PRIMERA PARTE. (continued 3)
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En fin se sacaron, y en tres días de fiesta que la fortuna trajo de los cabellos, que a la cuenta sería el mes de agosto, que las trae de dos en dos, se amonestaron, dejando para el lunes, que en las desgracias no tuvo que envidiar al martes, el desposar y el velarse todo junto, a uso de grandes: lo cual se hizo con grande aparato y grandeza, así de galas como en lo demás, porque don Marcos, humillando su condición, y venciendo su miseria, sacó fiado, por no descabalar los seis mil ducados, un rico vestido y faldellín para su esposa, haciendo cuenta que con él y la mortaja cumplía, no porque se le vino al pensamiento la muerte de doña Isidora sino por parecerle que poniéndosele solo de una Navidad a otra, habría vestido hasta el día del juicio.
Trajo asimismo de casa de su amo padrinos que todos alababan su elección y engrandecían su ventura, pareciéndoles acertamiento haber hallado una mujer de tan buen parecer y tan rica, pues aunque doña Isidora era de más edad que el novio, contra el parecer de Aristóteles y otros filósofos antiguos, lo disimulaba de suerte que era milagro verla tan bien aderezada.
Pasada la comida, y estando ya sobre tarde alegrando con bailes la fiesta, en los cuales Inés y don Agustín mantenían la tela, mandó doña Isidora a Marcela que la engrandeciese con su divina voz, a la cual no haciéndose de rogar, con tanto desenfado como donaire cantó así:
Si se ríe el alba,
De mí se ríe,
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Cuando el alba miro,
Con alegre risa
Mis penas me avisa,
Mis males suspiro;
Pero no me admiro
De verla reír,
Ni de presumir
Que de mí se ríe:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Ríese de verme
Con cien mil pesares,
Los ojos dos mares,
Viendo aborrecerme;
Cuando ingrato duerme
Mi querido dueño,
Mi dolor el sueño
Triste despide:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Ríe el ver que digo
Que no tengo amor,
Cuando su rigor
De secreto sigo,
Por haber sido obligado
A tratarme bien,
Al mismo desdén
Que en matarme vive:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Ríe que me alejo
De aquello que sigo;
Llamado enemigo
Por lo que me quejo,
Que pido consejo,
Amando sin él;
Despido cruel
Lo que no me sigue:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Ríe el ver mis ojos
Publicar tibieza,
Cuando mi firmeza
Les da mil enojos,
Ofrecer despojos
Y encubrir pasión,
Mirar a traición
Unos ojos libres:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Ríe el que procura
Encubrir mis celos,
Que estoy sin desvelos
Cuando miento y juro,
El descuido apuro,
Lo que me da pena,
Porque amor ordena
Mi muerte triste:
Porque adoro tibiezas,
Y muero firme.
Llegose en estos entretenimientos la noche, principio de la posesión de don Marcos, y más de sus desdichas, pues antes de tomarla empezó la fortuna a darle con ellas en los ojos, y así fue la primera darle a don Agustín un accidente: no me atrevo a decir si le causó el ver casada a su señora tía; solo digo que puso la casa en alboroto, porque doña Isidora empezó a desconsolarse, acudiendo más tierna que fuera razón a desnudarle para que se acostase, haciéndole tantas caricias y regalos que casi dio celos al desposado, el cual viendo ya al enfermo algo sosegado, mientras su esposa se acostaba, acudió a prevenir con cuidado que se cerrasen las puertas y echasen las aldabas a las ventanas; cuidado que puso en las desenvueltas criadas de su querida mujer la mayor confusión y aborrecimiento que se puede pensar, pareciéndoles achaque de celoso; y no lo era cierto, sino de avaro; porque como el buen señor había traído su ropa y con ella sus seis mil ducados, que aun apenas habían visto la luz del cielo, quería acostarse seguro de que lo estaba su tesoro.
En fin, él se acostó con su esposa; las criadas en lugar de acostarse se pusieron a murmurar y llorar, exagerando la prevenida y cuidadosa condición de su dueño. Empezó Marcela a decir:
—¿Qué te parece, Inés, a lo que nos ha traído la fortuna, pues de acostarnos a las tres y a las cuatro, oyendo músicas y requiebros, ya en la puerta de la calle, ya en las ventanas, rodando el dinero en nuestra casa, como en otras la arena, hemos venido a ver a las once cerradas las puertas y clavadas las ventanas, sin que haya atrevimiento en nosotras para abrirlas?
—Mal año abrirlas —dijo Inés—; Dios es mi Señor, que tiene traza nuestro amo de echarles siete candados como a la cueva de Toledo: ya, hermana, esas fiestas que dices se acabaron, no hay sino echarnos dos hábitos, pues mi ama ha querido esto: ¿qué poca necesidad tenía de haberse casado, pues no le faltaba nada, y no ponernos a todas en esta vida?, que no sé cómo no la ha enternecido ver al señor don Agustín cómo ha estado esta noche, que para mí esta higa si no es la pena de verla casada el accidente que tiene: y no me espanto, que está enseñado a holgarse y regalarse, y viéndose ahora enjaulado como jilguerillo, claro está que lo ha de sentir como yo lo siento: que malos años para mí, que me pudieran ahogar con una hebra de seda cendalí.
—Aun tú, Inés —replicó Marcela—, que sales fuera por todo lo que es menester, no tienes que llorar; mas triste de quien por llevar adelante este mal afortunado nombre de doncella, ya que en lo demás haya tanto engaño, ha de estar padeciendo todos los infortunios de un celoso, que las hormiguillas la parecen gigantes; mas yo lo remediaré, supuesto que por mis habilidades no me ha de faltar la comida. Mala pascua para el señor don Marcos si yo tal sufriere.
—Yo, Marcela —dijo Inés—, será fuerza que sufra, porque si te he de confesar verdad, don Agustín es la cosa que más quiero; si bien hasta ahora mi ama no me ha dado lugar de decirle nada, aunque conozco de él que no me mira mal, mas de aquí adelante será otra cosa, que habrá de dar más tiempo acudiendo a su marido.
En estas pláticas estaban las criadas, y era el caso que el señor don Agustín era galán de doña Isidora, y por comer, vestir y gastar a título de sobrino, no solo llevaba la carga de la vieja mas otras muchas, como eran las conversaciones de damas y galanes, juegos y bailes y otras cosillas de este jaez, y así pensaba sufrir la del marido, aunque la mala costumbre de dormir acompañado le tenía aquella noche con alguna pasión; pues como Inés le quería, dijo que quería ir a ver si había menester algo mientras se desnudaba Marcela, y fue tan buena su suerte, que como don Agustín era muchacho, tenía miedo, y así la dijo:
—Por tu vida, Inés, que te acuestes aquí conmigo, porque estoy con el mayor asombro del mundo, y si estoy solo, en toda la noche podré sosegar de temor.
Era piadosísima Inés, y túvole tanta lástima que al punto le obedeció, dándole las gracias de mandarle cosas de su gusto.
Llegose la mañana, martes al fin, y temiendo Inés que su señora se levantase y la cogiese con el hurto en las manos, se levantó más temprano que otras veces y fue a contar a su amiga sus venturas; y como no hallase a Marcela en su aposento, fue a buscarla por toda la casa, y llegando a una puertecilla falsa que estaba en un corral, algo a trasmano, la halló abierta, y era que Marcela tenía cierto requiebro, para cuya correspondencia tenía llave de la puertecilla, por donde se había ido con él, quitándose de ruidos; y aposta, por dar a don Marcos tártago, la había dejado abierta: y visto esto, fue dando voces a su señora, a las cuales despertó el miserable novio, y casi muerto de congoja saltó de la cama, diciendo a doña Isidora que hiciese lo mismo y mirase si le faltaba alguna cosa, abriendo a un mismo tiempo la ventana; y pensando hallar en la cama a su mujer, no halló sino una fantasma o imagen de la muerte, porque la buena señora mostró las arrugas de la cara por entero, las cuales encubría con el afeite, que tal vez suele ser encubridor de años, que a la cuenta estaban más cerca de cincuenta y cinco que de treinta y seis, como había puesto en la carta de dote, porque los cabellos eran pocos y blancos por la nieve de muchos inviernos pasados.
Esta falta no era mucha, merced a los moños y a su autor, aunque en esta ocasión se la hizo a la pobre dama, respecto de haberse caído sobre las almohadas con el descuido del sueño, bien contra la voluntad de su dueño: los dientes estaban esparcidos por la cama, porque, como dijo el príncipe de los poetas, daba perlas de barato, a cuya causa tenía don Marcos uno o dos entre los bigotes, demás de que parecían tejado con escarcha, de lo que habían participado de la amistad que con el rostro de su mujer habían hecho.
Cómo se quedaría el pobre hidalgo se deja a la consideración del pío lector, por no alargar pláticas en cosa que pueda la imaginación suplir cualquiera falta; solo digo que doña Isidora, que no estaba menos turbada de que sus gracias se manifestasen tan a letra vista, asió con una presurosa congoja su moño, mal enseñado a dejarse ver tan de mañana, y atestósele en la cabeza, quedando peor que sin él; porque con la prisa no pudo ver como le ponía, y así se le acomodó cerca de las orejas. ¡Oh maldita Marcela, causa de tantas desdichas, no te lo perdone Dios, amén!
En fin, más alentada, aunque con menos razón, quiso tomar un faldellín para salir a buscar su fugitiva criada, mas ni él ni el vestido rico con que se había casado, ni los chapines con viras, ni otras joyas que estaban en una sala; porque esto y el vestido de don Marcos, con una cadena que valía doscientos escudos que había traído puesta el día antes, la cual había sacado de su tesoro para solemnizar su fiesta, no pareció, porque la astuta Marcela no quiso ir desapercibida.
Lo que haría don Marcos en esta ocasión, ¿qué lengua bastará a decirlo, ni qué pluma a escribirlo? Quien supiere que a costa de su cuerpo lo había ganado, podrá ver cuán al de su alma lo sentiría, y más no hallando consuelo en la belleza de su mujer, porque bastaba a desconsolar al mismo infierno. Si ponía los ojos en ella, veía una estantigua; si los apartaba, no veía sus vestidos y cadena, y con este pesar se paseaba muy aprisa, así en camisa por la sala, dando palmadas y suspiros.
Mientras él andaba así, doña Isidora se fue al Jordán de su retrete y arquilla de baratijas; se levantó Agustín, a quien Inés había ido a contar lo que pasaba, riéndose los dos de la visión de doña Isidora y la bellaquería de Marcela, y a medio vestir salió a consolar a su tío, diciéndole los consuelos que supo fingir y encadenar más a lo socarrón que a lo necio.
Animole con que se buscaría la agresora del hurto, y obligole a paciencia el decirle que eran bienes de fortuna, con lo que cobró fuerzas para volver en sí y vestirse; y más como vio venir a doña Isidora tan otra de lo que había visto, que casi creyó que se había engañado y que no era la misma.
