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Novelas ejemplares y amorosas

PRIMERA PARTE. (continued 6)

Reading edition

—¿Qué disfraz es ese, señor Arnesto, tan ajeno de vuestra opinión y trato?

—¡Ay, señor don Rodrigo! —replicó Arnesto—, si sabéis qué es amor, no os maravilléis de esto que hago sino de lo que dejo de hacer; y pues ya es fuerza que lo sepáis, de este embeleco y disfraz, como vos le habéis llamado, es la causa mi señora doña Blanca, a la cual me inclinó a amar mi desdicha; y como el ser yo casado y ser ella quien es estorba y ataja mi ventura, harto de solicitarla y pretenderla, y de oír ásperas palabras de su boca, me aconsejé con este criado que está caído en el suelo, y entre los dos dimos esta traza, metiéndome él en su aposento desde primera noche para que con el miedo de mis aullidos y golpes se escondiesen estas criadas, y yo pudiese haber a mi voluntad a la causa de mis desatinos; y aunque ha muchos días que hago esta invención sin fruto, todavía perseveré en ella por ver si alguna vez la fortuna me daba más lugar que hasta aquí he tenido.

Esta noche vine como las demás, descuidado de hallar quien me descubriese, que aunque este mozo me avisaba de todo, y lo hizo de que estabais aquí cuando previno la hacha, como lo vi todo en silencio, creí que os habíais ido y que todo estaba seguro, porque aunque él no volvió al aposento, pensé que era ido a sus ocupaciones, como hace otras veces, y así me atreví a perderme como lo he hecho, pues descubierto este enredo es fuerza que no tenga yo buen suceso.

Más piadoso que admirado escuchaba don Rodrigo al apasionado flamenco, disculpando su yerro con su amor, y al uno y al otro la hermosura de doña Blanca; y a no ser casado el amante, hiciera cuanto pudiese por conformar sus voluntades y lograr su amor.

Mas esto, y ser el delito tan grave, por ser el dueño tan noble, atajaba todos sus designios, y así le dijo que le tenía mucha lástima por padecer sin remedio, como el ser quien era aquella señora lo decía: mas que ya no era tiempo de estas consideraciones sino de ir delante del duque a darle cuenta del caso, pues que por su mandado había venido a descubrirle.

Esto sintió más Arnesto que la misma muerte, y así con buenas palabras advirtió a don Rodrigo de su peligro, mas él se excusó con decir que no podía hacer menos, mas que le daba su palabra de hacer cuanto pudiese por librarle.

Con esto, abriendo don Rodrigo una ventana y sacando por ella una hacha encendida, hizo señas a cuatro amigos que tenía prevenidos, hombres de ánimo y valor, que vista la seña fueron todos a la puerta, la cual abierta por don Rodrigo, cogiendo en medio a Arnesto y asiendo al criado de doña Blanca, se fueron al palacio del duque que aún no estaba acostado; el cual, en sabiendo la venida de don Rodrigo, salió a recibirle, y como le viese tan acompañado al punto conoció la causa, y más viendo al flamenco, a quien conocía y sabía que era vecino de doña Blanca, y como supo por entero el caso, contándole don Rodrigo cómo había pasado, coligiendo del delito no ser merecedor de perdón, por querer un hombre casado con tal invención forzar una señora tan principal y noble como doña Blanca, sin admitir los ruegos de don Rodrigo y sus amigos, mandó poner en una torre a Arnesto y en la cárcel pública a su compañero, donde estuvieron hasta que, sustanciado el proceso y verificado el delito con su confesión y declaración de las criadas de doña Blanca, y estando ella firme en pedir justicia, antes de ocho días la hicieron de los dos, degollando al uno y ahorcando al otro: justo premio de quien se atreve a deshonrar mujeres de tal valor y nombre como la hermosa doña Blanca; la cual quedó tan enamorada de don Rodrigo que, por prevenciones que hacía para apartarle de su memoria, era imposible, hallándose cada día más enamorada.

Era doña Blanca, demás de ser tan hermosa, muy moza, muy principal y de tan ricas prendas que, a no estar don Rodrigo tan empeñado en Salamanca, pudiera muy bien estimarla para casarse; mas las memorias de doña Leonor le tenían tan fuera de sí que, en lugar de vivir en su ausencia, aun era milagro tenerle, si bien por no parecer descortés ni tan para poco que viéndose querer estuviese tímido, tibio y desdeñoso, procedía en la voluntad de doña Blanca agradecido más que amante; con lo cual la hermosa dama, unas veces favorecida y otras despreciada, vivía una vida ya triste y ya alegre, porque las finezas de un hombre más cortés que amante son penas del infierno a quien las padece sin remedio, que se sienten y no se acaban.

Visitábala don Rodrigo, unas veces obligado con ruegos y regalos, que aunque regateaba el recibirlos muchas veces los tomaba por no parecer ingrato, sacando de deuda a su atrevimiento con enviar otros de más valor, y otras por no dar motivo a quejas y desesperaciones, que en una mujer despreciada suelen ser de mucho sentimiento.

¡Ay de ti, doña Blanca, qué mármol conquistas y con qué enemigos peleas! ¿Amante prendado de otra hermosura quieres para ti?

Pues un día en que don Rodrigo fue a pagar las finezas que doña Blanca con él tenía, la halló cantando este romance que, a lo que en él se ve, se había hecho al particular de su amor y de don Rodrigo, de quien sin duda sospechaba que amaba en otra parte:

Oíd, selvas, mis desdichas

Si acaso sabéis de amor,

Escuchad las sinrazones

De aqueste tirano dios.

Un tirano dueño adoro,

Si bien en mi corazón

Tuve secreto este fuego,

Por venganza y por temor.

Era el sujeto que amaba

Tan sujeto a otra afición,

Que temí poner la mía

En contraria condición.

Con solo amarle pagaba

Al alma lo que perdió

De gusto, reposo y sueño,

Amando sin galardón.

Pluguiera al cielo que el alma

Muda estuviera hasta hoy,

Que experimentar desdenes

Sirve de mayor dolor.

Declareme, selvas mías,

La voluntad se anegó,

Pues he ganado tibiezas,

Conquistado disfavor.

Satisfizo agradecido,

Mas ¡ay de mí! que fingió;

Que si me amara de veras,

No estuviera como estoy.

Si adoras, tirano dueño,

A la divina Leonor,

Pedir favor es pedir

Tinieblas al mismo sol.

Lloremos, selvas amigas,

Este mal logrado amor,

Estos celos sin remedio,

Cantando con triste voz.

Desdichado es amor,

Cuando empieza con celos su pasión.

Era la hermosa doña Blanca hija de español y de flamenca, y así tenía la belleza de la madre y el entendimiento y gallardía del padre, hablando demás de esto la lengua española como si fuera nacida en Castilla, y así cantó con tanto donaire y destreza que casi dejó a don Rodrigo rendido a quejas tan bien dichas; mas amor, que estaba entonces de parte de la hermosa Leonor más que de la favorecida doña Blanca, quizá obligado de algunos sacrificios que la ausente dama le hacía, estorbó esta afición, que desde este día se empezaba a entender de esta manera.

Había en la ciudad un caballero español, cuyo nombre era don Beltrán, tan igual en nobleza y bienes de naturaleza a la hermosa doña Blanca cuanto corto en los de fortuna, aunque tenía un muy buen destino y alguna buena parte de hacienda que sus padres, que habían muerto en la misma tierra, le habían dejado. Mas era tan estimado y tan bien recibido que, cuando los ánimos ociosos trataban de casar las damas mozas de la ciudad, de común parecer empleaban a la hermosa doña Blanca en el galán don Beltrán, el cual la amaba con tanto extremo que casi perdía por ella el juicio.

No miraba mal doña Blanca a don Beltrán hasta que llegó a ver a don Rodrigo; mas en el punto que amor cautivó su voluntad, olvidó de suerte a don Beltrán que hasta su nombre aborrecía. Pues como anduviese deseoso de saber la causa de esta mudanza, y las dádivas puedan más que la fidelidad de las criadas, por ser en guardar secreto poco fieles, supo de una de las que la servían cómo su dama quería a don Rodrigo y cómo él correspondía con ella, más por cortesía que por voluntad.

Y fiándose en esto, quiso llevarlo por valentías y bravatas hasta ver si por buenas razones le obligaba; y esa noche, al tiempo que don Rodrigo salía de casa de doña Blanca, más agradecido a su amor que otras veces, se llegó a él y le suplicó le oyese dos palabras.

Conociole don Rodrigo porque los soldados, ya que no sean todos amigos, se conocen unos a otros, y con mucha cortesía le respondió que su posada estaba cerca, que si quería ir a ella, o si era negocio que requería otro lugar.

—Vuestra posada es a propósito, señor don Rodrigo —respondió don Beltrán—, que con los amigos no son menester esos lugares que pensáis.

Con cuya respuesta se fueron juntos a la posada de don Rodrigo, y entrando en ella y sentados juntos, don Beltrán le dijo estas razones:

—Bien sé, señor don Rodrigo, que sabéis amar y que no ignoráis las penas a que está sujeto un corazón que no alcanza lo que desea, y después que con amar, servir, solicitar y callar ha alcanzado méritos para que sea suya la prenda que estima; y así me escucharéis piadoso y os lastimaréis tierno de mis desdichas, que siendo vos, como sois, la causa de ellas, espero, si no remedio, a lo menos favor para vencerlas.

Yo, señor don Rodrigo, no os quiero cansar en contaros mi nobleza, pues con decir que soy hijo de uno de los más calificados caballeros de Guadalajara, se dice todo: solo os digo que amé desde mis tiernos años a la hermosa doña Blanca, pues aun antes que se casase la adoraba. Fui correspondido de su voluntad en todo aquello que una principal señora, sin desdorar su opinión, pudo favorecerme, si bien no debía de ser amor con las veras que yo juzgaba, pues en una ausencia que hice a España a tratar mis acrecentamientos, dio la mano a su difunto esposo, con quien apenas vivió casada un año.

Murió, en fin, y como amor vivía aún en medio de los agravios, viendo muerto al dueño de mi prenda, empezaron a alentarse mis esperanzas, volviendo a verme tan favorecido de mi dama como primero, y cuando pensé verme en su compañía atado con el yugo del matrimonio, se trocó su voluntad de la suerte que sabéis, pues la tiene puesta en vos desde el día que vencisteis aquella fantasma, inventada para mi desdicha, de la cual yo triunfara, quitándoos a vos y al duque de cuidado, si doña Blanca me diera de su traición parte.

