencia de la reina y lo que había pasado de trabajos y persecuciones, y no supiese dónde la hallarían para pedirla perdón y volverla al estado que merecía, llorando tiernamente le dijo:

—¡Ay, Federico (que no te quiero llamar hermano, que no han sido tus obras de serlo); y cómo fuiste cuerdo en pedirme la vida, que a no habértela prometido, una muerte fuera pequeño castigo, pues si pudiera darte mil, no lo dejara por ningún peligro que me pudiera venir! No parezcas mientras yo viviere ante mis ojos, que no quiero ver con ellos la causa de las lágrimas que están vertiendo los míos.

¡Ay, mi amada Beatriz, y cómo si, considerándote culpada, aún no ha entrado alegría en mi triste corazón por haber perdido tu amada compañía; cómo desde hoy moriré viviendo, sin que estas lágrimas que vierto jamás se enjuguen de mis penosos ojos! ¡Ay, santa mártir! Perdona mi mal juicio en dar crédito contra tu virtud a tal traición: ¿mas cómo no me había de engañar si mi propio hermano te desacreditaba con tan aparentes maldades?

Decía el rey estas lástimas con tanto sentimiento, que viendo Beatriz que ya era tiempo de darse a conocer, le dijo:

—Sosiégate, Ladislao, no te desconsueles tanto, que aquí está Beatriz; yo soy la que tantas deshonras y desdichas ha padecido, y por quien tus ojos están vertiendo esas lágrimas.

Apenas la reina dijo esto, cuando se vio, y la vieron todos, con los reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos y que se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las que le quitaron los monteros, tan entera en su hermosura como antes, sin que el sol ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la hubiesen ajado un punto de su belleza; observando todos cuantos en la sala estaban, que eran muchos (por cuanto al llanto que el rey hacía habían entrado todos los caballeros que fuera estaban, creyendo que Federico había muerto), cómo la Madre de Dios, Reina de los ángeles y Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de la hermosa reina Beatriz; a cuya celestial y divina vista el doctor, que sentado en una silla estaba cerca de la cama de Federico, dando un grande estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba grandes voces, diciendo:

—Venciste, María, venciste; ya conozco la sombra que amparaba a Beatriz, que hasta ahora estuve ciego.

Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo, siendo la sala un asombro y un caos de confusión, porque a la parte que estaba Beatriz con su divina Defensora era un resplandeciente paraíso, y a la que el falso doctor y verdadero demonio, una tiniebla y obscuridad.

Arrodillose el rey, y Federico, que ya había saltado de la cama, a los pies de Beatriz, y todos cuantos estaban en la sala de la misma suerte, besándola los pies y la tierra en que los tenía.

¡Quién oyera a Ladislao las ternezas que la decía, pidiéndola perdón del descrédito que contra su virtud había tenido! ¡Quién viera a Federico suplicándola le perdonase, confesando a voces su traición! ¡Quién mirara a sus damas, que a las voces y tronidos del demonio habían salido con tiernas lágrimas, besándola unas las manos y otras las ropas; y todos con tanto contento cuanto había sido la pena que habían tenido de sus desdichas! No hay que decir sino que parecía un género de locos de contento.

Levantó Beatriz a su esposo y cuñado juntos, abrazándolos de la misma suerte, y luego a todos los demás, uno por uno. Salió la voz de la venida milagrosa de la reina, sabiéndose cómo era el doctor que había dado la vida a todos, y corrían como fuera de juicio a palacio; tanto, que fue necesario que saliese donde de todos fuese vista, porque daban voces que les dejasen ver su reina; y así como la dejó entre el concurso dicho, la Reina del cielo había desaparecido.

Bien quisiera Ladislao tornar a gozar entre los hermosos brazos de su esposa las glorias que había perdido en su ausencia; mas ella no lo consintió, diciéndole que ya no había reino ni esposo en el mundo para ella, que al Esposo celestial y al reino de la gloria solo aspiraba; que no la tratase de volver a ocasionarle más desdichas de las padecidas: y como esta debía de ser la voluntad divina, no la replicó más el rey ni trató de persuadirla lo contrario; porque, inspirado de Dios, se determinó a seguir los pasos y camino de Beatriz, que sin querer hacer noche en palacio, llevando consigo todas las damas que quisieron ser sus compañeras, se fue a un convento donde tomaron todas el hábito de religiosas, dándola licencia el rey para ello, donde vivió santamente hasta que fue de mucha edad.

El rey Ladislao envió luego a Inglaterra las nuevas con embajadores fidedignos, enviando por la infanta Isabela para mujer de Federico, quien era hermana de Beatriz y muy niña cuando ella vino a Hungría, y no menos hermosa que su hermana, a la que los reyes sus padres quisieron traer ellos mismos, por ver de camino a Beatriz; y venidos, se celebraron las bodas de Federico y la infanta Isabela con grandes fiestas de los dos reinos, y acabadas, antes que los reyes de Inglaterra se volviesen, el rey Ladislao traspasó y cedió el reino a su hermano; y habiéndole dado la investidura y jurádole los vasallos, tomó el hábito del glorioso san Benito, donde siguiendo los pasos de su santa esposa, fue a prevenirse el lugar en el cielo.

