PRIMERA PARTE. (continued 2)
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Las músicas eran continuas, los paseos ordinarios, y los galanes sin cuenta, pareciendo su calle, en siendo de noche, los montes de Arcadia o las selvas de amor. Aquí sonaban suspiros, y acullá instrumentos, sin que jamás Aminta lo escuchase; y si lo oía, era para hacer burla y reírse de todos.
Mas no se fíe nadie de su libertad ni de sus fuerzas, que tal vez amor gusta más de cazar voluntades libres, que gustar los sujetos, y siempre se ve cautivo el libre, enfermo el sano, y vencido el valiente; pues suele amor empezar burlando, y acabar de veras. Duerman los ojos de Aminta libre y descansadamente; que antes de mucho juzgarán a costa de hartas perlas por verdadera mi opinión.
Fue pues el caso que a negocios importantes vino a Segovia un caballero, a quien llamaremos don Jacinto. Era mozo, galán, y más inclinado a gusto que a penitencia, pues no trataba de ella sino de jueves a jueves santo, como hacen los que tienen las ocasiones dentro de su casa: esta tal, por no hacerla sino a su gusto, jamás apartaba de sí la ocasión de él, que era una dama libre y más desenfadada que es menester que sean las mujeres; pues aunque traten de solo su gusto, parece bien que sean honestas.
Traíala don Jacinto con título de hermana, y de esta suerte le acompañaba siempre, dejando por esto de hacer vida con su legítima mujer, que era tan desdichada como hermosa, la cual se había quedado en Madrid.
Dio don Jacinto en ir a oír misa en un monasterio no lejos de la casa de la discreta Aminta, y donde siempre la hermosa dama acudía con su tía; y como la hermosura, las galas y el acompañamiento fuese para mirar, puso en ella don Jacinto los ojos con tan atento afecto que no paró la hermosa vista hasta el alma.
Empezó don Jacinto a sentirse mal de la penetrante herida que le había dado en el corazón la grande belleza de Aminta, y considerando su nobleza, riqueza y honestidad, que de todo se informó, y ser imposibles sus pensamientos, pues el ser quien era Aminta, y el estado de él lo dificultaba todo, le traía fuera de sí, que no parecía hombre con alma, sino cuerpo o fantasma sin ella.
Vínole a poner en tal cuidado su pasión que del poco comer y mal dormir vino a perder la salud, de suerte que cayó en la cama de melancolía, con que negó a Flora la conversación; siendo su vista tan enfadosa a sus ojos que quisiera, por no verla, no tenerlos.
Sentía Flora la repentina mudanza de don Jacinto con mucha pena; si bien por lo que hizo no se puede juzgar fuese verdadera; y como llegase a preguntarle la causa de su pena, y él se la negase, que no quiero sentir que fuese amor, dio en andar a la mira hasta saberlo.
No la fue dificultoso, porque como amor es ciego, él y ellos hacen las cosas de suerte que pocas veces se encubren, y así un día que don Jacinto estaba rendido a sus cuidados, ya que le pareció que Flora estaba fuera, por haberlo dicho ella así, y como él ya no la amaba, no examinaba sus cosas como solía; antes él mismo la pedía que saliese a pasearse y ver la ciudad, deseando la soledad para darse todo a su Aminta.
Y creyendo estar solo, tomando un laúd, cantó así:
Del fugitivo Eneas llora Dido
El desprecio cruel de su partida;
De rabia ciega en cólera encendida,
Maltrata el rostro por vengar su olvido.
Llama a su amante sin razón querido
La mano al pomo de una espada asida,
Con que cortando en flor su triste vida,
Ganó el laurel a su lealtad debido.
Elisa bella, aunque tu triste suerte
Te forzó a darte muerte rigurosa,
Yo trocaré mi vida por tu muerte.
Porque si no te amare, es cierta cosa
Que imposible le fuera aborrecerte,
Y pues te amó, ¿qué suerte más dichosa?
Empresa fue famosa,
Con que a la fama tienes envidiosa;
Y pues fuiste querida,
No lamentes el ser aborrecida.
Con tan dulce memoria
No hay pena que no sea mayor gloria.
¡Mas ay de una firmeza,
Pagada con desdén y con tibieza!
Aquesta sí que es pena,
Que la tuya lo fue de gloria llena;
Más triste del que muere,
Aminta ingrata, sin que en mal tan grave
Jamás espere gloria ni se acabe.
—Ya no será posible, amado don Jacinto —salió diciendo Flora, que escondida estaba—, el negarme la causa de tu tristeza, porque ya la has declarado en tus versos; y si he de decir verdad, días ha que la sospecho, por ver en tu boca tantas alabanzas de Aminta, la sobrina del capitán: ni pienses que me pesa que hayas puesto en ella tus pensamientos, porque no puedo tener por agravio querer mujer que me excede en todo; y así en lugar de enojo te tengo lástima, por ver cuán imposibles han de ser tus deseos si no te vales del engaño; porque si yo te quisiera de burlas, diérasme celos con ese amor, nuevamente en ti nacido; pues cuando fuera posible que pudieras gozar de Aminta, no por eso temo yo que me olvides, que antes viéndome desear y procurar tu gusto, me has de querer más.
Yo siempre he tenido por necedad los celos; y así hice juramento, el día que me alisté debajo de la bandera de amor, de aborrecerlos, y no procurar conocer tan mala cosa como dicen que es.
La dificultad que yo hallo en esta pretensión es que Aminta no se ha de rendir si no es por casamiento, que su desdén es risa, pues si llegase a leer el papel y escuchar tus amorosas razones, ¿quién duda que te ha de querer?
No hay para las mujeres lazo como el del casamiento: déjala tú que vea tu gala y ármasele, y verás si caerá; pues aunque por la ciudad se dice que aguarda a un primo suyo para ser su marido, más hará un amante de tus prendas y talle que su primo ausente y con esperanzas.
Viste galas y envíale joyas, que yo por mi parte tenderé mis redes, haré mis tramoyas, y a título de que soy tu hermana, me haré su amiga, y procuraré hablarla siempre que le viere en la iglesia: y si llega a darme oídos, yo la pintaré de suerte tus amorosas pasiones, y con tales colores que, aunque más en los estribos de su honor vaya, no dejará de caer; y amándote, fácil será el gozarla a título de marido, y si pasare más adelante la voluntad, sacarla de casa de su tío, y llevarla donde no se sepa de ella; y si con gozarla se acabare, con irnos a nuestra casa, ni ella sabrá el autor de su daño, ni osará decirlo, por no verse infamada y quizá muerta de su tío. Y el premio de todo esto que por ti hago, no quiero que sea más que el gusto que has de recibir.
Suspenso estaba don Jacinto oyendo el canto de aquella sirena, y así, o que creyese que lo hacía de amor, por no verle padecer, o que quisiese pasar por ello por lograr su deseo, la respuesta que la dio fue enlazarla al cuello los brazos, llamándola consuelo y remedio suyo y restauradora de su vida, y al fin quedaron de concierto de hacer lo que Flora le aconsejaba; empezando don Jacinto su engaño desde aquel mismo día.
Galán como rico y alentado como galán, seguía su pretensión: de día asistía a sus puertas, de noche rondaba su calle: unas veces solo y otras acompañado de Flora, que en hábito de hombre iba cuando había de darle música.
Vivía en una sala baja de la casa de Aminta una mujer entre señora y sierva. Había sido mujer de un mercader, era curiosa y amiga de saber, y no de las que hacen milagros de las cosas que suceden, ni deseaba hacerlos en razón de santidad, si bien los disimulaba con muestras de virtud, tanto que el capitán no extrañaba que entrase en su casa.
Esta, como vio el pájaro nuevo que venía a picar en el cebo de la hermosura de Aminta, una noche que le vio cerca de la puerta, se llegó a él y le preguntó qué buscaba, sabiendo como era público en toda la ciudad que aquella dama era prenda de un primo suyo que estaba en Milán, y le aguardaban por puntos para ser su esposo.
No quiso más don Jacinto que esta ocasión, y asiéndola por el copete, la contó sus amores conforme al engaño que tenían él y Flora concertado; diola a entender que tenía cuatro mil ducados de renta, prometiéndole cosas imposibles, diciéndola que no quería que hiciese por él otra cosa más que llevarle un papel; y diciendo y haciendo le puso en las manos un bolsillo con cincuenta escudos, con cuyo milagroso encanto se enterneció doña Elena (que es este el nombre de esta señora) más de lo que fuera justo, y así le dijo que fuese a escribir y diese la vuelta con el papel, que ella se lo llevaría a Aminta y cobraría la respuesta.
Volvió don Jacinto a su casa, y contando a Flora su ventura, escribió un papel: y volviendo con él donde le estaba aguardando doña Elena, se le dio, y con él una sortija de un diamante extremado.
—Este —dijo— darás a la hermosa Aminta por prenda y señal de mi amor.
Prometió doña Elena hacerlo, y que otro día le daría la respuesta.
Él se fue y ella se subió al cuarto de Aminta, la cual de noche de ordinario estaba escribiendo a su primo y esposo; y llegándose a ella le puso el papel y sortija en la mano diciendo:
—Léeme, hermosa Aminta, por tu vida este papel, que es de un amante, que, como si yo fuera hermosa, me pretende, y me lo envió con esta joya.
Bien pensó Aminta que el papel y sortija sería de alguno de los muchos que la pretendían; mas llevada de una curiosidad, por no pecar de melindrosa o bien porque su suerte empezaba a perseguirla, solemnizando con risa las palabras de doña Elena, leyó lo que se sigue:
«Cuando la voluntad pelea, el temor se rinde, y por esta causa sin temer de enojarte, y forzado de ella, hermoso dueño mío, me atrevo a decirte mi amor; que cuando diga que nació, no desde que vi tu belleza, sino desde que nací, pues me dicta el corazón que te había de criar el cielo para ser su señora, no diré mentira: bien sé el imposible que intento, pues aguardas para esposo tu venturoso primo, mas por lo menos no quiero morir sin que sepas que eres la causa. Si no eres tan cruel como el mundo dice, sírvete, mientras viene el dichoso que te ha de merecer, de darme la vida, aunque no sea con más que tu vista; y esa sortija no recibas por prenda mía, sino por retrato tuyo.»
—¿Quién es, amiga —replicó Aminta—, el enfermo tan peligroso que pide remedio tan aprisa?
—Quien te merece —respondió doña Elena— mejor que el que aguardas para esposo, por noble, galán, rico y muy discreto; pues aunque tu primo es tu sangre, don Jacinto lo es de lo mejor de España.
¡Ah codicia y bolsillo de escudos, qué presto calificas en la opinión de esta mujer la que apenas se había visto!
—No sé, bellísima Aminta, cómo eres tan ingrata —prosiguió la engañosa mensajera— a lo que es tan favorable; mírate bien en ello y conocerás tu engaño: y di, ¿qué diré a don Jacinto?
—Si no basta decir que me le diste —respondió Aminta algo tierna—, dile que le leí, que no me parece, amiga mía, que le he hecho poca merced.
Y diciendo esto, puso el anillo en el dedo.