Salieron juntos don Marcos y don Agustín a buscar por dicho de Inés las guaridas de Marcela, y en verdad que si no fueran, los tuviera por más discretos, a lo menos a don Marcos; que don Agustín para mí pienso que lo hacía de bellaco más que de bobo, que bien se deja entender que no se había puesto en parte donde fuese hallada. Mas viendo que no había remedio, se volvieron a casa, conformándose con la voluntad de Dios a lo santo, y con la de Marcela a lo de no poder más, y mal de su grado hubo de cumplir nuestro miserable con las obligaciones de la tornaboda, aunque el más triste del mundo porque tenía atravesada en el alma su cadena.
Mas como no estaba contenta la fortuna, quiso seguir en la prosecución de su miseria. Y fue de esta suerte: que sentándose a comer, entraron dos criados del señor almirante, diciendo que su señor besaba las manos de la señora Isidora y que se sirviese enviar la plata, que para prestada bastaba un mes, que si no lo hacía la cobraría de otro modo.
Recibió la señora el recado, y la respuesta no pudo ser otra que entregarle todo cuanto había, platos, fuentes y lo demás que lucía en casa, y que había colmado las esperanzas de don Marcos, el cual se quiso hacer fuerte diciendo que era hacienda suya y que no se había de llevar, y otras cosas que le parecían a propósito, tanto que fue menester que un criado fuese a llamar al mayordomo y el otro se quedase en resguardo de la plata.
Al fin la plata se llevó y don Marcos se quebró la cabeza en vano, el cual ciego de pasión y de cólera empezó a decir y hacer cosas como hombre fuera de sí: quejábase de tal engaño y prometía la había de poner pleito de divorcio; a lo cual doña Isidora con mucha humildad le dijo, por amansarle, que advirtiese que antes merecía gracias que ofensas, que por granjear un marido como él cualquiera cosa, aunque tocase en engaño, era cordura y discreción, y que pues el pensar deshacerlo era imposible, lo mejor era tener paciencia.
Húbolo de hacer el buen don Marcos, aunque desde aquel día no tuvieron paz ni comían bocado con gusto. A todo esto don Agustín comía y callaba, metiendo las veces que se hallaba presente paz y pasando muy buenas noches con Inés, con la cual reía las gracias de doña Isidora y desventuras de don Marcos.
Con estas desdichas, si la fortuna le dejara en paz, con lo que le había quedado se diera por contento y lo pasara honradamente. Mas como se supo en Madrid el casamiento de doña Isidora, un alquilador de ropa, dueño del estrado y colgadura, vino por tres meses que le debía de su ganancia, y asimismo a llevarlo; porque mujer que había casado tan bien, coligió que no lo habría menester, pues lo podía comprar y tenerlo por suyo.
A este trago acabó don Marcos de rematarse: llegó a las manos con su señora, andando el moño y los dientes de por medio, no con poco dolor de su dueño, pues le llegaba el verse sin él tan a lo vivo. Esto, y la injuria de verse maltratar tan recién casada, la dio ocasión de llorar y hacer cargos a don Marcos por tratar así a una mujer como ella, y por bienes de fortuna, que ella los da y los quita; pues aun en casos de honra era demasiado castigo.
A esto respondió don Marcos que su honra era su dinero, mas con todo esto no sirvió de nada para que el dueño del estrado y colgadura no lo llevase, y con ello lo que le debía un real sobre otro, que se pagó del dinero de don Marcos, porque la señora, como ya había cesado su trato, no sabía de qué color era.
A las voces y gritos bajó el señor de la casa, la cual nuestro hidalgo pensaba ser suya, porque la mujer le había dicho que era huésped y que le tenía alquilado aquel cuarto por un año. Le dijo pues que si cada día había de haber aquellas voces, que buscasen casa y fuesen con Dios, que era amigo de quietud.
—¿Cómo ir? —respondió don Marcos—, él es el que se ha de ir, que esta casa es mía.
—¿Cómo vuestra? —dijo el dueño—; loco atreguado, idos con Dios, que yo os juro que si no mirara que lo sois, la ventana fuera vuestra puerta.
Enojose don Marcos, y con la cólera se atreviera si no se metieran de por medio doña Isidora y don Agustín, desengañando al pobre don Marcos y apaciguando al señor de la casa, con prometerle desembarazarla a otro día.
¿Qué podía don Marcos hacer aquí? O callar, o ahorcarse; porque lo demás, ni él tenía ánimo para otra cosa, y con tantos pesares estaba como atónito y fuera de sí. Y de esta suerte tomó su capa y se salió de casa, y don Agustín por mandado de su tía con él, para que le reportase.
En fin, los dos buscaron un par de aposentos cerca de palacio, por estar cerca de la casa de su amo; y dando señal, quedó la mudanza para otro día, y así le dijo a don Agustín que se fuese a comer, porque él no estaba por entonces para volver a ver aquella engañadora de su tía. Hízolo así el mozo, dando la vuelta a su casa y contando lo sucedido a doña Isidora, entre ambos trataron el modo de mudarse.
Vino el miserable a acostarse rostrituerto y muerto de hambre; pasó la noche y a la mañana le dijo doña Isidora que se fuese a la casa nueva para que recibiese la ropa, mientras Inés traía un carro en que llevarla.
Hízolo así, y apenas el buen necio salió cuando la traidora doña Isidora, y su sobrino y criada, tomaron cuanto había y lo metieron en un carro, y ellos con ello se partieron de Madrid la vuelta de Barcelona, dejando en casa las cosas que no podían llevar, como platos, ollas y otros trastos.
Estuvo don Marcos hasta cerca de las doce esperando, y viendo la tardanza dio la vuelta a su casa, y como no los halló preguntó a una vecina si eran idos. Ella respondió que rato había. Con lo que pensando ya estarían allá, tornó a toda prisa porque no aguardasen, llegó sudado y fatigado, y como no los halló se quedó medio muerto, temiendo lo mismo que era, y sin parar tornó donde venía, y dando un puntapié a la puerta que habían dejado cerrada, y como la abrió y entró dentro, y viese que no había más de lo que nada valía, acabó de tener por cierta su desdicha; y empezó a voces y carreras por las salas, dándose de camino algunas calabazadas por las paredes, diciendo:
—Desdichado de mí; mi mal es cierto, en mal punto hice este desdichado casamiento que tan caro me cuesta. ¿Adónde estás, engañosa sirena y robadora de mi bien y de todo cuanto yo, a costa de mí mismo, tengo granjeado para pasar la vida con algún descanso?
Estas y otras cosas decía, a cuyos extremos entró alguna gente de la casa: y uno de los criados, sabiendo el caso, le dijo que tuviese por cierto el haberse ido, porque el carro en que iba la ropa y su mujer, sobrino y criada, era de camino y no de mudanza, y que él preguntó que dónde se mudaba y que le habían respondido que fuera de Madrid.
Acabó de rematarse don Marcos con esto; mas como las esperanzas animan en mitad de las desdichas, salió con propósito de ir a los mesones a saber para qué parte había ido el carro donde iba su corazón entre seis mil ducados que llevaban en él, lo cual hizo; mas su dueño no era cosario, sino labrador de aquí de Madrid, que en eso eran los que le habían alquilado más astutos que era menester, y así no pudo hallar noticia de nada, pues querer seguirlo era negocio cansado, no sabiendo el camino que llevaban, ni hallándose con un cuarto si no lo buscaba prestado, y más hallándose cargado con la deuda del vestido y joyas de su mujer, que ni sabía cómo ni de dónde pagarlo. Dio la vuelta, marchito y con mil pensamientos, a casa de su amo: y viniendo por la calle Mayor encontró sin pensar con la cauta Marcela, y tan cara a cara, que aunque ella quiso encubrirse, fue imposible, porque habiéndola conocido don Marcos, asió de ella, descomponiendo su autoridad, diciendo:
—Ahora, ladrona, me daréis lo que me robasteis la noche que os salisteis de mi casa.
—¡Ay señor mío! —dijo Marcela llorando—, bien sabía yo que había de caer sobre mí la desdicha desde el punto que mi señora me obligó a esto. Óigame por Dios antes que me deshonre, que estoy en buena opinión y concertada de casar, y sería grande mal que tal se dijese de mí, y más estando como estoy inocente: entremos aquí en este portal y óigame despacio, y sabrá quién tiene su cadena y vestidos, que ya había yo sabido cómo usted sospechaba su falta sobre mí, y lo mismo le previne a mi señora aquella noche, pero son dueños y yo criada.
¡Ay de los que sirven, y con qué pensión ganan un pedazo de pan!
Era don Marcos, como he dicho, poco malicioso, y así dando crédito a sus lágrimas, se entró con ella en el portal de una casa grande, donde le contó quién era doña Isidora, su trato y costumbres, y el intento con que se había casado con él, que era engañándole, como ya don Marcos lo experimentaba bien a su costa: díjole asimismo como don Agustín no era sobrino suyo, sino su galán: y que era un bellaco vagamundo, que por comer y holgar estaba como le veía amancebado con una mujer de tal trato y edad, y que ella había escondido su vestido y cadena, para dársele junto con el suyo y las demás joyas; que le había mandado que se fuese y pusiese en parte donde él no la viese, dando fuerza a su enredo con pensar que ella se lo había llevado.
Pareciole a Marcela ser don Marcos hombre poco pendencioso, y así se atrevió a decir tales cosas sin temor de lo que podía suceder; o ya lo hizo por salir de entre sus manos, y no miró en más, o por ser criada, que era lo más cierto. En fin, concluyó su plática la traidora con decirle que viviese con cuenta, porque le habían de llevar, cuando menos se pensase, su hacienda.
—Yo le he dicho a usted lo que me toca y mi conciencia me dicta; ahora —repetía Marcela—, haga usted lo que fuere servido, que aquí estoy para cumplir todo lo que fuere su gusto.
—A buen tiempo —replicó don Marcos— cuando no hay remedio, porque la traidora y el ingrato mal nacido se han ido, llevándome cuanto tenía; y luego juntamente él contó todo lo que había pasado con ellos desde el día que se había ido de su casa.
—¡Es posible! —dijo Marcela—. ¡Ay tal maldad! ¡Ay señor de mi alma! y cómo no en balde le tenía yo lástima, mas no me atrevía a hablar, porque la noche que mi señora me envió de su casa quise avisar a usted viendo lo que pasaba, mas temí; que aun entonces, porque le dije que no escondiese la cadena, me trató de palabra y obra cual Dios sabe.
—Ya, Marcela —decía don Marcos—, he visto lo que dices, y es lo peor que no lo puedo remediar ni saber dónde o cómo puedo hallar rastro de ellos.
—No le dé eso pena, señor mío —dijo la fingida Marcela—, que yo conozco un hombre, y aun pienso, si Dios quiere, que ha de ser mi marido, que le dirá a usted dónde los hallará como si los viera con los ojos, porque sabe conjurar demonios, y hacer otras admirables cosas.
—¡Ay Marcela! y cómo te lo serviría yo, y agradecería si hicieses eso por mí: duélete de mis desdichas, pues puedes.
Es muy propio de los malos en viendo a uno de caída, ayudarle a que se despeñe más presto, y de los buenos creer luego: así creyó don Marcos a Marcela; y ella se determinó a engañarle y estafarle lo que pudiese, y con este pensamiento le respondió que fuese luego, que no era muy lejos la casa.
