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Novelas ejemplares y amorosas

SEGUNDA PARTE. (continued 5)

Reading edition

—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.

—En verdad, dijo el uno de los criados, que tenéis cara más para eso que para lo que pretendéis, y que gastara yo de mejor gana con vos mi jornalejo que con el guardián de san Francisco.

—En lo uno ni en lo otro le envidio la ganancia, hidalgo —dijo don Esteban—, y ahorremos de chanzas y entre a decir si me han menester; porque si no, tengo otras dos casas en venta y me iré a la que más me diere gusto.

—Yo le tendré muy grande en que os quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido un pino de oro, y así entraré a decirlo; mas ha de ser con una condición, que me habéis de tener por muy vuestro.

—Entre, galán, y dígalo, que se verá su pleito —respondió don Esteban.

Con esto el criado entró donde estaban sus señoras y les dijo cómo afuera estaba una doncella que preguntaba si la querían recibir para servir en lugar de la que se despidió.

—Y os aseguro, señoras —medio amartelado el escudero—, que su cara, despejo y donaire más merece que la sirvan que no que sirva: y demás de esto dice que sabe tañer y cantar.

Sonole bien a Laurela esta habilidad, como quien era tan llevada de ella, y a las damas no desagradó, que luego mandaron que entrase, que como madre y hermanas querían ternísimas a Laurela, todas seguían su inclinación, no juzgándola viciosa ni advirtiendo que el demonio teje sus telas, tomando para hacerlo de cada uno la inclinación que tiene.

Dada pues la licencia, entró la doncella, y vista e informadas de lo que sabía hacer, agradadas de su brío y desenvoltura, a pocos lances quedó en casa; porque si a todas agradó, a Laurela enamoró, tanto era el agrado de la doncella. No fue este amor de calidad de don Esteban, porque Laurela, sin advertir engaño, creyó que era mujer.

Preguntáronle el nombre, y dijo que se llamaba Estefanía, sin don, que entonces no debía de ser la vanidad de las señoras tanta como la de ahora, que si tienen picaza la llaman «doña Urraca», y si papagayo, «don Loro»; hasta a una perrita llamó una dama «doña Marquesa», y a una gata, «doña Miza».

—Pues, Estefanía —dijo Laurela—, yo quiero oír tu voz, para ver si me agrada tanto como tu cara.

—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la cara, buena medra sacaré!

Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder, ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó así:

Después que pasaron,

De la edad dorada,

Las cosas que cuentan

Las viejas honradas;

Y después que al cielo

Fueron desterradas

La verdad hermosa,

La inocencia santa:

Porque acá las gentes

Ya las maltrataban,

O por ser mujeres,

O por no imitarlas;

Cuando las encinas

La miel destilaban,

Y daba el ganado

Hilos de oro y plata;

Ofrecían los prados

Finas esmeraldas,

Y la gente entonces

Sin malicia estaba:

Cuando no traían

Fregonas ni damas

Guardainfantes, moños,

Guardapiés y enaguas;

Cuando los galanes

Calzaban abarcas,

No medias de pelo,

Que estén abrasadas;

La de plata vino,

Donde ya empezaban

A saber malicias

Y a maquinar trazas.

Esta pasó, y luego

La de alambre falsa

Mostró en sus engaños

Maliciosas trazas.

Llegó la de hierro,

Tan pobre y tan falta

De amistad, que en ella

No hay más que marañas.

Son tantos los males,

Tantas las desgracias,

Que se teme el mundo

De que ya se acaba.

Al Tiempo envió

Con su blanca barba

De Júpiter santo

A la audiencia sacra:

Para que le advierta

Que repare y haga

Contra tantos vicios

Jueces de la fama.

Júpiter le dijo

Que diga la causa,

Que a pedir justicia

Obliga a sus canas.

Lo primero pido,

Dijo en voces altas,

Que los lisonjeros

Desterrados vayan;

Porque solo aquestos

Oro y seda arrastran,

Y de los señores

Son pulgas que abrasan.

Y que a la mentira

Descubran la cara,

Que verdad se nombra,

Como anda tapada.

Ítem: que declare

Cómo o dónde halla

Los diversos trajes

Con que se disfraza.

Que las viejas muestren

Sus cabezas canas,

Las damas sus pelos,

Los hombres sus calvas:

Porque hay mil achaques,

Postillas y agallas,

Reumas y jaquecas,

Y otras cosas malas,

Después que se usa

Vender en la plaza

Cabelleras, moños,

Que a los muertos sacan.

Si son pelicortas,

Que mandan que traigan

Las cofias de pavos

De la infanta Urraca.

Que a los hombres manden

Que vistan botargas,

Como en otros tiempos

Los godos usaban.

Que nuestros abuelos

Era gente honrada,

Y siempre vistieron

Una martingala.

Las medias de pelo

Mueran abrasadas,

Y las que las hacen

Sean leña y ascuas;

Porque no hay haciendas,

Que todas se gastan

En ponerse unas

Todas las semanas.

Demás que parece

Que descalzos andan,

Quitando el valor

A las toledanas.

Que a sus trajes vuelvan,

Y vuelvan a Francia

Los que le han hurtado,

Que parece infamia.

Que Francia el valor

Le ha robado a España,

Y los españoles

Al francés las galas.

Que en la ropería

Acorten las faldas

A aquestos jubones,

Ya medio sotanas.

Y que se recojan

Aquestas que andan

Pelando atrevidas

Las bolsas y el alma.

Y porque trabajen,

Las señalen casa,

Donde recogidas

Coman, si lo ganan.

Que gastando mantos,

Y rompiendo sayas,

Como vemos, vale

La seda muy cara.

Que a los coches pongan

Corozas muy altas,

Por encubridores

De bajezas tantas.

Y que a ciertas viejas,

Que en forma de santas,

Voluntades juntan,

A los montes vayan.

