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Los Conquistadores

CAPÍTULO IX EL VALOR

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EL descubrimiento, conquista y colonización de América son el fruto del genio español. Pero el genio por sí solo resulta insuficiente si la obra exige una voluntad heroica, y la empresa de las Indias se hubiera, en efecto, retardado o mal cumplido de no intervenir desde el primer momento la ráfaga valerosa, el ímpetu y el valor español.

Algunos historiadores, arrastrados por su sordidez objecionista, han pretendido disminuir en lo posible la hazaña de América con capciosos distingos. Una de estas objeciones consiste en suponer que los indios americanos carecían de armas convenientes y de un valor militar experimentado o bastante estratégico; en cambio adjudican a los españoles el poder y el enorme predominio del arte militar europeo: cañones, arcabuces, caballos, imponentes baterías.

Hay aquí una ficción que interesa desvanecer.

Cuando el historiador desea disminuir una empresa, fácilmente halla argumentos fiscales que pueden coaccionar la imaginación distraída de los lectores. Y si el lector moderno no se previene contra la sugestión de una falsa literatura, creerá, verdaderamente, que los indios han sido siempre y en todos los países unos pobres salvajes indefensos, y que la civilización europea ha poseído siempre y en todas las ocasiones los mismos recursos de poder y fuerza que hoy admiramos. Por tanto, si el lector no se previene y se deja seducir por la falacia de un hábil historiador, pensará que los españoles de Cortés y de Pizarro acometían a los indios con grandes y numerosos cañones de tiro rápido, con nutridas descargas de fusilería y con fuertes escuadrones de húsares.

En el siglo XVI existían, es verdad, grandes y poderosos ejércitos, con buenos parques de artillería y fuertes reservas. Pero después de tocar sus trompetas y mandar decir pregones, Hernán Cortés pudo reunir un ejército de quinientos ocho soldados; menos fortuna tuvo Francisco Pizarro, el cual, de su viaje a Extremadura y de su recluta de Tierra Firme, reunió para conquistar el Perú ciento sesenta y cuatro hombres de guerra...

También es cierto que en el siglo XVI había en Europa cañones y mosquetes. Pero los conquistadores no pudieron contratar baterías, regimientos de artilleros ni compactas compañías de fusileros, sin duda porque en aquel tiempo costaban mucho tales artefactos y porque en América no abundaban todavía los elementos de guerra. De modo que Hernán Cortés sentíase muy alegre porque pudo reclutar tres artilleros (o sean hombres que entendían de cosas de pólvora). Pizarro, siempre más modesto, hubo de contentarse con un artillero, Candía el cretense. Y cuando Cortés hizo el alarde de su tropa en la playa de Gozumel, halló que poseía cuatro falconetes, trece escopeteros y treinta y dos ballesteros. Los falconetes eran pequeñas piezas de difícil y lento manejo, que disparaban balas de piedra; las escopetas o mosquetes eran de corto alcance y sus disparos no podían repetirse mucho ni rápidamente. En cuanto a Pizarro, contó en su tropa tres escopeteros y veinte ballesteros.

Si existía, pues, de alguna parte superioridad en las armas arrojadizas, no hay duda que los indios eran superiores; estaban habituados al manejo del arco y de la flecha y presentábanse en las primeras algaradas como verdaderas nubes de flecheros, cuyos tiros estrechaban y aturdían a los españoles. Estos sufrían graves bajas de resultas de las flechas, contra las cuales no bastaban siempre los cascos, las rodelas y las corazas acolchadas, especie de almohadillado de algodón con el que se protegían los cuerpos. Los españoles tenían que fiar el éxito a sus armas blancas. Entonces sí, en la lucha cuerpo a cuerpo, en la pelea a manteniente, ¡entonces, asistidos por su valor, adquirían superioridad los españoles!

Su táctica militar, su maniobra de pequeños escuadrones, su formación en haces, la combinación calculada de los caballos, el envolvimiento, el ataque a fondo del núcleo o frente enemigo; todo eso, que era inteligencia europea y escuela militar civilizada, prestaba a los conquistadores efectiva superioridad ante los indios. Y además, sobre todo, poseían el ánimo, la energía, el brío, el ímpetu en el ataque, el espíritu, el valor.

