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Novelas ejemplares y amorosas

SEGUNDA PARTE. (continued 2)

Reading edition

No me dejó decir mas el traidor, pues sonriéndose, a modo de burla dijo:

—¿Y quién os ha dicho, señora doña Isabel, que todo eso que decís no lo tengo muy conocido, y tanto que con lo mismo que habéis pensado obligarme me tenéis tan desobligado, que si alguna voluntad os tenía, ya ni aun pensamiento de haberla habido en mí tengo?

Vuestra calidad no la niego, vuestras finezas no las desconozco, mas si no hay voluntad, no sirve todo esto nada; conocido pudiérades tener en mí desde el día en que partí de esta ciudad, que pues os volví las espaldas, no os quería para esposa; y si entonces aún se me hiciera dificultoso, ¿cuánto más será ahora, que solo por seguirme como pudiera una mujer baja, os habéis puesto en tan civiles empeños?

Esta resolución con que ahora os hablo, días ha que la pudiérades tener conocida; y en cuanto a la palabra que decís os he dado, como estas damos los hombres por alcanzar lo que deseamos, y pudieran ya las mujeres tener conocida esta treta y no dejarse engañar, pues las avisan tantas escarmentadas; y, en fin, por esta parte me hallo menos obligado que por las demás; pues si la di alguna vez, fue sin voluntad de cumplirla y solo por moderar vuestra ira: yo nunca os he engañado, que bien podéis haber conocido que el dilatarlo nunca ha sido por falta de lugar, sino que no tengo ni he tenido tal pensamiento, pues vos sola sois la que os habéis querido engañar, por andaros tras mí sin dejarme; y para que ya salgáis de esa duda y no me andéis persiguiendo, sino que viendo el imposible os aquietéis, perded la esperanza que en mí tenéis, y volviéndoos con vuestra madre, allá entre vuestros naturales buscad marido que sea menos escrupuloso que yo, porque es imposible que yo me fiase de mujer que sabe hacer y buscar tantos disfraces.

Zaida es hermosa, y riquezas no la faltan; amor tiene como vos, y yo se le tengo desde el punto que la vi; y así, en siendo cristiana, que será en previniéndose lo necesario para serlo, le doy la mano de esposo; y con esto acabaremos, vos de atormentarme y yo de padecerlo.

De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la espada y diciendo:

—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y finezas que debes a un ángel?

Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido, o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:

—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.

El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle, porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo muerta sobre su infeliz amante.

Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza, viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle, lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos pusiésemos en salvo; mas no le hallé.

En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe, a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con mortales ahogos y desasosiegos.

Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le diría mi determinación.

No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra, tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte de mi padre y de todas sus penas y trabajos.

Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen por mí fuese bajo ni subido.

Con grandes veras procuró Octavio apartarme de esta determinación, poniéndome por delante quién era, lo mal que me estaba; y que si hasta entonces por reducir y seguir a don Manuel lo había hecho, ya era excusado seguir una vida tan vil; mas viendo que no podía reducirme, quizá por permisión del cielo, que me quería traer a esta ocasión, me sacó a la plaza, y de los primeros que llegaron a comprarme fue el tío de mi señora Lisis, que aficionado, o por mejor decir enamorado, como pareció después, me compró, pagando por mí cien ducados; y haciendo a Octavio merced de ellos, me despedí de él, y él se apartó de mí llorando, viendo cuán sin remedio era ya el verme en descanso, pues yo misma me buscaba los trabajos.

Llevome mi señor a su casa y entregome a mi señora doña Leonor, la cual poco contenta, por conocer a su marido travieso de mujeres, quizá temiendo de mí lo que le debía de haber sucedido con otras criadas, no me admitió con gusto; mas después de algunos días que me trató, satisfecha de mi proceder honesto, admirando en mí la gravedad y estimación que mostraba, me cobró amor, y más cuando viéndome perseguida de su marido, se lo avisé, pidiéndole pusiese remedio en ello, y el que más a propósito halló fue quitarme de sus ojos.

Con esto ordenó enviarme a Madrid, y a poder de mi señora Lisis, que dándome nuevas de su afable condición vine con grandísimo gusto en mejorar de dueño, que en esto bien le merezco ser creída; pues por el grande amor que la tengo, y haberme importunado algunas veces la dijese de qué nacían las lágrimas que en varias ocasiones me veía verter, y yo haberla prometido contarlo a su tiempo, lo he hecho en esta ocasión; pues para contar un desengaño, ¿qué mayor que el que habéis oído en mi larga y lastimosa historia?

Ya, señores —prosiguió la hermosa doña Isabel—, pues he desengañado con mi engaño a muchas, no será razón que me dure toda la vida vivir engañada, fiándome en que tengo de vivir hasta que la fortuna vuelva su rueda en mi favor.

Ya no ha de resucitar don Manuel, ni cuando esto fuera posible me fiara de él ni de ningún hombre, pues a todos los contemplo en este, engañosos y taimados para con las mujeres; y lo que más me admira es que ni el noble, ni el honrado, ni el de obligaciones, ni el que más se precia de cuerdo, hace más con ellas que los civiles y de humilde esfera, porque han tomado por oficio decir mal de ellas, desestimarlas y engañarlas, pareciéndoles que en esto no pierden nada; y si lo miran bien, pierden mucho: porque mientras más flaco y débil es el sujeto de las mujeres, más apoyo y amparo habían de tener en el valor de los hombres.

Mas a esto basta lo dicho, que yo no lo he menester ya, porque no quiero haberlos menester, ni me importa que sean fingidos o verdaderos, pues tengo elegido amante que no me olvidará y esposo que no me despreciará, a quien contemplo con los brazos abiertos para recibirme.

Y así, divina Lisis (esto dijo poniéndose de rodillas), te suplico, como esclava tuya, me concedas licencia para entregarme a mi divino Esposo, entrándome en religión en compañía de mi señora doña Estefanía, para que en estando allí avise a mi triste madre, porque en compañía de tal Esposo ya se holgará hallarme, y yo no tendré vergüenza de parecer en su presencia; y ya que la he dado triste mocedad, darela descansada vejez.

En mis joyas me parece tendré para cumplir el dote y los demás gastos. Esto no es razón me lo neguéis; y pues por ingrato y desconocido amante he pasado tantas desdichas, y siempre con los hierros y nombre de esclava, ¿cuánto mejor es serlo de Dios, y a él ofrecerme con el mismo nombre de la Esclava de su amante?

Aquí dio fin la hermosa doña Isabel con un ternísimo llanto, dejando a todos compasivos y lastimados, en particular a Lisis, que como acabó y la vio de rodillas ante sí, la echó los brazos al cuello, juntando su hermosa boca con la mejilla de doña Isabel, a quien dijo con mil hermosas lágrimas y tiernos sollozos:

—¡Ay, señora mía!, ¿y cómo habéis permitido tenerme tanto tiempo engañada, teniendo por mi esclava a la que debía ser y es señora mía? Esta queja jamás la perderé; y os pido perdonéis los yerros que he cometido en mandaros como a esclava, contra vuestro valor y calidad. La elección que habéis hecho, en fin, es hija de vuestro entendimiento; y así yo la tengo por muy justa, y excusado es pedirme licencia, pues vos la tenéis para mandarme como a vuestra; y si las joyas que decís tenéis no bastaren, os podéis servir de las mías, y de cuanto yo valgo y tengo.

Besaba doña Isabel las manos a Lisis mientras le decía esto; y dando lugar a las damas y caballeros que la llegaban a abrazar y ofrecérsele, se levantó, y después de haber recibido a todos, y satisfecho a sus ofrecimientos con increíble donaire y despejo, pidió una arpa, y sentándose junto a los músicos, y sosegados todos, cantó este romance.

Dar celos quita el honor,

La presunción, pedir celos,

No tenerlos no es amor,

Y discreción es tenerlos.

Quien por picar a su amante

Pierde a su honor el respeto,

Y finge, o que no hace,

O se determina a hacerlo,

Ocasionando el castigo

Se pone a cualquiera riesgo,

Que también supone culpa

La obra como el deseo.

Quien pide celos no estima

Las partes que le dio el cielo,

Y ensalzando las ajenas

Abate el merecimiento.

Está a peligro que elija

Su mismo dueño por dueño,

Lo que por reñir su agravio

Sube a la esfera del fuego.

Quien tiene amor y no cela,

Todos dicen, y lo entiendo,

Que no estima lo que ama,

Y finge sus devaneos.

Celos y amor no son dos;

Uno es causa, el otro efecto,

Porque efecto y causa son

Dos, pero solo un sujeto.

Nacen celos del amor,

Y el mismo amor son los celos,

Y si es, como dicen, dios,

Una en dos causas contemplo.

¿Quién vive tan lastimado,

Que no teme será necio,

Pues quien más estado alcanza,

Más cerca está de perderlo?

Seguro salió Faetón

Rigiendo el carro febeo,

Confiado en su volar

Por las regiones del cielo.

Ícaro en alas de cera,

Por las esferas subiendo:

Y en su misma confianza,

Ícaro y Faetón murieron.

