← Table of contents
Los Conquistadores

CAPÍTULO III PLUS ULTRA

Reading edition

ROZAMOS las monedas con los dedos y apenas si nunca nos fijamos en el blasón de su anverso; pasamos nuestras miradas distraídas sobre el escudo nacional que campea en los edificios públicos, y no nos detenemos a reflexionar acerca de su sentido emblemático. El eterno desgaste cotidiano roba religiosidad a las cosas y los símbolos más sublimes.

Las dos columnas que encuadran el escudo español, ¡he ahí el símbolo verdaderamente sublime, por el cual nunca morirá el recuerdo de España en el mundo! Las dos columnas quieren significar la superstición y la limitación del mundo entero. «No hay más allá», decía el miedo y la ignorancia de los hombres. De pronto hubo alguien que osó la investigación de lo desconocido, y las columnas fueron sobrepasadas, y el orgullo de los audaces pudo escribir ese mote altanero que abre a la Humanidad una nueva era. «Plus ultra.»

Siempre será imposible arrancar al hombre la facultad de adoración, y el ser más soberbio y rebelde siente alguna vez el prurito de prosternarse ante cualquiera representación de lo sobrenatural o de lo infinito. El hombre no puede prescindir de los símbolos, porque ellos son los lazos materiales que nos unen al ideal. El «Plus ultra» nos descorre milagrosamente un escenario mental, y mudos de asombro vemos levantarse esa creación fantástica, resplandeciente, que se llama América.

Detrás del mote escueto, y por fortuna sonoro, contemplamos una suerte de milagros y de grandezas cuya visión nos aturde. La misma forma geográfica del continente ayuda al goce admirativo. Parece, en efecto, un país providencial, único, separado de los otros continentes, surgiendo como un jardín del seno de los océanos; parece el Paraíso de las narraciones primitivas, el cual, si fué sustraído al hombre por sus pecados, estaba, en cambio, reservado a las edades posteriores como un premio por los afanes y sacrificios humanos. América es el don de los dioses, que perdonan finalmente al hombre. Es el Paraíso arrebatado y luego restituído.

Pues bien, los dioses habían escogido a su pueblo amado para que consumase la obra milagrosa de la restitución del Paraíso. Verdaderamente, sólo España podía consumar el milagro de América.

El mundo estaba incompleto, el mundo era una cosa imprecisa e indelimitada que se cernía en el caos geográfico. Entonces se levantó España, y con un ademán que llamaríamos sencillo, por estar exento de teatralidad y de dolor, ensanchó en toda su extensión el mundo, recorrió los mares en todo su misterio, alumbró los continentes y dió, en fin, realidad a la redondez de la tierra.

Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes. Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo diferencial que España debe reclamar sobre todo.

Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas; cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales, entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización de América.

¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a América.

No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política; se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra trascendental.

A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo, desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura, sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?

Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede llamarse madre. La América española no es un país extraño que al libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings