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Los Conquistadores

APÉNDICES

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I EL AMANERAMIENTO HISTÓRICO

LA labor de los historiadores viene actuando sobre esa selva del descubrimiento y conquista del continente americano, y es una labor difícil, no obstante lo próximo del hecho, porque también conoce la Historia del mundo pocos actos en que la fantasía se haya inmiscuido tan abundantemente.

Todo suceso histórico es apto para recibir la cópula del error, y la mentira, en sus infinitas variedades, no sólo acompaña, precede y sigue al hecho, sino que se mezcla y volatiliza en él, hasta formar la mentira y el acto un mismo cuerpo. Si se trata de un acto religioso, pronto se inmiscuye la mentira, y pronto, también, queda en pie solamente la leyenda o el milagro, con exclusión a veces absoluta del hecho real. En vano iremos a preguntar pormenores de Mahoma y el mahometismo, por que una montaña de leyendas habrá sofocado toda huella de luz. Y si el hecho histórico es de carácter político o militar, ya se sabe (tenemos contemporáneamente la experiencia), que el interés de los bandos, la argucia de los Gobiernos, la parcialidad de combatientes y espectadores interpolan en seguida los fraudes, las omisiones o las referencias o añadiduras tendenciosas.

En América era doblemente indispensable que interviniese la fantasía, y no por interés de un bando contra otro bando, sino por la misma naturaleza del hecho. Poned hoy mismo a unos cuantos soldados, capitanes y marineros en el trance de tener que descubrir en plena mar un gran continente distinto a todo lo que conocemos, y cuando esa gente vuelva, a retazos distanciados y a través de terribles dificultades, sus relaciones serán una amalgama de fenómenos exagerados o torcidos.

Los primeros historiadores de América no son los que menos contribuyeron a esa obra de desorientación. Por fortuna estaban los cronistas veraces, los simples soldados, como Jerez y Bernal Díaz del Castillo, que narraban lo que vieran por sus ojos o escucharan a los compañeros, sin añadir más fantasía que aquella que es inexcusable y perdonable a todo ser dotado de imaginación. Pero estos cronistas no fueron siempre los más atendidos por el público universal. Tipos de carácter arribista, como sin duda era Amérigo Vespucci, andaban entonces dentro de las empresas españolas y ellos daban al público las referencias quiméricas que el vulgo de toda hora suele desear.

Después intervinieron los historiadores «profesionales» y éstos añadieron complicación a la leyenda. Eran gentes universitarias, doctos de toga y de hábito, que se apresuraron a interpretar la historia de las Indias sobre el patrón de los modelos clásicos. Llenos de la ampulosidad universitaria, entre pedantesca e ingenua, atribuían a los pobres indios los usos, las palabras y la cultura de los griegos y romanos. El Renacimiento estaba entonces en la atmósfera y todos se contagiaban de él; los héroes de Homero y las páginas de Cicerón no se apartaban de las mentes. Y a la vez pesaba en las imaginaciones el brillo de los libros de caballería y el régimen feudal.

No había rubor en atribuir a los mejicanos, por ejemplo, el sistema de las órdenes militares y religiosas, tal como existían en la Europa cristiana. Atribuíanse en general a los indios usos y costumbres que sólo estaban en la mente de esos historiadores universitarios, maniáticos del clasicismo y llenos del musgo de las aulas. La sensiblería indiana, inaugurada por aquel Las Casas, perfecto precursor de los hispanófobos anglicanos y enciclopedistas, se nutrió de tales historias amañadas.

El indio, como todo salvaje, poseía los pecados en mucho mayor número que las virtudes; pueblos tan prácticos y racionalistas como los anglosajones no han titubeado en destruir y acorralar al indio, sin duda por su incapacidad de civilización; sólo los españoles, por exceso de humanidad, por torpeza o por falta de sentido práctico, se empeñaron en incorporar al indio a su vida social y religiosa.

