SEGUNDA PARTE. (continued 3)
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Y luego que os escondéis,
Atormento los sentidos,
Por haber callado tanto
Diciendo lo que os estimo.
Mas porque no lo ignoréis,
Siempre vuestro me eternizo;
Siglos durará mi amor,
Pues para vuestro he nacido.
Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo consintiera.
Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna áspera y cruel respuesta.
Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró sacar la causa de sus desvelos.
Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho, le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena; y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.
Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido, grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.
Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una, la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés, llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer; y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella, con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía, después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don Diego, porque casaba una sobrina.
No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo, pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.
—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo, y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.
Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.
Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:
—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio; ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja, y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde hubieres de hablarla.
Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés, dándole cuanto consigo traía.
En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se engañaba.
Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que, viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.
Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés, bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito, encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando muy más enamorado de su doña Inés que antes.
Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.
De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano, y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy contentas con la burla.
Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato, y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y si lo hace, es por poco tiempo.
Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.
Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la dijo:
—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me olvidaríais.
Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:
—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.
—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa, y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto, que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en frente de vuestra casa, que fue con vos.
Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser; y volviendo a don Diego le dijo:
—¿Cuánto habrá eso que decís?
—Poco más de un mes —replicó él.
Con lo cual doña Inés acabó de todo punto de creer que el tiempo que el vestido estuvo prestado a la misma mujer la habían hecho algún otro; y por averiguarlo mejor dijo:
—Ahora, señor, no es tiempo de hablar más en esto; mi marido ha de partir mañana a Sevilla a la cobranza de unos pesos que le han venido de las Indias; por la tarde estaréis en mi calle, que yo os haré llamar, y hablaremos largo sobre esto que me habéis dicho; y no digáis nada a esa mujer, que importa encubrirlo de ella.
Con esto don Diego se fue muy gustoso por haber negociado tan bien, cuanto doña Inés quedó triste y confusa.
Finalmente, su marido se fue a otro día, como ella dijo, y luego doña Inés envió a llamar al corregidor, y venido le puso en parte donde pudiese oír lo que pasaba, diciéndole convenía a su honor que fuese testigo y juez de un caso de mucha gravedad; y llamando a don Diego, que no se había descuidado, le dijo estas razones:
—Cierto, señor don Diego, que me dejasteis ayer puesta en tanta confusión que si no hubiera permitido Dios la ausencia de mi esposo en esta ocasión, que con ella he de averiguar la verdad y sacaros del engaño y error en que estáis, pienso que hubiera perdido el juicio o yo misma me hubiera quitado la vida; y puesto que tenemos ocasión tan oportuna, os suplico me digáis muy por entero y despacio lo que ayer me dijisteis de paso en la iglesia.
Admirado don Diego de sus razones, le contó cuanto con aquella mujer le había pasado, las veces que había estado en su casa, las palabras que le había dicho y las joyas que la había dado; a que doña Inés admirada, satisfizo y contó cómo ese tiempo había estado el vestido en poder de esa mujer, y cómo le había dejado en prenda una cadena, atestiguando con sus criadas la verdad, y como ella no había faltado de su casa, ni su marido iba a ninguna otra a conversación, antes se recogía con el día, y que ni conocía tal mujer sino de verla a la puerta de su casa, ni la había hablado, ni entrado en ella en su vida; con lo cual don Diego quedó embelesado como los que han visto visiones, y corrido de la burla que de él se hizo, y aún más enamorado de doña Inés que antes.
A esto salió el corregidor, y juntos fueron en casa de la desdichada tercera que al punto confesó la verdad de todo, entregando algunas de las joyas que le habían tocado de la partición, y la cadena, que se volvió a don Diego, granjeando de la burla doscientos azotes por infamadora de mujeres principales y honradas, y más desterrada por seis años de la ciudad, no declarándose más el caso por la opinión de doña Inés: con que la dama quedó satisfecha en parte, y don Diego más perdido que antes, volviendo de nuevo a sus pretensiones, paseos y músicas; y esto con más confianza, pareciéndole que ya había menos que hacer, supuesto que la dama sabía su amor, no desesperando de la conquista, pues tenía caminado lo más; y lo que le debió de animar fue no creer que no había sido doña Inés la que había gozado, pues aunque se averiguó la verdad con tan fieles testigos, y que la misma tercera lo confesó, con todo debió de entender había sido fraude, y que arrepentida doña Inés lo había negado, y la mujer de miedo se había sujetado a la pena.
Con este pensamiento la galanteaba muy atrevido, siguiéndola, si salía fuera, y hablándola, si hallaba ocasión; con lo que doña Inés perseguida, ni aun a misa se dejaba ver del atrevido mozo, que con la ausencia de su marido se tomaba más licencia que era menester; de suerte que la afligida señora aun la puerta no consentía que se abriese, porque no llegase su descomedimiento a entrarse en su casa; mas, ya desesperada y resuelta a vengarse por este soneto que una noche cantó en su calle, sucedió lo que luego se dirá.
Dueño querido, si en el alma mía
Alguna parte libre se ha quedado,
Hoy de nuevo a tu imperio la he postrado,
Rendido a tu hermosura y gallardía.
Dichoso soy desde aquel dulce día
Que con tantos favores quedé honrado,
Instantes a mis ojos he juzgado
Las horas que gocé tu compañía.
¡Oh, si fueran verdad los fingimientos
De los encantos que en la edad primera
Han dado tanta fuerza a los engaños!
Ya se vieran logrados mis intentos;
Si de los dioses merecer pudiera
Encantado gozarte muchos años.
Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios, sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le prometía, como quien era, de hacerle matar.
Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena, habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.
Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.
Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde; la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las manos, que tenía encaminadas a él.
Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no la echase en una hoguera bien encendida.
Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra pintura y de un árbol.
Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.
Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía, de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta, se volvió a la cama diciendo:
—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo en mis brazos!
A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:
—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.
Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera como absorto, se volviera loco de alegría.
Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido, que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:
—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?
Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido, y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó del balcón, se puede creer que la diría:
—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.