Porque solo sirven

De enseñar muchachas

A chupar las bolsas

Y hacer caravanas.

Que algunos maridos

Manden que en sus casas

Miren, por si hay

Varas encantadas,

Con que sus mujeres

Oro y tela arrastran,

Y ellos paseando,

Comen, visten, calzan.

Que a mil maldicientes,

Que atrevidos hablan

Contra las mujeres,

A la guerra vayan.

Que sobre los dones

Echen alcabalas,

Y la cantidad

A pobres repartan,

Que si cada uno

Ofrece una blanca,

El uno por ciento

No hará a suma tanta.

Esto pidió el Tiempo,

Y Júpiter manda

Que se vea su pleito,

Que fue no hacer nada.

Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.

Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no entendió ella llegar a merecerle, la dijo:

—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de tenerte por criada, sino por hermana y amiga!

Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora de tantos favores, y díjola:

—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.

—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?

—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a dama.

Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.

Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.

—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.

Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte, porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba mejor con la soledad.

—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.

—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada a eterna pobreza.

—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como mereces.

—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en él otra alguna.

Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien envidiosas de los favores que la hacía Laurela.

Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años, discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió verse perseguida de él.

Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues era maravillosa, cantó así:

Ausentose mi sol, y en negro luto

Me dejó triste y de dolor cercada;

Volvió a salir la aurora aljofarada,

Y dile en feudo lágrimas por fruto.

Nunca mi rostro de este llanto enjuto,

Le da la enhorabuena a su llegada,

Que si ella ve su sol, yo desdichada,

Al mío doy querella por tributo.

Sale Febo tras ella, dando al suelo

Oro, si le dio perlas la aurora,

Plata a las fuentes, y cristal al río.

Sola yo, con eterno desconsuelo,

No me alegro, aunque miro alegre a Flora,

Que aunque sale su sol, no sale el mío.

Amo, temo, y porfío

A vencer con mi amor fieros temores;

¡Mas ay, que por instantes son mayores!

En mí es amor gigante,

En mí es infante tierno,

Para que sea mi tormento eterno.

Ama gigante

Y teme como infante,

Y yo padezco como firme amante.

—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se llamaba el padre de Laurela.

—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar enamorada Estefanía cuando le hizo.

—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.

Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran aquellos.

—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia celebrando su amor, como habéis visto?

—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores bien podemos esperar hermosos nietos.

—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre, pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.

—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.

—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.

Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar, porque desde luego la hacía favor de camarera.

Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.

Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera, aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor tan impertinente.

Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas: allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.

No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese con ella atrevido y se descubriese la maraña.

Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y su padre quisiera primero acomodar a las mayores.

Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela, y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:

—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.

—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco, pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le cantaras divinamente.

—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú, no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.

—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo que su merced me mande.

—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan enojada estás?

—En el alma —respondió Estefanía.

—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo; y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has dicho, que eres mía.

—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—, que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me vengaré de todo.

Con esto reían las demás.

—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría mucho.

—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como no estuviera un instante más en casa.

—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?

—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa como ahora.

—Canta, por tu vida —dijo Laurela—, que después averiguaremos este enojo.

Y como Estefanía fuese de tan presto ingenio, y más en hacer versos, en un instante apercibió cantando decirla su celosa pasión en estas canciones:

¡Oh soberana diosa,

Así a tu Endimión goces segura,

Sin que vivas celosa,

Ni desprecies por otra tu hermosura,

Que te duela mi llanto,

Pues sabes qué es amor, y amarte tanto!

Ya ves que mis desvelos

Nacen de fieros y rabiosos celos.

Fuese mi dueño ingrato

A no sé qué concierto de su gusto:

¡Ay, Dios, y qué mal trato!

Castigue amor un caso tan injusto:

Y tú, Diana bella,

Mira mi llanto, escucha mi querella,

Y sus veredas sigue,

Y con tu luz divina le persigue.

Para muchos ha sido

Cansada, sacra dea, y enfadosa,

Y muchos han perdido

Por descubrirlos ocasión dichosa:

Hazlo así con mi amante,

Sigue sus pasos, vela vigilante,

Y dale mil disgustos,

Impídele sus amorosos gustos.

Darete el blanco toro,

De quien Europa enamorada goza;

De Midas, el tesoro,

Y de Febo, tu hermano, la carroza,

El vellocino hermoso,

Que de Jasón fue premio venturoso,

Y por bella y lozana

Juzgaré que mereces la manzana.

Solo porque me digas

Si fue a gozar algunos dulces brazos:

Sí dices: no prosigas,

Hechos los vea cuatro mil pedazos;

Y di: ¿quiérelos mucho?

Que sí, me dices, tal sentencia escucha:

Ea pues, ojos míos,

Volveos con llantos caudalosos ríos.

¿Cómo, di, ingrato fiero,

Tan mal pagas mi amor, tan mal mi pena?

¡Mas, ay de mí! que quiero

Contar del mar la más menuda arena,

Ver en el suelo estrellas

Y en el hermoso cielo plantas bellas;

Pues, si lo consideras,

Es lo mismo pedirte que me quieras.

Del amor dijo el Sabio

Que solo con amor pagar se puede;

No es pequeño mi agravio,

No quiero amor que sin castigo quede;

Pues cuando más te adoro,

Si lo entiendes así, confusa ignoro,

Y es mi mal tan extraño,

Que mientras más te quiero, más me engaño.

Confieso que en ti sola

Extremó su poder naturaleza,

Y en la tierra española

Eres monstruo de gala y gentileza;

Mas de una piedra helada

Tienes el alma, por mi mal, formada;

Y la mía en tu hielo

Es Etna, es un volcán, es Mongibelo.

Esos ojos que adoras,

¿Acaso son más dulces que los míos?