II LOS PILOTOS CANTÁBRICOS

ANDALUCES y extremeños sellaron con su cuño el continente de América, dándole carácter y estableciendo una sólida civilización. No sería justo, sin embargo, olvidar la poderosa ayuda que desde el principio recibieron los grandes exploradores y conquistadores por parte de las gentes del Norte de la Península: gallegos, asturianos, montañeses y vascongados.

Toda esa larga y complicada faja del litoral cantábrico se ha distinguido en la Historia por su afición a las empresas de la mar y de la guerra. La Reconquista se inició en el Cantábrico, y después, hasta su finalización, los cántabros actuaron asiduamente en aquella obra secular. El litoral cantábrico y las rías gallegas han proporcionado siempre a Castilla el contingente marino que necesitaba la política castellana para su labor unificadora y de expansión universal.

No debe olvidarse que los apellidos próceres de España, las estirpes mas nobles y distinguidas en la guerra, en el mando y en las letras, provienen en su mayor parte del litoral cantábrico, desde Galicia hasta Navarra. Pero no debemos olvidar tampoco que esas estirpes, nacidas en la espesura montañosa y el ruralismo cantábricos, se han hecho ilustres y eficaces al ingresar en la vida más amplia, abierta y caudalosa de Castilla. El Cantábrico diríamos que halla su fin natural en el resto de España, y que sus actos y sus hombres cobran firmeza y densidad al ser traspasados fuera de los montes. Así los apellidos de Santillana, Menéndez, Quirós, Quevedo, Ayala, Guevara, Mendoza y tantos otros, siendo obscuros en su país de origen, al generarse después en Castilla adquirieron extraordinario vigor.

Es la gente, por lo demás, que pedía Castilla para sus empresas; hombres de acción y de codicia, duros en la mar, valientes en la guerra, grandes y obstinados trabajadores. Desde el primer momento aparecen en América como pilotos, cartógrafos, soldados y pobladores.

Es curioso observar cómo la gente vasca del Renacimiento se adaptó al destino y al carácter castellanos, y se alió de buen grado e íntimamente a las empresas mundiales españolas. Es verdad que el Renacimiento tuvo la virtud de remover las razas y de engrandecerlas, inspirándoles el sentido de lo sublime y de lo universal. El país vasco salió también él de su ruralismo y osó a la universalidad; sus hombres comprendieron la grandeza de la hora y se incorporaron al ímpetu universalista de la España de entonces. Pocos hombres han tenido tan alto el sentido de la universalidad como San Ignacio de Loyola. Dando el primero la vuelta al mundo significó por su parte Elcano ese espíritu universalista.

Como todos los cantábricos en general, el vasco tenía las cualidades que distinguen al hombre de acción y que se requerían para aquellas empresas: valor, voluntad, largo aliento y amor de la aventura. Pero además de esto, poseían para aquellos trances homéricos la capacidad del tozudo trabajo. Iban, pues, en oficio de marinos y soldados; pero también iban como trabajadores. Ya entonces debía de ser el vasco lo que ahora es: una persona mezcla de aventurero, de contratista y de aspirante a millonario. Para abrir minas y caminos, para improvisar puentes y embarcaderos, los vascos eran sin duda materia presta e idónea. Así nos lo revela, por ejemplo, la relación que Gil González hace del paso y utilización del Istmo de Panamá. Vemos, pues, a Núñez de Balboa descubrir el mar del Sur después de increíbles trabajos, y le vemos empeñado en trazar un camino de trocha que a través de las sierras y los bosques habilitase las costas del océano recién descubierto. La tentativa de abrir el camino se malogra dos veces. Mueren las caballerías, perecen los obreros, la empresa equivale a un heroísmo...

«Fué forzoso abrir camino por otra parte mucho más espesa, e aún fué menester por la mucha espesura del monte con pilotos e agujas de marear entender en ello para sacarle el más derecho que ser pudiere... Entre la gente que es muerta desta armada después que salí en estos reinos (Panamá), que son veinte personas, ha sido la mayor parte dellos vizcaínos (vascongados).»

