SEGUNDA PARTE. (continued 4)
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Diciendo esto, dejando a don Juan más confuso y asombrado que hasta allí, se le desapareció de delante; y es cierto que a no valerse de todo su ánimo cayera allí sin sentido; mas haciéndose mil veces la cruz en su frente, y dando muchas gracias a Dios y a su bendita Madre, desató su caballo y, subiendo en él, tomó el camino de la ciudad con nuevos pensamientos, bien diferentes de los que hasta allí había tenido; y como llegó en frente de la horca, miró hacia ella y vio a los tres hombres como antes estaban.
Entró en la ciudad encomendándolos a Dios, y llegando a su casa se acostó, sin hablar nada a ninguno de sus criados, que estaban admirados de su tardanza por ser ya más de media noche, la cual pasó hasta que fue de día con mucha inquietud.
Como viese la luz, se vistió y se fue a casa de su amigo don Pedro, que estaba durmiendo con su mujer, contento con haberse vengado, y de modo que nadie sabía qué se había hecho don Juan; y entrando en la calle, como le viesen los criados de don Pedro que habían asistido a su muerte, más admirados que don Juan había estado la noche antes, fueron a su amo y despertándole le dijeron:
—¡Señor, la mayor maravilla que ha sucedido en el mundo!
—¿Y qué es? —replicó don Pedro.
—Que don Juan está vivo, y viene acá —respondieron ellos.
—¿Estáis en vuestro juicio —dijo don Pedro—, o le habéis perdido? ¿Cómo puede don Juan venir ni estar vivo? Pues si no muriera de las heridas que le dimos, era imposible salir del pozo con las piedras que le echamos encima.
—En mi juicio estoy, que no le he perdido; y digo que viene sano y bueno —dijo el uno de ellos—, y vesle sube por la escalera.
—Y ¡vive Dios! —dijo el otro—, que está ya en la antesala, que no las tengo todas conmigo, esté vivo o muerto.
Cuando esto se acabó de decir ya don Juan estaba en la cuadra, dejándolos a todos como los que han visto visiones, y más a don Pedro, que no podía creer sino que era cuerpo fantástico.
Entrando pues don Juan, se echó a los pies de don Pedro, pidiéndole perdón de los agravios que no había cometido, aunque los había intentado; y a Roseleta de sus atrevidas y locas pretensiones, contando sin que faltase nada de lo que le había pasado, dejando a todos tan confusos que apenas acertaban a responderle; y hecho esto, despidiéndose de todos, haciendo primero quitar los cuerpos que estaban en la horca, y haciéndoles un honroso entierro, mandándoles decir muchas misas, se fue a un convento de religiosos carmelitas descalzos, y se entró fraile, tomando el hábito de aquella purísima Señora que le había librado de tan manifiesto peligro.
Bien pensaréis, señores, que estos prodigiosos sucesos serían causa para que don Pedro estimase y quisiese más a su esposa, conociendo cuán honesta y honrada era: pues no solo había defendido su honor de las persuasiones de don Juan, sino avisádole de ellas para que pusiese remedio y se vengase: pues no fue así; que con los crueles y endurecidos corazones de los hombres no valen ni las buenas obras ni las malas; que de la misma suerte, como no sea a su gusto, estiman lo uno que lo otro, pues en ellos no es durable la voluntad y por esto se cansan hasta de las propias mujeres; y si no las arrojan de sí como a las que no lo son, no es porque las aman, sino por su opinión.
Así le sucedió a don Pedro, que, o fuese porque se cansó de la belleza de Roseleta (por tenerla por plato ordinario, y quisiera mudar y ver diferente cara), o por hallarse corrido de lo que había sucedido con don Juan, viendo que se había divulgado por la ciudad, pues no se hablaba de otra cosa; y como el vulgo es novelero y no todos bien entendidos, cada uno daba su parecer; unos, si don Pedro había satisfecho su honor con lo que había hecho, pues aunque se suponía no haber tenido efecto la culpa, para el honor del casado solo el amago basta, sin que dé el golpe: otros, poniéndolo en la honestidad de Roseleta, decían si había sido o no, juzgando si la motivó diferentes accidentes que la honestidad a avisar a su marido de las pretensiones de don Juan, y a esto anteponían el entrar tan de ordinario en su casa: otros, que no cumplía con la ley de honrada si no lo hiciera; de manera que en todas partes se hablaba y había corrillos sobre el caso, señalando a don Pedro con el dedo. «Este —decían— es el que tornó a matar el ahorcado.» Otros respondían: «Buen lance echó, bien desagraviado quedó.»
