PRIMERA PARTE. (continued 4)
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En Nápoles tuvo una dama que todas las veces que entraba su marido le hacía parecer una artesa arrimada a una pared. De Nápoles pasó a Roma donde tuvo amistad con otra, que por su causa mató a su marido una noche y le llevó a cuestas metido en un costal a echarle en el río.
En estas y otras cosas gastó muchos años, habiendo pasado diez y seis que salió de su tierra. Pues como se hallase cansado de caminar, falto de dineros, pues apenas tenía los bastantes para volver a España, lo puso por obra: y como desembarcase en Barcelona, después de haber descansado algunos días y hecho cuenta con su bolsa, compró una mula para llegar a Granada, en que partió una mañana solo, por no haber ya posibilidad para criado.
Poco más habría caminado de cuatro leguas cuando pasando por un hermoso lugar de quien era señor un duque catalán casado con una dama valenciana, el cual por ahorrar gastos estaba retirado en su tierra, al tiempo que don Fadrique pasó por este lugar, llevando propósito de sestear y comer en otro que estaba más adelante, estaba la duquesa en un balcón, y como viese aquel caballero caminante pasar algo de prisa y reparase en su airoso talle, llamó un criado y le mandó que fuese tras él y de su parte le llamase.
Pues como a don Fadrique le diesen este recado y siempre se preciase de cortés, y más con las damas, subió a ver qué le mandaba la hermosa duquesa; ella le hizo sentar y preguntó con mucho agrado de dónde era y por qué caminaba tan aprisa; encareciendo el gusto que tendría en saberlo, porque desde que le había visto se había inclinado a amarle, y así estaba determinada que fuese su convidado porque el duque estaba en caza.
Don Fadrique, que no era nada corto, después de agradecerle la merced que le hacía le contó quién era y lo que le había sucedido en Granada, Sevilla, Madrid, Nápoles y Roma, con los demás sucesos de su vida, feneciendo la plática con decir que la falta de dinero y cansado de ver tierras, le volvía a la suya, con propósito de casarse, si hallase mujer a su gusto.
—¿Cómo ha de ser —dijo la duquesa— la que ha de ser de vuestro gusto?
—Señora —dijo don Fadrique—, tengo más que medianamente lo que he menester para pasar la vida, y así, cuando la mujer que hubiera de ser mía no fuera muy rica, no me dará cuidado, como sea hermosa y bien nacida: lo que más me agrada en las mujeres es la virtud, esa procuro, que los bienes de fortuna Dios los da y Dios los quita.
—Al fin —dijo la duquesa—, si hallásedes mujer noble, hermosa, virtuosa y discreta, presto rindiérades el cuello al amable yugo del matrimonio.
—Yo os prometo, señora —dijo don Fadrique—, que por lo que he visto, y a mí me ha sucedido, vengo tan escarmentado de las astucias de las mujeres discretas que de mejor gana me dejaré vencer de una mujer necia, aunque sea fea, que no de las demás partes que decís. Si ha de ser discreta una mujer, no ha menester saber más que amar a su marido, guardarle su honor y criarle sus hijos, sin meterse en más bachillerías.
—¿Y cómo —dijo la duquesa—, sabrá ser honrada la que no sabe en qué consiste el serlo? ¿No advertís que el necio peca, y no sabe en qué; y siendo discreta, sabrá guardarse de las ocasiones? Mala opinión es la vuestra, que a toda ley una mujer bien entendida es gusto para no olvidarse jamás, y alguna vez os acordaréis de mí. Mas dejando esto aparte, yo estoy tan aficionada a vuestro talle y entendimiento que he de hacer por vos lo que jamás creí de mí.
Y diciendo esto se entró con él a su cámara, donde por más recato quiso comer con su huésped, de lo cual estaba él tan admirado que ninguno de los sucesos que había tenido le espantaba tanto. Después de haber comido y jugado un rato, convidándoles la soledad y el tiempo caluroso, pasaron con mucho gusto la siesta, tan enamorado don Fadrique de las gracias y hermosura de la duquesa que ya se quedara de asiento en aquel lugar si fuera cosa que sin escándalo lo pudiera hacer.
Ya empezaba la noche a tender su manto sobre las gentes cuando llegó una criada y le dijo cómo el duque era venido. No tuvo la duquesa otro remedio sino abrir un escaparate dorado que estaba en la misma cuadra, en que se conservaban las aguas de olor, y entrarle dentro, y cerrando después con la llave ella se recostó sobre la cama.
Entró el duque, que era hombre de más de cincuenta años, y como la vio en la cama la preguntó la causa. A lo cual la hermosa dama respondió que no había otra más de haber querido pasar la calurosa siesta con más silencio y reposo.
Venía el duque con alientos de cenar, y diciéndoselo a la duquesa, pidieron que les trajesen la vianda allí donde estaban, y después de haber cenado con mucho espacio y gusto, la astuta duquesa, deseosa de hacerle una burla a su concertado amante, le dijo al duque si se atrevía a decir cuántas cosas se hacían del hierro: y respondiendo que sí, finalmente, entre la porfía del sí y no, apostaron entre los dos cien escudos, y tomando el duque la pluma, empezó a escribir todas cuantas cosas se pueden hacer del hierro: y fue la ventura de la duquesa tan buena, para lograr su deseo, que jamás el duque se acordó de las llaves.
La duquesa que vio este descuido y que el duque, aunque ella le decía mirase si había más, se afirmaba no hacerse más cosas, logró en esto su esperanza, y poniendo la mano sobre el papel le dijo:
—Ahora, señor, mientras se os acuerda si hay más que decir, os he de contar un cuento el más donoso que habréis oído en vuestra vida. Estando hoy en esa ventana, pasó un caballero forastero, el más galán que mis ojos vieron, el cual iba tan de prisa que me dio deseo de hablarle y saber la causa: llamele, y venido, le pregunté quién era; díjome que era granadino y que salió de su tierra por un suceso que es este —y contole cuanto don Fadrique la había dicho y lo que había pasado en las tierras que había estado—, feneciendo la plática con decirme que se iba a casar a su tierra si hallase una mujer boba, porque venía escarmentado de las discretas. Yo, después de haberle persuadido a dejar tal propósito, y él dádome bastantes causas para disculpar su opinión, pardiez, señor, que comió conmigo y durmió la siesta, y como me entraron a decir que veníades, le metí en ese cajón en que se ponen las aguas destiladas.
Alborotose el duque, empezando a pedir aprisa las llaves. A lo que respondió la duquesa con mucha risa:
—Paso, señor, paso, que esas son las que se os olvidaron decir que se hacen del hierro, que lo demás fuera ignorancia vuestra creer que había de haber hombre que tales sucesos le hubiesen pasado ni mujer que tal dijese a su marido. El cuento ha sido porque os acordéis, y así, pues habéis perdido, dadme luego el dinero, que en verdad que lo he de emplear en una gala, para que lo que os ha costado tanto susto y a mí tal artificio, juzguéis como es razón.
—¡Hay tal cosa! —respondió el duque—; demonio sois; miren por qué modo me ha advertido en mi olvido, yo me doy por vencido.
Y volviendo al tesorero que estaba delante le mandó que diese luego a la duquesa los cien escudos. Con esto se salió fuera a recibir algunos de sus vasallos que venían a verle y saber cómo le había ido en la caza.
Entonces la duquesa, sacando a don Fadrique de su encerramiento, que estaba temblando la temeraria locura de la duquesa, le dio los cien escudos ganados y otros ciento suyos, y una cadena con un retrato suyo, y abrazándole y pidiéndole la escribiese, le mandó sacar por una puerta falsa, que cuando don Fadrique se vio en la calle, no acababa de hacerse cruces de tal suceso.
No quiso quedarse aquella noche en el lugar sino pasar a otro, dos leguas más adelante, donde había determinado ir a comer si no le hubiera sucedido lo que se ha dicho. Iba por el camino admirando la astucia y temeridad de la duquesa con la llaneza y buena condición del duque, y decía entre sí:
—Bien digo yo que a las mujeres el saber las daña. Si esta no se fiara en su entendimiento, no se atreviera a agraviar a su marido ni a decírselo: yo me libraré de esto si puedo, o no casándome, o buscando una mujer tan inocente que no sepa amar ni aborrecer.
Con estos pensamientos entretuvo el camino hasta Madrid, donde vio a su primo don Juan ya heredero, por muerte de su padre, y casado con su prima, de quien supo como Violante se había casado y doña Ana ídose con su marido a las Indias.
De Madrid partió a Granada, en la cual fue recibido como hijo, y no de los menos ilustres de ella. Fuese en casa de su tía, de la cual fue recibido con mil caricias; supo todo lo sucedido en su ausencia, la religión de Serafina, su penitente vida, tanto que todos la tenían por una santa, y la muerte de don Vicente de melancolía de verla religiosa, arrepentido del desamor que con ella tuvo, debiéndola la prenda mejor de su honor. Había procurado sacarla del convento y casarse con ella: y visto que Serafina se determinó a no hacerlo, en cinco días, ayudado de un tabardillo, había pagado con la vida su ingratitud.
Y sabiendo que doña Gracia, la niña que dejó en guarda a su tía, estaba en un convento antes que tuviera cuatro años, y que tenía entonces diez y seis, la fue a ver otro día acompañando a su tía, donde en doña Gracia halló la imagen de un ángel, tanta era su hermosura, y al paso de ella su inocencia y simplicidad, tanto que parecía figura hermosa, mas sin alma.
Y, en fin, en su plática y descuido conoció don Fadrique haber hallado el mismo sujeto que buscaba, aficionado en extremo de la hermosa Gracia, y más por parecerse mucho a Serafina su madre. Dio parte de ello a su tía, la cual desengañada de que no era su hija, como había pensado, aprobó la elección.
Tomó la hermosa Gracia esta ventura como quien no sabía qué era gusto, bien, ni mal; porque naturalmente era boba e ignorante, lo cual era agravio de su mucha belleza, siendo esto lo mismo que deseaba su esposo.
Dio orden don Fadrique en sus bodas, sacando galas y joyas a la novia, y acomodando para su vivienda la casa de sus padres, herencia de su mayorazgo, porque no quería que su esposa viviese en la de su tía, sino de por sí, porque no se cultivase su rudo ingenio.
Recibió las criadas a propósito, buscando las más ignorantes, siendo este el tema de su opinión, que el mucho saber hacía caer a las mujeres en mil cosas; y para mí, él no debía de ser muy cuerdo, pues tal sustentaba, aunque al principio de su historia dije diferente, porque no sé qué discreto puede apetecer a su contrario, mas a esto le puede disculpar el temor de su honra, que por sustentarla le obligaba a privarse de este gusto.