Habiendo vivido santamente, murió muchos años antes que Beatriz, la cual, antes de su muerte, escribió ella misma su vida, como aquí se ha dicho con nombre de desengaño; porque en él ven las damas lo que deben temer, pues por la crueldad y porfía de un hombre padeció tantos trabajos la reina Beatriz, la que en toda Italia es tenida por santa, donde vi su vida manuscrita, estando allá con mis padres.

Y advierto esto, porque si alguno hubiere oído algo de esta reina, será como digo, mas no impresa ni manoseada de otros ingenios; y como se ha propuesto que estos desengaños han de ser sobre casos verdaderos, fuerza es que alguno los haya oído en otras partes, mas no como aquí va referido.

Con tanto gusto escuchaban todos el desengaño que doña Estefanía refirió, que, aunque largo, no causó hastío al gusto, antes quisieran que durara más: y si bien don Diego, por llegarse a ver dueño de la belleza de Lisis, deseada tan largo tiempo, quisiera que los desengaños de aquella noche fueran más cortos, las dos desengañadoras, como era la penúltima, de propósito los previnieron más largos, y no le hacían poco favor en dilatarle la pena que en lugar de gusto le estaba prevenida por fin de la fiesta, pues en esta penosa vida no le hay cumplido, porque, como nos vamos acercando más al fin, como el que camina, que andando un día una jornada y otro día otra, viene a llegar al lugar adonde enderezó su viaje, así este triste mundo va caminando, y en las desdichas que en él suceden parece que se va acercando a la última jornada.

Pues viendo doña Isabel que la discreta Lisis trocaba asientos con doña Estefanía, por ser la penúltima que había de desengañar, cantó sola este soneto, de un divino entendimiento de Aragón, hecho a una dama a quien amaba por fama, sin haberla visto, y ella se excusaba de que la viese por no desengañarle del engaño que podía padecer en su hermosura; si bien le desengañaba por escrito, diciéndole que era fea, por quitarle el deseo que tenía de verla; y se le había dado Lisis a doña Isabel para que le cantase, en esta ocasión, por no darle fin trágico, aunque el héroe que lo hizo le merecía por haberse embarcado en el Leteo.

Amar sin ver, facilidad parece,

Que contradice efectos al cuidado;

Pero quien del ingenio se ha pagado,

De más amante crédito merece.

El que a la luz que el tiempo desvanece

Solicita lascivo el dulce agrado,

Apetito es su amor, que desdichado

Con el mismo deleite descaece.

Amarilis, si viendo tu hermosura,

Rindiera su beldad tiernos despojos,

Sujetara a los años mis sentidos.

Mi amor porción del alma se asegura,

Y huyendo la inconstancia de los ojos,

Se quiso eternizar en los oídos.

NOCHE DÉCIMA.

DESENGAÑO DÉCIMO.

ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.

Ya cuando doña Isabel acabó de cantar estaba la divina Lisis sentada en el asiento del desengaño, habiéndola honrado todos cuantos había en la sala, damas y caballeros, como a presidente del sarao, con ponerse en pie, haciéndola cortés reverencia hasta que se sentó, y todo lo merecía su hermosura, su entendimiento y su valor; y habiéndose vuelto todos a sentar, con gracia nunca vista empezó de esta suerte:

—Estaréis, hermosas damas y discretos caballeros, aguardando a oír mi desengaño con más cuidado que los demás, por esperarle mejor sazonado, más gustoso, con razones más bien dispuestas, y habrá más de dos que dirán entre sí: «¿Cuándo ha de desengañar la bien entendida, o la bachillera, que de todo habrá, la que quiere defender a las mujeres, la que pretende enmendar a los hombres, y la que pretende que no sea el mundo el que siempre ha sido?» Porque los vicios nunca se envejecen, siempre son mozos, y en los mozos, de ordinario hay vicios; los hombres son los que se envejecen en ellos, y una cosa a que se hace hábito jamás se olvida; y yo, como no traigo propósito de canonizarme por bien entendida sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni en lo hablado ni en lo que hablaré, he buscado razones retóricas ni cultas; porque, además de ser un lenguaje que con el extremo posible aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego, porque como todos están ya declarados por enemigos de las mujeres, contra todos he publicado la guerra; y así he procurado hablar en el idioma que mi natural me enseña y aprendí de mis padres; que lo demás es una sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los demás; y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden, y cómo las entenderán los demás si no es diciendo, como algunas veces me ha sucedido a mí, que cansando el sentido por saber qué quiere decir y no sacando fruto de mi fatiga, digo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo entiendo».

Así, noble auditorio, yo me he puesto aquí a desengañar a las damas y a persuadir a los caballeros que no las engañen; y ya que esto sea por ser ancianos en este vicio, pues ellos son los maestros de los engaños, y han sacado en las que los militan buena disciplina, no digan mal de la ciencia que ellos enseñan.