Celos y desconfianza,

Que son una cosa es cierto:

Porque el celar es temer,

El desconfiar lo mesmo.

Luego quien celos tuviere

Es fuerza que sea discreto;

Porque cualquier confiado

Está cerca de ser necio.

Con aquesto he desatado

La duda que se ha propuesto;

Y responderé a cualquiera

Que deseare saberlo,

De que en razón de celos,

Es tan malo darlos

Como tenerlos.

Pedirlos, libertad;

Darlos, desprecio;

Malo es tenerlos;

Pero aqueste quiero,

Porque mal puede amor

Serlo sin ellos.

NOCHE SEGUNDA.

DESENGAÑO SEGUNDO.

LA MÁS INFAME VENGANZA.

Acabada la música, ocupó la hermosa Lisarda el asiento situado para las que habían de desengañar, temerosa de haber de mostrarse apasionada contra los hombres, estando su amado don Juan presente; mas pidiéndole licencia con sus hermosos ojos, como si dijera: «Más por cumplir con la obligación que por ofenderte hago esto», empezó así:

—Mandásteme, hermosa Lisis, que fuese la segunda en dar desengaños a las damas, de que deben escarmentar en sucesos ajenos para no dejarse engañar de los hombres; y cierto que más por la ley de la obediencia me obligo a admitirlo que por sentir que tengo de acertar.

Lo primero, porque aún no he llegado a tiempo de desengañarme a mí, pues aún apenas sé si estoy engañada, y mal puede quien no sabe un arte, sea el que fuere, hablar de él, y tengo por incivilidad decir mal de quien no me le ha hecho; y con esto mismo pudiera disculpar a los hombres; pues lo cierto es que los que se quejan están agraviados, que a no ser así no son tan menguados de juicio que dijeran tanto mal como de las mujeres dicen: y para que ni ellos se quejen, y yo cumpla con lo que me es mandado, sucintamente referiré un caso que sucedió a una principal dama, con lo que me parece desengañaré a las que hubieren menester desengañarse; y sobre todo pienso que no conseguiré fruto alguno.

Por donde la hermosa doña Isabel ha salido tan bien de su empeño, escarmentando a todas con su mismo suceso, no deja de ser atrevimiento querer ninguna lucir como ha lucido, y menos mi entendimiento, que carece de todo acierto; mas suplicando a todo este auditorio hermoso y noble perdonéis las faltas de él, digo así:

No ha muchos años que en la nobilísima y populosa ciudad de Milán había un caballero dotado de todas las prendas, gracias y prerrogativas de que puede colmar naturaleza y fortuna; si bien en mocedades y juegos disminuyó lo más de su hacienda. Era español, y como con un honrado cargo en la guerra había pasado a aquel país, casó allí con una dama igual a su calidad, aunque no rica, con que vino a ser su hacienda bastante para poder pasar una modesta y descansada vida, no sobrándole ni faltándole para criar dos hijos que tuvo de su matrimonio.

Con algún regalo nació primero Octavia, llamándose así por su madre: y el segundo don Juan, de quien no diré el apellido; que cuando los hombres con sus flaquezas desdoran su linaje, es mejor encubrirle que manifestarle.

Era Octavia, aunque mayor que su hermano seis años, de las más hermosas mujeres de aquel reino: así no lo fuera en las gracias, donaire y entendimiento; pues quien sin verla la oía, la admiraba fea cuando la celebraba hermosa.

Llegando pues a la edad en que más campea la belleza, se enamoró de ella, viéndola en un festín, un hijo de un senador, mozo, galán, entendido y rico; partes para que no tuviera Octavia mucha culpa en corresponderle; mas era cuerda, y notó que ya no es dote la hermosura, y que Carlos, que este era su nombre, era rico y no se había de casar con quien no lo fuese; con cuyos temores se defendió algún tiempo: así lo hiciera siempre y no fuera causa de las desdichas que después sucedieron; pues, como he dicho, vio Carlos a Octavia en un festín, regocijo usado en aquella tierra; y viéndola se perdió, o lo dio a entender; que para mí lo peor que siento de los hombres es que publican más que sienten.

No miró Octavia mal a Carlos, mas viendo el imposible (aunque no para lo que merecía su hermosura), detuvo el afecto del mirar para no llegar a sentir; porque como no pensaba hacer lo que las comunes, no tenía por acertado empeñarse en amar sino a quien pudiese ser su esposo; y que ya que su desdicha la encaminase a rendirse, fuese obligándose a serlo.

¡Oh, qué de desengaños han padecido por esta parte las mujeres, y cuantas desengañadas tienen los hombres, cuando ya no tienen remedio!

Muy cautivo se halló Carlos de la belleza de Octavia, mas no con el pensamiento que ella tenía, que era el matrimonio, porque en tal caso no pensaba Carlos salir de la voluntad de su padre, que entendía no había hasta entonces nacido mujer que igualase a su hijo: mas pareciole que como Octavia no era rica, pues sus padres no poseían sino una honrada medianía, que con joyas y dineros conquistaría este imposible de hermosura; y a no bastar esto, valerse de la fuerza o de algún empeño; que esto es echar, como dicen, por el atajo; y así, empezó primero su conquista con suspiros, y con pasear su calle de día y de noche; mas a esto Octavia, si no descuidada, a lo menos advertida de que con no verlo ni oírlo se había de defender, se negaba a todo huyendo de la vista de Carlos, aumentando en él con estos desvíos o el amor o el deseo, que tal vez los hombres suelen volver en tema la voluntad.

No gozaba Carlos sin competidores de su amor mal correspondido: pues como Octavia era hermosa, había muchos deseosos de merecer sus divinas prendas, y con más honestos pensamientos que Carlos; mas Octavia los hacía a todos iguales: y si de alguno se dejaba llevar su altivo desdén, era de un deudo de su madre que mediante el parentesco la trataba con mucho más cariño, por visitarla algunas veces, y él andaba buscando ocasión para pedirla a su padre por esposa.

No ignoraba esto Carlos que, como era rico, sobornó a los criados, y estos regularmente son descubridores de lo más oculto que sus amos hacen. Como le era imposible decirla ni su amor ni sus celos, por no darle lugar la dama, una noche de las calurosas de julio, sentado debajo de los balcones como otras veces le sucedía, al son del templado instrumento de sus lastimosos suspiros, cantó este soneto:

Apenas en amor di el primer paso,

Cuando en rabiosos celos di de ojos:

¡Ay qué crueles penas! ¡ay qué enojos!

Favor, amor, que en su rigor me abraso.

¿Cómo de gloria estás conmigo escaso,

Que se lleva otro dueño mis despojos?

¡Oh qué prados de espinas y de abrojos,

Mirando ajeno el bien, llorando paso!

Mal haya quien, amando, en nada fía,

Fidelidad ingrata, triste lloro,

A yugo desleal mi cuello obligo.

Ya murió mi esperanza; era al fin mía:

Falsa me paga cuando firme adoro,

Tropieza en celos si a Cupido sigo.

¡Oh amor, dulce enemigo,

Oh cruel tirana,

Reinar y amar no quieren compañía!

Ya parece que Octavia escuchaba a Carlos tan bien como le había mirado; pues estuvo en el balcón mientras Carlos cantó el referido soneto. Había de ser desgraciada, y empezaba ya su desdicha a ponerla en las ocasiones de perderse: y así dio lugar, con estarse queda en el balcón, a que Carlos, como que hablaba con sus mismos pensamientos, le afease lo mal que decía tanta hermosura con tanta crueldad; que aunque no tuvo respuesta, se contentó el amante con el favor de haberle escuchado, con lo que tuvo atrevimiento de escribirla este papel:

«No sé qué gloria consigues, divina Octavia, en ser cruel, o en qué te ofende mi amoroso rendimiento, que te excuses, ya que no de premiarle, de oírle, que aún no me conceden tus hermosos ojos licencia de nombrarme tuyo; pues asegúrote que, o has de dejar de ser hermosa, o que no he de apartarme de amarte; y pues es cada imposible de estos imposible vencerle, permíteme, que pues soy y he de ser tuyo mientras tuviere vida, el favor de oírme, que con esto la sustentaré para ser tuyo.»

¡Qué peligrosa bala para el fuerte de la honestidad es la porfía! Todas cuantas defensas se pueden poner, rinde, como sucedió en Octavia; pues habiendo venido a sus manos este papel por medio de una criada, a quien Carlos supo granjear con oro, lo que primero había sido agrado se convirtió en amor.

Enamorose Octavia, y dejose vencer de suerte que tuvo Carlos respuesta de este y otros que le escribió, y no solo este favor, mas el hablarle de noche por una reja después de acostados sus padres, que don Juan su hermano no asistía en Milán, acudiendo fuera de ella a sus estudios: era muchacho y no muy bien inclinado; ocasión para que su padre le privase de sus regalos. Deseaba que fuese eclesiástico, aunque él no tenía ese parecer, y con esto tenía más lugar Octavia para seguir su empresa amorosa, con intención de ver si podía granjear a Carlos para esposo.