Llegó el día de la boda, salió Gracia del convento admirando los ojos su hermosura y su simplicidad los sentidos. Solemnizose la boda con muy grande banquete y fiesta, hallándose en ella todos los mayores señores de Granada, por merecerlo el dueño. Pasó el día, y despidió don Fadrique la gente, no quedando sino su familia, y quedando solo con Gracia, ya aliviada de sus joyas y, como dicen, en paños menores y solo con un jubón y un faldellín, y resuelto a hacer prueba de la ignorancia de su esposa, se entró con ella en la cuadra donde estaba la cama y sentándose sobre ella, le pidió le oyese dos palabras, que fueron estas:
—Señora mía, ya sois mi mujer, de lo que doy mil gracias al cielo, para mientras viviéremos; conviene que hagáis lo que ahora os diré, y este estilo guardaréis siempre: lo uno porque no ofendáis a Dios y lo otro para que no me deis disgusto.
A esto respondió Gracia con mucha humildad que lo haría muy de voluntad.
—¿Sabéis —replicó don Fadrique— la vida de los casados?
—Yo, señor, no la sé —dijo Gracia—; decídmela vos, que yo la aprenderé como el Ave María.
Muy contento don Fadrique de su simplicidad, sacó luego unas armas doradas y poniéndoselas sobre el jubón, como era peto y espaldar, gola y brazaletes, sin olvidarse de las manoplas, le dio una lanza y le dijo que la vida de los casados era que, mientras él dormía, le había ella de velar paseándose por aquella sala.
Quedó vestida de esta suerte tan hermosa y dispuesta, que daba gusto verla, porque lo que no había aprovechado en el entendimiento, lo hacía en el gallardo cuerpo, que parecía con el morrión sobre los ricos cabellos y con espada ceñida, una imagen de la diosa Palas.
Armada como digo la hermosa dama, le mandó velar mientras dormía, que lo hizo don Fadrique con mucho respeto, acostándose con mucho gusto y durmió hasta las cinco de la mañana.
Y a esta hora se levantó, y después de estar vestido, tomó a doña Gracia en sus brazos, y con muchas ternezas la desnudó y acostó, diciéndola que durmiese y descansase; y dando orden a las criadas no la despertasen hasta las once, se fue a misa y luego a sus negocios, que no le faltaban, respecto de que había comprado un oficio de veinticuatro. En esta vida pasó más de ocho días, sin dar a entender a Gracia otra cosa, y ella como inocente entendía que todas las casadas hacían lo mismo.
Acertó a este tiempo suceder en el lugar algunas contiendas, para lo cual ordenó el consejo que don Fadrique se partiese por la posta a hablar al rey, no guardándole las leyes de recién casado la necesidad del negocio, por saber que como había estado en la corte, tenía en ella muchos amigos.
Finalmente, no le dio lugar este suceso para más que para llegar a su casa, vestirse de camino, y subiendo en la posta decirle a su mujer que mirase que la vida de los casados la misma había de ser en ausencia suya que había sido en presencia: ella lo prometió hacer así, con lo cual don Fadrique partió muy contento. Y como a la corte se va por poco y se está mucho, le sucedió a él de la misma suerte, deteniéndose no solo días sino meses, pues duró el negocio más de seis.
Prosiguiendo doña Gracia su engaño, vino a Granada un caballero cordobés a tratar un pleito a la chancillería, y andando por la ciudad los ratos que tenía desocupados, vio en un balcón de su casa a doña Gracia las más tardes haciendo su labor, de cuya vista quedó tan pagado que no hay más que encarecer, sino que cautivo de su belleza la empezó a pasear.
Y la dama, como ignorante de estas cosas, ni salía ni entraba en esta pretensión, como quien no sabía las leyes de la voluntad y correspondencia: de cuyo descuido sentido el cordobés andaba muy triste, las cuales acciones viendo una vecina de doña Gracia, conoció por ellas el amor que le tenía a la recién casada; y así un día le llamó, y sabiendo ser su sospecha verdadera, le prometió solicitarla, que nunca faltan hoyos en que caiga la virtud.
Fue la mujer a ver a doña Gracia, y después de haber encarecido su hermosura con mil alabanzas, la dijo como aquel caballero que paseaba su calle la quería mucho y deseaba servirla.
—Yo lo agradezco en verdad —dijo la dama—, mas ahora tengo muchos criados y hasta que se vaya alguno no podré cumplir su deseo, aunque si quiere que yo se lo escriba a mi marido, él por darme gusto podrá ser que lo reciba.
—Que no, señora —dijo la astuta tercera, conociendo su ignorancia—, que este caballero es muy noble, tiene mucha hacienda y no quiere le recibáis por criado, sino serviros con ella, si le queréis mandar que os envíe alguna joya o regalo.
—¡Ay amiga! —dijo entonces doña Gracia—, tengo yo tantas que muchas veces no sé dónde ponerlas.
—Pues si así es —dijo la tercera— que no queréis que os envíe nada, dadle por lo menos licencia para que os visite, que lo desea mucho.
—Venga enhorabuena —dijo la boba señora—, ¿quién se lo quita?
—Señora —replicó ella—, ¿no veis que los criados, si le ven venir de día públicamente, lo tendrán a mal?
—Pues mirad —dijo doña Gracia—, esta llave es de la puerta falsa del jardín y aun de toda la casa, porque dicen que es maestra, y llevadla y entre esta noche, y por una escalera de caracol que hay en él subirá a la propia sala donde duermo.
Acabó la mujer de conocer su ignorancia y así no quiso más batallar con ella, sino tomando su llave se fue a ganar las albricias, que fueron una rica cadena; y aquella noche don Álvaro, que este era su nombre, entró por el jardín como le habían dicho, y subiendo por la escalera, así como fue a entrar en la cuadra vio a doña Gracia armada, como dicen, de punta en blanco y con su lanza, que parecía una amazona: la luz estaba lejos y no imaginando lo que podía ser, creyendo que era alguna traición, volvió las espaldas y se fue.
A la mañana dio cuenta a su tercera del suceso, y ella fue luego a ver a doña Gracia, que la recibió con preguntarla por aquel caballero, que debía de estar muy malo, pues no había venido por donde le dijo.
—¡Ay mi señora! —dijo ella—, y cómo que vino, mas dice que halló un hombre armado, que con una lanza se paseaba por la sala.
—¡Ay Dios! —dijo doña Gracia, riéndose muy de voluntad—, ¿no ve que soy yo, que hago la vida de los casados? Este señor no debe de ser casado, pues pensó que era hombre; dígale que no tenga miedo, que como digo, soy yo.
Tornó con esta respuesta a don Álvaro la tercera; el cual la siguiente noche fue a ver a su dama, y como la vio así la preguntó la causa. Ella respondió riéndose:
—¿Pues cómo tengo de andar sino de esta suerte para hacer la vida de los casados?
—¿Qué vida de casados, señora? —respondió don Álvaro—, mirad que estáis engañada, que la vida de los casados no es esta.
—Pues, señor, esta es la que me enseñó mi marido; mas si vos sabéis otra más fácil, me holgaré de saberla, que esta que hago es muy cansada.
Oyendo el desenvuelto mozo esta simpleza, la desnudó él mismo, y acostándose con ella gozó lo que el necio marido había dilatado por hacer probanza de la inocencia de su mujer.
Con esta vida pasaron todo el tiempo que estuvo don Fadrique en la corte, que como hubiese acabado los negocios y escribiese que venía, y don Álvaro hubiese acabado el suyo, se volvió a Córdoba.
Llegó don Fadrique a su casa, y fue recibido de su mujer con mucho gusto, porque no tenía sentimiento como no tenía discreción. Cenaron juntos, y como se acostase don Fadrique, por venir cansado, cuando pensó que doña Gracia se estaba armando para hacer el complimiento de la orden que la dejó, la vio salir desnuda, y que se entraba con él en la cama, y admirado de esta novedad la dijo:
—¿Pues cómo no hacéis la vida de los casados?
—Andad, señor —dijo la dama—, ¡qué vida de casados, ni qué nada! Harto mejor me iba a mí con el otro marido, que me acostaba con él y me regalaba más que vos.
—¿Pues cómo? —replicó don Fadrique—, ¿habéis tenido otro marido?
—Sí, señor —dijo doña Gracia—, después que os fuisteis vino otro marido tan galán y tan lindo, y me dijo que él me enseñaría otra vida de casados mejor que la vuestra.
Y finalmente, le contó cuanto le había pasado con el caballero cordobés, mas que no sabía qué se había hecho, porque así como vio la carta de que él venía, no le había visto.
Preguntole el desesperado y necio don Fadrique de dónde era y cómo se llamaba. Mas a esto respondió doña Gracia que no lo sabía, porque ella no le llamaba sino «otro marido». Y viendo don Fadrique esto, y que pensando librarse había buscado una ignorante, la cual no solo le había agraviado, mas que también se lo decía, tuvo su opinión por mala, y se acordó de lo que le había dicho la duquesa. Y todo el tiempo que después vivió alababa las discretas que son virtuosas, porque no hay comparación ni estimación para ellas; y si no lo son, hacen sus cosas con recato y prudencia.
Y viendo que ya no había remedio, disimuló su desdicha, pues por su culpa sucedió: que si en las discretas son malas pruebas, ¿qué pensaba sacar de las necias? Y procurando no dejar de la mano a su mujer porque no tornase a ofenderle, vivió algunos años.
Cuando murió, por no quedarle hijos, mandó su hacienda a doña Gracia, si fuese monja en el monasterio en que estaba Serafina, a la cual escribió un papel en que le declaraba cómo era su hija. Y escribiendo a su primo don Juan a Madrid, le envió escrita su historia de la manera que aquí va.
En fin, don Fadrique, sin poder excusarse por más prevenido que estaba, y sin ser parte las tierras vistas y los sucesos pasados, vino a caer en lo mismo que temía, siendo una boba quien castigó su opinión.
Entró doña Gracia monja con su madre, contentas de haberse conocido las dos; porque como era boba, fácil halló el consuelo, gastando la gruesa hacienda que le quedó en labrar un grandioso convento, donde vivió con mucho gusto, y yo le tengo de haber dado fin a esta maravilla.
A los últimos acentos estaba don Alonso de su entretenida y gustosa maravilla, y todos absortos y elevados en ella, cuando los despertó de este sabroso éxtasis el son de muchos y muy acordes instrumentos que en una sala, antes de llegar a esta en que estaban, se tocaron.
Y volviendo a ver quién hacía tan dulce armonía vieron entrar hasta doce mancebos vestidos de vaqueros y monteras de raso morado y guarnición de plata, con hachas blancas encendidas en las manos, danzando diestramente, y después de haber hecho un concertado paseo, se dividieron en dos órdenes, y uno de ellos, el más airoso y galán, empezó a danzar solo con una hacha en la mano, y después de dar la vuelta por la sala, se fue a la hermosa Lisarda y con una cortés reverencia la sacó a danzar.
Obedeció la dama, y después de ponerla en su puesto, volvió el airoso mozo a la discreta Matilde, y tras de ella a Nise, y tomando por compañero a don Juan, como en la danza de la hacha se usa, la danzaron con grandísimo desenfado y donaire, y dejando la hacha a Lisarda, vueltas las otras dos damas a sus asientos, prosiguió la dama sacando a don Miguel, don Lope y don Diego, el cual yendo por la sala, suplicó a Lisarda sacase a su prima: y ella, como a quien no le estaba mal esta voluntad, se llegó a la camilla donde Lisis estaba, y con una hermosa reverencia y muy corteses palabras la suplicó que se sirviese de honrar la fiesta, pues sus cuartanas eran tan corteses que desde el primer día que se empezó no la habían molestado.