Aconsejábame mi cólera que quitase de por medio vuestra persona, y lo hiciera, no porque me confieso más animoso y valiente que vos, mas porque un cuidadoso puede triunfar fácilmente de un descuidado; mas puse los ojos en mi señora doña Leonor, que según he sabido es y ha de ser vuestra prenda, y así me determiné venir a pedir por su vida, pues la estimáis tanto, tengáis lástima de mis desdichas; y pues doña Blanca no ha de ser para vos, que sea para mí, haciendo cuenta que con su belleza compráis un esclavo, que lo seré mientras yo viviere.

Con esto y algunas lágrimas dio fin don Beltrán a sus razones, dejando no menos obligado que compasivo a don Rodrigo que, como era diestro en amar, hubo menester poco para enternecerse y menos para creerle; y después de darle a entender que quisiera querer mucho a doña Blanca, para hacer más en dársela de lo que entonces hacía, supuesto que jamás había correspondido con su voluntad sino con una discreta afición y prudente correspondencia, le ofreció hacer por él cuanto fuese posible; mas que le parecía que doña Blanca estaba en estado, según se mostraba su amante, que si no se valían de algún engaño, sería por demás el reducirla; y así quedaron de concierto que don Rodrigo prosiguiese con su amor, con muestras de agradecimiento, hasta poner a don Beltrán en posesión de la cruel dama, como lo hizo, visitándola otro día, hallándola muy ufana con los favores que la noche antes había recibido.

Don Rodrigo, que si algún deseo había tenido, viéndose obligado de don Beltrán con haberse sujetado a pedirle remedio, se le había olvidado, viendo a doña Blanca tan puesta en favorecerle, la suplicó que esa noche le viese sin tantos testigos, pues amor no los ha menester, y que se atrevía a pedirle este favor antes de que se casasen porque no quería que el duque imaginase ni supiese que mientras durase la guerra él mudaba estado.

Aceptó doña Blanca el partido por no perder ocasión, y así le dijo que viniese a las once, hora en que sus criadas y gente dormía, y que por señas, si era músico, cantase alguna cosa, porque quería gozar de sus gracias, y que ella propia le abriría la puerta, para que mediante su palabra, tomando posesión, conociese su amor.

Pidiole don Rodrigo, después de besarle muchas veces las manos, licencia para que le acompañase un amigo, de quien se fiaba, y a quien quería hacer testigo de su ventura. Concedió en todo doña Blanca, porque como ganaba a su parecer un tesoro, desperdiciaba aprisa favores.

Despidiose don Rodrigo de su engañada dama y fue a buscar a don Beltrán para darle cuenta de lo que estaba trazado, que le recibió con el gusto que tales nuevas dan. Y así juntos, a la hora señalada se fueron adonde la dama, ya recogida su gente, los aguardaba en un balcón.

Entrados en la calle, empezó don Beltrán, haciendo alarde de una divina voz de que era dotado, la seña concertada, con un laúd y este romance:

Selvas, que fuisteis testigos

De mis dichas algún tiempo,

Cuando yo fui más dichoso,

Y más constante mi dueño:

Si alguna vez, por ventura,

Os obligó mi deseo,

Os aduló mi alabanza,

Y os alabaron mis versos:

Haced vuestras hojas ojos,

Para verme cómo vuelvo

A obligaros con mi llanto

A mil nuevos sentimientos.

Segunda vez, selvas mías,

Aqueste llanto os ofrezco,

Para que aumentéis con él

Vuestros mansos arroyuelos.

Quiero a Laura, y no os espante

Que no diga que la quiero,

Porque quisiera obligarla,

Diciendo que la aborrezco.

Deprendí a tener amor,

Amándola, porque fueron

Verdaderas mis finezas,

Y mis cuidados inmensos.

Tratome como sabéis,

Que repetirlo no quiero,

Mi estrella tuvo la culpa,

O mi fineza a lo menos.

Que a un amor verdadero

Le siguen penas, y le matan celos.

Estaba ya doña Blanca tan olvidada de don Beltrán que, aunque había oído otras veces su voz, no le conoció, y creyendo ser el que cantaba don Rodrigo, bajó a abrirle, y al entrar le preguntó la dama si entraba para ser su esposo. El galán, que no deseaba otra cosa, le dio un sí con los brazos y llamando al amigo que estaba en la calle, un poco apartado, prometió serlo delante de él, quedando con esto, según la costumbre de Flandes, tan confirmado el matrimonio como si estuvieran casados.

Y con esta seguridad, creyendo que el que entraba era don Rodrigo, le dejó doña Blanca gozar cuanto quiso y había conquistado con tanta perseverancia, entreteniendo en esto alguna parte de la noche, que como donde estaban no había luz por más seguridad, pudo doña Blanca engañarse creyendo que el que estaba con ella era don Rodrigo y no don Beltrán; el cual, pareciéndole que era descortesía tener tanto tiempo a su amigo en la calle y viendo que casi quería amanecer, se despidió de su esposa, y bajando juntos a la puerta, al ruido de la llave llegó don Rodrigo, que viendo ser tiempo de descubrir su engaño, se dio a conocer a la dama, descubriéndole quién era el que tenía por él, suplicándole encarecidamente perdonase su yerro, que las pasiones de don Beltrán, y su crueldad con él, le habían obligado a tal. Demás que él no se podía casar sino con la hermosa doña Leonor, a quien tenía hecha cédula de ser su esposo.

Con harto sentimiento y lágrimas escuchó la hermosa doña Blanca el suceso, mas viendo que era sin remedio, se despidió de ellos pidiendo a don Rodrigo que, pues había sido el tercero de aquel engaño, hablase a sus deudos y al duque para que con gusto de todos se hiciese el casamiento con don Beltrán.

En este estado estaba don Rodrigo negociando el bien de su nuevo amigo, en que se dio tan buena maña que antes de tres días los tenía ya desposados con general gusto de todos, mientras doña Leonor en Salamanca pasaba una vida bien triste y sin consuelo, por ver que no solo se habían pasado los tres años puestos por concierto entre ella y don Rodrigo, sino que para llegar a los cuatro faltaba bien poco, entreteniendo su amor con algunas cartas que de tarde en tarde recibía, y a sus padres con su poca edad y menos salud (que a fuerza de tristezas la tenía bien gastada), y ellos a su esposo, que ya estaba un mes había en la ciudad, con las mismas excusas, no atreviéndose a disgustar a su hija que, por no tener otra, la querían ternísimamente.

Pues un día que la hermosa dama, combatida de sus padres, apretada de su amor, y desesperada de esta ausencia, se hallase sola en un retrete no pensando que había quien la escuchase, soltando las corrientes de sus divinos ojos empezó a quejarse de su poca dicha, de la dilación de don Rodrigo y de la violencia con que sus padres la querían casar a su disgusto, entregándola a un hombre que aborrecía y apartándola de otro en quien había puesto toda su felicidad.

Oyó su madre las tiernas quejas de doña Leonor, y conociendo la causa de no quererse casar su hija, determinó de remediarlo por el mejor medio que fuese posible; y para más asegurarse, esa misma noche en sintiéndola dormida, la cogió las llaves de un escritorio y en él halló bastante desengaño con las cartas de don Rodrigo, las cuales, después de leídas, dejó como estaban, y tornando a cerrar puso la llave adonde la había hallado.

Habló del caso a su padre, y viendo ambos que persuadirla amando era excusado, ordenaron entre los dos una carta, poniéndola en nombre de un criado que don Rodrigo había llevado y ellos conocían, en que le avisaba como su señor se había casado con una señora flamenca, muy rica y hermosa, cuyo dote había venido a su propósito.

Esta carta se dio a los padres de don Rodrigo, los cuales, aunque no la tuvieron por muy cierta, por no avisarle su hijo de ello, con todo esto la divulgaron por la ciudad, de suerte que como las nuevas en siendo malas no se encubren, llegaron a los oídos de doña Leonor, que midiendo la inconstancia de los hombres con su desdicha y viendo que el tiempo que decían había que se había casado era el mismo, poco más o menos, que don Rodrigo no la escribía, las creyó luego; y desesperada de remedio cuanto deseosa de venganza, pareciéndole que no la podía tomar mayor de sí misma y de su amante que con rendirse a un tirano dueño, que así llamaba al esposo que sus padres la daban, si bien llorosa y triste, en sabiendo su desdicha dio la mano a don Alonso, celebrándose en Salamanca sus bodas.

Quien viese a doña Leonor casada hoy con diferente dueño del que sus pasiones prometían parece que podrá culpar la inconstancia de las mujeres; pues habrá quien diga que no debiera creerse tan de ligero de la primera información; mas de esta culpa la absuelve el haber pasado un año más del concierto. Pero lo que más disculpará y hará verdadero su amor será el suceso que del casamiento resultó.

Y así, en tanto que goza a su disgusto los enfadosos regalos de su esposo, a quien aborrecía, aun antes de casarse, porque no tan solo en dándole la mano se arrepintió, mas aun antes de habérsela dado; por cuyo disgusto se dejó vencer de una tan profunda melancolía que tenía, no solo a su marido, mas también enfadados a todos. Súfrala, pues creyó un engaño tan grande, que yo me paso a Flandes.

Don Rodrigo, inocente y temeroso de este suceso, después de ver a doña Blanca y a don Beltrán en posesión de su amor, el galán más enamorado y la dama muy contenta, siguiendo muy valerosamente en su ejercicio de la guerra y teniendo el duque en esta ocasión muy valerosos soldados en su compañía, y viendo ser don Rodrigo de los que más señaladamente se aventajaban en todas ocasiones, le honró con una compañía de caballos, en cuyo ejercicio hizo valerosas hazañas.

Sucedió en este tiempo el saco de Amberes, tan solemnizado y sabido de todos, y viendo don Rodrigo que a traer la nueva a la católica y prudente majestad del rey don Felipe II había de venir algún caballero, y considerando que esta ocasión era la misma que él siempre deseaba, fiado en sus valerosos hechos pidió por merced al duque le honrase con este cargo. Concediole el duque esta petición, y mucho más que pidiera, por conocer ser merecedor de mayores acrecentamientos, con lo cual, más contento que en su vida estuvo, se puso por la posta en España.