Yendo juntos encontró don Marcos otro criado de su casa, a quien pidió cuatro reales de a ocho para dar al astrólogo, no por señal, sino de paga; y con esto llegaron a casa de la misma Marcela, donde estaba con un hombre que dijo ser el sabio, y a la cuenta era su amante.
Habló con él don Marcos y concertáronse en ciento y cincuenta reales, y que volviese de allí a ocho días, que él haría que un demonio le dijese dónde estaban, y los hallaría; mas que advirtiese que si no tenía ánimo que no habría nada hecho, que mejor era no ponerse en tal, o que viese en qué forma lo quería ver, si no se atrevía que fuese en la misma suya.
Pareciole a don Marcos, con el deseo de saber de su hacienda, que era ver un demonio ver un plato de manjar blanco. Y así respondió que en la misma que tenía en el infierno, en esa se le enseñase, que aunque le veía llorar la pérdida de su hacienda como mujer, que en otras cosas era muy hombre.
Con esto y darle los cuatro reales de a ocho se despidió de él y Marcela, y se recogió en casa de un amigo, si los miserables tienen alguno, a llorar su miseria.
Dejémosle aquí, y vamos al encantador (que así le nombraremos), que para cumplir lo prometido y hacer una solemne burla al miserable, que ya por la relación de Marcela conocía el sujeto, hizo lo que diré. Tomó un gato y encerrole en un aposentillo, al modo de despensa, correspondiente a una sala pequeña, la cual no tenía más ventana que una del tamaño de un pliego de papel, alta cuanto un estado de hombre, en la cual puso una red de cordel que fuese fuerte; y entrábase donde tenía el gato, y castigábalo con un azote, teniendo cerrada una gatera que hizo en la puerta, y cuando le tenía bravo, destapaba la gatera y salía el gato corriendo, y saltaba la ventana, donde cogido en la red, le volvía a su lugar. Hizo esto tantas veces que ya sin castigarle, en abriéndole, iba derecho a la ventana. Hecho esto, avisó al miserable que aquella noche en dando las once le enseñaría lo que deseaba.
Había (venciendo su inclinación) buscado nuestro engañado lo que faltaba para los ciento y cincuenta reales prestados, y con ellos vino a casa del encantador, al cual puso en las manos el dinero para animarle a que fuese el conjuro más fuerte; el cual después de haberle apercibido el ánimo y valor, se sentó de industria en una silla debajo de la ventana, la cual tenía ya quitada la red.
Era como se ha dicho después de las once, y en la sala no había más luz que la que podía dar una lamparilla que estaba a un lado, y dentro de la despensilla, todo lleno de cohetes, y con el mozo avisado de darle a su tiempo fuego y soltarle a cierta seña que entre los dos estaba puesta. Marcela se salió fuera porque ella no tenía ánimo para ver visiones.
Y luego el astuto mágico se vistió una ropa de bocací negro y una montera de lo mismo, y tomando un libro de unas letras góticas en la mano, algo viejo el pergamino para dar más crédito a su burla, hizo un cerco en el suelo y se metió dentro con una varilla en las manos, y empezó a leer entre dientes, murmurando en tono melancólico y grave, y de cuando en cuando pronunciaba algunos nombres extravagantes y exquisitos, que jamás habían llegado a los oídos de don Marcos, el cual tenía abiertos (como dicen) los ojos de un palmo, mirando a todas partes si sentía ruido para ver el demonio que le había de decir todo lo que deseaba. El encantador hería luego con la vara en el suelo, y en un brasero que estaba junto a él con lumbre echaba sal, azufre y pimienta, y alzando la voz decía:
—Sal aquí, demonio Calquimorro, pues eres tú el que tienes cuidado de seguir a los caminantes, y les sabes sus designios y guaridas, y di aquí en presencia del señor don Marcos y mía, qué camino lleva esta gente, y dónde y qué modo se tendrá de hallarlos; sal presto o guárdate de mi castigo; estás rebelde y no quieres obedecerme, pues aguarda que yo te apretaré hasta que lo hagas.
Y diciendo esto, volvía a leer en el libro: a cabo de rato tornaba a herir con el palo en el suelo, refrescando el conjuro dicho y sahumerio, de suerte que ya el pobre don Marcos estaba ahogándose. Y viendo ya ser hora de que saliese, dijo:
—Oh tú que tienes las llaves de las puertas infernales, manda al Cerbero que deje salir al Calquimorro, demonio de los caminos, para que nos diga dónde están estos caminantes, o si no te fatigaré cruelmente.
A este tiempo, ya el mozo que estaba por guardián del gato había dado fuego a los cohetes, y abierto el agujero, que como vio arder, salió dando aullidos y truenos, brincos y saltos, y como estaba enseñado a saltar en la ventana, quiso escaparse por ella, y sin tener respeto a don Marcos, que estaba sentado en la silla, pasó por encima de su cabeza, abrasándole de camino las barbas y cabellos, y parte de la cara, y dio consigo en la calle, con cuyo suceso, pareciéndole que no había visto un diablo, sino todos los del infierno, dando muy grandes gritos se dejó caer desmayado en el suelo sin tener lugar de oír una voz que se dio en aquel punto, que dijo:
—En Granada los hallarás.
A los gritos de don Marcos y aullidos del gato, viéndole dar bramidos y saltos por la calle respecto de estarse abrasando, acudió gente, y entre ellos la justicia; y llamando, entraron y hallaron a Marcela y su amante procurando a fuerza de agua volver en sí al desmayado, lo cual fue imposible hasta la mañana.
Informose del caso el alguacil, y no satisfaciéndose aunque le dijeron el enredo, echaron sobre la cama del encantador a don Marcos, que parecía muerto, y dejando con él y Marcela dos guardas, llevaron a la cárcel al embustero y su criado, que hallaron en la despensilla, dejándolos con un par de grillos a cada uno a título de hombre muerto en su casa. Dieron a la mañana noticia a los señores alcaldes de este caso, los cuales mandaron salir a visita los dos presos, y que fuesen a ver si el hombre había vuelto en sí, o si había muerto.
A este tiempo don Marcos había vuelto en sí y sabía de Marcela el estado de sus cosas, y se confirmaba el hombre más cobarde del mundo. Llevoles el alguacil a la sala, y preguntado por los señores de este caso dijo la verdad, conforme lo que sabía, trayendo al juicio el suceso de su casamiento, y como aquella moza le había traído a aquella casa, donde le dijo que sabría los que llevaban su hacienda, dónde los hallaría, y que él no sabía más sino que después de largos conjuros que aquel hombre había hecho leyendo en un libro que tenía, había salido por un agujero un demonio tan feo y tan horrible que no había bastado su ánimo a escuchar lo que decía entre dientes y los grandes aullidos que iba dando; y que no solo esto, mas que había embestido con él y puéstole como veían; mas que él no sabía qué se hizo, porque se le cubrió el corazón, sin volver en sí hasta la mañana.
Admirados estaban los alcaldes hasta que el encantador los desencantó, contándoles el caso como se ha dicho, confirmando lo mismo el mozo y Marcela, y gato que trajeron de la calle, donde estaba abrasado y muerto; y trayendo también dos o tres libros que en su casa tenía, dijeron a don Marcos conociese cuál de ellos era el de los conjuros.
Él tomó el mismo y le dio a los señores alcaldes, y abierto vieron que era el de Amadís de Gaula, que por lo viejo y letras antiguas había pasado por libro de encantos: con lo que enterados del caso fue tanta la risa de todos que en gran espacio no se sosegó la sala, estando don Marcos tan corrido que quiso matar al encantador y luego hacer lo mismo de sí; y más cuando los alcaldes le dijeron que no se creyese de ligero ni se dejase engañar a cada paso.
Y así los enviaron a todos con Dios, saliendo tal el miserable que no parecía el que antes era, sino un loco. Fuese a casa de su amo, donde halló un cartero que le buscaba con una carta, que abierta, vio que decía de esta manera:
«A don Marcos Miseria, salud. Hombre que por ahorrar no come, hurtando a su cuerpo el sustento necesario, y por solo interés se casa, sin más información que si hay hacienda, bien merece el castigo que usted tiene y el que le espera andando el tiempo. Vuesa merced, señor, no comiendo sino como hasta aquí, ni tratando con más ventaja que siempre hizo a sus criados, y como ya sabe, la media libra de vaca, un cuarto de pan y otros dos de ración al que sirve y limpia la estrecha vasija en que hace sus necesidades, vuelva a juntar otros seis mil ducados y luego me avise, que vendré de mil amores a hacer con usted vida maridable; que bien lo merece marido tan aprovechado.
Doña Isidora Venganza.»
Fue tanta la pasión que don Marcos recibió, que le dio una calentura que en pocos días le acabó los suyos miserablemente.
A doña Isidora, estando en Barcelona aguardando galeras en que embarcarse para Nápoles, una noche don Agustín y su Inés la dejaron durmiendo, y con los seis mil ducados de don Marcos y todo lo demás que tenía, se embarcaron, y llegados que fueron a Nápoles, él asentó plaza de soldado, y la hermosa Inés puesta en paños mayores se hizo dama cortesana, sustentando con este oficio en galas y regalos a su don Agustín.
Doña Isidora se volvió a Madrid, donde renunciando el moño y las galas anda pidiendo limosna, la cual me contó más por entero esta maravilla, y me determiné a escribirla para que vean los miserables el fin que tuvo este, y viéndolo, no hagan lo mismo, escarmentando en cabeza ajena.
Con grandísimo gusto oyeron todos la maravilla que don Álvaro dijo, viendo castigado a don Marcos. Y viendo que don Alonso se prevenía para la suya, trocando su asiento con don Álvaro, hizo don Juan señas a los músicos, los cuales cantaron así:
Visitas de Antón a Menga,
Y en su cabaña también,
A fe si se ofende Gila,
Que tiene mucho por qué.
El anticipar sus quejas,
Señal sospechosa es,
Que quien con darlas previene,
Quiere que no se las den.
Para mostrarse ofendida
Sobrada la causa fue,
Que es basilisco un agravio,
Y no ha de llegarse a ver.
Agradose, y sin amor,
Zagales, pero creed
Que conversación y agrado
Son amigos de querer.
Descuidado del indicio,
No es poco, que ya se ve,
Que lo que es hablarse hoy,
Fue diligencia de ayer.
Mal fuego en su cortesía,
Que saben los hombres bien,
Para desmentir lo falso,
Valerse de lo cortés.
No hay temer, si no hay tropiezos,
Mas Menga le busca a él,
Los dos solos, ella hermosa,
Si es tropiezo no lo sé.
Necios llaman a los celos,
Mal los conocen pardiez,
Que antes el celoso peca
De advertido y bachiller.
Esos aullidos, Antón,
Solo con Gila han de ser,
Porque un crédito en balanzas
Muy lejos anda del fiel.
¡Oh cuán bien saben los hombres
Con disculpas ofender!
Mas pues amor los descubre,
Bien haya el amor. Amén.
