SEGUNDA PARTE. (continued 6)
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Era la señora Marieta muy hermosa y niña, aunque casada con un primo suyo; y lo que mejor tenía era ser muy virtuosa, y vivía con su padre. Con esta señora trabó doña Blanca grande amistad, cobrándose las dos tanto amor que, si no era para dormir, no se dividía la una de la otra, comunicando entre ellas sus penas; que gustos tenían tan pocos que no las cansaba mucho el contarlos, porque tan poco estimaba su esposo a la señora Marieta como el príncipe a doña Blanca.
Tenía el príncipe un paje, mozo, galán, y que los años no pasaban de diez y seis, tan querido que trocara su esposa el agasajo suyo por el del paje; y él tan soberbio con la privanza que más parecía señor que criado: él tenía cuanto el príncipe estimaba, con él comunicaba sus más íntimos secretos, por él se gobernaba todo, y él tan desabrido con todos, que trataban de agradarle más que al príncipe.
Pues como doña Blanca muchas veces preguntaba qué hacía su esposo y la respondían que estaba con Ernesto (que este era su nombre), y algunas, que o por burlas o veras la decían que más quería a su paje que no a ella, fue causa para que Ernesto aborreciese a doña Blanca de suerte que lo mostraba no solo en el desagrado con que siempre la asistía, si era necesario, mas en responderla en varias ocasiones algunas libertades; y doña Blanca asimismo le aborrecía, por tener por seguro que servía de tercero en algunos amores que debía de tener el príncipe, y que de esto nacía la libertad y soberbia del paje.
Con este pensamiento dio en ser celosa, con que se acabó de perder; porque ella se desagradaba declaradamente de las cosas de Ernesto, hablándole con sequedad y despego, y él con libertad y desenvoltura, llegando doña Blanca y el príncipe a tener sobre esta causa muchos disgustos, y todo por hallarse menos querida de su esposo y más odiada de Ernesto, y aun de su suegro, que muchas veces oía de él palabras muy desabridas.
No la llamaban por su nombre, sino la Españoleta; y aunque doña Blanca volvía por sí, no consintiéndose perder el respeto, la valía poco; porque todos eran sus declarados enemigos, sin que tuviese ninguno de su parte, supuesto que los criados que tenía españoles estaban tan oprimidos y mal queridos como ella.
Era doña Blanca excelentísima música, y cantaba divinamente, no teniendo necesidad de buscar los tonos que había de cantar, porque el cielo la había dado la gracia de saberlos hacer; y más en esta ocasión, que como tenía caudal de celos, lo hacía con más sentimiento. Con ellos, pues, alentaba su natural, y así un día que la señora Marieta pidió cantase alguna cosa de las que hacían a su celosa pasión, cantó este romance que había hecho, y le diré aquí porque fue causa de un gran disgusto que tuvo con su esposo:
¿Qué gusto tienen tus ojos
De ver los ojos, que un tiempo
Dueños llamaron los tuyos,
Dos copiosas fuentes hechos?
¿Qué gusto te da saber
Cuán poco ocupan el sueño;
Pues ellos están llorando,
Cuando los tuyos durmiendo?
Muy a mi costa les quitas
El imperio que tuvieron;
Mas tú te llevas la gloria,
Y ellos pasan los tormentos.
No sé cómo es este enigma,
Que la nieve está en tu pecho,
Y sin que en él se deshaga,
Ya se destila por ellos.
Mas ya llego a conocer
De aquesta duda el secreto,
Que otro fuego te deshace,
Y resulta el daño en ellos.
¡Que entre las muertas cenizas
De aquel tu pasado incendio,
No guardases una brasa
Que reviviese algún tiempo!
Si tienes el corazón
Hecho para mí de hielo;
Acércate, ingrato, al mío,
Que presto será deshecho.
Mira que al fuego que ardes
Es un aparente fuego,
El mío no, que es amor,
Y es su calor verdadero.
No sé cómo un pecho noble
Puede vivir satisfecho,
Cuando ve una alma rendida
Tirar los golpes violentos.
No te acabo de entender,
Ni a mí misma no me entiendo;
Solo entiendo que te adoro,
Solo entiendo que padezco.
Mis lágrimas te endurecen,
Y viene a ser caso nuevo,
Caer sobre el hielo el agua,
Y no dejarle deshecho.
Solo en ti, porque yo muera,
Permite amor tal extremo;
Pues debieras conocer
Que me pierdes si te pierdo.
Seguro estoy que tendrás
Quien te quiera; pero advierto
Que quien te quiera hallarás;
Mas no más que yo te quiero.
Muy avaro estás conmigo,
Muy pocos gustos te debo,
Que aun por negarme el cariño,
Siempre estás fingiendo sueño.
Frío me dijiste ayer
Que tenías: alto cuento;
¿Pues cuándo tienes calor
Para darme a mí consuelo?
No me mates tan aprisa,
Hasta que me maten celos;
Penas, que cuando hay amor,
Son más que las del infierno.
Disimula las tibiezas,
Que, si no amor, es respeto;
No te precies de cruel
Cuando de tuya me precio.
Di a la Circe que te encanta
Algo de lo que merezco;
Y pídele facultad
Para no ser tan grosero.
¿Quién me dijera algún día
Esta ingratitud que veo?
¡Ah, finezas de hombre ingrato,
Y cómo en humo se fueron!
Yo me acuerdo cuando el sol
Te halló en la calle, viniendo
Más de alguna vez a ver
Lo que estás aborreciendo.
Y veo que ahora estás
Tú reposando en el lecho;
Y yo sintiendo y llorando
Tu tibieza y mi desprecio.
Pues espero que algún día
Te ha de castigar el cielo,
Y que la misma que estimas
Ha de ser el instrumento.
Y entonces conocerás
Lo que tienes en mi pecho.
Que cual pelícano está
Para regalarte abierto.
Y aún estás tan riguroso,
Tan ingrato y tan severo,
Que no conservas mis brazos,
Por si te faltan aquellos.
Mis penas me han de matar,
Porque ya mi sufrimiento
Está tan falto de fuerzas
Que casi a vivir no acierto.
No es gran victoria matarme,
Cuando ves que estoy muriendo
A manos de tu rigor
Y a la fuerza de mis celos.
Préciate de tu crueldad,
Cantarás como otro Nero,
Viendo que se abrasa el alma
En donde tienes tu imperio.
¡Oh si estuviera en mi mano
Aborrecerte! Aunque pienso
Que, en lugar de castigarte,
Lisonja te hubiera hecho.
Mas es carácter del alma
El amor con que te quiero;
Pues quien desea imposibles
No podrá lograr su intento.
Mas si piensas ostentar
El rigor de que me quejo,
Morir a fuerza de agravios
Será el último remedio.
Así canta y llora Blanca,
Mas no la escucha su dueño,
Que lágrimas en ausencia
Son de muy poco provecho:
Y más con un ingrato,
Que en otra más dichosa está adorando:
Y aunque la ve llorar no se enternece,
Porque es cruel, y lágrimas no siente.
No acertaba en nada doña Blanca, aunque fuese la más acertada, porque como era mal recibida, enfadaba de todas maneras; y así, entrando a este punto el príncipe y su padre que venían de fuera, como a los últimos versos decía que sería el último remedio el morir, respondió:
—Así será, que de otra manera no me puedo librar de tus enfados.
Y prosiguiendo con grandísimo enojo, dijo:
—¿Qué locuras o qué mentiras son estas, Blanca, que así en verso y prosa, con achaque y color de lamentarte, estás diciendo contra mí? ¡Qué!, ¿no basta en secreto cansarme y atormentarme con ellas, sino que cantando las publicas? Cansadísimas mujeres sois las españolas, gran castigo merece el extranjero que mezcla su sangre con la vuestra.
A esto, como doña Blanca estaba cierta de que había sido, como quien la tenía tan ilustre, mayor su engaño que no el del príncipe, respondió con brío:
—Mayor le merece la española, que entendiendo viene a ser señora, deja su patria, donde lo es, por hacerse esclava de quien no la merece.
—No seáis atrevida, doña Blanca —respondió el suegro—, que os cortaré yo las alas: ¿con qué soberbia os remontáis, que no sé yo cómo pensasteis vos, ni vuestro linaje, llegar a merecer ser esposa de mi hijo?
Finalmente, por no cansar, diciendo los unos y respondiendo los otros, se encendió el suegro de suerte que el príncipe se descompuso con doña Blanca, no solo de palabras, mas de obras, maltratándola tanto que fue milagro salir de sus manos con la vida, y esa se la pudo deber, después de Dios, a la señora Marieta, que con su autoridad puso treguas, aunque no paces; al disgusto de este día, pasándose muchos que ni el príncipe la vio, ni doña Blanca se levantó de la cama; mas al cabo tuvieron fin estos enojos, haciéndose las amistades, no sé si para mayor enemistad; porque doña Blanca quedó, como tan gran señora, descontenta con el desprecio pasado, y el príncipe menos cariñoso que antes; porque entre la vulgaridad, estas rencillas entre casados, en llegando a acabarse los enojos, no se acuerdan más de ellas; mas en la grandeza de los señores es diferente, que aunque sean casados, tienen duelo; y así se lo decía doña Blanca a doña María, pues aunque amaba ternísimamente a su esposo, todas las veces que le veía le salían al rostro los colores que habían puesto en él sus atrevidas manos.
Sucedió dentro de pocos meses un caso, el más atroz que se puede imaginar, y fue, en primer lugar, amanecer dentro del mismo palacio una mañana muerto a puñaladas un gentilhombre de la señora Marieta, que le daba la mano cuando salía fuera, mozo de mucha gala y nobleza; y luego, pasados dos días, en que aún no estaba moderado el sentimiento que tuvieron de esta violenta y desaliñada muerte la señora Marieta y doña Blanca, y más viendo que el príncipe viejo no había consentido hacer las diligencias que fuera muy justo en un suceso tan desastrado, antes mandó que no se hablase más en ello, por donde se pensó que había sido hecho por gusto suyo: como digo, dentro de dos días envió su padre a llamar a su cuarto a la señora Marieta, que fue al punto, y entrando donde estaba, le halló con su esposo y primo.
No se pudo saber lo que entre ellos pasó, más de que se cerraron las puertas del cuarto se oyó por un espacio llorar a la señora Marieta, después de esto llamar a Dios, y luego quedar todo en silencio; y fue que, a lo que después se vio, tenían atado al espaldar de una silla un palo, y haciéndola sentar en ella, su propio marido delante de su padre la dio garrote, que esta tan cruel sentencia contra la hermosa y desgraciada señora salió de acuerdo de los dos, suegro y yerno; y de más de una hora que habían estado hablando a solas, no se pudo saber nada; y solo se sospechó por haber muerto a su gentilhombre, que sería por algún testimonio, porque la señora Marieta era tan noble y tan honesta que no se podía pensar de ella liviandad alguna, si ya no la dañó el ser tan noble y el amar tanto a doña Blanca, que en todas ocasiones volvía por ella. En fin, murió apenas de veinte y cuatro años, siendo el juez su padre y el verdugo su mismo esposo.