Llegó a la corte, dio las nuevas, y en albricias de ellas, después de haberle hecho Su Majestad mil honras, le hizo merced de un hábito de Santiago y cuatro mil ducados de renta, y con todas estas grandezas, fenecida la ocasión de estar en la corte, se fue a descansar a su patria, con intento de pedir por esposa a su querida señora; o, en caso que se la negasen, mostrando la cédula sacarla por el vicario.

Llegó a Salamanca, y después de haber desengañado a sus padres de las falsas nuevas que de su casamiento habían tenido, con pedirles de nuevo tornasen a tratar sus bodas con la bellísima doña Leonor, y oído de ellos una respuesta tan cruel como la de haberse casado, él, más desesperado, triste y confuso que en su vida estuvo, harto de lastimarse y sentir tal desdicha, y cansado de atormentarse con imaginaciones, se salió de casa con intento de hablar a doña Leonor, y en diciéndole su sentimiento, culpando su poca lealtad, dar la vuelta a Flandes y morir sirviendo al rey.

Llegó a su casa a tiempo que estaba la triste señora en un balcón de ella más rendida que nunca a sus tristezas y melancólicos pensamientos; porque demás de haberse casado, como he dicho, por parecerle irritada de cólera que se vengaba de su ingrato dueño, y estos casamientos hechos con tales designios siempre paran en aborrecimiento, era el marido celoso y no de mejor condición que otro, y tras esto amigo de seguir sus apetitos y desconciertos, sin perdonar las damas ni el juego, causas para que doña Leonor le hubiese del todo aborrecido, y él viendo su despego, no la trataba muy amorosamente, y estas cosas la traían sin gusto; pues como don Rodrigo la vio tan triste, se paró muy turbado a mirarla, tanto que la dama tuvo lugar, volviendo de su suspensión de reparar en aquel soldado que tan galán y cuidadoso la miraba, y conociendo a don Rodrigo, dando un grandísimo grito se cayó de espaldas en el suelo, dando con el cuerpo un grandísimo golpe, dejando a don Rodrigo tan turbado que le pesó mil veces de haberse puesto delante de sus ojos por no darle tal pesar.

Al ruido que hizo con la caída acudieron su madre y criados, y hallándola a su parecer sin ningún sentido, creyendo ser algún desmayo, la llevaron a la cama y, desnudándola, la pusieron en ella, y con toda priesa enviaron criados, unos a buscar su marido y otros a traer los médicos; y estos venidos, haciéndola mil diligencias y remedios sin provecho, ya con unturas y fomentos, ya con crueles garrotes, cansados de atormentarla, declararon que era muerta; nueva bien rigurosa, no solo para su casa sino para toda la ciudad, que como se publicó su repentino fin generalmente la lloraban, sintiendo todos como propia suya la pérdida de tan hermosa dama; pues si a los que no les tocaba esta desdicha la sentían, ¿qué sería a quien la tenía en el alma, que era don Rodrigo?

Este aún no había salido de la calle, esperando saber de algunos el suceso de tan cruel desmayo, de que le desengañaron presto los gritos que en casa de la dama se daban: pero queriendo más por entero saber un suceso tan lastimoso, lo preguntó a un criado que salía, que como le dijo que su señora había caído muerta, fue milagro no morir también. Recogiose a su casa luego que supo que por orden de los médicos la guardaban treinta y seis horas, donde hacía y decía las lástimas que en tal caso se puede pensar.

Pasó el término señalado, y visto que era en vano aguardar más, la llevaron a la iglesia mayor, donde tenía su capilla y entierro, y poniéndola en una caja de terciopelo negro, como todos los de su linaje, la metieron en la bóveda, que era una hermosa sala debajo de tierra con unos poyos donde ponían las cajas: tenía en la testera un rico altar de un devoto crucifijo, en el cual se decían muchas misas.

Supo don Rodrigo como su querida Leonor estaba ya en la bóveda, y con las ansias amorosas que le apretaban el corazón, apenas fue de noche cuando se fue a la iglesia, donde halló al sacristán que estaba cerrando con llave la puerta de la bóveda, porque subía de encender las lámparas; y después de muchos ruegos, le dio una cadena de valor de cien escudos y pidió que le dejase ver la hermosa doña Leonor: no fue muy dificultoso el alcanzarlo del sacristán, visto el interés, a quien todo es fácil; y así, cerrando la iglesia se bajaron juntos a la funesta bóveda, y descubriendo la caja, empezó el amante caballero a abrazar el difunto cadáver como si tuviera algún sentimiento, a quien bañado en lágrimas, empezó a decir:

—¿Quién pensara, querida Leonor, que cuando habías de estar en mis brazos había de ser a tiempo que no tuvieras alma ni sentimiento para oírme? ¡Ay de mí, y cómo has pagado bien el yerro que hiciste en casarte siendo yo vivo! Cruel estuviste en hacerlo, mas mucho más lo has estado en darme tan crecida venganza; vivieras tú, hermoso dueño mío, aunque fuera en poder ajeno, que a mí me bastara sola tu vista para vivir alegre.

Diciendo estas y otras palabras de tanto sentimiento, que ya el sacristán que le acompañaba le ayudaba con muchas lágrimas, volvió los ojos al altar en que estaba el devoto crucifijo, y como ni por amante ni por desdichado perdiese la devoción, se arrodilló delante de él, y después de haberle pedido perdón de haber en su presencia hablado con aquella difunta de aquella suerte, con una devota y fervorosa oración le pidió su vida, pues para darla a los muertos había ofrecido la suya en la cruz, proponiéndole una promesa de gran valor.

¡Oh fuerza de la oración, que tanto alcanzas! ¡Oh piadoso Dios, que así oyes a los que de veras te llaman! Pues apenas acabó don Rodrigo de pedir con piadoso y devoto afecto, cuando fue oído con misericordia, porque sintiendo ruido en el ataúd en que estaba doña Leonor, volvió la cabeza y vio que alzando la dama las manos, se las puso en el rostro con un ¡ay! muy debilitado, a cuyo sentimiento acudió don Rodrigo y el sacristán, y vieron que, aunque no había abierto los ojos, empezaba a cobrar aliento; y así determinaron sacarla de allí, porque si volviese de todo punto no se hallase en tan temerosa parte; y con esto, dando don Rodrigo gracias a Dios, cargó con el amable peso, mandando al sacristán cerrase la caja como estaba, y subiendo con él a la iglesia, la puso en una alfombra, pidiendo al sacristán que fuese por un poco de vino y bizcochos para darle algún aliento si volviese del todo.

Fue el sacristán, y apenas le vio don Rodrigo fuera de la iglesia, cuando tomando en brazos a su dama se fue con ella a su casa, donde la quitó el hábito en que estaba metida y la acostó en su cama.

Cuando el sacristán volvió y no halló al caballero ni la dama, y no conociese el ladrón del amoroso hurto, no hizo más que cerrar la iglesia y subirse a su aposento, con lo que pudo recoger de vestidos y camisa; y dejando las llaves colgadas de un clavo, se fue en casa de un amigo donde estuvo retirado hasta ver en qué paraba este suceso.

Don Rodrigo, muy contento por ver que doña Leonor iba cobrando aprisa con el calor la vida, la empezó a llamar por su nombre, rociándole el rostro con vino y aplicándola paños mojados, y lo mismo a las narices, con que acabó de cobrar sentido.

Y como abriendo los ojos vio a don Rodrigo, sin que otra persona estuviese a su cabecera sino él, admirada de verse allí, como quien mejor sabía donde se había visto, como después se dirá, le preguntó admirada el lugar donde estaba, porque hasta entonces no sabía donde había estado: a lo cual don Rodrigo satisfizo, contándola lo que queda dicho, confirmando doña Leonor el milagro de haber vuelto a este mundo, con lo que adelante se verá.

Concertaron los amantes de irse otro día a Ciudad Rodrigo, donde don Rodrigo tenía deudos; y desde allí, sacando recados para sus amonestaciones, desposarse pasados los términos de ellas: para lo cual, antes de ponerlo por obra, consultó don Rodrigo el caso con un teólogo, el cual le dijo que lo hiciese, haciendo leer sus amonestaciones en Salamanca, teniendo por sin duda que Dios había vuelto a doña Leonor a este mundo para que cumpliese la primera palabra.

Dio don Rodrigo a entender a sus padres que se iba a Ciudad Rodrigo a divertirse con sus deudos; y con esta licencia y su dama se partió esa noche misma, siendo la segunda de haber cobrado doña Leonor la vida: la cual había cobrado el ánimo, mas no la color, que esa jamás volvió a su rostro.

En estando en Ciudad Rodrigo, nuestro caballero envió a sus padres un propio pidiéndoles que, para cosas que importaban su quietud, se viniesen por ocho días a aquella ciudad, que venidos a ella, con lo que sabrían le disculparían de tal petición. Ellos, que ya otras veces solían hacer este viaje cuando iban a ver a sus parientes y holgarse con ellos, se pusieron en un coche y se fueron a ver con su hijo, y como entrasen en su posada, que era la casa de una hermana de su madre, viuda muy rica, y viesen a doña Leonor, no dando crédito a sus ojos le preguntaron quién fuese, satisfaciendo don Rodrigo a su pregunta con decirles lo que queda dicho; y todos juntos daban muy contentos gracias a Dios, que tantas mercedes les había hecho.

Sacáronse los recados para amonestarse y enviáronlos a Salamanca al cura de la iglesia mayor, que era la parroquia de todos, el cual, aunque echó menos al sacristán, como halló la plata y ornamentos de la iglesia cabal, creyó que le hubiese sucedido algún caso que le movió a ausentarse, mas no se echó menos la dama.

Sucedió que todas tres veces que se leyeron las amonestaciones estaban en la iglesia los padres y marido de doña Leonor; mas, aunque oyeron el nombre de su hija y los suyos mismos, estando seguros de que era muerta y la habían enterrado, no cayeron en ello, creyendo que en una ciudad tan grande como en Salamanca habría otros del mismo apellido y nombre.

Pues como los términos de las amonestaciones pasaron sin ver impedimento alguno, aunque de industria se leían públicamente, se desposaron, gozando don Rodrigo de su amada prenda, y quedando de concierto de allí a un mes venirse a velar a Salamanca; y porque entonces se habían de hacer unas fiestas muy grandiosas de toros y cañas, se volvieron sus padres a su casa a prevenir lo necesario para las bodas.