De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.
Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa con la vela encendida en la cabeza.
Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer; y vuelto a ella, le dijo:
—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.
Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir, habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.
Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al infelice don Diego:
—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada, y no poneros en tan costosas veras!
Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada, y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama, echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que ella tenía la llave.
—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado sin sentido, pues eso preguntáis!
A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.
En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía, y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos, enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.
Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés, a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se hubiera quitado la vida.
Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.
Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo todos a nobleza; y el corregidor la dijo:
—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís, pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.
Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela se apagaba y ella volvía como de un sueño.
Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.
Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido, que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni fuese a su casa hasta que se viese con él.
El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo; mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel, y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía menor castigo.
Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.
Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención, se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus sentimientos y lágrimas.
Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo; y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.
Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.
Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído, para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.
En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada, habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.
Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía el secreto de aquel cerrado aposento.
Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.
Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la comida la decía mil oprobios y afrentas.
Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad: la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.
Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de aquella forma.
Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo percibir que decía estas razones:
—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia, castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?
Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.
¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por no morir desesperada.
Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba, movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:
—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.
—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me tengas lástima?
—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer, y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del que padeces.
—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora, porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie, o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.
—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.
—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea luego, que le importa mucho a mi alma.
—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que pides.
—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de que has de ser mi remedio después de Dios.
—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.
Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado, avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás, porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería, dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.
Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la flor de su edad.
En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo, como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.
Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar desnuda causaba, cubierto con una capa.
En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas, de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo que le mandaba su marido.
La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió, que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego traído.
Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo la vista no fue posible restaurársela.
El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo, los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar perdón, por ser el delito de tal calidad.
A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo, sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no tiene vista.
Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto, ¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.
Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada; y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos mismos su castigo.
Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con el endemoniado encanto había caído en tal yerro.
La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un lastimoso suspiro dijo:
—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos, nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos abiertos.
Y vuelta a las damas, las dijo:
—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?
Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos, flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa; y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho, que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres, pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los buenos.
—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la naturaleza, respondería que porque se usa.
Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.
Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que cantaron este romance:
Cuando te mirare, Atandra,
No mires, ingrato dueño,
Los engaños de sus ojos,
Porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades,
Que si ve en tus ojos ceño,
Tendrán los livianos suyos
En los tuyos escarmiento.
No desdores tu valor
Con tan civil pensamiento,
Que serás causa que yo
Me arrepienta de mi empleo.
Dueño tiene, en él se goce,
Si no le salió a contento,
Reparara en elegirle
O su locura o su acierto.
Oblíguente a no admitir
Sus livianos devaneos
Las lágrimas de mis ojos,
De mi alma los tormentos.
Que si procuro sufrir
Las congojas que padezco,
Si es posible a mi valor,
No lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio,
Los cuidados con que velo,
Sin sueño las largas noches,
Y los días sin sosiego?
Si tú gustas de matarme,
Dando a esa tirana el premio,
¿Qué me cuestas tantas penas,
Qué me cuestas tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue
Mostró, con rostro risueño,
Tirana de mis favores,
Cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos,
No se los dieras tan presto;
Cometiste estelionato,
Porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido,
Si te mirara severo,
No te ofreciera atrevida
Señas de que yo te ofendo.
Esto cantó una casada
A solas en su instrumento,
Viendo en Salicio y Atandra
Averiguados los celos.
NOCHE CUARTA.
DESENGAÑO CUARTO.
EL VERDUGO DE SU ESPOSA.
A los últimos ecos del estribillo se levantó la hermosa Nise de su asiento, y haciendo una cortés reverencia, se pasó al desengaño, y con mucho donaire y despejo dijo:
—Por decreto de la hermosa y discreta Lisis me toca esta noche el cuarto desengaño; y aunque pudiera esta audiencia cerrarse con los referidos, pues son bastantes para que las damas de estos tiempos estemos prevenidas con el ejemplo de las pasadas a guardarnos de no caer en las desdichas que ellas cayeron por dejarse vencer de los engaños disfrazados en amor de los hombres; por que no me tengáis por alguna de las engañadas, pues si mi corto entendimiento me ayuda espero no serlo, y aunque mi desengaño no sea de tanta erudición como los referidos, ocupo este lugar, advirtiendo que, supuesto que la hermosa Lisis manda que sean casos verdaderos los que se digan, si acaso pareciere que los desengaños hasta aquí referidos, y los que faltan, los habéis oído en otras partes, habrán sido contados por quien, como yo y las demás desengañadoras, lo supo por mayor, mas no con las circunstancias que aquí van hermoseados, y no sacados de una parte a otra, como hubo algún ignorante o envidioso que lo dijo de la primera parte de nuestro sarao.
Diferente cosa es novelar solo con la inventiva un caso que ni fue ni pudo ser, y este no sirve de desengaño sino de entretenimiento, a contar un caso verdadero que no solo sirva de entretener sino de avisar; y como nuestra intención no es de solo divertir sino de aconsejar a las mujeres a que miren por su opinión y teman, con tantas libertades como el día de hoy profesan, no les suceda lo que a las que han oído y oirán les ha sucedido, y también por defenderlas, habiendo dado los hombres en la opinión, por no decir flaqueza, de ser contra ellas, hablando y escribiendo como si en todos tiempos no hubiera habido de todo, buenas mujeres y buenos hombres, y al contrario, malas y malos, y así no vea libro ni comedia en que encuentren una mujer inocente ni un hombre con defectos.
Toda la carga de las culpas es al sexo femenil, como si no fuese mayor la del hombre, supuesto que ellos quieren ser la perfección de la naturaleza. Luego mayor delito será el que hiciere el perfecto que el imperfecto; más pesada es la necedad del discreto que del necio; y así, es bien se sepa que, como hay mujeres livianas, hay hombres mudables, y como interesadas, engañosos, y como libres, crueles; y si se mira bien, la culpa de las mujeres la causan los hombres.