No sé si temeroso don Juan de la indignación de Lisis, quiso con este segundo romance disculparse de los agravios que le hacía en el primero; aunque a costa de los enojos de Lisarda, que enfadada de este cuanto gloriosa del otro, le mostró en un gracioso ceño con que miró a don Juan de lo que el falso amante se holgaba, porque a no ser así, tratara con más secreto y cordura esta voluntad, y no tan a descubierto, que él mismo se preciaba de amante de Lisarda, y mal correspondiente de Lisis. Prestaron luego todos muy grande atención y cuidado a don Alonso, que empezó su maravilla de esta suerte:
—Ya suele suceder, auditorio ilustre, a los más avisados, y que van más en los estribos de una malicia, caer en lo mismo que temen, como lo veréis en mi maravilla, para que ninguno se confíe de su entendimiento ni se atreva a probar a las mujeres, sino que teman lo que les puede suceder, estimando y poniendo en su lugar a cada una, pues al fin una mujer discreta no es manjar de un necio ni una necia empleo de un discreto: y para certificación y prueba de esto mismo, digo de esta suerte:
NOVELA CUARTA.
EL PREVENIDO ENGAÑADO.
Tuvo la ilustre ciudad de Granada (milagroso asombro de las grandezas de la Andalucía) por hijo a don Fadrique, cuyo apellido y linaje no será justo que se diga, por los nobles deudos que en ella tiene; solo se dice que su nobleza y riqueza corrían parejas con su talle, siendo en lo uno y lo otro el de más nombre, no solo en su tierra sino en otras muchas donde era conocido, no dándole otro que el del rico y galán don Fadrique.
Murieron sus padres, quedando este caballero muy mozo, mas él se gobernaba con tanto acuerdo que todos se admiraban de su entendimiento, porque no le parecía de tan pocos años como tenía; y como los mozos sin amor dicen algunos que son jugadores sin dinero o danzantes sin son, empleó su voluntad en una gallarda y hermosa dama de su misma tierra cuyo nombre era Serafina, y un serafín en belleza, aunque no tan rica como don Fadrique.
Apasionose tanto por ella cuanto ella desdeñosa le desfavorecía, por tener ocupado el deseo en otro caballero de la ciudad (lástima por cierto bien grande que llegase un hombre de las cualidades de don Fadrique a querer donde tenga otro tomada la posesión); no ignoraba don Fadrique el amor de Serafina, mas parecíale que con su riqueza vencería mayores inconvenientes, y más siendo el galán que la dama amaba ni de los más ricos ni de los más principales.
Seguro estaba don Fadrique de que apenas pediría a Serafina a sus padres, cuando la tendría; mas Serafina no estaba de ese parecer, porque esto del casarse tras el papel, el desdén hoy, y mañana el favor, tiene no sé qué sainete que enamora y embelesa el alma y hechiza el gusto.
Y por esta misma causa procuró don Fadrique granjear primero la voluntad de Serafina que la de sus padres, y más viendo competidor favorecido, si bien no creía de la virtud y honestidad de su dama, que se extendía a más su amor que amar y desear.
Empezó con estas esperanzas a regalar a Serafina y a sus criadas, y ella a favorecerle más que hasta allí, porque aunque quería a don Vicente (que así se llamaba su amado) no quería ser aborrecida de don Fadrique; y las criadas a fomentar sus esperanzas, por cuanto creía el amante que era cierto su pensamiento en cuanto a alcanzar más que el otro galán; y con este contento, una noche que las astutas criadas habían prometido tener a su ama en un balcón, cantó al son de un laúd este soneto:
Que muera yo, tirana, por tus ojos,
Y que gusten tus ojos de matarme,
Que quiera con tus ojos consolarme,
Y que me den tus ojos mil enojos.
Que rinda yo a tus ojos por despojos
Mis ojos, y ellos en lugar de amarme,
Pudiendo en mis enojos alegrarme,
Las flores me conviertan en abrojos.
Que me maten tus ojos con desdenes,
Con rigores, con celos, con tibiezas,
Cuando mis ojos por tus ojos mueren.
¡Ay dulce ingrata, que en los ojos tienes
Tan grande ingratitud como belleza
Contra unos ojos que a tus ojos quieren!
Agradecieron y engrandecieron a don Fadrique las que escuchaban la música la gracia y destreza con que había cantado, mas no se diga que Serafina estaba a la ventana, porque desde aquella noche se negó de suerte a los ojos de don Fadrique, que por diligencias que hizo no la pudo ver en muchos días, ni por papeles que la escribió pudo alcanzar respuesta, y la que le daban las criadas a sus importunas quejas era que Serafina había dado en una melancolía tan profunda que no tenía una hora de salud.
Sospechoso don Fadrique que sería el mal de Serafina el verse defraudada de las esperanzas que quizá tenía de verse casada con don Vicente, porque no le veía pasear la calle como solía, creyó que por su causa se había retirado. Y pareciéndole que estaba obligado a restaurarle a su dama el gusto que le había quitado, fiado en que con su talle y riqueza le granjearía la perdida alegría, la pidió a sus padres por mujer.
Ellos que (como dicen) vieron el cielo abierto, no solo le dieron un sí acompañado de infinitos agradecimientos, mas se ofrecieron a ser esclavos suyos. Y tratando con su hija este negocio, ella que era discreta, dio a entender que se holgaba mucho y que estaba presta para darles gusto si su salud le ayudase; que les pedía entretuviesen a don Fadrique algunos días hasta que mejorase, que luego se haría cuanto mandaban en aquel caso.
Tuvieron los padres de la dama esta respuesta por bastante, y a don Fadrique no le pareció mala; y así pidió a sus suegros que regalasen mucho a su esposa para que cobrase más presto salud, ayudando él por su parte con muchos regalos, paseando su calle aún con más puntualidad que antes, tanto por el amor que la tenía cuanto por los recelos con que le hacía vivir don Vicente.
Serafina tal vez se ponía a la ventana, dando con su hermosura aliento a las esperanzas de su amante, aunque su color y tristeza daban claros indicios de su mal, y por esto estaba lo más del tiempo en la cama; y las veces que la visitaba su esposo, que con este título lo hacía algunas, le recibía en ella y en presencia de su madre, por quitarle los atrevimientos que este nombre le podía dar.
Pasáronse algunos meses, al cabo de los cuales don Fadrique, desesperado de tanta enfermedad y resuelto a casarse, estuviese con salud o sin ella, una noche, que como otras muchas estaba a una esquina velando sus celos y adorando las paredes de su enferma señora, vio a más de las dos de la noche abrir la puerta de su casa y salir una mujer, que en el aire y hechura del cuerpo le pareció ser Serafina.
Admirose, y casi muerto de celos se fue acercando más, donde claro conoció ser la misma, y sospechando que iba a buscar la causa de su temor, la siguió y vio entrar en una como corraliza en que se solía guardar madera, y por estar sin puertas, solo servía de esconder y guardar a los que por algunas travesuras amorosas entraban dentro.
Aquí pues entró Serafina; y don Fadrique, ya cierto de que dentro estaría don Vicente, irritado a una colérica acción como a quien le parecía que le tocaba aquella venganza, dio la vuelta por la otra parte, y entrando dentro vio como la dama se había bajado a una parte en que estaba un aposentillo derribado, y que tragándose unos gemidos sordos, parió una criatura, y los gritos desengañaron al amante de lo mismo que estaba dudando.
Pues como Serafina se vio libre de tal embarazo, recogiéndose un faldellín, se volvió a su casa, dejándose aquella inocencia a lo que sucediese.
Mas el cielo, que a costa de la opinión de Serafina y de la pasión de don Fadrique, quiso que no muriese sin bautismo por lo menos, llegó donde estaba llorando en el suelo, y tomándola, la envolvió en su capa, haciéndose mil cruces de tal caso, coligiendo que el mal de Serafina era este y que el padre era don Vicente, por cuyo hecho se había retirado, y dando infinitas gracias a Dios que le había sacado de su desdicha por tal modo, se fue con aquella prenda a casa de una comadre y la dijo que pusiese aquella criatura como había de estar y le buscase una ama, que importaba mucho que viviese.
Hízolo la comadre, y mirándola con grande atención vio que era una niña tan hermosa que más parecía ángel del cielo que criatura humana. Buscose el ama, y don Fadrique luego el siguiente día habló con una señora deuda suya para que en su propia casa se criase Gracia, que aqueste era el nombre que se le puso en el bautismo.
Dejémosla criar, que a su tiempo se tratará de ella como de la persona más importante de esta historia, y vamos a Serafina, que ya guarecida de su mal, dentro de quince días, viéndose restaurada en su primera hermosura, dijo a sus padres que cuando gustasen se podía efectuar el casamiento con don Fadrique, el cual temoroso y escarmentado de tal suceso, se fue a la casa de su parienta, la que tenía en su poder a Gracia, y la dijo que a él le había dado deseo de ver algunas tierras de España y que en esto quería gastar algunos años, y que la quería dejar poder para que gobernase su hacienda, que hiciese y deshiciese en ella, y que solo la suplicaba tuviese grandísimo cuidado con doña Gracia, haciendo cuenta que era su hija, porque en ella había un grandísimo secreto, y que si Dios la guardaba hasta que tuviese tres años, que la pedía encarecidamente la pusiese en un convento donde se criase, sin que llegase a conocer las cosas del mundo, porque llevaba cierto designio que andando el tiempo le sabría.
Y hecho esto, haciendo llevar toda su ropa en casa de su tía, tomó grandísima cantidad de dineros y joyas, y escribiendo este soneto se le envió a Serafina, y con solo un criado se puso a caballo, guiando su camino a la muy noble y riquísima ciudad de Sevilla.
Recibió Serafina el papel, que decía:
Si cuando hacerme igual a ti podías,
Ingrata, con tibiezas me trataste;
Y a fuerza de desdenes procuraste
Mostrarme el poco amor que me tenías;
Si a vista de ojos, de glorias mías,
El premio con engaño me quitaste,
Y en todas ocasiones me mostraste
Montes de nieve en tus entrañas frías;
Ahora que no puedes, ¿por qué quieres
Buscar el fuego entre cenizas muertas?
Déjale estar, ten lástima a mis años.
Imposibles me ofreces, falsa eres,
No avives estas llamas que no aciertas,
Que a tu pesar ya he visto desengaños.
Este papel, si bien tan ciego, dio mucho que temer a Serafina, y más que aunque hizo algunas diligencias por saber qué se había hecho la criatura que dejó en la corraliza, no fue posible, y confirmando dos mil sospechas con la repentina partida de don Fadrique, y más sus padres, que decían que en algo se fundaba, viendo que Serafina gustaba de ser monja, ayudaron su deseo, y así se entró en un monasterio, harto confusa y cuidadosa de lo que había sucedido, y más del desalumbramiento que tuvo en dejar allí aquella criatura, creyendo que se habría muerto o la habrían comido perros, cargando su conciencia con tal delito, motivo para que procurase con su vida y penitencia no solo alcanzar perdón de su pecado sino el nombre de santa, y así era tenida por tal en Granada.
Llegó don Fadrique a Sevilla, tan escarmentado en Serafina que por ella ultrajaba a todas las demás mujeres, no haciendo excepción de ninguna: cosa tan contraria a su entendimiento, pues para una mala hay ciento buenas.
Mas, en fin, él decía que no había de fiar de ellas, y más de las discretas, porque de muy sabias y entendidas daban en traviesas y viciosas, y que con sus astucias engañaban a los hombres; pues una mujer no había de saber más de hacer su labor y rezar, gobernar su casa y criar sus hijos, y lo demás eran bachillerías y sutilezas, que no servían sino de perderse más presto.
