CAPÍTULO XIII EL SENTIDO DE AMÉRICA
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I
¿QUÉ nueva forma de vida ha traído América a la Humanidad? ¿Qué lugar vacío ha llenado, qué esperanza incierta ha venido a cumplir, con qué valores de la materia y del espíritu ha enriquecido al mundo ese continente nuevo, alboreal, increíble y portentoso, que estaba secuestrado entre dos mares y oculto por los malos genios del terror y de la ignorancia?
Cuatro siglos son tarea bastante larga para la pobre memoria de los hombres, y ahora mismo, sobre la impermanencia de este globo, que tantas cosas olvida, las gentes miran el milagro de América y pasan ante su maravilla sin detenerse, como si nada de sobrenatural hubiera ocurrido en nuestra misma zona histórica. La idea de lo reciente es elástica como ninguna, y si un suceso de frivolidad política o literaria puede y merece envejecer en el tránsito de una semana, otros sucesos, al contrario, conservan su virtud de actualidad durante muchos siglos. Es porque los sucesos cuotidianos los referimos a nuestra propia vida, que verdaderamente es corta; mientras que los otros sucesos deben compararse con la eternidad. Apenas si ha comenzado a envejecer el hecho de que un hombre rubio marchara por los campos de Galilea predicando una nueva vida. La aparición de América debe emocionarnos como si fuera un fenómeno actual, contemporáneo nuestro. Y América está, efectivamente, actuando en este momento con tal energía de cosa nueva y alboreal, que necesitaríamos oponer unos oídos tercamente cerrados al rumor ascendente para no percibir los signos de ese mundo joven que se incorpora al viejo.
La agregación de ese mundo no ha podido verificarse sin choque, revolución y pasmo; Europa se halla como perturbada y perpleja por tan imprevista y gigantesca aparición. Por otra parte, América ha sido concedida a Europa toda entera, como una propiedad innata, como una hija legítima, como una misión del destino. No es un continente como Asia, que ya posee dueño y tiene personalidad; América se ofrece a Europa sin antecedentes y sin prejuicios, virgen y desnuda, cosa plegable y sumisa a cualquier mandato de civilización. Tampoco es un mundo incompleto y precario como la Australia; ni un mundo hostil, negro y fatalmente tórrido, como Africa; América viene a nosotros sembrada de todos los climas posibles, enriquecida con una prodigiosa variedad de paisajes y de recursos, al modo de una síntesis perfecta.
Por esto se ha dicho, con razón, que el descubrimiento y conquista de América es el hecho más grande desde la venida del Cristianismo. Es el hecho revolucionario más intenso, puesto que perturba las líneas generales del mundo, destruye las incógnitas, retira más allá los viejos conceptos y abre una estupenda zona de posibilidades. El ensanchamiento del mundo, la supresión de incógnitas, el continuo vuelo de la posibilidad; he ahí lo que aporta América a Europa en plena iniciativa del Renacimiento.
Por tanto, cada sacudida o movimiento de Europa ya no tendrá que malograrse ante la limitación; Europa no tropezará ya contra los muros de su breve horizonte. Toda iniciativa religiosa, política, social o económica, encontrará desde ahora abiertos los caminos ilimitados, y podrá, como la ola, verterse hasta el fin y hasta sus últimas consecuencias; porque América, grande y nueva, está ahí para ofrecerse como seno de todas experiencias, continuaciones y compensaciones.
Hubo una época, como resultado de la primera emoción, en que la idea del Nuevo Mundo iba vestida con envolturas de un cándido y sentimental retoricismo. La presencia del indio, vestido con sus plumas y su ignorancia supina, produjo aquella suerte de frases que los poetas corearon en tantas odas; la virgen América dió pábulo a muchos manoseos retóricos, y los discípulos de Rousseau encontraron una graciosa oportunidad para su reivindicación de la naturaleza en el sencillo, candoroso y desnudo salvaje americano. Con los inocentes indios de América bordó Chateaubriand las románticas historias de Atala, y el episodio de aquel indio natchez que el gran poeta hace ir a la corte de Luis XIV, es representativo de esa idea romántica, rousseauniana, que atribuyó al salvaje americano un tesoro de inocencias, de generosidades, de virginidades y de dulces melancolías.