Sí; pues en ellos moras,

Y por su causa tratas con desvíos

Los ojos que en tus ojos

Adoran por favores los enojos,

Por gloria los desdenes,

Y los pesares por dichosos bienes.

Ojos, ¿no la mirasteis?

Pues pagad el mirar con estas penas.

Corazón, ¿no la amasteis?

Pues sufrid con paciencia estas cadenas.

Razón, ¿no te rendiste?

Pues di, ¿por qué razón estás tan triste?

Pues es mayor fineza

Amar en lo que amáis esta fineza.

¿No sabes que te adoro?

Pues ¿cómo finges que mi amor ignoras?

¿Mas qué mayor tesoro,

Que cuando tú nueva belleza adoras,

Halles el pecho mío

Tan abrasado, cuanto el tuyo frío?

Y ten en la memoria

Que amar sin premio es la victoria.

Así seas oída

De tu Narciso, ninfa desdichada,

Que en Eco convertida

Fue tu amor belleza malograda;

Que si contigo acaso

Habla la causa en quien de amor me abraso,

Le digan tus acentos

Mis tiernos y amorosos sentimientos.

Y tú, Venus divina,

Así tu Adonis en tus brazos veas;

Y a ti, gran Proserpina,

Así de tu Plutón amada seas,

Y que tus gustos goce

Los seis meses que faltan a los doce.

Que a Cupido le pidas

Restituya mis glorias ya perdidas.

Así de la corona

Goces de Baco, o Ariadna bella,

Y al lado de Latona

Asiento alcances, como pura estrella;

Y al ingrato Teseo

Veas preso y rendido a tu deseo:

¿A qué le impides el gusto

A quien me mata con cruel disgusto?

Y tú, Calixta hermosa,

Así en las aguas de la mar te bañes,

Y que a Juno belosa,

Para gozar a Júpiter, engañes;

Que si desde tu esfera

Vieras que esta fe tan verdadera

Se paga con engaño,

Castigues sus mentiras y mi daño.

Oh tú, diosa suprema,

De Júpiter hermana y dulce esposa,

Así tu amor no tema

Agravios de tu fe, ni estés celosa,

Que mires mis desvelos,

Pues sabes qué es amor, agravio y celos,

Y como reina altiva,

Seas, con quien me agravia, vengativa.

Dile al pastor que tiene,

Para velar a Jove, los cien ojos,

Que a tu gusto conviene

Velar de aqueste sol los rayos rojos,

Que solían ser míos,

Y son ahora de otros desvaríos;

Pero tengo advertencia,

Que es vara de Mercurio su elocuencia.

Y tú, triste Teseo,

Refiere la pena que padeces

En el Cáucaso feo,

Que las entrañas al rigor ofreces

De aquella águila hambrienta,

Porque padezca con dolor y afrenta,

Y así en cabeza ajena

Tendrá escarmiento, y sentirá mi pena.

Dile, Tántalo triste,

Por faltarte lealtad, la pena tuya,

La gloria que perdiste

Del néctar sacro, y para que concluya,

Cuéntala tu fatiga:

Y como amor tu ingratitud castiga,

Habla, no estés tan mudo,

Podrá el temor lo que amor no pudo.

No goce de su amante

La verde yedra, de su cuello asida,

Pues que la fe inconstante

De aquel dueño querido de mi vida,

Ya se pasa a otro dueño,

Con que de morir mi palabra empeño,

Por ser de amores,

Porque sean más dulces mis dolores.

Desháganse los lazos

Del leal y dichoso Hermafrodito,

Pues en ajenos brazos

A mi hermoso desdén estar permito,

Sin que mi mano airada

No tome la venganza deseada,

Que con celos bien puedo,

Ni respetar deidad ni tener miedo.

Canción, si de mi dueño

Bien recibida fueses,

Pues de mi pena fiel testigo eres;

Cual sabia mensajera,

Dile me excuse esta pena fiera;

Y para no matarme,

Si desea mi vida, quiera amarme.

Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose le dijo:

—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se pudiera llamar la que tú amaras.

—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se puede fastidiar de nada.

—Sí, mas es amor y no provecho amar una mujer a otra —dijo una de las criadas.

—Ese —dijo Estefanía— es el más verdadero amor, pues amar sin premio es mayor fineza.

—¿Pues cómo los hombres —dijo una de las hermanas de Laurela— a cuatro días de amar le piden, y si no se le dan, no perseveran?

—Porque no aman —respondió Estefanía—, que si amaran, aunque no los premiaran, no olvidarían, que amor verdadero es el carácter del alma, y mientras el alma no muriere, no morirá el amor. Luego siendo el alma inmortal, también lo será el amor, y como amando solo con el cuerpo no le alcanzan, aborrecen u olvidan luego, por tener lugar para buscar alimento en otra parte, y si alcanzan, ahítos buscan lo mismo.

—Pues según eso —dijo otra doncella—, los hombres de ahora todos deben de amar solo con el cuerpo y no con el alma, pues luego olvidan, y detrás de eso dicen mal de las mujeres, sin reservar a las buenas ni a las malas.

—Amiga —respondió Estefanía—, de las buenas dicen mal porque no las pueden alcanzar, y de las malas, porque están ahítos de ellas.

—¿Pues por qué las buscan? —dijo la otra hermana de Laurela.

—Porque las han menester —dijo Estefanía—, y por excusar un buen día a los muchachos, porque los maestros no los suelten temprano.

—Pues si solo por necesidad aman, y son tan malas por ellos las unas como las otras, más vale —respondió Laurela— ser buena y no admitirlos.

—Todo es malo —dijo Estefanía—, que ni han de ser las damas tan desdeñosas que tropiecen en crueles, ni tan desenvueltas que caigan en desestimación.

—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta el corazón pensando que es hombre.

—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.

—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—, porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de perderme para siempre.

Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras, procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.

Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia, que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo, porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su hermosura y virtudes.

Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba Estefanía y las demás criadas, y las dijo:

—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y pagarte el amor que me tienes.

—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.

—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.

Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua, confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.

Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a acostarla.

Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.

Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:

—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos que esta noche he visto?

—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos, que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.

Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado con ellas):

—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo de tu atrevimiento.

—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir? ¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones, no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque, ¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos, no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me transformé contigo.

¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que en la mano tenía, diciendo:

—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan mis padres.

Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería mientras ella gustase que no fuese don Esteban.

Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.

Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso como el que le estaba sucediendo.

Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de tal atrevimiento estaba inocente.

Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.

Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.

Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.

En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña, y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.

Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.

Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban los demás en servir a Laurela.

Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz, y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños y prodigiosos amores.

¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?

Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban, pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron, digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados, sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio, y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón de su padre.

Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes, que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de mucho valor.

Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien no le dijo quién era la dama.

En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.

Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo, por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole perdón con sentidas expresiones.

Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta que estuviesen en salvo.

Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.

Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer, como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a comprar.

Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María, iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:

—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza desengañarte.

Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa, sustentándola con su pobre trabajo.

Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre, pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte, que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.

Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo, y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester, pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán, y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.

Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí contigo pierdo de tiempo para salvarme.

Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de todas maneras tengo de perecer.

Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el peligro que me amenaza.

Dicho esto, sin aguardar respuesta de la desdichada Laurela, sin obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación, la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le dejaría Dios sin castigo.

Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante, o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar, implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre, sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que contar en lo que pasaba en ella.

Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa, y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente, entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas, abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la puerta?».

Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no había ninguno.

La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.

Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada, y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y amparar como a hija.

Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.

Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo, si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces lo que valiera más hubieran hecho antes.

Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había dejado a su padre estaría público.

Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así, en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo; y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado, dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.

En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya Laurela no estaba más que para un convento.

Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación, pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.

Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.

Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o madrastra. Con esto lo he dicho todo.

Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de ver.

Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando; y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera, cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta por otra parte para venir a su tiempo a la suya.

Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no vivió más de dos días.

La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.

Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas, diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:

—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.

La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin poder jamás consolarse.

Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.

—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de veras.

Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.

¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con qué disculparos.

Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad; y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo sea?

Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis: siéndolo.

No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia; antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.

Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo, ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?

Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta? Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.

Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas, no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.

Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles, castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.

Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto ha de tener.

Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad: este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado, arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.

El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué color vestirle.

Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele aun a las más comunes.

Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?

No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os perdonaremos el mal que las hacéis.

Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que, aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.

Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.

Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:

Si amados pagan mal los hombres, Gila,

Dime, ¿qué harán si son aborrecidos?

Si no se obligan cuando son queridos,

¿Por qué tu lengua su traición perfila?

Su pecho es Caribdis y una Escila,

Donde nuestros deseos van perdidos,

No te engañen, que no han de ser creídos

Cuando su boca más dulzor destila.

Si la que adoran tienen hoy consigo,

Que mejor es llamarla la engañada,

Pues engañada está quien de ellos fía.

A la que encuentran, como soy testigo,

Dentro de una hora dicen que es la amada:

Conclúyase con esto tu porfía.

Su cruel tiranía

Huir pienso animosa,

No he de ser de sus giros mariposa.

En solo un Hombre creo,

Cuya verdad estimo por empleo;

Y este no está en la tierra;

Porque es un Hombre Dios, que el cielo encierra;

Este sí que no engaña;

Este es hermoso y sabio,

Y que jamás hizo a ninguno agravio.

NOCHE SÉPTIMA.

DESENGAÑO SÉPTIMO.

MAL PRESAGIO CASAR LEJOS.

Cuando la hermosa doña Isabel acabó de cantar, ya doña Luisa tenía ocupado el asiento del desengaño, y con mucha gracia dijo así:

—Por mi vida que no sé qué mayor desengaño, hermosas damas, queréis oír, que este soneto que la hermosa doña Isabel acabó ahora de decir, pues en él ha dicho el Hombre que solo hay que no se engañe, y el que merece solo ser amado.

Mas, ya que no puedo excusar de decir lo que me toca, dejaré a un lado muchas circunstancias en que pudiera detenerme si supiérades los penosos desasosiegos que tuve con mi esposo, tan opuesto a mi voluntad que jamás le conocí agradecido a ella; antes, con muchos desabrimientos en las palabras y gran parte en los ojos, me satisfacía cuando más le granjeaba y lisonjeaba con caricias: mas, porque para sí nadie es buen juez, a los ojos ajenos dejaré muchas fortunas mías y contaré desdichas ajenas, refiriendo una historia tan verdadera que aún hoy hay quien no tiene, acordándose de ella, enjutas las lágrimas, no dando más reprensión a los caballeros que la que el mismo desengaño les ofrece; porque fui tan amante de los despegos y tibiezas de mi esposo que en él respeto a todos, y con esta advertencia digo así:

Por muerte de un gran señor de España, quedaron sin el amparo que tenían en su padre, por haberles faltado su madre días antes, un hijo y cuatro hijas de la hermosura y virtudes que se puede creer tendrían tan grandes señoras: y si bien entrando su hermano en la herencia de los estados les previno a sus hermanas el amparo de padre, no les pudo prevenir el librarlas de la desdichada estrella en que nacieron, porque puedo asegurar que de cada una se pudiera contar un desengaño; pues ni les sirvió la hermosura, la virtud, el entendimiento, la ilustre sangre, ni la inocencia para que no fuesen víctimas sacrificadas en las aras de la desgracia.