Caballero que solicitas la doncella, déjala, no la inquietes, y verás como ella, aunque no sea más de por vergüenza y recato, no te buscará a ti: el que busca y desasosiega la casada, no lo haga, y verá que cuando no la obligue la honestidad, el respeto y temor de su marido le hará que no te solicite ni busque; y el que inquieta la viuda, no lo haga, que no será ella tan atrevida que aventure su recato, ni te busque, ni pretenda; y si las buscas y solicitas, y las haces caer, ya con ruegos, ya con regalos, ya con dádivas, no digas mal de ellas, pues tú tuviste la culpa de que sean débiles.
Esto es respecto a las mujeres de honor, que las que tratan de vivir con libertad, ¿qué quieres sacar de ellas sino lo que pretendes, que es entretenerte y quitarte tus dineros, que para eso te admiten? Y pues ya lo sabes, ¿para qué las culpas de que hacen su hacienda y destruyen la tuya, y luego te quejas que te engañan? Vosotros sí os queréis engañar, y la causa de todo esto yo la diré ahora.
Encuentras una mujer en la calle; dícesla cuatro palabras; óyelas sin averiguar si tú las dices de veras o burlando; píntasete honrada y que no la ve el sol; créeslo, necio; convídasla con tu posada; acepta, va a ella; ¿pues cómo de una mujer que tan fácil se rinde a tus deseos podrás creer no haga con otros lo mismo en apartándose de ti? Y si piensas diferente, tú eres el que te engañas; que ella con su misma facilidad avisa.
¿Pues para qué te quejas de ella ni la ultrajas? Ella hace su oficio: si te ruega y busca, no la admitas, que su misma deshonestidad te avisa muy claramente que no eres tú el primero; y si te agradó algo, y la sigues, no te quejes de nadie, pues sabes muy bien que cada uno ha de hacer como quien es.
He aquí como no tienen la culpa las mujeres, sino los hombres, en quienes ha de estar la cordura, el buen lenguaje, la modestia y entendimiento; pero ya no se hallan estas virtudes, sino todo al contrario. ¡Ay, qué de buenas hubiera si los hombres las dejaran! Mas ellos hablan y ellas escuchan, y de mentiras bien alhajadas ¿quién no se deja vencer?, y más si, convertida la pretensión en tema, esta misma las está incitando a todas horas.
Esto basta, y pluguiera a Dios sirviese para enmienda; y para que se vea que, si Camila perdió con su esposo por callar las pretensiones de don Juan, en el desengaño que ahora diré no le sirvió a otra dama para asegurar su crédito con su marido avisarle de las pretensiones de otro don Juan, aunque el cielo abonó su causa; y con estas prevenciones prosigo de esta suerte:
En la ciudad de Palermo, en el reino de Sicilia, hubo en tiempos pasados dos caballeros nobles, ricos, galanes, discretos, y sobre todo, para que fuesen estas gracias de naturaleza y fortuna más lucidas, eran hijos de españoles que habiendo sus padres pasado a aquel reino a ejercer cargos que su rey les encomendó, se casaron y avecindaron allí, como sucede cada día a los españoles que allá pasan.
Eran sobre lo dicho don Juan y don Pedro (que estos son sus propios nombres) tan grandes amigos, por haberse desde niños criado juntos, mediante la amistad de sus padres, que en diciendo «los dos amigos», ya se conocía que eran don Pedro y don Juan: juntos paseaban, de una misma forma vestían, y en no estando don Pedro en su casa le hallaban en la de don Juan, y si faltaba este de la suya era seguro que estaría en la de don Pedro; porque un instante no se hallaban divididos, pues, aunque vivían en casas distintas, todo lo más del tiempo estaban juntos.
Sucedió pues en medio de este extremo de amistad tratar a don Pedro un casamiento con una rica y principal señora de la ciudad, con tanto extremo de hermosura que ninguno la nombraba que no fuese con el aplauso de la bella Roseleta, que este era su nombre.
Efectuose el casamiento, para que fuese esta señora como bella desgraciada, que por la mayor parte se apetece lo mismo que viene a ser cuchillo de nuestras vidas; y aunque don Juan se halló a las bodas de su amigo, que se celebraron con mucha fiesta y aparato, no debió de mirar la belleza, gracia y donaire de Roseleta; y si la miró, fue como a mujer de su amigo: freno que si le durara siempre, fuera tenido por verdadero.
No por temor de sí, que hasta entonces no había ni aun imaginado cupiera en él la menor ofensa de don Pedro, sino por excusar murmuraciones, que esto es lo que ha de mirar la verdadera amistad, considerando no parecerle bien asistir tanto como solía a la casa de don Pedro, excusaba cuanto podía ir a ella; y como este, por ser recién casado y con tan linda dama, estuviese enamorado como amante y cuidadoso como marido, no podía ir tan a menudo como antes a la casa de su amigo.
Sentíalo ternísimamente, y con este sentimiento la vez que veía a don Juan le daba sentidas quejas, diciéndole que si entendiera que por casarse le había de perder, aunque los méritos de su esposa eran tantos, lo hubiera excusado, y con esto le rogaba mudase el propósito, acudiendo a su casa de la misma suerte que antes, que él estaba cierto que Roseleta tendría el mismo gusto que conocía había en él.
Con palabras cuerdas y afables se excusó don Juan muchas veces de la petición de su amigo; mas viendo era imposible el reportarle, hubo de condescender en darle gusto, entrando en casa de don Pedro con la familiaridad que antes, comiendo y cenando los más días con él y su esposa: la cual, viendo lo mucho que su marido amaba a don Juan, le recibía con un honesto agrado.
Ya he dicho que don Juan no había mirado a la bella Roseleta, aunque se halló a sus bodas; y aquí se conoce que una cosa es mirar y otra ver: viola don Juan en estas ocasiones, y admiró en ella una tan singular belleza que sin querer llevaba y atraía la vista de cuantos la miraban, y juzgó a don Pedro por el hombre más dichoso del mundo.