Estaba doña Blanca cuidadosa de qué haría allá dentro la señora Marieta, que ya sabía de sus damas que había sido llamada por su padre; y no habiéndose hasta medio día abierto la puerta de la sala donde se había ejecutado la cruel maldad, que era en la que comía, entraron, y como se abrió, los criados pusieron las mesas; mas aunque vieron el triste espectáculo, ninguno hablaba, porque se lo habían así mandado o porque todos eran unos.
Vino el príncipe de fuera, que no se halló al lastimoso caso ni le sabía, que fuera cierto no lo consintiera o la salvara, porque amaba mucho a su hermana y no era el que había sentido menos la muerte del gentilhombre.
Venido pues, avisaron a doña Blanca saliese a comer, como lo hizo bien apriesa por ver si veía a la señora Marieta y saber qué enigmas eran los que en aquella casa pasaban, y sucedió que a un mismo tiempo entraba el príncipe por una puerta y doña Blanca salía por otra que correspondía a su cuarto, que también había estado cerrada hasta entonces, con otras dos más adentro; y así que vio el triste cadáver, diciendo «¡Jesús sea conmigo!» cayó de un mortal desmayo.
Sus damas, que con ella habían salido, aunque bien desmayadas de lo que presente veían, acudieron; y el príncipe, que, como digo, había entrado al mismo tiempo, viendo por una parte a su hermana muerta, por otra a doña Blanca desmayada, y a su padre y cuñado sentados a la mesa, no hay duda sino que traspasado de dolor y asustado de un caso semejante, con el color mortal acudió a doña Blanca, diciendo a su padre:
—¿Qué crueldades son estas, señor, o qué pretendes de esta triste española, que la has llamado para que vea tan lastimoso caso?
A lo que respondió el padre:
—Calla, cobarde, que más pareces hijo de algún español que no mío, que luego te dejas vencer de hazañerías españolas.
Retiraron las damas a doña Blanca a su cámara, acompañándola el príncipe, que no quiso sentarse a comer con su padre; antes mostrando tierno sentimiento de la muerte de su hermana y mal de su esposa, asistiendo a los remedios que se le hacían para tornarla en sí; al cabo de una hora, creyendo todos era muerta y llorándola por tal, cobró el sentido con tantos suspiros y lágrimas que enterneciera a un mármol, y viendo al príncipe que la tenía por una de sus hermosas manos, alentándose lo más que pudo, le dijo:
—¿Qué quiere, señor, de mí vuestro padre, o qué es su pensamiento, que ya que hizo una crueldad como la que hoy ha hecho en su hija, siendo tan santa, honesta y virtuosa, me mandase llamar para que la viese?
Si es que me quiso dar ejemplo, no hay para qué, supuesto que mi real sangre y mi honor no le han menester, por ser todo como mi nombre; demás que en el de la señora Marieta vuestra hermana, por ser más puro que el sol, no hay que poner dolo, que para mí más la ha muerto la malicia que no la razón.
Si es que ni vos ni él os halláis bien conmigo, enviadme a España con mi hermano, que yo os doy palabra que, en deshaciendo Su Santidad el matrimonio y llegando a ella, me entraré religiosa, pues no será muy dificultoso romper un lazo que tan dulcemente nos aprieta.
No la dejó la pena decir más, de lo cual el príncipe, enternecido, la consoló, asegurando estar él tan ajeno de lo que había pasado con su hermana como ella; mas que creyese que, pues su padre y esposo se habían determinado a tal crueldad, que alguna secreta y bastante causa los obligaría, y con algunas tibias caricias comió con ella, y dejándola más quieta, a su parecer, se fue, porque le llamó Ernesto su privado.
Ido el príncipe, llamó doña Blanca a doña María y la mandó que trajese un escritorio donde ella tenía sus más ricas y preciosas joyas, y que llamase a todas las damas que habían venido con ella de España, que eran seis, pues todas las demás eran flamencas, y habiéndolas mandado cerrar la puerta, llorando con mucha terneza, les dijo:
—Ya he visto, queridas amigas mías, en el cruel y desastrado suceso de la señora Marieta que mi muerte no se dilatará mucho, porque quien con su hija ha sido tan cruel, mejor lo será conmigo, y más con el poco amparo que tengo en mi esposo; y por si me cogiere de susto como a ella, no quiero que quedéis sin algún premio del trabajo que habéis tomado por acompañarme, dejando vuestra patria, padres y deudos; y así, estas joyas que ahora os daré traedlas siempre con vosotras en parte donde no os las vea nadie, para que si Dios os volviere a España, sacándoos de entre estos enemigos, tengáis con que tomar estado: toma tú, doña María, esta cadena y collar de diamantes, y esta sarta de perlas, que era de mi madre, que bien vale todo dos mil escudos, y cásate con don Gabriel, pues yo hasta ahora, por mis desdichas, no he podido cumplir lo que te prometí; y dichosa tú, que tendrás marido de tu natural, y no como yo, que me entregué a un enemigo; y vosotras, estas que quedan las podréis repartir entre todas, y perdonadme que no vale más mi caudal, que de otra suerte os pensé yo pagar lo que me habéis servido.
Dicho esto, dándole todas mil agradecimientos, llorando como si ya la vieran muerta, pidió recado de escribir y escribió una carta a su hermano, dándole cuenta de lo que pasaba, y después de cerrada la dio a doña María, para que de su parte dándola a don Gabriel, le mandase la despachase a España con persona confidente, y abrazándolas a todas les dio su bendición, besándole ellas las manos.
Cuatro días estuvo doña Blanca en la cama, mientras se dio sepultura a la señora Marieta, al cabo de los cuales se levantó tan cubierta el alma de luto como el cuerpo; porque apenas se le enjugaban los ojos ni se alegraba de nada, ni aun con la vista de su esposo; mas esto no era mucho, porque él estaba tan seco y despegado con ella que daba gracias a Dios el día que no la veía.
De esta suerte pasó más de cuatro meses, estando ya las cosas más quietas, y que parecía que los disgustos estaban más moderados y doña Blanca más consolada: mas, aunque ella estaba con algún descuido, no lo hacía así su fatal desdicha y la estrella rigurosa de su nacimiento, que no le prometía más alegre fin que a sus hermanas; porque en el tiempo que parecía había más quietud quiso ejecutar su sangriento golpe, y así dispuso que una tarde después de comer, no habiendo entrado el príncipe, como solía otras, a dormir la siesta al estrado, extrañando doña Blanca que de la mesa se hubiese retirado a su cuarto, que era en bajo, preguntó a una de las damas flamencas si había salido el príncipe fuera, y respondiéndole que no, y que con Ernesto se había ido a su cuarto; sospechando que tenía en él la dama, causa de sus celos, sacando de un escritorio una llave de que estaba apercibida, que un corazón celoso de todo está prevenido, bajó por una escalera de caracol que de su cuarto correspondía al del príncipe y que jamás se abría; y abriendo despacio y entrando con mucho sosiego por no ser sentida, llegó hasta la cama del príncipe, en que dormía ordinariamente, pues con ella por gran milagro, y halló... ¿qué hallaría?
Quisiera, hermosas damas y discretos caballeros, ser tan entendida que, sin darme a entender, me entendiérades, por ser cosa tan enorme y fea lo que halló. Vio acostados en la cama a su esposo y a Ernesto, en deleites tan torpes y abominables que es bajeza, no solo decirlo, mas pensarlo.
Doña Blanca, a la vista de tan horrendo y sucio espectáculo, quedó más difunta que cuando vio el cadáver de la señora Marieta, mas con más valor, pues apenas lo vio, cuando más apriesa que había ido se volvió a salir, quedando ellos, no vergonzosos ni pesarosos de que los hubiese visto, sino más descompuestos de alegría, pues con gran risa dijeron:
—Mosca lleva la española.
Llegó doña Blanca a su cuarto, y sentándose en su estrado, puesta la mano en la mejilla, se estuvo gran espacio de tiempo tan embelesada como si hubiera visto visiones de la otra vida. Llegó, viéndola así, su dama doña María, y puesta ante ella de rodillas, la dijo:
—¿Qué hallaste, señora mía, que tan cuidadosa te veo?
—Mi muerte hallé, doña María —respondió doña Blanca—; y si hasta aquí la veía en sombras, la veo ya clara y sin ellas: bien sé que lo que he visto me ha de costar la vida; y supuesto que ya no se me excusa el morir, ya que esto ha de ser, será con alguna causa o dejaré de ser quien soy.
—¡Ah, señora mía! —dijo doña María—, y como es bueno vivir aunque sea padeciendo, siquiera hasta que tu hermano ponga el remedio a estos trabajos. Y pues desde que le escribiste, dándole cuenta de ellos, tenías su remedio puesto en él, ¿por qué lo quieres aventurar todo? Mejor es disimular, haciéndote desentendida, hasta que venga, como te avisó, a estos estados, y entonces con su amparo podrás mejor ejecutar tu venganza. Muchas veces te he suplicado con muchos ruegos que disimules tu pasión con esta cruel gente, tan poderosos, con ser tan grandes señores, que ni temen a Dios ni al mundo, y ahora te lo vuelvo a pedir con más veras, y ya que no lo quieras hacer por ti, pues no me espanto que tengas con tanto padecer aborrecida la vida, a lo menos por tus tristes criados, que quedaremos sin tu amparo en perpetuo cautiverio, si ya no hacen con ellos lo mismo que tú dices esperas harán contigo.
—Ya no puede ser —dijo doña Blanca—, que si bien juzgo que es verdad lo que dices, lo que yo he visto, sin haber más delito que verlo, me ha condenado a muerte; y supuesto que ya no hay que aguardar, era degenerar de quien soy si entendiese esta infame gente que paso por un mal tan grande. Yo tengo de morir vengada, ya que no en los reos, que esos quedan reservados para ser mis verdugos hasta que la justicia de Dios lo sea suyo, a lo menos en el teatro donde se comete su ofensa y la mía con tan torpes y abominables pecados, que aun el demonio se avergüenza de verlos; y pues el delito que ellos hacen me condena a mí a muerte, no hay que aconsejarme, que servirá de darme enfado y no se conseguirá fruto alguno.
Diciendo esto, sin querer declararse más, dejando a doña María tan confusa como descontenta, sabiendo que el príncipe había salido fuera con su padre y que Ernesto se había quedado escribiendo, en el mismo cuarto de su señor, unos despachos que le habían mandado, bajó a él, y llamando ella misma los criados más humildes, que no quiso que ninguna de sus criadas quedase comprendida en la ejecución de su venganza, mandó sacar la cama al patio y quemarla.
Preguntola el atrevido paje que por qué causa se hacía aquel exceso. A quien respondió doña Blanca que la causa era su gusto, y que agradeciese no hacía en él otro tanto; mas que algún día lo haría, o no sería doña Blanca.
Recogiose con esto a su cuarto a disponerse para morir, que bien sería cierto; porque cuando volvió las espaldas, habiéndole dicho a Ernesto lo que se ha contado, le oyó decir entre dientes:
—Bien harás, española, si puedes; mas no te daré yo lugar para ello.