La primera, llamada doña Mayor, casó en Portugal: esta señora se llevó consigo, cuando se fue con su esposo, a la menor de todas: su nombre es doña María, con intención de darla en aquel reino marido igual a su grandeza; mas a una y a otra siguió su mala fortuna; porque no siendo doña Mayor amada de su esposo, por la simpatía que la nación portuguesa tiene con las damas castellanas, en no hacer confianza de ellas, y así, o por probarla, o, lo más cierto, por tener achaque para librarse de ella con color de agravio, escribió una carta en nombre de un caballero castellano, dándosela a un paje que se la llevase a la señora, que, hecho así, estándola leyendo, admirada de que a ella se escribiese tal, entró el marido, que aguardaba esta ocasión, y sacando la espada para matarla, porque el triste paje, a voces, empezó a decir la traición, le mató, y luego a su inocente esposa.

La hermana, viendo el fracaso y habiendo muy bien oído ella y las criadas lo que el paje había dicho, temiendo la muerte (que la diera sin duda), se arrojó por una ventana, y de las criadas castellanas se escaparon algunas y otras acompañaron a su señora en el eterno viaje.

Doña María fue tan desgraciada que se rompió las piernas, de modo que algunos años que vivió estuvo siempre en la cama; porque al caer, pudo ser vista de algunos caballeros castellanos que asistían a su malograda hermana, los cuales la salvaron y trajeron a Castilla; en donde, sabido el caso por Su Majestad, castigó al reo como hasta hoy permanece la memoria de su castigo.

La segunda hermana, cuyo nombre es doña Leonor, casó en Italia: esta señora, teniendo ya de su matrimonio un niño de cuatro años, porque alabó de muy galán un capitán español, no con mal intento sino que de verdad lo era, estándose lavando la cabeza, entró el marido por una puerta excusada de un retrete, y con sus propios cabellos, que los tenía muy hermosos, la hizo lazo a la garganta, con que la ahogó, y después mató al niño con un veneno, diciendo que no había de heredar sus estados hijo dudoso: y si el capitán, avisado por una dama de la misma señora, no se escapara, corriera la misma fortuna.

Quedó por casar doña Blanca, que era tercera hermana, y la primera no solo de las demás en hermosura, entendimiento y valor, mas de todas las de aquel tiempo; porque así lucía doña Blanca entre las más solemnizadas de la corte como el lucero entre las demás estrellas. Por conveniencias a la real corona y gusto de su hermano, se concertó su matrimonio con un príncipe de Flandes, cuyo padre, que aún vivía, era gran potentado de aquel reino.

No había sucedido ni sucedió tan presto la desdicha de sus hermanas; porque puédese creer que si sucediera antes de casarse doña Blanca, por sin duda tengo que no lo aceptara, antes se entrara religiosa; mas había de seguir por lo que las demás, y por esto la suerte cruel no ejecutó su deseo hasta que doña Blanca estuvo cautiva en el lazo que solo la muerte le rompe.

Con poco gusto aceptó la hermosa señora el casarse sin conocer ni saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición, antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa, sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su esposo.

Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía, y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.

Tenía doña Blanca, entre las damas que la asistían, una que se había criado con ella desde niña y a quien amaba más que a ninguna, con quien comunicaba lo más secreto de sus pensamientos. Pues un día que doña Blanca se estaba tocando, y todas sus damas asistiéndola, las preguntó (como era tan afable):

—¿Qué habéis oído de lo que se platica en la corte de las condiciones con que acepté este casamiento?

Doña María (que así se llamaba la dama tan querida suya) la respondió, como la que fiada en su amor hablaba con más libertad:

—Si te he de decir verdad, señora mía, a todos oigo decir que es locura; porque pudiendo gozar gustos descansados con tu esposo, le quieres condenar y te condenas a la pena de la dilación y a los desasosiegos de amar, con esperanzas de poseer lo mismo que es tuyo.

—¿Y quiénes son los necios, doña María —preguntó doña Blanca—, que llaman locura a una razón fundada en buen discurso? ¿Conque creen que es mejor casarse una mujer con un hombre a quien jamás vio ni habló, y que suceda ser feo, necio, desabrido o mal compuesto, y se halle después aborrecida y desesperada de haberse empleado mal, que no avisarse del caudal que lleva en su esposo? Todas cuantas cosas se compran se procuran ver, y que vistas agraden al gusto, como es un vestido, alguna joya: ¿y un marido, que no se puede deshacer de él como de la joya y del vestido, ha de ser por el gusto ajeno? ¡Cuánto más acertado es que, galán, la granjee la voluntad, y ella, bien hallada con ella, se la pague; que no, como hemos visto a muchas que se casan sin gusto, y viviendo sin él pasan de la vida a la muerte, sin haber vivido el tiempo que duró el casamiento, o que, viéndose galanteadas de otros que supieron con finezas granjearlas la voluntad, como no se la tenían a sus esposos, caer en muchas liviandades, que no cayeran si los amaran!

No hay, doña María, más firme amor que el trato: con él se descubren los defectos o gracias del que ha de tener por compañero toda la vida. Y a los que se valen del adagio vulgar, «que quien se casa por amor vive con dolor», tengo por ignorantes, pues su misma ignorancia les desmiente, porque jamás se puede olvidar lo que de veras se amó; y amando, no sienten ni las penas, ni las necesidades, ni las incomodidades: todo lo dora y endulza el amor; y si tal vez hay desabrimiento, lo causan las desigualdades que en los casamientos por amores hay; mas, si son iguales en la nobleza y en los bienes de fortuna, ¿qué desabrimientos ni dolor puede haber que no lo supla todo el amor?

Es como decir muchos que el marido no ha de ser celoso: es engaño notable, pues no siéndolo tanto que peque de necio, y él no falte por celoso al cariño y regalo de su esposa, con eso la excusa de que no sea fácil; pues más presto se arroja a cualquiera travesura la que tiene el marido descuidado que no la que le tiene cuidadoso, pues sabe que tiene, o no tiene, lugar.

Yo, por lo menos, quiero conocer en mi esposo, en las finezas de galán, lo cariñoso que será cuando sea marido, y en los aciertos de puntual sin posesión, lo que obrará puesto en ella.