Los que han tratado al indio saben que la literatura no se ha aproximado nada a la verdad. Lo mismo ante los conquistadores, como ante los modernos colonos, el indio era y es un hombre de la naturaleza; es decir, perezoso, artero, cruel, obsceno, astuto y albergue de todos los vicios...
La virgen América no debe aparecernos virgen en el sentido rousseauniano y en la forma ideal de un indio inocente, que la brutalidad del europeo atropella; América es para nosotros virgen en cuanto significa juventud, novedad, fuerza incipientemente usada que avanza a lo infinito.
II
Ahora mismo, en el último emigrante que pisa por primera vez las playas americanas, nace la impresión de asombro que sacudiera al principio el alma de los descubridores españoles. Una impresión de admirado espanto frente a las cosas descomunales del nuevo continente.
En la Europa propiamente dicha, hacia el lado occidental, núcleo de las emigraciones interoceánicas, la Naturaleza mantiene el ritmo clásico y heleno de la medida y la ponderación. Nunca los ríos y las llanuras y las islas y los bosques son demasiado grandes; pocas veces incurren las cosas en lo desmesurado; apenas la mirada del hombre debe sentirse encogida por el paso de lo descomunal. La Naturaleza se complace en redondear las ensenadas y recortar los valles ecuánimemente, de manera que los paisajes pueden servir a la vida de los hombres y no a la vida de seres quiméricos. Las estaciones, las lluvias, los cultivos, la población, todo es en la Europa occidental como resultado de una idea de ponderación y de medida.
En América, al revés, parece que la Naturaleza aguardara a una legión de gigantes y no de hombres. Es un continente sin medida, monstruoso, desmesurado, hecho para seres de otra gestación geológica. Los descubridores españoles, si penetraban en un bosque, se encontraban pronto envueltos por la monstruosidad de la selva; si aguardaban la lluvia, recibían el denso diluvio tropical; si buscaban un río, veían abrirse la inmensidad del Orinoco, del Missisipí, del Amazonas, del Plata; si hallaban un cerro, veían surgir en su altísima cumbre las fauces de un tremendo volcán... Por donde quiera les sorprendía lo gigantesco y desmesurado. Monstruosos los calores, los fríos, las lluvias, las sequías; gigantescas las llanuras; interminables las distancias; enormes los imperios. Desmesuradas las hambres, infinitos los triunfos y los placeres. Sorprendente y maravillosa la altivez de los Andes, surgiendo sobre el mar. Terribles y apocalípticos los terremotos, que destruyen en un momento las ciudades. Desmesuradas, en fin, las riquezas de Méjico y del Perú, con sus palacios henchidos de verdadera y material pasta de oro...
Después de cuatro siglos, el sentido de lo desmesurado continúa en América, y todo allí sigue la tendencia de lo enorme: ciudades colosales, ferrocarriles inmensos, cultivos monstruosos.
Por tanto, pronto encontraremos una palabra que nos ayude a expresar un signo psicológico de América: exageración. Si la Naturaleza es exagerada, justo es que los hombres se sometan a la ley del destino. Exagerados en sus impulsos, faltos de medida y ponderación, los americanos se alejan tanto del sentido helénico como se aproximan al ser de su propia naturaleza continental. Exagerados en sus proyectos, en sus empresas, en sus ideales, en sus teorías; exagerados hasta en su retórica. Lo medido y pausado les irrita o no lo comprenden. Les gusta el ruido y la proporción de la catarata, la fuerza descomunal de sus extensiones terrenales, la frondosidad abrumadora de sus selvas. Aman lo quimérico y colosal, lo mismo el yanqui, que forma ciudades monstruosas como Nueva York; que el tirano del Paraguay, aquel que declara la guerra a tres naciones juntas y no rinde las armas hasta que no resta un hombre en el país.