Todo esto traía a don Pedro avergonzado, y con tal descontento que, sin mirar cómo el cielo había sido autor de la defensa de don Juan, y que él estaba ya puesto al amparo de la misma que se le había dado para que él no ejecutase su venganza, lo vino a pagar todo su inocente esposa, aborreciéndola de modo que, ante sus ojos, era un monstruo y una bestia fiera.
Opúsose a la hermosa y desdichada dama para que lo fuese de todo punto, si ya no bastaba verse aborrecida de su esposo, Angeliana, aquella dama que al principio dije que don Juan amaba cuando se enamoró de Roseleta, y que la había gozado con palabra de esposo; la que como supo el suceso, rabiosa de haber perdido a don Juan por causa de Roseleta, se quiso vengar de entrambos; de la dama, quitándola su marido, y de don Juan, agraviándole con su amigo.
Era libre y había errado, causa para que algunas se den más a la libertad; que esto habían de mirar los hombres cuando desasosiegan las doncellas, que va sobre ellos el enseñarlas a ser malas.
Poníase en las partes más ocasionadas para que don Pedro la viese; y aunque no era tan hermosa como Roseleta, los ademanes libres, con otras señas que con lascivos ojos le hacía, como ya él aborrecía a su esposa, le atrajeron de suerte que vino a conseguir su intento, de modo que don Pedro se enamoró de ella, entrando en su casa, no como recatado amante, sino con más libertad que si fuera su marido; y como a cariño nuevo le asistía más, faltando en su casa no solo al regalo y agasajo de su esposa sino también al sustento de su familia, no bastándole su hacienda y la de su mujer para que Angeliana destruyese; que siempre para las cosas del diablo sobra y para las de Dios falta.
Vino a ser tan pública esta amistad que la ciudad la murmuraba y Roseleta no la ignoraba, por donde, impaciente, se quejaba, viniendo a tener entre ella y don Pedro los disgustos acostumbrados que sobre tales casos hay entre casados; y por esto, y ver que se disminuía su hacienda, no disfrutándola ella, se determinó a escribir un papel a Angeliana, amenazándola que si no se apartaba de la amistad de su marido, la haría quitar la vida.
Este papel dio Angeliana a don Pedro con grandes sentimientos y lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.
Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose de la ocasión de Angeliana.
Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba, no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido, después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos habían visto.
Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia, ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba sentimientos, mas en otros cautela.
—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada Roseleta?
Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le consolase, pues que él se estaba consolando.
Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría de él en la otra.
Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre, porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde acabó en paz.
Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida, deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra hablando.
Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a nosotras mismas.
Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que temer y advertir lo que era justo que todas miren.
Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa, pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.
Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado, si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.
Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada, había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que padeciese Roseleta.
A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio, porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos, que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:
A pesar de la fortuna
Que su vista me quitó,
Sin ser aurora en mis brazos,
Ayer Febo amaneció,
Vertiendo risa en las flores
Con su divino esplendor,
Dando perlas a las fuentes,
Lustre, ser y admiración.
¿Quién vio, entre celajes rojos,
Salir, gobernar el sol
Los flamígeros caballos
Que descompuso Faetón?
¿Quién vio decretar a Jove
El castigo que se dio
Al mozo mal entendido
Que por soberbio cayó?
¿Y quién vio al sabio Mercurio
Adormecer al pastor
Que velaba con cien ojos
A la desdichada Ío?
¿Quién vio sujetando a Marte,
Con su extremado valor,
Las belicosas escuadras
De quien es dueño y señor?
¿Quién le vio rendir a Venus
La soberbia condición,
Animoso entre soldados,
Tierno tratando de amor?
¿Quién vio conquistando al mundo
Aquel magno emperador
Que alcanzó en él tanta monta,
Glorias, título y blasón?
¿Quién vio vencer imposibles
Aquel mozo que abrasó,
Por castigar su flaqueza,
Su brazo con tal valor?
Así, selvas, a mis ojos
Un bello sol ofreció,
Y de haberle visto, selvas,
Mi dicha alabando estoy.
Envídieme la fortuna
Si oriente soy de tal sol,
Siendo diamante que alcanzo
A sus rayos más valor.
Mas ¡ay! que tal favor
En sueños la fortuna me ofreció;
Porque nunca mi amor,
Si no es durmiendo, aquesto mereció.
NOCHE QUINTA.
DESENGAÑO QUINTO.
TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.
Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le causaron, dijo:
—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis, a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta, este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas, que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido burladas.
¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es imposible apartarnos de ellas.
Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando, se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo, ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas, dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos mayores.
Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura, afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así, en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas, dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen de que los han de pasar en todo.
Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a que ejerzan las cosas caseras.
Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V, que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija; pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y valor.
Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua latina, que no había letrado que la igualase.
La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más elocuentes en ella.
Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo, excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona, religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.
Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y otras menos, todas supieran y fueran famosas.
De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos.
¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos, y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.
Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía, empezó así:
Si mis penas pudieran ser medidas,
No fueran penas, no, que glorias fueran;
Con más facilidad contar pudieran
Las aves que en el aire están perdidas.
Las estrellas a cuenta reducidas,
Más cierto que ellas número tuvieran;
Por imposibles, fáciles se vieran
Contadas las arenas esparcidas.
Sin ti, dulce y ausente dueño mío,
La noche paso deseando el día,
Y en viendo el día, por la noche lloro.
Lágrimas, donde estáis, con gusto envío,
Gloria siento por ti en la pena mía,
Cierta señal que lo que pierdo adoro.
Espero, desespero, gimo y lloro,
Que sin ti, dueño amado,
Me cansa el río y entristece el prado.
¡Cuándo llegará el día
En que te vuelva a ver, señora mía,
Que hasta que yo te vea,
No hay gusto para mí que gusto sea!
Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba, llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba perezosa calma.
Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio, puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella, perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen, y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.
Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían por imposible librarla.
Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla, haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron, a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes que les había hecho.
Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo y cavado, no llegaba el agua.
Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.
Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y desdichas, la apetecemos.
Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros, porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena cantidad de doblones y una cadena.
Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar, descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer, siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena presencia pareció serlo.
Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí, con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí, fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo contrario.
Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y prosiguió diciendo:
—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos han perecido sin haber podido tomar tierra.
—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber comido dos días ha.
—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria, si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro viaje.
Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían, su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y bandoleros, subieron a lo alto.
Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena, porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.
Aderezada la cena y puestas las mesas, ya que iban a sentarse, se les ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera, y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa que se sentasen.
La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o que daba muestras de su cercana muerte.
No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido, ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos de nieve) una calavera.
Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de ella.
La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo; porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.
Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera encendidas.
Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran las sortijas que traía en sus manos.
Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y la hizo sentar a la mesa, diciendo:
—Seáis bien venida, señora mía.
Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se acordaban de comer.
Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.
Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la puerta con llave y se la dio a su señor.
Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte:
—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia, asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.
—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la historia que encierra tan prodigiosos misterios.
—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos, que pasa así:
Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre, quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles caballeros de ella, como lo dice mi apellido.
Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado, dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.
Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.
Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el más espantoso que habréis oído.
Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.
Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la respuesta.
Leíle, y contenía estas razones:
«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de haberme conocido. Dios te guarde.»
Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo puesto, que él vendría por mí y me llevaría.
Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros, pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada, porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le aguardaría.
Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.
Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando, hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos, que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.
En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de la mano y me subió por unas escaleras.
Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que muriese, podía matar.
Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta, y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se sentó y me dijo que me sentase.
Animeme cuando la oí hablar, y díjele:
—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no como he creído que me llevaban a los infernales abismos.
—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.
—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.
—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie, que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar secreto.
Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores, con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.
Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores, cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de donde me había sacado.
Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos: tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el creerlo.
De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía, ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que, en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y sacándome al campo me dijo:
—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin, que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados, mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.
Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra perdida opinión y sustentar la mía.
Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin, don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.
Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y tomado sobre el caso me dijo:
—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es, siquiera para seguridad de vuestra vida?
—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.
—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos por ella la casa.
En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para que juzgase que era muy lejos.
Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.
Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado, nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias, y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:
—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo cuanto has querido, mira lo que haces.
¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:
—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo me dé lugar para hacerte mi esposo.
Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar triste y confusa.
Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer gastamos la tarde en lo mismo.
¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a la puerta.
Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel reino por la comunicación que hay con españoles:
—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y gallardía, con harto riesgo mío te aviso.
Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez, que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me daba dije:
—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste la vida, no dejaré la empresa comenzada.
Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba; aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:
—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.
Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras, y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas, la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas, como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.
Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes, y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta acabarme.
Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.
Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo, que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar; y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios, que de mano de una mujer se había todo originado.
En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre, viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada consorte.
Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer; hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que, arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa; seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.
