CAPÍTULO XII LOS CAPITANES
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¡QUÉ diferentes los Ejércitos de ahora, multitudinarios y anónimos, asiáticos por su formación y su finalidad, de aquellas huestes españolas de la Conquista! Se ha dicho de España que es inhábil para crear Ejércitos multitudinarios, y experta como ninguna nación para el manejo de la pequeña tropa. Sin duda, nuestro espíritu guerrero se conforma mejor al estilo griego de combate que al asiático de las grandes masas. Cuando la necesidad ha querido, España luchó con grandes Ejércitos; pero su gusto y su excelencia estaban en las huestes poco numerosas, fáciles de gobernar, donde cada soldado era una persona, y no un número, y en que todos iban electrizados por la energía del capitán.
Estas pequeñas tropas de soldados han desaparecido, tal vez para siempre; por eso es más grato recordarlas ahora. Nuestra alma europea, educada en las tradiciones del individualismo y de la personalidad, se resiste a admitir las formas anónimas, asiáticas, democráticas y como de sufragio universal de este heroísmo moderno y estas multitudes armadas. Nos sentimos más acordes con la forma personal y aristocrática del guerrero antiguo, con el soldado de Grecia, que luchaba al pie de los muros, donde su esposa y sus amigos le reconocían, le alentaban, o con el guerrero medioeval, que a veces peleaba solo contra una tropa entera de adversarios.
Los historiadores de Indias saben reproducir las formas clásicas de la narración en este aprecio individual y detallista de cada soldado. Los héroes que salen entonces de España no son números, con su ficha de identidad colgada al cuello; cada uno de ellos es una persona, y de muchos de ellos conocemos los pormenores, la vida, el grado de valor, los méritos y hasta los detalles psicológicos. Especialmente Bernal Díaz del Castillo, con su hermosa tosquedad de soldado, ¡cómo acierta a interesarnos con sus descripciones personales, que son perfectos retratos varoniles de alto valor artístico! Parece que nos retrae a los tiempos de la buena epopeya, cuando el padre Homero pinta a cada uno de los soldados, lo nombra, dice de dónde es y quiénes eran sus antepasados.
Tan al detalle habla de los conquistadores el bueno de Bernal Díaz, que necesita explicar su acierto y hasta quitarle importancia a su maestría, exclamando: «No es mucho que se me acuerde ahora sus nombres, pues éramos quinientos y cincuenta compañeros, que siempre conversábamos juntos, así en las entradas como en las velas, y en las batallas y encuentros de guerras, e los que mataban de nosotros en las tales peleas...»
Eran compañeros que se ayudaban y proveían; juntos entraban a los peligros, juntos batallaban, y a la noche, en el vivaque, mientras se secaban el sudor o la sangre, trasmitíanse unos a otros los cuentos, historias y fantasías. Conocíanse todos bien al menudo.
Se sabía quién era alegre y quién melancólico, quién de alma atravesada y quién de espíritu generoso. Y como el corazón y los músculos valían en aquella empresa tanto, los historiadores definen las particularidades físicas de cada uno con especial interés. Un capítulo dedica Bernal Díaz del Castillo a retratar a los soldados de Cortés, y su lectura tiene un sabor épico extraordinario, más sugestivo porque está empapado del realismo español.
Pasan, pues, los soldados en esa descripción de Bernal Díaz como una muchedumbre de rostros enérgicos y brazos fornidos. El modo sencillo y fuerte de retratar recuerda al punto la manera de nuestros grandes pintores; estamos viendo hombres como en Velázquez y Zurbarán; pero ¡qué brava categoría de hombres!
Aquí está Pedro de Alvarado, el mayor y principal de los hermanos extremeños que acudieron a todas las empresas del continente. Es el retrato de un capitán brillante, propio para encuadrarse en la grandeza del Renacimiento. «Fué de muy buen cuerpo e bien proporcionado, e tenía el rostro y cara muy alegre y en el mirar muy amoroso; e por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios Tonatio, que quiere decir el sol.»
Aquí está Gonzalo de Sandoval, hidalgo de Medellin, recia figura juvenil (veintidós años), que tenía «la estatura muy bien proporcionada y de razonable cuerpo y membrudo; el pecho alto y ancho, y asimismo la espalda, y de las piernas algo estevado; el rostro tiraba algo a robusto, y la barba y el cabello que se usaba algo crespo y acastañado; y la voz no la tenía muy clara, sino algo espantosa, y ceceaba tanto cuanto».