Como lo hizo, pues apenas vinieron los príncipes, padre e hijo, cuando Ernesto les contó cuanto había pasado, ponderándolo con tales razones que hinchó de venenosa furia los pechos dañados de sus señores, y más el del viejo que, ardiendo en ira, respondió:
—No temas eso, que antes de mañana a estas horas pagará la española atrevida estos excesos.
En fin, se resolvieron a quitarla la vida antes que su hermano llegase, que ya tenían aviso venía a gobernar las armas de aquellos reinos.
Esa misma noche habló doña María a don Gabriel por una reja, por donde otras veces le hablaba, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole cómo, si Dios no la remediaba, era indudable la muerte de doña Blanca; y porque no ejecutasen con él lo mismo, como a quien sabían que doña Blanca estimaba tanto, se escondiese en parte que estuviese seguro hasta ver en qué paraba, pues sus fuerzas ni las de los demás criados españoles no eran poderosas contra tan soberbios y poderosos enemigos, y más estando dentro de su estado; y dándole las joyas que doña Blanca le había dado, se despidió de él con muchas lágrimas, pidiendo a Dios los librase. Don Gabriel al punto, tomando un caballo, se partió sin avisar a nadie, por no alborotar, la vuelta de Amberes, donde si no había llegado, llegaría muy presto el hermano de doña Blanca.
Aquella noche no vio doña Blanca a su esposo ni la llamaron, como las demás, para cenar, en que se conoció la ira que con ella tenían; y por estar más apercibida no se acostó; antes, en siendo de día, como quien tan cierta tenía su muerte, envió a llamar a su confesor y se confesó, recibiendo con mucha devoción el Santísimo Sacramento; y dándole al confesor una cadena y las sortijas que traía en las manos, le dijo se saliese luego de aquel lugar, porque, por ser español, no le iría en él mejor que a ella, y le pidió que si veía a su hermano le dijese por lo que moría.
Hecho esto, se fue a su estrado y, sentándose en él, empezó a platicar con sus damas como si no estuviera esperando la partida de esta vida, pareciéndoles a todas más linda que jamás la habían visto, porque el luto que traía por la señora Marieta la hacía más hermosa.
Así estuvo hasta cerca de media hora, que como los príncipes padre e hijo se vistieron, luego quisieron ejecutar la sentencia contra la inocente corderilla, como ya lo tenían determinado; y entrando los dos con su sangrador y Ernesto, que traía dos bacías grandes de plata, quisieron que hasta en ser él también ministro en su muerte, dársela con más crueldad.
Mandaron salir fuera todas las damas y cerrando las puertas ordenaron al sangrador ejercer su oficio, y sin hablar a doña Blanca palabra, ni ella a ellos, mas de llamar a Dios la ayudase en tan riguroso paso, la abrieron las venas de entrambos brazos para que por tan pequeñas heridas saliese el alma envuelta en sangre de aquella inocente víctima, sacrificada al rigor de tan crueles enemigos. Doña María por el hueco de la llave miraba, en lágrimas bañada, tan triste espectáculo.
A poco rato que la sangre comenzó a salir, doña Blanca se desmayó tan hermosamente que diera lástima a quien más la aborreciera, y quedó tan linda que el príncipe, su esposo, que la estaba mirando, o enternecido de ver la despojada azucena, o enamorado de tan bella muerte, volviéndose a su padre, con algunas señales piadosas en los ojos, le dijo:
—¡Ay señor, por Dios, que no pase adelante esta crueldad!; satisfecha puede estar con lo padecido vuestra ira y mi enojo; porque os doy palabra que, cuanto ha que conozco a Blanca, no me ha parecido más linda que ahora; por esta hermosura merece perdón de su atrevimiento.
A lo que respondió el cruel y riguroso viejo con voz alterada y rigurosa:
—Calla, cobarde, traidor, medio mujer, que te vences de la hermosura y tiene más poder en ti que los agravios; calla, otra vez te digo, muera, que de tus enemigos los menos; y si no tienes valor, repara tu flaqueza con quitarte de delante; salte fuera y no la veas, que mal defenderá ni ofenderá a los hombres quien desmaya de ver morir una mujer: así tuviera a todas las de su nación como tengo a esta.
Y diciendo esto, le abrió la puerta y le hizo salir fuera; a lo que el príncipe, anegado en lágrimas, no replicó: en lo que se conoció que el despego que tenía con doña Blanca le debía ocasionar su padre y Ernesto.
Ido pues el príncipe, se volvió a cerrar la puerta y se prosiguió con la crueldad, asistiendo los dos a ella con ánimo de tiranos hasta que, desangrada, como Séneca, rindió la vida a la crueldad de los verdugos y el alma a su Criador.
Murió la hermosa doña Blanca tan desgraciadamente porque no envidiase la desdicha de sus hermanas, si es don para ser envidiado, dejando bien que llorar en aquellos estados; pues los estragos, que tocaron en crueldades, que el duque de Alba hizo en ellos, fue en venganza de esta muerte.
Dejáronla en el estrado como estaba, y abriendo las puertas que correspondían al cuarto de sus damas y cerrando las de la otra parte, se salieron fuera los ministros de esta crueldad; y así que doña María y las demás pudieron salir donde estaba, no lo rehusaron, antes llorando se acercaron todas a ella, españolas y flamencas, que en el sentimiento tanto lo mostraban las unas como las otras, pues como era tan afable, de todas igualmente era amada: unas la besaban las manos, otras la estremecían, pensando que no estaba muerta, y todas hacían lastimoso duelo sobre el difunto y hermoso cuerpo, y en particular doña María, que se arrancaba los cabellos y se sacaba con sus mismos dientes pedazos de sus manos, diciendo lastimosas ternezas; y es de creer se matara a sí propia si no fuera por no perder el alma.
Así estuvieron hasta la noche, que llevaron el cuerpo de doña Blanca a la bóveda de la capilla del príncipe, para que acompañase al de la señora Marieta; y a doña María y las otras damas españolas a una torre, teniendo a esta hora en otra a los criados españoles, con el confesor, que no había tenido lugar de irse, menos don Gabriel, que la noche antes se había partido, donde estuvieron muchos días, y estuvieran hasta que acabaran si don Gabriel no diligenciara el modo de su libertad, pues así que llegó a Amberes halló allí al hermano de doña Blanca, que había llegado aquel día, y dándole cuenta de lo que pasaba, loco de dolor, juntando la gente de guerra vino contra el príncipe, pensando llegar a tiempo porque, como todos los criados estaban presos, no sabían si se había ejecutado la muerte de doña Blanca, hasta que cerca del estado cogieron uno de la misma ciudad, quien les dijo lo que pasaba, por estar ya público, y también cómo los príncipes, padre e hijo, siendo avisados de su venida, estaban puestos en defensa; mas no les valió, que ellos y muchos de sus valedores pagaron con las vidas la muerte de la inocente doña Blanca, siendo su hermano para ellos fiero león, tal era la mortal rabia que tenía: mas todo esto no fue hecho tan presto que los pobres criados y criadas no estuviesen más de cuatro años presos, pasando mil lacerías y trabajos; mas Dios les guardó en tantas penas la vida para que saliesen a gozar su amada libertad.
También sacaron el cuerpo de doña Blanca para traerle a España, que estaba tan linda como si entonces acabara de morir (señal de la gloria que goza el alma); y las cosas que su hermano hacía y decía eran capaces de enternecer a un mármol.
Don Gabriel y doña María, ya casados, con las demás damas y criados vinieron a traer el hermoso cadáver, donde ya sosegados en su amada patria, tuvieron una hija cuyo nombre fue el mismo de su madre; y esta hija, llegando a edad de tomar estado, por su hermosura casó con un deudo muy cercano de doña Blanca, que fueron mis padres, a quienes juntamente con mis abuelos oí contar esta tan lastimosa historia y verdadero desengaño que habéis oído, y os doy tan larga cuenta de ella porque creáis su verdad, como la contaban los que la vieron con sus mismos ojos.
Vean ahora las damas si hay en este desengaño bien en qué desengañarse, y los caballeros en qué retractarse de su mala opinión de que todas las mujeres padecen culpadas.
Eran a esta ocasión, que dio fin doña Luisa, tan tiernos los sentimientos de las damas y la admiración de los caballeros que, aunque veían que había dado fin, todos callaban, si no era con los ojos, lenguas del alma; hasta que don Juan, viendo la suspensión de todo el auditorio, volviéndose a la hermosa doña Isabel, la dijo:
—Cantad, señora, alguna cosa que divierta esta pasión, para que la señora doña Francisca empiece con otra a renovar nuestra terneza; que yo, en nombre de todos estos caballeros y mío, digo que queda tan bien ventilada y concluida la opinión de las damas desengañadoras, y que con justa causa han tomado la defensa de las mujeres, que por conocerlo así nos damos por vencidos y confesamos que hay hombres que, con sus crueldades y engaños, condenándose a sí, disculpan a las mujeres; y oyendo todos los caballeros lo que don Juan decía, respondieron que tenía razón; con lo cual, sin dar lugar a las damas que moralizasen sobre lo referido, pues veían que los caballeros, rendidas las armas de su opinión, se daban por rendidos a la suya, la hermosa doña Isabel y los músicos cantaron así:
Lástima tengo, ojos míos,
Que estáis ciegos y cansados
A puro sentir desprecios,
Y a puro llorar agravios.
Si ya vivís satisfechos
Que servís a dueño ingrato,
Que el oro de vuestro amor
Le paga con plomo falso.
Y que cuando le aguardáis
Con caricias y regalos,
A pesar de vuestras penas,
Reposa en ajenos brazos.
¿Para qué os atormentáis,
Para qué os estáis cansando,
Si en taza de amargos celos
Os da a beber desengaños?
Si es que lloráis, ojos míos,
Venturas que ya pasaron,
Advertid, que de esas glorias
No hallaréis senda ni rastro.
Y si pensáis restaurar
Lo perdido con el llanto,
Sabed que en agua escribís
Los gustos que ya pasaron.
Cuando más os ve rendidos,
De vosotros no hace caso;
Que tratar mal al humilde
Es condición de tiranos.
Si veis que no se lastima,
Aunque excusa vuestro llanto,
Decidme ya: ¿qué esperáis,
O de qué sirve cansaros?
Más seguro será huir;
Mas responderéis, llorando:
¿Cómo he de huir de la vida,
Cuando la tengo en tus manos?
Mas pues veis que no medráis,
Ojos, buscad nuevo amo;
Con lágrimas respondéis,
No queréis ejecutarlo.
Pues advertid que si amor
Se rinde a nuevos cuidados,
Con quien más le sirve tiene
La condición de villano.
Pues no os podéis engañar,
Aunque queréis disculparos,
Que bien conocéis el daño
De quien es el vuestro esclavo.
Pues sufrir y padecer,
Sujetos a un ciego engaño,
Eso es quitaros la vida
Con tormento dilatado.
Gloriosa vive Castalia,
Vosotros morís rabiando;
¿Pues cómo no echáis de ver
Que es grande hechicero el trato?
¡Ay, cuitados de vosotros,
Qué poco remedio os hallo,
Si no os vais a retraer
Al templo del desengaño!
Pues si esperáis a que el tiempo
Haga en vosotros milagro,
Pasa en los bienes apriesa,
Como en los males despacio.
Decid, ¿qué pensáis hacer?