Contento de todo, haciendo cuenta que la virtud y hermosura era la mayor riqueza, y que en tener a Elena tenía más riquezas que tuvo Midas, me casé con ella, quedando madre e hija tan agradecidas que siempre lo estaban repitiendo; y yo, como más amante, me tuve en merecerla por el más dichoso de los hombres.
Saqué a Elena de la mayor miseria a la mayor grandeza, como habéis visto en esta negra que ha estado a mi mesa esta noche, dando envidia a las más nobles damas de toda la Gran Canaria, tanto con la hermosura como con la grandeza en que la veían; luciendo tanto la belleza de Elena con los atavíos y ricas joyas, que se quedaban embelesados cuantos la veían: y yo cada día más y más enamorado, buscando nuevos rendimientos para más obligarla, amábala tan ternísimamente que las horas sin ella juzgaba siglos, y los años en su compañía, instantes. Elena era mi cielo, Elena era mi gloria, Elena era mi jardín, Elena mis holguras y Elena mi recreo.
¡Ay de mí, y cómo me tendréis por loco, viéndome recrear con el nombre de Elena, y maltratarla como esta noche habéis visto! Pues ya es Elena mi asombro, mi horror, mi aborrecimiento; fue mujer Elena, y como mujer ocasionó sus desdichas y las mías. Murió su madre a los seis años de casada Elena, y sentilo yo más que ella: ¡pluguiera al cielo viviera, que quizá a su sombra fuera su hija la que debía ser!
Tenía Elena un primo hermano, hijo de una hermana de su padre, mozo galán y bien entendido; mas tan pobre que no tenía para poder seguir sus estudios y dedicarse a la iglesia; y yo, que todas las cosas de Elena las estimaba mías, para que pudiera conseguir los estudios le traje a mi casa, comiendo, vistiendo y triunfando a costa mía, y se lo daba yo con mucho gusto, porque le tenía en lugar de hijo.
Ya había ocho años que éramos casados, pareciéndome a mí que no había una hora: vivíamos en la ciudad, si bien los veranos nos veníamos a este castillo a recoger la hacienda del campo, como todos hacen; y aquel verano, que fue en el que empezó mi desdicha, sucedió no estar Elena buena; y creyendo que fuesen achaques de preñada, como yo lo deseaba, no la consentí venir aquí: vine yo solo, y como el vivir sin ella era imposible, a los ocho días, instándome el deseo de verla, volví a la ciudad con el mayor contento que puede imaginarse: llegué a sus brazos, y fui recibido con el mismo.
Cuando considero las traiciones de una mujer, se me acaba la vida: ¡con qué disimulación me acarició, pidiéndome que si había de volver al castillo no la dejase, que estando apartada de mí no vivía! Pues apenas estuve sosegado en mi casa, me llamó aparte esta negra que aquí veis, que nació en mi casa de otra negra y un negro, que siendo los dos esclavos de mis padres, los casaron, y me dijo llorando:
—Ya, señor, no será razón encubrirte la maldad que pasa, que fuera negarme a la crianza que tus padres y tú hicisteis a los míos, y a mí y al pan que como: sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte esto, mas no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas tú engañado y sin honra; y por no detenerme, que temo no será más mi vida de cuanto me vean hablar contigo, porque así me han amenazado, mi señora y su primo tratan en tu ofensa e ilícito amor y, en faltando tú, en tu lugar ocupa su primo tu lecho; yo lo había sospechado y cuidadosa lo miré, y es el mal que lo sintieron. Yo te he avisado de la traición que te hacen; ahora pon en ello el remedio.
Cómo quedé, buenos amigos, el cielo solo lo sabe, y vosotros lo podéis juzgar. Mil veces quise sacar la lengua a la vil mensajera y otras no dejar en toda la casa nada vivo; mas viendo que era espantar la caza si lo hacía, me reporté, y disimulando mi desventurada pena, traté otro día, no teniendo ya paciencia para aguardar a ver mi agravio a vista de mis ojos, de que nos viniésemos aquí; y dando a entender que me importaba estar aquí más despacio que otras veces, envié todo el menaje de casa, criados y esclavos primero, y luego partimos nosotros.
Elena, con gusto de lo que yo le tenía, aunque fuese por cautela y disimulación, que estoy en que lo era, y aunque no lo fuese, pues al honor de un marido solo que él lo sospeche basta, cuanto más habiendo testigo de vista, convino en todo placentera.