Después que hayamos salvado la mentira de los cañones y de la fusilería, un espíritu moderno se encontrará desconcertado, perplejo, porque considerará los enormes núcleos militares que actualmente son precisos para asaltar una trinchera, y no podrá comprender cómo un puñado de hombres se aventuraban a tales conquistas y tales peleas.

También en esto hay una ficción anacrónica. Nosotros conocemos el soldado actual: buen ciudadano, generalmente sumiso a la orden que le manda ir a la guerra, y, por lo regular, dotado de suficiente valor. Nuestro soldado conoce el manejo de su fusil en un grado prudencial; dispara cien o mil cartuchos, en la inteligencia de que muchos días habrá de consumir sus cartucheras perfectamente en vano. De cada veinte soldados modernos, puede contarse apenas un tirador cuyos tiros posean cierta consciencia o cierta probabilidad de eficacia. Compréndese, pues, que las acciones actuales de guerra necesiten el concurso de cada vez mayores masas de soldados; la deficiencia personal del individuo se debe suplir con el número de los actuantes, y la inconsciencia o escasa efectividad del tiro y del golpe ha de subsanarse con el empleo de nutridas series de disparos. Hoy se siembra de millones de proyectiles el campo, con la esperanza de poder derribar uno o varios combatientes; mientras que el soldado antiguo, sobre todo el conquistador, ahorraba tentativas y daba directo con su espada en el pecho enemigo.

Hernán Cortés se percata pronto de las condiciones especiales de aquella guerra contra los indios. Comprende que el interés de los españoles está en rematar cuanto antes las escaramuzas, por acometidas rápidas y audaces, antes de que la masa contraria logre envolverlos y abrumarlos a ellos como una nube densísima. No se trata allí de fuerzas semejantes, en número y armas y esgrima; hay una diferencia monstruosa que es necesario suplir con una táctica especial. Dice a sus soldados de infantería que omitan los tajos y cuchilladas, y a sus caballeros encarga que dirijan la lanza al rostro y renuncien a los botes. Llevando la lanza baja, como en la esgrima europea se usara con el intento de alzar del arzón al adversario, corríase el peligro de que los indios, formados en montón compacto, prendieran la lanza con las manos y la rompieran, como en efecto ocurrió en Tlascala. Eran un país y una guerra diferentes, que los conquistadores necesitaron aprender a costa de apuros. Así también el tajo y la cuchillada usábanse en los encuentros europeos entre ejércitos iguales o proporcionados; la cuchillada no compromete tanto al que la da, pues tiene la rodela para resguardarse; los duelos duraban mucho tiempo, en pleno combate, y una herida somera o la prisión daba fin a la pelea. Pero el español que caía en manos de los indios, pronto iba a regar con su sangre los santuarios de los ídolos repugnantes. Y era preciso romper aquellas masas de combatientes, que avanzaban como olas... Tirarse a fondo, embestir de punta, arrostrar la estocada directa, matar de un único golpe; esto lo imponían la necesidad de aquella guerra diferente.

El soldado antiguo se dedicaba a las armas como un profesional. No se parecía al soldado recluta de hoy; era guerrero de oficio, y entraba en el oficio por virtud de una selección. Esgrimista, acorazado, batido por infinitas pruebas, aquel hombre de armas se apartaba en todo del burgués o del simple ciudadano.

Esta selección del hombre de armas antiguo, todavía se apuraba y refinaba más entre los conquistadores. Quien no tuviera el brazo duro y el ánimo templado, podía quedarse en las poblaciones tranquilas. El clima, los trabajos y las batallas iban omitiendo a los débiles y desanimados. Poco después de desembarcar en Méjico, unos cuantos soldados hubieron de perecer, «a causa, dice el capitán Bernal Díaz, del calor y del peso de las armas, porque eran gentes jóvenes y delicadas». No; los delicados no debían seguir. Y no era necesario destituirlos, porque la misma naturaleza de la campaña los suprimía con los fatales medios de la verdadera selección: la muerte.