De manera que aquí me he puesto a hablar sin engaño, y yo misma he de ser el mayor desengaño, porque sería morir del engaño y no vivir del aviso si, desengañando a todas, me dejase yo engañar.

Ánimo, hermosas damas, que hemos de salir vencedoras. Paciencia, discretos caballeros, que habéis de quedar vencidos y habéis de juzgar a favor que las damas os venzan. Este es el desafío de una a todos, y de cortesía por lo menos me habéis de dar la victoria, pues tal vencimiento es quedar más vencedores.

Claro está que siendo, como sois, nobles y discretos, por mi deseo, que es bueno, habéis de alabar mi trabajo, aunque sea malo, no embote los filos de vuestro entendimiento este parto pobre y humilde mío; y así, pues no os quito y os doy, ¿qué razones habrá para que entre las grandes riquezas de vuestros heroicos discursos no halle lugar mi pobre jornalejo? Y supuesto que, aunque moneda inferior, es moneda y vale algo, por humilde no la habéis de pisar: luego si merece tener lugar entre vuestro grueso caudal, ya os vencéis y me hacéis vencedora.

Ved aquí, hermosas damas, cómo quedando yo con la victoria de este desafío, le habéis de gozar todas, pues por todas peleo.

¡Oh, quién tuviera el entendimiento como el deseo, para saber defender a las hembras y agradar a los varones! Y que ya que os diera el pesar de venceros, fuera con tanta erudición y gala que le tuviérades por placer, y que, obligados de la cortesía, vosotros mismos os rindiérades más.

Si es cierto que todos los poetas tienen parte de divinidad, quisiera que la mía fuera tan del empíreo que os obligara sin enojaros; porque hay pesares tan bien dichos que ellos mismos se diligencian el perdón.

De todas estas damas habéis llevado la reprensión, aunque con temor, porque creo que no están aún bien desengañadas de vuestros engaños; y de mí la llevaréis, saliendo triunfadora, porque pienso que no os habré menester sino para decir bien o mal de este sarao; y en eso hay poco perdido, si no le vale, como he dicho, vuestra cortesía; porque si fuere malo, no ha de perder el que le sacare a luz, pues le comprarán siquiera para decir mal de él; y si bueno, él mismo se hará lugar y se dará el valor.

Si le tuvieren por bachillería, no me negaréis que no va bien perfeccionado, y más no habiéndome ayudado del arte, que es más de estimar, sino de este natural que me dio el cielo.

Yo os advierto que escribo sin temor; porque como jamás me han parecido mal las obras ajenas, de cortesía se me debe que parezcan bien las mías, y no solo de cortesía, mas de obligación. Doblemos aquí la hoja y vaya de desengaño, que al fin se canta la gloria, y voy segura de que me habéis de cantar la gala.

Estando la católica y real majestad de Felipe tercero el año de mil seiscientos diecinueve en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal, sucedió que un caballero, gentilhombre de su real cámara (a quien llamaremos don Gaspar, bien fuese así su nombre o bien lo sea supuesto, pues así lo oí o a él mismo o a personas que le conocieron, que en esto de los nombres pocas veces se dice el mismo), fue a esta jornada acompañando a Su Majestad.

Era galán, noble, rico y con todas las prendas que se pueden desear, y más en un caballero, pues como la mocedad trae consigo los accidentes de amor, mientras dura su flor no tratan los hombres de otros ministerios, y más cuando van a otras tierras extrañas de las suyas, quienes por ver si las damas de ellas se adelantan en gracias a las de su tierra, luego tratan de calificarlas haciendo empleo de su gusto en alguna que los saque de esta duda.

Así don Gaspar, que parece iba solo a esto, a muy pocos días que estuvo en Lisboa hizo elección de una dama, si no de lo más acendrado en calidad, por lo menos de lo más lindo que para sazonar el gusto pudo hallar; y esta fue la menor de cuatro hermanas, que, con recato (por ser en esto las portuguesas muy miradas), trataban de entretenerse y aprovecharse, pues ya que las personas no sean castas, es gran virtud ser cautas, porque en lo que más pierden los de nuestra nación, tanto hombres como mujeres, es en la ostentación que hacen de los vicios, y es el mal que apenas hace una mujer un yerro, cuando ya se sabe, y a muchas que no lo hacen se le acumulan.

Estas cuatro hermanas que digo vivían en un cuarto tercero de una casa muy principal, y los demás de ella estaban ocupados de buena gente, y ellas no en muy mala opinión: tanto que, para que don Gaspar no se la quitase, no la visitaba de día, y para entrar de noche tenía llave de un postigo de una puerta trasera; de forma que, aguardando a que la gente se recogiese y las puertas se cerrasen, que de día estaban entrambas abiertas por mandarse los vecinos por la una y la otra, abría con su llave y entraba a ver a su prenda sin nota ni escándalo de la vecindad.