Con esta opinión, como digo, entró en Sevilla y se fue a posar en casa de un deudo suyo, hombre principal y rico, con intento de estarse allí algunos meses, gozando de las grandezas que se cuentan de esta ciudad, y como muchos días la pasease en compañía de aquel su deudo, vio en una de las más principales calles de ella, a la puerta de una hermosísima casa, bajar de un coche una dama en hábito de viuda, la más bella que había visto en toda su vida: era, sobre hermosa, muy moza y de gallardo talle, y tan rica y principal, según dijo aquel su deudo, que era de lo mejor y más ilustre de Sevilla; y aunque don Fadrique iba escarmentado del suceso de Serafina, no por eso rehusó el dejarse vencer de la belleza de doña Beatriz, que este es el nombre de la bellísima viuda.
Pasó don Fadrique la calle, dejando en ella el alma, y como la prenda no era para perder, pidió a su camarada que diesen otra vuelta. A esta acción le dijo don Mateo (que así se llamaba):
—Pienso, amigo don Fadrique, no dejaréis a Sevilla tan presto, pues sois demasiado tierno. A fe que lo ha puesto bueno la vista de esta dama.
—Yo siento de mí lo mismo —respondió don Fadrique—, aun gustaría, si pensase ser suyo, los años que el cielo me diese de vida.
—Conforme fuera vuestra pretensión —dijo don Mateo—, porque la hacienda, nobleza y virtud de esta dama no admite si no es la del matrimonio, aunque fuera el pretendiente el mismo rey, porque ella tiene veinte y cuatro años; cuatro estuvo casada con un caballero igual, y dos ha que está viuda; y en este tiempo no ha merecido ninguno sus paseos doncella, ni su vista casada, ni su voluntad viuda, con haber muchos pretendientes de este bien. Mas si vuestro amor es de la calidad que me significáis y queréis que yo le proponga vuestras prendas, pues para ser su marido no os faltan las que ella puede desear, lo haré, y podrá ser que entre los llamados seáis el escogido. Ella es deuda de mi mujer, a cuya causa la hago algunas visitas, y ya me prometo buen suceso, porque veisla allí, se ha puesto en el balcón, que no es poca dicha haber favorecido vuestros deseos.
—¡Ay, amigo! —dijo don Fadrique—, ¡y cómo me atreveré yo a pretender lo que a tantos caballeros de Sevilla ha negado, siendo forastero! Mas si he de morir a manos de mis deseos, sin que ella lo sepa, muera a manos de sus desengaños y desdenes; habladla, amigo, y demás de decir mi nobleza y hacienda le podréis decir que muero por ella.
Con esto dieron los dos vuelta a la calle, haciéndola al pasar una cortés reverencia; a la cual la bellísima doña Beatriz, que al bajar del coche vio con el cuidado que la miró don Fadrique, pareciéndole forastero y viéndole en compañía de don Mateo, con cuidado, luego que dejó el manto, ocupó la ventana, y viéndose ahora saludar con tanta cortesía, habiendo visto que mientras hablaban la miraban, hizo otra no menos cumplida.
Dieron con esto la vuelta a su casa muy contentos de haber visto a doña Beatriz tan humana, quedando de acuerdo que don Mateo la hablase otro día en razón del casamiento; mas don Fadrique estaba tal que quisiera que luego se tratara.
Pasó la noche, y no tan presto como el enamorado caballero quisiera; dio prisa a su amigo para que fuese a saber las nuevas de su vida o muerte; y así lo hizo.
Habló en fin a doña Beatriz, proponiéndole todas las calidades del novio; a lo cual respondió la dama que le agradecía mucho la merced que le hacía, y a su amigo el desear honrarla con su persona; mas que ella había propuesto el día que enterró a su dueño no casarse hasta que pasasen tres años, por guardar más el decoro que debía a su amor, que por esta causa despedía cuantos le trataban de esto; mas que si este caballero se atrevía a aguardar el año que le faltaba, que ella le daba su palabra de que no sería otro su marido; porque si había de tratar verdad, le había agradado su talle sin afectación, y sobre todo las relevantes prendas que le había propuesto, porque ella deseaba que fuese así el que hubiese de ser su dueño.
Con esta respuesta volvió don Mateo a su amigo, no poco contento, por parecerle que no había negociado muy mal.
Don Fadrique cada hora se enamoraba más, y si bien le desconsolaba la imaginación de haber de aguardar tanto tiempo, determinó estarse aquel año en Sevilla, pareciéndole buen premio la hermosa viuda, si llegaba a alcanzarla: y como iba tan bien abastecido de dineros, aderezó un cuarto en la casa de su deudo, recibió criados y empezó a echar galas para despertar el ánimo de su dama; a la cual visitaba tal vez en compañía de don Mateo, que menos que con él no se le hiciera tanto favor.
Quiso regalarla, mas no le fue permitido, porque doña Beatriz no quiso recibir un alfiler: el mayor favor que le hacía, a ruegos de sus criadas (que no las tenía el granadino mal dispuestas, porque lo que su ama regateaba el recibir ellas lo hicieron costumbre, y así no le desfavorecían en este particular su cuidado), era, cuando ellas le decían que estaba en la calle, salir al balcón, dando luz al mundo con la belleza de sus ojos; y tal vez acompañarlas de noche por oír cantar a don Fadrique, que lo hacía diestramente.
Y una, entre muchas, que le dio música, cantó este romance que él mismo había hecho, porque doña Beatriz no había salido aquel día al balcón, enojada de que le había visto en la iglesia hablar con una dama.
En fin, él cantó así:
Alta torre de Babel,
Edificio de Nembrot,
Que pensó subir al cielo,
Y en un grande abismo dio.
Parecen mis esperanzas,
Que según atendí yo,
Al cielo de mis deseos,
Llegará su pretensión.
Mas como fue su cimiento
El rapacillo de Amor,
Sin méritos, para ser
Reverenciado por dios.
Mudó como niño al fin
Su traviesa condición,
Siendo ciego para ver
De mi firmeza el valor.
¡Ay mal logrados deseos,
Caídos como Faetón,
Porque quisisteis subiros
Al alto carro del sol!
Esperanzas derribadas,
Marchitas como la flor,
Horas alegres, que ahora
Seréis horas de dolor.
¿Dónde pensabas subir,
Gallarda imaginación,
Si tus alas son de cera,
Y este signo es de León?
Bien pensaste que te diera
Manos y brazos afición;
Vano fue tu pensamiento,
Si en eso se confió.
En el balcón del oriente
Hoy ha salido mi sol,
Encubriendo con nublados
La luz de su perfección.
Caros vende amor sus gustos,
Y si los da es con pensión,
Que son censos al quitar,
Que es la desdicha mayor.
Mueras quemado en mi fuego,
Ciego lince, niño dios,
Mas, perdona, Amor, mi ofensa,
Que humilde a tus pies estoy.
El favor que alcanzó don Fadrique esta noche fue oír a doña Beatriz, que dijo a sus criadas que ya era hora de recoger, dando a entender con esto que le había oído, con lo que fue más contento que si le hubieran hecho señor del mundo.
En esta vida pasó nuestro amante más de seis meses sin que jamás pudiese alcanzar de doña Beatriz licencia para verla a solas, cuyos honestos recatos le tenían tan enamorado que no tenía punto de reposo.
Y así una noche que se halló en la calle de su dama, viendo la puerta abierta, por mirar de más cerca su hermosura se atrevió con algún recato a entrar en su casa, y sucediole tan bien que sin ser visto de nadie llegó al cuarto de doña Beatriz, y desde la puerta de un corredor la vio sentada en su estrado con sus criadas, que estaban velando, y dando muestras de querer desnudarse para irse a la cama, le pidieron ellas (como si estuvieran cohechadas de don Fadrique) que cantase un poco.
A lo que doña Beatriz se excusó con decir que no estaba de humor, que estaba melancólica; mas una de las criadas, que era más desenvuelta que las demás, se levantó y entró en una cuadra, de donde salió con una arpa diciendo:
—A fe, señora, que si hay melancolía, este es el mejor alivio; cante usted un poco y verá cómo se halla más aliviada.
Decir esto y ponerle la arpa en las manos fue todo uno; y ella por darlas gusto cantó así:
Cuando el alba muestra
Su alegre risa,
Cuando quita alegre
La negra cortina
Al balcón de oriente,
Porque salga el día:
Cuando muestra hermosa
La madeja rica,
Derramando perlas
Sobre clavellinas;
Y, en fin, cuando el campo
Vierte alegría,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Cuando alegre apresta
La carroza rica,
A Febo que viene
De las playas indias:
Cuando entre cristales,
Claras fuentecillas
Murmuran de engaños,
Aljófar destilan:
Cuando al son del agua
Cantan las ninfas,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Cuando entre claveles
Con claras linfas,
Guarnición de plata
En sus ojos pinta:
Cuando dan las aves,
Con sonoras liras,
Norabuena a Febo
De su hermosa vista:
Cuando en los serranos
Mil gustos se miran,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Fue aquesta zagala
Monstruo de la villa,
De los ojos muerte,
De la muerte vida.
Fiero basilisco,
Causa de desdichas,
Porque con sus desdenes
Veneno tenía:
Cuando a sus donaires,
Que eran sal decían,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Rindió sus desdenes
A la bizarría
De un serrano ingrato,
Que ausente la olvida:
Y cuando él alegre,
Nueva prenda estima,
Bellezas defiende,
Finezas publica:
Hermosuras rinde,
Y a glorias aspira,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Dejó con esto la arpa diciendo que la viniesen a desnudar, dejando a don Fadrique (que le tenía embelesado el donaire, la voz y dulzura de la música) como en tinieblas. No tuvo sospecha de la letra, porque como tal vez se hacen para agradar a un músico, pinta el poeta como quiere.
Y viendo que doña Beatriz se había entrado a acostar, se bajó al portal para irse a su casa, mas fue en vano, porque el cochero, que posaba allí en un aposentillo, había cerrado la puerta de la calle, seguro de que no había quien entrase ni saliese, y se había acostado.
Pesole mucho a don Fadrique, mas viendo que no había remedio se sentó en un poyo para aguardar la mañana, porque aunque fuera fácil llamar que le abriese, no quiso, por no poner en opinión ni en lenguas de criadas la honra de doña Beatriz, pareciéndole que mientras el cochero abría, siendo de día, se podía esconder en una entrada de cueva.
Dos horas habría que estaba allí, cuando sintiendo ruido en la puerta del cuarto de su dama, que desde donde estaba sentado se veía la escalera y corredor, puso los ojos donde sintió el rumor y vio salir a doña Beatriz, nueva admiración para quien creía que estaba durmiendo.
Traía la dama sobre la camisa un faldellín de vuelta de tabí encarnado cuya plata y guarnición parecían estrellas, sin traer sobre sí otra cosa más que un rebocillo del mismo tabí, aforrado en felpa azul, puesta tan al desgaire que dejaba ver en la blancura de la camisa los bordados de hilo de pita: sus dorados cabellos cogidos en una redecilla de seda azul y plata, aunque por algunas partes descompuestos, para componer con ellos la belleza de su rostro; en su garganta dos hilos de gruesas perlas, conformes a las que llevaba en sus hermosas muñecas, cuya blancura se veía sin embarazo por ser la manga de la camisa suelta, a modo de manga de fraile.