Lo primero que hice, ciego de furiosa cólera, en llegando aquí, fue quemar vivo al traidor primo de Elena, reservando su cabeza para lo que habéis visto, que es la que traía en las manos para que le sirva de vaso en que beba los acíbares, como bebió en su boca las dulzuras.
Luego, llamando a la negra que me había descubierto la traición, la di todas las joyas y galas de Elena delante de ella misma, y la dije, por darle más dolor, que ella había de ser mi mujer, y como a tal se sirviese y mandase de la hacienda, criadas y criados, durmiendo en mi misma cama, aunque esto no lo ejecuto, pues antes que Elena acabe, la he de quitar a ella también la vida.
Queríase disculpar Elena, mas no se lo consentí. No la maté luego, porque una muerte breve es pequeño castigo para quien hizo tal maldad contra un hombre que, sacándola de su miseria, la puso en la alteza que os he contado.
En fin, de la suerte que veis ha dos años que la tengo, no comiendo más de lo que hoy ha comido y bebido, ni teniendo más de unas pajas para cama, ni aquel rincón donde está es mayor que lo que cabe su cuerpo echado, que aun en pie no se puede poner; su compañía es la calavera de su traidor y amado primo, y así ha de estar hasta que muera, viendo cada día la esclava que ella más aborrecía adornada de sus galas, y en el lugar que ella perdió en mi mesa y a mi lado.
Esto es lo que habéis visto y lo que os tiene tan admirados. Consejo no os lo pido, que no lo tengo de tomar aunque me lo deis, y así podéis excusaros de ese trabajo; porque si me decís que es crueldad que viva muriendo, ya lo sé, y por eso lo hago.
Si dijéredes que fuera más piedad matarla, digo que es la verdad, que por eso no la mato: porque pague los agravios con la pena, y los gustos que perdió y me quitó con los disgustos que pasa; con esto idos a reposar sin decirme nada, porque, de haber traído a la memoria estas cosas, estoy con tan mortal rabia que quisiera que fuera hoy el día en que supe mi agravio, para poder de nuevo ejecutar el castigo. Mañana nos veremos, y podrá ser que esté más humana mi pasión y os oiré todo lo que me quisiéredes decir; no porque he de mudar de propósito, sino por no ser descortés con vosotros.
Con esto se levantó de la silla, haciendo don Martín y su compañero lo mismo, y mandando a un criado los llevase adonde tenían sus lechos, dándoles las buenas noches se retiró don Jaime adonde tenía el suyo.
Espantados iban don Martín y su compañero del suceso de don Jaime, admirándose cómo un caballero de tan noble sangre, cristiano y bien entendido, tenía ánimo para dilatar tanto tiempo tan cruel venganza en una miserable y triste mujer que tanto había querido, juzgando, como discretos, que también podía ser testimonio que la maldita esclava hubiese levantado a su señora, supuesto que don Jaime no se aseguró de ello; y resuelto don Martín en dárselo a entender otro día, se empezaron a desnudar.
Don Jaime, ya retirado a otra cuadra en donde dormía, con la pasión, como él había dicho, de traer a la memoria los naufragios de su vida, se empezó a pasear por ella, dando suspiros y golpes una mano con otra, que parecía que estaba sin juicio.
Estando en esto, Dios, que no se olvida de sus criaturas y quería, habiendo ya dado (como luego se verá) el premio a Elena de tanto padecer, que no quedase el cuerpo sin honor, ordenó lo que ahora oiréis: y fue que apenas se habían recogido todos, cuando la negra, que acostada estaba, empezó a dar grandes gritos diciendo: «¡Jesús, que me muero, confesión!», y llamando a las criadas por sus nombres, a cada una decía que le llamasen a su señor.
Alborotáronse todas, y entrando donde la negra estaba la hallaron batallando con la cercana muerte. Tenía el rostro y cuerpo cubierto de un mortal sudor, y tras esto con un temblor, que la cama se estremecía, y de rato en rato se quedaba amortecida, que parecía que ya había dado el alma, y luego volvía con los mismos dolores y congojas a temblar y sudar a un tiempo.
Viendo pues que decía que le llamasen a su señor, que le importaba hablarle antes de partir de este mundo, le llamaron, y así él como don Martín y su compañero habían, al alboroto de la casa, salido fuera, y entrando todos tres, y algunos de los criados que vestidos se hallaron, en donde la negra estaba, notó don Martín la riqueza de la cama en que la abominable figura dormía, que era de damasco azul, goteras de terciopelo con franjas y flecos de plata, que a la cuenta juzgó ser la cama misma de Elena, que hasta de aquello la había hecho dueña el mal aconsejado marido.