Obedeció Lisis, más por dar gusto a don Diego que a su prima, y danzó tan divinamente que a todos dio notable contento, y más a don Diego, que mientras duró la danza y al volverla a su asiento, le dio a entender su voluntad, y ella a él cuán agradecida estaba, juntamente con licencia para tratar con su madre y deudos su casamiento.
Finalmente, mientras los criados de don Diego se aderezaban para el ridículo entremés, no quedó caballero ni dama en la sala que no danzase. Empezose a representar, y como para dar lugar se mudasen algunos asientos, vinieron a sentarse don Diego y don Juan juntos. Y don Juan como agraviado le dijo a don Diego:
—Favorecido estás de Lisis, y si bien por haber sido pretensor suyo me pesa, por no verme molestado de sus quejas lo doy por muy bien empleado: mas bueno fuera haberme dado parte de esto, pues soy mejor para amigo que para enemigo.
—Así es —replicó don Diego con enfado—, que un poeta, si es enemigo, es terrible, porque no hay navaja como su pluma; y a Lisis deseo servir, y como ella es libre, yo con su beneplácito me contento. Lisarda es vuestro cuidado, debéis contentaros con ella y no querer una para estimar y otra para maltratar. Licencia tengo de Lisis para pedirla a su madre para mi esposa, y si de esto os agraviáis, aquí estoy para daros la satisfacción que quisiéredes y como quisiéredes.
—Soy contento —replicó don Juan—, ya no por Lisis, que pues ella quiere ser vuestra, yo no quiero sea mía; acabada es sobre esto la cuestión, sino porque sepáis que si soy poeta con la pluma, soy caballero con la espada.
—Sea así —dijo don Diego—, mas no es razón que perturbemos el gusto a estas damas atajando la fiesta; tres días faltan, dejemos que se acaben y después trataremos de esto donde fuéredes servido.
—Soy contento —dijo don Juan: y con esto se volvieron a ver el entremés que andaba en los últimos fines.
Bien oyó Lisis lo que había pasado, y aunque quisiera remediarlo, lo sufrió, viendo que don Juan y don Diego dejaban su desafío para después de la fiesta, y que había lugar para impedir su intento.
NOCHE TERCERA.
Tenían tan picado el gusto todos aquellos señores y señoras de las dos sabrosas noches que habían pasado que apenas llegó la tarde de la tercera, cuando ya empezaron a juntarse en casa de la hermosísima Lisis, la cual los recibió a todos con su acostumbrada cortesía, y haciendo señal a los músicos cantaron este soneto, cuyo asunto fue el rey don Felipe IV:
Sol que en la cuarta esfera al sol le quita
Valor, grandeza, luz y resplandores;
Perla que tuvo ser en los amores
Del sol Felipe, y nácar Margarita;
Fénix que en nuestra España resucita
Para darle más ser, glorias mayores;
Jardín de hermosas purpúreas flores,
Pues que tal flor de lis en ella habita;
Júpiter que gobierna el sacro coro,
Y en dulce ambrosía en luz le baña,
Siendo a sus ninfas músico sonoro;
Y si la vista a la verdad no engaña,
Tierno Cupido con arpones de oro,
Es Felipe sol nuestro y rey de España.
De industria la hermosa Lisis quiso, como ya desengañada de don Juan y agradecida a don Diego, mudar de estilo en sus versos porque no causase el tratar de amor ni desamor más disgusto en los dos competidores, los cuales se miraron a lo falso; si bien Lisarda tenía tomada la palabra a don Juan de que, gustando a don Diego, serían amigos: pues viendo Nise que le tocaba a ella la quinta maravilla en esta tercera noche, ocupando el asiento que para este caso estaba prevenido, empezó así:
—La fuerza del amor ninguno hay que la ignore, y más si se apodera de nobles pechos: porque amor es como el sol, que hace los efectos conforme por do pasa. En mi maravilla se verá claro, la cual es de esta suerte:
NOVELA QUINTA.
LA FUERZA DEL AMOR.
En Nápoles, insigne y famosa ciudad de Italia por su riqueza, hermosura y agradable sitio, nobles ciudadanos y gallardos edificios, coronados de jardines y adornados de cristalinas fuentes, hermosas damas y gallardos caballeros, nació Laura, peregrino y nuevo milagro de naturaleza, tanto que entre las más gallardas y hermosas fue tenida por celestial extremo; pues habiendo escogido los curiosos ojos de la ciudad entre todas ellas once, y de estas once tres, fue Laura de las once una, y de las tres una.
Fue tercera en el nacer, pues gozó del mundo después de haber nacido en él dos hermanos tan nobles y virtuosos como ella hermosa. Murió su madre del parto de Laura, quedando su padre por gobierno y amparo de los tres gallardos hijos, que si bien sin madre, la discreción del padre suplió medianamente esta falta. Era don Antonio (que este es el nombre de su padre) del linaje y apellido de Carrafa, deudo de los duques de Nochera, y señor de Piedra Blanca.
Criáronse don Alejandro, don Carlos y Laura con la grandeza y cuidado que su estado pedía, poniendo su noble padre en esto el cuidado que requería su estado y riqueza; enseñando a los hijos en las buenas costumbres y ejercicios que dos caballeros y una tan hermosa dama merecían, viviendo la bella Laura con el recato y honestidad que a mujer tan rica y principal era justo, siendo los ojos de su padre y hermanos y alabanza de la ciudad.
Quien más se señalaba en querer a Laura era don Carlos, el menor de los hermanos, que la amaba tan tierno que se olvidaba de sí por quererla; y no era mucho, que las gracias de Laura obligaban, no solo a los que tan cercano deudo tenían con ella, mas a los que más apartados estaban de su vista.
No hacía falta su madre para su recogimiento, demás de ser su padre y hermanos vigilantes guardas de su hermosura; y quien más cuidadosamente velaba a esta señora eran sus honestos pensamientos: si bien cuando llegó a la edad de discreción no pudo negar su compañía a las principales señoras sus deudas, para que Laura pagase a la desdicha lo que debe la hermosura.
Es costumbre en Nápoles ir las doncellas a los saraos y festines que en los palacios del virrey y casas particulares se hacen: aunque en algunas tierras de Italia no lo aprueban por acertado, pues en las más de ellas se les niega ir a misa, sin que basten a derogar esta ley que ha puesto en ellas la costumbre las penas que los ministros eclesiásticos y seglares les imponen.
Salió en fin Laura a ver y ser vista, tan acompañada de hermosura como de honestidad; aunque a acordarse de Diana no se fiara de su recato. Fueron sus bellos ojos basiliscos de las almas, su gallardía monstruo de las vidas, y su riqueza y nobles prendas cebo de los deseos de mil gallardos y nobles mancebos de la ciudad, pretendiendo por medio de casamiento gozar de tanta hermosura.
Entre los que pretendían servir a Laura se aventajó don Diego de Piñatelo, de la noble casa de los duques de Monteleón, caballero rico y galán. Vio, en fin, a Laura y rindiole el alma con tal fuerza que casi no la acompañaba, sino solo por no desamparar la vida (tal es la hermosura mirada en ocasión); túvola don Diego en un festín que se hacía en casa de un príncipe de los de aquella ciudad, no solo para verla sino para amarla, y después de amarla darla a entender su amor tan grande en aquel punto como si hubiera mil años que la amaba.
Úsase en Nápoles llevar a los festines un maestro de ceremonias, el cual saca a danzar a las damas, y las da al caballero que le parece. Valiose don Diego en esta ocasión del que en el festín asistía, ¿quién duda que sería a costa de dinero?, pues apenas calentó con él las manos al maestro cuando vio en las suyas las de la bella Laura el tiempo que duró el danzar una gallarda; mas no le sirvió de más que de arderse con aquella nieve, pues apenas se atrevió a decir: «Señora, yo os adoro» cuando la hermosa dama, fingiendo justo impedimento, le dejó y se volvió a su asiento, dando que sospechar a los que miraban y que sentir a don Diego; el cual quedó tan triste como desesperado, pues en lo que quedaba del día no mereció que Laura le favoreciese siquiera con los ojos.
Llegó la noche, que don Diego pasó revolviendo mil pensamientos, ya animando con la esperanza, ya desesperando con el temor, mientras la hermosa Laura, tan ajena de sí cuanto propia de su cuidado, llevando en la vista la gallarda gentileza de don Diego y en la memoria el yo os adoro que le había oído, ya se determinaba a querer, y ya pidiéndose estrecha cuenta de su libertad y perdida opinión, como si en solo amar se hiciese yerro, arrepentida se reprendía a sí misma, pareciéndole que ponía en condición, si amaba, la obligación de su estado, y si aborrecía, se obligaba al mismo peligro.
Con estos pensamientos y cuidados empezó a negarse a sí misma el gusto y a la gente de su casa la conversación, deseando ocasiones para ver la causa de su descuido; y dejando pasar los días (al parecer de don Diego) con tanto descuido que no se ocupaba en otra cosa sino en dar quejas contra el desdén de la enamorada señora, la cual no le daba, aunque lo estaba, más favores que los de su vista, y esto tan al descuido y con tanto desdén, que no tenía lugar ni aun para poderle decir su pena, porque aunque la suya la pudiera obligar a dejarse pretender, el cuidado con que la encubría era tan grande que a sus más queridas criadas guardaba el secreto de su amor.
Sucedió que una noche de las muchas que a don Diego le amanecía a las puertas de Laura, viendo que no le daban lugar para decir su pasión, trajo a la calle un criado que con un instrumento fuese tercero de ella, por ser su dulce y agradable voz de las buenas de la ciudad, procurando declarar en un romance su amor y los celos que le daba un caballero muy querido de los hermanos de Laura, y que por este respeto entraba a menudo en su casa.
En fin, el músico, después de haber templado, cantó el romance siguiente:
Si el dueño que elegiste,
Altivo pensamiento,
Reconoce obligado
Otro dichoso dueño;
¿Por qué te andas perdido,
Sus pisadas siguiendo,
Sus acciones notando,
Su vista pretendiendo?
¿De qué sirve que pidas
Ni su favor al cielo,
Ni al amor imposibles,
Ni al tiempo sus efectos?
¿Por qué a los celos llamas,
Si sabes que los celos,
En favor de lo amado
Imposibles han hecho?
Si a tu dueño deseas
Ver ausente, eres necio
Que por matar, matarte
No es pensamiento cuerdo.
Si a la discordia pides
Que haga lance en su pecho,
Bien ves que a los disgustos
Los gustos vienen ciertos.
Si dices a los ojos
Digan su sentimiento,
Ya ves que alcanzan poco,
Aunque más miren tiernos.
Si quien pudiera darte
En tus males remedio,
Que es amigo piadoso,
Siempre agradecimiento:
También preso le miras
En ese ángel soberbio,
¿Cómo podía ayudarte
En tu amoroso intento?
Pues si de sus cuidados,
Que tuvieras por premio,
Si su dueño dijera:
De ti lástima tengo.