De aquí le renació una envidia de no haber él merecido tal prenda, no faltando en él méritos para haberla alcanzado, que enamorose de todo punto de la mujer de su amigo tan loca y perdidamente que, aunque quería retenerse de mirarla, no le era posible, pues en llegando a mirar una mujer humana con asomos de divinidad, quedaba otra vez perdido; mayormente al contemplar debajo de una honesta gravedad tal donaire y gracia, mezclado con un divino entendimiento, y no solo se aventuraba a perder sus honrados designios, mas la misma vida; en tales términos que, por más que los intentaba, no podía reprimir con el freno de la razón el desenfrenado caballo de su voluntad.
Con grandes desasosiegos se hallaba el triste caballero, y en viéndose a solas, él mismo se reprendía, diciendo: «¿Qué es esto, traidor don Juan? ¿Qué viles pensamientos son estos? ¿Qué enemigo mortal de mi amigo don Pedro los tuviera? ¿O de quién supieras tú que intentaba el agravio de tu amigo, que no le hicieras pedazos? ¿Pues qué dirá de ti el mundo si llegase a saberlo, sino, o que no eres de sangre noble, o has perdido el juicio? ¡Oh, amigo don Pedro, y qué engañado vives en el amor que tienes a este desleal amigo, que ha dado lugar a tan viles e infames pensamientos! Mejor fuera decírtelo, para que tomaras venganza de tan desleal y traidor amigo. ¡Ay Roseleta, nunca mis desdichados ojos vieran tu más que celestial hermosura, acompañada de tan innumerables gracias! ¡Oh, si nacieras fea! ¡Oh, si no fueras mujer de don Pedro! No, no me ha de vencer tu hermosura: viva el honor de mi amigo, y muera yo, pues fui tan liviano que he tenido tan ruines deseos.»
Con este propósito se determinaba a no amar a Roseleta, pero en vano, porque en volviéndola a ver, toda su fortaleza daba en tierra y, rindiendo con ella sus potencias, lo ponía todo a los pies de Roseleta.
Con estos combates andaba tan triste y distraído que, si comía, se le olvidaba el bocado de la mano a la boca, y si le hablaban, parecía que no entendía o respondía a despropósito. Notaba don Pedro la tristeza de su amigo; a solas, y delante de su esposa, le preguntaba la causa de ella; más él se excusaba con decir que él mismo la ignoraba.
Muchos días pasó don Juan con estas imaginaciones, ya perdiéndose y ya volviéndose a cobrar, hasta que, rendido a ellas, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad en que llegó muy al cabo, asistiéndole don Pedro y visitándole algunas veces Roseleta.
En fin, ya con salud y volviendo a la casa de su amigo como antes, se resolvió, aunque aventurase cuanto había y el honor, que era lo más, a decir a Roseleta su amor en hallando ocasión; y vínole a propósito porque un día, comiendo con don Pedro y su esposa, estando tan triste y divertido como siempre, le dijo don Pedro:
—Cierto, amigo don Juan, que puedo estar verdaderamente quejoso y agraviado de vuestra amistad, pues no se compadece de tenerla los dos desde nuestra primera edad, como todos saben, y que me calléis la causa de vuestra tristeza, haciéndome sospechar muchas cosas de ella que agravian vuestra calidad y la mía: porque, ¿qué cosa os puede obligar a estar, como os veo y he visto también, en términos de perder la vida, que no se pueda comunicar conmigo aunque fuera contra vuestro honor? Por Dios os pido que me saquéis de esta confusión.
Viendo don Juan que de callar podía imaginar alguna cosa, y también por empezar a poner la primera piedra en el cimiento de su pretensión, le dijo:
—Cierto, amigo don Pedro, que el haberme recatado de haberos dicho mi pena, ni ha sido falta de voluntad, ni menos el tener por sospechosa vuestra amistad, sino de vergüenza de que ninguno sepa mi flaqueza, que es bien grande por haberme rendido a un pensamiento que me cueste lo que veis y habéis visto; y así, para sacaros de ese cuidado, con licencia de vuestra esposa, os lo diré. Sabed que, desde que vi la hermosura de Angeliana, una dama de esta ciudad a quien pienso conocéis, estoy de la manera que veis, porque es tanta su severidad y desvío para conmigo, que aunque he procurado que sepa mi pasión, no ha querido oír ni recibir papel ni recado de mi parte, y esto me trae tan triste y desesperado que si no es quitarme la vida, no me queda otra cosa. Esta es la ocasión, y no otra; ved si hacía bien en callarla; pues es vileza que el corazón de un hombre se rinda a una mujer con tanto extremo que le ponga en el que yo me veo.
No era así como don Juan decía, que en esta ocasión había ya gozado a Angeliana, si bien desde que vio a Roseleta se le había entibiado aquel amor.
Consolaban don Pedro y su esposa a don Juan, lastimados de su pena, aconsejándole que pues Angeliana era de la calidad que todos sabían, y no tenía padres, que la pidiese por esposa a sus deudos, que todos estimarían tenerla por tal.
A esto respondió don Juan que era lo cierto lo que le aconsejaban; mas que, aunque la quería ternísimamente, no tenía voluntad de casarse hasta que entrase en más edad.
De esta manera pasó más de dos meses sin tener lugar de declararle a Roseleta su amor, si no era con los ojos y ansiosos suspiros que ella no entendía, ni creía que fuesen sino por Angeliana; hasta que un día, estando comiendo con Roseleta y don Pedro, le vino a buscar un caballero con quien había de averiguar unas cuentas; y porque no entrase dentro donde estaban comiendo él y su esposa con don Juan, se levantó de la mesa y salió fuera.
Viendo don Juan tan buena ocasión, no la quiso perder, y como su amorosa voluntad estaba ya resuelta y determinada, temblando la voz y con un suspiro que parecía rendir entre él el alma, la dijo:
—¡Ay, hermosa Roseleta, y qué desdichado y dichoso fue el día en que te conocí y vi tu realzada hermosura, dichoso por haber gozado mis ojos de tu celestial vista y desdichado en contemplarte ajena, pues quedé privado del bien de merecerte! No es Angeliana la causa de mi tristeza, sino tú, hermosa señora, que eres el ángel en que idolatra mi voluntad; no te digo esto porque me des remedio, que morir por ti es mi apetecida vida, y amando pienso llegar al fin de ella, sino porque si me ves triste, tú eres la causa y no Angeliana; que ojalá me favorecieses tú como ella me favorece, mas ya no la estimo desde que te conocí.