Aquí pasa «otro buen capitán, que se decía Juan Velázquez de León, natural de Castilla la Vieja: sería de hasta veinte y seis años cuando acá pasó; era de buen cuerpo, e derecho e membrudo, e buena espalda e pecho, e todo bien proporcionado e bien sacado; el rostro robusto, la barba algo crespa e alheñada, e la voz espantosa e gorda...».
Ahora veremos los rasgos morales de estos guerreros, que tienen, como buenos luchadores, visibles y pronunciadas las virtudes esenciales y simples que son necesarias en la guerra, sobre todo en una guerra semi-robinsoniana y casi sobrenatural como la de la Conquista.
Lo que principalmente ponderan los historiadores de Indias en los capitanes es la cualidad del valor, y en seguida resaltan el mérito de la justicia, la generosidad y el amor con los compañeros de trabajos.
Si pudo consumar Hernán Cortés tan inauditas hazañas, fué a causa de su ascendiente personal, de su brillo, de sus cualidades generosas, que arrebataban a los soldados. El capitán que intentase arrastrar a aquellos hombres en empresas siempre penosísimas necesitaba recurrir a esfuerzos psicológicos que correspondían al mundo de la genialidad; las pragmáticas reales, los consejos de disciplina y otros fáciles recursos de los Ejércitos europeos valían bien poco en aquellas incógnitas inmensidades, donde cada hombre era una voluntad temible pronta a la rebeldía.
De Gonzalo de Sandoval cuenta su cronista que «ni era codicioso de haber oro, sino solamente hacer sus cosas como buen capitán esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva-España siempre tenía cuenta de mirar por los soldados que le parecía que lo hacían bien, y les favorecía y ayudaba».
De otro capitán se dice: «Fué muy animoso y de buena conversación; e si algunos bienes tenía en aquel tiempo los repartía con sus compañeros...» Las palabras franco, alegre y justo abundan en estos retratos varoniles, que nos muestran constantemente, no la bestia avara y cruel de los calumniadores históricos, sino un tipo de capitán conquistador, todo macerado en virtudes generosas, exaltadamente varoniles.
A veces salta el ejemplar gracioso, como aquel capitán Pedro de Yrcio, tal vez vizcaíno, que era de mediana estatura y paticorto «e tenía el rostro alegre, e muy plático en demasía que haría e acontecería, e siempre contaba cuentos de don Pedro Girón e del conde de Ureña: era ardid de corazón, e a esta causa le llamábamos Agrajes sin obras».
Otras veces nos conmueve el retrato del capitán sublime y trágico, de la madera de aquel Cristóbal de Olea, castellano viejo, que tenía «buen pecho e espalda, el rostro algo robusto, mas era apacible... e la voz clara». He aquí el tipo predestinado. El rudo Bernal Díaz del Castillo, no se sabe cómo, sin pretenderlo, pues no estaba en su costumbre, deja caer o vagamente insinúa una honda y breve emoción al retratar a este capitán noble, puro, que había de morir como los grandes soldados fieles y fervorosos saben: defendiendo a su señor. Este soldado joven, apacible y de voz clara, «fué en todo lo que le veíamos hacer tan esforzado, e presto en las armas, que le teníamos muy buena voluntad, e le honrábamos».
Era un predestinado; su sino le arrastraba a una muerte fija, insalvable: la del mártir marcial. Parece un héroe calderoniano por su concepto exaltado del honor, pero sin retórica rimada, sino con hechos. «Fué el que escapó de muerte a don Fernando Cortés en lo de Suchimileco, cuando los escuadrones mejicanos le habían derribado del caballo el Romo, e le tenían asido y engarrafado para lo llevar a sacrificar; e asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de Méjico lo tenían otra vez asido muchos mejicanos para lo llevar vivo a sacrificar, e le habían ya herido en una pierna al mismo Cortés. Este esforzado soldado hizo cosas por su persona, que, aunque estaba muy mal herido, mató e acuchilló e dió estocadas a todos los indios que le llevaban a Cortés, que les hizo que lo dejasen, e así le salvó la vida... y el Cristóbal de Olea quedó muerto allí por lo salvar...»
Al escribir estas últimas palabras, la pluma quiere detenerse y dar con ellas por terminado el breve elogio, la somera justificación de los Conquistadores. El capitán Cristóbal de Olea, que insiste en defender a su jefe de la muerte, como si presintiera el sublime destino que necesitaba cumplir Hernán Cortés; ese valiente hidalgo que muere por escudar al general, será, pues, quien cierre la lista de los heroísmos y las maravillas, cuya exposición, demasiado rápida, nos hemos propuesto.
Estos son los hombres que han creado la América. Veamos ahora, finalmente, qué sentido nuevo de la vida trajo a la humanidad el mundo que los Conquistadores inauguraron.