Mira tu dueño, y miras
Sin amor a tu dueño,
Y aun este desengaño,
¿No te muda el intento?
A Tántalo pareces,
Que el cristal lisonjero,
Casi en los labios mira;
Y nunca llega a ellos.
¡Ay Dios, si mereciera
Por tanto sentimiento
Algún fingido engaño,
Por tu muerte temo!
Fueran de purgatorio
Tus penas, pero veo
Que son sin esperanza
Las penas del infierno.
Mas si elección hiciste,
Morir es buen remedio,
Que volver las espaldas
Será cobarde de hecho.
Escuchando estaba Laura la música desde el principio de ella por una menuda celosía, y determinó a volver por su opinión, viendo que la perdía, en que don Diego por sospechas como en sus versos mostraba, se la quitaba; y así lo que el amor no pudo hacer hizo este temor de perder su crédito, y aunque batallando su vergüenza con su amor, se resolvió a volver por sí, como lo hizo, pues abriendo la ventana le dijo:
—Milagro fuera, señor don Diego, que siendo amante no fuerais celoso, pues jamás se halló amor sin celos, mas son los que tenéis tan falsos que me han obligado a lo que jamás pensé, porque siento mucho ver mi fama en lenguas de la poesía y en las cuerdas de ese laúd, y lo que peor es, en boca de ese músico, que siendo criado será fuerza ser enemigo: yo no os olvido por nadie, que si alguno en el mundo ha merecido mis cuidados sois vos, y seréis el que me habéis de merecer, si por ellos aventurase la vida. Disculpe vuestro amor mi desenvoltura y el verme ultrajar mi atrevimiento, y tenedle desde hoy para llamaros mío, que yo me tengo por dichosa en ser vuestra. Y creedme que no dijera esto si la noche con su oscuro manto no me excusara la vergüenza y colores que tengo en decir estas verdades.
Pidiendo licencia a su turbación, el más alegre de la tierra quiso responder y agradecer a Laura el enamorado don Diego, cuando sintió abrir las puertas de la propia casa y saltearle tan brevemente dos espadas, que a no estar prevenido y sacar también el criado la suya, pudiera ser que no le dieran lugar para llevar sus deseos amorosos adelante.
Laura, que vio el suceso y conoció a sus dos hermanos, temerosa de ser sentida, cerró la ventana y se retiró a su aposento acostándose, más por disimular que por desear de reposo.
Fue el caso que como don Alejandro y don Carlos oyesen la música, se levantaron a toda prisa y salieron, como he dicho, con las espadas desnudas en las manos; las cuales fueron, si no más valientes que las de don Diego y su criado, a lo menos más dichosas, pues siendo herido de la pendencia, hubo de retirarse, quejándose de su desdicha, aunque mejor fuera llamarla ventura, pues fue fuerza que supiesen sus padres la causa y viendo lo que su hijo granjeaba con tan noble casamiento, sabiendo que era este su deseo, pusieron terceros que lo tratasen con el padre de Laura. Y cuando pensó la hermosa Laura que las enemistades serían causa de eternas discordias, se halló esposa de don Diego.
¿Quién viera este dichoso suceso y considerara el amor de don Diego, sus lágrimas, sus quejas, y los ardientes deseos de su corazón, que no tuviese a Laura por muy dichosa? ¿Quién duda que dirán los que tienen en esperanzas sus pensamientos: «¡Oh, quién fuera tan venturoso que mis cosas tuvieran tan dichoso fin como el de esta noble dama!»? Y más las mujeres, que no miran en más inconvenientes que su gusto. Y de la misma suerte, ¿quién verá a don Diego gozar en Laura un asombro de hermosura, un extremo de riqueza, un colmo de entendimiento y un milagro de amor, que no diga que no crió otro más dichoso el cielo?
Pues, por lo menos, siendo las partes iguales, ¿no es fácil de creer que este amor había de ser eterno? Y lo fuera, si Laura no fuera como hermosa, desdichada, y don Diego como hombre, mudable; pues a él no le sirvió el amor contra el olvido ni la nobleza contra el apetito, ni a ella la valió la riqueza contra la desgracia, la hermosura contra el remedio, la discreción contra el desdén ni el amor contra la ingratitud, bienes que en esta edad cuestan mucho y se estiman en poco.
Fue el caso que don Diego antes que amase a Laura había empleado sus cuidados en Nise, gallarda dama de Nápoles, si no de lo mejor de ella por lo menos no era de lo peor, ni tan falta de bienes de naturaleza y fortuna que no la diese muy levantados pensamientos, más de lo que su calidad merecía, pues los tuvo de ser mujer de don Diego, y a este título le había dado todos los favores que pudo y él quiso; pues como los primeros días y aun meses de casado se descuidase de Nise, que todo cansa a los hombres, procuró con las veras posibles saber la causa, y diose en eso tal modo en saberla que no faltó quien se lo dijo todo; demás que como la boda había sido pública y don Diego no pensaba ser su marido, no se recató de nada.
Sintió Nise con grandísimo extremo ver casado a don Diego, mas al fin era mujer, y con amor, que siempre olvida agravios aunque sea a costa de opinión. Procuró gozar de don Diego, ya que no como marido, a lo menos como amante, pareciéndole no poder vivir sin él; y para conseguir su propósito solicitó con palabras y obligó con lágrimas a que don Diego volviese a su casa, que fue la perdición de Laura; porque Nise supo con tantos regalos enamorarle de nuevo que ya empezó Laura a ser enfadosa como propia, cansada como celosa y olvidada como aborrecida, porque don Diego amante, don Diego solícito, don Diego porfiado y, finalmente, don Diego que decía a los principios ser el más dichoso del mundo, no solo negó todo esto, mas se negó a sí mismo lo que se debía: pues los hombres que desprecian tan a las claras están dando alas al agravio; y llegando un hombre a esto, cerca está de perder el honor.
Empezó a ser ingrato, faltando a la cama y mesa, y no sintiendo los pesares que daba a su esposa, desdeñó sus favores y la despreció diciendo libertades, pues es más cordura negar lo que se hace que decir lo que no se piensa.
Pues como Laura veía tantas novedades en su esposo, empezó con lágrimas a mostrar sus pesares y con palabras a sentir sus desprecios; y en dándose una mujer por sentida de los desconciertos de su marido, dese por perdida, pues como era fuerza decir su sentimiento, daba causa a don Diego para no solo tratar mal de palabras, mas a poner las manos en ella. Solo por cumplimiento iba a su casa la vez que iba; tanto la aborrecía y desestimaba, pues le era el verla más penoso que la muerte.
Quiso Laura saber la causa de estas cosas y no faltó quien le dio larga cuenta de ellas. Lo que remedió Laura fue el sentirlas más, viéndolas sin remedio, pues no le hay si el amor se trueca. Lo que ganó en darse por entendida de las libertades de don Diego fue darle ocasión para perder más la vergüenza e irse más desenfrenadamente tras sus deseos, que no tiene más recato el vicioso que hasta que es su vicio público.
Vio Laura a Nise en una iglesia y con lágrimas la pidió desistiese de su pretensión, pues con ella no aventuraba más que perder la honra y ser causa de que ella pasase mala vida. Nise, rematada de todo punto como mujer que ya no estimaba su fama ni temía caer en más bajeza que en la que estaba, respondió a Laura tan desabridamente que, con lo mismo que pensó la pobre dama remediar su mal y obligarla, con eso la dejó más sin remedio y más resuelta a seguir su amor con más publicidad.
Perdió de todo punto el respeto a Dios y al mundo, y si hasta allí con recato enviaba a don Diego papeles, regalos y otras cosas, ya sin él, ella y sus criados le buscaban, siendo estas libertades para Laura nuevos tormentos y firmísimas pasiones, pues ya veía en su desventura menos remedio que primero: con lo que pasaba sin esperanzas la más desconsolada vida que decir se puede. Tenía celos: ¡qué milagro!, como si dijésemos rabiosa enfermedad.
Notaban su padre y hermanos su tristeza y deslucimiento, y viendo la perdida hermosura de Laura, vinieron a rastrear lo que pasaba y los malos pasos en que andaba don Diego, y tuvieron sobre el caso muchas rencillas y disgustos, hasta llegar a pesadumbres declaradas. De esta suerte andaba Laura algunos días, siendo mientras más pasaban, mayores las libertades de su marido y menos su paciencia.
Como no siempre se pueden llorar desdichas, quiso, una noche que la tenían desvelada sus cuidados y la tardanza de don Diego, cantando divertirlas, y no dudando que estaría don Diego en los brazos de Nise, tomó una arpa, en que las señoras italianas son muy diestras, y unas veces llorando y otras cantando, disimulando el nombre de don Diego con el de Albano, cantó así:
¿Por qué, tirano Albano,
Si a Nise reverencias,
Y a su hermosura ofreces
De tu amor las finezas:
Por qué de sus ojos
Está tu alma presa,
Y a los tuyos su cara
Es imagen bella:
Por qué si en sus cabellos
La voluntad enredas,
Y ella a ti agradecida,
Con voluntad te premia:
Por qué si de su boca,
Caja de hermosas perlas,
Gustos de amor escuchas,
Con que tu gusto aumentas:
A mí que por quererte
Padezco inmensas penas,
Con deslealtad y engaños
Me pagas mis finezas?
Y ya que me fingiste
Amorosas ternezas,
Dejárasme vivir
En mi engaño siquiera.
¿No ves que no es razón
Acertada ni cuerda
Despertar a quien duerme,
Y más cuando pena?
¡Ay de mí desdichada!
¿Qué remedio me queda,
Para que el alma mía
A este su cuerpo vuelva?
Dame el alma, tirano,
Mas ¡ay! no me la vuelvas,
Que más vale que el cuerpo
Por esta causa muera.
Mal haya, amén, mil veces,
Cielo tirano, aquella
Que en prisiones de amor
Prender su alma deja.
Lloremos, ojos míos,
Tantas lágrimas tiernas,
Que del profundo mar
Se cubran las arenas.
Y al son de aquestos celos
Instrumentos de quejas,
Cantaremos llorando
Lastimosas endechas.
Oíd atentamente,
Nevadas y altas peñas,
Y vuestros ecos claros
Me sirvan de respuesta.
Escuchad, bellas aves,
Y con arpadas lenguas
Ayudaréis mis celos
Con dulces cantinelas.
Mi Albano adora a Nise,
Y a mí penar me deja;
Estas sí son pasiones,
Y aquestas sí son penas.
Su hermosura divina
Amoroso celebra,
Y por cielos adora
Papeles de su letra.
¿Qué dirás, Ariadna,
Que lloras y lamentas
De tu amante desvíos,
Sinrazones y ausencias?
Y tú, afligido Fenicio,
Aunque tus carnes veas
Con tal rigor comidas
Por el águila fiera;
Y si, atado al Cáucaso,
Padeces, no lo sientas,
Que mayor es mi daño,
Más fuertes mis sospechas.
Desdichado Ixión,
No sientas de la rueda
El penoso ruido,
Porque mis penas sientas.
Tántalo, que a las aguas,
Sin que gustarlas puedas,
Llegas, y no alcanzas,
Pues huyen si te acercas:
Vuestras penas son pocas,
Aunque más se encarezcan;
Pues no hay dolor que valga,
Sino que celos sean.