Más quisiera decir don Juan, y aun pienso que se alargara más su atrevimiento, porque Roseleta estaba fuera de su sentido de enojo, si a este tiempo no entrara don Pedro y estorbara que don Juan fuera más atrevido. Acabose la comida y Roseleta se retiró rabiando de cólera, y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, estando don Juan bien contento por haber declarado su amor a la dama.
Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decirla ni una sola palabra, porque ella se recataba tanto, y huía de no darle más atrevimientos, que ya estaba pesaroso de haberlos tenido por no perder su vista; porque Roseleta muchas veces, por no salir a comer con don Juan, fingía repentinos accidentes; y otras que no lo podía excusar, no alzaba los ojos a mirarle.
Ya un día que todos tres habían acabado de comer y estaban sobre mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de Angeliana.
—Muy mal —dijo don Juan—; pues porque los días pasados tuve lugar de intimarla mi pasión y los desvelos que me cuesta su hermosura, se me ha negado de suerte que apenas se deja ver; y si la veo, es con un ceño que me quita la vida, a cuyos enfados la he hecho unos versos que, si gustáis, os los quiero leer.
—Mucho gusto me daréis —dijo don Pedro, aunque a Roseleta le pesó, como quien ya sabía a quién dirigía don Juan todas aquellas cosas: y si no fuera por su esposo, se levantara y se fuera.
Y sacando don Juan el papel, leyó lo siguiente:
Si es imposible vivir,
Amado dueño, sin vos,
Que pida al tiempo que vuele,
No será muy grande error.
La gloria que tengo en veros,
De que al amor gracias doy,
En faltando vos, es pena,
Porque vos mi gloria sois.
Si sin el sol no vivimos,
Y vos, mi bien, sois el sol,
Fuerza es que sin vos no viva:
Mirad vuestra obligación.
No por interés que tiene
El sol de nuestro favor,
Acude a darnos la vida,
Esta es sabida cuestión.
Sabe que necesitamos,
Así el cielo lo ordenó,
De que dé aliento a la vida
Con su luz y su calor.
Pues si el sol hace este efecto,
Y sin vos muriendo estoy,
No por vos, sino por mí,
Dad remedio a mi pasión.
Fáltame la confianza,
Mis méritos pocos son:
Así como yo sé amaros,
Supiera si amado soy.
A estos ojos que os adoran,
No los cercenéis, por Dios,
El bien que en veros reciben,
Que es darles mortal dolor.
No soy mío, bella ingrata,
Vuestro soy; si ingrata sois,
Muy presto veréis mi vida
Perdida por tal rigor.
¿Quién podrá, si os escondéis,
Sufrir el estar sin vos?
Ojos, llorad, pues sois nubes,
Y se os ha escondido el sol.
Si en otro oriente salís
Y yo me quedo sin vos;
Noche seré de Noruega,
Pues vuestra luz me faltó.
En teniéndote ausente,
Muerto soy,
La vida se me acaba;
¡Ay qué rigor!
Alabó don Pedro el romance, y no me espanto, que era apasionado de las cosas de don Juan, su amigo, que aunque fuera peor, le pareciera bien: mas su esposa, que desde que le empezó a decir estaba reprimiendo la cólera porque vio al blanco a que tiraba, y con ella dejaba y tomaba su rostro mil alejandrinas rosas, con semblante entre risueño y altivo le dijo:
—Cierto, señor don Juan, que ya vuestro amor deja de serlo y toca en locura o temeridad; si conocéis que esa dama no gusta de que la améis, o por su honestidad, o porque no se agrada de vuestras pretensiones, porque no le están bien a su honor, que es lo más cierto, pues no porque una mujer sepa que un hombre la ama, si es en menoscabo de su opinión, está obligada a amarle, ya os pudierais cansar de querer vencer un imposible: sino que los hombres empiezan amando, acaban venciendo, y salen despreciando; porque en viendo que una mujer se les resiste, ya no por amarla, sino por vencerla, trocando el amor en tema, perseveran para vengarse de los desprecios que les ha hecho; y quieren que una mujer, aunque no quiera, los quiera, y no sé qué ley hay para que, si la tal es cuerda y tiene honra, se aborrezca a sí por querer a otro: y más si sabe que el tal amor no es para darle honor sino para quitársele. Si no os quiere, dejadla y amad a otra, que os amará y os costará menos cuidados, y os excusaréis de riesgos; pues de mí digo que si entendiera que había en algún hombre atrevimiento para poner en mí el pensamiento, ¿qué digo pensamiento?, a mirarme con ojos de quitarme la opinión, si diciéndoselo a mi esposo no le quitara la vida, lo hiciera yo por mis manos.
No sintió bien don Juan la reprensión que Roseleta le dio, porque con ella le amenazaba; mas don Pedro rio mucho el enojo de su esposa por volver por Angeliana: y llevando a don Juan consigo, se salió de casa muy descontento del desdén de su dama; mas no por eso se apartó de su pretensión; antes mientras más imposible lo miraba, más se perdía, y se determinó a no dejar de amar y porfiar hasta vencer o morir: y con esta bien desleal intención, para lo que debía a la verdadera amistad de su amigo, sin temer ponerse al riesgo que Roseleta le había intimado, la escribió en diferentes ocasiones cuatro papeles, que hizo que llegasen a sus manos por cautela y con apoyo de una criada; mas de ninguno tuvo respuesta, ni aun pudo saber de la tercera, que con engaño se los daba, si los había leído, hasta que al quinto, Roseleta, después de haber reñido a la criada su atrevimiento, le envió a decir con ella misma que se quitase de tal locura, porque si pasaba adelante su infame pretensión, se lo diría a su esposo.