Bien quisiera doña Elena hallar luego a don Jacinto para darle las buenas nuevas y pedirle albricias; mas como no aguardaba tan buen despacho, quiso saberlo más tarde, y así se había recogido en su posada.
¿Quién podrá decir los varios pensamientos de Aminta, las veces que leyó el papel, y la suerte con que amor hizo suerte en su libre y descuidado corazón? Pues aunque sabía que había de ser mujer de su primo, hasta aquel punto aún no había tenido lugar en él; y así, deseando el día, pasó la noche más inquieta que fuera justo.
Apenas la luz dio señal de su venida, cuando se vistió, y quizá se adornó con más gala y puntualidad que otras veces, deseando ver la causa de su desasosiego, y pues le desea ver, no está lejos de amar; mas ¡qué mucho, si dio oídos a las asechanzas que amor le puso en las palabras de doña Elena! Oyó Aminta, y dio lugar a ello su cruel condición, y luego cayó en el lazo.
Era día de fiesta y al tiempo de salir de su casa con su tía y criadas a misa, halló en el portal a doña Elena hablando con don Jacinto, con cuya vista, que luego de las acciones de los dos conoció el sujeto, si ya su alma no se lo había dicho, y si alguna parte le había dejado libre a las razones del papel, lo entregó todo a su talle con señales ciertas de rendimiento; porque aunque don Jacinto tenía treinta años, era tan galán y tan despejado, que mirado sin el afecto de su estado, rendía con su gracia cuanto miraba; el cual como discreto, conociendo en el rostro de la dama señales ciertas de amor, se empezó a prometer dichosas esperanzas, porque desde el lugar en que la vio hasta el en que estaba el coche, mudó mil colores, y puso sus ojos en dos mil ocasiones de atrevidos; y más cuando oyó decir a doña Elena:
—Vaya vuesa merced con Dios, señor don Jacinto, que la labor está en estado, que no tardará mucho en acabarse.
Aquí fue cuando la hermosa Aminta tropezó y vino a dar con el cuerpo casi a los pies de su amante, que ya se había despedido de la discreta tercera de sus amores, e iba a darlos a entender a la causa de ellos de todas las maneras que supiese; y como fuese fuerza usar en esta ocasión de la debida cortesía, fue a dar la mano a la muy discreta Aminta diciendo así:
—Paso de esposo, si amor y fortuna están de mi parte.
A quien respondió la dama dándole la suya sin guante, mejor que con palabras, con enseñarle en ella el rico diamante, que bastó para que el galán quedase, sobre contento, pagado.
Agradeció su tía el favor que don Jacinto había hecho a su sobrina, el cual, por recibirle más cumplido, quitando el estribo del coche, dio lugar a que se pusiese el sol entre nubes de seda.
Fuese al punto a contar a Flora sus venturas y decirle cómo Aminta quedaba en la iglesia. Tomó Flora su manto y en compañía de su hermano se fue a la misma iglesia donde estaba Aminta, y sentándose junto a ella, dijo a don Jacinto que la acompañaba:
—Aguarda, hermano, no pasemos de aquí, que ya sabes que tengo el gusto más de galán que de dama, y donde las veo, y más tan bellas como esta hermosa señora, se me van los ojos tras ellas.
No será maravilla que Aminta dé las gracias a Flora en albricias de saber que es hermana de don Jacinto, pues desde que le vio entrar en la iglesia con ella, estaba casi difunta, acabando casi los celos de romper la herida y abrir la puerta del amor, y así la respondió:
—Donde hay tanta hermosura (que es cierto que más puede dar envidia que tenerla) no sé para qué buscáis otra, pues tomando un espejo en las manos, mirándoos en él, satisfaréis vuestros deseos, porque más merecéis que os enamoren, que no que enamoréis; mas por lo menos me pienso estimar desde hoy en adelante en más que hasta aquí, y enriquecerme con la merced que me hacéis, pues de amores tan castos no podrá dejar de sacarse el mismo fruto; y así os suplico me digáis qué es lo que en mí más os agrada y enamora, para que yo lo tenga en más y me precie de ello.
—Toda vos —replicó Flora— porque sois tal que pienso no me engaño en creer por muy cierto que sois la bella y discreta Aminta, cuya gallardía y hermosura es basilisco de toda esta ciudad.
—Aminta soy —replicó la dama—; en lo demás vos, señora, podréis juzgar la poca razón que tienen en darme este nombre.
Diestramente iba la cauta Flora poniendo lazos a la inocente Aminta para traerla a suma perdición, y así de lance en lance le dio a entender todo lo que quiso, diciendo como don Jacinto su hermano había venido desde Valladolid, donde tenía su casa y hacienda, solo a ver si era verdadera la fama que de su hermosura volaba por todas partes, con deseo de hacerla su dueño si fuese tal como se decía, y que como se había informado del intento de su tío, no se había atrevido a tratar nada.
Engrandeciole su amor, su sangre, su renta, y las premisas ciertas que tenía de un hábito para cuando se casase; que asimismo ella le había pedido le trajese consigo para que si acaso no tuviese efecto su solicitud, pudiese con más seguridad tratar con ella estas cosas. Finalmente, Flora pintó a su amante tan enamorado, tan rico y noble, diciéndole por remate que pensaba que si su hermano no la alcanzaba por mujer, sería su vida muy corta.
Disimuló Flora su mentira con tantas muestras de verdad que no fue mucho en Aminta lo creyese, y más como ya amor la tenía rendida. Feneció Flora la plática con suplicarle tuviese compasión de su hermano, pues estaba en tiempo de poder hacerlo, y que no aguardase a que, venido su primo, todo tuviese desdichado fin.
—¡Ay amiga! —dijo Aminta—, ¿cómo puede ya dejar de tenerle, supuesto que aunque yo quiera remediar a tu hermano y hacerme a mí dichosa, casándome con él, mi tío, que ya me tiene para su hijo, no lo ha de consentir? Pues negar yo que desde que anoche me dieron un papel de tu hermano no di con mi honesto pensamiento en tierra, será negar al amor su fortaleza y la obediencia que le he prometido, tanto, que ya si algunos deseos tenía de la vista de mi primo, se han trocado en desear su muerte, o que su ausencia dure hasta que llegue mi remedio o el fin de mi vida: ya tengo lástima de los que me han querido desdeñados, solo de mí no la tengo, pues estoy dispuesta a no mirar honra ni opinión, tal efecto ha hecho en mí la vista de tu hermano. Y pues me he llegado a declarar, dime tú qué haré, pues no amarle es imposible, y remediarle también, que si atrevida no miro lo que pierdo, cuerda temo lo que ha de suceder.
No quiso Flora más que esto, y así respondió:
—Cuando por ser mujer de mi hermano lo dejes de ser de tu primo, no pierdes nada, antes ganas marido que le iguala en nobleza y hacienda. Y si bien tu tío al principio se mostrare enojado, después viendo lo que ganas ha de hacer paces contigo, y para amansar a tu primo, ya que yo no te iguale en hermosura, suplirá esta falta veinte mil ducados que tengo de dote, y el ser tu cuñada. Y cuando suceda tan mal que nada de esto baste, déjales tu hacienda, que mi hermano con sola tu persona se contenta. Y pues dices que no se podrá acabar nada con tu tío, buen remedio: doña Elena, que es la que te dio el papel, es buena amiga, en su casa podrás hablar a mi hermano, pues no se recela de ella, y así se concertará el casarte; y después de iros ante el vicario, te vendrás a mi casa, donde cuando lo sepa tu tío, ya estarás en poder de tu marido, y viendo que es tal como es, será fuerza que se tenga por contento y a ti por venturosa.
Estaba ya Aminta tan ciega, que concedía con todo, y más como temía la venida de su primo, que le aguardaba por puntos. Y así dijo a Flora que a la tarde viniese ella y su hermano al aposento de doña Elena, donde mientras su tío estaba en visita, hablarían más despacio.
Y despidiéndose con señales de eterna amistad, Aminta y su compañía se volvió a su casa, donde aunque su tío la había visto hablar con Flora, no sospechó cosa, conociendo su recato.
Contó Flora a don Jacinto el concierto, si bien de industria le dio algunos picones, alcanzando por las nuevas mil tiernos y amorosos favores; y después de comer se vinieron juntos a la casa de doña Elena, que ya estaba avisada de Aminta de lo sucedido; la cual amaba tan de veras a don Jacinto que ya no miraba sino verse esposa suya, y entre el sí y el no la traían inquieta varios pensamientos del suceso; si bien guardó el secreto en sí misma, sin querer dar parte a ninguna criada, pareciéndole (como es así) que no hay quien descubra los secretos sino ellas; pues cuando más se les encarga el callar, lo publican más.
Pues como vio la mal aconsejada señora a su tía divertida con algunas señoras amigas, y que su tío estaba fuera, fingiendo forzosa ocasión, se entró en otra sala, y de allí, avisando a las criadas que si la llamasen estaba en casa de doña Elena, se fue a buscar los autores de sus desdichas.
Recibiéronse con los brazos Aminta y Flora, dando a don Jacinto justa envidia: el cual después de declararse con razones bien entendidas, ofreciose con promesas, acreditándose con lágrimas, y acrecentando el amor de Aminta con amorosas caricias, le dio la mano de esposo, con cuya seguridad gozó algunos regalados y honestos favores, cogiendo flores y claveles del jardín jamás tocado de persona nacida, que estaba reservado a su ausente primo.
Solemnizaban la fiesta Flora y doña Elena con mil donaires, viendo a don Jacinto tan atrevido como Aminta vergonzosa. Y quedó concertado que otro día, mientras sus tíos dormían la siesta, don Jacinto traería allí una silla donde Aminta iría a casa del vicario, encubriendo su nombre porque no pudiese dar luego cuenta del suceso, y de allí a su posada, donde estaría encubierta hasta que se fuesen a su tierra, desde donde avisarían de todo a su tío; encargando a doña Elena el secreto, a lo cual ella se ofreció de buena voluntad, por el temor que tenía al capitán: del cual pasado el tiempo del enojo sería más fácil alcanzar perdón.
Y así, despidiéndose con mil abrazos, ella se subió a su cuarto, y don Jacinto y Flora se volvieron a su casa muy contentos y satisfechos de lo bien que habían negociado.
¡Oh engañada Aminta!, precipitada en un mal tan grande, sin mirar los grandes inconvenientes que atropellas y en el peligro que te pones, caro te costará tu atrevimiento. ¡Oh engañoso don Jacinto, causa irremediable de la destrucción de esta dama! ¡Oh falsa Flora, en quien el cielo quiso criar la cifra de los engaños! Castigo vendrá sobre ti: de tu amante eres tercera, ¿habrá quien dé crédito a tal maldad? Sí, porque siendo una mujer mala, lleva ventaja a todos los hombres.