Poco más de quince días había gastado don Gaspar en este empleo, si no enamorado, a lo menos satisfecho de la belleza de esta dama, cuando una noche, que por haber estado jugando fue algo más tarde que las demás, le sucedió un portentoso y raro caso que parece fue anuncio de los que en aquella ciudad le sucedieron después, y fue que, habiendo despedido un criado que siempre le acompañaba, por ser de quien fiaba entre todos los que le asistían a las travesuras de sus amores, abrió la puerta y parándose a cerrarla por de dentro, como hacía otras veces, en una cueva que en el mismo portal estaba, no trampa en el suelo sino puerta levantada en arco con unas verjas menudas, y que siempre estaba sin llave por ser para toda la vecindad que en aquel cabo de la casa moraban, oyó unos ayes dentro, tan bajos y lastimosos que no dejó de causarle por primera instancia algún horror, si bien ya más recobrado, juzgó sería algún pobre que, por no tener donde albergarse aquella noche, se había entrado allí, y que se lamentaba de algún dolor que padecía.

Acabó de cerrar la puerta, y subiendo al cuarto de su dama (por satisfacerse de su pensamiento, antes de hablar una sola palabra en razón de su amor), pidió una luz, y con ella tornó a la cueva, y con grande ánimo, al fin como quien era, bajó los escalones, que no eran muchos, y entrando en ella vio que no era muy espaciosa, porque desde el fin de los escalones se podía bien señorear lo que había en ella, que no era más de las paredes; y espantado de verla desierta y que no estaba en ella el dueño de los penosos gemidos que había oído, mirando por todas partes, como si hubiera de estar escondido en algún agujero, advirtió a una parte de ella mullida la tierra, como que había poco tiempo que la habían cavado, y habiendo visto de la mitad del techo colgado un garabato, que debía de servir de colgar en él lo que se ponía a remediar del calor, tirando de él le arrancó y empezó a arañar la tierra para ver si acaso descubría alguna cosa; y a poco trabajo que puso, por estar la tierra muy movediza, vio que uno de los hierros del garabato había hecho presa, y se resistía de tornar a salir; puso más fuerza y levantándolo hacia arriba asomó la cara de un hombre, por haberse clavado el hierro por debajo de la barba, no porque estuviese apartada del cuerpo, que a estarlo la sacara de todo punto.

No hay duda sino que tuvo necesidad don Gaspar de todo su valor para sosegar el susto y tornar la sangre a su propio lugar, que había ido a dar favor al corazón, que, desalentado del horror de tal vista, se había enflaquecido. Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra, y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas, tanto que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su miedo, a dejarlas solas; mas no pudieron acabar con él que se acostase como otras veces, no de temor del muerto sino de empacho y respeto, que cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y por respeto del cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar los vivos. Finalmente, la noche la pasaron en buena conversación, dando y tomando sobre el caso, pidiéndole las damas modo y remedio para sacar de allí aquel cuerpo que estaba lamentándose como si tuviera alma.

Era don Gaspar noble, y temiendo no les sucediese a aquellas mujeres algún riesgo, obligado de la amistad que tenía con ellas, a la mañana, cuando se quiso ir, que fue luego que la aurora empezó a mostrar su belleza, les prometió que a la noche daría orden para sacarlo de allí y que se le diese tierra sagrada, que eso debía de pedir con sus lastimosos gemidos; y como lo dispuso, fue irse al convento más cercano, y conferenciando con el superior de los religiosos, en confesión le contó todo cuanto le había sucedido, que acreditó con saber el religioso quién era, porque la nobleza trae consigo el crédito; y aquella misma noche del siguiente día fueron con don Gaspar dos religiosos, y traída luz, que la mayor de las cuatro hermanas trajo, por ver el difunto, a poco que cavaron, pues apenas sería vara y media, descubrieron el triste cadáver, y sacándolo fuera vieron que era un mozo que aun no llegaba a veinte y cuatro años, vestido de terciopelo negro y ferreruelo de bayeta; porque nada le faltaba del arreo, pues hasta el sombrero tenía allí, con su daga y espada, y en las faltriqueras, en la una un lienzo, unas horas y el rosario, y en la otra unos papeles, entre los cuales estaba la bula; mas por los papeles no pudieron saber quién fuese, por ser letra de mujer y no contener otra cosa más de finezas amorosas, y la bula aún no tenía asentado el nombre, por parecer tomada aquel día, o por descuido, que es lo más cierto. No tenía herida alguna, ni parecía estar muerto de más de doce o quince días.

Admirados de todo esto, y más de oír a don Gaspar que le había oído quejar, le acomodaron en una caja que para esto llevaba el criado de don Gaspar, y habiéndose la dama vuelto a subir a su cuarto, se le cargó al hombro uno de los religiosos, que era lego, y caminaron con él al convento, haciéndoles guarda don Gaspar y su confidente, donde le enterraron, quitándole el vestido y lo demás, en una sepultura que ya para el caso estaba abierta, supliendo don Gaspar este trabajo de los religiosos con alguna cantidad de doblones para que se dijesen misas por el difunto, a quien había dado Dios lugar de quejarse para que la piedad de este caballero le hiciese este bien.