Algunos meses entretuvo Octavia a su amante con solo este favor de hablarle, sin consentirle tomarla una mano por la permisión que daba la reja, temerosa, aunque le quería bien, de algún engaño, conociendo que era un imposible si el amor no le obligaba, por ser Carlos tan rico. Este, más enamorado con las resistencias de Octavia, estaba deseoso de mayores favores; mas la dama, al paso que le veía desearlos más, se los negaba, tanto que ya tocaba en crueldad, de lo que el galán se quejaba, culpando su poco amor, y para mostrárselo mejor cantó una noche a los ecos de un laúd que le traía un criado, esta canción:

¡Ay cómo imito a Tántalo en la pena,

Pues el agua a la boca de sed muero!

Tengo conmigo al bien que adoro y quiero,

Y parece que el bien de mí se ajena.

De las penas de amor el alma llena,

El premio de mi amor gozar espero,

Y cuando ya le toca desespero,

Porque un rigor mi atrevimiento enfrena.

¿Qué delito me usurpan tus favores,

Hermosa ingrata que en mi alma vives?

¿Por ventura robete la ambrosía?

Aplaca de mi alma los ardores,

Que no es razón que del cristal me prives

Cuando muere de sed el alma mía.

Vesme sin alegría,

Y tú cruel conmigo,

Morir me dejas, y con ser testigo

De las penas que paso,

No me socorres cuando más me abraso.

Cuando morir me dejas,

Y mirarme no sientes con fieros accidentes,

Sin remediar mis quejas:

Y si lloran mis ojos,

Recibes de mis lágrimas enojos:

O remedia la llama en que me abraso,

O déjame llorar el mal que paso:

Y el llanto venza el mío,

Tu crueldad, tu tibieza, tu desvío;

Pues es rigor quitarme,

Cuando llorando estoy, desahogarme.

¡Ay, con cuántos rigores el alma sin ti lucha,

Y si tu voz escucha,

Oh, cómo son mayores!

Cobarde, no me atrevo

A hacerla de mi boca dulce cebo:

Que fuera gran contento

En vaso de rubí beber su acento:

¡Ay, Dios!, quién me lo quita,

Digo, que un miedo que en mi alma habita,

De temer que te ofendo,

Cuando gozar este favor pretendo.

Bien sabes que te quiero,

Y que con alma ingrata

No miras que me mata

Tu recato severo.

Pues si vivo en tus ojos,

Y me quitan la vida sus enojos,

Haces suerte en la vida;

¡Oh, más ingrata, mientras más querida!

Y para que concluya,

Yo viva y muera en la desgracia tuya,

Si no has de ser mi dueño,

Yo de ser tuyo mi palabra empeño.

Pues, dueño de mi vida,

Goce yo tus favores,

Quítame estos temores,

No seas mi homicida:

Mas ¡ay amor! que muero,

Ya de obligarte, ingrata, desespero:

Ya mi bien no me quiere;

Ya mi memoria en su memoria muere:

Y pues de mí se olvida,

Venga la muerte, acábese la vida,

Y vivan en mis ojos

Eternamente lágrimas y enojos.

Canción triste, si obligas

A mi dueño querido,

Inmortal vivirás de eterno olvido;

Y si no moriremos

En la desdicha que los dos tenemos.

Menos que esto había ya menester Octavia, porque ya amaba a Carlos más que fuera razón; que en esto se ve cuán flacas son las mujeres, que no saben perseverar en el buen intento; y aun por esta parte disculpo a los hombres en la poca estimación que hacen de ellas; mas disculpemos los yerros de amor con el mismo amor; y así, abriendo la ventana le llamó diciendo:

—No sé, Carlos, cómo me tienes por tan cruel e ingrata como has mostrado y das a entender en tus versos, pues has merecido llegar al favor que hoy gozas, a pesar de mi recato y nobleza, sin haberme asegurado de un dichoso fin en tu pretensión; y yo, por quererte bien, aún no he reparado en eso ni mirado lo mal que le está a mi opinión, y a la de mis padres y hermanos, galanteos sino de quien ha de ser mi esposo, y ahora, mal hallado con la merced que te hago, te quejas de ingratitudes y crueldades cuando debieras mirar que fuera tenerlas conmigo misma, si hiciera lo que pides sin resguardo de mi honor: tú sí que eres cruel conmigo, pues pudiéndome hacer dichosa, me haces desdichada; que claro es que perderé esposo por tu causa, y no te ganaré a ti, como si desmereciera yo esta dicha.

Pobre soy para igualarme a tu riqueza; en esto confieso que me excedes, pero en lo demás te igualo; y cuando no lo fuera, amor iguala bajezas con grandezas fiadoras: esta poca o mucha belleza que tengo, que esto será lo que tú quieres, ¿por qué estás cobarde de hacerla tuya? Y cuando haciéndolo me conozcas ingrata, entonces te podrás levantar por desvalido, y si no, conténtate con lo que alcanzas y no te quejes; y para que en ningún tiempo lo puedas hacer justamente de mí, te digo que, menos que siendo mi esposo, ni pidas más ni alcanzarás más; y aun esto lo he hecho pareciéndome a mí que un hombre de tu entendimiento y capacidad, el día que se puso y determinó a amar una mujer de mi calidad y prendas, no había de ser con otro intento y fin.

Con esto calló; y Carlos, como no lo había de cumplir, no se le hizo dificultoso prometerlo, y así la respondió:

—Hermoso dueño mío, no quiera el cielo que por cosa que a mí me está bien me quite a mí propio la dicha de ser vuestro y de gozar los favores que tanto deseo; y para conseguirlo y teneros a vos segura, y que vos lo estéis de mí, yo os daré, no una vez sino mil, la fe y palabra de ser vuestro esposo; pero con la condición de que por ahora esté secreto, por la avara y civil condición de mi padre que piensa darme mujer aún más rica que él, sin mirar que la riqueza más grande es vuestra hermosura.

¡Qué liberal promete Carlos, y qué ignorante cree Octavia! Liviandad me parece; mas vaya, que ella se hallará burlada; que promesas de rico a pobre pocas veces se cumplen, y más en casos amorosos.

Quería Carlos alcanzar, y prometía; y quería Octavia marido de las prendas de Carlos, y así, pareciéndola que con el dote de la hermosura la bastaba, aceptó, dándole a Carlos las gracias: y Carlos, después de haber venido la criada, tercera en estas locuras, delante de ella la dio fe y palabra de ser su marido.

¡Ah, Octavia, y qué engaño se te previene! En la hermosura te fías, sin mirar que es una flor que en manoseándola un hombre se marchita, y en marchitándose la arroja y la pisa. Este es el mismo desengaño, hermosas damas; no creáis que ningún hombre lo que hace enamorado lo hará después arrepentido; y si alguno lo ha hecho, es un milagro, y aun después lo hace pagar bien caro.

Riose Octavia: ¡oh mujer fácil! Abrió a Carlos la puerta: ¡oh loca! Entregó la joya más rica que una mujer tiene: ¡oh hermosura desdichada! No quiero decir más en esto, que el mismo suceso desengañará. Gozaron sus amores muchos días, entrando Carlos con secreto en casa de Octavia. No se arrepintió Carlos tan presto, pues antes se hallaba muy gustoso con su amada prenda, y ella teniéndose por extremo dichosa.

Ocasionáronse en este tiempo las largas y peligrosas guerras de aquellos reinos, que no solo lloran ellos sino nosotros; pues de esto se originó entrársenos en España y costarnos a todos tanto como cuesta; y en una de las batallas que se dieron murió el padre de Octavia, por seguir ya anciano el ejercicio de su mocedad, que eran las armas; y su madre a pocos meses murió también de pena de haber perdido su amado esposo. ¡Dichosos en perder la vida antes que se la acabara ver la perdición de su hija!

Don Juan, luego que supo la muerte de sus padres y que ya no tenía freno a sus travesuras, vino al punto a Milán, más cursado en juegos y amoríos que en los estudios; que como no los seguía de voluntad, mas de por la fuerza que le hacía su padre, no había aprovechado nada en ellos, sino contribuido a acabar parte de la hacienda que había, y arrimando los hábitos y libros empezó a gastar la que había quedado, sin mirar que tenía una hermana moza, hermosa, y por tomar estado; y para que ella no gastase nada, la tenía tan encerrada y necesitada de todo que, aunque él no la tuviera así, ella misma se quitara de los ojos de todos por no parecer en menos porte que el que traía en vida de sus padres; porque aunque tenía algunas joyas de valor que Carlos la había dado, no osaba que don Juan se las viese; porque tan presto como llegaran a sus ojos las tuviera puestas con dueño.

Con estos sucesos cesó el poder entrar Carlos en su casa como solía; no porque don Juan supiese nada, sino por temor de que no lo entendiese, viendo que Carlos no quería, por temor de su padre, que se publicase; de manera que apenas se veían si no era pasando por la calle, y eso con mil temores, por conocer la arrebatada condición de don Juan y que con él no había hora segura; de que los dos amantes estaban tan impacientes, que ni Carlos vivía ni sosegaba, ni Octavia enjugaba sus ojos: el mayor alivio que tenían era escribirse por medio de aquella criada dicha, la cual un día trajo un papel a su señora, que Carlos le dio, con estas décimas; habiendo tomado asunto para ellas haber visto a Octavia en el balcón muy triste y llorosa, como la que más sentía el estar apartada de su esposo, que tal creía que era Carlos:

Triste estáis, dueño querido,

Y puedo decir que al sol

Le ha faltado el esplendor

De que siempre está vestido:

El gusto tenéis perdido,

Y yo no os le puedo dar;

Mas si para remediar

La alegría perdida,

Habéis menester mi vida,

Con gusto os la quiero dar.