Llegado el aplazado día, habiendo cuatro que don Rodrigo y su esposa con muchas damas y caballeros habían llegado de secreto a Salamanca, y aposentádose en casa de sus padres, cubiertos todos de galas y riquezas, entraron en la iglesia para velarse a tiempo que los padres y marido de la novia estaban en ella oyendo misa, porque don Alonso, aficionado a una dama que asistía en ella, era muy puntual en galantearla: pues como viesen una boda de tanto aparato y grandeza, pusieron los ojos en la bien aderezada y gallarda novia, y como naturalmente la conociesen por ser los unos sus padres y el otro su marido, aun no creyendo a sus mismos ojos, cada uno por su parte preguntaron quién era, porque al novio ya le habían conocido: y como les dijesen su nombre, más admirados, engañándose a sí mismos y no pudiendo creer que fuese la misma, por haberla visto muerta, entre el sí y el no dieron lugar que se velasen.

Había en este tiempo don Alonso salídose de la iglesia a llamar algunos amigos y avisar la justicia, enterado de que era su mujer la misma que había visto casar. Pues como aún se quedasen los nuevos casados y su acompañamiento en la iglesia, la madre de doña Leonor, con menos sufrimiento que los demás, llegándose cerca de ella la estuvo mirando atentamente, y como de todo punto la conociese, con pasos desatentados se fue a abrazar con ella diciendo:

—¡Ay, querida Leonor, hija mía, y como es posible que tu corazón puede sufrir el no abrazarme!

Doña Leonor, que vio a su madre tan cerca de sí, abrazándose con ella, empezó a llorar.

Llegó en esto su padre y el de don Rodrigo, y visto que allí era alborotar la gente, procurando saber el fin de este caso, las apartaron, y todas juntas se entraron en los coches, donde mientras tardaron en llegar a una casa que en la plaza tenían aderezada para comer y ver las fiestas, supieron el caso como queda dicho: y sabiendo que don Rodrigo y sus padres no determinarían de hacer tal sin acuerdo de teólogos y letrados, considerando los caminos que Dios tiene para efectuar su voluntad y descubrir sus secretos, le dieron muchas gracias, disponiéndose a defender por justicia la causa si don Alonso, como pensaban, les pusiese pleito.

Llegando, en fin, donde les esperaban las mesas y habiéndose servido la comida, se salieron a los balcones a ver las fiestas, donde en uno muy aderezado y guarnecido se sentaron los novios.

Don Alonso, que solo esto aguardaba, cercado de sus amigos, todos a caballo pasearon la plaza, siendo siempre el blanco y paradero de sus paseos enfrente del balcón en que estaban los recién casados, ya recelosos de lo que don Alonso intentaba. El cual, como con sus amigos, y entre ellos el corregidor, se acabaron de resolver de que aquella dama era su misma mujer, la que habían visto muerta y la que habían enterrado dos meses había, don Alonso pidió justicia al mismo corregidor, dando querella de doña Leonor y don Rodrigo, y con esto la gente comenzó a alborotarse. Hizo el corregidor su embargo, a lo cual don Rodrigo, que no aguardaba otra cosa, se puso de pechos sobre el balcón y dijo:

—Señores, yo no niego que esta dama es doña Leonor, hija de los señores don Francisco y doña María, que están presentes, y mujer que fue del señor don Alonso; mas también advierto que estoy legítimamente casado con ella. El cómo me casé con ella diré en otro lugar; dejen pasar las fiestas, que pues esto ha de constar por información, yo la tengo tan en mi favor que no recelo siniestra sentencia.

Daba voces don Alonso que depositasen a doña Leonor en parte segura. Hízolo el corregidor, mandando a su mujer, que estaba en la plaza, que llevase consigo a doña Leonor. Con esto quitaron las espadas a don Alonso y don Rodrigo y mandáronlos sobre su palabra que pasadas las fiestas tuviesen por prisión su casa.

Otro día los padres de don Rodrigo, viendo que aquel pleito era más de justicia eclesiástica que de seglar, pidieron al obispo, por una exposición, que pidiese los presos, el cual lo hizo, y tomando su confesión a don Alonso, que ya había hecho su pedimento ante él, dijo que doña Leonor, que era la misma que don Rodrigo llamaba su mujer, era suya, a la cual, vencida de un desmayo grande, por engaño de los médicos habían enterrado: y que supuesto que faltaba de la bóveda donde la habían puesto y estaba viva, que él quería que antes de todas cosas se le entregase la dama, y con ella su dote, de que estaba despojado, por las falsas nuevas de su muerte.

A lo cual respondió don Rodrigo que doña Leonor era legítimamente su mujer por una cédula, la cual no había cumplido por la fuerza que sus padres la habían hecho, engañándola y diciéndola que él se había casado en Flandes. Y que cuando sin engaño se hubiera casado, que ya no podía el primer marido tener ningún derecho, porque la muerte disuelve el matrimonio, y respecto de esto aquella señora era suya, y no de don Alonso, porque ella había sido verdaderamente muerta, y no desmayada, como constaba de la declaración de tres médicos y haberla tenido treinta y seis horas después de muerta, doce más de las que manda la ley; y que él, viéndola enterrar, había vencido con dineros la fidelidad del sacristán, deseoso de ver en sus brazos muerta la que no había merecido viva, y que por fin había entrado en la bóveda, donde cansado de llorar se había vuelto a un devoto crucifijo que allí estaba, a quien fervorosamente había pedido su vida; y que su divina Majestad, como el más justo juez, se lo había concedido, como veían, dándola nueva vida para que él como legítimo dueño la gozase; y de que era verdadero poseedor lo decían sus diligencias, siendo con justo título su mujer; pues para su casamiento, demás de haberse aconsejado con teólogos, habían precedido todas las solemnidades que pide el santo concilio de Trento.

Mandó el obispo venir a doña Leonor y que hiciese su declaración; la cual dijo que ella era verdadera mujer de don Rodrigo por muchas causas. La primera, que ella le había dado palabra, la cual no había cumplido por haberla forzado sus padres con amenazas y darle a entender que se había casado; y que por esta causa había dado el sí forzada, como lo podía decir el mismo don Alonso, pues jamás había podido acabar con ella que consumasen el matrimonio. Demás de esto, que ella naturalmente había sido muerta, refiriendo algunas cosas que bastaron a hacer patente esta verdad, que por no ser de importancia al suceso se ocultan, y últimamente, que ella estaba en poder de don Rodrigo, al cual conocía por marido, y no a otro.

Visto esto y el parecer de muchos teólogos y letrados, mandó el obispo que la dama se entregase a don Rodrigo, desposeyendo a don Alonso de la mujer y hacienda: con lo cual el dicho don Rodrigo gozó de la hermosa doña Leonor muchos años, aunque pocos según su amor. Murió primero que su marido, dejando un hijo que hoy vive casado, siendo en su tierra muy querido.

Con que da fin la célebre maravilla don Lope, en que se ve claro el imposible vencido.

NOCHE QUINTA.

NOVELA NONA.

EL JUEZ DE SU CAUSA.

Tuvo entre sus grandezas la nobilísima ciudad de Valencia, por nueva y milagrosa maravilla de tan celebrado asiento, la sin par belleza de Estela, dama ilustre, rica y de tantas prendas, gracias y virtudes que, cuando no tuviera otra cosa de qué preciarse sino de tenerla por hija, pudiera alabarse entre todas las ciudades del mundo de su dichosa suerte. Era Estela única en casa de sus padres y heredera de mucha riqueza, que para sola ella les dio el cielo, a quien agradecidos alababan por haberles dado tal prenda.

Entre los muchos caballeros que deseaban honrar con la hermosura de Estela su nobleza fue don Carlos, mozo noble, rico y de las prendas que pudiera Estela elegir un noble marido: si bien Estela, atada su voluntad a la de sus padres, como de quien sabía que procuraban su acrecentamiento, aunque entre todos se agradaba más de las virtudes y gentileza de don Carlos, era con tanta cordura y recato que ni ellos ni él conocían en ella ese deseo, pues ni despreciaba cruel sus pretensiones ni admitía liviana sus deseos, favoreciéndole con un mirar honesto y un agrado cuerdo, de lo cual el galán, satisfecho y contento, seguía sus pasos, adoraba sus ojos y estimaba su hermosura, procurando con su presencia y continuos paseos dar a entender a la dama lo mucho que la estimaba.

Había en Valencia una dama de más libres costumbres que a una mujer noble y medianamente rica convenía; la cual viendo a don Carlos pasar a menudo por su calle, por ser camino para ir a la de Estela, se aficionó de suerte que, sin mirar en más inconvenientes que a su gusto, se determinó a dárselo a entender del modo que pudiese.

Poníasele delante en todas ocasiones, procurando despertar con su hermosura su cuidado: mas como los de don Carlos estuviesen ocupados y cautivos de la belleza de Estela, jamás reparaba en la solicitud con que Claudia (que este era el nombre de la dama) vivía: pues como se aconsejase con su amor y el descuido de su amante, y viese que nacía de alguna voluntad, procuró saberlo de cierto, y a pocos lances descubrió lo mismo que quisiera encubrir a su misma alma, por no atormentarla con el rabioso mal de los celos. Y conociendo el poco remedio que su amor tenía, viendo al galán don Carlos tan bien empleado, procuró por la vía que pudiese estorbarlo, o ya que no pudiese más, vivir con quien adoraba, para que su vista aumentase su amor o su descuido apresurase su muerte.

Para lo cual, sabiendo que a don Carlos se le había muerto un paje que de ordinario le iba acompañando y le servía de fiel consejero de su honesta afición, aconsejándose con un antiguo criado que tenía, más codicioso de su hacienda que de su hermosura y quietud, le pidió que diese traza como ella ocupase la plaza del muerto siervo, dándole a entender que lo hacía por procurar apartarle de la voluntad de Estela y traerle a la suya, ofreciéndole, si lo conseguía, gran parte de su hacienda.

El codicioso viejo, que vio por este camino gozaría de la hacienda de Claudia, se dio tal maña en negociarlo que el tiempo que pudiera gastar en aconsejarla lo contrario ocupó en negociar lo de su traje en el de varón, y en servicio de don Carlos y su criado con la gobernación de su hacienda y comisión de hacer y deshacer en ella: venció la industria los imposibles y en pocos días se halló Claudia paje de su amante, granjeando su voluntad de suerte que ya era archivo de los más escondidos pensamientos de don Carlos, y tan valido suyo que solo a él encomendaba la solicitud de sus deseos.