Ingrato, plegue al cielo
Que con celos te veas
Rabiando como rabio,
Y que cual yo padezcas.
Y esta enemiga mía
Tantos te dé, que seas
Un Midas de cuidados,
Como el de las riquezas.
¿A quién no enterneciera Laura con quejas tan dulces y bien sentidas, si no a don Diego, que se preciaba de ingrato? El cual, entrando al tiempo que ella llegaba con sus endechas a este punto, y las oyese y entendiese el motivo de ellas, desobligado con lo que pudiera obligarse y enojado de lo que fuera justo agradecer y estimar, empezó a maltratar a Laura de palabras diciéndola tales y tan pesadas que la obligó a que, virtiendo cristalinas corrientes por su hermoso rostro, le dijese:
—¿Qué es esto, ingrato? ¿Cómo das tan largas alas a la libertad de tu mala vida que, sin temor del cielo ni respeto alguno, te enfadas de lo que fuera justo alabar? Córrete de que el mundo entienda y la ciudad murmure tus vicios, tan sin rienda que parece que estás despertando con ellos tu afrenta y mis deseos.
Si te pesa de que me queje de ti, quítame la causa que tengo para hacerlo, o acaba con mi cansada vida, ofendida de tus maldades. ¿Así tratas mi amor? ¿Así estimas mis cuidados? ¿Así agradeces mis sufrimientos? Haces bien, pues no tomo a la causa de estas cosas y la hago entre mis manos pedazos. ¿Qué espera un marido que hace lo que tú, sino que su mujer, olvidando la obligación de su honor, se le quite?
No porque yo lo he de hacer aunque más ocasiones me des, que el ser quien soy y el grande amor que por mi dicha os tengo, no me darán lugar; mas temo que has de darlo a los viciosos como tú para que pretendan lo que tú desprecias; y a los maldicientes y murmuradores para que lo imaginen y digan. Pues ¿quién verá una mujer como yo, y un hombre como tú, que no tengan tanto atrevimiento como tú descuido?
Palabras eran estas para que don Diego, abriendo los ojos del alma y del cuerpo, viese la razón de Laura; pero como tenía tan llena el alma de Nise, como desierta de su obligación, acercándose más a ella y encendido en una tan infernal cólera, la empezó a arrastrar por los cabellos y maltratarla de manos; tanto que las perlas de sus dientes presto tomaron forma de corales, bañados en la sangre que empezó a sacar en las crueles manos; y no contento con esto, sacó la daga para salir con ella del yugo tan pesado como el suyo, a cuya acción las criadas, que estaban procurando apartarle de su señora, alzaron las voces dando gritos, llamando a su padre y a sus hermanos, que desatinados y coléricos subieron al cuarto de Laura, y viendo el desatino de don Diego y la dama bañada en sangre, creyendo don Carlos que la había herido, arremetió a don Diego, y quitándole la daga de la mano se la iba a meter por el corazón, si el arriesgado mozo, viendo su manifiesto peligro, no se abrazara con don Carlos, y Laura haciendo lo mismo le pidiera que se reportase diciendo:
—¡Ay hermano!, mira que en esa vida está la de tu triste hermana.
Reportose don Carlos y metiéndose su padre por medio apaciguó la pendencia, y volviéndose a sus aposentos, temiendo don Antonio que si cada día había de haber aquellas ocasiones, sería perderse, se determinó no ver por sus ojos tratar mal a una hija tan querida; y así, otro día tomando su casa, hijos y hacienda, se fue a Piedrablanca, dejando a Laura en su desdichada vida, tan triste y tierna de verlos ir que la faltó poco para perderla. Causa porque oyendo decir que en aquella tierra había mujeres que obligaban por fuerza de hechizos a que hubiese amor, viendo cada día el de su marido en menoscabo, pensando remediarse por este camino, encargó que la trajesen una.
No fue muy perezoso el tercero a quien la hermosa y afligida Laura encargó que le trajese la embustera, y le trajo una a quien la discreta y cuidadosa Laura, después de obligada con dádivas (sed de semejantes mujeres), enterneció con lágrimas y animó con promesas, contándole sus desdichas, y en tales razones la pidió lo que deseaba, diciéndola:
—Amiga, si tú haces que mi marido aborrezca a Nise y vuelva a tenerme el amor que al principio de mi casamiento me tuvo, cuando él era más leal y yo más dichosa, tú verás en mi agradecimiento y liberal satisfacción de la manera que estimo tal bien, pues pensaré que quedo corta con darte la mitad de toda mi hacienda. Y cuando esto no baste, mide tu gusto con mi necesidad y señálate tú misma la paga de este beneficio, que si lo que yo poseo es poco, me venderé para satisfacerte.
La mujer, asegurando a Laura de su saber, contando milagros en sucesos ajenos, facilitó tanto su petición que ya Laura se tenía por segura: a la cual la mujer dijo que había menester (para ciertas cosas que había de aderezar para traer consigo en una bolsilla) barbas, cabellos y dientes de un ahorcado; las cuales reliquias con las demás cosas harían que don Diego mudase la condición, de suerte que se espantaría: y que la paga no quería que fuese de más valor que conforme a lo que le sucediese.
—Y creed, señora —decía la falsa enredadora—, que no bastan hermosuras ni riquezas a hacer dichosas, sin ayudarse de cosas semejantes a estas, que si supieses las mujeres que tienen paz con sus maridos por mi causa, desde luego te tendrías por dichosa y asegurarías tus temores.
Confusa estaba la hermosa Laura viendo que le pedía una cosa tan difícil para ella, pues no sabía el modo cómo viniese a sus manos, y así, dándole cien escudos en oro, le dijo que el dinero todo lo alcanzaba, que los diese a quien la trajese aquellas cosas. A lo cual replicó la taimada hechicera (que con esto quería entretener la cura, para sangrar la bolsa de la afligida dama y encubrir su enredo) que ella no tenía de quien fiarse; demás que estaba la virtud en que ella lo buscase y se lo diese, y con esto, dejando a Laura en la tristeza y confusión que se puede pensar, se fue.
Discurriendo estaba Laura cómo podía buscar lo que la mujer pedía, y hallando por todas partes muchas dificultades, el remedio que halló fue hacer dos ríos caudalosos sus hermosos ojos, no hallando de quien poderse fiar, porque le parecía que era afrenta que una mujer como ella anduviese en tan mecánicas cosas. Con estos pensamientos no hacía sino llorar; y hablando consigo misma decía, asidas sus blancas manos una con otra:
—Desdichada de ti, Laura, y cómo fueras más venturosa si como le costó tu nacimiento la vida a tu madre, fuera también la tuya sacrificio de la muerte.
¡Oh amor, enemigo de las gentes! Y qué de males han venido por ti al mundo, y más a las mujeres que, como en todo somos las más perdidosas y las más fáciles de engañar, parece que solo contra ellas tienes el poder, o por mejor decir, el enojo.
No sé para qué el cielo me crió hermosa, noble y rica, si todo había de tener tan poco valor contra la desdicha, sin que tantos dotes de naturaleza y fortuna me quitasen la mala estrella en que nací.
O, ya que lo soy, ¿para qué me guarda la vida? Pues tenerla un desdichado más es agravio que ventura. ¿A quién contaré mis penas que me las remedie? ¿Quién oirá mis quejas que se enternezca? ¿Y quién verá mis lágrimas que me las enjugue?
Nadie, por cierto, pues mi padre y hermanos por no oírlas me han desamparado, y hasta el cielo, consuelo de los afligidos, se hace sordo por no dármele.
¡Ay don Diego! ¿y quién lo pensara? Mas sí debiera pensar, si mirara que eres hombre, cuyos engaños quitan el poder a los mismos demonios y hacen ellos lo que los ministros de maldades dejan de hacer.
¿Dónde se hallará un hombre verdadero? ¿En cuál dura la voluntad un día? Y más si se ven queridos. Mal haya la mujer que en ellos cree, pues al cabo hallará el pago de su amor, como yo le hallo.
¿Quién es la necia que desea casarse, viendo tantos y tan lastimosos ejemplos? ¿Cómo es mi ánimo tan poco, mi valor tan afeminado y mi cobardía tanta que no quito la vida, no solo a la enemiga de mi sosiego, sino al ingrato que me trata con tanto rigor?
¡Mas, ay, que tengo amor! Y en lo uno temo perderle y en lo otro enojarle: ¿por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? Pues si ella es la que da valor al cuerpo, ¿quién obliga a los nuestros a tanta cobardía?
Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotras valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis; y así, por tenernos sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza; dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas.
¡Mas triste de mí! ¿De qué sirven estos pensamientos, pues ya no sirven para remediar cosas tan sin remedio? Lo que ahora importa es pensar cómo daré a esta mujer lo que pide.
Diciendo esto, se ponía a pensar qué haría, y luego volvía de nuevo a sus quejas.
Quien oyera las que está dando Laura, dirá que la fuerza del amor está en su punto, mas aún faltaba otro extremo mayor, y fue que viendo cerrar la noche, y viendo ser la más oscura y tenebrosa que en todo aquel invierno había hecho (respondiendo a su pretensión su opinión), sin mirar a lo que se ponía y lo que aventuraba si don Diego venía y la hallaba fuera, diciendo a sus criadas que si venía le dijesen que estaba en casa de alguna de las muchas señoras que había en Nápoles, poniéndose un manto de una de ellas, con una pequeña linternilla se puso en la calle y fue a buscar lo que ella pensaba había de ser su remedio.
Hay en Nápoles, como una milla apartada de la ciudad, camino de Nuestra Señora del Arca, imagen muy devota de aquel reino, y el mismo por donde se va a Piedrablanca, como un tiro de piedra del camino real, a un lado de él, un humilladero de cincuenta pies de largo y otros tantos de ancho: la puerta del cual está hacia el camino, y en frente de ella un altar con una imagen pintada en la misma pared.
Tiene el humilladero estado y medio de alto, el suelo es una fosa de más de cuatro en hondura que coge toda la dicha capilla, y solo queda alrededor un poyo de media vara de ancho por el cual se anda todo el humilladero. A estado de hombre, y menos, hay puestos por las paredes unos garfios de hierro en los cuales cuelgan a los que ahorcan en la plaza; y como los tales se van deshaciendo, caen los huesos en aquel hoyo que, como está sagrado, les sirve de sepultura.
Pues a esta parte tan espantosa guió sus pasos Laura, donde a la sazón había seis hombres que por salteadores habían ajusticiado pocos días hacía: la cual, llegando a él con ánimo increíble (que se lo daba amor), tan olvidada del peligro cuanto acordada de sus fortunas, pues podía temer si no a la gente con quien iba a negociar a lo menos caer dentro de aquella profundidad, donde si tal fuera jamás se supiera de ella.
Ya he contado como el padre y hermanos de Laura, por no verla maltratar y ponerse en ocasión de perderse con su cuñado, se habían retirado a Piedrablanca, donde vivían (si no olvidados de ella, a lo menos desviados de verla).
