CAPÍTULO IV LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA
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DESDE muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América. Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.
El mundo se sobresaltó y quedó estupefacto cuando empezaron a correr las primeras noticias de las Indias, que eran llevadas, naturalmente, agrandadas y envueltas en hipérbole, por los pilotos, mercaderes, aventureros y embajadores. Aquellas noticias hablaban de tierras y pueblos, que venían a reproducir y confirmar las relaciones semiolvidadas de Marco-Polo. Un mundo distinto, fresco de originalidad, radiante de juventud y de riquezas, asomaba por el lado de Occidente, ni más ni menos que como un regalo milagroso. Y este regalo venía a caer en la corona de España, ya desde antes favorecida tan grandemente por la Providencia. Pero cuando Cortés entró en Méjico y sujetó aquel imperio al dominio de Carlos V, y cuando un poco después mostró Pizarro la maravilla de su hazaña y el tesoro increíble del Perú, el mundo no supo cómo expresar su asombro. Lo cierto es que el nombre de España, entre el vulgo de Europa, iba adscrito a una idea de fuerza militar, palpable en los campos de Italia, Africa y Francia, y a una idea de oro, pero de oro manante, torrencial, inexhausto.
No debe extrañarnos que Europa procurase reaccionar, y bien pronto, en efecto, saltaron las primeras objeciones. Especialmente fué el siglo XVIII, ese siglo de casacas y de ilustración empolvada, el que mejor objetó y criticó la obra de España en América. Ese siglo racionalista y pacifista era incapaz de sentir el vuelo épico de los conquistadores. Nada, en verdad, tan antagónico como la energía brusca y española de los conquistadores y el intelectualismo sedentario del siglo XVIII.
La conquista de América fué una acción a la española. Cada nación imprime a sus actos el sello que fluye de su propia naturaleza, siempre que esa nación tenga la virtud de la originalidad. No sería prudente que aquí nos detuviéramos a esclarecer si otra nación de Europa del siglo XVI hubiera podido descubrir, dominar y civilizar rápidamente el Nuevo Mundo, como en realidad lo consiguió España. A Portugal le faltaban, indudablemente, fuerzas, densidad y otros elementos; Italia y Alemania no existían como verdaderos Estados homogéneos; Francia carecía de la aptitud colonizadora. En cuanto a Inglaterra, ¿cuántos siglos habría necesitado para completar la obra americana con su sistema de los colonos y las factorías que hubo de inaugurar en los Estados Unidos? En tiempo de Wáshinton las colonias británicas apenas si lograban alejarse algunas leguas de la costa del mar, y todo el interior era una sombra medrosa por donde corrían los indios y los bisontes.
Si América había de ingresar prontamente en el acerbo civilizado, era preciso que osase la empresa un pueblo escogido. Los dioses eligieron a España para esa empresa. Y España se lanzó a la obra, poniendo en ella su sentido heroico de la acción. Este sentido heroico de la actividad, que ha formado alguna vez y eficazmente el espíritu español, dió nacimiento a América. Así ha nacido América a la vida, y nadie puede evitar que así sea. Y España, con su empresa de América, ha cerrado, efectivamente, en la Historia el ciclo de la epopeya romántica, legendaria y milagrosa.
Las objeciones del mundo se han dirigido precisamente contra los personajes de esa epopeya. Con un espíritu cominero y sedentario, lleno de dengues y ascos, se ha querido reducir el tamaño de los conquistadores. Se les ha tomado la cuenta exacta de cada una de sus muertes y de todas las gotas de sangre que necesitaron verter. No se ha mirado al conjunto de la obra ni al total de los resultados; no se ha visto el edificio entero de América, que al cabo del mismo siglo XVI estaba ya concluído y era tan majestuoso. Sólo se han visto y contado las muertes y los abusos, como si alguna epopeya pudo nunca ser realizada por ángeles puros. Ni se ha visto, a través de la sordidez puritana y de las gafas de los racionalistas del siglo XVIII, la nube caballeresca y como mística que envuelve a los conquistadores; tan distintos, ciertamente tan incomprensibles para todas las mentes que no sientan y perciban el genio español.