Amaneció otro día, que debió de ser martes, si es cierto que tiene algún azar: ya Aminta con el sol estaba vestida, porque el suceso de sus cosas no la daba reposo, habiendo soñado mil impedimentos y disgustos en ellas. Vestida en fin, aquí cayendo y acullá tropezando, y oyendo algunas palabras, pronósticos todos de sus desdichas, aunque ciega y sorda, sujeta a su amor, y embebida toda en sus pensamientos, tomó todas cuantas joyas tenía, púsolas en un lienzo y metiéndolas en la manga, y el manto en la otra, comió con sus tíos inquietamente, y apenas los vio rendidos al primer sueño, cuando se bajó al portal, donde se puso el manto y se metió en la silla que estaba prevenida, encomendando de nuevo a doña Elena el secreto.
Lleváronla en casa del vicario, porque los mozos de la silla, que eran criados de don Jacinto, estaban bien avisados de lo que habían de hacer, y hallando allí a su amante, que por no ser conocido en la ciudad, y ser cada día frecuentada de pasajeros y mercaderes, podía salir y entrar por donde quería, llegaron a la presencia del vicario, encubriéndose Aminta por no ser conocida: donde al tomarles las manos, un rico anillo de una esmeralda que la dama traía en el dedo se partió por medio, dando el pedazo que saltó en el rostro a don Jacinto; el cual aunque vio a su dama turbada, no haciendo caso de agüeros, se volvió con ella a su posada.
Recibió Flora a su cuñada (que así la llamaremos) con los brazos. Y para que don Jacinto, gozando, se arrepintiese, y Aminta acabase de encadenarse en su desdicha, después de una muy bien ordenada cena, los llevó a su cama, donde los dejó, y se retiró a otro aposento en la misma posada, aguardando por premio de estos engaños quedarse con su amante, dejando a Aminta con su deshonor y desventura.
Dejémoslos a todos pasar esta noche, a los unos traidores, y a la otra inocente, y a cada uno amenazando su castigo, estando el cielo por fiscal de todo: y vamos a la casa de Aminta, donde a este tiempo todo era confusión, todo llantos, todo amenazas, y todo sin provecho.
Los extremos que su tío hacía eran de hombre sin juicio. En fin, enterándose de que no parecía, ni nadie la había visto, empezó a hacer algunas diligencias ocultas, por no manifestar su deshonra, mas todo era excusado; porque como solo doña Elena lo sabía, y ella callaba, no se podía dar alcance a nada.
Al fin, los llantos de su tía y las voces de sus criadas publicaron el suceso por la ciudad, tanto que fue necesario que la justicia hiciese algunas diligencias sin fruto; pues aunque el vicario dijo que a las dos de la tarde había desposado una señora y un caballero, y como no supo decir quién fuese, aunque sospechó que fuese Aminta, no sirvió de más que de dar un pregón para que supiesen todos lo que no sabían.
Llegaron otro día estas nuevas a los oídos de don Jacinto, que aplacado el fuego de su apetito pudo considerar su peligro y el mal que había hecho, y temiendo que doña Elena, si le apretasen algo, diría el suceso y su posada, y que se había de ver en peligro su vida y su opinión, la noche siguiente llamó a una reja baja que de su aposento salía a la calle, y estando hablando con ella y contándole lo que pasaba, le apuntó al corazón con un pistolete, con que, sin poder llamar a Dios ni manifestar sus pecados, rindió el alma y llevó el merecido premio de lo que había hecho.
Y como dicen que un yerro sigue a otro, y un mal a otro mal, como el de don Jacinto era tan grande, temeroso del suceso y pareciéndole que si buscaban las posadas, que sería mal caso hallar en la suya a la triste Aminta, teniendo por cierto que la muerte de doña Elena daría motivo a la justicia para hacer esta diligencia, aconsejándose con los temores de Aminta, que estaba con ellos casi muerta, y con las astucias de Flora, y principalmente con su arrepentimiento, salió por acuerdo que mientras don Jacinto negociaba la partida, llevase a Aminta en casa de una principal señora conocida de don Jacinto, que vivía a las postreras casas de la ciudad, dándole a entender a la triste señora, que si fuese hallada, estaría mejor allí, y que entonces se publicaría su casamiento, y que si no la buscasen, él tendría lugar de enviar por un coche a Valladolid para irse, y que una vez allá todo se haría como ellos quisiesen.
Concedió Aminta con todo, y don Jacinto, llevando adelante su engaño, se fue en casa de una señora deuda suya, que era viuda y no tenía sino solo un hijo para heredero de su hacienda. Llamábase el mancebo don Martín, y era de los más gallardos de su tiempo.
Díjole don Jacinto a la señora que mientras él iba a un negocio importante a Valladolid, el cual acabado pensaba dar la vuelta a su tierra, se sirviese de que se quedase en su compañía una dama, merecedora de todo el favor que le hiciese.
Doña Luisa, que este era el nombre de esta señora, como conocía las mocedades de don Jacinto desde que vivía en su tierra, creyendo fuese dama suya, deseosa de darle gusto concedió con el de don Jacinto, y así esta noche la trajo a su casa a Aminta, tan confusa y triste, como él alegre de verse fuera de aquella carga; trayendo la dama, demás de sus joyas, otras que su traidor esposo le había dado: el cual como volvió a su posada, sin aguardar más sucesos que los pasados, con la traidora dama se partió a su tierra, sin más cuidado que el de llegar a ella.
Quedó Aminta en casa de doña Luisa con nombre de doña Vitoria, porque el suyo era muy conocido en Segovia, y pudo muy bien disimularse por cuanto doña Luisa había poco que vivía en ella, y hasta aquel punto no habían llegado a sus oídos los sucesos de Aminta, aunque eran públicos en la ciudad, y como su hijo no estaba en ella, que había cuatro días que había ido a caza, no sabía ninguna cosa.
Vino don Martín de su caza, y como luego que llegó se pusiese de rúa y se saliese por la ciudad, supo lo que su madre y los de su casa ignoraban; y así dando la vuelta a ella, sentado a la mesa para cenar, mandó doña Luisa llamar a su huéspeda, que vista por don Martín quedó fuera de sí, pareciéndole tener delante de sus ojos algún ángel.
Cenaron, y don Martín, tan fuera de sí cuanto Aminta descuidada de su nuevo pensamiento y aun de su desdicha, sobre cena contó a su madre lo que había hallado nuevo en la ciudad: y dijo como de casa del capitán don Pedro había faltado el día antes una sobrina suya que había de ser mujer de su hijo, que estaba en Milán, y como dicen ser la más hermosa de toda Castilla y que no se podía saber qué causa o qué motivo la había obligado a tal: porque en cuanto al casamiento, lo llevaba con gusto, y en el recogimiento y cordura era tan virtuosa y discreta como hermosa, y que se había dado un pregón que, pena de la vida, ninguno la encubriese.
Y lo que más espanta (añadió) es que esta mañana amaneció muerta de un pistolete por el corazón cierta doña Elena, que vivía en una sala baja de su casa. Prendieron al capitán y a sus criados, y uno dijo que por una ventana que salía a la calle la había visto esa misma noche hablar con un hombre.
Este, y otro dicho que dice una criada, que su señora Aminta (que así se llama la dama que falta) bajaba muchas veces a su casa, recatándose de que no se supiese, ha dado que sospechar que por la causa de la dicha Aminta la habían muerto, por lo cual se ha quedado preso el capitán y su familia.
Temblando estaba Aminta de oír tales nuevas cuando don Martín preguntó, dejando la plática empezada, de dónde había venido tan linda huéspeda, que a sus ojos creía que del cielo.
—Don Jacinto —replicó doña Luisa— la trajo mientras va a Valladolid a un negocio, el cual acabado volverá por ella para llevarla a su tierra.
—¿Es acaso esta señora su mujer? —preguntó don Martín.
—No lo quiera Dios —respondió doña Luisa—, que por lo que veo en ella me pesara que estuviera tan mal empleada.
—¿Cómo mujer? —dijo Aminta con turbada voz—, ¿es casado, señora mía, don Jacinto, o pretendió serlo?
—¿Qué don Jacinto? —dijo doña Luisa—; el que aquí te trajo, niña, no se llama de este nombre, porque el mismo suyo es don Francisco, y es casado en Madrid.
—¿Sabeislo bien, señora mía? —dijo Aminta.
—Y cómo que lo sé —replicó doña Luisa—, cinco años ha que estando yo en su misma tierra, donde viví desde que me casé, le vi casar con una dama natural de Madrid, de quien se enamoró viéndola en la boda de una prima suya, a cuya fiesta vino con sus padres; si bien dentro de un año no hizo vida con ella. Conocí sus padres y parientes, y sé que es tan rico como vicioso.
—¿No tiene una hermana —tornó a replicar la confusa y engañada dama— que se dice Flora?
—¡Ay amiga —dijo doña Luisa—, y qué engañada vives! Esta mujer ha mucho que es amiga suya y es la que le incita a mil maldades, que si no tuviera los brazos que en la corte tiene de algunos deudos suyos, le hubieran ya quitado la vida por el mal ejemplo que da y ha dado con la publicidad de sus apetitos; vicio en los nobles más mirado que en los demás. Y por tu vida, hermosa doña Vitoria, que me declares estos enigmas, que no son sin causa estas lágrimas que te están haciendo fuerza por salir; y advierte que si te ha dicho que no es casado, miente, que su mujer se llama doña María y por no poder sufrir sus demasías se volvió a casa de sus padres.
—No son mis males —respondió Aminta— de los que se pueden contar sin mucho escándalo: dame ahora licencia para recogerme, que a su tiempo sabrás los mayores engaños y traiciones que de Sinón cuentan las historias.
Era prudente doña Luisa y así no quiso importunarla, casi adivinando lo que podía ser aunque no quién era. Levantose y tomándola por la mano la llevó a su cámara que era una hermosa cuadra, cuyas ventanas con hermosos balcones caían a un jardín junto a otra semejante en que dormía su hijo, con una puerta que se mandaba a ella, si bien cerrada por quitar la ocasión.
Quedó don Martín tan confuso con su madre y tan enamorado de su huéspeda que parecía ya imposible vivir sin ella; y como la vio ir llorosa y por las palabras que le había oído sospechase alguna gran maravilla, sabiendo dónde estaba aposentada doña Vitoria, entró en su aposento, y viendo cerrada la puerta que caía al de la dama, conoció la causa de la prevención de su madre.
Salió fuera, y entre otras llaves que estaban sobre un escritorio tomó la de aquella puerta y se tornó a recoger, dando muestras de acostarse; mas no lo hizo así, antes se puso por el pequeño lugar de la llave a oír lo que decía. Doña Luisa, dejando a Aminta después de haberla dicho algunos consuelos, tan ciegos como su confusión, se fue a su cama.
Quedó la triste Aminta en su aposento tan llena de lágrimas y congojas como ignorante de que nadie la oyese, y así en voz ni baja ni alta empezó a dar lugar a sus quejas, al modo de cuando a una fuente le estorban, poniendo la mano para que no vierta sus pedazos de cristal, que en quitándola sale con más abundancia; así las palabras detenidas en la garganta de Aminta, viéndose a solas, empezaron a dar clara señal de sus pasiones.