Estando don Carlos acostado en su cama al tiempo que llegó Laura al humilladero, despertó con riguroso y cruel sobresalto, dando tales voces que parecía se le acababa la vida.
Alborotose la casa, vino su padre, acudieron sus criados; todos confusos y turbados, y solemnizando su dolor con lágrimas le preguntaban la causa de su mal, la cual estaba escondida aun al mismo que la sentía.
El cual, vuelto más en sí, levantándose de la cama y diciendo: «En algún peligro está mi hermana», se comenzó a vestir a toda diligencia, dando orden a un criado para que luego al punto le ensillase un caballo, el cual apercibido saltó en él, y sin querer aguardar que le acompañase algún criado, a todo correr de él partió la vía de Nápoles con tanta prisa que a la una se halló en frente del humilladero, donde paró el caballo de la misma suerte que si fuera de piedra.
Procuraba don Carlos pasar adelante, mas era porfiar en la misma porfía; porque atrás ni adelante era posible volver, antes, como arrimándole la espuela quería que caminase, el caballo daba unos bufidos espantosos.
Viendo don Carlos tal cosa, y acordándose del humilladero, volvió a mirarle, y como vio luz que salía de la linterna que su hermana tenía, pensó que alguna hechicería le detenía, y deseando saberlo de cierto, probó si el caballo quería caminar hacia allá, y apenas hizo la acción cuando el caballo, sin apremio alguno, hizo la voluntad de su dueño; y llegando a la puerta con su espada en la mano, dijo:
—Quienquiera que sea quien está ahí dentro, salga luego fuera, que si no lo hace, por vida del rey que no me he de ir de aquí hasta que con la luz del día vea quién es y qué hace en tal lugar.
Laura, que en la voz conoció a su hermano, pensando que se iría y mudando cuanto pudo la suya, le respondió:
—Yo soy una pobre mujer, que por cierto caso estoy en este lugar; y pues no os importa saber quién soy, por amor de Dios que os vayáis: y creed que si porfiáis en aguardar, me arrojaré luego al punto en esa sepultura, aunque piense perder la vida y el alma.
No disimuló Laura tanto la habla que su hermano, que no la tenía tan olvidada como ella pensó, dando una gran voz, acompañada con un suspiro, dijo:
—¡Ay hermana, grande mal hay, pues tú estás aquí; sal fuera, que no en vano me decía mi corazón este suceso!
Pues viendo Laura que ya su hermano la había conocido, con el mayor tiento que pudo, por no caer en la fosa, salió arrimándose a las paredes, y tal vez a los mismos ahorcados, y llegando donde su hermano lleno de mil pesares la aguardaba, y no sin lágrimas, se arrojó en sus brazos, y apartándose a un lado supo de Laura en breves razones la ocasión que había tenido por venir allá, y ella de él la que le había traído a tal tiempo; y el remedio que don Carlos tomó fue ponerla sobre su caballo, y subiendo asimismo él, dar la vuela a Piedrablanca, teniendo por milagrosa su venida; y lo mismo sintió Laura, mirándose arrepentida de lo que había hecho.
Cerca de la mañana llegaron a Piedrablanca, donde sabido de su padre el suceso, haciendo poner un coche, metiéndose en él con sus hijos e hija, se vino a Nápoles, y derecho al palacio del virrey, a cuyos pies arrodillado le dijo que, para contar un caso portentoso que había sucedido, le suplicaba mandase venir allí a don Diego Piñatelo, su yerno, porque importaba a su autoridad y sosiego.
Su excelencia lo hizo así: y como llegase don Diego a la sala del virrey y hallase en ella a su suegro, cuñados y mujer, quedó absorto, y más cuando Laura en su presencia contó al virrey lo que en este caso queda escrito, acabando la plática con decir que ella estaba desengañada de lo que era el mundo y los hombres; y que así no quería más batallar con ellos, porque cuando pensaba lo que había hecho y dónde se había visto, no acababa de admirarse; y que supuesto esto, ella se quería entrar en un monasterio, sagrado poderoso para valerse de las miserias a que las mujeres están sujetas.
Oyendo don Diego esto, y negándole al alma el ser causa de tanto mal, en fin como hombre bien entendido, estimando en aquel punto a Laura más que nunca y temiendo que ejecutase su determinación, no esperando él por sí alcanzar de ella cosa alguna, según estaba agraviada, tomó por medio al virrey, suplicándole pidiese a Laura que volviese con él, prometiendo la enmienda de allí adelante.
Hízolo el virrey, mas Laura, temerosa de lo pasado, no fue posible que lo aceptase, antes, más firme en su propósito, dijo que era cansarse en vano, que ella quería hacer por Dios, que era amante más agradecido, lo que por un ingrato había hecho; con que este mismo día se entró en la Concepción, convento noble, rico y santo.
Don Diego desesperado se fue a su casa, y tomando las joyas y dineros que halló, se partió sin despedirse de nadie de la ciudad, donde a pocos meses se supo que en la guerra que la majestad de Felipe III tenía con el duque de Saboya había acabado la vida.
Con grande admiración oyeron todos la discreta maravilla que la hermosa Nise había referido, y habiéndose sosegado el aplauso y cantado los músicos, comenzó la hermosa Lisis la maravilla que la tocaba en esta forma:
NOVELA SEXTA.
EL DESENGAÑADO AMADO, Y PREMIO DE LA VIRTUD.
En la imperial ciudad de Toledo, silla de reyes, y corona de sus reinos, como lo publica su hermosa fundación, agradable sitio, nobles caballeros y hermosas damas, hubo no ha muchos años un caballero cuyo nombre será don Fernando.
Nació de padres nobles y medianamente ricos, y él por sí tan galán, alentado y valiente que si no desluciera estas gracias de naturaleza con ser mucho más inclinado a travesuras y vicios que a virtudes, pudiera ser adorno, alabanza y grandeza de su patria. Desde su tierna niñez procuraron sus padres criarle e instruirle con las costumbres que requieren los ilustres nacimientos para que lleven adelante la nobleza que heredaron de sus pasados; mas estos virtuosos estilos eran tan pesados para don Fernando, como quien en todo seguía su traviesa inclinación, sin vencerse en nada; y más que al mejor tiempo le faltó su padre, con que don Fernando tuvo lugar de dar más rienda a sus vicios.
Gastó en esto alguna parte de su patrimonio, falta que se veía mucho, como no era de los más abundantes de su tierra. En medio de estos vicios y distraimiento de nuestro caballero, le sujetó amor a la hermosura, donaire y discreción de una dama que vivía en Toledo medianamente rica y sin comparación hermosa, cuyo nombre será doña Juana. Sus padres, habiendo pasado de esta a mejor vida, la habían dejado encomendada a solo su valor, que en Toledo no tenían deudos, por ser forasteros.
Era doña Juana de veinte años, edad peligrosa para la perdición de una mujer, por estar entonces la bella vanidad y locura aconsejadas con la voluntad, causa por que no escuchando a la razón ni al entendimiento, se dejen cautivar de deseos livianos. Dejábase doña Juana servir y galantear de algunos caballeros mozos, pareciéndole tener por esta parte más seguro su casamiento.
De esta dama se aficionó don Fernando con grandes veras; solicitole la voluntad con papeles, músicas y presentes, balas que asestan luego los hombres para rendir las flacas fuerzas de las mujeres.
Miraba bien doña Juana a don Fernando y no le pesaba verse querida de un caballero tan galán y tan noble, pareciéndole que si le pudiese obligar a ser su marido, sería felicísimamente venturosa, puesto que no ignoraba sus travesuras, y decía, como dicen algunas (dicen mal), que eran cosas de mozos; porque el que no tiene asiento a los principios poco queda que aguardar a los fines.
Era don Fernando astuto y conocía que no se había de rendir doña Juana menos que casándose, y así daba muestras de desearlo, diciéndolo a quien le parecía que se lo diría, en particular a las criadas, las veces que hallaba ocasión de hablarlas.
La dama era asimismo cuerda, y para amartelarle más se hacía de temer, obligándole con desdenes a enamorarse más, pareciéndole que no hay tal cebo para la voluntad como las asperezas, las cuales sentía don Fernando sobre manera, o porque si al principio empezó de burlas ya la quería de veras, o por haber puesto la mira en rendirla; y le debía de parecer que perdía de su punto si no vencía su desdén, y más conociendo de su talle ser poderoso para rendir cualquiera belleza.
Una noche del verano con otros amigos le trajo amor, como otras, a su calle, les pidió que cantasen, y obedeciendo los músicos cantaron:
De dos premios que ha querido
Dar amor a un desdichado,
Mayor que ser olvidado
Es el ser aborrecido;
Que el que olvida, aquel olvido
En amor puede volver;
Mas quien llega a aborrecer,
Cuando se venga a acordar,
Será para maltratar,
Que no para bien querer.
El olvido es privación
De la memoria importuna,
Consiste en mala fortuna;
Pero no es mala intención:
Mas quien ciego de pasión,
Contra la ley natural,
Aborrece en caso igual,
Más que olvido es el desdén,
Pues sobre no querer bien,
Está deseando mal.
Y si en fin aborrecer
Es agraviar, bien se infiere,
Que el que ingrato aborreciere,
Está cerca de ofender:
Y si hay quien quiera querer
Ser antes aborrecido,
Tome por suyo el partido;
Que si me han de maltratar,
Por no verme despreciar
Quiero anegarme en olvido.
No cantó don Fernando con tan poco acierto estas décimas, si bien dichas sin propósito, pues hasta entonces no podía juzgar de la voluntad de su dama si se inclinaba a quererle, si a aborrecerle, que no hallasen lugar en su pecho sus gracias, que a caer sobre menos travesuras lucieran mucho. Mas ya determinada a favorecerle, se dejó ver, que hasta entonces había oído la música encubierta, y dio a entender con palabras que había estimado sus versos, asistiendo al balcón mientras se cantaron.
Y con el favor que doña Juana hizo a don Fernando aquella noche, se partió el más contento que imaginar se puede, pareciéndole que para ser el primero no había negociado mal respecto del desdén con que siempre le había tratado; y continuando sus paseos y perseverando en su amor, acrecentando los regalos, vino a granjear de suerte la voluntad de la dama que ya era la enamorada y perdida, y don Fernando el que se dejaba amar y servir (condición de hombre amado y ventura de mujer rendida), porque aunque don Fernando quería bien a doña Juana, no de suerte que se rematase ni dejase por su amistad las demás ocasiones.
Venció don Fernando y rindiose doña Juana, y no es maravilla, pues se vio obligar con la palabra que le dio de ser su esposo, oro con que los hombres disimulan la píldora amarga de sus engaños.
Vivía la madre de don Fernando, y este fue el inconveniente que puso para no casarse luego, diciendo que temía disgustarla y que por no acabarla del todo a fuerza de disgustos era necesario disimular hasta mejor ocasión.
Creyole doña Juana y de esta suerte sufría con gusto las excusas que le daba, pareciéndole que ya lo más estaba granjeado, que era la voluntad de don Fernando, con la cual se aseguraba de cuantos temores se le ofrecían mientras la fortuna se inclinaba a favorecerla, o porque ya no podía vivir sin su amante, que era lo más cierto.