Leandro seré en perderla

Con voluntad animosa;

Porque en mi poder no hay cosa

Que no seas dueño de ella:

Y si por secreta estrella

Para ser vuestro nací,

Y falta el poder en mí

Para alegrar vuestros ojos,

Dadme a mí aquesos enojos,

Hareisme dichoso así.

¡Ay, quién poderoso fuera

De poderos alegrar!

Porque como os supe amar,

Daros contento supiera:

El sol en su sacra esfera

Aun no estuviera seguro;

Y por vuestros ojos juro

Que son en mí sus enojos

Prados de espinas y abrojos,

Donde el sufrimiento apuro.

Mas, señora, si mi suerte,

De mis glorias enemiga,

Es la misma que os obliga

A que sufráis esa muerte:

Decidle que porque acierte

Su golpe ejecute en mí;

Y vos, mi dueño, vivid:

Y si no, pedidle vos

Que le ejecute en los dos,

Y será acertado así.

Mas en tanto que esto llega,

Alegraos, que, vive Dios,

Que a mí me matáis, si vos

Os matáis de rabia ciega:

En mis lágrimas se anega

Este papel amoroso,

En vuestras manos dichoso

Cuando las llegue a besar;

Pues sin saber qué es amar,

Más es que yo venturoso.

Muchos días, como he dicho, se pasaron sin que estos dos amantes pudiesen dar alivio a sus penas; porque don Juan, o de celoso, o mal intencionado, el día que iba a misa no se quitaba de su lado; que otras visitas no se las dejaba hacer: con que Carlos estaba desesperado y Octavia perdía el juicio; hasta que sucedió que en una casa de juego, sobre jugar una suerte mató a un caballero principal de la ciudad, y queriéndole prender por ella se escapó y retiró a un convento, viendo que si le prendían no le iría muy bien, respecto de traerle ya sobre ojo la justicia por sus travesuras; y desde allí avisó por un papel a su hermana que, deshaciéndose de algunas cosas de casa, le juntase el dinero que pudiese para ponerse a mejor recaudo; porque le habían avisado trataban de sacarle de la iglesia; que en llegando a Nápoles, donde quería irse, la avisaría o enviaría por ella, dándola asimismo media docena de documentos de lo que había de hacer en su ausencia, quien los pudiera también tomar para él.

Así se hizo como él pidió, supliéndolo todo Carlos porque Octavia no se deshiciese de sus joyas, y con todo secreto fue a ver a su hermana, y despedido de ella, se pasó al reino de Nápoles, quedando Carlos con la ausencia de don Juan por dueño de la casa de Octavia, entrando y saliendo de ella sin ningún recato, restaurando los gustos perdidos con tantos excesos que ya le vinieron a cansar, dando lugar a que toda la ciudad lo murmurase, y a que todas las señoras amigas de Octavia se retrajesen de su comunicación, por estar su fama tan oscurecida.

Más de dos años pasaron de esta suerte, pues aunque Carlos se hallaba ya achacoso de la voluntad, no se atrevía a declararse de todo punto con Octavia, si bien ella vivía ya menos segura de que Carlos la cumpliese la palabra, conociendo en su tibieza su desdicha, porque no le veía con tanta puntualidad ni la trataba con el cariño que antes.

Si muchas noches faltaba al lecho y a las lágrimas que Octavia vertía, y a las bien entendidas quejas que le daba, él ponía por excusa a su padre, diciendo que le reñía porque salía de casa de noche; y si ella le hablaba en razón del casamiento, la respondía que si le quería ver destruido y muerto a manos de su padre: y aunque Octavia le suplicaba que por excusar la ofensa a Dios se casasen en secreto, la decía que si era él persona que cuando llegase la ocasión se había de casar así. Avivó con estas cosas la desconfianza de Octavia, dándose por perdida y dudando de la poca fe de Carlos; martirizaba sus ojos y ajaba su hermosura, mientras Carlos estaba cada día más desapasionado.

¡Ah, qué se les pudiera decir ahora a los hombres, infamando a Carlos de engañador, de falso y mal caballero!; ¡y quién pudiera afear a Octavia su flaqueza, para que las damas, viendo reprender a Octavia, mirasen lo que habían de hacer!; mas este desengaño se lo está diciendo por mí; fíense, fíense, que al cabo se hallarán como Octavia se halló, sin esposo, sin honor y aun sin amante, que Carlos aun de serlo estaba arrepentido.

Carlos no alcanzaba, y se desesperaba: Carlos alcanzó, y se arrepiente: y es lo peor que este Carlos debió de procurar muchos Carlos, que aunque en todos tiempos los ha habido, y hoy lo son todos y todas son Octavias, ni ellos se arrepienten de serlo ni ellas tampoco, cayendo cada día en los mismos hoyos que cayeron los pasados.

Ya, en fin, Carlos, cansado de Octavia, no le parecía tan hermosa ni le agradaba su asistencia, ni le descuidaba su cuidado; y como naturalmente se enfadaba de ella, todo le enfadaba; la asistencia era poca, los cariños eran menos: ya se descuidaba del ordinario sustento, y si se le pedía, ponía ceño; de manera que Octavia se halló en el estado de aborrecida sin saber cómo; y si bien conocía los lazos que en otro tiempo tenían preso a su desconocido dueño, ya los ponderaba dogales para el cuello, y disimulaba cuanto podía por no acabar de perderle.

¡Ah, desdichadas mujeres, que el mismo martirio conserváis por no perderle! ¡Dichosas muchas veces las que, libres de tal mal, conserváis la vida en quietud, sin estar agradando un tirano que cuando más propio le tenéis más perdido!

Finalmente, Carlos aborreció a Octavia, y estaba tan cansado de ella que se pasaban los dos y los tres días sin verla; y si la veía era a fuerza y con poco aliento; y de todo no tenía culpa su padre, que él no la tenía de todo punto, porque aunque eran ya estos amores tan públicos que ni él ni nadie los ignoraba, y le reprendía como padre, y pudiera por esta parte no acudir a ellos, no era tan a menudo que le estorbase lo que él mismo, con el poco gusto que tenía, se estorbaba.

Sucedió, pues (que cuando las desdichas han de venir, no faltan acasos que alienten), que en Navarra murió un caballero, amigo del senador, padre de Carlos, y le dejó por testamentario y tutor de una sola hija que tenía, llamada Camila, de edad de veinte años, medianamente hermosa y sumamente rica: si bien la mayor riqueza de Camila era la virtud, que sobre ser honesta y virtuosa criatura, su entendimiento y demás gracias eran grandes.

Pues como el senador vio la ocasión, aplicó luego tal joya para su hijo, y como lo pensó lo quiso efectuar; y llamándole a solas se lo comunicó, engrandeciendo las prendas de Camila y el acierto que en que fuese su esposa se hacía, añadiendo a esto afearle la amistad de Octavia y diciéndole lo mal que parecía en Milán, aunque la estimase por amiga, cuanto y más tomarla por esposa, pues una mujer que se había rendido a él, ¿qué confianza podía tener que no se rindiese a otro?, y que la hermosura de todos era apetecida; añadiendo a eso que si no ponía remedio en ello, dotándola para que se casase o entrase religiosa, admitiendo la esposa que le proponía, que con la potestad que tenía de juez haría en ella un ejemplar castigo, desterrándola de Milán públicamente por inquietadora de su casa.

Como Carlos ya no amaba a la desdichada Octavia, dando las disculpas a su padre convenientes y asegurándole pondría en orden su vida, y haciendo que Octavia se entrase en un convento, aceptó el casamiento de Camila, aficionándose, como mudable, de la nueva dama que esperaba tener por suya.

Y porque Octavia no le impidiese mediante la palabra que delante de testigos la había dado, añadió un engaño a otro. Fue a ver a Octavia, fingiéndose muy triste; y la afligida dama, como le quería y siempre estaban colgados sus ojos de su semblante, y le vio algunas ternezas en ellos, o falsedades, por no mentir, y dar algunos congojosos suspiros, sintiendo más su pena que él mismo, empezó a temer, y más viendo que Carlos, sin rogárselo, como muchas veces la había sucedido, porque después que la había aborrecido si no era a fuerza de lágrimas no podía alcanzar tal favor, se desnudó y puso en el lecho, haciendo ella lo mismo, para que en aquel amoroso potro confesase, apretado de los lazos que le pusiese al cuello, que no era menester apretarlo mucho, porque él tenía voluntad de decirlo, pues de industria se mostraba tan afligido. Al fin, con amorosas caricias le dijo:

—No sé qué me tema, oh Carlos y señor mío, de lo que veo en ti esta noche, y de tus suspiros en el pecho y lágrimas en los ojos, y que no paras conmigo. La pena que causa esta novedad, a la cuenta yo soy quien te la da; y si es así, cree que será con ignorancia y no de malicia; y entender lo contrario será en ti falta de conocimiento y aun de voluntad; porque si de mí entendiera que pendía ni aun con el pensamiento ofenderte, antes que tú llegaras a saber mi delito me le castigara yo quitándome la vida; y supuesto esto, si quieres que yo más justamente te ayude a sentir lo que sientes, comunica conmigo tu pena y sácame de tanta confusión, que me tienes ahogada en temores y sepultada en sospechas.