Bastó este suceso para apartar a don Gaspar de aquella ocasión en que se había ocupado; no porque imaginase que tuviesen las hermanas culpa, sino porque juzgó que era aviso de Dios para que se apartase de casa donde tales riesgos había, y así no volvió más a ver las hermanas, aunque ellas lo procuraron diciendo se mudarían de la casa: y asimismo, atemorizado de este suceso, por algunos días resistió los impulsos de la juventud, sin querer emplearse en lances amorosos, en donde tales peligros hay, y más con mujeres que tienen por renta el vicio y por caudal el deleite, pues de estas no se puede sacar sino el motivo que han tomado los hombres para no decir bien de ninguna y sentir mal de todas; mas al fin, como la mocedad es caballo desenfrenado, rompió las ataduras de la virtud sin que estuviese en manos de don Gaspar dejar de perderse, si así se puede decir; pues a mi parecer, ¿qué mayor perdición que enamorarse?

Fue el caso que, en uno de los suntuosos templos que hay en aquella ciudad, un día que con más devoción y descuido de amar y ser amado estaba, vio la divina belleza de dos damas, de las más nobles y ricas de la ciudad, que entraron a oír misa en el mismo templo donde don Gaspar estaba, tan hermosas y niñas que a su parecer no se llevaban un año la una a la otra; y si bien había suficiente caudal de hermosura en las dos para amarlas a entrambas, como el amor no quiere compañía, escogieron los ojos de nuestro discreto caballero la que le pareció de más perfección, y no escogió mal, porque la otra era casada.

Estuvo absorto, despeñándose más y más en su amor mientras oyeron misa, que acabada, viendo se querían ir, las aguardó a la puerta; mas no se atrevió a decir nada, por verlas cercadas de criados y porque en un coche que llegó a recibirlas venía un caballero portugués, galán y mozo, aunque robusto, y que parecía según su presencia no ser hombre de burlas.

La una de las damas se sentó al lado del caballero, y la que don Gaspar había elegido por dueño, a la otra parte, de que no se alegró poco en verla sola; y deseoso de saber quién era, detuvo un paje a quien le preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís de Portugal y la dama que iba a su lado su esposa, y que se llamaba doña Magdalena, que había poco que se había casado; que la que se había sentado en frente se llamaba doña Florentina, y era hermana de doña Magdalena.

Despidiose con esto el paje y don Gaspar, muy contento de que fuesen personas de tanto valor, ya determinado de amar, servir y agradar a doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace amor sus tiros cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado y secretario que siguiese el coche para saber la casa de las dos bellísimas hermanas.

En tanto que el criado fue a cumplir, o con su gusto, o con la fuerza que en su pecho hacía la dorada saeta con que amor le había herido dulcemente (que este tirano enemigo de nuestro sosiego tiene unos repentinos accidentes, que si no matan, privan del juicio a los heridos de su dorado arpón), estaba don Gaspar entre sí haciendo muchos discursos: ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de tal suerte que se determinaba dejarle morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en él la esperanza las fuerzas que con sus engañosos gustos promete, le parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida, sabiendo quién era, y cuán estimado vivía cerca de su rey: y como este pensamiento le diese más gusto que los demás, se determinó a seguirle, enlazándose más en el amoroso enredo, con verse tan valido de la más que mentirosa esperanza, que siempre promete más que da, y somos tan bárbaros que conociéndola vivimos de ella.

En estas quimeras estaba cuando llegó su confidente y le informó del cielo donde moraba la deidad que le tenía fuera de sí, y desde aquel mismo punto empezó a perder tiempo y gastar pasos tan sin fruto, porque, aunque continuó muchos días la calle, era tal el recato de la casa que en ninguno alcanzó a ver, no solo a las señoras, mas ni criada alguna, con haber muchas, aunque buscaba las horas más dificultosas como las más fáciles.

La casa parecía encantada, en las rejas había menudas y espesas celosías, y en las puertas fuertes y seguras cerraduras; y apenas era una hora de noche, cuando ya estaban cerradas y todos recogidos; de manera que, si no era cuando salían a misa, no era posible verlas, y aun entonces pocas veces iban sin ir acompañadas de don Dionís: con que todos los intentos de don Gaspar se desvanecían; solo con los ojos en la iglesia daba a entender su cuidado a la dama; mas ella no hacía caso, o no atendía a ellos.

No dejó en este tiempo de ver si por medio de algún criado podía conseguir algo de su pretensión, procurando con oro asestar tiros a su fidelidad; mas como era castellano, no halló en ellos lo que deseaba, por la antipatía que esta nación tiene con la nuestra, que con vivir entre nosotros son nuestros enemigos.