En esta amistad pasaron seis meses, dándola don Fernando cuanto había menester y sustentándole la casa como pudiera la de su misma mujer, porque con tal intento era admitido.
En este tiempo que doña Juana amaba tan rendida, y don Fernando amaba como poseedor, y ya la posesión le daba enfado, sucedió que una amiga de doña Juana, mujer de más de cuarenta y ocho años, si bien muy agraciada y gallarda y que aún no tenía perdida la belleza que en la mocedad había alcanzado, animándolo todo con grandísima cantidad de hacienda que tenía y había granjeado en Roma, Italia y otras tierras que había corrido, siendo calificada en todas ellas por grandísima hechicera, aunque esta habilidad no era conocida de todos, porque jamás la ejercitaba en favor de nadie sino en el suyo, por cuya causa también doña Juana la ignoraba, si bien por las semejanzas no tenía entera satisfacción de Lucrecia, que ese era el nombre de esta buena señora, porque era natural de Roma, mas tan ladina y españolizada como si fuera nacida y criada en Castilla.
Esta pues, como era muy familiar en casa de doña Juana, con quien se daba por amiga, se enamoró de don Fernando, tanto como puede considerar quien sabe lo que es voluntad favorecida del trato, pues no era este el primer lance que en este particular Lucrecia había tenido.
Procuró que su amante supiese su amor, continuando las visitas a doña Juana y el mirar tierno a don Fernando, del cual no era entendida, porque le parecía que ya Lucrecia no estaba en edad para tratar de galantería ni amores.
Ella, que ya amaba a rienda suelta, viendo el poco cuidado de don Fernando y el mucho de doña Juana, que sin sospecha de su traición era estorbo de su deseo, porque como amaba no se apartaba de la causa de su amor, se determinó la astuta Lucrecia a escribir un papel, del cual prevenida hasta hallar ocasión, aguardó tiempo, lugar y ventura, que hallándole, se le dio, el cual decía así:
«Disparate fuera el mío, señor don Fernando, si pretendiera apartaros del amor de doña Juana, entendiendo que no había de ser vuestra mujer; mas viendo en vuestras acciones y en los entretenimientos que traéis que no se extiende vuestra voluntad más que a gozar de su hermosura, he determinado descubriros mi afición: yo os amo desde el día que os vi, que un amor tan determinado como el mío no es menester decirle por rodeos; hacienda tengo con que regalaros; de esta y de mí seréis dueño: con que os digo cuanto sé y quiero.
Lucrecia.»
Leyó don Fernando el papel, y como era vario de condición, aceptó el partido que le hacía acudiendo desde el mismo día a su casa, no dejando por esto de ir a la de doña Juana, disfrazando sus visitas para con Lucrecia, que le quisiera quitar de todo punto de ellas con sus obligaciones.
Doña Juana, que por las faltas que hacía su amante y haber visto en Lucrecia acciones de serlo, y también en verla retirada de su casa, sospechando lo mismo que era, dio en seguirle y escudriñar la causa: a pocos lances descubrió toda la celada y supo con la frecuencia que Lucrecia le daba hacienda para que gastase y destruyese: tuvo sobre esto la dama con su ingrato dueño muchos disgustos, mas todos sirvieron de hacerse más pesada, más enfadosa y menos querida; porque don Fernando no dejaba de hacer su gusto ni la pobre señora de atormentarse, la cual viendo que no servían los enojos más que de perderle, tomó por partido el disimular hasta ver si conseguía su amor el fin que deseaba, que no vivía sin don Fernando, cuya tibieza le traía sin juicio.
Lucrecia se valía de más eficaces remedios, porque acontecía estar el pobre caballero en casa de doña Juana, y sacarle de ella, ya vestido, ya desnudo, como lo hallaba el engaño de sus hechizos.
Viendo en fin doña Juana cuán de caída iban sus cosas, quiso hacerle guerra con las mismas armas, pues las de su hermosura ya podían tan poco: y andando inquiriendo quién le ayudaría en esta ocasión, no faltó una amiga que le dio noticia de un estudiante que residía en la famosa villa de Alcalá, tan ladino en esta facultad que solo en oírle se prometió dichoso fin.
Y para que los terceros no dilatasen su suerte, quiso ser ella la mensajera de sí misma; para lo cual (fingiendo haber hecho una promesa), alcanzada la licencia de don Fernando, que no le fue muy dificultoso alcanzar, para hacer una novena al glorioso san Diego en su santo sepulcro, se metió en un coche y fue a buscar lo que le pareció que sería su remedio, con cartas de la persona que le dio nuevas del estudiante; del cual, como llegó a Alcalá y a su casa, fue recibida con mucho agrado, porque con las cartas le puso en las manos veinte escudos.
Contole sus penas la afligida señora, pidiéndole su remedio: a lo cual respondió el estudiante que, cuanto a lo primero, era menester saber si se casaría con ella, y que después entraría el apremiarle a que lo hiciese; y para esto le dio dos sortijas de unas piedras verdes y la dijo que se volviese a Toledo, y que aquellos anillos los llevase guardados y que no los pusiese hasta que don Fernando la fuese a ver, y en viéndole entrar los pusiese en los dedos, las piedras a las palmas, y tomándole las suyas le tratase de su casamiento; y que advirtiese en la respuesta que le daba, que él sería con ella dentro de ocho días y le diría lo que había de hacer en esto; mas que le advertía que se quitase luego los anillos y los guardase como los ojos, porque los estimaba en más que un millón.
Con esto, dejándole memoria de su casa y nombre, para que no errase cuando la fuese a buscar, la más contenta del mundo se volvió a Toledo.
Así como llegó avisó a don Fernando de su venida, el cual recibió esta nueva con más muestras de pesar que gusto, si bien el estar cargado de obligaciones le obligó a disimular su tibieza, y así fue luego a verla por no darle ocasión para que tuviese quejas.
Pues viendo doña Juana lo que le ofrecía su fortuna, y poniéndose luego sus anillos, conforme a la orden que tenía, tomó las manos a don Fernando y entre millares de caricias le empezó a decir que cuándo había de ser el día en que pudiese ella gozarle en servicio de Dios. A esto respondió don Fernando que si pensara no dar disgusto a su madre aquella misma noche la hiciera suya; mas que el tiempo haría lo que le parecía que estaba tan imposible.
Con esta respuesta, y quedarse allí aquella noche, le pareció a doña Juana que ya estaba la fortuna de su parte y que don Fernando era ya su marido: quitose sus sortijas y dióselas a la criada que las guardase. La fregona, que las vio tan lindas y lucidas, púsoselas en las manos, sacó agua del pozo, fregó y otro día las llevó al río, dando pavonada con estas, no solo este mas todos los otros que faltaban hasta venir el estudiante, quitándolas solo para ir delante de su señora porque no las viera.
Al cabo de este tiempo vino el estudiante a Toledo y fue bien recibido de doña Juana, la cual, después de haberle regalado, le volvió sus sortijas y le dijo lo que don Fernando había respondido. El estudiante, agradecido a todo, se partió otro día, dejándole dicho que él miraría con atención su negocio y la avisaría qué fin había de tener.
Mas apenas salió el miserable una legua de Toledo cuando los demonios que estaban en las sortijas se le pusieron delante y derribándole de la mula le maltrataron, dándole muchos golpes, tantos, que poco le faltaba para rendir la vida. Decíanle en medio de la fuga:
—Bellaco, traidor, que nos entregaste a una mujer que nos puso en poder de su criada, que no ha dejado río ni plaza donde no nos ha traído, sacando agua, fregando con nosotros: de todo esto eres tú el que tienes la culpa, y así serás el que lo has de pagar. ¿Qué respuesta piensas darle? ¿Piensas que se ha de casar con ella? No por cierto, porque juntos como están acá están ardiendo en los infiernos, y de esa suerte acabarán sin que ni tú ni ella cumpláis vuestro deseo.
Y diciendo esto le dejaron ya por muerto hasta otro día por la mañana que unos panaderos que venían a Toledo le hallaron ya casi espirando, y movidos de compasión le pusieron en una mula y le trajeron a la ciudad, y pusieron en la plaza para ver si lo conocía alguna persona, porque el pobre no estaba para decir quién era ni dónde lo habían de llevar.
Acertó en este tiempo a ir la criada de doña Juana a comprar de comer y al punto le conoció, con cuyas nuevas fue luego a su señora, que en oyéndolo tomó su manto y se fue a la plaza, y como le conoció, le mandó llevar a su casa para hacerle algunos remedios.
Hízolo así, y acostándole en su cama y llamando los médicos, le hicieron tal cura que mediante ella fue Dios servido que volviese en sí. El cual, en el tiempo que duró su mal, contó a doña Juana la causa de él y la respuesta que los demonios le habían dado de su negocio.
Causó en la dama tal temor el decirle que estaba en el infierno como en el mundo que bastó para irla desapasionando de su amor, y desapasionada miró su peligro y así procuró remediarle, tomando otro camino diferente del que hasta allí había llevado.
Sanó el estudiante de su enfermedad, y antes de partirse a su tierra le pidió doña Juana que, pues su saber era tanto, que le ayudase a su remedio. A lo cual el mozo agradecido le prometió hacer cuanto en su mano fuese.
Es pues el caso que al tiempo que don Fernando se enamoró de ella, la servía y galanteaba un caballero genovés, hijo de un hombre muy rico que asistió en la corte, que con sus tratos y correspondencias en toda Italia había alcanzado con grandes riquezas el título de caballero para sus hijos. Era segundo, y su padre tenía otro mayor y dos hijas, la una casada en Toledo y la otra monja.
Pues este mancebo, cuyo nombre era Octavio, que por gozar de la vista de doña Juana lo más del tiempo asistía en la ciudad con sus hermanas, y su padre lo tenía por bien, respecto del gusto que ellas tenían con su vista; como a los principios, por no haber entrado don Fernando en la pretensión, se había visto más favorecido; y después que doña Juana cautivó su voluntad, le empezase a dar de mano, y Octavio supiese que él era la causa de no mirarle bien su dama, determinó de quitarle de en medio; y así, una noche que don Fernando con otros amigos estaba en la calle de doña Juana, salió a ellos con otros que le ayudaron y tuvieron unas crueles cuchilladas, de las cuales salieron de una y otra parte algunos heridos.
Octavio desafió a don Fernando, el cual ya en este tiempo gozaba a doña Juana con palabra de esposo: pues como la dama supo el desafío, temerosa de perder a don Fernando, escribió un papel a Octavio diciéndole que el mayor extremo de amor que podía hacer con ella era guardar la vida de su esposo más que la suya misma, porque hiciese cuenta que la suya no se sustentaba sino con ella, y otras razones tan discretas y sentidas, de que el enamorado Octavio recibió tanta pasión que le costó muchos días de enfermedad.
Y para guardar más enteramente el gusto y orden de doña Juana, después de responder a su papel mil ternezas y lástimas, le dio también palabra de guardarle, como vería por la obra, y esta misma tarde, vestido de camino, dijo a doña Juana viéndola en un balcón, casi con lágrimas en los ojos:
—Ingrata mía, basilisco hermoso de mi vida, adiós para siempre.