El bluff, palabra de América, es el resultado de ese sentido de la exageración, de lo desmesurado y colosal, y en cierto modo define la parte estéril, pero expresiva, de una dinámica gigantesca, sobreexcitada, falta de armonía.
También deberemos mencionar otra palabra, muy caracterizadora de la psicología americana: libertad. Los descubridores españoles, apenas ponían el pie en las Indias, sentíanse aliviados de un peso moral, y era éste el «peso jerárquico» de Europa. Bastardos o segundones, soldados obscuros o simples homicidas, el caso es que un poblador y un conquistador eran desde entonces hijos de sus hechos y valían tanto como sus obras. El porquerizo extremeño que llamaban Pizarro a secas, se convierte en marqués y señor poderoso; el marmitón de cocina puede desembarcar, afanarse en los negocios y llegar a tener palacios, servidores.
He ahí a la libertad en toda su realidad positiva. Los hombres se desvinculan de sus compromisos europeos, rompen el hilo prolijo de las jerarquías, y, aparte un poco de trabazón burocrática en la corte de los virreyes, los hombres son por lo que hacen y tienen. ¡Y es tan fácil hacer, tan sencillo tener! Allí están las tierras sin fin; hay para todos. Allí están los negocios y las empresas brindándose a quien ose emprenderlos.
El poder real descollaba muy lejos, allá remoto. Un ancho Océano separaba al continente, y la distancia y los peligros del viaje hacían más inmunes a los desterrados. Como desterrados, como robinsones cívicos, los conquistadores implantaron, efectivamente, en América el sistema municipal y las libertades jurídicas, que ya en España habíanse defraudado ante el poder imperialista de los nuevos reyes. Y este fuego de independencia y de libertad, exagerando los instintos nativos de los conquistadores, les arrastra desde el comienzo a disputas y guerras civiles.
Hijos son de sus actos. Han roto los vínculos de la familia y se evaden a las trabas de las jerarquías meticulosas. Fácil la adquisición, rápido el éxito, los pobladores se abren pronto a la soberbia. Y como cada cual se defiende por sí mismo de los azares e inminencias, el valor personal cobra un mérito extraordinario. Frente a los indios sanguinarios, en los cultivos remotos, en las haciendas precarias, donde un solo hombre necesita gobernar a manadas de indígenas o de negros, es allí cuando el individuo adquiere la conciencia de su poder y reclama el máximo de su libertad personal...
III
Acaso en ninguna parte del mundo se le da al hombre tanto valor intrínseco como en América. El hombre es allí un valor, en todo lo máximo del concepto; es una fuerza dinámica, una posibilidad infinita, una energía monedable y, sobre todo, una simiente.
América ha sentido siempre la emoción que no conoce Europa; esa entusiasta emoción ante los trasatlánticos humeantes y vociferantes que arriban a los muelles con su cargamento de hombres. ¡Semillas de porvenir!
Los buques arrojan sobre el muelle su carga humana; las falanges de inmigrantes se suceden, y cuando una muchedumbre se ha internado en el azar del Continente, otra nueva multitud desembarca. Allá van, por allí ruedan y buscan. Son los eternamente renovados en el ideal de las Indias. Con sus caras atónitas, con sus cuerpos pesados, un poco sucios en su torpeza de aldeanos. Plebe extraída de las últimas humildades europeas. Y sin embargo tal vez materia de futuras aristocracias.