Ya en este tiempo se daba don Carlos por tan favorecido de Estela, habiendo vencido su amor los imposibles del recato de la dama, que a pesar de los ojos de Claudia, que con lágrimas solemnizaba esta dicha de los dos amantes, le hablaba algunas noches por un balcón, recibiendo con agrado sus papeles y oyendo con gusto algunas músicas que le daba su amante algunas veces.

Pues una noche que, entre otras muchas, quiso don Carlos dar una música a su querida Estela, y Claudia con su instrumento había de ser el tono de ella, en lugar de cantar el amor de su dueño, quiso con este soneto desahogar el suyo, que con el lazo al cuello estaba para precipitarse:

Goce su libertad el que ha tenido

Voluntad y sentidos en cadena;

Y el condenado en amorosa pena,

El dudoso favor que ha prevenido.

En dulces lazos (pues leal ha sido)

De mil gustos de amor el alma llena,

El que tuvo su bien en tierra ajena

Triunfe de ausencia sin temor de olvido.

Viva el amado sin favor celoso;

Y venza su desdén el despreciado,

Logre sus esperanzas el que espera.

Con su dicha alegre el venturoso,

Y con su prenda el victorioso amado,

Y el que amare imposibles, cual yo muera.

En este estado estaban estos amantes, aguardando don Carlos licencia de Estela para pedirla a sus padres por esposa, cuando vino a Valencia un conde italiano, mozo y galán: pues como su posada estaba cerca de la de Estela y su hermosura tuviese jurisdicción sobre todos cuantos la llegasen a ver, cautivó de suerte la voluntad del conde que le vino a poner en puntos de procurar remedio, y el más conveniente que halló, fiado en ser quien era, demás de sus muchas prendas y gentileza, fue pedirla a sus padres, juntándose este mismo día con la suya la misma petición por parte de don Carlos que, acosado de los amorosos deseos de su dama y quizá de los celos que le daba el conde viéndole pasear la calle, quiso darles alegre fin.

Oyeron sus padres los unos y los otros terceros, y viendo que aunque don Carlos era digno de ser dueño de Estela, codiciosos de verla condesa, despreciando la pretensión de don Carlos se la prometieron al conde; y quedó asentado que de allí a un mes fuesen las bodas.

Sintió la dama, como era razón, esta desdicha y procuró desbaratar estas bodas, mas todo fue cansarse en vano; y más cuando ella supo por un papel de don Carlos cómo había sido despedido de ser suyo.

Mas como amor, cuando no hace imposibles, le parece que no cumple con su poder, dispuso de suerte los ánimos de estos amantes que, viéndose aquella noche por la parte que solían, concertaron que de allí a ocho días previniese don Carlos lo necesario, la sacase y llevase a Barcelona, donde se casarían; de suerte que cuando sus padres la hallasen, fuese con su marido, tan noble y rico como pudieran desear, a no haberse puesto de por medio tan fuerte competidor como el conde, y su codicia.

Todo esto oyó Claudia, y como le llegasen tan al alma estas nuevas, recogiose en su aposento y pensando estar sola, soltando las corrientes a sus ojos, empezó a decir:

—Ya, desdichada Claudia, ¿qué tienes que esperar? Carlos y Estela se casan, amor está de su parte y tiene pronunciada contra mí cruel sentencia de perderle. ¿Podrán mis ojos ver a mi ingrato en brazos de su esposa? No por cierto: pues lo mejor será decirle quién soy y luego quitarme la vida.

Estas y otras muchas razones decía Claudia, quejándose de su desdicha; cuando sintió llamar a la puerta de su estancia, y levantándose a ver quién era, vio que el que llamaba a la puerta era un gentil y gallardo moro que había sido del padre de don Carlos, y habiéndose rescatado, no aguardaba sino pasaje para ir a Fez, de donde era natural, que como le vio, le dijo:

—¿Para qué, Hamete, vienes a inquietar ni estorbar mis quejas si las has oído, y por ellas conoces mi grande desdicha y aflicción? Déjamelas padecer, que ni tú eres capaz de consolarme ni ellas admiten ningún consuelo.

Era el moro discreto, y en su tierra noble, que su padre era un bajá muy rico; y como hubiese oído quejar a Claudia, y conocido quién era, le dijo:

—Oído he, Claudia, cuanto has dicho, y como, aunque moro, soy en algún modo cuerdo, quizá el consuelo que te daré será mejor que el que tú tomas, porque en quitarte la vida, ¿qué agravio haces a tus enemigos, sino darles lugar a que se gocen sin estorbo? Mejor sería quitar a Carlos y Estela, y esto será fácil si tú quieres: para animarte a ello te quiero decir un secreto que hasta hoy no me ha salido del pecho: óyeme, y si lo que quiero decirte no te pareciere a propósito, no lo admitas; mujer eres y dispuesta a cualquier acción, como lo juzgo en haber dejado tu traje y opinión por seguir tu gusto.

Algunas veces vi a Estela, y su hermosura cautivó mi voluntad; mira qué de cosas te he dicho en estas dos palabras. Quéjaste que por Carlos dejaste tu reposo, dasle nombre de ingrato, y no andas acertada porque si tú le hubieras dicho tu amor, quizá Estela no triunfara del suyo ni yo estuviera muriendo. Dices que no hay remedio porque tienen concertado robarla y llevarla a Barcelona, y te engañas, porque en eso mismo, si tú quieres, está tu ventura y la mía.

Mi rescate ya está dado, mañana he de partir de Valencia, porque para ello tengo prevenida una galeota que anoche dio fondo en un escollo cerca del Grao, de quien yo solo tengo noticia.

Si tú quieres quitarle a don Carlos su dama y hacerme a mí dichoso, pues ella te da crédito a cuanto le dices, fiada en que eres la privanza de su amante, ve a ella y dile que tu señor tiene prevenida una nave en que pasar a Barcelona, como tiene concertado; y que por ser segura no quiere aguardar el plazo que entre los dos se puso, que para mañana en la noche se prevenga; señala la hora misma y dándola a entender que don Carlos la aguardará en la marina, la traerás donde yo te señalare, y llevándomela yo a Fez, tú quedarás sin embarazo, donde podrás persuadir y obligarle a amarte, y yo iré rico de tanta hermosura.

Atónita oyó Claudia el discurso del moro, y como no mirase en más que en verse sin Estela y con don Carlos, aceptó luego el partido, dando al moro las gracias, quedando de concierto en efectuar otro día esta traición, que no fue difícil; porque Estela, dando crédito, pensando que se ponía en poder del que había de ser su esposo, cargada de joyas y dineros, antes de las doce de la siguiente noche ya estaba embarcada en la galeota, y con ella Claudia, que Hamete la pagó de esta suerte la traición.

Tanto sintió Estela su desdicha que, así como se vio rodeada de moros, y entre ellos el esclavo de don Carlos, y que él no parecía, vio que a toda priesa se hacían a la vela, y considerando su desdicha, aunque ignoraba la causa, se dejó vencer de un mortal desmayo que le duró hasta otro día; tal fue la pasión de ver esto, y más cuando, volviendo en sí, oyó lo que entre Claudia y Hamete pasaba; porque creyendo el moro ser muerta Estela, teniéndola Claudia en sus brazos, le decía al alevoso moro:

—¿Para qué, Hamete, me aconsejaste que pusiese esta pobre dama en el estado en que está, si no me habéis de conceder la amada compañía de don Carlos, cuyo amor me obligó a hacer tal traición como hice en ponerla en tu poder? ¿Cómo te precias de noble si has usado conmigo este rigor?

—Al traidor, Claudia —respondió Hamete—, pagarle en lo mismo que ofende es el mejor acuerdo del mundo, demás que no es razón que ninguno se fíe del que no es leal a su misma nación y patria: tú quieres a don Carlos, y él a Estela: por conseguir tu amor quitas a tu amante la vida, quitándole la presencia de su dama; pues a quien tal traición hace como dármela a mí por un vano antojo, ¿cómo quieres que yo me asegure de que luego no avisarás a la ciudad y saldrán tras mí, y me darán la muerte? Pues con quitar este inconveniente, llevándote yo conmigo aseguro mi vida y la de Estela, a quien adoro.

Estas, y otras razones como estas, pasaban entre los dos cuando Estela, vuelta en sí, habiendo oído estas razones o las más, pidió a Claudia que le dijese qué enigmas eran aquellos que pasaban por ella; la cual se lo contó todo como pasaba, dando larga cuenta de quién era y por la ocasión que se veían cautivas.

Solemnizaba Estela su desdicha vertiendo de sus ojos dos mil mares de hermosas lágrimas, y Hamete su ventura consolando a la dama en cuanto podía y dándola a entender que iba a ser señora de cuanto él poseía, y más en propiedad si quisiese dejar su ley: consuelos que la dama tenía por tormentos y no por remedio: a los cuales respondió con las corrientes de sus hermosos ojos. Dio orden Hamete a Claudia para que, mudando traje, sirviese y regalase a Estela, y con esto, haciéndose a lo largo, se engolfaron en alta mar la vuelta de Fez.

Dejémoslos ahora hasta su tiempo y volvamos a Valencia, donde siendo echada menos Estela de sus padres, locos de pena, procuraron saber qué se había hecho buscando los más secretos rincones de su casa con un llanto sordo y semblante muy triste.

Hallaron una carta dentro de un escritorio suyo, cuya llave estaba sobre un bufete, que abierta decía así:

«Mal se compadece amor e interés por ser muy contrario el uno del otro, y por esta causa, amados padres míos, al paso que me alejo del uno, me entrego al otro: la poca estimación que hago de las riquezas del conde me lleva a poder de don Carlos, a quien solo reconozco por legítimo esposo: su nobleza es tan conocida que, a no haberse puesto de por medio tan fuerte competidor, no se pudiera para darme estado pedir más ni desear más. Si el yerro de haberlo hecho de este modo mereciere perdón, juntos volveremos a pedirle, y en tanto pediré al cielo las vidas de todos.»

Estela.

El susto y pesar que causó esta carta podrá sentir quien considerare la prenda que era Estela y cuánto la estimaban sus padres: los cuales, dando orden a su gente para que no hiciesen alboroto alguno, creyendo que aún no habrían salido de Valencia, porque la mayor seguridad era estarse quedos, y que haciendo algunas diligencias secretas sabrían de ellos, dando aviso al virrey del caso; la primera que se hizo fue visitar la casa de don Carlos, que descuidado del suceso le trasladaron a un castillo a título de robador de la hermosa Estela y escalador de la nobleza de sus padres, siendo el consuelo de ellos y su esposo, que así se intitulaba el conde.