No temió don Juan la amenaza de la dama, por parecerle imposible que ninguna mujer tuviese atrevimiento de dar parte a su marido de caso semejante, por lo que podría perder con él, supuesto que le advertía del daño a que estaba expuesta y de la quietud que debe tener un casado, en razón de la confianza que es justo tener y le despertaba a celoso, enfermedad en el casado muy peligrosa, y así pensó que no lo haría, aunque lo proponía, y que era más porque se excusase de molestarla; y con esto le envió el sexto papel, que decía así:
Qué poco siente mis penas
Tu corazón de diamante;
Qué ingrata miras mi amor,
Poco te obligan mis males.
Un volcán tengo en el pecho;
Pero como el tuyo es Alpe,
Huye el fuego de la nieve,
Y en mí muere como nace.
¿Quién pensara que mi amor
En guerras tan desiguales
Como es mi fuego y tu hielo,
No hubiera muerto cobarde?
¿Quién le ve escapar rendido
De ingratitudes tan grandes,
Que piense que ha de volver
Otra vez a aventurarse?
Si no soy yo, bella ingrata,
Que soy quien su fuerza sabe,
Y conozco que si huye,
Es para más animarse.
No porque jamás se aparta
De quererte y adorarte,
Que antes faltará la vida,
Que en mí aquesta fe me falte.
Temblando a tus ojos llego,
Que amor tiene tretas tales,
En las burlas atrevido,
Temeroso en las verdades.
Quien ama, cobarde estima,
Que el mismo amor al amante
El atrevimiento acorta,
Y la soberbia deshace.
Cuando te hablo en mi pecho,
Mil cosas digo a tu imagen;
Que, a escucharlas, bella ingrata,
Fuerza es que las estimases.
Triste estoy, mil penas siento,
Todas de tu rigor nacen,
Aunque digas que mi amor
Intenta temeridades.
Ponme pena de muerte;
Mas ¿qué importa que me mates?
Pues morir a causa tuya
Muerte es que puede envidiarse.
Es tanto lo que te quiero,
Que amaré lo que tú ames,
Estimaré lo que estimas
Solo porque tú lo mandes.
Alguna secreta causa,
Que el alma profeta sabe
(Que en adivinar desdichas
No hay sabio que más alcance),
Señora mía, me obliga
Amargamente a quejarme:
Quiera el cielo que ella mienta,
Quiera el amor que me engañe.
Si mi pena no te obliga,
Bien sabes tú lo que haces;
No merezco más favor,
Pues no te animas a darle.
Sabe Dios, si como él solo
Se obliga de voluntades,
Te obligaras de la mía,
Conociendo lo que vale.
Que aunque cruel me maltratas,
Tú vinieras a obligarte
De la vida que aborreces,
Y acabaran tus crueldades.
¡Ay de mí! ¿cómo diré
Mi amor? mas mi lengua calle,
Que si no le has de pagar,
Más justo será ignorarle.
Fue tan grande el enojo que Roseleta recibió en este último papel, que sin mirar riesgos ni temer peligros, con una crueldad de basilisco, tomando este y los demás que tenía guardados se fue a su marido, y poniéndoselos todos en las manos le dijo:
—Para que veáis el amigo que tenéis, y de quién os fiais y traéis a vuestra casa, vuestro amigo don Juan trata de quitaros la honra, solicitando con las muestras que en él habéis visto vuestra mujer; y advertid que la Angeliana por quien publica desvelos soy yo, y a mí es a quien dirige todas sus palabras y versos; que si le dije el otro día lo que delante de vos pasó, fue por reñirle sus atrevimientos; y ni esto ni amenazarle que os lo diría me ha servido de nada, pues se ha atrevido a escribirme tan descaradamente como veréis. Ahora ved qué remedio se ha de poner, porque yo no hallo otro sino quitarle la vida: yo he cumplido con lo que me toca, ahora cumplid con lo que os conviene a vos.
En el discurso de este desengaño veréis, señores, como a las que nacieron desgraciadas nada les excusa de que no lo sean hasta el fin; pues si Camila murió por no haber notificado a su esposo las pretensiones de don Juan, Roseleta, por avisar al suyo de los atrevimientos y desvelos de su amante, no está fuera de padecer lo mismo; porque en la estimación de los hombres el mismo lugar tiene la que habla como la que calla. Dios nos libre si dan en desacreditarnos, que por una medida pasan todas.
Cómo quedaría don Pedro oyendo a Roseleta no hay lengua que lo diga; júzguelo el que lo oye, pues sobre el agravio se le ofrecía ser su mayor amigo quien se le hacía: leyó los papeles una y otra vez, y ya la cólera no le daba lugar a aguardar tiempo para su venganza, pero el amor que a don Juan tenía le atajaba el tomarla: mas, al fin, resuelto a que tal agravio no quedase sin castigo, dispuso dársele de modo que no se supiese por la ciudad, porque no quedase su honor en opiniones; y así le mandó a Roseleta que respondiese a don Juan un papel muy tierno, disculpándose de su ingratitud y dándole a entender que estaba arrepentida del desdén que hasta allí le había mostrado, y que para darle más seguras satisfacciones le aguardaba, al otro día en la noche, en su quinta, que él muy bien sabía, porque su marido iba al otro día fuera de Palermo a un negocio donde había de estar dos días; y que no entrase por la puerta de la quinta sino por un portillo que estaba en la huerta, por excusar que no le viesen los labradores que en dicha quinta había; que en la misma huerta le aguardaba sola con aquella criada que era testigo de sus pensamientos.
Finalmente, el papel le notó don Pedro y le escribió Roseleta. Llevole la criada, ignorante de que era ordenado por su señor, sino creyendo que Roseleta, ya vencida de don Juan, le respondía.
Recibió el papel el enamorado mozo, haciendo y diciendo mil locuras de gozo, satisfaciendo a la mensajera su cuidado; y enviando a decir a su señora que sería obedecida, la despidió.