Francisco Pizarro exagera como nadie el método seleccionador. No obstante lo exiguo de su tropa, a pesar del precio que en una aventura como aquella tenía el hombre, el capitán quiere que sus soldados no sean valores numéricos, sino positivas personalidades guerreras. Y antes de aventurarse en los terrores andinos y en el enigma de Caxamalca, dice a sus hombres que lo piensen bien... El que no se sienta bastante animado tendrá benigna y honrosa licencia para tornarse a la costa. Esta última selección no fué estéril; sin duda había en la mesnada algunos soldados flojos. Cinco españoles de a caballo y cuatro de a pie aceptan la invitación y retroceden a la ciudad de San Miguel. Entonces declara Pizarro que, en último caso, él marchará a conquistar el Perú con los hombres que le queden, «pocos o muchos».

Nosotros estamos habituados a la idea de multitud, mientras que en algunas épocas ha disfrutado el hombre solo una consideración que ciertamente nos extraña. El ejemplar del caudillo, del campeón, del héroe, es un concepto para nosotros bastante vago y casi inverosímil. Pero es verdad que en ciertos momentos el profesional de las armas ha sido una persona temible, poderosísima y hasta invulnerable. El tipo de Aquiles, de Rolando y del Cid no podemos achacarlo ligeramente a la hipérbole de los pueblos o de los poetas; ha existido de veras y lógicamente.

Habituados nosotros a la ley democrática de la recluta, olvidamos que otras veces la recluta era de índole aristocrática y alcanzaba sólo a los aptos, a los mejores. Hoy todos tienen derecho al empleo del soldado, siempre que dispongan de ciertas medidas o proporciones físicas; la resistencia corporal, el ánimo y el valor, se les suponen, y basta.

En otros tiempos no podía ser soldado quien quisiera. El peso de las armas era excesivo, y la esgrima obligaba a un largo aprendizaje. Hábil en saberse cubrir con el escudo, diestro en la espada, blandiendo con facilidad la pica y cubierto de oportunas defensas, aquel hombre de guerra era ciertamente poderoso. Si entre todos sobresalía el soldado de fuerte musculatura, de gran salud y de un brío imperativo, entonces no parece difícil que el capitán, el héroe, arrostrase las mayores empresas.

En las tropas de los conquistadores resaltan numerosos estos ejemplares de héroes. Los principales, como Hernán Cortés y Pizarro, absorben nuestra atención demasiado; si miramos junto a ellos, veremos que marchan a la gloria asistidos de muchos capitanes, que son, cada uno, aptos para ultimar iguales empresas que las de los mismos caudillos a quienes sirven.

La fuerza, el ánimo resistente, el valor más sublime se muestra en aquellos hombres y en aquellos encuentros, donde las hazañas homéricas adquieren realidad. Parece que por último hallan evidencia las enormidades de los libros de caballerías. Aquellas versiones medioevales, en que un caballero solo defiende la puerta de una ciudad contra un ejército entero, resultan, pues, veraces y comprensibles. No diez, sino cien, cientos de indios pugnaban a veces contra cada español; los soldados se fatigaban de herir, y no era tan horrible el peligro de la pelea como el pensar en lo insuperable y monstruoso de aquella masa inextinguible, entre cuyos recodos y senos no podían apenas maniobrar los caballos ni jugar las escopetas. De esta especie de sofocamiento, dentro de una masa tupida y pertinaz, padecieron mucho los soldados de Cortés.

Si los indios mostrábanse, en ocasiones, tímidos y medrosos, otras veces peleaban fanatizados, con una obstinación furiosa, que no cedía hasta la muerte. Algunos pueblos eran valerosos y muy aguerridos. Pronto, además, adoptaron los sistemas defensivos de los españoles, aprendiendo a cubrirse con petos de algodón acolchado, con rodelas, con yelmos. Su astucia y su aptitud para la doblez y el espionaje, con el veneno en que untaban sus saetas, hacían que los conquistadores viviesen en constante inquietud y soportaran heridas y trabajos penosísimos.

Sólo unas almas de tan recio temple como aquéllas podían superar tales contrariedades, que eran, en efecto, dignas de gigantes.

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