Estaba don Carlos inocente de la causa de su prisión y hacía mil instancias para saberla; y como le dijesen que Estela faltaba y que, conforme a una carta que se había hallado de la dama, él era el autor de este robo y el Júpiter de esta bella Europa, y que él había de dar cuenta de ella, viva o muerta, pensó acabar la vida a manos de su pesar; y cuando se vio puesto en el aprieto que el caso requería, porque ya le amenazaba la garganta el cuchillo, y a su inocente vida la muerte: si bien su padre, como tan rico y noble, defendía, como era razón, la inocencia de su hijo.

Quédese así hasta su tiempo, que la historia dirá el suceso; y vamos a Estela y Claudia, que en compañía del cruel Hamete navegaban con próspero viento la vuelta de Fez, que como llegasen a ella, fueron llevadas las damas en casa del padre del moro, donde la hermosa Estela empezó de nuevo a llorar su cautiverio y la ausencia de don Carlos; porque, como Hamete viese que ni con ruegos ni caricias podía vencerla, empezó a usar de la fuerza, procurando con malos tratamientos obligarla a consentir con sus deseos por no padecer, tratándola como a una miserable esclava, mal comida y peor vestida, y sirviendo en la casa de criada, en la cual tenía el padre de Hamete cuatro mujeres, con quien estaba casado, y otros dos hijos menores.

De estos dos el mayor se aficionó con grandes veras de Claudia, la cual segura de que si como Estela no le admitiese la tratarían como a ella, y viéndose también excluida de tener libertad ni de volver a ver a Carlos, cerrando los ojos a Dios, renegó de su santísima fe y se casó con Zaide, que este era el nombre de su hermano.

Con lo cual la pobre dama pasaba triste y desesperada vida, y así pasó un año, y en él mil desventuras, si bien lo que más le atormentaba eran las persecuciones de Hamete, quien continuamente la molestaba con sus importunaciones.

Desesperado pues de remedio, pidió a Claudia con muchas lástimas diese orden de que por lo menos, usando de la fuerza, pudiese gozarla: prometióselo Claudia; y así un día que estaban solas, porque las demás eran idas al baño, le dijo la traidora Claudia estas razones:

—No sé, hermosa Estela, cómo te diga la tristeza y congoja que padece mi corazón en verme en esta tierra y en tan mala vida como estoy: yo, amiga Estela, estoy determinada a huirme, que no soy tan mora que no me tire más el ser cristiana: pues el haberme sujetado a esto fue más de temor que de voluntad; cincuenta cristianos tienen prevenido un bajel en que hemos de partir esta noche a Valencia: si tú quieres, pues vinimos juntas, que nos volvamos juntas, no hay sino que te dispongas y que nos volvamos con Dios; que yo espero en él que nos llevará en salvamento; y si no, mira qué quieres que le diga a Carlos, que de hoy en un mes pienso verle; y en lo que mejor puedes conocer la voluntad que te tengo es en que, estando sin ti, puede ser ocasión de que Carlos me quiera, y para lo contrario me ha de ser estorbo tu presencia; mas con todo eso me obliga más tu miseria que mi gusto.

Arrojose Estela a los pies de Claudia, y la suplicó, que pues era esta su determinación, que no la dejase, y vería con las veras que la servía. Finalmente, quedaron concertadas en salir juntas esta noche, después de todos recogidos; para lo cual juntaron sus cosas, por no ir desapercibidas.

Las doce serían de la noche cuando Estela y Claudia, cargadas de dos pequeños líos en que llevaban sus vestidos y camisas, y otras cosas necesarias a su viaje, se salieron de casa y caminaron hacia la marina, donde decía Claudia que estaba el bergantín o bajel en que había de escapar, y en su seguimiento Hamete, que desde que salieron de casa las seguía.

Y como llegasen hacia unas peñas en donde decía que habían de aguardar a los demás, tomando un lugar, el más acomodado y seguro que a la cautelosa Claudia le pareció más a propósito para el caso, se sentó animando a la temerosa dama, que cada pequeño rumor le parecía que era Hamete. De esta suerte estuvieron más de una hora, pues Hamete, aunque estaba cerca de ellas, no se había querido dejar ver porque estuviese más segura.

Al cabo de esto llegó, y como las viese, fingiendo una furia infernal les dijo:

—¡Ah perras mal nacidas, qué fuga es esta! Ya no os escaparéis con las traiciones que tenéis concertadas.

—No es traición, Hamete —dijo Estela—, procurar cada uno su libertad, que lo mismo hicieras tú si te vieras de la suerte que yo, maltratada y abatida de ti y de todos los de tu casa: demás que si Claudia no me animara, no hubiera en mí atrevimiento para emprender esto; sino que ya mi suerte tiene puesta mi perdición en sus manos, y así me ha de suceder siempre que fiare de ella.

—No lo digas burlando, perra —dijo a esta ocasión la renegada Claudia—, porque quiero que sepas que el traerte esta noche no fue con ánimo de salvarte sino con deseo de ponerte en poder del gallardo Hamete, para que por fuerza o por grado te goce, advirtiendo que le has de dar gusto, y con él posesión de tu persona, o has de quedar aquí hecha pedazos.

Dicho esto se apartó algún tanto, dándole lugar al moro, que tomando el último acento de sus palabras, prosiguió con ellas, pensando persuadirla ya con ternezas, ya con amenazas, ya con regalos, ya con rigores. A todo lo cual Estela, bañada en lágrimas, no respondía más sino que se cansaba en vano, porque pensaba dejar la vida antes que perder la honra.

Acabose de enojar Hamete, y trocando la terneza en saña, empezó a maltratarla, dándola muchos golpes en su hermoso rostro, amenazándola con muchos géneros de muerte si no se rendía a su gusto. Y viendo que nada bastaba, quiso usar de la fuerza, batallando con ella hasta rendirla.

El ánimo de Estela en esta ocasión era mayor que de una flaca doncella se podía pensar; mas como a brazo partido anduviese luchando con ella, rendidas ya las débiles fuerzas de Estela, se dejó caer en el suelo: y no teniendo facultad para defenderse, acudió al último remedio, y al más ordinario y común de las mujeres, que fue dar gritos, a los cuales Jacimín, hijo del rey de Fez, que venía de caza, movido de ellos, acudió a la parte donde le pareció que los oía, dejando atrás muchos criados que traía; y como llegase a la parte donde las voces se daban, vio patente la fuerza que a la hermosa dama hacía el fiero moro.

Era el príncipe de hasta veinte años; y demás de ser muy galán, tan noble de condición y tan agradable en las palabras que, por esto y por ser muy valiente y dadivoso, era muy amado de todos sus vasallos; siendo asimismo tan aficionado a favorecer a los cristianos que, si sabía que alguno los maltrataba, lo castigaba severamente.

Pues como viese lo que pasaba entre el cruel moro y aquella hermosa esclava, que ya a este tiempo se podía ver a causa de que empezaba a romper el alba; y la mirase tendida en tierra y con una liga atadas las manos, y que con un lienzo la quería tapar la boca el traidor Hamete, con airada voz le dijo:

—¿Qué haces, perro? ¿En la corte del rey de Fez se ha de atrever ninguno a forzar las mujeres? Déjala al punto, si no, por vida del rey que te mato.

Decir esto y sacar la espada todo fue uno. A estas palabras se levantó Hamete y metió mano a la suya, y cerrando con él le diera la muerte, si el príncipe, dando un salto, no le hurtara el golpe y reparara con la espada; mas no fue con tanta presteza que no quedase herido en la cabeza.

Conociendo pues el valiente Jacimín que aquel moro no le quería guardar el respeto que justamente debía a su príncipe, se retiró un poco, y tocando una cornetilla que traía al cuello, todos sus caballeros se juntaron con él al mismo tiempo que Hamete con otro golpe quería dar fin a su vida.

Mas siendo, como digo, socorrido de los suyos, fue preso el traidor Hamete, dando lugar a la afligida Estela, con quien ya se había juntado la alevosa y renegada Claudia, a que se echase a los pies del príncipe Jacimín, a quien como el gallardo moro viese más despacio, no agradado de su hermosura sino compasivo de sus trabajos, la preguntó quién era y la causa de estar en tal lugar.

A lo cual Estela, después de haberle dicho que era cristiana, con las más breves razones que pudo contó su historia y la causa de estar donde la veía, de lo cual el piadoso Jacimín, enojado, mandó que a todos tres los trajesen a su palacio donde, antes de curarse, dio cuenta al rey su padre del suceso pidiéndole venganza del atrevimiento de Hamete, quien juntamente con Claudia fue condenado a muerte, y este mismo día fueron los dos empalados.

Hecha esta justicia, mandó el príncipe traer a su presencia a Estela, y después de haberla acariciado y consolado, la preguntó qué quería hacer de sí. A lo cual la dama, arrodillada ante él, le suplicó que la enviase entre cristianos para que pudiese volver a su patria. Concediole el príncipe esta petición, y habiéndola dado dineros y joyas, y un esclavo cristiano que la acompañase, mandó a dos criados suyos la pusiesen donde ella gustase.

Sucedió el caso referido en Fez a tiempo que el césar Carlos V, emperador y rey de España, estaba sobre Túnez contra Barbarroja. Sabiendo pues Estela esto, mudando su traje mujeril en el de varón, cortándose los cabellos, acompañada solo de su cautivo español que el príncipe de Fez le mandó dar, juramentándole que no había de decir quién era, y habiéndose despedido de los dos caballeros moros que la acompañaban, se fue a Túnez, hallándose en servicio del emperador y siempre a su lado en todas ocasiones, granjeando no solo la fama de valiente soldado sino la gracia del emperador, y con ella el honroso cargo de capitán de caballos.

Hallose, como digo, no solo en esta ocasión sino en otras muchas que el emperador tuvo en Italia y Francia, quien hallándose en una refriega a pie, por haberle muerto el caballo, nuestra valiente dama, que con nombre de don Fernando era tenida en diferente opinión, le dio el suyo, y le acompañó y defendió hasta ponerle en salvo. Quedó el emperador tan obligado que empezó con muchas mercedes a honrar y favorecer a don Fernando; y fue la una un hábito de Santiago y la segunda una gran renta y título.