La gente cántabra llegó desde el principio a América, y no ha cesado de actuar en aquel continente, hasta nuestros mismos días. Llena está América de apellidos vascongados. Embarcaron con Colón, Cortés y Pizarro a servir de marinos, soldados, ingenieros y constructores de calzadas; más tarde fueron en calidad de evangelizadores; por último se lanzaron a los negocios de la colonización, fundando establecimientos de agricultura y flotas navieras tan importantes como la célebre Compañía de Caracas.

Diríase que América ha sido la providencia del país cantábrico, como si, en efecto, estuvieran conformado por el destino a la medida de América. La Pampa argentina ha recibido durante mucho tiempo la visita del inmigrante vasco, en una época en que pocos querían arriesgarse a las contingencias de una dudosa expatriación. Es así que en el poema argentino de «Martín Fierro», que expresa tan realmente el estado de aquel país a mediados del siglo XIX, los únicos personajes exóticos son el napolitano y el vascongado. El vasco era sin duda ya entonces un individuo que se hallaba en todas las partes de la Pampa, porque el héroe del poema, el gaucho Martín Fierro, al narrar un episodio dice como la cosa más natural:

«Se tiró al suelo al dentrar, «le dió un empellón a un vasco», y me alargó un medio frasco, diciendo: Beba, cuñao...»

Colaboradores asiduos, ardientes y numerosos, ¿cómo es, sin embargo, que los cántabros no hayan dado a la historia de la conquista de América un nombre resaltante, único y genial como Cortés, Pizarro o Balboa?

Es un hecho extraño y perturbador que hayan tenido que ocupar siempre un puesto de segundo orden, el puesto del ayudante o del colaborador. Es en cierto modo trágica esa predisposición de la gente vasca a detenerse en el penúltimo escalón de la nombradía, y el figurar en las grandes empresas como piloto, y no como capitán. Esto es más notable y dramático, y desde luego digno de estudio, si se considera que el vasco posee las cualidades que exige el primer puesto: vanidad, ambición, sed de renombre y gloria, anhelo de la jerarquía.

Lo cierto es que el vasco siempre se halló en los grandes hechos, pero no como capitán, sino en calidad de piloto. Es el Andagoya que prepara los barcos y explora las playas; pero el que conquistará Perú será Pizarro. Es Elcano quien rodeará el mundo por primera vez; pero saldrá de piloto en la expedición, y Magallanes logrará el premio inmortal del viaje. Esto se repite siempre y en todos los sitios; el vasco anda cerca del generalato, de la genialidad, y no logra dar el salto decisivo. En la batalla de Pavía es el soldado vasco Juan de Urbieta quien se halla más cerca de Francisco I y le toma la espada; pero está cerca, está al borde del éxito, y no es él precisamente quien gana la batalla. En arte, en política, en todos los afanes príncipes busca el vasco el lugar del peligro y de la gloria, ¡y no consigue la genialidad, y se limita a ser piloto!...

¿Por qué? ¿Hay una fatalidad en los pueblos? ¿Hay un efecto de casualidad, de oportunidad?

Sutilizando el hecho, podríamos atribuir ese fenómeno del vasco secundario como producto de la democracia vascongada. Exento de tradición monárquica y señorial, exento de ciudades y de cultura propia, el país vasco ha tenido que carecer por consiguiente del verdadero instinto del lujo y del mando. En un país de celosa igualdad, el hombre ambicioso, vano y vehemente necesitó buscar fuera un campo para sus hazañas. Pero desde el principio estaba en situación de inferioridad frente a otros hombres naturalmente próceres, altivos, seguros de su rango y que por tradición frecuentaban la corte y asumían en la familia los cargos eminentes de la guerra y el mando político. El sentido natural y fatal del mando: he ahí lo que tal vez les faltó a los vascos, que no obstante poseían toda la codicia y la ardiente sed del mando.

El cántabro ha sido principalmente rural. El ruralismo se distingue por un cierto titubeo, por una timidez, por una duda constante, por fiar a la astucia y a la espera el éxito de los propósitos. Pero el gobierno de la genialidad requiere otros caminos; para ser capitán es preciso la aptitud convencida, instintiva, rápida e indiscutible del mando. El hombre de mando no duda; hace como los reyes de origen divino; siente que una fuerza extrahumana lo ha puesto al frente de la empresa. Este era el caso de Hernán Cortés.