¡Ah! En todas partes se muestra el hombre como un grave misterio, capaz de contener en sí todos los desdoblamientos del éxito y de la fortuna; en América es todavía mayor ese misterio, porque allí las contingencias del azar se precipitan con más imprevista rapidez. Por eso es tan sugestivo ir curiosamente a lo largo de un gran puerto de América y confundirse con las masas de los emigrantes. Bullen hombres, mujeres y niños aguardando la hora de internarse en lo desconocido. Candidatos del triunfo, unos caerán fracasados, otros vejetarán en una zozobrante pobreza; muchos saltarán en rápidos trancos la escala social, empinándose hasta la gloria del triunfo. A manejar rebaños numerosos, trusts imponentes, líneas férreas, Bancos. De ellos saldrá el multimillonario ostentoso, la dama exquisita o viciosa, el elegante rastacuero.
Esa cualidad suya es la que América tiene derecho a ostentar. Por su virtud, el hombre obscuro y primario logra la mayor potencia evolutoria. La experiencia humana llevada al límite; el arribismo ilimitado y democrático: he ahí la cualidad de América. Allí donde el hombre vale por lo que es y por lo que puede; donde el hombre es una cosa profunda, ilimitada y posible que puede actuar y desenvolverse sin limitaciones ni reservas.
En algunas zonas pujantes de aquella América, diríase que todos los componentes de la máquina nacional se hallan templados en un ritmo de exaltación dinámica. Recuerdan a los músicos de una gran orquesta. Los instrumentos vibran con una armonía arrebatadora, templados, tensos, sonoros, fáciles a la batuta del destino... La locomotora marcha a compás, como a compás el minero, y el agricultor, y el inventor, y el periodista. Y ese compás está puesto en su intensidad máxima. Compás heroico, acelerado, propicio para la locura de las experiencias temerarias. Así marcha y vibra Norte América, con sus cien ciudades osadas. ¿A dónde se dirige? ¿Qué busca? ¿Qué nuevo signo de civilización ofrecerá al mundo? No se sabe. Es todavía una fuerza de la naturaleza, que acciona a impulso de su fatalidad dinámica y juvenil.
Vivir intensamente o no vivir; tal es el concepto moral de esa América dinámica. El maquinismo presta a su vida un impulso que nunca los hombres conocieron, y las rotaciones de la actividad se apresuran como en una pesadilla. La vida intensa, la vida enérgica y apresurada, o si no la muerte. Son los hombres modernos por excelencia, cuya modernidad flota libre y aérea por encima de todo peso tradicional.
Simples, ligeros, sin los vínculos del hombre de Europa que necesita mirar tanto al pasado como al porvenir; esos hombres sin estirpe ni abolengo, esos cachorros de león de América, ¿qué sienten frente a Europa? ¿Es sólo admiración y respeto? ¿Es también acaso una secreta ira inconfesable contra el continente matriz que había recorrido ya la ilustre escala de la cultura noble y magistral?... ¿Es un íntimo e inexpresable propósito de llegar a poder superar a Europa, dominarla alguna vez, imponerla el sello y el ritmo de la vida americana, antiplatónica y locamente activa?...
Hija del heroísmo y del azar, madura ya y vigorosa entre los dos Océanos, allí América se alza como un enigma. La Humanidad y la civilización tienen que contar en adelante con ese agregado imprevisto, ascendente y dudoso, que añadirá nuevos caracteres al mundo e infundirá quién sabe qué otro sentido a la vida misma.
Cantos de marineros, ruidos de espadas, plegarias de sacerdotes, asistieron al alba de ese continente; ahora vocean las bocinas en sus puertos, crujen las locomotoras en sus llanuras, dora un sol pacífico la opulencia de sus cañaverales. El porvenir se abre sembrado de maravillas. Y mientras en las mil ciudades de América suenan los clamores de gloria, el alma quiere asistir todavía, llena de religioso respeto, al momento en que el descubridor salta en tierra y hace que el viento desplegue y extienda el estandarte cruzado de España; y al momento en que Balboa separa los tupidos lienzos de la selva para contemplar, mudo y temblando, la inmensidad del mar del Sur; o en que el conquistador, abrumado del peso de sus mismo hados, enfrenta valerosamente la monstruosidad de los peligros y guía hacia adelante su pequeña tropa ferrada, barbuda, brusca y soñadora...