No había sabido Estela en todo este tiempo nuevas ningunas de su patria y padres, hasta que un día vio entre los soldados del ejército a su querido don Carlos, que como le conoció, todas las llagas amorosas se la renovaron, si acaso estaban adormecidas, y empezaron de nuevo a verter sangre: mandole llamar, y disimulando la turbación que le causó su vista, le preguntó ¿de dónde era y cómo se llamaba? Satisfizo don Carlos a Estela con mucho gusto, obligado de las caricias que le hacía, o por mejor decir, al rostro que, con ser tan parecido a Estela, traía cartas de favor: y así la dijo su nombre y patria, y la causa por que estaba en la guerra, sin encubrirla sus amores y la prisión que había tenido, diciéndola como cuando pensó sacarla de casa de sus padres y casarse con ella, se había desaparecido de los ojos de todos ella y un paje, de quien fiaba mucho sus secretos, poniendo en opinión su crédito, porque tenía para sí que por querer más que a él al paje, habían hecho aquella vil acción, dándole a él motivo a no quererla tanto y desestimarla; si bien en una carta que se había hallado escrita de la misma dama para su padre, decía que se iba con don Carlos, que era su legítimo esposo, cosa que le tenía más espantado que lo demás; porque irse con Claudio y decir que se iba con él, le daba que sospechar, y en lo que paraban sus sospechas era en creer que Estela no le trataba verdad con su amor, pues le había dejado expuesto a perder la vida por justicia, porque después de haber estado por estos indicios preso dos años, pidiéndole no solo el robo y el escalamiento de una casa tan noble como la de sus padres, viendo que muerta ni viva no parecía, le achacaban que después de haberla gozado la había muerto, con lo cual le pusieron en grande aprieto, tanto que muriera por ello si no se hubiera valido de la industria, la cual le enseñó lo que había de hacer, que fue romper las prisiones y quebrantar la cárcel, fiándose más de la fuga que de la justicia que tenía de su parte: que el otro año había gastado en buscarla por muchas partes, mas que había sido en vano, porque no parecía sino que la había tragado la tierra.

Con grande admiración escuchaba Estela a don Carlos, como si no supiera mejor que nadie la historia; y a lo que respondió más apresuradamente fue a la sospecha que tenía de ella y del paje, diciéndole:

—No creas, Carlos, que Estela sería tan liviana que se fuese con Claudio por tenerle amor, ni engañarte a ti, que en las mujeres nobles no hay esos tratos; lo más cierto sería que ella fue engañada, y después quizá la habrán sucedido ocasiones en que no haya podido volver por sí; y algún día querrá Dios volver por su inocencia y tú quedarás desengañado.

Lo que yo te pido es que mientras estuvieres en la guerra acudas a mi casa, que si bien quiero que seas en ella mi secretario, de mí serás tratado como amigo, y por tal te recibo desde hoy, que yo sé que con mi amparo, pues todos saben la merced que me hace el césar, tus contrarios no te perseguirán, y acabada esta ocasión daremos orden para que quedes libre de sus persecuciones; y no quiero que me agradezcas esto con otra cosa sino con que tengas a Estela en mejor opinión que hasta aquí, siquiera por haber sido tú la causa de su perdición; y no me mueve a esto más de que soy muy amigo de que los caballeros estimen y hablen bien de las damas.

Atento oyó Carlos a don Fernando, que por tal tenía a Estela, pareciéndole no haber visto en su vida cosa más parecida a su dama, mas no llegó su imaginación a pensar que fuese ella: y viendo que había dado fin a sus razones, se le humilló, pidiéndole las manos y ofreciéndose por su esclavo. Alzole Estela con sus brazos, quedando desde este día en su servicio, y tan privado con ella que ya los demás criados estaban envidiosos.

De esta suerte pasaron algunos meses, acudiendo Carlos a servir a su dama, no solo en el oficio de secretario sino en la cámara y mesa, donde en todas ocasiones recibía de ella muchas y muy grandes mercedes, tratando siempre de Estela, tanto que algunas veces llegó a pensar que el duque la amaba, porque siempre le preguntaba si la quería como antes, y si viera a Estela si se holgaría con su vista, y otras cosas que más aumentaban la sospecha de don Carlos, satisfaciendo a ellas unas veces a gusto de Estela y otras veces a su descontento.

En este tiempo vinieron al emperador nuevas cómo el virrey de Valencia era muerto repentinamente, y habiendo de enviar quien le sucediese en aquel cargo, por no ser bien que aquel reino estuviese sin quien le gobernase, puso los ojos en don Fernando, de quien se hallaba tan bien servido.

Supo Estela la muerte del virrey y, no queriendo perder de las manos esta ocasión, se fue al emperador y puesta de rodillas le suplicó le honrase con este cargo. No le pesó al emperador que don Fernando le pidiese esta merced, si bien sentía apartarle de sí, pues por esto no se había determinado; pero viendo que con aquello le premiaba, se lo otorgó y le mandó que partiese luego, dándole la patente y los despachos.

Ve aquí a nuestra Estela virrey de Valencia, y a don Carlos su secretario y el más contento del mundo, pareciéndole que con el padre alcalde no tenía que temer a su enemigo, y así se lo dio a entender su señor.

Satisfecho iba don Carlos de que el virrey lo estaba de su inocencia en la causa de Estela, con lo cual ya se tenía por libre y muy seguro de sus promesas. Partieron, en fin, con mucho gusto y llegaron a Valencia donde fue recibido el virrey con muestras de grande alegría.

Tomó su posesión, y el primer negocio que le pusieron para hacer justicia fue el suyo mismo, dando querella contra su secretario. Prometió el virrey de hacerla. Para esto mandó se hiciese información de nuevo, examinando segunda vez los testigos.

Bien quisieran las partes que don Carlos estuviera más seguro, y que el virrey le mandara poner en prisión. Mas a esto los satisfizo con decir que él le fiaba, porque para él no había más prisión que su gusto.

Tomó, como digo, este caso tan a pechos que en breves días estaba de suerte que no faltaba sino sentenciarle. En fin, quedó para verse otro día. La noche antes entró don Carlos a la misma cámara donde el virrey estaba en la cama y, arrodillado ante él, le dijo:

—Para mañana tiene vuestra excelencia determinado ver mi pleito y declarar mi inocencia; demás de los testigos que he dado en mi descargo y han jurado en mi abono, sea el mejor y más verdadero un juramento que en sus manos hago, pena de ser tenido por perjuro, de que no solo no llevé a Estela, mas que desde el día antes no la vi, ni sé qué se hizo, ni dónde está; porque si bien yo había de ser su robador, no tuve lugar de serlo con la grande priesa con que mi desdicha me la quitó, o para mi perdición o la suya.

—Basta, Carlos —dijo Estela—, vete a tu casa y duerme seguro: soy tu dueño, causa para que no temas; más seguridad tengo de ti de lo que piensas, y cuando no la tuviera, el haberte traído conmigo y estar en mi casa fuera razón que te valiera. Tu causa está en mis manos, tu inocencia ya la sé, mi amigo eres, no tienes que encargarme más esto, que yo estoy bien encargado de ello.

Besole las manos don Carlos, y así se fue dejando al virrey, y pensando en lo que había de hacer.

¿Quién duda qué desearía don Carlos el día que había de ser el de su libertad? Por lo cual se puede creer que apenas el padre universal de cuanto vive descubría la encrespada madeja por los balcones del alba, cuando se levantó y adornó de las más ricas galas que tenía, y fue a dar de vestir al virrey para tornarle a asegurar su inocencia.

A poco rato salió el virrey de su cámara a medio vestir; mas cubierto el rostro con un gracioso ceño, con el cual, y con una risa a lo falso, dijo, mirando a su secretario:

—Madrugado has, amigo Carlos, algo hace sospechosa tu inocencia y tu cuidado, porque el libre duerme seguro de cualquiera pena, y no hay más cruel acusador que la culpa.

Turbose don Carlos con estas razones, mas disimulando cuanto pudo, le respondió:

—Es tan amada la libertad, señor excelentísimo, que cuando no tuviera tan fuertes enemigos como tengo, el alborozo de que me he de ver con ella por mano de vuestra excelencia era bastante a quitarme el sueño; porque de la misma manera que mata un gran pesar lo suele hacer un contento: de suerte que el temor del mal y la esperanza del bien hacen un mismo efecto.

—Galán vienes —replicó el virrey—, ¿pues el día en que has de ver representada tu tragedia en la boca de tantos testigos como tienes contra ti, te adornas de las más lucidas galas que tienes? Parece que no van fuera de camino los padres y esposo de Estela en decir que debiste de gozarla y matarla, fiado en los pocos o ninguno que te lo vieron hacer: a fe que si pareciera Claudio, vil tercero de tus travesuras, que no sé si probaras inocencia; y si va a decir verdad, todas las veces que tratamos de Estela muestras tan poco sentimiento y tanta vileza que siento que me debe más a mí tu dama que no a ti, pues su pérdida me cuesta cuidado, y a ti no.

¡Oh qué pesados golpes eran estos para el corazón de Carlos! Ya desmayado y desesperado de ningún buen suceso, le iba a dar por disculpa el tiempo, pues con él se olvida cualquiera pasión amorosa, cuando el virrey, con un severo semblante y airado rostro, le dijo:

—Calla, Carlos, no respondas. Carlos, yo he mirado bien estas cosas y hallo por cuenta que no estás muy libre en ellas, y el mayor indicio de todos es las veras con que deseas tu libertad.

Diciendo esto, hizo señas a un paje, el cual saliendo fuera, volvió con una escuadra de soldados, los cuales quitaron a don Carlos las armas, poniéndose como en custodia de su persona.

Quien viera en esa ocasión a don Carlos no pudiera dejar de tenerle lástima; tenía mudada la color, los ojos bajos, el semblante triste, y tan arrepentido de haberse fiado de la varia condición de los señores que solo a sí se daba la culpa de todo.

Acabose de vestir el virrey, y sabiendo que ya los jueces y las partes estaban aguardando, salió a la sala en que se había de juzgar este negocio, trayendo consigo a Carlos cercado de soldados. Sentose en su asiento y los demás jueces en los suyos; luego el relator empezó a decir el pleito, declarando las causas e indicios que había de que don Carlos era el robador de Estela, confirmándolo los papeles que en los escritorios del uno y del otro se habían hallado, las criadas que sabían su amor, los vecinos que los veían hablarse por las rejas, y quien más le condenaba era la carta de Estela, en que rematadamente decía que se iba con él.