Y dejando con esto a Toledo se fue a Génova, donde estuvo algunos días, y de allí se pasó a servir al rey en el reino de Nápoles.
Pues como doña Juana, dando crédito a lo que el estudiante le decía y pareciéndole que si Octavio volviera a España sería el que le estaría más a propósito para ser su marido, así, dando cuenta al estudiante de esto, le pidió, obligándole con las dádivas, a que le hiciese venir con sus conjuros y enredos.
El estudiante, escarmentado de la pasada burla, la respondió que él no había de hacer en eso más de decirle lo que había de hacer para que consiguiese su deseo, y que dentro de un mes volvería a Toledo y que conforme le sucediese, le pagaría.
Diole con esto un papel y ordenole que todas las noches se encerrase en su aposento e hiciese lo que decía; con esto se volvió a Alcalá, dejando a la dama instruida en lo que había de hacer, la cual, por no perder tiempo, desde esta misma noche empezó a ejercer su obra.
Tres serían pasadas, cuando (o que las palabras del papel tuviesen la fuerza que el estudiante había dicho, o que Dios, que es lo más cierto, quiso con esta ocasión ganar para sí a doña Juana) estando haciendo su conjuro con la mayor fuerza que sus deseos la obligaban, sintiendo ruido en la puerta, puso los ojos en la parte donde sonó el rumor y vio entrar por ella cargado de cadenas y cercado de llamas de fuego a Octavio, el cual la dijo con espantosa voz:
—¿Qué me quieres, doña Juana? ¿No basta haber sido mi tormento en vida, sino en muerte? Cánsate ya de la mala vida en que estás, teme a Dios y la cuenta que has de dar de tus pecados y distraimientos, y déjame a mí que estoy en las mayores penas que puede pensar una miserable alma que aguarda en tan grandes dolores la misericordia de Dios; porque quiero que sepas que, dentro de un año que salí de esta ciudad, fue mi muerte saliendo de una casa de juego, y quiso Dios que no fuese eterna. Y no pienses que he venido a decirte esto por la fuerza de tus conjuros, sino por particular providencia y voluntad de Dios que me mandó que viniese a avisarte que si no miras por ti, ¡ay de tu alma!
Diciendo esto, volvió a sus gemidos y quejas, arrastrando sus cadenas, y se salió de la sala, dejando a doña Juana llena de temor y penas, no de haber visto a Octavio sino de haberle oído tales razones, teniéndolas por avisos del cielo, pareciéndole que no estaba lejos su muerte, pues tales cosas le sucedían.
Considerando pues esto, y dando voces a sus criadas, se dejó caer en el suelo, vencida de un cruel desmayo; entraron a los gritos, no solo las criadas mas las vecinas, y aplicándole algunos remedios tornó en sí para de nuevo volver a su desmayo, porque apenas se le quitaba uno cuando le volvía otro, y de esta suerte, ya sin juicio, ya con él, pasó la noche sin atreverse las que estaban con ella a dejarla.
Vino en estas confusiones el día sin que doña Juana tuviese más alivio, aunque a pura fuerza la habían desnudado y metido en la cama; y como era de día, vino don Fernando tan admirado de su mal cuanto lastimado de él; y sentándose sobre su cama, le preguntó la causa y asimismo qué era lo que sentía.
A lo cual la hermosa doña Juana (siendo mares de llanto sus ojos) le contó cuanto le había sucedido, así con el estudiante como con Octavio, sin que faltase un punto en nada, dando fin a su plática con estas razones:
—Yo, señor don Fernando, no tengo más de una alma, y esa perdida, no sé qué me queda más que perder: los avisos del cielo ya pasan de uno, no será razón aguardar a cuando no haya remedio: yo conozco de vuestras tibiezas, no solo que no os casaréis conmigo, mas que la palabra que me disteis no fue más de por traerme a vuestra voluntad; dos años ha que me entretenéis con ella sin que haya más novedad mañana que hoy: yo estoy determinada de acabar mi vida en religión, que según los preludios que tengo no durará mucho, y no penséis que por estar defraudada de ser vuestra mujer escojo este estado, que os doy mi palabra que aunque con gusto vuestro y de vuestra madre quisiérades que lo fuera, no aceptara tal, porque desde el punto que Octavio me dijo que mirase por mi alma, propuse de ser esposa de Dios y no vuestra; así lo he prometido, y lo que solo quiero de vos es que, atento a las obligaciones que me tenéis, supuesto que mi hacienda es tan corta que no bastará a darme el dote y lo demás que es necesario, me ayudéis con lo que faltare y negociéis mi entrada en la Concepción, que este sagrado elijo para librarme de los trabajos de este mundo.
Calló doña Juana, dejando a los oyentes admirados y a don Fernando tan contento que diera la misma vida en albricias (tal le tenían los embustes de Lucrecia), y abrazando a doña Juana y alabando su intento, y prometiendo hacer en eso mil finezas, se partió a dar orden en su entrada en el convento, la cual se concertó en mil ducados, que los dio don Fernando con mucha liberalidad, con los demás gastos de ajuar y propinas; porque otros mil que hizo doña Juana de su hacienda los puso en renta para sus niñerías, y pagando a sus criadas y dándoles sus vestidos y camisas que repartió con ellas junto con las demás cosas de la casa, antes de ocho días se halló con el hábito de religiosa, la más contenta que en su vida estuvo, pareciéndole que había hallado refugio adonde salvarse, y que escapando del infierno se hallaba en el cielo.
Libre ya don Fernando de esta carga, acudió a casa de Lucrecia con más puntualidad, y ella, viéndole tan suyo y que ya estaba libre de doña Juana, no apretaba tanto la fuerza de sus embustes, pareciéndole que bastaba lo hecho para tenerle asido con su amistad, con lo cual don Fernando tuvo lugar de acudir a las casas de juego, donde jugaba y gastaba largo.
De esta suerte se halló en poco tiempo con muchos ducados de deuda, pareciéndole que con la muerte de su madre se remediaría todo, creyendo que según su edad no duraría mucho. La cual, sabiendo que ya estaba libre de doña Juana, cuyos sucesos no se le encubrían, trató de casarle, creyendo que esto sería parte para sosegarle.
Con el parecer de don Fernando, que, como he dicho, no estaba tan apretado de los hechizos de Lucrecia, viendo que ya no tenía a quién temer, puso la mira en una dama de las hermosas que en aquella sazón se hallaban en Toledo, cuyas virtudes corrían parejas con su entendimiento y belleza.
Esta señora, cuyo nombre es doña Clara, era hija de un mercader que con su trato calificaba su riqueza, por llegar con él no solo a toda España sino pasar a Italia y a las Indias. No tenía más hijos que a doña Clara, y para ella, según decían, gran cantidad de dinero, si bien en eso había más engaño que verdad, porque el tal mercader se había perdido, aunque para casar su hija conforme su merecimiento disimulaba su pérdida.
En esta señora, como digo, puso la madre de don Fernando los ojos, y en ella los tenía asimismo puestos un hijo de un título, y no menos que el heredero y mayorazgo, no con intento de casarse sino perdido por su belleza, y ella le favorecía, que ni en Toledo alcanzaba fama de liviana ni tampoco la tenía de cruel. Dejábase pasear y dar músicas, estimar y engrandecer su belleza, mas jamás dio lugar a otro atrevimiento, aunque el marqués (que por este título nos entenderemos) facilitara en más su virtud que su riqueza.
Puso en fin la madre de don Fernando terceros nobles y muy cuerdos para el casamiento de su hijo, y fue tal su suerte que no tuvo mucha dificultad en alcanzarlo del padre de la dama; y ella, como no estimaba al marqués en nada, por conocer su intento, dio luego el sí, con que hechos los conciertos, precediendo las necesarias diligencias, se desposó con don Fernando, dándole luego el padre de presente seis mil ducados en dinero, porque lo demás dijo estar empleado: y que pues no tenía más hijos que a doña Clara, cosa forzosa era ser todo para ella. Contentose don Fernando, por tapar con este dinero sus trampas y trapazas, entrando en poder del lobo la cordera, que así lo podemos decir.
Dentro de un mes de casada doña Clara, vio su padre que era imposible cumplir la promesa que le había hecho a su hija, y juntando lo más que pudo después de los seis mil ducados que dio, se ausentó de Toledo y se fue a Sevilla donde se embarcó para las Indias, dejando por esta causa metida a su hija en dos mil millares de disgustos; porque como don Fernando se había casado con ella por solo el interés y los seis mil ducados se habían ido en galas y cosas de casa, y pagar las deudas en que sus vicios le habían puesto, a dos días sin dinero salió a plaza su poco amor, y fue trocando el que había mostrado, que era poco, en desabrimiento y odio declarado, pagando la pobre señora el engaño de su padre; si bien la madre de don Fernando, viendo su inocencia y virtud, volvía por ella y le servía de escudo.
Supo Lucrecia el casamiento de don Fernando a tiempo que no lo pudo estorbar, y por estar ya hecho y por vengarse, usando de sus endiabladas artes, dio con él en la cama, atormentándole de manera que siempre le hacía estar en un ay, sin que en más de seis meses que le duró la enfermedad se pudiese entender de dónde le procedía ni le sirviesen los continuos remedios que se hacían.
Hasta que, viendo esta Circe que el tenerle así más servía de perderle que de vengarse, dejó de atormentarle, con lo que don Fernando empezó a mejorar: mas mudando la traidora de intento, encaminó sus cosas a que aborreciese a su mujer, y fue de suerte que, estando ya bueno, tornó a su acostumbrada vida, pasando lo más del tiempo con Lucrecia.
El marqués, desesperado de ver a doña Clara casada, también había pagado con su salud su pena, y ya mejor de sus males, aunque no de su amor, tornó de nuevo a servir y solicitar a doña Clara, y ella a negarle de suerte sus favores que ni aun verla era posible, con cuyos desdenes se aumentaba más su fuego.
En este tiempo murió la madre de don Fernando, perdiendo en ella doña Clara su escudo y defensa y don Fernando el freno que tenía para tratarla tan ásperamente como de allí adelante hizo, porque se pasaban los días y las noches sin ir a su casa, ni aun a verla, lo cual sentía la pobre señora con tanto extremo que no había consuelo para ella, y más cuando supo la causa que traía a su marido sin juicio.
No ignoraba el marqués lo que doña Clara pasaba, mas era tanta su virtud y recogimiento que jamás podía alcanzar de ella ni que recibiese un papel ni una joya, con ser su necesidad bien grande; porque las deudas de don Fernando, los juegos y el poco acudir a granjear su hacienda, la fue acabando de suerte que no había quedado nada, tanto que ya se atrevía a sus joyas y vestidos, sustentando dos niñas, que en el discurso de cuatro años que había que estaba casada tenía, y una criada con el trabajo de sus manos, porque don Fernando no acudía a nada: y con todo no pudieron alcanzar de ella sus amigas ni su criada que recibiese algunos regalos que el marqués le enviaba con ellas; antes a cuanto acerca de esto le decían daba por respuesta que la mujer que recibía cerca estaba de pagar.