Así que la negra vio a su señor, le dijo:
—Señor mío, en este paso en que estoy no han de valer mentiras ni engaños; yo me muero, porque a mucha priesa siento que se me acaba la vida, yo cené y me acosté buena y sana, y ya estoy acabando; soy cristiana, aunque mala, y conozco, aunque negra, con el discurso que tengo, que ya estoy en tiempo de decir verdades, porque siento que me está amenazando el juicio de Dios; y ya que en la vida no le he temido, en la muerte no ha de ser de ese modo; y así te juro, por el paso riguroso en que estoy, que mi señora está inocente y no debe la culpa por donde la tenéis condenada a tan rigurosa pena; y que no me perdone Dios si cuanto dije no fue testimonio que la levanté, que jamás yo la vi cosa que desdijese de lo que siempre fue, santa, honrada y honesta; y que su primo murió sin culpa: porque lo cierto del caso es que yo me enamoré de él y le andaba persuadiendo fuese mi amante, y como veía que siempre hablaba con mi señora y que a mí no me quería, di en aquella mala sospecha que se debían de amar, pues aquel día mismo que tú viniste, riñendo mi señora conmigo, la dije no sé qué libertades en razón de esto, que indignada de mi libertad, me maltrató de palabra y obra, y estándome castigando entró su primo, quien, sabido el caso, ayudó también a maltratarme, jurando entrambos que te lo habían de decir, y yo, temiendo tu castigo, me adelanté con aquellas mentiras para que tú me vengases de entrambos, como lo hiciste; mas ya no quiere Dios que esté más encubierta mi maldad; ya no tiene remedio lo hecho: lo que ahora te pido es que me perdones y alcances de mi señora lo mismo, para que me perdone Dios, y vuélvela a su estado, porque por él te juro que es sin culpa lo que está padeciendo.
—Sí haré —dijo a esta última razón don Jaime, los ojos bermejos de furor—: este es el perdón que tú mereces, engañadora y mala hembra, y pluguiera a Dios tuvieras más vidas que esa que tienes para quitártelas todas.
Y diciendo esto se acercó de un salto a la cama, y sacando la daga, la dio tres o cuatro puñaladas, o las bastantes para acelerar más presto la muerte. Fue hecho el caso con tanta presteza que ninguno lo pudo prevenir ni estorbar, ni creo lo hicieran, porque juzgaron bien merecido aquel castigo.
Saliose, hecho esto, don Jaime fuera, y muy pensativo se paseaba por la sala, dando de rato en rato unos profundos suspiros. A este tiempo llegó don Martín, y muy contento le dijo:
—¿Pues cómo, señor don Jaime, en día de tanta alegría, en que habéis ganado honor y mujer, pudiendo hacer cuenta que hoy os casáis de nuevo con la hermosa Elena, hacéis extremos; y el tiempo que habéis de gozaros en sus brazos le dejáis perder? No tenéis razón; volved en vos y alegraos como todos nos alegramos; dad acá esa llave y saquemos esta triste e inocente señora.
Aquietose algo el pobre caballero y sacando la llave, la dio a don Martín, el cual, abriendo la estrecha puerta, llamó a la dama diciendo:
—Salid, señora Elena, que ya llegó el día de vuestro descanso.
Y viendo que no respondía, pidió le acercasen la luz, y decía bien, que ya Elena no la tenía, y entrando dentro, vio a la desgraciada dama muerta, echada sobre unas pobres pajas, los brazos en cruz sobre el pecho, la una mano tendida, que era la izquierda, y en la derecha, formada con sus hermosos dedos, una perfecta cruz; el rostro, si bien flaco y macilento, pero tan hermoso como un ángel, y la calavera del desdichado e inocente primo junto a la cabecera, a un lado.
Fue tan grande la compasión que le sobrevino al noble don Martín que se le arrasaron los ojos de lágrimas, y más cuando llegó y tentándola la mano, vio que estaba fría, que a la cuenta, así como desde su penosa cárcel debió de oír a su marido contar su lastimosa historia, fue su dolor tan grande que bastó lo que nunca pudo alcanzar la penosa vida que pasaba, viendo el crédito que daba a tan grande engaño, a acabarle la vida.
Viendo pues que ya no había remedio, después de haberle dicho con lágrimas el buen don Martín:
—Dichosa tú, Elena, que ya acabaste con tu desgraciada suerte; y desdichada en que siquiera no supieras cómo ya el cielo volvió por tu inocencia, para que partieras de este mundo con algún consuelo.