De todo pudo el granadino dar muy bastantes señas; porque doña Beatriz traía en una de sus blanquísimas manos una bujía de cera encendida, en un candelero de plata, a la luz de la cual estuvo contemplando en tan angélica figura, juzgándose por dichoso si fuere él el sujeto que iba a buscar. En la otra mano traía una salva de plata, y en ella un vidrio de conserva, y una limetilla con vino, y sobre el brazo una toalla blanquísima.
—¡Válgame Dios! —decía entre sí don Fadrique, mirándola desde que salió de su aposento, hasta que la vio bajar por la escalera—, ¿quién será el venturoso a quién va a servir tan hermosa la maestresala? ¡Ay si yo fuera, y cómo diera en cambio cuanto vale mi hacienda!
Diciendo esto, como la vio que habiendo acabado de bajar, enderezaba sus pasos hacia donde estaba, se fue retirando hasta la caballeriza, y en ella por estar más encubierto, se entró; mas viendo que doña Beatriz encaminaba sus pasos a la misma parte, se metió detrás de uno de los caballos del coche.
Entró en fin la dama en tan indecente lugar para tanta belleza, y sin mirar en don Fadrique, que estaba escondido, enderezó hacia un aposentillo que al fin de la caballeriza estaba. Creyó don Fadrique de tal suceso que algún criado enfermo despertaba la caridad y piadosa condición de doña Beatriz a tal acción; aunque más competente era para alguna de las muchas criadas que tenía, que no para tal señora: mas atribuyéndolo todo a cristiandad, quiso ver el fin de todo; y saliendo de donde estaba caminó tras ella, hasta ponerse en parte que veía todo el aposento, por ser tan pequeño que apenas cabía una cama.
Grande fue el valor de don Fadrique en tal caso, porque así como llegó cerca y descubrió todo lo que en el aposento se hacía, vio a su dama en una ocasión tan terrible para él que no sé cómo tuvo paciencia para sufrirla.
Es el caso que en una cama que estaba en esta parte que he dicho estaba echado un negro tan atezado que parecía su rostro hecho de un bocací. Parecía en la edad de hasta veinte y ocho años, mas tan feo y abominable, que no sé si fue pasión, o si era la verdad, le pareció que el demonio no podía serlo tanto. Parecía asimismo en su desflaquecido semblante que le faltaba poco para acabar la vida, con lo que parecía más abominable.
Sentose doña Beatriz en entrando sobre la cama, y poniendo sobre una mesilla la vela y lo demás que llevaba, le empezó a componer la ropa, pareciendo en la hermosura ella un ángel y él un fiero demonio. Puso tras esto una de sus hermosísimas manos sobre la frente y con enternecida y lastimada voz le empezó a decir:
—¿Cómo estás, Antón? ¿No me hablas, mi bien? Oye, abre los ojos, mira que está aquí Beatriz; toma, hijo mío, come un bocado de esta conserva, anímate por amor de mí, si no quieres que yo te acompañe en la muerte como te he querido en la vida: ¿óyesme, amores? ¿No quieres responderme ni mirarme?
Diciendo esto, derramando por sus ojos gruesas perlas, juntó su rostro con el del endemoniado negro, dejando a don Fadrique, que la miraba, más muerto que él, sin saber qué hacerse ni qué decirse, unas veces determinándose a perderse y otras considerando que lo más acertado era apartarse de aquella pretensión.
Estando en esto abrió el negro los ojos, y mirando a su ama, con voz debilitada y flaca la dijo, apartándola con las manos el rostro que tenía junto con el suyo:
—¿Qué me quieres, señora? Déjame ya, por Dios; ¿qué es esto? ¿Que aun estando yo acabando la vida me persigues? ¿No basta que tu viciosa condición me tiene como estoy, sino que quieres que cuando estoy ya en el fin de mi vida, acuda a cumplir tus viciosos apetitos? Cásate, señora, cásate y déjame ya a mí, que ni te quiero ver, ni comer lo que me das.
Y diciendo esto se volvió del otro lado sin querer responder a doña Beatriz, aunque más tierna y amorosa le llamaba, o fuese que se murió luego, o no quisiese hacer caso de sus lágrimas y palabras. Doña Beatriz cansada ya, volvió a su cuarto, la más llorosa y triste del mundo.
Don Fadrique aguardó a que abriesen la puerta, y apenas la vio abierta, cuando salió huyendo de aquella casa, tan lleno de confusión y aborrecimiento cuanto primero de gusto y gloria. Acostose en llegando a su casa, sin decir nada a su amigo, y saliendo a la tarde dio una vuelta por la calle de la viuda por ver qué rumor había, a tiempo que vio sacar a enterrar al negro.
Volviose a su casa, siempre guardando secreto; y en tres o cuatro días que volvió a pasear la calle, ya no por amor sino por enterarse más de lo que aún no creía, nunca vio a doña Beatriz: tan sentida la tenía la muerte de su negro amante. Al cabo de los cuales, estando sobre mesa hablando con su amigo, entró una criada de doña Beatriz, y en viéndole, con mucha cortesía le puso en las manos un papel que decía así:
«Donde hay voluntad, poco sirven los terceros; de la vuestra estoy satisfecha y de vuestras finezas pagada: y así no quiero aguardar lo que falta del año para daros la merecida posesión de mi persona y hacienda, y así cuando quisiéredes se podrá efectuar nuestro casamiento, con las condiciones que fuéredes servido, porque mi amor y vuestro merecimiento no me dejan reparar en nada. Dios os guarde.
Doña Beatriz.»
Tres o cuatro veces leyó don Fadrique este papel y aún no acababa de creer tal; y así no hacía más que darle vueltas y en su corazón admirarse de lo que le sucedía, que ya dos veces había estado a pique de caer en tanta afrenta, y tantas le había descubierto el cielo secretos tan importantes.
Y como viese claro que la determinada resolución de doña Beatriz nacía de haber faltado su negro amante, en un punto hizo la suya y se resolvió a una determinación honrada: y diciendo a la criada que se aguardase, salió a otra sala, y llamando a su amigo, dijo estas breves razones:
—Amigo, a mí me importa la vida y la honra salir dentro de una hora de Sevilla, y no me ha de acompañar más que el criado que traje de Granada. Esa ropa que ahí queda venderéis después de haberme partido, y pagaréis con el dinero que dieren por ella a los demás criados: el porqué no os puedo decir, porque hay opiniones de por medio; y ahora, mientras escribo un papel, buscadme dos mulas y no queráis saber más.
Y luego, escribiendo un papel a doña Beatriz y dándole a la criada que le llevase a su ama, y habiéndole ya traído las mulas se puso de camino, y saliendo de Sevilla tomó el de Madrid con su antiguo tema de abominar de las mujeres discretas, que fiadas en su saber, procuran engañar a los hombres.
Dejémosle ir hasta su tiempo y volvamos a doña Beatriz, que en recibiendo el papel, vio que decía así:
«La voluntad que yo he tenido a usted ha sido solo con deseo de poseer su belleza; porque he llevado la mira a su honra y opinión, como lo han dicho mis recatos. Yo, señora, soy algo escrupuloso, y haré cargo de conciencia en que usted, viuda anteayer, se case hoy; aguarde usted siquiera otro año a su negro malogrado, que a su tiempo se tratará de lo que usted dice, cuya vida guarde el cielo.»
Pensó doña Beatriz perder con este papel su juicio, mas viendo que don Fadrique era ido, dio el sí a un caballero que le habían propuesto, remediando con el marido la falta del muerto amante.
Por sus jornadas contadas (como dicen) llegó don Fadrique a Madrid y fuese a posar a los barrillos del Carmen, en casa de un tío suyo que tenía allí casas propias.
Era este caballero rico y tenía para heredero de su hacienda un solo hijo, llamado don Juan, gallardo mozo, y demás de su talle, discreto y muy afable.
Teníale su padre desposado con una prima suya muy rica, aunque el matrimonio se dilataba hasta que la novia tuviese edad, porque la que en este tiempo alcanzaba era diez años.
Con este caballero tomó don Fadrique tanta amistad que pasaba el amor del parentesco, que en pocos días se trataban como hermanos. Andaba don Juan muy melancólico, en lo cual reparando don Fadrique, después de haberle obligado con darle cuenta de su vida y sucesos, sin nombrar parte, por parecerle que no es verdadera amistad la que tenía reservado algún secreto a su amigo, le rogó le dijese de qué procedía aquella tristeza. Don Juan, que no deseaba otra cosa, por sentir menos su mal comunicándole, le respondió:
—Amigo don Fadrique, yo amo tiernamente una dama de esta corte, a la cual dejaron sus padres mucha hacienda con obligación de que se casase con un primo suyo que está en Indias.
No ha llegado nuestro honesto amor a más que una conversa, reservando el premio de él para cuando venga su esposo, porque ahora ni su estado ni el mío dan lugar a más amorosas travesuras; pues aunque no gozo de mi esposa, me sirve de cadena para no disponer de mí.
Deciros su hermosura será querer cifrar la misma belleza a breve suma, pues su entendimiento es tal que en letras humanas no hay quien la aventaje: finalmente, doña Ana (que este es su nombre) es el milagro de esta edad, porque ella y doña Violante su prima son las sibilas de España, entrambas bellas, discretas, músicas y poetas. En fin, en las dos se halla lo que en razón de belleza y discreción está repartido en todas las mujeres.
Hanle dicho a doña Ana que yo galanteo una dama, cuyo nombre es Nise, porque el domingo pasado me vieron hablar con ella en San Ginés, donde acude. En fin, muy celosa me dijo ayer que me estuviese en mi casa y no volviese a la suya. Porque sabe que me abraso de celos cuando nombra a su esposo, me dijo enojada que en solo él adora y que le espera con mucho gusto y cuidado.
Escribile sobre esto un papel, y en su respuesta me envió otro, que es este, porque en hacer versos es tan extremada como en lo demás.
Esto dijo, sacando un papel, el cual tomándole don Fadrique, vio que era de versos, a que naturalmente era aficionado, y que decía así:
Tus sinrazones, Lisardo,
Son tantas, que ya me fuerza
Mi agravio a darte la culpa,
Y quedarme con la pena.
Mas no me quiero poner
Con tu ingratitud en cuentas,
Porque siempre los ingratos
Ceros por números dejan.
Preside apetito solo,
Lisardo, y es bien que tema,
Que cuentas de obligaciones,
A todas horas las niega.
Y así no quiero traerte
A la memoria mis penas;
Pues jamás diste recibo
De cosa que tanto pesa.
Vayan al aire suspiros,
Pues lo son, y no se metan
En contar, pues no los llaman,
Cuántos sus millares sean.
Las lágrimas a la mar,
Los cuidados a mis quejas,
Y mi afición a tu hielo,
Para que quede sin fuerzas.
Decir, Lisardo, que ya,
Por entretener ausencias,
Esfuerzo mi voluntad,
Engáñante tus quimeras.