—Estoy bien con eso —dijo doña María—: mas tú, señora, aunque conozcas diferentes condiciones en el príncipe de las que en tu idea te prometes, ¿puedes ya dejar de ser suya?

—En esto hay mucho que averiguar, porque yo no soy la que me le he prometido, que a ser eso así, no procurara avisarme de lo que cobro en él: hánmele prometido galán, bien entendido, afable, liberal, con otras mil prerrogativas de que vienen llenas las cartas; y tantos hipérboles como dicen los retratos se ha visto infinitas veces ser engañosos. Averiguo otra cosa: luego no tendré obligación de cumplir lo firmado, pues no me dan lo que prometieron; y para eso hay conventos, pues no me tengo yo de cautivar con otro diferente del que me dijeron; y me puedo llamar a engaño, diciendo que yo me prometí a un hombre perfecto, y que, supuesto que me le dan imperfecto, no es el que me ha de merecer.

Venga el príncipe, y empiécese la labor amorosa, que no permitirá el cielo que sea menos que como yo deseo; y sepa ser buen galán, para que después no sea descuidado marido; y si no fuere tal como le han pintado, el tiempo me dirá lo que tengo de hacer, y cada uno siga su opinión, que yo no pienso apartarme de la mía.

Con estos y otros coloquios entretenía doña Blanca y sus damas el tiempo que tardó en llegar el príncipe, que venido y visto, en cuanto a la presencia, talle y gala, con la hermosura del rostro, no hubo que despreciar, y aun a doña Blanca le pareció muy bien, y no sé si le pesó del concierto en cuanto a la dilación, según lo dio a entender cuando le vio por entre unas menudas celosías, y después oyéndole hablar con su hermano, por lo que la podía cubrir una antepuerta.

Teníanle prevenida posada en la misma calle donde vivía doña Blanca, que de industria, para conseguir lo concertado, no le aposentaron en su misma casa. Entre las demás gracias que tenía el príncipe era hablar muy bien nuestra lengua, porque los señores siempre tienen maestros que los habilitan en todas.

No quiso doña Blanca que la viera aquel día el príncipe, dando por excusa el no hallarse apercibida, excusando la visita que de cortesía se debía hacer, quizá por tenerle más deseoso de su vista, o porque naturalmente no se casaba con gusto: y quedando citada para otro día, el príncipe y su gente se fueron a descansar.

Venida la mañana, doña Blanca se levantó muy melancólica, tanto que a fuerza parecía que estaba deteniendo las lágrimas que por sus hermosísimos ojos estaban reventando por salir, teniendo a sus criadas confusas, y más a doña María, extrañando el no darla parte de su pena; y así en burlas la dijo:

—¿Qué severidad o tristeza es esta, señora, en tiempo de tanta alegría, como es justo tener por la venida del príncipe mi señor?

A esto respondió doña Blanca:

—Hasta ahora no es razón darle este título, que aún hay de plazo un año hasta que lo sea.

—Y aun eso debe de ser —replicó doña María— lo que te tiene triste, si no es el no haberte parecido bien el novio. Dínoslo, así el cielo te haga con él muy dichosa.

—Por tu vida, doña María —respondió doña Blanca—, y por la mía también, que ni es lo uno ni lo otro; porque en cuanto a haberme parecido bien, te puedo jurar que yo soy la apasionada; y en cuanto a desear que el año del concierto estuviese cumplido, te doy mi palabra que quisiera que durara una eternidad; y asimismo te aseguro que no sé de qué me procede este disgusto, si ya no es de pensar que tengo de ausentarme de mi patria y de mi hermano, e irme a tierras tan remotas como son donde he de ir; mas tampoco me parece es la causa esta, ni la puedo dar alcance, aunque más lo procuro.

Hablando de esto y otras cosas con que sus damas la procuraban divertir, se aderezó y prendió con tanto cuidado suyo y de todas, que parecía un ángel, y salió donde su hermano y el príncipe la aguardaban, quien se enamoró tanto de la hermosa doña Blanca, o lo fingió, que el corazón del hombre para todo tiene astucias, que dio bien a entender con los ojos y las palabras cuánto le pesaba de la dilación que para gozar tal belleza había; y comenzándose desde este punto el galanteo en las alabanzas y en la vista, tuvo fin la visita, y doña Blanca se retiró a su cuarto tan triste que ya no tan solo procuraba detener las perlas que a las ventanas de sus ojos se asomaban, sino que dejaba caer hasta el suelo cuantas desperdiciaban sus pestañas.

¡Oh, qué profeta es el corazón!, pocas veces se olvida de avisar las desdichas que han de venir si nosotros le creyésemos. Porque confesar que le agradaba el príncipe, no negar que le amaba, haberle parecido bien y no desear la posesión, antes pesarle de que para llegar a tenerla era corto plazo el de un año y que quisiera fuera más dilatado, cosas son que admiran.

Acostose al punto, sin querer responder a cuanto sus damas la decían, y estuvo sin levantarse de la cama cuatro días, admirando a todos, y más a su hermano, el que no sabía a qué atribuir tan diferentes efectos como en ella veían; en los cuales días de indisposición, informado el príncipe de cuál era la dama más querida de doña Blanca, y sabido que era doña María, la habló y dio un papel y un rico presente de cosas muy sazonadas de su país, y para ella una joya de mucho valor, con otras para que repartiese con las demás damas, lo que doña María recibió; y habiéndolo llevado a su señora, después de dar a las damas sus joyas, doña Blanca vistió las suyas, muy agradada de ellas, y leyó el papel que decía de esta manera:

«No debe ser admitido galán el que no sanea su atrevimiento con el deseo de ser esposo, ni tampoco será buen marido el que no fuera finísimo galán; pues es fuerza que lo sea todo para ser perfecto en todo. Lúcese bien vuestro entendimiento, hermosísima señora mía, en disponer que la gloria de mereceros se conquiste con la pena de desearos: que soy vuestro, ya lo sabéis: que sois mía, ignoro, pues aún no he llegado a estado de tal bien; y así, os suplico ordenéis lo que he de hacer para mereceros mía; pues ya sé lo que he de hacer para no morir hasta que lo seáis; y pues a los golpes de vuestra belleza no tengo otro reparo sino la esperanza, alentadme con ella, para que no muera con la dilación de vuestra gloriosa posesión. El cielo os guarde.»