¡Oh ceguedad de amante, que no advirtió el peligro, ni admiró la liviandad de Roseleta, quien después de tanta repugnancia, tan pronto se mostraba apasionada; antes alabó su dicha, dando gracias al amor porque tras tantas penas le había dado tal gloria!
Llegó la mañana del aplazado día, y don Pedro, con dos criados, apercibido su camino, se partió hallándose don Juan presente, quien de falso se ofreció a ir con él, mas don Pedro, no aceptando, salió de Palermo por diferente puerta de la que iba a la quinta, y luego torciendo el camino, él y sus criados se ocultaron en ella, que no distaba más de tres millas de la ciudad, que es una legua española.
Acabando de comer, Roseleta se entró en su coche con la criada, tercera de los amores; y a vista del mismo don Juan, que no se descuidaba, partió camino de la quinta, y entreteniéndose por el campo hasta que fue de noche, dio la vuelta por otra parte y se volvió a su casa, admirada la criada de lo que veía.
Poco antes de anochecer subió don Juan en un caballo, y solo, caminó hacia la quinta con tanto contento de ir a verse con la hermosa Roseleta que no llevaba pensamiento de azar ninguno, y al salir de la ciudad tocaron al Ave María, que oyéndolo don Juan, aunque divertido de sus amorosos cuidados, pudo más la devoción; y parando en donde oyó la campana se puso a rezar, pidiendo a la Virgen María, nuestra purísima señora, que no mirando la ofensa que iba a hacerle, le librase de peligro y le alcanzase perdón de su precioso Hijo; y acabada su devota oración siguió su camino.
Úsase en toda la Italia ajusticiar los delincuentes en la misma parte que cometen el delito; y aquel mismo día habían, a una milla de la ciudad, ahorcado tres hombres, y a un lado del camino por donde don Juan iba, porque allí habían muerto a unos caminantes por robarlos; y como por allá, y aun en muchas partes de España, los dejan en la horca, estos tres que digo estaban en ella.
Al llegar don Juan casi en frente del funesto madero, oyó una voz que dijo: «¡Don Juan!», quien, como se oyó nombrar, miró a todas partes, y no viendo persona alguna, porque aunque ya había cerrado la noche hacía luna, aunque algo turbia, pasó adelante, pareciéndole que se había engañado; y a pocos más pasos oyó otra vez la misma voz, que volvió a decir: «¡Don Juan!» Volvió espantado la cabeza a todas partes y no viendo persona alguna, santiguándose, volvió a seguir su camino, y llegando ya en frente de la horca oyó tercera vez la misma voz que le dijo: «¡Ah, don Juan!» A este último acento, y ya casi enfadado de la burla que hacían de él, se llegó a la horca y viendo los tres hombres en ella, con ánimo increíble les dijo:
—¿Llámame acaso alguno de vosotros?
—Sí, don Juan —respondió el que parecía más mozo—, yo te llamo.
—¿Pues qué es lo que me quieres? —le respondió don Juan—. ¿Quieres que te haga algún bien, o que te haga decir algunas misas?
—No —respondió el hombre—, que por ahora no las he menester. Para lo que te llamo es para que me quites de aquí.
—¿Pues qué, estás vivo? —dijo don Juan.
—Pues si no lo estuviera —replicó el hombre—, ¿qué necesidad tenía de pedirte que me quitases?
—¿Cuándo te ahorcaron? —dijo don Juan.
—Hoy —replicó el hombre.
—¿Pues cómo has podido vivir hasta ahora?
—¿Hay para Dios imposible que lo sea? Cuando quiere librar una vida, aun enterrado lo puede hacer, como sea su voluntad.
—¿Pues cómo lo haremos —dijo don Juan—, que no hay con qué subir allá arriba, y si corto la soga podrás caer y hacerte daño?
—Vuelve las ancas al caballo, y como con la espada cortes la soga, yo me quedaré después de pies en él.
Hízolo así el admirado caballero, y como cortó la soga, se quedó el hombre sentado en las ancas del caballo.
Hecho esto, volvieron a su camino, pareciéndole a don Juan siglos lo que se había detenido: tanto deseo tenía de llegar donde esperaba gozar toda su gloria en los brazos de Roseleta; y yendo por él, le dijo:
—Dime ahora cómo ha sido esto que habiéndote ahorcado estés vivo.
—Yo estaba inocente del delito que me levantaron, confesé de miedo del tormento, y así fue Dios servido de guardarme la vida.
—La cosa más rara y milagrosa que se ha visto es esta —dijo don Juan.
—Sí es —dijo el hombre—, mas ya ha sucedido en otros, como se ve en el milagro de Santo Domingo de la Calzada en España, que hasta hoy se guardan las memorias en el gallo y la gallina, que resucitaron para crédito de que el mozo que habían ahorcado quince días había estaba vivo, que Dios como padre de misericordia acude con ella a quien le ha menester, como ha hecho a mí, y aun a ti, pues quiso traerte por esta parte a tiempo que me pudieses socorrer y fueses la mano por donde se cumpliese la voluntad divina.
—Bendito sea —dijo don Juan—, que lo ordenó así, pues cuando no fuera mi venida para el gusto que espero gozar de ella, por haberte socorrido a tal tiempo, la doy por muy bien empleada y te prometo como caballero no desampararte mientras viviere, porque la necesidad no te obligue a hacer por donde te veas otra vez en tan desventurado lugar como te has visto.
—Yo te beso, señor, la mano —dijo el hombre—, y doy gracias al cielo que te encaminó por esta parte.
Al fin, tratando en esto y en otras cosas, descubrieron la quinta, que estaba en medio de una deleitosa arboleda, por haber en aquella tierra muy hermosos jardines, y la quinta la tenía de las mejores de cuantas por aquel prado había. A tiro de arco de ella bajó don Juan del caballo, y haciendo el hombre lo mismo, le dijo:
—Quédate aquí con este caballo, y aguárdame, que yo voy a un negocio preciso, que es el que me sacó esta noche de mi casa, que presto daré la vuelta para que nos volvamos a la ciudad, o te avisaré de lo que has de hacer.
