CAPÍTULO VI EL CID COMO PRECURSOR DE LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA
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LOS hombres varían poco a través del tiempo, en cuanto a los caracteres y modos fundamentales; variamos nuestro modo de vestir, cambiamos la forma de las leyes y de los sistemas de locomoción, pero en lo íntimo somos consecuentes.
Leyendo las incomparables estrofas de Mío Cid nos encontramos con relatos y episodios que parecen escritos por un cronista del siglo XVI. Y todo el que sienta hondamente la epopeya de América, reconocerá que los conquistadores, expresa o infusamente, estaban influídos por el poema del Cid.
Muchos de los conquistadores, por su rudimentaria cultura, no conocían directamente el viejo poema castellano; pero a través de los romances, cuentos y tradiciones, es seguro que España entera se hallaba saturada del espíritu y hasta los pormenores del héroe de Vivar.
Este era un hombre representativo que asumió todas las esencias del alma española, y que, por ley natural que nunca falla, sirvió de guía y modelo a las generaciones sucedentes. El Cid, como perfecto héroe nacional, dió el tono a España, y para comprender esto no necesitamos acudir a los ejemplos literarios, como son los romances y las numerosas comedias que han surgido de los episodios del Cid; la influencia más viva y práctica la tenemos en la conquista de América.
Lo cierto es que Hernán Cortés y Francisco Pizarro efectúan sus empresas en una forma que en ocasiones parece copiada del mismo poema de Mío Cid.
Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas, verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de Valencia.
«Quien quiere perder cuenta e venir a rritad, viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar. Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar. Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar; grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»
Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco siglos antes, encargó a Minaya.
«Enviar vos quiero a Castiella con mandado desta batalla que habemos arrancado; al rey Alfonso que me ha airado quiérol enviar en don treinta cavallos, todos con siellas e muy bien enfrenados, señas espadas de los arzones colgando.»
Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que aquellos temerarios aventureros se hicieron todos ricos en un instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.
Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,
«...tornós el de Bivar, junto con sus mesnadas, compesós de alegrar de la ganancia que han fecha maravillosa e grand; tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»
Pasa por todo el poema de Mío Cid un aire de aventura y de conquista, de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.
Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y como adversario formal.
El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un hidalgo fornido y valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey; hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de conquistador es único en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen más que reproducirlo y calcarlo.
Hay en el Cid un tono de aventura a la española que parece un anticipo o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad, con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los infieles.
Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.
¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de Mío Cid ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.
«Ya caballeros decir vos he la verdad: qui en un logar mora siempre, lo so puede menguar.»
¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada hacia una ambición de dominio y de gloria?
El poeta de Mío Cid añade en seguida:
«Cras a la mañana pensemos cabalgar, dexat estas posadas e iremos adelant...»
Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental palabra adelante, que al oído del soldado suena como la voz de un deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro, hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!
Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y practicaban la caballería. Los libros de caballería, por tanto, tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir el Quijote, acerba condenación de la caballería? Ningún otro país europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.
El quijotismo estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de Méjico y del Perú?
Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del filisteo; combatió la caballería y todo el trastorno imaginativo y social que comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los veinte años él mismo hubiera cantado la caballería, puesto que él la practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su vida era ya un fracaso.
Sentíase viejo y tomó el partido de los negadores, de los pesimistas, de los críticos, de los prudentes y los filisteos; de todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la indemnización del Quijote!