—¡Ay! —decía, arrancando las hebras de sus hermosos cabellos y sacando con las perlas de sus dientes pedazos de la nieve de sus manos, a vueltas de arroyos de fino rosicler— Aminta, ¡y qué desdicha ha sido la tuya! Ya puedes ser fábula del mundo y ejemplo de mujeres, y aun escarmiento suyo, si fuesen cuerdas, y no necias como yo he sido. ¡Ay desventurada de mí, y cómo por ser fácil he sido causa de tantos escándalos y desdichas! ¡Ay!, ¿quién me vio tres días ha con honra, gusto y riqueza, adorada de mis tíos, y respetada de toda la ciudad, y me veo hoy ser fábula y asombro de ella? ¡Ay, querido tío, y qué satisfacción podré dar de las penas y deshonras que por mí pasas! ¡Y qué será de ti cuando sepas por entero mi desdicha! ¡Ay, doña Elena, inventora de mis trabajos, castigue el cielo en tu alma, como lo hizo en tu cuerpo, mi perdición! ¡Ay, Flora cruel, más traidora y engañosa que la pasada, por quien en Roma tienen en tan poco las de tu nombre! ¡Ay, don Jacinto, y cómo tuviste corazón para burlar una mujer de mi estado, sin mirar que has de ser causa, no solo de mi muerte, mas de la tuya, pues en sabiendo mi tío lo que has hecho, si su muerte no le ataja, ha de procurar la tuya, y cuando él falte, queda en el mundo mi primo, que en fin ha de tomar por su cuenta mi agravio, no solo como deudo mas también como esposo! Mas ¿cómo podré yo tener paciencia ni aguardar a tal, teniendo manos y valor con que quitarme la vida?
Y diciendo esto, sacó un cuchillo de su estuche para abrir con él las venas de sus brazos, pareciéndole que hasta la mañana habría tiempo para desangrarse y acabar; mas don Martín, que viéndola con tal determinación, admirado de lo que veía, si bien no apercibía bien sus razones, había puesto la llave en la cerradura, y temeroso de algún mal suceso, abrió apriesa la puerta y salió apresuradamente: con cuyo ruido la hermosa Aminta recibió tal turbación que junto con sus pesares se dejó caer de un profundo desmayo, dando a don Martín lugar para que, tomándola en sus brazos, gozase el favor que si estuviera con su sentido fuera muy dificultoso, respecto de su honesto recato, el cual no pudiera ser vencido si no es con el engaño que se ha visto.
Enternecido don Martín con su sol eclipsado en sus brazos, contemplaba las pasiones que la veía padecer, la hermosura, los pocos años, que siendo todo tan igual a su amor le daban ocasión a mil amorosos atrevimientos: componíale el revuelto cabello, enjugábale las lágrimas y recibía a vueltas de penosos suspiros regalados favores, cogiendo claveles de aquel jardín de hermosura.
Tornó desde a poco en sí Aminta, y viéndose en los brazos de don Martín, con un honesto desenfado se cobró a sí misma de poder del amante, y no sé si tan libre como antes; porque la ocasión, la gala y la fuerza de sus agravios la iban trocando el amor de don Jacinto en cruel venganza: viéndose allá burlada y aquí rogada; que no hay tal cebo para cazar a una mujer como el amor del presente cuando se ve despreciada del ausente. Y así, con muestras de algún enojo, le dijo:
—¿A qué venís, don Martín? ¿Por ventura paréceos que ha menester una desdichada más testigo de su muerte que su desventura? Volveos a vuestro aposento, pues con la muerte de solo una mujer se restauran las honras de tantos hombres.
—No lo permita Dios, amado dueño mío —replicó don Martín—, si no es que yo os acompañe en tal ocasión: yo desde que os vi os adoré; y si no queréis que sea yo el que lo pague todo, pues tengo vida, que es vuestra, y esta daga que ejecutará vuestro deseo, merezca yo que me recibáis por vuestro esclavo; con lo cual quedaré más contento que si fuera señor de todo lo que alcanzó Alejandro.
—No me conocéis —dijo Aminta—, pues me decís con tal libertad vuestro deseo, y no penséis que aunque estoy en este lugar dejo de ser lo que soy, y si por los engaños de un traidor os parece que estoy sin honra, lo que a mí me ha sucedido pudiera suceder a la más cuerda y recatada. Mas supuesto que ni vos habéis de ser mi marido ni yo admitiros, solo os suplico que os volváis a vuestra estancia y no me deis ocasión que llame a vuestra madre y a todo el mundo, y publicando a voces mi miseria, me entregue a la espada de los que con mi muerte quedarán satisfechos de la infamia que por mí padecen.
Pareciole a don Martín en la determinación con que Aminta decía esto, que lo iba a hacer, porque la vio acometer a la puerta; y así la detuvo, suplicándola que le escuchase, porque no era justo que creyese que él pretendía ser suyo, menos que siendo su marido, y que si le quería recibir por tal, tendría su suerte por muy dichosa.
Miraba a don Martín la dama con el afecto que le decía estas y otras razones, como era que le dijese cómo y quién la había ofendido. Que si el no tener (como decía) honor, era algún hombre la causa, se declarase y vería cómo la servía: y que hasta que quedase satisfecha no quería que hiciese por él lo que le pedía.
Y casi desesperada de remedio, si bien agradecida de las promesas de su nuevo amante, le respondió:
—Yo soy Aminta, señor don Martín, la misma de quien esta noche dijisteis que era escándalo de esta ciudad. La causa de estar en vuestro poder os quiero contar, y si oída queréis hacer lo que decís, yo estoy puesta a daros gusto.
Contole en breves razones lo que queda escrito, dejando con su historia a don Martín más enamorado que antes, y tan enternecido de ver burlada la ignorancia de Aminta que quisiera a costa de su vida remediarla, con tal que no perdiese él la presa que en su poder tenía: y así dándole de nuevo palabra de vengarle, le dio la mano de esposo, la cual Aminta recibió con gusto por no estar en tiempo de otra cosa.
—No ha de ser así mi venganza —dijo Aminta— porque supuesto que yo he sido la ofendida y no vos, yo sola he de vengarme, pues no quedaré contenta si mis manos no me restauran lo que perdió mi locura. Y así, aunque os doy palabra de esposa, no se ha de conseguir vuestro deseo hasta que yo le quite la vida a este traidor, para lo cual no quiero otra cosa sino que me acompañéis para la seguridad de mi persona, que con vos, y mudando traje (pues el de hombre es más seguro), si me ponéis en su tierra, yo daré traza para engañarle como él me engañó a mí. Y hecho esto nos podremos ir a Madrid, y allí viviremos seguros.
Concedió don Martín con todo, y no es mucho, pues que amaba y aventuraba el gozar tan hermosa dama, tanto que ya disculpaba a don Jacinto.
Al fin con este concierto Aminta, esperando verse presto vengada y don Martín ser su esposo, se despidió de ella, llegando en prendas a sus brazos, dejando ordenado partirse otro día, que venido, se previno don Martín de todo lo necesario para el camino.
Llegó la noche, que al parecer de los nuevos amantes se detenía más de lo justo, y después de recogida la gente, y acostada doña Luisa, don Martín se fue al aposento de Aminta, llevándole un vestido acomodado para lo que había de fingir, y no dejándole de sus hermosos cabellos más de los necesarios, se le puso, quedando tan hermosa, que si alguna parte había dejado libre amor en el alma de don Martín, allí quedó todo rendido.
Y dejando a su madre escrito un papel en que le pedía el secreto de su partida hasta conseguir cierto efecto porque importaba a su vida y a la honra de aquella dama, se pusieron en la calle, y de allí en dos famosas mulas, pareciendo don Martín en su traje el mozo de ellas.
Salieron de Segovia, y otro día al anochecer se hallaron en Madrid, famosa corte del católico rey don Felipe Tercero, y sin querer entrar en ella siguieron sus caminos, que les duró algunos días; tanto era el deseo que Aminta llevaba de su venganza.
Llegaron, como digo, a la ciudad sin nombre, que importa que no le tenga, un sábado en la noche, y tomando posada segura reposaron hasta la mañana, y acordaron entre los dos que don Martín se quedase encubierto en ella, por ser natural de aquella tierra y tenía en ella algunos amigos, si bien no se quiso descubrir a ninguno y que Aminta saliese a entablar su pretensión.
Suplicábale don Martín que le dejase a él la satisfacción de aquel agravio, pues podía fiar de su amor mayores ocasiones sin que se pusiese ella en ningún disgusto; mas no fue posible acabarlo con Aminta, diciendo que si había de ser suya, que la dejase serlo con honra.
—Yo soy —decía Aminta— la que siendo fácil, la perdí, y así he de ser la que con su sangre la he de cobrar: ya sabéis que las mujeres, en aprendiendo una cosa, tarde se arrepienten; pues siendo esto así, como lo es, dejadme que os merezca por mí misma, que si vos por vuestras manos vengáis mi afrenta, poco tendréis que agradecerme.
Tanto le supo decir, y él la escuchaba tan tierno, que hubo de condescender con ella, aunque no sin celos, y así entre burlas y veras le dijo que si lo hacía por ver a don Jacinto.
—El suceso lo dirá —dijo Aminta, y apartándose de él con más cuidado que don Martín quisiera, porque como empezaba a temer, empezaba a penar, se fue a buscar a su enemigo, seguida y celada de su amante, que la amaba más tierno que quisiera.
Llegó Aminta a la iglesia mayor, y como entrase en ella, antes que tuviese lugar de mirarla ni hacer la acostumbrada oración, vio en su fingido don Jacinto y verdadero don Francisco, con otros caballeros: conociole al punto, y es de creer que fue necesario el ánimo que el traje varonil le iba dando para no mostrar su sobresalto y flaqueza.
Tomó aliento, y esforzándose lo más que pudo, acercándose a ellos, dio lugar a ser vista, y aunque le dijese don Jacinto si mandaba alguna cosa, casi mudada la color, por darle algún aire de quien era Aminta, con más esfuerzo que el que su flaqueza requería le dijo que si había entre sus mercedes quien necesitase de un criado.
—¿De dónde sois? —replicó don Jacinto.
—De Valladolid —dijo Aminta—. Juguele a mi padre algunos cuartos, y mientras se le pasa el enojo me he puesto en fuga, para que con mi ausencia, en sintiendo mi falta, me perdone y busque.
—Mucho sabéis para ser tan mozo.
—No supe sino muy poco, pues estoy donde veis.
—Paréceme que os he visto —replicó don Jacinto—: o es que os parecéis a una persona que yo quise veinte y cuatro horas.
—Harto cuidado os debe esa persona —dijo Aminta—, y no me espantaría que tuviese deseos de pagaros.
—Eso es quimera, pues cuando yo ignorase quien soy, hay muchos inconvenientes para ello; mas porque tú le pareces tanto, quiero que me sirvas, por verme servir de un retrato de quien yo serví. ¿Cómo te llamas? que pues has de estar conmigo, menester es saber tu nombre.
—Jacinto —replicó Aminta—, y si por ser retrato de esa persona me recibes en tu servicio, tengo que agradecer a naturaleza que me ha hecho a su estampa; porque de mí te digo que desde el punto que te vi te quise bien.
—¿Pasaste por Segovia? —dijo don Jacinto.