Mas ya respondéis callando,
Que presos por voluntad,
Jamás la prisión dejaron.
Morir amando,
Que el valiente en la lid
No deja el campo.
NOCHE OCTAVA.
DESENGAÑO OCTAVO.
EL TRAIDOR CONTRA SU SANGRE.
En tanto que duró la música, que todos escucharon con gran gusto, oyendo en este romance trocados los últimos versos de uno que hizo aquel príncipe del Parnaso, Lope de Vega Carpio, cuya memoria no faltará mientras el mundo no tuviere fin, habían trocado asiento doña Luisa y doña Francisca su hermana, que era a quien tocaba el último desengaño de esta octava noche, no muy segura de salir victoriosa como las demás; pero viendo era fuerza, se alentó, y encomendándose a la ventura, comenzó de esta suerte:
—Que los hombres siempre lleven la mira a engañar a las mujeres, no me persuado a creerlo; pues que algunos habrá que con la primera intención, o aficionados a la hermosura, o rendidos al agrado, o engolosinados de la comodidad, amen, esto téngolo por certísimo: que se cansan presto, y cansados, o se entibian, o aborrecen y olvidan, es seguro: mas que hay muchos que engañan, ¿quién lo puede dudar? Pues todas las veces que yo dijere que deseo una cosa, teniéndola, engaño, pues lo que poseo no lo puedo desear; ¿y cómo el casado, teniendo a su mujer, busca otra?
No es respuesta el decir: «Haralo porque es más hermosa, más graciosa o más agradable»; porque le responderé: «Cuando amaste esa, ¿no la hallaste con todas esas gracias? ¿Sí? Pues mírala siempre con ellas, y será siempre una, y no engañes a otra diciendo que la quieres amar y servir. No amas ni sirves a la que tienes en casa, ¿y lo harás a la que buscas fuera?»
Y lo mismo es el galán con la dama, y de estos engaños que ellos hacen, las mujeres dan la causa, pues lo creen; y así no me maravillo que los hombres las condenen.
No quieren los hombres confesar que engañan, que eso fuera preciarse de un mal oficio, antes, publicando buen trato, culpan a las mujeres de que no le tienen bueno; y si los apuran, dicen: «¿Para qué se dejan ellas engañar?» Y tienen razón, que hay mujer que es como el ladrón obstinado, que aunque ve que están ahorcando el compañero, está él hurtando. Ven a las otras lamentarse de engañadas y mal pagadas, y sin tomar escarmiento, se engañan ellas mismas.
¿Por qué yo me he de engañar de cuatro mentiras bien afectadas que me dice el otro, asegurándome que se guardó para mí intacto y puro, sin tener otras ciento a quienes dice otro tanto? Y luego me engaño. Bueno está el engaño. Anda, boba, que tú te engañaste, que a los hombres no se les ha de creer sino cuando dicen: «Domine, non sum dignus».
Aficionose un galán por las nuevas que había oído de una dama, o lo fingía (que era lo más seguro); trató de verla, no lo consintió; dio en escribirla, y ella, por lo galante, le respondía de lo acendrado, de lo cariñoso, de lo retórico, y él siempre hacía sus fuerzas por verla, mas ella lo excusó hasta que el tal hubo de hacer una jornada.
Partió con su deseo, prometiendo la correspondencia, porque él amaba, según decía, el alma y no el cuerpo: a dos leguas no se acordó más de tal amor, mas ella, que, cuerda, conocía el achaque, no había caminado una cuando ya lo tenía olvidado, porque a la treta amarla con treta, que de corsario a corsario no hay que temer.
Esto es, señoras mías, no dejarse engañar, y mientras no lo hiciéredes así, os hallaréis a cada paso en las desdichas en que hoy se hallan todas las que tratan de estos misterios más dolorosos que gozosos.
Lo que siento mal de los hombres es el decir mal de ellas, porque si son buenas, no cumplen con las leyes divinas y humanas en culpar al que no tiene culpa; y si son malas, no es menester decir más mal que el que ellas mismas dicen de sí con sus malas obras; y con esto ellos mostrarán su nobleza, y ellas su civilidad; mas ya me parece que no habrá en eso enmienda, y así, trataremos de salir con nuestra intención, que es probar que hay y ha habido muchas buenas, y que han padecido y padecen en la crueldad de los hombres sin culpa; y dejemos lo demás, porque tengo por sin duda que están ya tan obstinados los ánimos de los hombres contra las mujeres que ha de ser trabajo sin fruto, porque como no encuentran con las buenas, no se quieren persuadir que las hay, y esa es su mayor ignorancia, que si las que hallan a cada paso y a cada ocasión en las calles, por los prados y riscos, de noche y de día, pidiendo y recibiendo, y muchas dando su opinión a precio del vicio, fueran buenas, no las hallaran, y crean que esto es lo cierto; y conociendo en la libertad de su trato lo que son, no se quejen, sino vayan con advertimiento que la que busca, en pasando aquello que halla, buscará otro tanto, y cuando no lo encuentre lo irá a buscar a los infiernos; y de las que buscan a todos no esperen sacar más que agravios, si lo son; porque yo tengo por seguro que el mayor es el que les hicieren en las bolsas, que los demás no lo son, pues saben que aquel es su oficio.
Con esto he dicho lo que siento: lo diré en mi desengaño en razón de la crueldad de los hombres e inocencia de muchas mujeres que han padecido sin culpa.
No ha mucho más de veinte y seis años que en una ciudad de las nobles y populosas de la Andalucía, que a lo que he podido alcanzar es la insigne de Jaén, vivía un caballero de los nobles y ricos de ella, cuyo nombre es don Pedro, hombre soberbio y de condición cruel.
A este le dio Dios (no sé si para sus desdichas) un hijo y una hija, y digo que no sé si fue ventura o desgracia el tenerlos, porque cuando los trabajos no se sienten no son trabajos, que el mal no es mal cuando no se estima por mal, que hay corazones tan duros o tan ignorantes que de la misma suerte reciben el trabajo que el gusto; y si bien dicen que es valor, yo le tengo por crueldad.
El hijo tenía por nombre don Alonso, y la hija doña Mencía; hermosa es fuerza que lo sea, porque había de ser desgraciada; demás que parece que compadece más la desdicha en la hermosa que en la fea; virtuosa era fuerza, siendo noble; amada, ella misma con la afabilidad y noble condición se lo granjearía; deseada y apetecida, ¿qué mujer rica de naturaleza y fortuna no lo es? Pues parece que por lo admirable de ver juntas en una mujer nobleza, hermosura, riqueza y virtud, no solo admira, mas es imán que se lleva tras sí las voluntades; y teníalas doña Mencía tan granjeadas que, no solo en su misma tierra, mas en las apartadas y cercanas tenía su fama jurisdicción, por lo cual había muchos que la deseaban por esposa y se la habían pedido a su padre; mas él, deseoso de que toda la hacienda la gozase don Alonso, teniendo intento de que doña Mencía fuese religiosa, la negaba a todos cuantos le trataban de merecerla dueño.
A quien más apretó el deseo o el amor de doña Mencía fue a un caballero natural de la ciudad de Granada, que asistía en la de Jaén, algunos años había, por haberse venido sus padres a vivir a ella, trayéndole muy pequeño; la causa se ignora, solo se sabía que era abastecido de riquezas en tanta suma que, siendo su padre de los más poderosos de la ciudad, cualquiera de los caballeros de ella, cuando en don Enrique no hubiera las partes de gala, bizarría y noble condición, por solo la hacienda tuvieran a suerte emparentar con él, y la tenían por muy buena en tenerle por amigo, porque hallaban en su liberalidad muchos desahogos para algunas ocasiones de necesidad; siendo de este número don Pedro y su hijo.
Mas como la soberbia de don Pedro predominaba en él más que su nobleza, no hacía dentro de sí mismo la estimación que a don Enrique se le debía, efecto de no desearle como los demás para emparentar con él, y esto nacía de saber no sé qué mancha en la sangre de don Enrique, que don Pedro no ignoraba, que a la cuenta era haber sido sus abuelos labradores, falta que, supuesto que se cubría con ser cristianos viejos y con tanta abundancia de hacienda, no fuera mucho disimularla.
Enamorado de la hermosura y contento con la buena fama de doña Mencía, se atrevió don Enrique a pedírsela a su padre y hermano por esposa, quienes habiéndole respondido que doña Mencía quería ser monja, se halló defraudado de merecerla, y desesperado por amarla; mas como los amantes siempre viven de esperanzas, no la perdió del todo don Enrique, pareciéndole que si llegase a alcanzar lugar en la voluntad de la dama, importaba poco no tener la de su padre; pues, a todo riesgo, como ella quisiese ser su esposa, todo el daño podía resultar en sacarla de su poder, aunque no le diesen dote con ella, pues tenía bastantes bienes para no sentir la falta de que doña Mencía no tuviese sino los de su belleza y virtud.
Y con ese pensamiento se determinó a servir a doña Mencía y ganarla la voluntad hasta conseguir su deseo y salir con su intención, y para esto granjeó la voluntad de un criado de doña Mencía que la acompañaba ordinariamente cuando salía fuera, aunque era pocas veces, por la condición escrupulosa de su padre y hermano; los cuales ya la hubieran encerrado en un convento, temerosos de que ella no se casase, viendo que no trataban de casarla, a no haber visto en doña Mencía poca voluntad a tal estado, y aguardaban a que viéndose encerrada, y no muy querida de los dos, la obligase el aprieto de sus condiciones a elegir el estado que ellos deseaban darle; y si bien don Enrique no ignoraba que doña Mencía tenía otros pretensores que con el mismo intento que él la solicitaban, fiado en su gentileza y riqueza, y en la ayuda que el criado que había traído a sí con dádivas le prometía, dio principio a su pretensión con este papel:
«Mi atrevimiento es grande, mas no mayor que vuestra hermosura, que con esa no hay comparación, sino solo mi amor; forzado de él os he pedido a vuestro padre por esposa, mas he sido tan desgraciado que no le he merecido este bien, diciéndome que os tiene para religiosa. Viéndome morir sin vos, me ha parecido que, si vuestra voluntad me admite, importa poco que me falte la suya, pues no me hizo el cielo tan pobre que tenga necesidad de su hacienda, si acaso por esto desea poneros en el eterno cautiverio de la religión, quitando al mundo el sol de vuestra hermosura y a mí la dicha de merecerla: mi intento es que seáis mi dueño, aunque sea a disgusto suyo. Ya os he dicho cuanto os puedo decir, y si os pareciere atrevimiento, tomad un espejo, mirad vuestra belleza, y me disculparéis. Suplícoos, señora mía, que por ser ingrata conmigo, no seáis cruel con vos, ni aguardéis a que vuestro padre, quitándoos la libertad, me quite a mí la vida.»
No se descuidó el mensajero en dar el papel a su señora, la cual, habiéndole leído, y considerando cuán tiranamente su padre y hermano, por desposeerla de la hacienda, la querían privar de la libertad, desesperada con la pasión y persuadida del criado, que puso todas las fuerzas de su astucia diciéndola lo que ganaba en ser esposa de don Enrique, su riqueza y prendas, aconsejándola no dejase perder la ventura que le ofrecía el cielo, diciéndola que si no se casaba así, no esperase serlo de mano de su padre, porque él sabía bien su intención, que era quitarla la ocasión de que la hacienda, que toda la quería para su hermano, se desmembrase, y otras cosas semejantes.