—No, don Juan —replicó el hombre—, no andas acertado en eso que me mandas, que a ese negocio a que vas que importa tanto, yo lo tengo de hacer y tú eres el que te has de quedar aquí con el caballo.
Riose don Juan de voluntad, y respondiole:
—¿Pues sabes tú lo que yo vengo a hacer, o cómo puedes tú suplir la falta que yo haré?
—Esa es la gracia —respondió—, que sé a lo que vienes, y he de suplir la que tú vienes a desempeñar.
—Acaba —dijo don Juan—, que estás porfiado en vano y perdemos tiempo.
—Ya yo lo veo —dijo el ahorcado— que perdemos no solo tiempo, mas las palabras, y tú eres el porfiado, y así toma el caballo, que esto ha de ser; yo he de ir y tú te has de quedar.
—Cansado eres, y a saber esto no te hubiera traído conmigo, que si supieses los ratos de gusto que me quitas en detenerme, no me pagarías descortés el beneficio que esta noche te he hecho.
—No sabes bien cómo te lo pago —dijo el hombre— y los gustos que te estorbo; y para que no nos cansemos, que quieras que no quieras he de ir yo adonde tú vas; y más, que no has de quedar aquí donde estamos, que el caballo lo has de atar a aquel árbol que está allí desviado, y tú te has de subir a otro apartado de él, donde no puedas ser visto: ten atención a lo que vieres y oyeres, y entonces conocerás a cuál de los dos importa más que vaya, tú o yo.
Embelesado estaba don Juan oyéndole, con mil asustadas palpitaciones que el corazón le daba, que le hacían temblar todo el cuerpo sin poder aquietarle, aunque se aprovechaba de todo su valor y ánimo, pareciéndole prodigioso todo lo que veía; y sin replicar más tomó su caballo, y atándole al árbol que el hombre le había señalado, se subió en otro no muy lejos de él, aguardando a ver en qué paraba la porfía de aquel hombre, el cual en viéndole puesto en parte segura, caminó a la quinta; y de lo que más se maravilló don Juan fue de ver que no encaminó a la puerta; antes, dando vuelta por junto a las tapias, se fue a un portillo que en la huerta había, que era por donde él estaba avisado que había de entrar, porque no fuese visto de la gente que en la quinta había, acordándose muy bien que él no le había dicho esta circunstancia.
Llegó el ahorcado al portillo, y apenas saltó por él, que era como de algo menos que un estado de hombre, cuando don Pedro y sus criados, que estaban en centinela, pareciéndoles ser don Juan, disparando a un tiempo las pistolas le derribaron en tierra, y luego que le vieron tendido fueron sobre él y dándole muchas puñaladas le cogieron y echaron en un pozo muy hondo, arrojando sobre él cantidad de piedras que tenían apercibidas.
Sin sentido quedó don Juan oyendo desde el sitio en que estaba el ruido de las bocas de fuego, sin poder imaginar qué fuese, y no hacía sino santiguarse; y más le creció la admiración cuando de allí a un cuarto de hora vio abrir las puertas de la quinta y salir por ellas tres hombres a caballo, que, como llegaron a emparejar con el de don Juan y los sintió, relinchó; a lo que uno de los tres dijo:
—Es el caballo del señor, no subirá más en él —y pareciole en la voz y en el talle a su amigo don Pedro.
—¡Válgame el cielo, qué es esto! —decía el espantado caballero—, ¿qué es lo que me ha sucedido y sucede? ¡Don Pedro y sus criados en la quinta! ¡No dejarme ir aquel hombre que quité de la horca! ¡Oír ruido de pistolas! ¡Decir don Pedro aquellas expresiones!
Y con estos pensamientos, así como los perdió de vista y que habían tomado el camino de la ciudad, se bajó del árbol y, queriendo ir hacia la quinta, llegó el hombre todo bañado en sangre y mojado, dando con su venida a don Juan nuevas admiraciones, quien le dijo:
—Pídote por Dios que me desates de tantas dudas y saques del cuidado en que estoy con las cosas que esta noche me han sucedido; que, o pienso que sueño, o que estoy encantado.
—Ni sueñas ni estás encantado —respondió él—, yo te lo aclararé todo. ¿No viste a don Pedro, tu amigo, y a sus criados? ¿No oíste lo que dijeron? ¿Pues tan ignorante eres que no sacas de eso lo que puede ser? Vesme como vengo; pues todas estas heridas me han dado, creyendo ser tú, y luego me echaron en un pozo, y muchas piedras sobre mí, y aun pienso que don Pedro no quedó vengado de tu traición y falsa amistad, de que Roseleta, su mujer, le dio cuenta poniéndole en la mano tus papeles, y por orden suya te escribió ella para que, viniendo aquí, su marido te diese el castigo que merecen tus atrevimientos; y mira lo que los cristianos pecadores debemos a la Virgen María, Madre de Dios y Señora nuestra, que con venir, como venías, a ofender a su precioso Hijo y a ella, se obligó de aquella Ave María que la rezaste cuando saliendo de la ciudad tocaron a la oración, y de una misa que todos los sábados le haces decir en tu capilla, donde tienes tu entierro y el de tus padres, y le pidió a su precioso Hijo te librase de este peligro que tú mismo ibas a buscar; y su divina Majestad, por su voluntad (quizá para que siendo este caso tan prodigioso y de admiración, tú y los demás que lo entendieran sean con más veras devotos de su Madre), me mandó viniese de la manera que has visto para que, tomando a los ojos de don Pedro y sus criados tu forma, lleven creído que te dejan muerto y sepultado en aquel pozo, y tú tengas lugar de arrepentirte y enmendarte: ya te he librado y dicho lo que tan admirado te tiene: quédate con Dios, y mira lo que haces y que tienes alma, y que esta noche has estado cerca de perderla con la vida: yo me voy adonde estaba cuando Dios me mandó que viniera a librarte, que yo muerto estoy y no vivo; y acuérdate de mí para hacerme algún bien.