Con estos estorbos se enamoraba más don Gaspar, y más el día que veía a Florentina, que no parecía sino que los rayos de sus ojos hacían mayores suertes en su corazón, y le parecía que quien mereciese su belleza habría llegado al non plus ultra de la dicha, y que podría vivir seguro de celosas ofensas, estando bien triste, sin saber qué hacerse, ni qué medios poner en su cuñado para que se la diese por esposa, temiendo la oposición que hay entre portugueses y castellanos.

Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura; que pagar el que debe no merece agradecimiento. Más de dos meses le duró a don Gaspar esta pretensión, sin tener más esperanzas de salir con ella que las dichas. Y si la dama no sabía la enfermedad del galán, ¿cómo podía aplicar el remedio? Y creo que aunque lo supiera no se le diera, porque llegó tarde.

Vamos al caso, que es como sigue: una noche, poco antes que amaneciese, venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, pues aunque pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo y enamorado picaba en muy esforzado y gustaba más de andar así, procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos cuidados, cuando pasando por la calle donde vivía Florentina, que ya que no veía la perla se contentaba con ver la caja, al entrar por la calle, por ser la casa a la salida de ella, con el resplandor de la luna, que aunque iba alta daba claridad, vio tendida en el suelo una mujer, a quien el oro de sus atavíos, cuyos vislumbres con los de divina competencia la calificaban de porte, que con desmayados alientos se quejaba, como si ya quisiera despedirse de la vida.

Más sustos creo que le dieron estos a don Gaspar que no los que oyó en la cueva, no de pavor sino de compasión; y llegándose a ella para informarse de su necesidad, la vio toda bañada en sangre, de que todo el suelo estaba hecho un lago, y su macilento y hermoso rostro, aunque desfigurado, daba muestras de su divina belleza y también de su cercana muerte.

Tomola don Gaspar por sus hermosas manos, que parecían de mármol en lo blanco y elevado, y estremeciéndola la dijo:

—¿Qué tenéis, señora mía, o quién ha sido el cruel que así os puso?

A cuya pregunta respondió la desmayada señora, abriendo los ojos, y conociéndole castellano, y alentándose más con esto de lo que podía, en lengua portuguesa le dijo:

—¡Ay, caballero!, por la pasión de Cristo y por lo que debéis a ser quien sois, y a ser castellano, que me llevéis adonde procuréis, antes que muera, darme confesión, que ya que pierdo la vida en la flor de mis años, no querría perder el alma, que la tengo en gran peligro.

Tornose a desmayar dicho esto, lo que visto por don Gaspar, y que la triste dama daba indicios mortales, entre él y el criado la levantaron del suelo, y acomodándosela a este en los brazos de manera que la pudiese llevar con más alivio, para quedar él desembarazado por si encontraban gente o la justicia, caminaron lo más aprisa que podían a su posada, que no estaba muy lejos, donde llegados sin estorbo alguno, fueron recibidos de los demás criados y una mujer que cuidaba de su regalo, y poniendo el desangrado cuerpo sobre su cama, envió uno por un confesor y otro por un cirujano.

Y hecho esto, entró donde estaba la linda dama, a quien tenían cercada los demás, y la criada con una bujía encendida en la mano, que a este punto había tornado en sí y estaba pidiendo confesión, porque se moría: a quien la criada consolaba, animándola a que tuviese valor, pues estaba en parte donde cuidarían de darla remedio al alma y cuerpo.

Llegó pues don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto rostro, quedó como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear ni poder con la lengua articular palabra alguna, porque no vio menos que a su adorada y hermosa Florentina; y no acabando de dar crédito a sus mismos ojos, los cerraba y abría, y tornándolos a cerrar los tornaba de nuevo a abrir, por ver si se engañaba; y viendo que no era engaño, empezó a dar lugar a las admiraciones, no sabiendo qué decir de tal suceso ni qué causa podría haber dado para que una señora tan principal, recatada y honesta estuviese del modo que la veía y en la parte que la había hallado; mas, como vio que por entonces no estaba para saber de ella lo que tan admirado le tenía, porque la herida dama ya se desmayaba y ya tornaba en sí, puso treguas a sus deseos, callando quién era por no advertir a los criados de ello.

Vino en esto el criado con dos religiosos, y de allí a poco el que traía al cirujano, y para dar primero remedio al alma, se apartaron todos; mas Florentina estaba tan desfallecida y desmayada de la sangre que había perdido y perdía, que no fue posible confesarse; y así, por mayor, por el peligro en que estaba, haciendo el confesor algunas prevenciones y prometiendo, si a la mañana se hallase más aliviada, confesarse, la absolvió; y dando lugar al médico del cuerpo, acudiendo todos y los religiosos, que no se quisieron ir hasta dejarla curada, la desnudaron y pusieron en la cama, y hallaron que tenía una estocada entre los pechos de la parte de arriba, que aunque no era penetrante, mostraba ser peligrosa, y lo fuera más a no haberla defendido algo las ballenas de un justillo que traía: y debajo de la garganta, casi en el hombro derecho otra, también peligrosa, y otras dos en la parte de las espaldas, dando señal que teniéndola asida del brazo se las habían dado, que lo que la tenía tan sin aliento era la perdida sangre, que era mucha, porque había tiempo que estaba herida.