—Sí, señor —respondió la dama—, mas no quise detenerme allí, por el grande escándalo que andaba en ella por falta de una dama, que dicen se llamaba Aminta, que piensan se la tragó la tierra, porque no parece muerta ni viva. Una doña Elena, que se creía sabía de ella, amaneció una mañana muerta, y por eso están presos muchos caballeros.
—¿No se sabe —dijo don Jacinto— si la llevó alguno?
—No se sospechaba tal —dijo Aminta—; lo que se piensa es que ella misma huyó por no casarse con un primo suyo, con quien estaban hechos los conciertos.
—Ahora bien, Jacinto, vamos a casa.
—Eso mismo digo yo —respondió Aminta—, vamos donde mandáredes, y en sabiendo la casa, volveré a mi posada por una maleta en que traigo mi limpieza.
¿Quién duda que estaría en esta ocasión Aminta reventando? Mas como no era necia, disimulaba: y así fue con su nuevo amo y antiguo enemigo a su casa, donde le dio por ama y señora a la falsa Flora, diciéndola que la regalase, y al fingido Jacinto que la sirviese con mucho cuidado.
Mirábale Flora y tornábale a mirar, sintiendo cada vez una alteración y desmayo que parecía acabársele la vida, mas no se atrevía a decir lo que sentía, aunque siempre le parecía que veía a la engañada Aminta, no osando en ninguna manera decírselo a su amante, por no traerle a la memoria, viéndole tan olvidado de ella.
Tomó Aminta la posesión en su nueva casa y volvió luego a dar aviso a su amante don Martín de su buena y presta ventura, asegurándole con mil caricias de los celos que tenía de verla en ella, prometiéndole abreviar con sus deseos, y se volvió con sus nuevos amos; a los cuales empezó a servir con tanto agrado, que se tenían por muy contentos de él.
Mostró sus gracias, como era leer, escribir y contar, y otras muchas. Y sobre todo cantar y tañer, tanto, que ni don Jacinto ni Flora sabían estar sin él un punto.
Y así un día que estaban comiendo, por mandado de Flora tomó una guitarra, y cantó así:
Si a tu hermosa Celia adoras,
Y su imagen reverencias,
Sacrificando tu gusto
A su adorada belleza;
Si sus bellísimos ojos,
Como soles los respetas,
Como luceros los miras,
Como cielos los celebras;
Si conoces que su boca
Es caja de hermosas perlas,
Y sus cabellos dorados
Madejas de Arabia bellas;
Si sabes que son sus manos
Blancas y nevadas sierras,
Y de otra divina Venus,
Su gracia talle y presencia:
Si a tu perfecta hermosura,
Y alabada gentileza,
La manzana hermosa ofrecen,
Que a Troya tan caro cuesta;
Y finalmente, si tienes
Alma, sentidos, potencias,
La memoria y voluntad
Presos en sus rubias hebras:
¿Para qué, Jacinto ingrato,
Causa de mi eterna pena,
Con falso y fingido amor
Engañaste mi inocencia?
Suspenso estaba el engañado don Jacinto, no admirando la voz, aunque era muy buena, sino sintiendo las razones del romance, como si viera quejarse a Aminta. Y así le dijo:
—Enternecida está esa dama, amigo Jacinto.
—Tal la trataba yo —replicó Aminta—, pues cuando creyó tener marido, gozó de mi ausencia.
—¿Luego has querido? —dijo don Jacinto.
—¿Tan necio te parezco? —respondió la dama—: pues cree que he sabido querer y aborrecer, y que también sé dar disgustos y fingir cuidados, porque soy más hombre de lo que mis barbas dan muestra; pues aunque Flora mi señora dice que le parezco capón o mujer, algún día he de ser gallo, a pesar del bellaco que me ganó mi caudal y me puso en el estado en que estoy: mas pues gustas de ver quejas de mujer, oye estos madrigales, que se hicieron al mismo sujeto.
Al tiempo que a Diana
Febo sus rayos ofrecer quería,
Y ella hermosa y lozana,
De visitar los indios se venía,
Porque el pastor amado
Fuese en su ausencia consolado;
Matilde diligente
Salió a buscar a su Jacinto ausente.
Con paso apresurado
Las flores del florido prado pisa;
El semblante turbado,
Porque ya el corazón su mal le avisa,
A un valle hermoso llega,
Que un manso y cristalino arroyo riega,
Adonde entretenido
Vio a Jacinto en Isbella divertido.
Detuvo un poco el paso,
Y oyó cómo Jacinto le decía:
Zagala, yo me abraso,
Sosiegue tu favor la pena mía;
Las manos le tomaba
Y con tiernos suspiros la besaba,
E Isbella le decía:
Si te viese Matilde, ¿qué diría?
Deja, Isbella divina,
Esas quimeras, mira mis pasiones,
Que sola tú eres digna
De rendir los soberbios corazones,
Pues si Apolo te viera,
Tras Dafne fugitivo no corriera,
Y a Venus, sacra diosa,
Ganaras la manzana por hermosa.
Tú de Júpiter fueras
La Europa que cual Toro conquistara,
Si en su tiempo nacieras,
En cisne transformado te gozara,
Y como lluvia de oro
Bajara a verte de su eterno coro,
Y cual Calixto tuvieras
Asiento celestial en las esferas.
No gozara de Egina
Como pastor en el ameno prado,
Menos a Proserpina,
Porque de tu belleza enamorado,
Solo en ti se empleara,
Y a todas las del mundo despreciara:
Ni Juno se ofendiera
Aunque gozarte de su esposo viera.
Dijo, y determinado,
Cuando Isbella del todo ya rendida,
A su cuello ha enlazado
Los brazos, y tomando la medida
Con su boca a su boca,
Dejó a Matilde con sus celos loca,
Que de rabia perdida,
Salió cual cierva del venablo herida.
Desleal, atrevido,
Ingrato y falso más que los nacidos,
Yo os quitaré la vida,
Dijo, y con pasos atrevidos
Quiso llegar a ellos,
Huyó Morfeo de sus ojos bellos,
Que cual ríos estaban,
Creyendo ser verdad lo que soñaban.
Que si como dormida,
Despierta este suceso le pasara,
Entre sus tiernas manos los matara,
Que, aunque niño, Cupido
Es (si celos le ayudan) atrevido.
Alabáronle con grandes encarecimientos y mostraron estimar sus donaires con darle don Jacinto un vestido y Flora una sortija, lo que recibió Aminta con muestras de alegría, porque respecto de vengarse, pasaba plaza de bufón, no descuidándose de visitar a don Martín y contarle lo que pasaba, ni él de suplicarla abreviase o que le dejase a él hacerlo, porque no podía sufrir verse encerrado en casa ni a ella en la de un hombre que había sido su primer amor.
Enojose Aminta de verle tan desconfiado, y así le dijo que si se cansaba se volviese a su casa, pues ni le debía ni la debía; pues el acompañarla acción de caballero había sido, y así le dejó sin querer hacer amistades, de que don Martín quedó apasionadísimo.
Llegó Aminta algo tarde a su casa y halló a sus dueños cenando, que le riñeron la tardanza. A poco rato llegó don Martín a la puerta, haciendo cierta seña que acostumbraba otras noches. Salió Aminta, y después de ruegos y enojos, quedando amigos, se volvió a su posada y ella se entró a reposar.
Un mes estuvo Aminta en casa de su amo, en cuyo tiempo había escrito don Martín a Segovia a un amigo suyo para que le avisase lo que pasaba: el cual le avisó de todo, pues encareciéndole la pena con que su madre estaba le contó cómo el capitán don Pedro salió en fiado de la cárcel, y que entrando en su casa se había caído muerto; y que a los demás presos había sacado de la cárcel don Luis su hijo, que había venido de Italia, el cual andaba haciendo grandes diligencias por saber de su prima y esposa, de la cual no sabían nuevas ningunas.
Doblósele a la hermosa Aminta la pasión y la rabia con las nuevas de la muerte de su tío y venganza que prometía la cólera de su primo don Luis, y más viendo a don Jacinto gozar tan libremente de Flora, el uno y el otro causa de su desdicha. No tenía celos, mas sentía agravios, que quien quiere saber si ha querido, aunque aborrezca, vea lo que ha querido en otros brazos; así viendo la valerosa Aminta que no era tiempo de quejas sino de venganzas, apercibió a su querido amante don Martín para aquella noche, el cual avisado de lo que había de hacer, se puso en espera del suceso.
Aguardó Aminta tiempo y lugar, y viéndolos a todos dormidos, y la ciudad en silencio, entró en la cuadra de sus enemigos, no siendo de nuevo en ella por entrar todas las noches por los vestidos de su amo para limpiarlos; y sacando la daga, se la metió a don Jacinto por el corazón, de suerte que el quejarse y rendir el alma todo fue uno.
Al ruido despertó Flora, y queriendo dar voces, no la dio lugar Aminta, que la hirió por la garganta, diciendo:
—Traidora, Aminta te castiga y venga su deshonra.
Y volviéndola a dar otras tres puñaladas, envió su alma a acompañar la de su amante; y cerrando la puerta a la cuadra, tomó su capa y maleta, y valiéndose de una llave que había mandado hacer, por haber perdido la de la puerta de la calle, de industria, dejándola cerrada, se salió y fue a la posada de don Martín, el cual sabido el suceso y viendo que era forzoso ponerse en camino, tomando sus mulas y ropa, se partieron, caminando con toda prisa hasta el primer lugar donde descansaron, vistiéndose Aminta de dama y don Martín asimismo de caballero.
Sosegaron allí dos días, donde confirmando los dos la palabra que se habían dado, y con ella el amor, no pudo Aminta negarle a don Martín, como a su esposo, ningún favor que le pidiese.
Allí recibió don Martín dos criados y una criada, y tomando el carruaje necesario, se pusieron en camino para Madrid.
Pues como viniese la mañana que se siguió a la triste noche para los desventurados que estaban en el infierno, pues la vida era conforme a la muerte, y la muerte lo fue a la vida, como los demás criados viesen que Jacinto no parecía, ni su amo ni Flora se levantaban, entraron en la cuadra y viendo el desgraciado suceso, dieron gritos, alzando las criadas el alarido; a las cuales se juntaron todos cuantos había en la ciudad y la justicia con ellos, tomando sus confesiones a todos; y no habiendo otro indicio más que la falta de Jacinto, y haber llevado su maleta, los llevaron a todos presos, y visitando las casas de posadas, vinieron a dar en la que habían estado los autores del daño; si bien no sabían dar razón de nombres, ni tierra; ni pudieron saber más de que a las doce habían partido; y como se llamaban hermanos, siempre se encerraban para hablar.
Con estos indicios salieron tras de ellos algunos alguaciles y aun el mismo corregidor, mas aunque encontraron con don Martín y su dama, que iban la vuelta de Madrid, como los vieron ir con tanta autoridad y reposo, y conocieron a don Martín por uno de los nobles de aquella ciudad y sabían que vivía en Segovia, no cayeron en sospecha alguna, y más habiendo entendido de él que iba con aquella señora y que la traía para su esposa de un lugar de allí cerca; antes le contaron lo que buscaban y ellos se hicieron muy maravillados del caso; y no hay que espantar, porque si buscando un mozo de mulas y un pajecillo, hallaron un caballero tan principal y una dama tan hermosa, ¿quién no se diera por vencido?