Llamó a don Jaime, diciendo:
—Entrad, señor, y ved de lo que ha sido causa vuestro cruel engaño: entrad, os suplico, que para ahora son las lágrimas y los sentimientos, que ya Elena no tiene necesidad de que vos le deis el premio de su martirio, pues ya Dios se le ha dado en el cielo.
Entró don Jaime alborotado y con pasos descompuestos, y como vio a Elena de la suerte que estaba, llorando como flaca mujer el que había tenido corazón de fiera, se arrojó sobre ella y besándole la mano decía:
—¡Ay, Elena mía, y cómo me has dejado! ¿Por qué, señora, no aguardabas a tomar venganza de este traidor, que dio más crédito a una falsedad que a tus virtudes? Pídesela a Dios, que cualquier castigo merezco.
Don Martín, viéndole con tanta pasión, acudió advertido a quitarle la daga que tenía en la pretina, temiendo no hiciese alguna desesperación; y es lo cierto que la hiciera, pues echando la mano a buscarla y no hallándola, empezó a darse puñadas y arrancarse las barbas y cabellos, y a decir muchos desaciertos.
Acudieron todos llorando y casi por fuerza le sacaron fuera; mas, por cosas que hacían, no le pudieron aquietar hasta que rematadamente perdió el juicio, que sobre las demás lástimas vistas, esta echó el sello; y cuantos estaban presentes, soltando las riendas al dolor, daban gritos como si a cada uno le faltara la prenda más amada de su alma, en particular las doncellas y esclavas de la difunta Elena, que cercadas la tenían llorando y diciendo mil lastimosas razones, abonándola y publicando su virtuosa vida, quienes, por no haberlas querido su señor oír, no lo habían hecho antes.
Viendo don Martín la confusión, mandó que las mujeres se retirasen adentro, y por fuerza entre él y los criados llevaron a don Jaime a su cama y le acostaron, atándole por que no se levantase y se arrojase por alguna ventana, que ese era su tema, que le dejasen quitarse la vida para ir donde estaba Elena, mandando a dos criados no se apartaran de él ni le dejaran solo.
Informose si don Jaime tenía algún pariente en la ciudad, y diciéndole tenía un primo hermano, hijo de una hermana de su madre, caballero rico y de mucha calidad y nobleza, despachó luego uno de los criados con una carta para que viniese a disponer lo necesario en tantos fracasos; y sabido el caso por don Alejandro, e informado de todo, él y su mujer, con mucha gente de su casa, así criados como criadas, con otros caballeros que supieron el caso, vinieron al castillo de don Jaime, donde hallando tantas lástimas, todos juntos lloraban de ternura, y más de ver a Elena que cada hora parecía estar más hermosa.
Sacáronla de donde estaba, que hasta entonces no había consentido don Martín tocar a ella, y puesta en una caja que se mandó traer de la ciudad, después de haber enterrado a la negra, que parecía un retrato de Lucifer, allí, en la capilla del castillo, con don Jaime, el cuerpo de Elena y todo lo demás de hacienda y gente se vinieron a la ciudad a casa de don Alejandro, y don Martín y su camarada con ellos, a quienes todos hacían mucha honra; y después de sepultada Elena con general sentimiento, se trató con médicos afamados dar remedio a don Jaime; mas no fue posible. Allí estuvo don Martín un mes aguardando si don Jaime se aliviaba, y visto que no tenía remedio, despedido de don Alejandro, se embarcó para España, y tomando próspero puerto llegó a la corte.
Visto por Su Majestad las ocasiones en que le había servido, se lo premió como merecía; y llegando a Toledo se casó con su amada prima, con quien vive hoy contento y escarmentado en el suceso que vio por sus ojos, para no engañarse de enredos de malas criadas y criados; y en las partes que se hallaba contaba el suceso que habéis oído de la misma manera que yo le he dicho, donde con él queda bien claramente probada la opinión de que, en lo que toca a la crueldad, son los hombres terribles, pues ella misma los arrastra de manera que no aguardan a segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión lo son.
Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que, siguiendo sus locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que infamen a todas, no mereciéndolo? Y es bien advertir que, en la era que corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres que ni con el sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos.