Hizo el cirujano su oficio, y al revolverla para hacerlo, se quedó de todo punto sin sentido. En fin, habiéndola tomado la sangre, y don Gaspar contentado al cirujano, avisándole no diese cuenta del caso hasta ver si la dama no moría, contándole de la manera que la había hallado; por ser el cirujano castellano, de los que habían ido en la tropa con S. M., pudo conseguir lo que pedía, y con orden de que volviese en siendo de día, se fue a su posada y los religiosos a su convento.

Recogiéronse todos menos don Gaspar, que no quiso cenar, quedándose en una cama en la misma cuadra en que estaba Florentina. Se fueron los criados a acostar, dejándole allí algunas conservas, bizcochos, agua y vino, por si la dama cobraba el sentido, darla algún socorro.

Idos, como digo, todos, don Gaspar se sentó sobre la cama en que estaba Florentina, y teniendo cerca de sí la luz, se puso a contemplar la casi difunta hermosura, y viendo medio muerta la misma vida con que vivía, haciendo en su enamorado pecho los efectos que amor y piedad suelen causar, con los ojos humedecidos del amoroso sentimiento, tomándola las manos que tendidas sobre la cama tenía, ya la registraba los pulsos, para ver si acaso vivía, otras tocándola el corazón y muchas poniendo los claveles de sus labios en los nevados copos que tenía asidos con sus manos, decía:

—¡Ay, hermosísima y malograda Florentina, que quiso mi desdichada suerte que cuando soy dueño de estas deshojadas azucenas, sea cuando estoy tan cerca de perderlas! Desdichado fue el día que vi tu hermosura y la amé; pues después de haber vivido muriendo tan dilatado tiempo, sin valer mis penas nada ante ti, que lo que se ignora pasa por cosa que no es, quiso mi desesperada y desdichada fortuna que cuando te hallé, fuese cuando te tengo más perdida y estoy con menos esperanzas de ganarte; pues cuando me pudiera prevenir, con el bien de haberte hallado, algún descanso, te veo ser despojo de la airada muerte.

¡Qué podré hacer, infelice amante tuyo, en tal dolor, sino serlo también en el punto que tu alma desampare tu hermoso cuerpo, para acompañarte en esta eterna y última jornada! ¡Qué manos tan crueles fueron las que tuvieron ánimo para sacar de tu cristalino pecho, donde solo amor merecía estar aposentado, tanta púrpura como los arroyos que te he visto verter! Dímelo, señora mía, que como caballero te prometo de hacer en él la más rabiosa venganza que cuanto ha que se crió el mundo se haya visto.

¡Mas ay de mí, que ya parece que la airada parca ha cortado el delicado estambre de tu vida, pues ya te admiro mármol helado, esperando verte fuego y blanda cera derretida al calor de mi amor! Pues ten por cierto, ajado clavel y difunta belleza, que te he de seguir, cuando, no acabado con la pena, muerto con mis propias manos, con el puñal de mis iras.

Diciendo esto, tornaba a hacer experiencia de los pulsos y del corazón, y tornaba de nuevo y con más lastimosas quejas a llorar la malograda belleza.

Así pasó hasta las seis de la mañana, que a esta hora tornó en sí la desmayada dama con algo de más aliento, pues como se le había restriñido la sangre, tuvo más fuerza su ánimo y desanimados espíritus; y abriendo los ojos miró, como despavorida, los que la tenían cercada, extrañando el lugar donde se veía, estando ya todos allí, y el cirujano y los dos piadosos frailes; mas volviendo en sí, y acordándose cómo la había traído un caballero y lo demás que había pasado por ella, con debilitada voz pidió que la diesen alguna cosa para cobrar fuerzas, y la sirvieron con unos bizcochos mojados en oloroso vino, por ser alimento más blando y sustancioso; y habiéndolos comido, dijo que la señalasen el caballero a quien debía el no haber muerto como gentil bárbara; y hecho, le dio las gracias como mejor supo y pudo.

Y habiéndose ordenado la sacasen una sustancia, la quisieron dejar un rato sola para que, no teniendo con quien hablar, reposase y se previniese para confesarse; más ella, sintiéndose con algo más aliento, dijo que no, sino que se quería confesar luego por lo que pudiese suceder; y antes de eso, volviéndose a don Gaspar, le dijo:

—Caballero, que aunque quisiera llamaros por vuestro nombre, no le sé, aunque me parece que os he visto antes de ahora, ¿acertaréis a ir a la parte donde me hallasteis? Que si es posible acordaros, en la misma calle preguntad por las casas de don Dionís de Portugal, que son bien conocidas en ella; y abriendo la puerta, que no está más que con un cerrojo, poned en cobro lo que hay en ella, tanto de gente como de hacienda; y porque no os culpen a vos de las desventuras que hallaréis en ella, y por hacer bien os venga mal, llevad con vos algún ministro de justicia, que ya es imposible, según el mal que hay en aquella desdichada casa (por culpa mía), encubrirse, ni menos cautelarme yo, sino que sepan dónde estoy; y si mereciere más castigo del que tengo, me le den.