Pareciéndole a doña Mencía que el yerro de casarse sin gusto de su padre con el tiempo se doraría; agradada de la graciosa persona de don Enrique, a quien había visto muchas veces y tenía particular inclinación, y porque había de ser desgraciada, que es lo más cierto (pues aunque se dice que el sabio es dueño de las estrellas, líbrenos Dios de las que inclinan desgracias, que aunque se teman y se aparte de ellas, es necesaria mucha atención para que no ejecuten su poder), se rindió al gusto de su amante, al consejo de su criado y, lo más cierto, a su inclinación, y a pesar de esta suerte, al gusto de su padre, por ser tan contrario al suyo.
De manera que hallando el amor entradas bastantes en el pecho tierno de la dama, se apoderó de él, empezando desde aquel mismo punto a amar a don Enrique, y a desearle y admitirle por esposo, respondiendo al papel tan a gusto de su amante que, desde ese mismo día, se juzgó en posesión del bien que deseaba; pues, viéndose favorecido, empezó a galantear y servir a doña Mencía con paseos, si bien recatados por no alborotar a su padre y hermano, con regalos y joyas que mostraban su amor y riqueza, con músicas y versos en que era, si no muy acertado, por lo menos no los pedía prestados a otros, todo dispuesto por la orden de Gonzalo (que este era el nombre del criado), tercero de esta voluntad, hablándose algunas noches, después de recogidos todos, por unas rejas bajas que caían a las espaldas de la casa de doña Mencía, y eran de su misma estancia, que por menos paseada aquella calle la tenía su padre en ella, por donde una noche que doña Mencía le escuchaba, cantó don Enrique al son de un laúd estas décimas:
De la memoria los ojos
Se quejan, y con razón,
Porque ella ni el corazón
No gozan de sus enojos:
A la pena dan despojos
Los ojos, pues en no ver
Con eterno padecer
Están; pero la memoria,
Gozando el bien, está en gloria
Porque llega a poseer.
Vieron los ojos el bien,
Mas la memoria ligera
Se le usurpó de manera
Que hace que sin él estén:
Ellos vieron, y no ven;
Ella no vio, y el bien tiene;
Ella cuando el bien no viene,
En sí le goza, y los ojos
Gozan lágrimas y enojos,
Hasta que el ver los despene.
La tabla, que al huésped llama,
Le aposenta y fuera queda,
Son los ojos, sin que pueda
Amor reparar su llama:
Es la memoria la cama
En que vos, señora, estáis;
Mas si a los ojos no dais
Parte del bien, que sois vos,
Yo os juro, mi bien, por Dios,
De que un esclavo perdáis.
No hay cosa que satisfaga
Al mal que sin veros tienen,
Y si los dejáis que penen,
No les dais segura paga:
No permitáis los deshaga
Su continuo padecer,
Pues supieron escoger
Tan divino dueño en vos;
Pagad, señora, a los dos
Lo bien que os saben querer.
Vuestro valor sin segundo
Celoso mi bien me tiene,
Temiendo que habrá quien pene
Por vos como yo en el mundo:
Los celos que tengo fundo,
Señora, en vuestro valor,
Porque si yo os tuve amor
El día que os llegué a ver,
Cualquiera os podrá querer
Que os llegue a ver en rigor.
De justicia, amor pudiera
Pretender esta victoria,
Mas haga misericordia
Lo que justicia pudiera:
De que hallaréis quien os quiera
Yo no lo puedo dudar,
Pero quien os pueda amar,
Dulce dueño, más que yo,
No le hay en el mundo, no,
Ni se ha de poder hallar.
Deidad sois, en quien mis ojos
Adoran de Dios el ser,
Pues que se ve su poder
En tan divinos despojos:
A vuestras plantas de hinojos
Os ofrezco cuanto soy,
Por esclavo vuestro estoy
En el rostro señalado,
El alma que ya os he dado,
Dos mil veces os la doy.
Causó la música (aunque sin ostentación de voces ni instrumentos, más de la que alcanzó del cielo el que la daba) por novedad, admiración en la vecindad; y temía al padre de doña Mencía, que su hermano no estaba en casa, que, como mozo, se recogía tarde, ocupado en sus juegos y galanteos; mas por la primera vez no hizo extremo alguno, considerando en medio de su sospechoso recelo que podía ocasionarla alguna dama de las que había en la vecindad, viendo que su hija parecía vivir descuidada de galanteos y amores: en fin, pasó por esta vez en su duda, porque aunque doña Mencía estaba junto a la reja, no la abrió, oyendo que su padre no dormía, antes muy paso se acostó, y no negoció mal en hacerlo, porque desde que don Enrique empezó a cantar, estaba don Alonso en la calle, que venía a acostarse, mas como en ninguna ventana de su casa vio gente, aunque enfadado, entrándose en ella, no se dio por entendido de su enfado.
Vínose a eslabonar de suerte la voluntad de don Enrique y doña Mencía, ayudados de los consejos y solicitudes de Gonzalo y de una doncella suya, a quien doña Mencía dio parte de su amor, que por la misma reja se hablaban, y delante de los criados se dieron fe y palabra de esposos, con que don Enrique se juzgó dichoso y doña Mencía segura de que su padre la hiciese fuerza para que tomase el estado que deseaba; si bien temiendo la dama la ira de su padre, pidió a su amante que por entonces no se hiciese novedad alguna, hasta ver si su padre mudaba de intención, que se la concedió bien contra su voluntad, porque, como amaba, quisiera verse en la posesión de su amada prenda, lo que era imposible por la condición dicha de su padre y hermano, si no era sacándola de su casa: tanta era la custodia con que la tenían; y aunque causaba algún escándalo en los vecinos de la misma calle verlos hablar de noche por la reja, no se atrevieron a estorbarlo por la soberbia que en padre e hijo conocían, disculpando en parte a la dama por la vida tan estrecha en que la tenían, no saliendo sino a misa, y eso acompañándola su padre o hermano.
Cuando don Enrique se enamoró de doña Mencía tenía una dama casada, más libre y desenvuelta; y como el verdadero amor no permite en el pecho donde se aposenta compañía, al punto que amó a doña Mencía para hacerla su esposa, se olvidó del de Clavela, en tanto extremo que ni verla ni aun pasar por su calle fue posible acabarlo con él.
Clavela, sentida del desprecio y de la falta que la hacían las dádivas y regalos de don Enrique, dio en inquirir y saber la causa, sospechando que nuevos empleos le apartaban de ella, y encomendando el averiguarlo a la solicitud de una criada, no la fue dificultoso, porque siguiéndole de día y de noche vino a saber cómo hablaba con doña Mencía todas las más noches por aquella reja; y conociendo las prendas de la dama, bien conoció que era casamiento, porque por otra vía no se podía entender que caminase aquel amor, y se resolvió a estorbarlo, aunque pusiese a peligro su vida y la de los dos amantes.
¿Qué no intentará una mujer libre y celosa? Pues como tal buscó a don Enrique, viendo que él no la buscaba a ella; y sobre muchos disgustos que acerca del caso tuvieron, viendo que ni con lágrimas ni ruegos, ni con amenazas, le podía volver a su amistad, se determinó a llevarlo por camino más violento: pues aunque don Enrique se lo negó, como ella estaba bien cierta de la verdad, no tuvo atención a más que a vengarse, y la desdicha la dio modo para hacerlo.
Tenía esta dama amistad con unas señoras de la ciudad, madre e hija, de lo bueno y calificado de ella, aunque en su modo de vida no se portaban con la atención competente a su sangre, porque recibían visitas con gran desdoro de su opinión, en cuya casa entraba familiarmente don Alonso, y aun ellas visitaban algunas veces a su hermana; porque aunque por su modo de vida las más principales de la ciudad se negaban a su casa, no las podían impedir venir a las suyas.
En esta casa había visto don Alonso a Clavela, y aun no le había parecido mal, sino que se le había ofrecido por muy suyo, y aun dicho a las expresadas señoras la hablasen de su parte. No ignoraba Clavela ser don Alonso hermano de doña Mencía, y si bien a los principios, creyendo don Enrique volvería a su amistad, se había negado a su pretensión, ya desvalida de todo punto de don Enrique, admitió a don Alonso, no tanto por estar aficionada a él cuanto por entablar su venganza.
Veíase, por causa de su marido, con don Alonso en casa de sus amigas, y un día que todas juntas estaban con don Alonso en conversación, le dijo Clavela que por qué no casaba su hermana, que si aguardaba a que ella se casase sin su gusto y el de su padre.
—No hará Mencía tal —dijo don Alonso—, porque demás de que su virtud y obediencia la asistía siempre, era muy niña y aún no habían llegado a su imaginación esos deseos, que a ser de más edad, ya estuviera en religión.
—¡Qué bueno es eso —respondió Clavela— para lo que sé! Bien dicen que el postrero que lo sabe es el ofendido: pues advierta, don Alonso, que si no está casada, ya anda en eso; y dígolo así porque no es de creer que una dama de la calidad y circunstancias de la señora doña Mencía se atreviera contra su opinión, la de su padre y hermano, a hablar todas las noches por una reja con don Enrique, si no fuera para casarse.
—Mira lo que dices, Clavela —dijo don Alonso—, que si son celos de don Enrique porque entra algunas veces en mi casa, bien puedes tenerlos, y dármelos a mí con saber que aún no estás olvidada de esa voluntad, mas no que pongas dolo en el honor de mi hermana, porque desde mi cuarto al suyo hay mucho, y juraré que las veces que don Enrique entra a buscarme a mí, ni ve a mi hermana ni ella está en tan poca custodia que le vea a él, porque es mi padre quien la vela.
Riose Clavela y las demás, que ya todas estaban puestas en hacer este mal a doña Mencía, y dijo:
—Ni son celos, ni a mí me importa nada don Enrique, que no es sino sentimiento de que se hable mal en la vecindad y otras partes contra el honor de esta señora; las músicas, los paseos, el hablar de noche es tan público que antes dicen que don Alonso y su padre se dan por desentendidos, por casarla sin dote con un hombre tan poderoso como don Enrique. Esto lo saben muy bien estas señoras, y es muy buen modo de tener yo celos, y supuesto que si se toma mi voto, le daré ahora, aconsejando que sería mejor casarlos que no dar motivo a murmuraciones.
La ira y cólera que al instante se excitó en don Alonso, con esto que oyó, fue tan grande que apenas acertó a responderla, y ciego de enojo, tanto de la liviandad de su hermana como del atrevimiento de don Enrique, sin poder disimular su pasión ni las mal aconsejadas mujeres reportarle en ella, pues no pretendían sino incitarle a ella, se despidió y fue a su casa, y apartando a su padre, le dio cuenta de lo que pasaba, y después de varios acuerdos se determinaron a disimular hasta vengarse, teniendo por afrenta que la sangre de don Enrique se mezclase con la suya.