Una literatura de acarreo se ha obstinado en presentar a los conquistadores como personas bajas y soeces, brutales, con la más ruda brutalidad del más ignorante soldado. Se ha repetido el estúpido lugar común de que América fué conquistada y poblada por las peores gentes de España, y yo escuché a bastantes americanos hacer la misma relación de ese vicio de origen, que les asignaba tan miserables predecesores.
Pero si repasamos las crónicas de la Conquista, constantemente hallaremos ocasión de rectificar al vulgo. Lo cierto es que en las expediciones que se dirigían a América, junto con los inevitables marineros toscos y soldados soeces, marchaba una gruesa multitud de caballeros, aristócratas, hidalgos, segundones, personas de pro, buenos capitanes y gente de toga y de iglesia. Es absolutamente erróneo que embarcase para América lo peor de España. En aquellos tiempos España tenía una verdadera plenitud de caballeros e hidalgos que eran suficientes para acudir a las empresas de Europa y a la aventura de Ultramar. Por eso era fuerte entonces España, por la multitud y densidad de su aristocracia, aquella aristocracia de pequeños caballeros y fuertes hidalgos, que se dispersaron y perdieron, por desgracia, en tantas dilatadas empresas; los cuales, al desaparecer, dejaron a España como sin hueso y sin brío, puesto que los falsos hidalgos de nueva promoción, que después acudieron, ya no tenían la virtud íntimamente aristocrática de los primitivos.
Es indudable que las expediciones se formaban con la flor de las gentes de Andalucía, de Extremadura, de Castilla y del Cantábrico. Buenos pilotos de Vizcaya, de Galicia, de las marinas de Huelva y de las riberas del Guadalquivir; cartógrafos y hasta hombres de letras; artilleros como Candía, el que siguió a Pizarro, y el Catalán, que acompañaba a Cortés; caballeros, en fin, de toda España. Cuando Hurtado de Mendoza quiere fundar a Buenos Aires, lleva, según los cronistas, una multitud de señores y brillantes capitanes, que van en una armada poderosa, todos seducidos por el prestigio del ya famoso y un poco quimérico Río de la Plata. Y en la relación que envían los fundadores de Veracruz al emperador Carlos V, dicen que «Hallándose con deseo de poblar muchos caballeros e hijos-dalgos...»
Efectivamente, las fundaciones de ciudades y la toma de posesión de las tierras descubiertas no se ejecutan rudamente y al modo que harían unos soldados facinerosos. La mayor solemnidad jurídica, el formulismo más civil y ceremonioso preside esos actos, verdaderamente memorables y conmovedores. Blasco Núñez de Balboa penetra solo y armado en la mar del Sur, que acaba de descubrir, y con el estandarte en una mano y la espada en la otra, asesta al mar las cuchilladas de ritual y proclama, en estilo caballeresco: «si hay algún hombre que quiera desdecirle sobre aquella posesión, y si le hay, que salga a defender su protesta».
Lo mismo hace Cortés, lo mismo todos los conquistadores. Y enseguida que se arma una expedición, por modesta que fuere, tienen cuidado de llevar un clérigo y un hombre de toga para que vigilen la campaña, tomen nota del oro que se rescata, reserven el quinto para el rey y pongan orden y decoro formal a todo. En la primera expedición al Yucatán, unos cien soldados, pobres de suyo y sin más propósito que rescatar oro, empeñan sus caudales y llegan a poder armar unos pequeños navíos; a pesar de su modestia en recursos, y ser una simple expedición accidental, se apresuran a contratar un sacerdote para que les diga misa, y un magistrado para los efectos formales y jurídicos.
Las mayores formalidades preceden a la fundación de las poblaciones, que inmediatamente nombran sus cabildos y justicias, y que desde el primer momento adquieren el sentido foral y ciudadano, verdaderamente democrático a la española. Véase la fundación de Veracruz; la formalidad es suprema y convincente. En efecto, convenido que han la necesidad de fundar una villa, el jefe de la expedición, que es Hernán Cortés, reune a los señores y soldados y nombra los alcaldes y regidores que se precisan. Hecho esto, al día siguiente se reunen los alcaldes y regidores y mandan llamar a Hernán Cortés en nombre de la Corona, y le piden que les muestre los poderes y ejecutorias de que dispone. Examinados estos poderes, los magistrados de la villa fallan, por tanto, que el poder legal de Hernán Cortés ha terminado en aquel instante. El poder civil recupera sus derechos y procede con plena soberanía. Entonces, puesto que la armada necesita un capitán, los alcaldes y regidores deliberan concienzudamente y deciden elegir a Cortés como jefe...