No aguardaba más el engañoso Carlos, y así, fingiendo mayores ahogos y más apretados sentimientos, la respondió:

—Mucho me pesa, Octavia mía, que juzgues que es mi pena por desaciertos tuyos; que si alguna cosa me obliga a adorarte y estimarte, es tu cordura y honestidad, pues con ser tu hermosura tanta, es más que tu hermosura, pues si ella me enamoró, tus virtudes me cautivaron; y cree que aunque eres tú la causa de mi sentimiento, no eres tú, supuesto que no tienes más culpa en ella sino por ser desgraciada y no haber nacido rica, ocasión para que mi padre te aborrezca y yo no me atreva a decirle que eres mi esposa; y para no darte la purga en taza dorada, sino que la bebas de una vez, mi padre ha sabido de hecho todos nuestros amores y la asistencia que tengo en tu casa, la continuación con que te asisto, y rematadamente le han dicho que me quiero casar contigo, que le gasto la hacienda y otras cosas en que se adelantó la lengua traidora que se lo dijo; que a saber yo de quién era, la hubiera sacado del lugar donde se halla.

Él está, como padre, enojado; y como juez, airado, y como viejo avaro sin paciencia ha jurado te ha de prender, y por inquietadora de la ciudad y de su hijo desterrarte públicamente, añadiendo que hará buscar a tu hermano, cuando esto no baste, y le obligará con decirle tus flaquezas a que te dé el merecido castigo. No me atreví, según le veía, a declararle la verdad, ni tampoco a casarme luego, por no agravar más el caso ni provocarle a más cólera, porque si ahora, en duda, es su ira tanta, ¿qué será si lo tuviese por verdad? Tengo por sin duda que a entrambos nos quitara la vida.

Esta es mi confusión y tristeza, porque sé cuán aprisa se ejecutará lo que ha dicho: aquí estoy contigo, y te tengo en mis brazos, y te estoy llorando ausente y desterrada con tanta afrenta, o en poder de la ira de tu hermano, adonde corre riesgo tu vida y la mía: ahora que lo sabes, mira si con tu divino entendimiento hallas salida a tantas desdichas como se nos aparejan, pues claro es que pasándolas tú, son tan mías como tuyas.

En gran espacio no pudo responder Octavia a Carlos, temiendo, como flaca mujer, el daño que la amenazaba, no sospechando de Carlos cautela ninguna, viéndole con tan tiernos sentimientos; mas, cobrándose de la pasión que tenía, le respondió, desperdiciando hermosas perlas:

—¡Ay, Carlos, y qué de días ha que ha temido y teme esto mi triste corazón! Y cuando te rogaba con tantas ansias que me hicieras de todo punto dichosa, no era por temer que me habías de faltar a la palabra dada, sino por escapar de esta tempestad con honor, y tú creías que era desconfianza de tu amor; que si estuvieras casado conmigo, a lo hecho ¿qué podía hacer tu padre?, pues no aventuraba a perder más de los bienes de fortuna, que en lo demás no le debo nada. Pedirte en el riesgo que lo hagas es excusado, pues el que no lo hizo en la bonanza de la paz mucho menos se puede esperar lo hará en la tempestad de la guerra; y así, no trato de nada más de huir de la fortuna que me amenaza, fiada en que obrarás como cristiano y como buen caballero. Mira tú ahora dónde será bien esconderme del rigor de tu padre, y si será a propósito salirme de Milán por algunos meses u ocultarme en casa de algún deudo mío.

—No, Octavia mía, no —dijo entonces el cauteloso Carlos—; salirte de la ciudad es muy a costa mía, que no podrán mis ojos, enseñados a mirar tu belleza, vivir sin ella: en casa de ningún pariente, tampoco, porque yo no he de dejar de entrar a verte, y dos veces que sea notado de las espías que me ha de poner mi padre, no hallándote a ti cuando te busque, ha de correr el mismo peligro: lo que me parece más a propósito es entrarte en un convento, y que lleves a él tu hacienda y criadas, y te estés allí algunos meses en tanto que a mi padre se le pase la ira, que viéndote a ti en clausura y a mí obediente, no le durará mucho, que al fin es padre y hará como tal; que cuando yo te saque de él para mi esposa, podrá ser estén las cosas de otra manera: allí te veré todos los días, y te iré dando joyas y dineros para que, pues la codicia de mi padre es tanta, no obstante que a ti la riqueza de tu hermosura te bastara, tengas con que hartarla y satisfacerla.

Concedió Octavia en lo que ordenó Carlos; y no fue mucho que la engañara, según él lo sabía ponderar, y haciéndola mil caricias y prometiéndola de nuevo ser su esposo, se despidió de sus brazos con caudalosos ríos que vertían sus ojos.

Llegó el día, y con él se dispuso todo, de suerte que antes de la noche ya Octavia estaba en el convento y Carlos libre de su embarazo, quien avisando a su padre como ya Octavia estaba en religión, se efectuó el casamiento con Camila, partiéndose el senador mismo a Navarra por ella.

Más de un mes se pasó en disponer las cosas para la boda, visitando en este tiempo cada día a Octavia con tantas finezas y agasajos que, como la dama había visto en él tantos despejos desde que la había aborrecido, y ahora le juzgaba tan amante, daba por bien empleada su reclusión.

Regalábala mucho y dábala joyas de valor, que ella tomaba creyendo que era para la causa que le había dicho, que era aumentar su dote; mas Carlos iba con otra intención, porque como no se había de casar con ella, quería de este modo satisfacer a su obligación, para que, cuando Octavia supiese que se había casado, no lo sintiese tanto, viéndose rica para tomar otro estado, imaginando que con el oro doraría la falta de su fama.

¡Quién hiciera esta traición sino un hombre! Mas quiero callar, que el mismo suceso dice más de lo que yo puedo expresar.

Llegose el día deseado de Carlos, ya nuevamente enamorado de Camila, que aunque no muy hermosa, el trato y ser ropa nueva le hacía apetecerla. Tenía Camila la belleza que ha de tener la propia mujer, pues más en las virtudes que en hermosura ha de florecer; demás que no era tan fea que pudiera por esto ser aborrecida, y cuando lo fuera la hiciera hermosa más de cincuenta mil ducados que tenía de dote, y deseaba ya Carlos verse dueño de todo.

Desposose y velose Carlos con mucho gusto y grandes fiestas, olvidando de todo punto la obligación de Octavia. Pasados dos o tres días en las ocupaciones dichas, ya más moderados los alientos de desear, con haber gozado de su esposa y tenerla ya, como suya, menos apreciada; pues como dijo un galán que otro día después de haberse casado estaba triste, y siendo preguntado si estaba arrepentido, respondió: «¿Pues quién ignora que no fuera casamiento si no lo estuviera?»

En fin, como digo, acordose Carlos de Octavia, y que era fuerza desengañarla: como él no pensaba verla más, la escribió un papel que decía así:

«Cuando los sucesos están dispuestos del cielo, ni sirve desearlos ni pretenderlos: que fueses, hermosísima Octavia, mía, y yo tuyo, se ve que no lo estaba, pues permitió otra cosa. Sabe Dios lo que siento el desengañarte, mas, pues no puede ser menos, mayor crueldad será tenerte engañada que haberte trocado por otra: mi padre me ha casado con una señora de la calidad y nobleza que sabrás tiene mi esposa Camila, demás de haber juntado a mi hacienda cincuenta mil ducados, de que soy dueño, y tú también, si quieres serlo, pues todo estará a tu voluntad si quieres usar de ella como de tu entendimiento espero: ya no sirven lágrimas ni desesperaciones, porque lo hecho no tiene remedio; el tuyo deseo, como quien te ha querido tanto; y así, te suplico pongas la mira en el estado que gustes elegir. Es cierto que por mi gusto el de religiosa te suplico que admitas; yo te ayudaré con mi persona y hacienda, y excusarasme con esto la pena que recibiré en ver la belleza que ha sido mía en poder de otro dueño.»

Había pasado Octavia los días que Carlos había faltado muy angustiada, no pudiendo imaginar la causa, y más no atreviéndose a enviar a saber de Carlos por el peligro que temía, y así que recibió el papel, bien asustada le abrió, le leyó, y viendo en él la sentencia de su muerte en la burlada fe de Carlos, se cayó tan amortecida que, por más remedios que la hicieron, no volvió en sí en muchas horas; y ya que fue restaurada en sus sentidos, hacía tales extremos y cosas como pudiera hacer una mujer loca; y sin duda se quitara la vida si las criadas y religiosas la dejaran sola.