Aquí dio fin la hermosa Filis a su desengaño, enterneciendo a cuantos le oyeron la paciencia con que había Elena llevado su dilatado martirio; y los galanes, agradecidos a la cortesía que Filis había tenido con ellos, la dieron corteses agradecimientos; y todos, dando cada uno su parecer, gastaron alguna parte de la noche, que ya iba caminando con apresurado paso a su albergue, para dar lugar al día, que asimismo venía caminando a toda diligencia; y esto fue en tanto que sacaban una costosa y bien dispuesta colación que, por ser tan tarde, no quiso Lisis que fuera cena, quedando avisados que se juntasen el día siguiente más temprano, porque tuviesen lugar después de dichos los cuatro desengaños, de recibir un suntuoso banquete que estaba prevenido.
Con esto se dio fin a la noche, cantando doña Isabel y los músicos estas canciones:
Como Tántalo muero,
El cristal a la boca,
Y cuando al labio toca,
Y que gustarlo quiero,
De mí se va apartando,
Sin mirar que de sed estoy rabiando.
¿Hurté yo la ambrosía,
Oh Júpiter airado,
Por qué me has castigado
Con tanta tiranía?
¡Ay, qué rigor tan fiero,
Que estando junto al bien, por el bien muero!
¡Ay, pensamiento mío!
¿Qué te han hecho mis ojos
Que, colmados de enojos,
Es cada cual un río?
¡Y tú, sordo a mis quejas,
Sin dolerte su mal, llorar los dejas!
NOCHE SEXTA.
DESENGAÑO SEXTO.
AMAR SOLO POR VENCER.
Cuando dio fin la música, ya la hermosa Matilde estaba prevenida para referir su desengaño, bien incierta de que luciese como los que ya quedaban dichos; mas ella era tan linda y donairosa, que solo sus gracias bastaban a desengañar a cuantos la miraban, de que ninguno la merecía; y así, cuando no fuera su desengaño de los más realzados, la falta de él supliera su donaire; y viendo que todos suspensos callaban, dijo así:
—Cierto, hermosas damas y bien entendidos caballeros, que cuando me dispuse a ocupar este asiento, dejé a la puerta prevenida una posta, y ya traigo las espuelas calzadas; porque el decir verdad es lo mismo que desengañar: y en el tiempo que hoy alcanzamos, quien ha de decir verdades ha de estar resuelto a irse del mundo, porque si nos han de desterrar de él los que las escuchan, más vale irnos nosotros; pues la mayor suerte es vencerse uno a sí mismo, que no dejarse vencer de otros.
De esto nació el matarse los gentiles, porque como no alcanzaban la inmortalidad del alma, en cambio de no verse abatidos y ultrajados de sus enemigos, no estimaban la vida, y tenían por más hermosa victoria morir a sus mismas manos que no a las de sus enemigos; y de esta misma causa nace hoy el decir mal los hombres de las mujeres, porque los desengañan, si no con palabras, con las obras.
Hablo de las que tratan de engañar y de desengañar; los hombres fueron los autores de los desengaños; historias divinas y humanas nos lo dicen, y aunque pudiera citar algunas, no quiero, porque deseo granjear nombre de desengañadora, mas no de escolástica; que ya que los hombres nos han usurpado este título con debilitarnos más de lo que la naturaleza nos afeminó; y ella, si nos dio flacas fuerzas y corazones tiernos, por lo menos nos infundió el alma tan capaz para todo como la de los varones; y supuesto esto, gocen su imperio, aunque tiranamente adquirido, que yo por lo menos me excusaré de cuestiones de escuela.
Digo, en fin, que como las mujeres vieron que los hombres habían de más a más inventado contra ellas los engaños, hurtáronles no el arte sino el modo. Entra un hombre engañando (como es la verdad, que todos lo saben hacer bien), la mujer finge engañarse, y cuando ve que ya el hombre trata de deshacer el engaño, adelántase a ser la primera.
¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida: ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos, y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela, progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir, tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.
Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias; tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo: no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y solicitud.
Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos, pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito, conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus padres.
Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados, no se conocía de todo punto su falta.
En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.
Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada, antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones de pasarle, que él se pasa bien por la posta.
Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión, porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los pagaba con un descuidado descuido.
Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido, dijo:
—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.
La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le respondió:
—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido algunos meses en casa de don Bernardo.
—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me acordaba.
—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa misma calle.
—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser buena?
—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las criadas.
—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.
—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma el arpa y canta, que no parece sino un ángel.
—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.
—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo, porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía mil letrillas.
Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a cuantos le veían.
Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que se había despedido una.
Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor, y que siendo música la recibirían al punto.