Comió don Martín y el corregidor, porque aunque en el campo, iban proveídos; y no hallando rastro de lo que buscaban, se volvieron a la ciudad, y ellos siguieron su camino.
Y viendo la justicia la poca culpa de los presos, los soltaron y confiscaron la hacienda, parte para el rey y parte para la viuda, mujer de don Jacinto.
Don Martín y su esposa llegaron a Madrid, tomando casa y aderezos para ella, y sacando licencia del nuncio, se desposaron, corriendo después los términos de las amonestaciones.
Hecho esto, envió don Martín por su madre, la cual con su casa y hacienda se vino a Madrid, contenta de tener tal nuera, que sabiendo quién era, se tenía por dichosa, donde hoy viven, llamándose Aminta doña Vitoria, la más querida y contenta de su esposo don Martín, que solo le falta a esta buena señora tener hijos para del todo ser dichosa.
Su primo vive, y por su respecto no goza doña Vitoria la hacienda que le dejó su padre, aunque es muy gruesa, solo por no darse a conocer a su primo, ni don Martín quiere tratar de eso, por estar el secreto de este caso entre los tres; que si ella misma no lo manifestara, para que con nombres supuestos se escribiera, nadie pudiera dar noticia de ello.
Apenas dio la bella y discreta Matilde fin a su maravilla, dicha con tanto donaire y discreción que a todos los caballeros y damas que la escuchaban tenía elevados y absortos, cuando don Diego, nuevo amante de Lisis, haciendo seña a los músicos y dando aviso a dos criados suyos que eran diestros en danzar, a un mismo tiempo atajaron las alabanzas que para la bella Matilde se prevenían, pareciéndole que habiendo de quedar cortos en ellas, era más acertado pasarlas en silencio; y dándolo así a entender a todos aquellos caballeros y damas, aprobando su parecer, emplearon la vista en las graciosas vueltas y airosas cabriolas que los dos criados de don Diego hacían.
Y después de haber dado fin a la danza, dieron principio a una suntuosísima colación que Lisis tenía prevenida para sus convidados, donde en competencia las ensaladas de los dulces, y los dulces de muchas suertes de frutas, que en la mesa sirvieron, como en tales noches es costumbre, se mostró el buen gusto del dueño; y Lisis dándole a don Juan mil desdeñosas muestras, acompañadas de un gracioso ceño, con que al desaire le miraba; y por el contrario a don Diego mil honestos favores, de que don Juan se abrasaba; porque aunque quería a Lisarda, gustaba de ser querido de Lisis, y así haciendo mil regalos a Lisarda por picar a Lisis, y Lisis a don Diego por desesperar a don Juan, y los demás caballeros y damas, unos a otros, tocaron a maitines en el Carmen, y determinando oírlos con la misa del gallo, para dormir descuidados, avisados para la segunda noche, se despidieron de Lisis y su madre, que no quisieron oírlos; desocuparon la casa, acompañando todos aquellos caballeros a las hermosas damas en esta piadosa ocasión, si bien don Diego, llegándose a Lisis, se le ofreció por esclavo, agradeciendo la dama el favor, con que se dio fin a la fiesta de la primera noche.
NOCHE SEGUNDA.
Ya Febo se recogía debajo de las celestes cortinas, dando lugar a la noche que con su manto negro cubriese el mundo, cuando todos aquellos caballeros y damas se juntaron en casa de la noble Laura siendo recibidos de la discreta señora y su hermosa hija con mil agrados y cortesías. Y así por la misma orden que en la pasada noche se fueron sentando, avisados de don Diego que sus criados habían de dar principio a la fiesta con algunos graciosos bailes y un sazonado entremés que de repente quisieron hacer. Y viendo aquellas señoras que les tocaba danzar aquella noche, se acomodaron por su orden.
Estaba Lisis vestida de una lama de plata morada y al cuello una firmeza de diamantes con una cifra del nombre de don Diego, joya que aquel mismo día le envió su nuevo amante en cambio de una banda morada que ella le dio para que pendiese la verde cruz que traía; dando esto motivo a don Juan para algún desasosiego, si bien Lisarda con sus favores le hacía que se arrepintiese de tenerle.
Ya se prevenía la bella Lisis de su instrumento y de un romance que aquel día había hecho, y puesto todo, cuando los músicos le suplicaron los dejase aquella noche, guardando para la tercera fiesta sus versos, porque el señor don Juan los había prevenido de lo que habían de cantar; que por ser parto de su entendimiento era razón lograrlos.
A todos pareció bien, porque sabían que don Juan era en esto muy acertado, y dándoles lugar cantaron así:
A la cabaña de Menga
Antón un disanto fue;
Ya está rostrituerta Gila,
Celos debe de tener.
De ella se queja el zagal,
Bien justa su queja es,
Que sospechas sin razón
Son desaires de la fe.
Sin culpa le da desvíos,
¿Cómo no se ha de ofender,
Que ella los da tan de balde,
Costándole tanto a él?
Hablar a Menga agradable,
No es culpa, que bien se ve,
Si no hay querer con agrados,
No hay agrados sin querer.
Quisiera que huyese Antón
De Menga, ¡rigor cruel!
Darle lo favorecido
A precio de descortés.
No es la misma permisión
En el hombre y la mujer,
Que en ellos es grosería
Lo que en ellas es desdén.
No hay quien se ponga a razones
Con los celos, y pardiez,
Gente que razón no escucha,
Muy necia debe de ser.
Los vanos recelos, Gila,
No aseguran, que tal vez
Temer donde no hay tropiezos,
Dispone para caer.
Vedarle que mire a Menga,
Si es cordura no lo sé,
Que una hermosura vedada,
Dicen que apetito es.
Sujeciones hay civiles,
Bastaba, Antón, a mi ver,
Estar sujeto a unos ojos,
Sin que a su engaño lo estés.
Esto es amor en los hombres,
Ser su lisura doblez,
Sus inocencias delitos;
Mal haya el amor, amén.
Quien mirara a la bella Lisis mientras cantó este romance, conociera en su desasosiego la pasión con que le escuchaba; viendo cuán al descubierto don Juan reprendía en él las sospechas que de Lisarda tenía, y a estarle bien respondiera: mas cobrándose de su descuido, viendo a don Diego melancólico de verla inquieta, alegró el rostro y serenó el semblante: mandó como presidente de esta fiesta a don Álvaro que dijese su maravilla; el cual obedeciendo dijo así:
Es la miseria la más perniciosa costumbre que se puede hallar en un hombre, pues en siendo miserable luego es necio, enfadoso y cansado. Esto se verá claramente en mi maravilla, la cual es de esta suerte:
NOVELA TERCERA.
EL CASTIGO DE LA MISERIA.
A servir a un grande de esta corte vino de un lugar de Navarra un hijodalgo, tan alto de pensamientos como humilde de bienes de fortuna; pues no le concedió esta madrastra de los nacidos más riqueza que una pobre cama, en la cual se recogía a dormir y se sentaba a comer: este mozo, a quien llamaremos don Marcos, tenía un padre viejo, y tanto, que sus años le servían de renta para sustentarse, pues con ellos enternecía los más empedernidos corazones.
Era don Marcos cuando vino a este honroso entretenimiento de doce años, habiendo casi los mismos que perdió a su madre de un repentino dolor de costado, y mereció en casa de este príncipe la plaza de paje y con ella los usados atributos, picardía, porquería, sarna y miseria; y aunque don Marcos se graduó en todas, en esta última echó el resto, condenándose él mismo de su voluntad a la mayor lacería que pudo padecer un padre del yermo, gastando los diez y ocho cuartos que le daban con tanta moderación, que si podía, aunque fuese a costa de su estómago y de la comida de sus compañeros, procuraba que no se disminuyesen, o ya que algo gastase, no de suerte que se viese mucho su falta.
Era don Marcos de mediana estatura, y con la sutileza de la comida se vino a transformar de hombre en espárrago. Cuando sacaba de mal año su vientre era el día que le tocaba servir la mesa de su amo, porque quitaba de trabajo a los mozos de plata llevándoles lo que caía en sus manos más limpio que ellos lo habían puesto en la mesa, proveyendo sus faltriqueras de todo aquello que sin peligro se podía guardar para otro día.
Con esta miseria pasó la niñez, acompañando a su dueño en muchas ocasiones dentro y fuera de España, donde tuvo principales cargos. Vino a merecer don Marcos pasar de paje a gentilhombre, haciendo en esto su amo con él lo que no hizo el cielo. Trocó pues los diez y ocho cuartos por cinco reales y tantos maravedís: pero ni mudó de vida, ni alargó la ración a su cuerpo, antes como tenía más obligaciones, iba dando más nudos a su bolsa.
Jamás se encendió en su casa luz, y si alguna vez se hacía esta fiesta, era el que le concedía su diligencia y el descuido del repostero, algún cabo de vela, el cual iba gastando con tanta cordura, que desde la calle se iba desnudando, y en llegando a casa dejaba caer los vestidos y al punto le daba la muerte.
Cuando se levantaba por la mañana, tomaba un jarro que tenía sin asa, y salía a la puerta de la calle, y al primero que veía le pedía remediase su necesidad, y esto le duraba dos o tres días, porque lo gastaba con mucha estrechez. Luego se llegaba donde jugaban los muchachos y por un cuarto llevaba uno que le hacía la cama, y si tenía criado, se concertaba con él que no le había de dar ración más de dos cuartos y un pedazo de estera en que dormir; y cuando estas cosas le faltaban, llevaba un pícaro de cocina que lo hacía todo y le virtiese una extraordinaria vasija en que hacía las inexcusables necesidades; era al modo de un arcaduz de noria, porque había sido en un tiempo jarro de miel, que hasta en verter sus excrementos guardó la regla de la observancia.
Su comida era un panecillo de un cuarto, media libra de vaca, un cuarto de zarandajas y otro que daba al cocinero porque tuviese cuidado de guisarlo limpiamente; y esto no era cada día sino solo los feriados, que lo ordinario era un cuarto de pan y otro de queso.
Entraba en el estrado donde comían sus compañeros, y llegaba al primero y decía:
—Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela, en verdad que la he de probar.
Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y de esta suerte daba la vuelta de uno en uno a todos los platos: que hubo día que, en viéndole venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante; y el que no, ponía la mano sobre su plato.
Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y queso en la mano entraba diciendo:
—Por cenar en conversación os vengo a cansar —y con esto se sentaba en la mesa y alcanzaba de lo que había.
Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces en esta forma: poníase a la puerta de la calle y, como iban pasando las mozas y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dejasen probar; obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables, les pedía licencia para otro traguillo.
Viniendo a Madrid en una mula, y con un mozo que por venir en su compañía se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue por él se puso a caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna.
Jamás en las posadas le faltó un pariente que, haciéndose gorra con él, le ahorraba la comida. Vez hubo que dio a su mula paja del jergón que tenía en la cama, todo a fin de no gastar.
Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos pasaban tiempo, tanto que ya era conocido en la corte por el hombre más regalado de los que se conocían en el mundo.
Vino don Marcos de esta suerte, cuando llegó a los treinta años, a tener nombre y fama de rico; y con razón, pues vino a juntar, a costa de su opinión y hurtándoselo al cuerpo, seis mil ducados, los cuales se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los genoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre le dan manotada como zorro.
Y como don Marcos no tenía fama de jugador ni de amancebado, cada día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque lo regateaba, temiendo algún mal suceso: parecíales bien a las señoras que lo deseaban para marido y quisieran más fuese gastador que guardoso, que con este nombre calificaron su miseria.
Entre muchas que desearon ser suya fue una señora que no había sido casada, si bien estaba en opinión de viuda, mujer de buen gusto y de alguna edad, aunque lo encubría con las galas, adornos e industria; porque era viuda galán, con su monjil de tercianela, tocas de reinas y su poquito de moño.
Era buena señora, cuyo nombre es doña Isidora, muy rica en hacienda, según decían todos los que la conocían, y su modo de tratarse lo mostraba. Y en esto siempre se adelantaba el vulgo más de lo que era razón.
Propusiéronle a don Marcos este matrimonio, pintándole a la novia con tan perfectos colores y asegurándole que tenía más de catorce o quince mil ducados, diciéndole haber sido su difunto consorte un caballero de lo mejor de Andalucía, que asimismo decía serlo la señora, dándole por patria a la famosa ciudad de Sevilla; con la cual nuestro don Marcos se dio por casado.
El que trataba el casamiento era un gran socarrón, tercero no solo de casamientos sino de todas mercaderías, tratante en grueso de buenos rostros y mejores bolsas, pues jamás ignoraba lo malo y lo bueno de esta corte, y era la causa haberle prometido buena recompensa: ordenó llevar a don Marcos a vistas, y lo hizo la misma tarde que se lo propuso porque no hubiese peligro en la tardanza.
Entró don Marcos en casa de doña Isidora, casi admirado de ver la casa, tantos cuadros, tan bien labrada y con tanta hermosura; y mirola con atención, porque le dijeron que era su dueño la misma que lo había de ser de su alma, a la cual halló entre tantos damascos y escritorios, que más parecía casa de señora de título que de particular, con un estrado tan rico y la casa con tanto aseo, olor y limpieza, que parecía no tierra sino cielo, y ella tan aseada y bien prendida, como dice un poeta amigo, que pienso que por ella se tomó este motivo de llamar así a los aseados.
Tenía consigo dos criadas, una de labor y otra de todo y para todo, que a no ser nuestro hidalgo tan compuesto y tenerle el poco comer tan mortificado, por solo ellas pudiera casarse con su ama, porque tenían tan buenas caras como desenfado, en particular la fregona, que pudiera ser reina si se dieran los reinos por hermosura.
Admirole sobre todo el agrado y discreción de doña Isidora, que parecía la misma gracia, tanto en donaire como en amores, y fueron tantas y tan bien dichas las razones que dijo a don Marcos que no solo le agradó, mas le enamoró, mostrando en sus agradecimientos el alma, que la tenía el buen señor bien sencilla y sin doblez.
Agradeció doña Isidora al casamentero la merced que le hacía en querer emplearle tan bien, acabando de hacer tropezar a don Marcos en una aseada y costosa merienda, en la cual hizo alarde de la vajilla rica y olorosa ropa blanca, con las demás cosas que en una casa tan rica como la de doña Isidora era fuerza hubiese.
Hallose a la merienda un mozo galán, desenvuelto y que de bien entendido picaba en pícaro, al cual doña Isidora regalaba a título de sobrino, cuyo nombre era Agustinico, que así le llamaba su señora tía.
Servía a la mesa Inés, porque Marcela, que así se llamaba la doncella, por mandado de su señora tenía ya en las manos un instrumento, en el cual era tan diestra que no se le ganara el mejor músico de la corte, y esto acompañaba con una voz que más parecía ángel que mujer, y a la cuenta era todo. La cual con tanto donaire como desenvoltura, sin aguardar a que la rogasen, porque estaba cierta que lo haría bien, o fuese acaso o de pensado, cantó así:
Claras fuentecillas,
Pues murmuráis,
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que vive
Libre y descuidado,
Y que mi cuidado,
En el agua escribe;
Que pena recibe
Si sabe mi pena,
Que es dulce cadena
De mi libertad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que tiene
El pecho de hielo,
Y que por consuelo
Penas me previene:
Responde que pene
Si favor le pido,
Y se hace dormido
Si pido piedad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que llama
Cielos otros ojos,
Más por darme enojos,
Que porque los ama,
Que mi ardiente llama
Paga con desdén,
Y quererle bien
Con quererme mal:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Y si en cortesía
Responde a mi amor,
Nunca su favor
Duró más de un día,
Do la pena mía
Ríe lisonjero,
Y aunque ve que muero,
No tiene piedad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que ha días
Tiene la firmeza,
Y que con tibieza
Paga mis porfías:
Mis melancolías
Le causan contento,
Y si mudo intento,
Muestra voluntad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad, que he sido
Eco desdichada,
Aunque despreciada,
Siempre le he seguido;
Y que si le pido
Que escuche mi queja,
Desdeñoso deja
Mis ojos llorar:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que altivo,
Libre y desdeñoso
Vive, y sin reposo,
Por amarle, vivo,
Que no da recibo
A mi eterno amor,
Antes con rigor
Me intenta matar:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad sus ojos
Graves y severos,
Aunque bien ligeros
Para darme enojos,
Que rinde despojos
A su gentileza,
Cuya altiva alteza
No halla su igual:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que ha dado
Con alegre risa
La gloria a Belisa,
Que a mí me ha quitado,
No de enamorado,
Sino de traidor,
Que aunque finge amor
Miente en la mitad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad mis celos
Y penas rabiosas,
Hay fuentes hermosas,
A mis ojos cielos,
Y mis desconsuelos,
Penas y disgustos,
Mis perdidos gustos,
Fuentes murmurad;
Y también a Narciso
Que no sabe amar.
No me atreveré a determinar en qué halló nuestro don Marcos más gusto, si en las empanadas y hermosas tortadas, lo uno picante y lo otro dulce, si en el sabroso pernil y fruta fresca y gustosa, acompañado todo con el licor del santo remedio de los pobres, que a fuerza de brazos estaba virtiendo hielo, siendo ello mismo fuego, que por eso llamaba un aficionado a las cantimploras remedio contra el fuego; o en la dulce voz de Marcela, porque al son de su letra él no hacía sino comer, tan regalado de doña Isidora y de Agustinico que no lo pudiera ser más si él fuera el rey, porque si en la voz hallaba gusto para los oídos, en la merienda recreo para su estómago, tan ayuno de regalos como de sustento.
Regalaba también doña Isidora a don Agustín, sin que don Marcos, como poco escrupuloso, reparase en nada más de sacar de mal año sus tripas; porque creo, sin levantarle testimonio, que sirvió la merienda de aquella tarde de ahorro de seis días de ración, y más con los buenos bocados que doña Isidora y su sobrino atestaban y embutían en el baúl vacío del buen hidalgo, provisión bastante para no comer en mucho tiempo.
Feneciose la merienda con el día, y estando ya prevenidas cuatro bujías en sus hermosos candeleros, a la luz de las cuales y al dulce son que Agustinico hizo en el instrumento que Marcela había tocado, bailaron ella e Inés lo rastreado y soltillo, sin que se quedase la capona olvidada, con tal donaire y desenvoltura que se llevaba entre los pies los ojos y el alma del auditorio, y tornando Marcela a tomar la guitarra, a petición de don Marcos, que como estaba harto quería bureo, feneció la fiesta con este romance:
Fuese Bras de la cabaña:
Sabe Dios si volverá,
Por ser firmísima Menga,
Y ser muy ingrato Bras.
Como no sabe ser firme,
Desmayole el verse amar,
Que quien no sabe querer,
Tampoco sabe estimar.
No le ha dado Menga celos,
Que no se los pudo dar,
Porque si supiera darlos,
Supiera hacerse estimar.
Es Bras de condición libre,
No se quiere sujetar,
Y así viéndose querido,
Supo el modo de olvidar.
No solo a sus gustos sigue,
Más sábelos publicar,
Que quiere a fuerza de penas
Hacerse estimar en más.
Que no volverá es muy cierto,
Que es cosa la voluntad,
Que cuando llega a trocarse
No vuelve a su ser jamás.
Por gustos ajenos muere,
Pero no se morirá,
Que sabe fingir pasiones
Hasta que llega a alcanzar.
Desdichada la serrana
Que en él se viene a emplear,
Pues aunque siembre afición,
Solo penas cogerá.
De ser poco lo que pierde,
Certísima Menga está,
Pues por mal que se aventure,
No puede tener más mal.
Es franco de disfavores,
De tibieza liberal,
Pródigo de demasías,
Escaso de voluntad.
Dice Menga que se alegra,
No sé si dice verdad,
Que padecer despreciada
Es dudosa enfermedad.
Suelen publicar salud
Cuando muriéndose están,
Mas no niego que es cordura
El saber disimular.
Esconderse por no verla,
Ni de sus cosas hablar,
Ni tarde de su alabanza,
Indicios de salud da.
Pero de vivir contenta,
Y ella en secreto llorar,
Llevar mal que mire a otras,
De amor parece señal.
Lo que por mi teología
He venido a pergeñar
Es que aquel que dice injurias
Cerca está de perdonar.
Préciase Menga de noble:
No sé si querrá olvidar,
Que una vez elección hecha,
No es noble quien vuelve atrás.
Mas ella me ha dicho a mí
Que en llegando a averiguar
Injurias, celos y agravios,
Afrenta el verle será.
Al dar fin al romance se levantó el corredor de desdichas y le dijo a don Marcos que era hora de que la señora doña Isidora reposase, y así se despidieron los dos de ella y de Agustinico, y de las otras damiselas, y dieron la vuelta a su casa, yendo por la calle tratando lo bien que le había parecido doña Isidora, y descubriendo enamorado don Marcos, más del dinero que de la dama, el deseo que tenía de verse ya su marido, y así le dijo que diera un dedo de la mano por verlo ya hecho, porque era sin duda que le estaba muy bien, aunque no pensaba tratarse después de casado con tanta ostentación y grandeza, pues que aquello era bueno para un príncipe y no para un hidalgo particular como él era, pues con su ración y alguna cosa más había para el gasto; y que seis mil ducados que tenía, y otros tantos que más podía hacer de cosas excusadas que había en casa de doña Isidora; pues bastaba para la casa de un escudero de un señor cuatro cucharas, un jarro, una salvilla y una buena cama, y a este modo cosas que no se pueden excusar: todo lo demás era cosa sin provecho, que mejor estaría en dineros, y puestos en renta, vivirían como un príncipe, y podían dejar a sus hijos, si Dios se los diese, con qué pasar muy honradamente, y cuando no los tuviesen, pues doña Isidora tenía aquel sobrino, para él sería todo, si fuese tan obediente que quisiese respetarle como a padre.