Seguramente, aquí se trata de una maniobra que cualquier político moderno, de cualquier aldea constitucional, conoce y sabe tramar. Es claro que Hernán Cortés conocía previamente la decisión del cabildo de Veracruz; pero él y sus hombres tenían un hondo sentido de la autoridad, y no osaban hacer nada sin anteponer el formulismo y la ceremonia de las leyes y de la Justicia.
Antes de entrar en batalla contra los indios, ¿no vemos a los españoles, aún a riesgo de empeorar su situación estratégica, destacar un heraldo y amonestarles seriamente para que se vengan a razones y se sometan al rey de España? Esta casi cómica protestación se repite muchas veces; es como si los españoles quisieran exculparse del crimen que ellos no desean hacer, pero que la necesidad del momento les obliga a hacer... Pero todos sus formulismos, todas sus formalidades jurídicas fueron vanas; la posteridad les ha llamado rudos aventureros, soldados foragidos, gentes sin Dios y sin Ley.
La brillante y lucida hueste que Hernán Cortés preside y lleva a la conquista de Méjico es una hermosa armada de quinientos hombres esforzados, empavesada de banderolas y trémula por el ruido y resplandor de las armas. Es una síntesis de España; es un pedazo de Europa que contiene todo lo estimable de la civilización cristiana y europea. Caballeros, capitanes, clérigos, magistrados, oficiales y artífices; nadie falta allí para completar la síntesis. Es un pequeño mundo que avanza hacia la virginidad del mundo ignorado. No falta ni siquiera la literatura; el propio Hernán Cortés describirá sus actos, como antes César, y allí va con ellos Bernal Díaz del Castillo, que habrá de escribir su famosa historia de La conquista de la nueva España. Es un mundo pequeño, es una tropa pequeñísima para osar tan enorme empresa; pero lleva consigo un aliento excepcional, con el que sabrán incluir aquellos extensos países en el seno de la civilización europea.
El propio Bernal Díaz del Castillo se entusiasma y toma un tono lírico cuando considera la obra que han realizado los españoles. El valiente capitán y rudo historiador, viejo ya en su retiro de Guatemala, echa la mirada hacia atrás, recuerda lo que fué América y lo que es en el momento, y habla con acento emocionado y con legítimo orgullo de todo cuanto le debe el mundo a los conquistadores. Enumera el horror de las idolatrías sanguinarias que los españoles han suprimido; el ferviente cristianismo en que viven las poblaciones indias; el número de monasterios e iglesias que se han erigido en todas partes. Habla de los muchos oficios en que diestramente se emplean los indios, enseñados por los españoles, y cómo los pueblos tienen sus cabildos y justicias y viven en sosiego.
«Digamos cómo todos los demás indios, naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros. Y tienen sus tiendas de los oficios, y obreros, y ganan de comer a ello... Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componer libros de canto llano... Y han plantado en sus tierras y heredades de todos los árboles y frutas que hemos traído de España... Y demás desto, miren los curiosos lectores qué de ciudades, villas y lugares están poblados en estas partes de españoles... Y tengan atención a los obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias reales... Y miren qué hay de hospitales... Y también tengan cuenta cómo en Méjico hay Colegio Universal (Universidad), donde estudian y deprenden la gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y estudios, e hay moldes y maestros de imprimir libros...»
Esto se escribía en 1568, cuarenta años después de la conquista de Méjico. Aproximadamente por aquel tiempo, otro historiador-soldado, tan sabio como discreto, Pedro de Cieza de León, exclama en su Crónica del Perú:
«Y no me paresce que debo pasar de aquí sin decir alguna parte de los males y trabajos que estos españoles y todos los demás padecieron en el descubrimiento destas Indias, porque yo tengo por muy cierto que ninguna nación ni gente que en el mundo haya sido, tantos ha pasado. Cosa es muy digna de notar que en menos de sesenta años se haya descubierto una navegación tan larga y una tierra tan grande y llena de tantas gentes; descubriéndola por montañas muy ásperas y fragosas y por desiertos sin camino, y haberlas conquistado y ganado, y en ellas poblado de nuevo más de doscientas ciudades...»