Más de un mes se pasó sin tratarse de nada, en razón de la venganza; porque como don Pedro era hombre mayor, no quiso hallarse a los riesgos de ella; y así, habiendo venido la flota donde le traían cantidad de dineros, diciendo que quería hallarse presente al despacho de ellos en las aduanas de Sevilla, se partió de Jaén llevando consigo a Gonzalo y otros dos criados que había en casa, no quedándole a don Alonso más de un paje que le acompañaba en este tiempo.
Disimuladamente se había don Alonso enterado del galanteo de su hermana, y vístola por sus ojos hablar con don Enrique, el que, si bien no se aseguraba mucho de las amenazas que Clavela le había hecho, amaba tanto a doña Mencía que, sin temer riesgos ni peligros, continuaba en verla, pareciéndole que cuando Clavela intentara hacer algún mal, todo podía parar en sacar la cara y decir que era doña Mencía su mujer: y aun a no impedírselo ella, temerosa de la ira de su padre, ya lo hubiera hecho. En teniendo cartas don Alonso de que su padre había llegado a Sevilla, al punto dio orden de lo que entre ellos había quedado dispuesto.
Mal segura se hallaba doña Mencía y temerosa por ver a su hermano andar desabrido con ella; y no queriendo ya aguardar a algún lance peligroso, un día, acabando de comer, viendo a su hermano que se había ido a su cuarto, se entró en aquella cuadra por donde hablaba a don Enrique, cuya reja caía a las espaldas de la casa, que era donde ella se tocaba, por detrás de la en que ella tenía su cama, y se puso a escribir un papel a su esposo, pidiéndole se viese aquella noche con ella para disponer sus cosas; y acabando de escribirle, don Alonso, que no se descuidaba, y había estado acechando lo que hacía, habiendo enviado al paje de propósito fuera, y dejando cerradas en su mismo cuarto dos doncellas y una criada de cocina que había, amenazándolas con la muerte si chistaban, entró en el aposento de su hermana tan paso, que sin poder prevenir guardar el papel, le cogió cerrándole; y como se le quitó y le leyó, aunque la triste dama quiso disculparse, no le bastó ninguna cosa que en abono suyo intentase decir.
Saliose don Alonso fuera, y cerrándola con llave, se salió a la puerta de la calle, donde se estuvo hasta que vio pasar un clérigo, al cual llamó, diciéndole entrase a confesar una mujer que estaba en grande peligro de muerte.
Hízolo así el sacerdote, y entrando dentro y don Alonso con él, harto espantado de no ver en toda la casa persona alguna, llegaron al retrete, y abriendo don Alonso la puerta le dijo que entrase y confesase aquella mujer que estaba allí, porque al punto había de morir.
Asustose el sacerdote, y dijo que por qué causa quería hacer crueldad semejante.
—Padre —respondió don Alonso—, eso no le toca a usted, ni a mí el darle cuenta por qué la tengo de matar: confesarla es lo que le piden, y si no lo quiere hacer, váyase con Dios, que sin confesar la mataré.
Viendo pues el clérigo la determinación de don Alonso, entró y confesó a doña Mencía, la cual con muchas lágrimas lo hizo, deteniendo al clérigo para entretener algún poco más la vida, como le contó él mismo después.
Acabada de confesar la dama, el sacerdote salió, y con palabras muy cuerdas y cristianas quiso reducir a don Alonso, diciéndole que mirase que aquella señora no debía aquella muerte, por cuanto su delito no pasaba a ofensa, supuesto que no era más que deseo de casarse, sin haber habido agravio ninguno de por medio; que temiese la ofensa de Dios y su castigo.
—Bien estoy en esto, padre —respondió el airado mozo—; yo sé lo que tengo de hacer, y nunca dé consejo a quien no se le pide. Lo que yo le ruego es que en estos ocho días no diga a nadie esto que aquí ha visto; porque si lo contrario hace, le he de hacer menudas piezas.
Temió tanto el clérigo que, no dudando que estaba tan en peligro como la dama, habiéndoselo prometido, no vio la hora de verse fuera de aquella casa, y aun después no acababa de asegurarse si estaba en salvo; por lo cual no se atrevió a dar cuenta del caso hasta que estuvo público.
Ido el sacerdote, don Alonso volvió a entrar donde estaba la desdichada dama, y dándola tantas puñaladas cuantas bastaron a privarla de la vida, se salió, y cerrando el retrete, se dejó la llave en la misma puerta, y luego aguardando a que viniese el paje, le dio el papel de doña Mencía y le mandó se le llevase a don Enrique, diciéndole que dijese se le había dado su señora, y que luego le fuese a buscar a casa de aquellas señoras donde solía ir y que le aguardase allí hasta que él fuese.
Con esto, cerrando la puerta de la casa, se fue a la de un amigo que debía de ser de las mismas mañas que él, a quien pidió le acompañase aquella noche en un caso que se le había ofrecido, y hallando en él la ayuda que buscaba, se estuvo en la misma casa del amigo retirado hasta que fuese hora de ir a él.
Dio el papel de doña Mencía a don Enrique el paje, y habiéndole respondido de palabra dijese a su señora haría lo que le mandaba, se fue donde su amo le había dicho le esperase.
Mucho extrañó don Enrique llevase el paje de don Alonso el papel; porque desde que se había ido Gonzalo a Sevilla, doña Mencía no le escribía sino por una criada, y a no conocer la letra de la dama, casi le pusiera en confusión de algún engaño; mas pensó que alguna gran novedad debía de haber, pues le escribía con diferente mensajero, y no veía la hora de ir a saberlo.
Así que vio que habían dado las once, hora en la que la dama le hablaba, por ser en la que su casa estaba sosegada; solo, porque siempre iba así, aunque apercibido de armas bastantes, se fue a la casa de su dama y llegando a su reja la vio cerrada, porque don Alonso la había dejado así; y haciendo la seña por donde se entendían, como vio que ni a una vez, ni a dos, ni a tres salía, llegó a la reja y paso tocó en ella, y apenas puso la mano, cuando las puertas de todo punto se le abrieron con un grandísimo estruendo, y alborotado con él, miró por ver que en el pequeño retrete había gran claridad, no de hachas ni bujías, sino de una luz que solo alumbraba en la parte de adentro, sin que tocase a la de afuera; y más admirado que antes, miró con más cuidado y vio al resplandor de ella a la hermosa dama tendida en el estrado, mal compuesta y bañada en sangre, que con estar muerta desde medio día, corría entonces de las heridas como si se las acabaran de dar, y junto a ella un lago de sangriento humor.
A vista tan lastimosa quedó don Enrique casi sin pulsos, y a su parecer juzgó que ya el alma se le apartaba del cuerpo, sin tener valor para apartarse ni allegarse; porque todo el cuerpo le temblaba como si tuviera un grande accidente de cuartana; y más fue cuando oyó que de donde estaba el sangriento cadáver salía una voz, muy débil y delicada, que le dijo:
—Ya, esposo, no tienes que buscarme en este mundo, porque ha más de nueve horas que estoy fuera de él; pues aquí no está más de este triste cuerpo sin alma, de la suerte que le miras. Por tu causa me han muerto, mas no quiero que tú mueras por la mía, que quiero me debas esta fineza; y así te aviso que te pongas en salvo y mires por tu vida, que estás en muy grande peligro; y quédate a Dios para siempre.
Y acabando de decir esto, se tornaron las puertas de la ventana a cerrar con el mismo ruido que cuando se abrieron.
Quedó de lo que había oído, sobre lo que había visto, tal don Enrique que, casi tan difunto como su malograda esposa, faltábale de todo punto el ánimo y el valor; y no es maravilla, pues por una parte el dolor y por otra el temor le dejaron poco menos que mortal; tanto que ni moverse de allí ni aun alentar le era posible.
Ya cuando esto sucedió, don Alonso y su amigo estaban en la calle, aunque no sintieron el ruido ni vieron abrir la ventana; mas seguros de que era don Enrique, pensando, como le veían parado, que estaba aguardando que le abriesen; el uno por la una parte y el otro por la otra le vinieron cercando, y cogido en medio, sin poder el pobre caballero defenderse con la turbación que tenía, aunque vio acometerse, ni se pudo aprovechar de una pistola que traía, ni meter mano a la espada; y de dos estocadas que a un tiempo le dieron le tendieron en el suelo, donde caído le dieron veinte y dos puñaladas, y dejándole casi muerto se pusieron en fuga, porque a las voces que dio pidiendo confesión, empezó a salir gente y sacar luces.
En fin, vieron que don Alonso se fue a casa de las ya dichas y el amigo a un convento: la gente que se juntó llegaron a don Enrique y le hallaron sin sentido; y estando trazando el llevarle a su casa, porque de todos era bien conocido, llegó la justicia, y haciendo su oficio, no pudieron averiguar más de que a las voces que aquel caballero había dado, pidiendo confesión, habían salido, y hallándole en el estado que le veían, y revolviéndole, conocieron que no estaba muerto.
En fin, le llevaron a su casa, dando con su vista la pena a sus padres, que era razón tener por ser único, y llamando quien le tomase la sangre, le desnudaron y pusieron en la cama, donde estuvo de este modo hasta la mañana, que volvió en sí, permitiéndolo Dios nuestro Señor para que se supiese el lastimoso fin de doña Mencía; porque aunque la justicia, habiendo llamado a las puertas de don Pedro y no respondiendo nadie, admirados y confusos de ver tanto silencio como en la casa había, quisieron dar orden de romper las puertas, mas no lo hicieron hasta que don Enrique, si volvía, diese su declaración; porque como don Pedro era tan principal y poderoso, todos le guardaban en la ciudad el debido respeto y decoro.
Vuelto en sí don Enrique, y dándole una sustancia, cobrando algo del ánimo perdido, pidió que luego juntamente llamasen al confesor, y al corregidor también, y venidos delante del que le había de confesar, contó al corregidor todo lo que aquella noche le había sucedido, pidiendo se fuese a casa de don Pedro, y rompiendo, si no abrían la puerta, viesen si había sido verdad o alguna ilusión fantástica; si bien por aquel papel que de su esposa había recibido y las heridas que le habían dado, lo tenía por verdad.
Mientras el corregidor fue a averiguar el caso, admirado de lo que contaba el herido, este se confesó y recibió el Santísimo Sacramento, hallándole los cirujanos muy de peligro.
El corregidor y sus ministros fueron a casa de don Pedro; llamaron, y como no respondiese nadie, derribaron la puerta, y entrando, no hallaron a nadie, y yendo de una sala en otra hasta llegar al retrete, que, como he dicho, estaba la llave en la puerta, y abriendo hallaron a la hermosa y desdichada doña Mencía de la misma suerte que decía don Enrique haberla visto: las heridas y sangre que de ellas corría estaban como si entonces se acabaran de dar: junto a ella estaba un bufetillo con recado de escribir, y en unos pliegos de papel, que había encima, estaba escrito:
«Yo la quité la vida, porque no mezclara mi noble sangre con la de un villano.
Don Alonso.»
Visto esto, anduvieron toda la casa por ver si había alguna gente, y en un aposento, al último de otro cuarto que estaba en frente del que acababan de mirar y donde estaba la difunta dama, oyeron dar gritos, y abriendo con la llave que asimismo estaba en la cerradura, hallaron las dos doncellas y la criada de doña Mencía, de quienes no pudieron saber más de que don Alonso, el día antes, habiéndolas llamado, las había encerrado allí, amenazándolas con que si daban voces las había de matar.