—Señora —respondió don Gaspar, diciéndola primero cómo era su nombre—, bien sé vuestra casa y bien os conozco, pues aunque no decís sino que muchas veces me habéis visto, aunque no me habéis mirado, yo a vos sí, que os he mirado y visto; mas no estáis en estado de saber por ahora dónde, ni menos para qué, si de esas desdichas que en vuestra casa sois vos la causa, andéis en lances de justicia.

—No puede ser menos —respondió Florentina—; haced, señor don Gaspar, lo que os suplico, que yo no temo más daño del que tengo; demás que vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna cortesía.

Viendo pues don Gaspar que esta era su voluntad, no replicó más; antes mandando poner el coche, entró en él y se fue a palacio, y dando cuenta de lo sucedido con aquella dama, sin decir que la conocía ni amaba, a un deudo suyo, también de la cámara de Su Majestad, le rogó le acompañase para ir a dar cuenta al gobernador, porque no le imaginasen cómplice en las heridas de Florentina ni en los riesgos sucedidos en su casa; y juntos don Gaspar y don Miguel fueron a casa del gobernador, a quien dieron cuenta del estado en que había hallado la dama y lo que decía de su casa.

Y como el gobernador conocía muy bien a don Dionís y vio lo que aquellos señores le decían, al punto, entrándose en el coche con ellos, haciendo admiraciones de tal suceso, se fueron cercados de ministros de justicia a la casa de don Dionís, y llegados a ella abrieron el cerrojo que Florentina había dicho, y entrando todos dentro lo primero que hallaron fue, a la puerta de un aposento que estaba al pie de la escalera, dos pajes en camisa, dados de puñaladas; y subiendo por la escalera, una esclava blanca, herrada en el rostro, a la misma entrada de un corredor, de la misma suerte que los pajes, y una doncella sentada en el corredor, atravesada de una estocada hasta las espaldas, que aunque estaba muerta, no había tenido lugar de caer, como estaba arrimada a la pared; junto a esta estaba una hacha caída, como que a ella misma se la había caído de la mano: más adelante, a la entrada de la antesala, estaba don Dionís atravesado en su misma espada, que toda ella se le salía por las espaldas, y él caído boca abajo, pegado el pecho con la guarnición, que bien se conocía haberse arrojado sobre ella, desesperado de la vida y aborrecido de su misma alma.

En un aposento que estaba en el mismo corredor, correspondiente a una cocina, estaban tres esclavas, una blanca y dos negras, la blanca en el suelo en camisa en la mitad del aposento; y las negras en la cama, también muertas a estocadas; entrando más adentro, en la puerta de una cuadra, medio cuerpo afuera y medio adentro, estaba un mozo de hasta veinte años poco más o menos, de muy buena presencia y cara, traspasado de una estocada; este estaba en camisa, cubierto con una capa y en los descalzos pies unas chinelas: en la misma cuadra donde estaba la cama, echada en ella, doña Magdalena, también muerta de crueles heridas, mas con tanta hermosura que parecía una estatua de marfil salpicada de rosicler: en otro aposento, detrás de esta cuadra, otras doncellas en la cama, también muertas como las demás.

Finalmente, en la casa no había cosa viva: mirábanse los que veían esto unos a otros, tan asombrados que no sé cuál podía en ellos más, si la lástima o la admiración; y bien juzgaron ser don Dionís el autor de tal estrago, y que después de haberlo hecho, había vuelto su furiosa rabia contra sí: mas viendo que solo Florentina, que era la que tenía vida, podía decir cómo había sucedido tan lastimosa tragedia, sabiendo de don Gaspar el peligro en que estaba su vida y que no era tiempo de averiguarla hasta ver si mejoraba, suspendieron la averiguación y dieron orden de enterrar los muertos, con general lástima, y más de doña Magdalena, que como la conocían por una señora de tanta virtud y tan honrada, y la veían con tanta mocedad y belleza, se dolían más de su desastrado fin que de los demás.

Dada, pues, tierra a los lastimosos cadáveres y puesta por inventario la hacienda, depositándola en personas abonadas, se vinieron todos juntos a casa de don Gaspar, donde hallaron reposando a Florentina, la que después de haberse confesado y dádola una sustancia, se había dormido; y que un médico, de quien se acompañó el cirujano que la asistía por orden de don Gaspar, decía que no era tiempo de desvanecerla, por cuanto la confesión había sido larga y la había dado calentura; que aquel día no convenía que hablase más, porque temían con la falta de tanta sangre como había perdido, no enloqueciese, y así la dejaron depositada en poder de don Gaspar y su primo, quienes siempre que se la pidiesen darían cuenta de ella.

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