Hacía estos discursos don Marcos tan en su punto que el casamiento lo dio por concluido, y así le respondió que él hablaría otro día a doña Isidora y se efectuaría el negocio, porque en estos casos de matrimonio tantos tienen deshechos las dilaciones como la muerte.
Con esto se despidieron, y él se volvió a contar a doña Isidora lo que con don Marcos había pasado, codicioso de las albricias; y este a casa de su amo, donde hallándolo todo en silencio, por ser muy tarde, sacando un cabo de vela de la faltriquera, se llegó a una lámpara que estaba en la calle alumbrando una cruz, y puesta la vela en la punta de la espada, la encendió, y después de haberle suplicado con una breve oración que fuese la que se quería echar a cuestas para bien suyo, se entró en su posada y se acostó, aguardando impaciente el día, pareciéndole que se le había de despintar tal ventura.
Dejémosle dormir y vamos al casamentero, que vuelto a casa de doña Isidora le contó lo que pasaba y cuán bien le estaba. Ella que lo sabía mejor que no él, como adelante se dirá, dio luego el sí y cuatro escudos al tratante por principio, y le rogó que luego por la mañana volviese a don Marcos y le dijese como ella tenía a gran suerte el ser suya, que no le dejase de la mano, antes gustaría que se le trajese a comer con ella y su sobrino, para que se hiciesen las escrituras y se sacasen los recados.
¡Qué dos nuevas para don Marcos: convidado y novio! Y con ellas por ser tan buenas, madrugó el casamentero y dio los buenos días a nuestro hidalgo don Marcos, al cual halló ya vistiéndose (que amores de blanca niña no le dejaban reposar). Recibió con los brazos a su buen amigo, que así llamaba al procurador de pesares, y con el alma la resolución de su ventura, y acabándose de vestir de las más costosas galas que su miseria le consentía, se fue con su norte de desdichas a casa de su dueño, su señora, donde fue recibido de aquella sirena con la agradable música de sus caricias, y de don Agustín, que se estaba vistiendo, con mil modos de cortesías y agrados; donde en buena conversación y agradecimiento de su ventura y sumisiones del cauto mozo, en agradecimiento del lugar que de hijo le daba, pasaron hasta que fue hora de comer, que de la sala del estrado se entraron a otra cuadra más adentro donde estaba puesta la mesa y aparador, como pudiera en casa de un gran señor.
No tuvo necesidad doña Isidora de gastar muchas arengas para obligar a don Marcos a sentarse a la mesa, porque antes él rogó a los demás que lo hiciesen, sacándolos de esta penalidad, que no es pequeña.
Satisfizo el señor convidado su apetito en la bien sazonada comida y sus deseos en el compuesto aparador, tornando en su memoria a hacer otros tantos discursos como la noche pasada, y más como veía a doña Isidora tan liberal y cumplida, como aquella que había de ser suya, le parecía aquella grandeza vanidad excusada y dinero perdido.
Acabose la comida y preguntaron a don Marcos si quería, en lugar de dormir la siesta, por no haber en aquella casa cama para huéspedes, jugar al hombre. A lo cual respondió que servía a un señor tan virtuoso y cristiano, que si supiera que criado suyo jugaba, ni aun al quince, no estuviera una hora en su casa, y que como él sabía esto, había tomado por regla el darle gusto; demás de ser su inclinación buena y virtuosa, pues no tan solamente no sabía jugar al hombre, mas que no conocía ni una carta, y que verdaderamente hallaba por su cuenta que valía el no saber jugar muchos ducados por año.
—Pues el señor don Marcos —dijo doña Isidora— es tan virtuoso que no sabe jugar (¡qué bien le digo yo a Agustinillo, que es lo que está mejor al alma y a la hacienda!), ve, niño, y dile a Marcela que se dé prisa a comer, y traiga su guitarra e Inesita sus castañuelas, y en eso entretendremos la siesta hasta que venga el notario que el señor Gamarra (que así se llamaba el casamentero) tiene prevenido para hacer las capitulaciones.
Fue Agustinico a lo que su señora tía le mandaba, y mientras venía prosiguió don Marcos, y asiendo la plática desde arriba:
—Pues en verdad, dijo, que puede Agustín, si pretende darme gusto, no tratar de jugar ni salir de noche, y con eso seremos amigos: de hacerlo habría mil rencillas, porque soy muy amigo de recogerme temprano la noche que no hay que hacer: y que en entrando, no solo se cierre la puerta mas se clave, no porque soy celoso, que harto ignorante es el que lo es, teniendo mujer honrada; mas porque las casas ricas nunca están seguras de ladrones, no quiero que me lleven con sus manos lavadas lo que a mí me costó tanto afán y fatiga el ganarlo; y así yo le quitaré el vicio, y sobre esto sería el diablo.
Vio doña Isidora tan colérico a don Marcos que fue menester mucho de su despejo para desenojarle, y así le dijo que no se disgustase, que el muchacho haría todo lo que fuese de su gusto, porque era el mozo más dócil que en su vida había tratado, que al tiempo daba por testigo.
—Esto le importa —replicó don Marcos, y atajó la plática don Agustín y las damiselas, que venían cada una con su instrumento, y la desenvuelta Marcela dio principio a la fiesta con estas décimas:
Lauro, si cuando te amaba
Y tu rigor me ofendía,
Triste de noche y de día,
Tu ingrato trato lloraba;
Si en ninguna parte hallaba
Remedio de mi dolor,
Pues cuando solo un favor
Era paz de mis enojos,
Siempre en tus ingratos ojos
Hallé crueldad por amor.
Si cuando pedí a los cielos
La muerte por no mirarte,
Y maltratarme y culparte
Eran todos mis desvelos:
Supe seguida de celos,
Mereciendo ser querida,
Quise quitarme la vida:
Dime, ¿cómo puede haber
Otro mayor mal, que ser
Cruelmente aborrecida?
Yo lo tengo por mayor
Que no vivir olvidada,
Que siéndolo, no te enfada
Como otras veces mi amor:
Tengo el verte por favor,
Que tu descuido me ofrece
La paz que aquel que aborrece
Niega al que adorando está;
Luego el olvido será
Mayor daño que parece.
Y así a pedirte favor,
Con disfavor me convidas,
Porque al fin como me olvidas,
No te ofendas de mi amor:
Que alguna vez tu rigor
Vendrá a tomar por partido
Amar en lugar de olvido;
Y si has de aborrecer,
Más quiero, Lauro, no ser,
Que aborrecida haber sido.
No sabré decir si lo que más agradó a los oyentes fue la suave voz de Marcela o los versos que cantó: finalmente, a todo dieron alabanza, pues aunque las décimas no eran las más cultas, ni más acendradas, el donaire de Marcela les dio tanta sal que supliera mayores faltas; y porque mandaba doña Isidora a Inés que bailase con Agustín, le previno don Marcos que fenecido el baile volviese a cantar, pues lo hacía divinamente, lo cual Marcela hizo con mucho gusto, dándosele al señor don Marcos con este romance:
Ya de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Ya no tengo que esperar
De tu amor, ingrato Ardenio,
Aunque tus muchas tibiezas
Mida con mi sufrimiento.
Que ya en mi fuego te hieles,
Ni que me encienda en tu hielo,
Que mueran mis esperanzas,
Ni que viva en mi tormento.
Como en mi confusa pena
No hay alivio ni remedio,
Ni le busco, ni le pido,
Desesperada padezco.
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
¿Qué tengo ya que esperar,
Ni cómo obligar pretendo
A quien de solo matarme
Atrevido lleva intento?
A los hermanos imito,
Que por pena en el infierno,
Tienen trabajo sin fruto,
Y servir fuera de tiempo.
Acaba, saca la espada,
Pasa mi constante pecho,
Acabaré de penar,
Si no es mi tormento eterno.
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Quiérote bien, ¡qué delito
Para castigo tan fiero!
Pero tú te desobligas,
Cuando ya obligarte pienso.
¿Quién creyera que mis partes,
Que alguno estimó por cielos,
Son infiernos a tus ojos,
Pues de ellas andas huyendo?
Siempre decís que buscáis
Los hombres algún sujeto,
Que sea en aquesta edad
De constancia claro ejemplo.
Y si acaso halláis alguno,
Le hacéis tal tratamiento,
Que aventura por vengarse,
No una honra, sino ciento.
Míralo en ti y en mi amor,
No quieras más claro espejo,
Y verás como hay mujeres
Con amor y sufrimiento.
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Hasta aquí pensé callar,
Tus sinrazones sufriendo,
Mas pues voluntad publicas,
¿Como callaré con celos?
Sepa el mundo que te quise,
Sepa el mundo que me has muerto,
Y sépalo esa tirana
De mi gusto y de mi dueño.
Poco es brasas, como Porcia,
Poco es como Elisa, acero,
Más es morir de sospechas,
Fuego que en el alma siento.
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Poco puedo, Ardenio ingrato,
Y hoy pienso que puedo menos,
Pues sufriendo no te obligo,
Ni te obligué padeciendo.
Yo gusto que tengas gustos,
Pero tenlos con respeto,
De que me llamaste tuya,
O de veras, o fingiendo.
Cuando en tus ojos me miro,
En ellos miro otro dueño,
¿Pues qué has menester decirme
Lo que yo tengo por cierto?
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Ingrato, si ya tus glorias
No te caben en el pecho,
Guárdalas, que para mí
Son más que gloria, veneno.
Mas tú debes de gustar
De verme vivir muriendo,
Que el querer y aborrecer
En ti viene a ser extremo.
Y si de matarme gustas,
Acaba, mátame presto;
Pero si celosa vivo,
¿Para qué otra muerte quiero?
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Como era don Marcos de los sanos de Castilla y sencillo como un tafetán de la China, no se le hizo largo este romance, antes quisiera que durara mucho más, porque la llaneza de su ingenio no era como los fileteados de la corte, que en pasando de seis estancias, se enfadan.
Dio las gracias a Marcela, y le pidiera que pasara adelante si a este punto no entrara el buen Gamarra con un hombre que dijo ser notario; si bien más parecía lacayo que otra cosa, y se hicieron las escrituras y conciertos, poniendo doña Isidora en la dote doce mil ducados y aquellas casas; y como don Marcos era hombre tan sin malicia, no se metió en más averiguaciones, con lo que el buen hidalgo estaba tan contento que posponiendo su autoridad, bailó con su querida esposa, que así llamaba a doña Isidora.
Cenaron aquella noche con el mismo aplauso y ostentación que habían comido, si bien todavía el tema de don Marcos era la moderación del gasto: pareciéndole, como dueño de aquella casa y hacienda, que si de aquella suerte iba, no había dote para cuatro días; mas hubo de callar hasta mejor ocasión.
Llegó la hora de recogerse, y por excusar trabajo de ir a su posada, quiso quedarse con su señora, mas ella con muy honesto recato dijo que no había de poner hombre el pie en el casto lecho que fue de su difunto señor mientras no tuviese las bendiciones de la iglesia, con lo que tuvo por bien don Marcos de irse a dormir a su casa (que no sé si diga que más fue velar, supuesto que el cuidado de sacar las amonestaciones le tenía ya vestido a las cinco).