En fin, algo más quieta, de allí a dos días despachó a Nápoles un propio con una carta a su hermano, diciéndole en ella que sin temor de ningún peligro se viniese luego a Milán, que tenía necesidad de él para cosas tocantes a su honor, avisándole dónde estaba para que se viniese allí derecho. Leída la carta por don Juan, al punto se puso en camino.

Licencia me daréis, señores, para que me admire, en este desengaño en que pondero los engaños de los hombres, de la ira de una mujer; mas también me la darán estos mismos para conocer que de la cautela de los hombres nacen las iras de las mujeres, y que por una que procuraba venganza hay mil que no la toman de sí mismas; pues yo aseguro que si todas vengaran las ofensas que reciben como Octavia hizo, no hubiera tantas burladas y ofendidas; mas hay tantas mujeres de tan común estilo que la venganza que toman es, si las engaña uno, engañarse ellas con otro, con que dan lugar a aquel que pudiera temer ultraje a que salga bien de cualquier empeño.

¡Oh, qué mal tiempo que alcanzamos donde tienen por venganza la deshonestidad y el vicio! ¡Cuánto más acierto fuera que a la que le faltan manos para vengarse, dejara al cielo su causa, que él volviera por ella! ¡Ay, hombres, y cómo sois causa de tantos males! Porque ya no hallados con las comunes, buscáis y solicitáis las recatadas y recogidas, y si las vencéis, las dais ocasión o para que sean tan comunes como las demás o que hagan lo que Octavia hizo.

No se dejara vencer Octavia si Carlos no la combatiera a todo riesgo: no se engañara Octavia si Carlos la desengañara; ni Octavia buscara venganza si no la burlara Carlos: pues tenga Octavia ira y pague Carlos tan mal trato, que todo lo merece, pues no faltando en Milán mujeres sin obligaciones con quien pudiera entretenerse, se puso a solicitar, vencer y engañar la que las tenía.

Paréceme que este desengaño tanto es para los hombres como para las mujeres; pero quédese aquí, que me parece que ya don Juan ha venido y hay mucho que decir.

Llegó don Juan al convento donde estaba su hermana, y después de los recibimientos de ausencia tan larga, que ella aplaudió con lágrimas, la preguntó la causa de estar allí y no en su casa, como la había dejado: a que satisfizo Octavia contando su desdicha y poniéndole el papel de Carlos en las manos, pidiéndole de más a más venganza de sus agravios.

Ya he dicho la inclinación de don Juan, más ajustada a travesuras y desgarros que a prudencia; mas en esta ocasión pareció que degeneró algo de su mismo ser, porque reportando el furor que tal suceso era fuerza le causase, con palabras entre airadas y cariñosas respondió a su hermana que tratase, pues había sido loca y liviana, de tomar el hábito y ser religiosa, pues no había otro remedio si no quería perder la vida a sus manos: que lo demás lo dejase a él, que no se quedaría Carlos alabando de la burla.

Después trató por medio de amigos y deudos de su padre, y de joyas de valor que le dio su hermana, pues ya no las había menester porque a otro día tomó el hábito de religiosa, de ajustar la muerte que había hecho y por la que se ausentó de Milán: que habiendo dineros y favores, no fue dificultoso; de manera que antes de un mes se vio libre, paseando por la ciudad.

No se aseguró mucho Carlos cuando supo la repentina venida de don Juan, y más viéndole libre; y sabiendo que Octavia era ya monja, por medio de algunos amigos había procurado aquietarla, ofreciéndola lo que hubiese menester para su nuevo estado.

Mas Octavia jamás se dejó ver de ninguno, con que Carlos quedó menos seguro: mas como veía a don Juan con el descuido que andaba y que le hablaba y trataba con familiaridad de amigo, se sosegó; aunque no dejó de traer dos pistolas en sus faltriqueras, y los criados que andaban con él de la misma suerte; mas parecíale que Octavia no le debía de haber dicho nada, fiándose en el amor que le tenía.

Él pensaba esto y don Juan su venganza, que si la tomara, como era razón, en quien le había hecho el agravio, nadie le culpara; mas vengose de la culpa de Carlos en quien no la tenía: de suerte que hasta en la satisfacción del honor de su hermana fingió sus traviesas inclinaciones, y así pensó una traición que solo se pudiera hallar en un bajo y común hombre, y no de la calidad que don Juan era; y fue que propuso quitarle a Carlos el honor con Camila, como este se le había quitado a él con Octavia.

Miren qué culpa tenía la inocente: será para vengarse en ella de su marido; pues si Octavia quedó burlada de Carlos, ya Octavia no estaba sin culpa, pues se dejó vencer del amor de Carlos, fiada solo de una palabra falsa que le dio. Mas Camila honesta, Camila cuerda, Camila recogida y no tratando sino de servir a su marido, se quiere vengar en Camila. ¡Oh, pobre dama, y cómo tú sola pagarás los yerros de Octavia, los engaños de Carlos y las traiciones de don Juan!

Ya he dicho el uso y costumbre de aquellos reinos, que son los festines que unos días se celebran en unas casas y otros en otras, y que es permitido a las damas, casadas y doncellas, y aun las viudas, el ir a ellos, y a los caballeros, con máscaras y sin ellas, entrar y sacar a danzar la dama que les parece, y en los asientos, si caen junto a ellas, hablar, y ellas no extrañar el agasajar con ellos.

Pues como Camila era recién casada, si bien su condición no era de las más esparcidas, a petición de sus parientas y amigas, y a ruego de su esposo, iba a muchos o a todos; y don Juan, que no se descuidaba, avisado de los en que podía ver a Camila, entraba en ellos con galas y trajes costosos, que para todo había en lo que Carlos había dado a Octavia, luciendo en él más que en otro, por tener gallardo talle y buen rostro, no faltándole lo entendido y airoso: así se supiera aprovechar para obrar bien de ellos.

Empezó a enamorar a Camila con aquello de lo rendido, afectuoso y tierno, acreditándose de amante con suspiros y elevaciones, de que saben muy bien los señores hombres el arancel, pues para tales engaños son muy diestros: y cuando podía tomaba lugar donde pudiese hablar a Camila, celebrar su talle y hermosura, engrandeciendo la dicha de haber merecido verla; y la que no podía ser esto, hacía por sacarla a danzar, y en tal ocasión la requebraba y galanteaba; mas a todo Camila no respondía palabra, gustando más bien acreditarse de necia que de deshonesta; si bien no se atrevía a negar el salir a danzar porque no la sacrificasen por melindrosa.

Lo que hacía era excusarse de ir a ellos la vez que sin nota podía ejecutarlo; mas cuando los ruegos de las amigas y parientas pasaban a importunación, y por este caso a mandárselo su esposo, era fuerza no negarse a ellos, y de esta suerte vino don Juan en varias ocasiones a ponerle en la mano cuatro o seis papeles bien notados, y no mal escritos, que la dama recibió, no por gusto, sino por no dar nota, de los cuales no se puede decir lo que contenían, porque la discreta Camila, por lo dicho, los recibía y no los leía; antes sin abrirlos los hacía pedazos, y al último, ya cansada, le reprendió de su atrevimiento con palabras severas y crueles amenazas; y viendo que no era posible que se aquietase, desistiendo de tal locura, se excusó de todo punto de ellos, y aun de salir de su casa, si no era que fuese con ella Carlos, a quien no dio cuenta del caso por excusarle el riesgo. Pues viendo el mal aconsejado don Juan que por vía de amor no podía salir con su intención, mudó de intento, y procuró con engaño aprovecharse de la fuerza, y consiguiolo del modo que ahora diré.

Un día que supo que Carlos era ido a caza con sus criados y varios amigos, se puso un vestido de los mejores que tenía su hermana, y tocándose y componiéndose de suerte que pudiese parecer mujer, se entró, cubierto con su manto, en una silla y se hizo llevar a casa de Camila, llevando consigo dos amigos de su parcialidad que le hiciesen resguardo; y llegando a la puerta del cuarto en que la dama vivía, bajo y distinto del que el senador habitaba, preguntó por ella, diciendo la quería hablar para un negocio de importancia: y le respondió una criada que estaba en otro cuarto en la misma casa a visitar una amiga que vivía en él.

A lo que replicó don Juan le dijesen que estaba allí una señora principal, que necesitaba de hablarla para un caso de mucho riesgo; y aunque al pronto lo rehusó la criada, por fin lo hubo de hacer, y dicho el tal recado a Camila respondió que estaba en visita y que sería descortesía dejarla, que volviese otro día.

A lo que replicó don Juan que no sufría dilación su necesidad; que aquella señora con quien estaba daría licencia, que ella sería breve y se podría luego volver; por lo que convencida Camila de esto, y de los ruegos de la amiga con quien estaba, pasó a su casa, y viendo a la dama que tenía echado el manto en el rostro, pareciéndole de calidad en el traje y que era recato necesario tener cubierta la cara, creyendo ser su venida a pedirle favor para con su suegro, sin reparar en más, la tomó por la mano y se fue a sentar con ella en un estrado; a lo cual el engañoso don Juan la dijo que se sirviese de oírla en parte más oculta, para que supiese a lo que venía, que era caso de honor, y se pudiese descubrir el rostro; y viendo esto Camila, se entró con ella hasta la cuadra donde tenía la cama y sentáronse en el estrado que estaba delante. Así como don Juan vio sentada a Camila, se levantó y cerró la puerta con la misma llave que estaba en la cerradura, y sacando una daga la dijo:

—A la primera voz que des, Camila, te tengo de esconder esta daga en el pecho, y los que quedan allá fuera a tus criadas; pues sé bien que hombres no los hay en tu casa, que son idos a caza con Carlos, tu traidor esposo: mírame, y conóceme por don Juan de tal (pase así por no nombrarle, que es muy conocido); no el que te enamoraba, como tú juzgabas, cuando te hablaba y escribía en los festines, sino el que deseaba vencerte, para que publicando tu flaqueza quedara vengada mi desdichada hermana Octavia, a quien Carlos tu marido burló y deshonró debajo de la palabra de esposo, a que faltó por casarse contigo, y con su afrenta vengarme de la mía, y después matarle; mas pues fue tan dichoso que tiene mujer que sabe guardar su honor más que mi liviana hermana el mío, haga la fuerza lo que no ha podido la astucia.

Y así como esto dijo, teniéndole la daga puesta al pecho, tan junta que aun matizó la punta con la inocente sangre de la desdichada dama, que medio muerta del temor de ver la muerte tan cerca y de lo que estaba escuchando, conociendo a su traidor amante, que ya tenía el rostro descubierto, no tuvo fuerzas para defenderse, y si lo hiciera, estaba ya tan resuelto y vencido del demonio, que la matara.

Cumplido don Juan su infame deseo, y viendo que Camila se había desmayado, la dejó, y abriendo la puerta salió, no cubierto como entró, sino echado el manto atrás y diciendo:

—Decidle a Carlos, vuestro dueño, que cómo, habiendo burlado a Octavia y deshonrádome a mí, no vivía con más cuidado: que ya yo me he vengado quitándole el honor con su mujer como él me lo quitó a mí con mi hermana: que yo soy don Juan, hermano de Octavia, y ahora que se guarde de mí, porque aún me falta tomar venganza en su vida, ya que la tengo en su honor.

Y como dijo esto, sin atreverse las criadas a hablar, por verle la daga y una pistola en las manos, se entró en la silla, y a los lados los dos que venían con él caminaron a un convento de religiosos descalzos, donde se ocultaron.

Acudieron las criadas a su señora, y halláronla mal compuesta y sin sentido, corriendo sangre del piquete que la daga del traidor don Juan le había hecho en los pechos; empezaron a dar voces, a las cuales acudió la amiga que vivía en casa, que el senador no estaba en ella; y sabido el caso, haciéndola remedios, volvió en sí tan desconsolada y llorosa que daba lástima a quien la miraba, y no hallándose segura de la ira de su esposo, aunque sin culpa, por no haber avisado a Carlos de la pretensión del traidor don Juan y dádole los papeles que la había escrito, aconsejada de la amiga y criadas, todas mujeres sin ánimo, antes que Carlos y el senador viniesen tomó algunos dineros y joyas, las que fuesen bastantes a alimentarla algunos meses, y una criada de las que tenía, y se fue a un convento, debiendo a esto más la vida que a su inocencia; porque encubrírselo a Carlos era imposible, por cuanto el infame don Juan, como no lo había hecho con otro fin que el de deshonrar a Carlos, lo iba publicando a voces por la casa y la calle.

Vino Carlos de su desdichada caza y halló en su cuarto a su padre haciendo extremos de loco, y sabiendo ser la causa del desdichado suceso de su casa, quedó peor que su padre: si bien el viejo senador hablaba ya dislates, mas Carlos callaba, como el que tenía la culpa y la pena en haberse asegurado de la disimulación de don Juan, culpando a Camila de lo que ella por excusarse algún riesgo había callado.

Divulgose el caso por la ciudad, andando en opiniones la conducta de Camila: unos decían que no quedaba Carlos con honor si no la mataba; otros, que sería mal hecho, supuesto que la dama no tenía culpa, y cada uno apoyaba su parecer.

Más de un año estuvo Camila en el convento y Carlos sin salir de su casa, si bien tenía espías para saber si don Juan estaba en la ciudad; mas él se debió poner en tal parte que era excusado buscarle; y si bien todos los que le visitaban le consolaban con la poca culpa de su esposa, y su padre, ya más reportado por no perderse, hacía lo mismo, con todo Carlos no tenía consuelo.

Visitó el senador a Camila en el convento y este día fue de juicio, según las lástimas que la dama hizo con él; quien, asegurado de su inocencia y viendo la disculpa que daba de no haber avisado a su esposo de la pretensión de don Juan, pareciéndole sería su recato, retiro y aspereza bastante motivo para no poner a Carlos en ocasión de perderse, trató con este que hiciese vida con su mujer, pues por parte de ella no había sido su agravio, y poniéndose por medio el gobernador y toda la nobleza de Milán, convino en ello.

Camila salió del convento, bien temerosa, aunque no culpada, y se vino a su casa tan honestamente vestida que mientras vivió no se puso más galas que las que sacó del convento, reducidas a un hábito de picote. Pareció delante de Carlos con tanta vergüenza que apenas alzó los ojos a mirarle, y él la recibió tan severo que no dio indicios de seguridad alguna. Desconsuelo bien grande para Camila, y más cuando vio que Carlos no consintió que comiese ni durmiese con él, ni hablaba con ella más de lo que no podía excusar, con lo que Camila vivía mártir. Sus ojos continuamente no enjutos de lágrimas, y como quien no tenía segura la vida, confesaba muy a menudo en su oratorio, sin salir más a ver ni ser vista de nadie, ni tampoco Carlos lo consintiera.

De esta suerte, y con esta vida, bien arrepentida de haber salido del convento, vivió poco más de un año, al cabo del cual reinó en Carlos el demonio y la dio un veneno para matarla; mas no le sucedió así, porque debía de querer Dios que esta desdichada señora padeciese más martirios, para darle en el cielo el premio de ellos; y fue el caso que no la quitó luego el veneno la vida, mas hinchose toda con tanta monstruosidad que sus brazos y piernas parecían unas gruesísimas columnas y el vientre se apartaba una gran vara de la cintura; solo el rostro no tenía hinchado. Nunca se levantaba de la cama, y en ella estaba como un apóstol, diciendo mil ejemplos y dando buenos consejos a sus criadas.

De esta suerte vivió seis meses, al cabo de los cuales, estando sola en su cama, oyó una voz que decía: «Camila, ya es llegada tu hora». Dio gracias a Dios porque la quería sacar de tan penosa vida. Recibió los sacramentos y otro día en la noche murió para vivir eternamente.

Enterrada Camila, con gran pesar de su muerte en todos los que conocían su virtud, Carlos, tomando dineros y otras joyas de valor, sin dar parte a nadie, ni a su padre, ni llevar consigo ningún criado, se desapareció una noche, con que dio a su padre bien desconsolada vejez porque no tenía otro hijo ni hija, tanto que le obligó a casarse por tenerlos.

Sospechose que Carlos había partido a buscar a su enemigo don Juan, si acaso supo parte segura donde estaba, mas de ninguno de los dos se supo jamás nueva alguna.

Octavia profesó, siendo la más dichosa, pues trocó por el verdadero Esposo el falso y traidor que la engañó y dejó burlada.

Este caso me refirió quien le vio por sus ojos, y que no ha muchos años que sucedió y me lo afirmó por muy cierto; y más os digo, que no se ha disimulado en él más que la patria y nombre, porque aún viven algunas de las partes en él citadas, como son Octavia y el senador, padre de Carlos, casado y con hijos de su segundo matrimonio.

No tengo que decir a las damas otro desengaño mayor; que habiendo oído el que he contado, ni las con culpa ni las sin culpa están seguras de la desdicha, que a todas se extiende su jurisdicción; y si esta desdicha la causan los engaños de los hombres, o su flaqueza, ellas mismas lo podrán decir, que yo, como he dicho, si hasta ahora no conozco los engaños, mal podré avisar con los desengaños.

Congojada y sonrojada acabó la hermosa Lisarda el pasado suceso, no por faltarle caudal a su entendimiento, que le sobraba para mayores desempeños, sino por huir de culpar de todo punto a los hombres en las desdichas que suceden a las mujeres, por no enojar a don Juan; el cual por alentarla la dijo:

—Cierto, bellísima Lisarda, que habéis tenido tanta gracia y donaire, así en el desengaño que habéis dicho como en las reprensiones que a las damas y caballeros habéis dado, que se puede desear, sin que seáis enfadosa, que digáis mal, y tenerlo todos por favor.

—Lo cierto es —dijo doña Isabel—, que si como es este sarao entretenido fuera certamen, la hermosa Lisarda merecía el premio. Mas de mi voto digo que soy del parecer de Carlos, que no dejó Camila de tener alguna culpa en callarle la pretensión de don Juan a los principios, que con eso se avisara a Carlos, quien sabía el agravio de su hermana.