A todo esto los más eficaces testigos en favor de don Carlos eran los criados de su casa, que decían haberle visto acostar la noche que faltó Estela, aun más temprano que otras veces, y su confesión que declaraba debajo de juramento que no la habían visto; mas nada de esto aligeraba el descargo; porque a eso alegaba la parte que pudo acostarse a vista de sus criados, y después volver a vestirse y sacarla: y que los había muerto aseguraba el no parecer ella ni el paje, secretario de todo, y que sería cierto que por lo mismo le había también muerto, y que en lo tocante al juramento, claro es que no se había de condenar a sí mismo.

Viendo el virrey que hasta aquí estaba condenado Carlos en el robo de Estela, en el quebrantamiento de su casa, en su muerte y la de Claudio, y que solo él podía sacarle de tal aprieto, determinado pues a hacerlo, quiso ver primero a Carlos más apretado, para que la pasión le hiciese confesar su amor y para que después estimase en más el bien: y así Estela le llamó, y como llegase en presencia de todos, le dijo:

—Amigo Carlos, si supiera la poca justicia que tenías de tu parte en este caso, doyte mi palabra y te juro por vida del césar que no te hubiera traído conmigo, porque no puedo negar que me pesa; y pues lo solemnizo con estas lágrimas, bien puedes creerme siento en el alma ver tu vida en el peligro en que está, pues si por los presentes cargos he de juzgar esta causa, fuerza es que por mi ocasión la pierdas, sin que yo halle remedio para ello; porque siendo las partes tan calificadas, tratarles de concierto en tan gran pérdida como la de Estela es cosa terrible y no acertada, y muy sin fruto: el remedio que aquí hay es que parezca Estela, y con esto ellos quedarán satisfechos y yo podré ayudarte; mas de otra manera, ni a mí está bien ni puedo dejar de condenarte a muerte.

Pasmose con esto el afligido don Carlos, mas como ya desesperado, arrodillado como estaba, le dijo:

—Bien sabe vuestra excelencia que desde que en Italia me conoció, siempre que trataba de esto lo he contado y dicho de una misma suerte, y que si aquí como a juez se lo pudiera negar, allí como a señor y amigo le dije la verdad, y de la misma manera lo digo y confieso ahora. Digo que adoré a Estela.

—Di que la adoro —replicó el virrey algo bajo—, que te haces sospechoso en hablar de pretérito, y no sentir de presente.

—Digo que la adoro —respondió don Carlos, admirado de lo que en el virrey veía—, y que la escribía, que la hablaba, que la prometía ser su esposo, que concerté sacarla y llevarla a la ciudad de Barcelona; mas ni la saqué, ni la vi, y si así no es, aquí donde estoy me parta un rayo del cielo. Bien puedo morir, mas moriré sin culpa alguna, si no es que acaso lo sea haber querido una mudable, inconstante y falsa mujer, sirena engañosa que en la mitad del canto dulce me ha traído a esta amarga y afrentosa muerte. Por amarla muero, no por saber de ella.

—¿Pues qué se pudieron hacer esta mujer y este paje? —dijo el virrey—. ¿Subiéronse al cielo? ¿Bajáronse al abismo?

—¿Qué sé yo? —replicó el afligido don Carlos—. El paje era galán y Estela hermosa, ella mujer y él hombre; quizá...

—¡Ah traidor! —respondió el virrey—, ¡y cómo en ese quizá traes encubiertas tus traidoras y falsas sospechas! ¡Qué presto te has dejado llevar de tus malos pensamientos! Maldita sea la mujer que con tanta facilidad os da motivo para ser tenida en menos; porque pensáis que lo que hacen obligadas de vuestra asistencia y perseguidas de vuestra falsa perseverancia hacen con otro cualquiera que pasa por la calle: ni Estela era mujer ni Claudio hombre; porque Estela es noble y virtuosa, y Claudio un hombre vil, criado tuyo y heredero de tus falsedades. Estela te amaba y respetaba como a esposo, y Claudio la aborrecía porque te amaba a ti: y digo segunda vez que Estela no era mujer porque la que es honesta, recatada y virtuosa no es mujer sino ángel; ni Claudio hombre sino mujer, que enamorada de ti quiso privarte de ella, quitándola delante de tus ojos. Yo soy la misma Estela, que se ha visto en un millón de trabajos por tu causa, y tú me lo gratificas en tener de mí la falsa sospecha que tienes.

Entonces contó cuanto le había sucedido desde el día que faltó de su casa, dejando a todos admirados del suceso, y más a don Carlos que, corrido de no haberla conocido y haber puesto dolo en su honor, como estaba arrodillado, asido de sus hermosas manos, se las besaba, bañándoselas con sus lágrimas, pidiéndola perdón de sus desaciertos: lo mismo hacía su padre y el de Carlos, y unos con otros se embarazaban por llegar a darla abrazos, diciéndola amorosas ternezas.

Llegó el conde a darla la enhorabuena y pedirla se sirviese cumplir la palabra que su padre le había dado de que sería su esposa; de cuya respuesta, colgado el ánimo y corazón de don Carlos, puso la mano en la daga que le había quedado en la cinta, para que si no saliese en su favor, matar al conde y a cuantos se lo defendiesen, o matarse a sí antes que verla en poder ajeno.

Mas la dama, que amaba y estimaba a don Carlos más que a su misma vida, con muy corteses razones suplicó al conde la perdonase, porque ella era mujer de Carlos, por quien y para quien quería cuanto poseía, y que le pesaba no ser señora del mundo para entregárselo todo; pues sus valerosos hechos nacían todos del valor que el ser suya le daba, suplicando tras esto a su padre lo tuviese por bien.

Y bajándose del asiento, después de abrazarlos a todos se fue a Carlos, y enlazándole al cuello los valientes y hermosos brazos, le dio en ellos la posesión de su persona. Y de esta suerte se entraron juntos en una carroza y fueron a la casa de su madre, que ya tenía nuevas del suceso y estaba ayudando al regocijo con piadoso llanto.

Salió la fama publicando aquesta maravilla por toda la ciudad, causando a todos notable novedad por oír decir que el virrey era mujer y Estela. Todos acudían, unos al palacio y otros a su casa.

Despachose luego un correo al emperador, que estaba ya en Valladolid, dándole cuenta del caso, el cual más admirado que todos los demás, como quien la había visto hacer valerosas hazañas, no acababa de creer que fuese así, y respondió a las cartas con la enhorabuena y muchas joyas. Confirmó a Estela el estado que la dio, añadiéndole el de princesa de Buñol, y a don Carlos el hábito y renta de Estela, y el cargo de virrey de Valencia.

Con que los nuevos amantes, ricos y honrados, hechas todas las ceremonias y cosas acostumbradas de la iglesia, celebraron sus bodas, dando a la ciudad nuevo contento, a su estado hermosos herederos y a los historiadores motivo para escribir esta maravilla, con nuevas alabanzas al valor de la hermosa Estela, cuya prudencia y disimulación la hizo severo juez, siéndolo de su misma causa; que no es menos maravilla que las demás, que haya quien sepa juzgarse a sí mismo en mal ni bien; porque todos juzgamos faltas ajenas y no las nuestras propias.

NOVELA DÉCIMA.

EL JARDÍN ENGAÑOSO.

No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza vivía un caballero noble y rico, y él por sus gracias merecedor de tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosas hijas; la mayor llamada Constanza y la menor Teodosia, tan iguales en belleza, discreción y donaire que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas que eran llamadas por renombre de su riqueza y hermosura las dos niñas de los ojos de su patria.

Llegando pues a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.

Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano que jamás entendió de él esta voluntad. No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad, le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole que habiendo sus padres de darla esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge: y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente que dejaba lugar a su padre para que en caso que no fuese su gusto el dársela por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor, dejarse de esta pretensión.

No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a tratar y buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana.

Andaba con estos disfavores Federico tan triste que ya era conocida, si no la causa, la tristeza. Reparaba en ello Constanza que, por ser afable y amar tan honesta a don Jorge, no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena, por haber visto en los ojos de Federico algunas señales, lo procuró saber y fuele fácil por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa, que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.

Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba, mas con apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.

Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus prendas digno de ser amado; mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa.

Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a fin de dar modo cómo don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana perdiese: engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.

Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podía tener tal desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban, y pensando, lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente su cautivo.

La ocasión que la fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don Jorge, y el galán enfadado, y aun, si se puede decir, celoso de haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia voluntad; no pudiendo creer que fuese recato honesto el que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que obligó a la dama a que le dijese estas palabras:

—Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi buena voluntad y el favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco que, sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos me digáis pesares celosos; y aun no contento con esto, os atrevéis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy para vuestro hermano? A lo demás que decís, quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os canséis en importunarme, que mientras no fuéredes mi esposo no habéis de alcanzar más de mí.

Y diciendo esto, por no dar lugar a que don Jorge tuviese algunas desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había criados y gente.

No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le dijo:

—No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo, y así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza. Sabed —dijo Teodosia— que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y firme voluntad que no hay para encarecerlo más que decir que tienen concertado de casarse; dada se tienen la palabra de esposos, y aun creo que con algunas más arraigadas prendas: testigo yo, sin querer ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido: esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que, como tan bien entendido, llevéis este disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra y que el cielo os tiene guardada sola la que os merece.

Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño; y don Jorge principio a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano y deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la ofensa, dio luego contra él rigurosa sentencia; mas disimulando, por no alborotar, con Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más debidamente que en él, despidiéndose de ella y dejándola en extremo alegre, pareciéndole que, defraudado don Jorge de alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil de haberle por esposo.

Apenas se apartó don Jorge de Teodosia, cuando se fue a buscar a su aborrecido hermano, si bien primero llamó a un paje de quien fiaba mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo le mandó que le aguardase fuera de la ciudad en un señalado puesto. Hecho esto, se fue a Federico y le dijo que tenía ciertas cosas que tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.

Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la poca amistad que le tenía; mas la fortuna hace sus cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias: tenía ya hecha la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya le dio una estocada en el corazón, de que cayó muerto.

Don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo y subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona; de allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.

Fue hallado muerto esta misma noche el malogrado Federico, y traído a sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad que a una lloraban su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella. Sintió mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión.

En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran suma de riqueza y a su madre por su amparo: la cual, ocupada en el gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge, cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia que, siempre amante y siempre firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge pareciese.

Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta y seis años, galán discreto y de muy amables partes, llamado Carlos. Tomó posada en frente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma con tantas veras que sola la muerte le pudo sacar de esta determinación.

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