Leído el papel, alabó doña Blanca el entendimiento y solemnizó el buen gusto del presente, mas no respondió por escrito; solo mandó a doña María le dijese cómo lo había recibido con la estimación que se debía.

Pasados los cuatro días, se levantó doña Blanca, ya algo moderada su tristeza, y oía con más gusto cómo la decían que el príncipe paseaba la calle y que había salido muy galán de sus colores; y esa noche salió a oír una música que la dio, cantando excelentísimamente a seis voces este soneto:

No quiere, dueño amado, el dolor mío

Tan áspero remedio como ausencia,

Que ni hay valor, cordura ni paciencia

Para sufrir, aunque sufrir porfío.

Tratadme con desdenes, con desvío,

Con celos, aunque es tanta su violencia,

Haréis de un firme amor clara experiencia,

Aunque me vuelva con mi llanto un río;

Que como yo me vea en vuestros ojos,

Dulces nortes de amor, estrellas mías,

En quien las desdichas de mi suerte espero;

Alegres, tristes, con mil enojos,

Darán aliento a mis cansados bríos,

Pero cuando no os veo, desespero.

Si más que a mí no os quiero,

Si veros me da vida,

Tenedla, si no os veo, por perdida.

Bien conoció el príncipe que estaban las rejas ocupadas, y no dudó de que estaría en ellas doña Blanca, y con mucho desenfado y donaire, como quien galanteaba con fe de amante y seguridad de esposo, dijo, llegándose más cerca:

—¿Seré tan dichoso que entre tantas estrellas esté el sol, y entre tantos nortes la blanca y plateada Cintia?

—Sí —respondió una de las damas, que como estos amores iban con las conveniencias ya dichas, y a lo público, no le querían regatear los favores, ni se temían las murmuraciones.

—¿Pues cómo, señora mía —prosiguió—, cubrís vuestros divinos rayos y lustrosos candores con la oscuridad del silencio? Merezca yo un favor vuestro, aunque sea mandarme morir.

—Que viváis muchos años —respondió doña Blanca—, y que prosiga la música es lo que mando.

Y con esto, avisando a los músicos, volvieron a cantar este romance:

Contaros quiero mis dichas,

Dulces y amorosas selvas,

En cambio de que escuchasteis

Con grato oído mis penas.

Salió a mis ojos el sol

De una divina belleza,

Tal que deidad le adorara,

A no conocer la eterna.

A sus acentos el alma,

Con tanta dulzura atenta,

Instantes juzgó las horas,

Millares contó las quejas.

Amor, desterrando dudas,

Aunque niño, cobró fuerzas;

Miente quien dice que amor

Es mayor con las ofensas.

Con las ternezas se cría,

Si con la vista se engendra;

Con las firmezas se anima,

Las finezas le alimentan.

Los agravios le desmayan,

Las sinrazones le hielan,

Enferma con los temores,

Y muere con las ofensas.

Y siendo así que el amor

Con los favores se aumenta,

Quien tantos ha recibido,

Fuerza es querer con más veras.

¿Quién verá, Blanca divina,

Tu hermosura y gentileza,

Que no te dé por tributo

Mil almas, si las tuviera?

Tal imperio tu hermosura

Ha puesto en mí, que quisiera

De nuevo entregarte el alma,

A no ser tuya esta prenda.

A tener tantas que darte,

Como son las prendas vuestras,

Ninguna libre quedara,

Que todas se las rindiera.

¡Ay, dueño del alma mía!

Si la estimáis como vuestra,

Maltratadla con amor,

No la matéis con su ausencia.

Si más que a mí no os estimo,

Ruego a Dios que no me vea

En posesión de esos ojos,

Siempre esté en desgracia vuestra.

Selvas, si veis de Blanca la belleza,

Contadle mi firmeza,

Referidle mi pena;

Rogadle, selvas, que de mí se duela.

Acabando de cantar, se retiró doña Blanca y quedó doña María para decir al príncipe que su señora se daba por muy bien servida de sus finezas: con que el príncipe muy gustoso se fue a su posada.

No se acabara jamás este desengaño si se hubieran de contar por menudo las cosas que sucedieron en este entretenimiento de amor y prueba de entendimiento, que así le llamaba doña Blanca; porque llegó a escribirse el uno al otro bien entendidos y tiernos papeles, a hablarle doña Blanca por una reja, no concediéndole más favor que el de sus hermosas manos; deseando las damas, y más doña María, que durara tantos años como días tenía el del concierto; porque demás de gozar las más noches de músicas, y los días de paseos, toros, cañas y encamisadas, máscaras y otras fiestas que el príncipe hacía en servicio de doña Blanca, estaban muy medradas de galas y otras dádivas, gozando también de sus galanteos; y así, ellas deseaban que el año no se acabara.

Doña Blanca lo deseaba más; porque cada día que pasaba la costaban muchos desperdicios de perlas: tanto era lo que sentía imaginar que se había de casar; y demás de esto amaba al príncipe tan ternísimamente que, cuando la venía a ver, a la dama o paje que la daba la nueva, daba, en albricias, una joya. ¿Quién vio jamás tan diferentes efectos de amor y desamor?