—Eso fuera —replicó Lisis— si Camila supiera el amor de Carlos y Octavia: pues aunque se murmuraba en la ciudad, Camila, como forastera, no lo sabría; y no sé qué mujer habrá en el mundo tan necia que se atreva a decir a su marido que algún galán la pretende, pues se pueden seguir de eso muchos riesgos, y el mayor es a un hombre seguro de celos despertarle para que los tenga y no viva seguro de su mujer, supuesto que la fineza del amor es la confianza; pues aunque algunos ignorantes dicen que no es sino los celos, lo tengo por engaño; que el celoso, no porque ama más guarda la dama, sino por temor de perderla, envidioso de que lo que es suyo ande en venta para ser de otro; y así no perdió a Camila eso, pues creo que hizo como cuerda y honesta, pareciéndole, como así fuera si el falso don Juan no buscara aquella invención diabólica para su venganza, que su resistencia y recato la libraran del deshonesto amor de don Juan.

No la perdió, como digo, sino la crueldad de Carlos, pues así como se cansó de Octavia, siendo hermosa, y no teniéndola por propia, hastío que empalaga a muchos, o a todos, también le cansaría Camila, y para eso mejor fuera dejarla en el convento o divorciarse de ella, y no después de haberle dado tan triste vida, quitársela.

El desengaño le da y le dará a muchas, pues como dice el señor don Juan, mi prima Lisarda ha dado a todos documentos tan cuerdos que por ello le doy las gracias.

Con esto que dijo la hermosa Lisis cesaron de ventilar la culpa y disculpa de Camila, dando lugar a la linda doña Isabel que, acompañada de los músicos, cantó este romance:

¿Adónde vas, dueño mío,

Que aquesos pasos que das,

Es dar heridas al alma,

Con que la dejas mortal?

Si eres tú mi propia vida,

¿Cómo es posible que vas

A ser mi propio cuchillo,

Sin mirar que es impiedad?

¡Cómo viviré sin ti!

Dime, ¿quién alegrará

Mis ojos, cuando, sin verte

Llenos de penas están?

¿Qué días serán los míos,

Llegando a considerar

Ajena toda el aldea

De tu suprema deidad?

Pues las noches... ¡ay de mí!

Amparadme, voluntad,

Que solo en su valentía

Tiene defensa mi mal.

Detente, mi amado dueño,

Mas no me quiero quejar,

Que no quiero detenerte,

Si con tu gusto te vas.

Mas con todo, tu partida

Muy apriesa es, buena está:

Si te vas, vete despacio,

Detente un poquito más.

Dame un día más de vida;

¡Ay ojos, cuáles estáis!

Pero si os falta la luz,

Gozad de la obscuridad.

Esto cantaba un amante

A su dueño, que se va,

Si no a perderle, a dejarle,

Que todo viene a ser mal.

Pues de todas suertes queda

Con un dolor inmortal,

Siendo su vista su vida,

Y su muerte lo demás.

Y así cantaba llorando:

¿Dónde vas?

Mira que cada paso

Es un puñal,

Con que a mi triste vida

Muerte das.

NOCHE TERCERA.

DESENGAÑO TERCERO.

LA INOCENCIA CASTIGADA.

A la última hora de su jornada iba por las cristalinas esferas el rubicundo Apolo, recogiendo sus flamígeros cabellos por llegar ya con su carro cerca del occidente, para dar lugar a su mudable hermana a visitar la tierra, cuando los caballeros y damas de la pasada noche se habían hallado en casa de la bien entendida Lisis, honrando la fiesta de su honesto y entretenido sarao.

Estaban ya juntos en la misma sala, y no era pequeño favor haber acudido tan temprano, porque desengañar y decir verdades está hoy tan mal aplaudido, por pagarse todos más de la lisonja bien vestida que de la verdad desnuda, que había bien que agradecerles; mas eso tienen las novedades, que aunque no sean muy sabrosas, todos gustan de comerlas, y por esa causa hubo esta noche más gente que la pasada, que unos a la fama de la hermosa esclava, que ya se había transformado en señora, y otros por la hermosura de las damas convidadas, por gozar de la novedad, venían, aunque no sé si muy gustosos, por estar prevenidos de que las desengañadoras, armadas de comparaciones y casos portentosos, tenían publicada la guerra contra los hombres; si bien ellos viven tan exentos de leyes que no las conocen si no son a favor de su gusto.

Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás; y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que, aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar; pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no engañan no les tocará el documento.

Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».

Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza; y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero, dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse, mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho, que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad os digo, ¿porqué no me creéis?»

Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron, y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja, que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.

Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos, fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.

Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas, y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas para los gastos de su religión.

Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de desengañar, al asiento del desengaño.

Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala, pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron el enojo que traían y decían:

—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de haber visto tanta hermosura.

Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la condesa, su esposa:

Los bellos ojos de Atandra,

Claros y hermosos luceros,

Cuyo resplandor da al sol

Las luces con que le vemos.

De quien aprendió el amor

A matar con rayos negros,

Quitando a las flechas de oro

Valor y merecimientos.

Vertiendo sartas de perlas,

Que Manzanares risueño

Coge, para que sus ninfas

Adoren sus blancos cuellos.

Al tiempo que el alba hermosa

Deja del Titán el lecho,

La vi yo, y la vio el amor,

Por la ausencia de Fileno.

Aquel galán mayoral,

Digo de aquel sol, que siendo

Sol de este presente siglo,

Se pasó a ser sol del cielo.

Dejando púrpura y oro

Por el paño tosco y negro

Del patriarca Benito,

Cuyos pasos va siguiendo.

Tras aquestos resplandores

Se fue su amante discreto:

Que a los rayos de tal sol

Serán los suyos eternos.

Mirando al aurora, dice

La aurora de nuestro pueblo:

No goces, alba, tu esposa,

Cuando sin mi esposo quedo.

Llore la tórtola triste

La pérdida de su dueño;

Pues yo sin mi dueño amada

Ausente y sola padezco.

¿Adónde vas sin tu Atandra?

¿Cómo te cansó tan presta?

Eres hombre; no me espanto;

Mas no eres hombre, que miento.

Si eres deidad, necia soy,

Cuando de un ángel me quejo;

No me castigues, amor,

Pues ya ves que me arrepiento.

Vuelve, Fileno, a mis brazos,

Mira las penas que tengo,

Deja al sol, que tú eres sol

En su claro firmamento.

Si como luna recibo

De tu esplendor rayos bellos,

O vuelve a darme tu luz,

O tu luz iré siguiendo.

Dijo, y corriendo el aurora

La cortina el claro Febo,

Porque entraron sus zagales,

Puso a sus quejas silencio.

Las ninfas de Manzanares,

Que escuchándola estuvieron,

Al son de acordadas liras

La cantaron estos versos.

Enjugad, Atendra,

Vuestros soles negros,

Que señala tristeza

Si llora el cielo.

Sol es vuestro amante,

Ya venir lo vemos,

Pues vos sois su oriente

Al oriente vuestro.

Si de esa belleza

El divino extremo

Le cautivó el alma,

Y aprisionó el cuerpo.

No juzguéis su amor

Tan corto y pequeño,

Que no alargue el paso

Acortando el tiempo.

No deis a esos soles

Tantos desconsuelos,

Que señala tristeza

Si llora el cielo.

Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire, dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños; y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:

—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.

Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo; porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque, bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.

De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables, fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.

¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así, por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas, pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo, diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no ser descorteses.

¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien, porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores para hechas que para dichas.

De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza; y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.

Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas mismas hacen buenos a los hombres.

En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se verá en este desengaño, digo así:

En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.

Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el honor y ellas la vida.

¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha? ¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego no hay quien sepa su valor!

No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.

Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición, si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.

Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de la ciudad.

Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos galanteos.

No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos, mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia: solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.

Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.

Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho, creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche, sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:

Como la madre a quien falta

El tierno y amado hijo,

Así estoy cuando no os veo,

Dulcísimo dueño mío.

Los ojos en vuestra ausencia

Son dos caudalosos ríos,

Y el pensamiento sin vos

Un confuso laberinto.

¿Adónde estáis, que no os veo,

Prendas que en el alma estimo?

¿Qué oriente goza esos rayos,

O qué venturosos Indios?

Si en los brazos del aurora

Está el sol alegre y rico,

Decid, siendo vos mi aurora,

¿Cómo no estáis en los míos?

Salís y os ponéis sin mí,

Acaso triste me pinto,

Triste Noruega parezco,

Tormento en que muero y vivo.

Amaros no es culpa, no,

Adoraros no es delito,

Si el amor dora los yerros,

¡Qué dorados son los míos!

No viva yo si ha llegado

A los amorosos quicios

De las puertas de mi alma

Pesar de haberos querido.

Ahora que no me oís,

Habla mi amor atrevido;

Y cuando os veo enmudezco,

Sin poder mi amor deciros.

Quisiera que vuestros ojos

Conocieran de los míos

Lo que no dice la lengua,

Que está para hablar sin bríos.

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