Diose orden de depositar el cuerpo de doña Mencía en la parroquia hasta que se determinase otra cosa, y haciendo la justicia sus embargos, como de oficio le tocaba, llamaron a don Alonso a pregones, avisando a Sevilla para que prendiesen a don Pedro; mas él, probando la coartada, de presto le dieron por libre: y tomando por excusa no haber estado en la parte en que había sucedido el fracaso de su amada hija, se quedó viviendo en Sevilla.
Divulgose por la ciudad el suceso y entonces acudió el clérigo que había confesado a doña Mencía a contar lo que le había sucedido.
Don Enrique llegó muy al cabo; mas Dios, por intercesión de su Madre santísima, a quien prometió, si le daba vida, ser religioso, se la otorgó; y así lo hizo, que se entró fraile en un convento del seráfico padre san Francisco, y con mucha parte de su hacienda labró el convento, que era pobre, y una capilla con una aseada bóveda, donde pasó el cuerpo de su esposa; habiendo muchos testigos que se hallaron presentes a su translación, que aseguraron que, con haber pasado un año que duró la obra, estaban las heridas corriendo sangre como el mismo día que la mataron, y ella tan hermosa que parecía no haber tenido jurisdicción alguna la muerte en su hermosura.
Don Alonso, habiendo estado ocho días con su paje escondidos en casa de aquellas damas con Clavela, al cabo de ellos, como estaba bien prevenido de joyas y dineros, que antes de salir de su casa había tomado, dejando al paje durmiendo, se partió una noche la vuelta de Sevilla para despedirse de su padre y caminar a Barcelona, donde tenía determinado embarcarse para pasar a Italia.
El paje, cuando despertó y supo que su amo le había dejado, se salió del encierro, contando por la ciudad como su amo había estado en aquella casa ocho días, y como los había oído hablar de la muerte de su señora y heridas de don Enrique, por lo cual las tales damas estuvieron presas y a pique de darlas tormento; mas donde hay dinero todo se negocia bien.
El amigo de don Alonso, como contra él no había indicio alguno, por estar el secreto entre los dos, en viendo sosegados estos alborotos, salió libremente a la calle.
Don Alonso estuvo con su padre en Sevilla solos dos días, porque como sabía que estaba llamado a pregones y sentenciado en ausencia a cortarle la cabeza, no paró allí más, antes se partió para Barcelona, donde se embarcó y con próspero viaje llegó a la ciudad de Nápoles, donde sentó plaza de soldado, por no dar que decir de que estaba allí sin ocupación alguna; y socorrido largamente de su padre, pasaba una vida ociosa, jugando y visitando damas.
Ayudole a darse tanto al vicio haber tomado amistad con un jenízaro, hijo de español y napolitana, hombre perdido y vicioso, tanto en glotonerías como en lo demás; y como don Alonso tenía dineros, hallábase bien con él, ganándole la voluntad con lisonjas. Este era clérigo salvaje, y porque no se extrañe este nombre, digo que hay en Italia unos hombres que, sin letras ni órdenes, tienen renta por la iglesia solo con andar vestidos de clérigos, y llámanlos prestes salvajes, y así lo era Marco Antonio, que este era su nombre.
Luego que tuvo aviso don Pedro de que su hijo estaba en Nápoles y tenía sentada plaza, le diligenció muchas cartas de favor, por las cuales el excelentísimo señor conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, que era virrey de aquel reino, le dio una bandera, con la cual estaba don Alonso tan contento y olvidado de la justicia divina, y de la inocente sangre de su hermana que había derramado tan sin causa como se ha visto, que dio en enamorarse; cosa que hasta entonces no había hecho, pues aunque había tenido amistad con Clavela, más había sido apetito que amor, y aun en esta ocasión lo pudiera excusar.
Estaba en la ciudad un caballero entretenido, como hay en ella muchos, cuyo nombre es don Fernando de Añasco, español y caballero de calidad, y que había sido capitán de infantería: este tuvo un hijo que casó allí con una señora de prendas, aunque no muy rica, y dejándola cinco hijas, murió; y visto por don Fernando que la nuera y nietas estaban necesitadas, las trajo a su casa: las dos mayores se entraron religiosas en el convento de la Concepción, de la misma ciudad, porque estando velando juntas una noche, cayó entre las dos un rayo y no las hizo mal, y ellas, asombradas de esto, no quisieron estar más en el siglo: las otras dos casaron por su hermosura, sin dote, con dos capitanes.
Quedó la menor y la más hermosa, llamada doña Ana, y tan niña que apenas llegaba a quince años: mas como su madre y abuelo habían gastado tanto con las dos monjas, no tenían qué darla, ni aun para vestirla sino con un moderado aseo, y con todo eso sobresalía tanto su belleza que ninguna de la ciudad (con haber muchas) la igualaba, y ella excedía a todas: mas no le había llegado su ventura como a sus hermanas, porque la estaba aguardando su desventura.
Viola don Alonso y enamorose de ella, y, enamorado, dio en galantearla con las tretas que todos los hombres galantean, o, por mejor decir, engañan, que este arancel todos le saben de memoria.
¡Ay de aquellas que los creen! ¡Y ay de doña Ana, que se dejó ver de don Alonso, que no fue para ella amante sino el hado fatal que la ocasionó su desgracia! Noble, honesta, recogida y hermosa era doña Ana, ¿mas de qué la sirvió si nacía desgraciada?
Hacíale, como dicen, rostro; lo uno, porque sabía quién era y su rico mayorazgo después de la vida de su padre: lo otro, porque cuanto al talle, bien merecía ser querido; y quiso probar la suerte por ver si acertaba, como sus hermanas, mas no porque se alargase más en los favores que le hacía, que a dejarse ver en la ventana y oír con gusto alguna música que la daba, que en esto aun con más extremos se adelantan en Italia que en otras partes, porque son todos muy inclinados a ella.
Diola una don Alonso una noche, cantando él mismo a una vihuela este romance, tomando por asunto no haber ido doña Ana a un jardín, por llover mucho, donde habían de ir a holgarse su madre y hermanas con otras amigas; que como don Alonso estaba enamorado, siempre andaba inquiriendo las salidas de la dama, por mostrarla su cuidado en ellas, y esto se lo había dicho un criado de su casa.
En fin, el romance era este:
Llorad, ojos, pues las nubes
Han hecho conjuración,
Por quitar que no gocéis
Los rayos de vuestro sol.
Si para los desdichados
Hasta la muerte faltó,
¿Cómo queréis ver la vida,
Pues tan desdichados sois?
Esclavos sois de buen dueño;
No os quejaréis, que no os dio
Todo cuanto pudo daros
La fortuna de favor.
Solo con este consuelo
Vivo alegre en mi pasión,
Que es gloria por tal belleza
Pasar penas y dolor.
Detened, nubes, el agua,
Pues con mis ojos les doy
Bastante censo a los ríos,
Que ya por mí mares son.
Y tú, Anarda de mi vida,
No te dé agua el temor;
Más agua vierten mis ojos;
Y con más justa razón.
En el fuego que me abraso,
Como la fragua es amor,
Con agua nunca se apaga,
Antes crece con su ardor.
Muerto de mis propias penas,
Y en ellas penando estoy:
Que es purgatorio tu ausencia,
Tu vista gloria mayor.
En el infierno las almas
Penan, que los cuerpos no;
Aquí penan alma y cuerpo
Juntos, por una razón.
¿Cuándo en la gloria de verte
Se acabará mi dolor?
¿Y cuándo he de verte mía,
Que es el premio de mi amor?
Ya la esperanza me alienta,
Ya me desmaya el temor,
Ya fío en tu cortesía,
Y ya temo tu rigor.
Mas en mirando estas nubes,
Me falta todo el valor,
Que hasta las nubes persiguen
Los que desdichados son.
Sal a alumbrarme, sol,
Que se me anega el alma de dolor.
Con estos y otros engaños (que así los quiero llamar) andaba don Alonso solicitando la tierna y descuidada corderilla, hasta cogerla para llevarla al matadero, no acordándose de que había traído al mismo a la hermosa doña Mencía su hermana.
Se pasaron en solicitudes amorosas muchos días, y como con ella no granjeaba más favores de los ya dichos, andaba desesperado, de lo cual su amigo Marco Antonio había estado ignorante hasta que, ya a los últimos días, viéndole melancólico y desesperado, le dijo:
—Cierto, don Alonso, que aunque pudiera quejarme de vuestra amistad, no teniéndola por muy segura, pues encubrís de mí vuestra pasión amorosa, dando lugar a que la sepa de otra parte primero que de vuestra boca, no me quiero sentir agraviado de ello, antes, compadecido de vuestra pena, me quiero ofrecer para el remedio de ella; que tengo por seguro no habrá en todo el reino de Nápoles quien mejor que yo os dé la prenda que deseáis: mas he menester saber qué intento es el vuestro en este galanteo a doña Ana de Añasco; porque si la pretendéis menos que para esposa, os certifico que perderéis tiempo, porque en doña Ana hay mayores virtudes de las que admiráis en su hermosura, pues demás de ser muy recatada y honesta, en calidad no os debe nada, porque su padre tuvo el hábito de Santiago por claro timbre de su nobleza: no es ella rica, que la fortuna hace esos desaciertos: a quien no lo merece da muchas prosperidades, negándoselas a los que con justa causa debían darse; de modo que si la amáis para dama, os aconsejo os apartéis de esa locura porque no sacaréis de ella al cabo de mucho sino lo que habéis sacado hasta hoy; y si la deseáis por esposa, que lo cierto es que os merece tal, dejadme a mí el cargo, que antes de seis días la tendréis en vuestro poder.
—No me tengáis, amigo Marco Antonio —respondió don Alonso—, por tan ignorante que había de pretender a doña Ana para menos que para mi esposa; pues no ignoro que de otra suerte no he de ser admitido; y si bien pudiera retirarme de este pensamiento la poca hacienda que tiene, de lo que estoy bien informado, no reparo en eso, aunque la condición avarienta de mi padre me pudiera dar temor, pues yo tengo bienes, gracias al cielo, para los dos; y mi padre no tiene otro hijo sino a mí: su hermosura y nobleza, junto con su virtud, es lo que yo en doña Ana estimo, y así, perdiendo el enojo de no haberos dado parte de este amor desde el principio, os suplico, pues aseguráis que tenéis poder para ello, me hagáis dueño de tal belleza, que con eso me juzgaré dichosísimo.
Prometióselo Marco Antonio, y tomando la mano en ello, lo supo negociar tan bien, dándole a entender a don Fernando lo que granjeaba en tener por yerno a don Alonso, contándole cuán gran caballero y rico era don Alonso, que antes de un mes estaba desposado con doña Ana, tan contenta ella, su madre y abuelo con el venturoso acierto, que les parecía tener toda la ventura del mundo por suya.
Había poco que don Pedro había enviado a su hijo letras de cantidad, con lo que él puso su casa, que fue en la misma de don Fernando, eligiendo don Alonso para sí un cuarto en frente del suyo, que no tenía más división que un corredor.