Contábanse en la corte estos amores por cosa de admiración; unos decían que doña Blanca tenía buen gusto en hacer que le costase al príncipe tan cara su hermosura, y que la comprase a precio de dilaciones: otros que era locura, y que siendo verdaderamente suyo y que podía poseer sin embarazo, dilatarlo por tanto tiempo; de suerte que cada uno hablaba como sentía del caso.

Tal vez que las criadas hablaban con los criados del príncipe, procurando saber de ellos cómo llevaba su dueño estas dilaciones; ellos las decían que estaba desesperado, y que, si bien quería de veras a doña Blanca, si no fuera por su hermano, hubiera deshecho los conciertos y vuéltose a su tierra, que así se lo escribía su padre que lo hiciese; y cuando doña María la decía esto a doña Blanca, arrasados sus ojos de lágrimas, respondía:

—Más desesperada estoy yo de que se cumpla tan presto el plazo; que si a ellos se les hace tarde, yo le juzgo temprano.

En fin, llegó (que no hay ninguno que no llegue, y más el que trae por padrino a las desdichas, que parece que le espolean para que se cumpla más presto); desposose doña Blanca con igual regocijo de toda la corte; y cuando pensaron que la tornaboda había de ser con el mismo regocijado aplauso, fue con llantos y lutos; porque casi una tras otra llegó la triste nueva del desdichado fin de sus hermanas, trayéndole a sus ojos la más pequeña, imposibilitada de poder andar; porque de las rodillas abajo no tenía piernas ni pies, habiendo de ser la cama el teatro donde mientras vivió representaba a todas horas la adversa estrella con que había nacido; con lo cual doña Blanca quedó tan temerosa y desabrida que se tiene por seguro que, si no se hubiera desposado, por ningún temor, interés ni conveniencia se casara, y así lo decía a sus damas con muchos sentimientos, y antes se hubiera entrado religiosa.

En fin, llenas de luto y pesares se acabaron de celebrar las bodas, y luego se empezó a tratar de la partida. Doña María trataba de casarse con el camarero del hermano de doña Blanca, y cuando supo que quería quedarse, como la quería tanto y se habían criado juntas, y la tenía por alivio en sus mayores penas, lo sintió de suerte que, por moderarle el desconsuelo, se dio orden que don Jorge (que este era el nombre del camarero del hermano de doña Blanca) fuese en su servicio con otros criados que llevaba españoles, con promesa de que en llegando allá los casaría y haría merced: con que dentro de dos meses casada, dejó doña Blanca a España, con tan tierno sentimiento de apartarse de su hermano y hermana, y de su amada patria, que el príncipe mostraba gran enfado de ello: porque como ya estaba en posesión, se iba cansando de los gustos que en esperanza le habían agradado, mas disimulaba a la cuenta hasta sacarla del poder de su hermano.

Al tiempo que doña Blanca partió de Madrid, se había averiguado la inocencia de su hermana doña Mayor y el rey había severamente castigado a su marido, con lo cual se moderó en parte el dolor de su muerte, juzgándola gozaba en el cielo la corona de mártir.

Puesta en camino, en fin, con el sentimiento que digo, era agasajada, los días que duró el camino por tierra, de su marido, mas no con tanto cariño como cuando estaba en la corte, de que ella, con extrañas admiraciones, daba parte a su querida doña María, la que como cuerda la alentaba, aconsejaba y entretenía la tristeza que llevaba de haber dejado su paternal albergue e irse a vivir desterrada para siempre de él, y más con los despegos que empezó a ver en su esposo; porque apenas se embarcaron y le pareció que tenía la inocente palomilla fuera de todo punto de su nido, cuando se desapegó de ella con tanta demostración de tibieza o enfado que muchas veces llegaban a tener rencillas sobre ello, y a las quejas que ella le daba respondía:

—No seas viciosa, española, ni te lamentes tanto por lo que ahora se empieza: ¿qué quieres: verme siempre junto a ti? Algún día desearás verme lejos.

No sé qué desdicha tienen las españolas con los extranjeros, que jamás las estiman, antes se cansan a dos días y las tratan con desprecio; y esto por haberlo visto en muchas lo digo.

Tuvo fin el viaje, y llegados a sus estados, se halló doña Blanca con menos gusto que antes; porque el suegro era hombre severo y que tocaba más en cruel que en piadoso; y enfadado del largo tiempo que su hijo se había detenido en el galanteo, aun el mismo día que llegaron a su presencia no disimuló el enfado y la recibió diciendo:

—¿Cuándo había de ser esta venida? Basta, que las españolas sois locas: no sé qué extranjero os apetece si no es que esté desesperado.

Y otras razones, de que doña Blanca corrida no acertó a responder, conociendo claramente que estaba en poder de sus enemigos; y si con alguna cosa tuvo alivio su pena fue con una hermana de su esposo, llamada la señora Marieta; que en aquellos países ni en Italia, ninguno se llama «don», sino solo los clérigos, porque nadie hace ostentación de los «dones» como en España; y más el día de hoy, que han dado en una vanidad tan grande que hasta los cocheros, lacayos y mozas de cocina le tienen, estando ya los negros «dones» tan abatidos, que las taberneras y fruteras son «doña Serpiente» y «doña Tigre»; que de mi voto, aunque no el de más acierto, ninguna persona principal se le había de poner, que no ha muchos días que oí llamar a una perrilla de falda «doña Jarifa», y a un gato «don Morro», que si Su Majestad (Dios le guarde) echara alcabala sobre los «dones», le había de aprovechar más que el uno por ciento; porque casas hay en Madrid, y las conozco yo, que hierven de «dones» como los sepulcros de gusanos; y me contaron por muy cierto que una labradora socarrona de Vallecas, vendiendo pan el otro día en la plaza, a cualquier vaivén que daba el burro, decía: «Está quedo, don Rucio»; y queriendo partirse, empezó a decir: «Don Arre»; y queriéndose parar: «Don Jo».

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