Si quisiera entretenerme,
Pastores tiene la aldea,
Que aunque les doy disfavores,
Mis pobres partes celebran,
En quien pudiera escoger
Alguno que me tuviera
Con amor entretenida,
Y con interés contenta.
Y tú, Lisardo, aunque alcanzas
Favores que otros desean,
Tan solo no los estimas,
Sino que ya los desprecias.
Lisardo, creyera yo
Que la mujer de mis prendas
Con solo un mirar suave,
Favor y premio te diera.
Mas como siempre quisiste
Ser ingrato a mis finezas,
Ni estimas mi voluntad,
Ni con la tuya me premias.
Que no sabes qué es amor,
Tengo por cosa muy cierta;
No has entrado en los principios,
Y ya los fines deseas.
Lo que da lugar mi estado
Te favorezco, no quieras
Que me alargue a más, si el tuyo
Tiene a mi gusto la rienda.
Y temas que el mayoral,
Que ha de ser mi dueño, venga:
Si tu remedio aborreces,
Lisardo, ¿de qué te quejas?
Pides salud, y si aplico
El remedio, desesperas;
Eso es querer que te sangren,
Sin que te rompan la vena.
Lo cierto es que ya, Lisardo,
Te mata nueva nobleza,
Y haces mi amor achacoso,
Ya lo entiendo, no soy necia.
Maldiga, Lisardo, el cielo,
A quien con gracias ajenas,
A lo que adora enamora,
Tal como a mí le suceda.
Canta el músico en la calle,
Hace versos el poeta,
Apasiónase la dama,
Y olvida al que la requiebra.
Ya conozco tus engaños,
Ya conozco tus cautelas,
Mas pues yo te alabé a Nise,
¿Qué mucho que tú la quieras?
Goces, ingrato Lisardo,
Mil años de su belleza,
Tantos favores te rinda,
Como a mí me matan penas.
Bebe sus dulces engaños,
Los míos amargos deja,
Que yo al tiempo de mi fe
Pienso colgar la cadena.
Desde allí estaré mirando,
Como el que mira al que juega,
Al naipe en que aventuras
Tu verdad y tu cautela.
No me quejo de este agravio,
Lisardo, porque mis quejas
No te volverán amante,
Y es darte venganza en ellas.
Tú estás muy bien empleado,
Porque sus tinadas hebras
Es ébano en que se engasta
Su hermosura y sus finezas.
Sus ojos, negros luceros,
En cuyas niñas traviesas
Hallará tu guerra paz,
Y bonanza tu tormenta.
Tú vestirás sus colores,
Con que saldrás, aunque negras,
Más galán que con las mías,
Pues con gusto las desprecias.
Podrás tomar por devoto,
Para alivio de tus penas,
Al glorioso san Ginés,
Que es de tu Nise la iglesia.
Con esto pido al amor,
De tu inconstancia se duela.
Dios te guarde. De mi casa,
La que tu gusto desea.
—No hay mucho que temer a este enemigo —dijo acabando de leer el papel don Fadrique—, porque muestra estar más rendida que furiosa. La mujer escribe bien, y si como decís es tan hermosa, hacéis mal en no conservar su amor hasta coger el premio de él.
—Este es —respondió don Juan— una tilde, una nada, conforme a lo que hay en belleza y discreción, porque ha sido muchas veces llamada la sibila española.
—Por Dios, primo —replicó don Fadrique—, que temo a las mujeres que son tan sabias más que a la muerte, que quisiera hallar una que ignorara las cosas del mundo, al paso que esta las comprende, y si la hallara, vive Dios que me había de emplear en servirla y amarla.
—¿Lo decís de veras? —dijo don Juan—, porque no sé qué hombre apetece una mujer necia, no solo para aficionarse, mas para comunicarla un cuarto de hora, pues dicen los sabios que en el mundo son más celebrados que el entendimiento es manjar del alma, pues mientras los ojos se ceban en la blancura, en las bellas manos, en los lindos ojos y en la gallardía del cuerpo, y finalmente, en todo aquello digno de ser amado en la dama, no es razón que el alma no solo esté de balde, sino que no se mantenga de cosas tan pesadas y enfadosas como las necedades; pues siendo el alma tan pura criatura, no la hemos de dar manjares groseros.
—Ahora dejemos esta disputa —dijo don Fadrique—, que en eso hay mucho que decir, que yo sé lo que en este caso me conviene; y respondamos a doña Ana, aunque mejor respuesta era ir a verla, pues no la hay más tierna y de más sentimiento que la misma persona, y más que deseo ver si me hace sangre su prima, para entretenerme con ella el tiempo que he de estar en Madrid.
—Vamos allá —dijo don Juan—, que si os he de confesar verdad, por Dios que lo deseo; mas advertid que doña Violante no es necia, y si es que por esta parte os desagradan las mujeres, no tenéis que ir allá.
—Acomodareme con el tiempo —respondió don Fadrique.
Con esto, de conformidad se fueron a ver las hermosas primas; de las cuales fueron recibidos con mucho gusto, si bien doña Ana estaba como celosa zahareña, aunque tuvo muy poco que hacer don Juan en quitarle el ceño.
Vio don Fadrique a doña Violante, pareciéndole una de las más hermosas damas que hasta entonces había visto, aunque entrasen en ellas Serafina y doña Beatriz. Estábase retratando (curiosidad usada en la corte), y para esta ocasión estaba tan bien aderezada que parece que de propósito para rendir a don Fadrique se había vestido con tanta curiosidad y riqueza. Tenía puesta una saya entera negra, cuajada de lentejuelas y botones de oro, cintura y collar de diamantes, y un apretador de rubíes.
A cuyo asunto, después de muchas cortesías, tomando don Fadrique una guitarra, cantó este romance:
Zagala, cuya hermosura
Mata, enamora y alegra,
Siendo del cielo milagro,
Y gloria de nuestra aldea.
¿Qué pincel habrá tan sabio,
Supuesto que Apeles sea
El que le gobierna y rige,
Para imitar tu belleza?
¿Qué rayos, aunque el sol
Nos dé los de su madeja,
Que igualen a la hermosura
De esas tus castañas trenzas?
¿Qué luces a las que miro
En esas claras estrellas;
Vislumbres que a los diamantes
Eclipsan sus luces bellas?
¿Qué azucenas a tu frente,
Qué arcos de amor a tus cejas,
De viras a tus pestañas,
A tu vista qué saetas?
¿Qué rosas Alejandrinas
A tus mejillas, pues quedan
A su encarnado vencidas,
A su hermosura sujetas?
¿Qué rubíes con esos labios?
Sin duda, zagala, que eran
Con los fines de tu boca
Falsos los de tu cabeza.
Tus palabras son claveles,
Y tus blancos dientes perlas,
De las que llorando el alba,
Borda los campos con ellas.
Cristal tu hermosa garganta,
Columna en que se sustenta
Un cielo donde amor vive,
Si como dios se aposenta.
¿Qué nieve iguala a esas manos,
En cuyas nevadas sierras
Los atrevidos se pierden
Cuando pasarlos intentan?
De lo que encubre el vestido,
Zagala hermosa, quisiera
Decir muchas alabanzas,
Mas no se atreve mi lengua.
Que si cual otra Campaspe,
Mostráis tan divinas prendas;
¡Ay del Apeles que os mira,
Y sin esperanzas de ellas!
Decid, zagala, al Apeles,
Cuyos pinceles se emplean
En trasladar de este cielo
Vuestra hermosura a la tierra,
Que él y yo seremos cortos,
Pincel y plumas se quedan
Sin saber sacar la estampa,
Que al natural se parezca.
Pues el molde en que os formó
La sabia naturaleza,
Ya el mundo no lo posee,
Porque otra cual vos no tenga.
Diamantes, oro, cristal,
Luceros, rosas, azucenas,
Cielos, estrellas, rubíes,
Claveles, jazmines, perlas:
Todo en vuestra presencia
Pierde el valor,
Y sin belleza queda.
¿Qué pincel ni qué pluma
Harán de tal belleza
Breve suma?
Encarecieron doña Ana y su prima la voz y los versos de don Fadrique; y más doña Violante, que como se sintió alabar, empezó a mirar al granadino, dejando desde esta tarde empezado el juego de la mesa de Cupido, y don Fadrique tan aficionado y perdido que por entonces no siguió la opinión de aborrecer las discretas y temer las astutas, porque otro día antes de ir con don Juan a la casa de las bellas primas, envió a doña Ana este papel:
Por cuerda os tiene amor en su instrumento,
Bella y divina prima; y tanto estima
Vuestro suave son, que ya de prima
Os levanta a tercera, y muda intento.
Discreto fue de amor el pensamiento,
Y con vuestro valor tanto se anima,
Que siendo prima, quiere que se imprima
En vuestro ser tan soberano acento.
Bajar a prima suele una tercera,
Mas siendo prima el ser tercera es cosa
Divina, nueva, milagrosa y rara;
Y digo que si Orfeo mereciera
Hacer con vos su música divina,
A los que adormecía enamorara.
Mas, pluma mía, para, que en esta prima bella,
Amor que lo posee canta de ella.
Lo que yo le suplico es que, siendo tercera,
Diga a su bella prima que me quiera.
La respuesta que doña Ana dio a don Fadrique fue decirle que en eso tenía ella muy poco que hacer, porque doña Violante estaba muy aficionada a su valor. Con esto quedó tan contento, que ya estaba olvidado de los sucesos de Serafina y Beatriz.
Pasáronse muchos días en esta voluntad, sin extenderse a más los atrevimientos amorosos que a solo aquello que sin riesgo del honor se podía gozar, teniendo estos impedimentos tan enamorado a don Fadrique que casi estaba determinado a casarse, aunque Violante jamás trató nada acerca de esto, porque verdaderamente aborrecía el casarse, temerosa de perder la libertad que entonces gozaba.
Sucedió pues que un día, estándose vistiendo los dos primos para ir a ver las dos primas, fueron avisados por un recado de sus damas cómo el esposo de doña Ana era venido tan de secreto que no habían sido avisadas de su venida, y que esta acción las tenía tan espantadas, creyendo ellas que no sin causa venía así, sino que le había obligado algún temeroso designio; que era fuerza hasta asegurarse vivir con recato; que le suplicaban, que armándose de paciencia, como ellas hacían, no solo no las visitasen, mas que excusasen el pasar por la calle hasta tener otro aviso.
Nueva fue esta para ellos pesadísima y que la recibieron con muestras de mucho sentimiento, y más cuando supieron dentro de cuatro días cómo se había desposado doña Ana, poniendo el dueño tanta clausura y recato en la casa, que ni a la ventana era posible verlas ni ellas enviaron a decirles más palabra, ni aun a saber de su salud, doña Ana por la ocupación de su esposo y doña Violante por lo que se dirá a su tiempo.
Aguardando nuevo aviso con impacientes ansias y penosos pensamientos pasaron don Juan y don Fadrique un mes, bien desesperados; y viendo que no había memoria de su pena, se determinaron a todo riesgo a pasear la calle y procurar ver a sus damas o alguna criada de su casa. Anduvieron en fin un día y otro en los cuales veían entrar al marido de doña Ana en su casa, y con él un hermano suyo estudiante, mozo, y muy galán: mas no fue posible verlas, ni aun una sombra que pareciese mujer; algunos criados sí: mas como no eran conocidos, no se atrevían a decirles nada.