Sacó galas a doña Ana, con que mostraba más su hermosura, manifestando don Alonso el primer año en su alegría su acierto. A los nueve meses les dio el cielo un hijo, que llamaron como a su abuelo paterno, don Pedro, al cual doña Ana su madre quiso criar a sus pechos.
Bien quisiera don Alonso que no supiera su padre que se había casado, temeroso de lo mal que lo había de recibir, y por no perder el socorro que todos los más ordinarios le enviaba: mas como nunca falta quien por meterse en duelos ajenos haga más mal que bien, se lo escribieron a su padre, el cual, como lo supo, loco de enojo, le escribió una carta muy pesada, diciéndole en ella que ni se nombrase su hijo ni le tuviese por padre; pues cuando entendió que le diera por nuera una gran señora de aquel reino, que engrandeciera su casa de calidad y riqueza, añadiendo renta a su renta, se había casado con una pobre mujer que antes servía de afrenta a su linaje que de honor; y que si le tuviera presente, hiciera de él lo que él había hecho de su hermana: mas pues estaba tan contento con su bella esposa que sin comer se podía pasar, o que lo ganase como quisiese, que no le pensaba enviar un maravedí, antes determinaba dar tan buen cabo de su hacienda, que cuando él muriese, no hallase ni una sombra de ella; que más quería jugarlo a las pintas que no que la gozase la señora doña Ana de Añasco.
Mucho sintió don Alonso el enojo de su padre, y fue de modo que bastó a templarle el amor, de suerte que lo que hasta allí no le había sucedido, que era arrepentirse de haberse casado, en un instante le llegó el arrepentimiento y se le empezó a conocer en el desagrado con que trataba a su esposa. No sabía doña Ana la causa de ver tal novedad en su esposo, y lloraba sus despegos bien lastimosamente; mas al fin lo supo, porque vencido don Alonso de sus importunaciones, la enseñó la carta de su padre.
Pues como se quitó la máscara y vio que ya doña Ana lo sabía, lo que antes eran despegos se convirtió en aborrecimiento; la daba a cada paso en cara con su pobreza, y más fue cuando, gastado el dinero que tenía, empezó a dar tras las galas de su esposa, vendiendo unas para el sustento y jugando otras. Vino a tal estado de miseria que, despidiendo las criadas, se humilló a servir su casa, aunque alguna vez la criada de su madre la excusaba con acudir a servirla, y lo peor de todo era que muchos días no comiera si no la socorrieran su madre y abuelo.
Con estas cosas se remató don Alonso de suerte que no había cosa más aborrecida de él que la hermosa dama, y de aborrecerla nació el desear verse sin ella, creyendo que así volvería a la amistad y gracia de su padre; y luego, con los buenos consejos de su amigo Marco Antonio, se resolvió a salir de todo de una vez; y concertando los dos cómo había de ser, lo dilataron hasta la partida del excelentísimo señor conde de Lemos, que ya trataba su vuelta a España, quedando en su lugar, hasta que de Sicilia viniese el señor duque de Osuna, el señor don Francisco de Castro, conde de Castro y duque de Taurisano.
¡Ah, mozo mal aconsejado, y cómo la sangre de tu hermana clama contra ti y, no harto de ella, quieres verter la de tu inocente esposa!
Llegose el plazo, y más apriesa el que ha de ser más desgraciado; y como el embarcarse había de ser de noche, fue don Alonso a su casa con su amigo y díjola a doña Ana, que acababa de dormir a su niño y le había echado en la cama, que viniese y vería embarcar al virrey, que antes que el niño despertase se volverían.
Pareciola a doña Ana que era nuevo favor en medio de tantos disgustos como con ella tenía; y así, cerrando la puerta del cuarto y echándose la llave en la manga para cuando volviese, y no desasosegar a su madre ni abuelo, llegó a su cuarto, diciéndoles dejasen la puerta de la calle abierta, porque iba con don Alonso y Marco Antonio a ver embarcar al virrey; y se fue con ellos.
Acabada doña Ana de salir, la dijo la criada a su madre:
—¿Por qué, señora, deja vuestra señoría ir a mi señora doña Ana de noche fuera, no usándose en esta tierra salir así las señoras?
A lo que respondió:
—Amiga, con su marido va; ¿en eso qué hay que temer que se murmure?
Con esto, habiéndose recogido, se acostaron, bien inocentes y descuidadas del mal que había de suceder.
Llegó doña Ana a la marina acompañada de sus dos enemigos, y habiendo estado en ella hasta las diez, embarcado ya el virrey y partidas las galeras, aunque no todas, que algunas quedaban para la demás gente, ya que se quería volver a su casa con muy grandísimo cuidado de su niño, les rogó, a ella y a don Alonso, Marco Antonio llegasen a su posada a tomar un refresco; y aunque lo excusaron, doña Ana con su cuidado y don Alonso con su falsedad, como después se supo de él y Marco Antonio, lo hubo de aceptar.
En fin, fueron, y llegando a ella, abriéndoles la puerta una criada de Marco Antonio, ya mujer mayor, se entraron a un jardinico donde estaba la mesa, y en ella una empanada y otras cosas: sentáronse a ella y, repartiendo Marco Antonio, dio al ama su parte y la dijo pusiese allí lo que era menester, y se fuese a su aposento, cenase y se acostase, que él cerraría la puerta y se llevaría la llave, para que cuando volviese de acompañar aquellos señores pudiese entrar a acostarse.
Hecho como él lo ordenó y recogida la ama, estando la descuidada doña Ana comiendo de la empanada, fingiendo don Alonso levantarse por algo que le faltaba, se llegó por detrás con un cuchillo grande que él traía apercibido y aquel día había hecho amolar, y la dio en la garganta tan cruel golpe que la derribó la cabeza sobre la misma mesa.
Hecho el sacrificio, la echaron en un pozo que había en el mismo jardín, y el cuchillo con ella, y tomando la cabeza se salieron, y cerrando la puerta, echaron la llave por debajo y se fueron a la marina, y en una cueva que estaba en ella, haciendo un hoyo, la metieron, y al punto se embarcaron en una galera que iba aprisa en seguimiento del virrey. Vayan, que la justicia de Dios va tras ellos.
Como pasó de media noche, el niño que doña Ana había dejado dormido despertó, que ya tenía un año, y como se halló sin el abrigo y cariño de su madre empezó a llorar, a cuyo llanto despertó su abuela; mas no pudiéndose persuadir que su madre no estaba ya con él, juzgando que el sueño la tenía rendida, decía entre sí:
—¡Válgame Dios, tan dormida está doña Ana que no siente llorar su hijo!
Calló el niño un rato, con lo que la buena señora se volvió a dormir, y cuando empezó a amanecer despertó bien alborotada a los gritos que el niño daba, y levantándose se vistió y salió a ver qué era la causa de estar su nieto tan sin sosiego; mas como llamando muy recio no la respondieron, casi sospechando el mal sucedido, llamando a don Fernando y a un criado, abrieron la puerta y entraron; y como no hallasen más que el angelito solo, no sintiendo bien del caso, la señora tomó el nieto y llamando a una vecina que le diese de mamar, le aquietó y adormeció: en tanto se vistió don Fernando y salió fuera para hacer diligencias por saber de don Alonso; mas todos decían no haberle visto.
Mientras que esto pasaba en casa de doña Ana, en la de Marco Antonio había otra tragedia, y fue que la ama se levantó y fuese adonde su amo dormía; mas aunque no le halló, no hizo novedad de ello, porque otras veces se quedaba fuera; mas hízola cuando salió al jardín y vio la mesa puesta, toda llena de sangre, y también la silla en que se había sentado aquella mujer: y si bien conocía a don Alonso, por ser amigo de su amo, no sabía que fuese casado ni conocía a su esposa; y no bien contenta de ver tales señales, quitó la mesa, y saliendo fuera halló la llave.
En fin, tomó un caldero y empezó a entrarle en el pozo para sacar agua y regar la casa: aún no había entrado la mitad de la soga cuando el caldero se detuvo en el malogrado cuerpo, que se había quedado atravesado en lo angosto del pozo y no había llegado al agua; porfiando, pues, para que entrase, y siendo imposible, sacole fuera y encendió un candil, y le ató en la soga, y como le bajó, miró qué era lo que no dejaba pasar el caldero; bien medrosa vio el bulto, que aunque le pareció de persona no pudo percibir quién fuese.
Con grandísimo susto soltó la soga, fue corriendo a la calle, dando descompasados gritos, a los cuales acudió la vecindad y la gente que pasaba, y buscando quien bajase al fondo, sacaron el triste cuerpo sin cabeza.
Tenía vestido un faldellín francés, con su justillo de damasco verde con pasamanos de plata, que como era verano, no había salido con otro arreo, y rebocillo negro que llevaba cubierto, unas medias de seda nacarada, con el zapatillo negro que apenas era de seis puntos. Conoció el ama por los vestidos que era la mujer que había visto cenar con su amo y don Alonso; mas no supo decir quién era.
Avisaron a la justicia, que, venida, prendieron a la ama hasta hallar más noticia del caso y secuestraron los bienes de Marco Antonio, que no debían de ser muchos; llevaron el cuerpo a la plaza de palacio, para ver si había alguno que le conociese, habiendo mirado primero en el pozo si estaba la cabeza, mas no hallaron sino el cuchillo.
Llegados con el cuerpo de doña Ana a la dicha plaza y poniéndole en medio de ella en unas andas, acudieron todos los soldados a ver el cuerpo, y entre los demás don Fernando de Añasco, que al punto conoció a su nieta, y dando una gran voz, dijo:
—¡Ay, hija mía, y cómo ha muchos días que me decía el corazón este desastrado suceso, y no le quería creer!
Hízole llevar a su casa, donde no hay que decir cómo le recibiría su madre: los oyentes lo juzguen, que yo no me atrevo a contarlo.
Fuese a pedir justicia al virrey, el cual, lastimado de sus lágrimas, despachó tras las galeras, en un barco grande, una escuadra de soldados, y por cabo al sargento don Antonio de Lerma, con cartas pidiendo al marqués de Santa Cruz, como general de las galeras, los reos; si bien eso no pudo ser tan breve que no pasaran cinco o seis días, en los cuales se hicieron diligencias buscando la cabeza de doña Ana, mas no pareció. Al fin dieron al cuerpo, sin ella, sepultura, dejando en su abuelo, madre y hermanas gran dolor de su muerte y aun en cuantos la conocían.
Partidos los soldados, y con ellos un sobrino de don Fernando, por prisa que dieron en la navegación no alcanzaron las galeras hasta Génova, donde, cuando llegaron, había sucedido un acaso en que se vio que Dios estaba ofendido y cansado de aguardar tan enormes delitos como don Alonso cometía, para que pagase con su sangre culpada la inocente que había derramado en las muertes de su hermana y esposa; y fue que, habiendo dado fondo las galeras en el puerto, salieron de ellas todos o los más que iban embarcados para descansar en tierra de las fatigas de la mar, sabiendo que habían de estar allí tres o cuatro días, y con ellos don Alonso y su mal amigo Marco Antonio.