III EJEMPLO DE UNA RECLUTA DE CONQUISTADORES

(Bernal Díaz del Castillo. “Conquista de la Nueva España”. Cap. XXI.)

«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salimos en tierra, y como los vecinos lo supieron, luego fueron a recibir a Cortés y a todos nosotros los que veniamos en su compañía, y a darnos el parabien venido a su villa, y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque habia en aquella villa poblados muy buenos hidalgos; y luego mandó Cortés poner su estandarte delante de su posada y dar pregones, como se habia hecho en la villa de Santiago, y mandó buscar todas las ballestas y escopetas que habia y comprar otras cosas necesarias y aun bastimentos; y de aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros, y todos hermanos, que fué el capitán Pedro de Albarado y Gonzalo de Albarado y Jorge de Albarado y Gonzalo y Gomez e Juan de Albarado el viejo, que era bastardo; el capitán Pedro de Albarado es el por muchas veces nombrado; e tambien salió de aquesta villa Alonso de Avila, natural de Avila, capitán que fué cuando lo de Grijalva, e salió Juan de Escalante e Pedro Sanchez Farfan, natural de Sevilla, y Gonzalo Mejía, que fué tesorero en lo de Méjico, e un Baena y Juanes de Fuenterrabía, y Cristóbal de Olí, que fué forzado, que fué maestre de campo en la toma de la ciudad de Méjico y en todas las guerras de la Nueva España, e Ortiz el músico, e un Gaspar Sánchez, sobrino del tesorero de Cuba, e un Diego de Pineda o Pinedo, y un Alonso Rodriguez, que tenia unas minas ricas de oro, y un Bartolomé García y otros hidalgos que no me acuerdo sus nombres, y todas personas de mucha valía. Y desde la Trinidad escribió Cortés a la villa de Santispíritus, que estaba de allí diez y ocho leguas, haciendo saber a todos los vecinos cómo iba a aquel viaje a servir a su majestad, y con palabras sabrosas e ofrecimientos para atraer a sí muchas personas de calidad que estaban en aquella villa poblados, que se decían Alonso Hernández Puertocarrero, primo del conde de Medellin, y Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor e gobernador que fué ocho meses, y capitán que después fué en la Nueva España, y a Juan Velazquez de Leon, pariente del gobernador Velazquez, y Rodrigo Rangel y Gonzalo Lopez de Jimena y su hermano Juan Lopez, y Juan Sedeño. Este Juan Sedeño era vecino de aquella villa; y declarólo así porque habia en nuestra armada otros dos Juan Sedeños; y todos estos que he nombrado, personas muy generosas, vinieron a la villa de la Trinidad, donde Cortés estaba; y como lo supo que venian, los salió a recebir con todos nosotros los soldados que estábamos en su compañía, y se dispararon muchos tiros de artillería y les mostró mucho amor, y ellos le tenian grande acato. Digamos ahora cómo todas las personas que he nombrado, vecinos de la Trinidad, tenian en sus estancias, donde hacian el pan cazabe, y manadas de puercos cerca de aquella villa, y cada uno procuró de poner el mas bastimento que podia. Pues estando desta manera recogiendo soldados y comprando caballos, que en aquella sazon e tiempo no los habia, sino muy pocos y caros; y como aquel hidalgo por mí ya nombrado, que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, no tenia caballo ni aun de qué comprallo, Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro que traia en la ropa de terciopelo que mandó hacer en Santiago de Cuba (como dicho tengo); y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, vecino de la misma Habana, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño, fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiado, y se fué el Juan Sedeño con nosotros. Ya teníamos once navíos, y todo se nos hacia prósperamente, gracias a Dios por ello; y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velazquez cartas y mandamientos para que detengan la armada a Cortés, lo cual verán adelante lo que pasó.»

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