Con estas ansias madrugaban y trasnochaban, y un domingo muy de mañana fue su ventura tal que vieron salir una criada de doña Violante, que iba a misa, a la cual don Juan llegó a hablar, y ella con mil temores, mirando a una parte y a otra, después de haberles contado el recato con que vivían y la celosa condición de su señor, tomando un papel que don Juan llevaba escrito para cuando hallase alguna ocasión, se fue con la mayor priesa del mundo: solo les dijo que anduviesen por allí otro día, que ella procuraría la respuesta.
Ella le llevó a su señora, y leído decía así:
«Más siento el olvido que los celos, porque ellos son mal sin remedio y él le pudiera tener si dura la voluntad: la mía pide misericordia, si hay alguna centella del pasado fuego, úsese de ella en caso tan cruel.»
Leído el papel por las damas, dieron la respuesta a la misma criada, que como vio a los caballeros se le arrojó por la ventana, y abierto decía estas palabras:
«El dueño es celoso y recién casado, tanto que aún no ha tenido lugar de arrepentirse ni descuidarse. Mas él ha de ir dentro de ocho días a Valladolid a ver unos deudos suyos, entonces pagaré deudas y daré disculpas.»
Con este papel, a quien los dos primos dieron mil besos, haciéndole mil devotas recomendaciones, como si fuera oráculo, se entretuvieron algunos días: mas viendo que ni se les avisaba de lo que en él les prometía, ni había más novedad que hasta allí en casa de sus señoras, porque ni en la calle ni en la ventana era posible verlas, tan desesperados como antes de haberle recibido empezaron a rondar de día y de noche.
Pues un día que acertó don Juan a entrar en la iglesia del Carmen a oír misa vio entrar a su querida doña Ana (vista para él harto milagrosa), y como viese que se entró en una capilla a oír misa la fue siguiendo los pasos, y a pesar de un escudero que la acompañaba se arrodilló a su mismo lado, y después de pasar entre los dos largas quejas y breves disculpas, conforme lo que da lugar la parte donde estaban, le respondió doña Ana que su marido, aunque decía que se había de ir a Valladolid, no lo había hecho, mas que ella no hallaba otro remedio para hablarle un rato despacio, si no era que aquella noche viniese, que le abriría la puerta, mas que había de venir con él su primo don Fadrique, el cual se había de acostar con su esposo, en su lugar, y que para esto hacía mucho al caso el estar enojada con él, tanto que había muchos días que no le hablaba: y que demás de que el sueño se apoderaba bastantemente de él, era tanto el enojo que sabía muy cierto que no echaría de ver la burla: y que aunque su prima pudiera suplir la falta, era imposible, respecto de que estaba enferma, y que si no era de esta suerte, que no hallaba modo de satisfacer sus deseos.
Quedó con esto don Juan más confuso que jamás: por una parte veía lo que perdía y por otra temía que don Fadrique no había de querer venir en tal concierto. Fuese con esto a su casa, y después de largas peticiones y encarecimientos le contó lo que doña Ana le había dicho. A lo cual don Fadrique le respondió que si estaba loco, porque no podía creer que si tuviera juicio dijera tal disparate.
Y en estas demandas y respuestas, suplicando el uno y excusándose el otro, pasaron algunas horas: mas viéndole don Fadrique tan rematado que sacó la espada para matarle, bien contra su voluntad, concedió con él en ocupar el lugar de doña Ana al lado de su esposo; y así se fueron juntos a su casa y como llegasen a ella, la dama que estaba con cuidado, conociendo de su venida que don Fadrique había aceptado el partido, les mandó abrir, y entrando en fin en una sala, antes de llegar a la cuadra donde estaba la cama, mandó doña Ana desnudar a don Fadrique, y obedecía de mal talante: ya descalzo y en camisa, estando todo sin luz, se entró en la cuadra y poniéndole junto a la cama le dijo paso que se acostase, y en dejándole allí muy alegre se fue con su amante a otra cuadra.
Dejémosla y vamos a don Fadrique, que así como se vio acostado al lado de un hombre, cuyo honor estaba ofendiendo él con suplir la falta de su esposa, y su primo gozándola, considerando lo que podía suceder, estaba tan temeroso y desvelado que diera cuanto le pidieran por no haberse puesto en tal estado; y más cuando suspirando entre sueños el ofendido marido, dio vuelta hacia donde creyó que estaba su esposa, y echándole un brazo al cuello, dio muestras de querer llegarse a él; si bien como esta acción la hacía dormido, no prosiguió adelante: mas don Fadrique, que se vio en tanto peligro, tomó muy paso el brazo del dormido y quitándole de sí se retiró a la esquina de la cama, no culpando a otro que a sí de haberse puesto en tal ocasión por solo el vano antojo de dos amantes locos.
Apenas se vio libre de esto cuando el engañado marido, extendiendo los pies, los fue a juntar con los del temeroso compañero, siendo para él cada acción de estas la muerte.
En fin, el uno procurando llegarse, y apartarse el otro, se pasó la noche, hasta que ya la luz empezó a mostrarse por los resquicios de las puertas, poniéndole en cuidado el ver que en vano había de ser lo padecido, si acababa de amanecer antes que doña Ana viniese: pues considerando que no le iba en salir de allí menos que la vida, se levantó lo más presto que pudo y se fue atentando hasta dar con la puerta, que como llegase a intentar abrirla encontró con doña Ana, que a este punto la abría, y como le vio con voz alta le dijo:
—¿Dónde vais tan aprisa, señor don Fadrique?
—¡Ay, señora! —respondió con voz baja—, ¿cómo os habéis descuidado tanto, sabiendo mi peligro? Dejadme salir por Dios, que si despierta vuestro dueño, no lo libraremos bien.
—¿Cómo salir? —replicó la astuta dama—, por Dios que ha de ver mi marido con quien ha dormido esta noche, para que vea en qué han parado sus celos y sus cuidados.
Y diciendo esto, sin poder don Fadrique estorbarlo, respecto de su turbación y ser la cuadra pequeña, se llegó a la cama, y abriendo una ventana tiró las cortinas diciendo:
—Mirad, señor marido, con quién habéis pasado la noche.
Puso don Fadrique los ojos en el señor de la cama, y en lugar de ver el esposo de doña Ana vio a su hermosísima doña Violante, porque el marido de doña Ana ya caminaba más había de seis días. Parecía la hermosa dama al alba cuando sale alegrando los campos.
Quedó con la burla de las hermosas primas tan corrido don Fadrique que no hablaba palabra ni la hallaba a propósito, viéndolas a ellas celebrar con risa el suceso, contando Violante el cuidado con que le había hecho estar.
Mas como el granadino se cobrase de su turbación, dándoles lugar doña Ana, cogió el fruto que había sembrado gozando con su dama muy regalada vida, no solo estando ausente el marido de doña Ana sino después de venido, que por medio de una criada entraba a verse con ella, con harta envidia de don Juan, que como no podía gozar de doña Ana, le pesaba de las dichas de su primo.
Pasados algunos meses que don Fadrique gozaba de su dama con las mayores muestras de amor que pensar se puede, tanto que se determinó a hacerla su esposa si viera en ella voluntad de casarse; mas tratando de mudar estado, lo atajaba con mil forzosas excusas.
Al cabo de este tiempo, cuando con más descuido estaba don Fadrique de tal suceso, empezó Violante a aflojar en su amor, tanto que excusaba lo más que podía el verle: y él celoso, dando la culpa a nuevo empleo, se hacía más enfadoso y desesperado de verse caído de su dicha cuando más en la cumbre de ella estaba.
Cohechó con regalos y acarició con promesas una criada, y supo lo que diera algo por no saberlo, porque la traidora le dijo que se fingiese malo y que ella daría a entender a su señora que estaba en la cama, porque descuidada de su venida no estuviese apercibida como otras noches, y que viniese aquella, que dejaría la puerta abierta.
Podía hacerse eso con facilidad, respecto que Violante desde que se casó su prima posaba en un cuarto apartado, donde estaba sin intervenir con doña Ana ni con su marido, cuya condición llevaba mal doña Violante, que ya enseñada a su libertad no quería tener a quien guardar decoro, si bien tenía puerta por donde se correspondía con ellos y comía muchas veces, obligando su agrado a desear el esposo de doña Ana su conversación.
Es el caso que el hermano del marido de doña Ana, como todo lo demás del tiempo asistía con él y su cuñada, se aficionó de doña Violante: ella, obligada de la voluntad de don Fadrique, no había dado lugar a su deseo; mas ya, o cansada de él o satisfecha de las joyas y regalos de su nuevo amante, dio al través con las obligaciones del antiguo, cuyo nuevo entretenimiento fue causa para que le privase de todo punto de su gloria, no dando lugar a los deseos y afectos de don Fadrique: pues esta noche que le pareció que por su indisposición estaba seguro, avisó a su amante, y él vino al punto a gozar de la ocasión. Pues como don Fadrique hallase la puerta abierta y no le sufriese el corazón esperar, oyendo hablar, llegó a la de la sala y entrando halló a la dama ya acostada y al mozo que se estaba descalzando para hacer lo mismo.
No pudo en este punto la cólera de don Fadrique ser tan cuerda que no le obligase a entrar con determinación de molerle a palos, por no ensuciar la espada en un mozuelo de tan pocos años; mas el amante, que vio entrar aquel hombre tan determinado y se vio desnudo y sin espada, se bajó al suelo y tomando un zapato le encubrió en la mano, como si fuese un pistolete, y diciéndole que si no se tenía afuera le mataría, cobró la puerta, y en poco espacio la calle, dejando a don Fadrique temeroso de su acción.
Pues como Violante, ya resuelta a perder de todo punto la amistad de don Fadrique, le viese quedar como helado mirando a la puerta por donde había salido su competidor, empezó a reír muy de propósito la burla del zapato.
De esto más ofendido el granadino que de lo demás, no pudo la pasión dejar de darle atrevimiento, y llegándose a Violante la dio de bofetadas que la bañó en sangre, y ella perdida de enojo le dijo que se fuese con Dios, que llamaría a su cuñado y le haría que le costase caro. Él, que no reparaba en amenazas, prosiguió en su determinada cólera, asiéndola de los cabellos y trayéndola a mal traer, tanto que la obligó a dar gritos, a los cuales doña Ana y su esposo se levantaron y vinieron a la puerta que pasaba a su posada.
Don Fadrique, temeroso de ser descubierto, se salió de aquella casa, y llegando a la de don Juan, que era también la suya, le contó todo lo que había pasado y ordenó su partida para el reino de Sicilia donde supo que iba el duque de Osuna a ser virrey, y acomodándose con él para este pasaje, se partió dentro de cuatro días, dejando a don Juan muy triste y pesaroso de lo sucedido.
Llegó don Fadrique a Nápoles, y aunque salió de España con ánimo de ir a Sicilia, la belleza de esta ciudad le hizo que se quedase en ella algún tiempo, donde le sucedieron varios y diversos casos, con los cuales confirmaba la opinión de todas las mujeres que daban en discretas, destruyendo con sus astucias la opinión de los hombres.