CAPÍTULO II EL SELLO ANDALUZ
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CUANDO se ha visitado Andalucía y Extremadura, después de haber recorrido algunas partes de América, acude a la mente la idea clara del prodigio, y hallamos que el milagro adquiere explicación y realidad. Esto ocurre principalmente porque entre las comarcas que produjeron a los conquistadores y los pueblos americanos, existe ahora mismo una admirable identificación. Un siglo entero de independencia más o menos irritada no ha podido desintegrar o desunir lo que desde el principio enlazó el esfuerzo poderoso de unas personalidades densas. El sello andaluz pervive en América y Sevilla, esa graciosa perla del Guadalquivir, es el origen cívico de lo americano.
Hay en algunas ciudades una simpatía irresistible, que nos obliga a hablar de ellas en tono exaltado; el mismo nombre de Sevilla es por sí solo una voz melodiosa, fuente de ilustres sugericiones. Digamos también que las gracias y los buenos hados suelen visitar de tarde en tarde a los pueblos, y así no hay duda que en la creación de Andalucía ha presidido un genio benévolo; los andaluces tienen razón cuando llaman a su risueño país la tierra de María Santísima.
Sería poco, sin embargo, si Andalucía poseyera únicamente el prestigio de su cielo, de su fino aire y de su amabilidad. Tiene, además, la fuerza, el contenido genial y la aptitud para todo género de grandeza. Asombra de veras esa región positivamente prócer, que en ningún momento de la Historia ha dejado de ser visitada por el soplo divino de la inteligencia. Consideremos que es Andalucía el país a que se refieren las prehistóricas noticias de los iberos, que tenían leyes, versos y escritura mucho antes de que abordaran a las playas españolas los vajeles fenicios y griegos. Y en los grandes museos de Europa, en las vitrinas que corresponden al período de la piedra tallada, siempre hay, junto a las reliquias de Creta, Sicilia o el Peloponeso, unas piedras finamente labradas por manos andaluzas.
Esa gente hábil y despierta, que conoce la cultura tan de antiguo como las razas más príncipes, no ha cesado de mantener contacto con la civilización, y hoy mismo, a través de todas las invasiones que el genio andaluz absorviera y mejorara, se nos muestra Andalucía como un núcleo vivo, palpitante y armónico que acaso está pronto para un nuevo renacimiento.
La idea que se tiene de lo meridional es en cierto sentido desdeñoso, especialmente ahora que los pueblos septentrionales imponen la ley en arte, ciencia y política. Lo meridional quiere decir un poco inferior, decadente, brillante, frívolo, de corto aliento, muelle y externo. Pero Andalucía nos asombra también en este caso, porque siendo una típica expresión de lo meridional contiene, no obstante, hondura y fuerza. ¿Esto es, probablemente, a causa de que Andalucía no participa en todo de las características mediterráneas? Andalucía parece un país orientado hacia el Atlántico mejor que al Mediterráneo, como su río esencial, el Guadalquivir, lo indica. Por otra parte, la gran cuenca del Guadalquivir es una cosa castellana más bien que levantina.
Diremos, en suma, que Andalucía es lo meridional de Castilla, como Castilla es una consecuencia del Cantábrico. Así se realiza, pues, un desplazamiento de españolismo integral que va del Cantábrico a Castilla y de la Mancha a Andalucía, resolviéndose por el Guadalquivir, que da sus aguas al Atlántico, la unión anular de los dos extremos étnicos. El meridionalismo de Andalucía, por cuanto se halla investido de gracia y de fuerza, deberemos situarlo en la calidad del de los pueblos, como Atenas y Florencia, que pudieron cultivar conjuntamente el arte y la energía.
La virtud andaluza estriba en esa facultad de la multiplicación de las aptitudes. He ahí el pueblo que sabe ser fino y muelle, duro y resistente. El retrato que el viejo historiador hace del Marqués de los Vélez, hombre terriblemente valeroso y hercúleo, está muy lejos de la imagen que el vulgo compone a propósito de la gente andaluza.
En un sitio de Sevilla, en aquello que llamaríamos la acrópolis sevillana, los siglos han realizado una insuperable síntesis arquitectónica. El Alcázar muestra su encanto árabe y la delicia de sus íntimos jardines; cerca de él alza su mole gótica la Catedral; la Giralda, acierto de grandiosidad y finura, echa al espacio su encajería de ladrillo; un trozo de Ayuntamiento, también cercano, ofrece su filigrana plateresca; la Lonja, entre el Alcázar y la Catedral, reproduce la serenidad del Renacimiento; y para que nada falte, allí está la portada churrigueresca del palacio arzobispal.
Todo lo contiene Andalucía, y es por esto la verdadera síntesis o expresión de España. Las otras porciones de la nación no expresan ni contienen todos los lados españoles; el Cantábrico, Galicia, Aragón, Cataluña y Levante, la misma Castilla, son fragmentos españoles. Sólo en Andalucía se cumple la totalidad. Por eso aciertan algunos extranjeros cuando imaginan una España del corte y el tono de Andalucía. Por eso muchos extranjeros se defraudan cuando el tren les lleva por las interminables vías castellanas.
Lo verdaderamente español, plenamente español, es Andalucía. En algún momento histórico ha girado la vida española en el seno andaluz, y entonces encontraba España su centro de gravedad.
No debe olvidarse que los principales hechos españoles han sido apadrinados por Andalucía. La Reconquista tuvo allí sus naturales campos de batalla, sus decisivas acciones; en Andalucía adquirió, además, el arabismo un concepto de civilización que no adquiriera en el resto de España, a pesar del oasis de Toledo. Frente a Granada se cerró el broche de la unidad española. ¿Y no fué en Andalucía donde el mismo idioma castellano se pulió, se afinó, se hizo abundante y flexible? Las huestes de Gonzalo de Córdoba, que ilustraron el nombre militar de España en Italia, iban formadas por caballeros y nobles andaluces. La iniciación, el arreglo, la forma, la obra entera de América, partieron de Andalucía.
Aptos para los trabajos de la inteligencia, los andaluces nos abruman con la cifra de sus poetas, humanistas, escritores de todo género, oradores y artistas. Tienen el desenfado y la violencia de Hurtado de Mendoza, la grandiosidad verbal de Herrera, la fuga mística de Granada, la gracia abundante de Góngora. Sus escultores llegan al punto máximo de la religiosidad. Sus pintores son varios, múltiples, y entre todos completan los distintos caracteres de la personalidad española. Murillo es dulce y perfecto; Velázquez asume la realidad y la elegancia; Valdés Leal se reserva la violencia dramática y el barroquismo lacerante de la expresión. El propio Zurbarán, casi del todo andaluz, acude a completar, con su pasmoso y magistral misticismo, la empresa de conjunción española que se cumple en Andalucía.
Pero Andalucía ha creado sobre todo a América. Cuando oímos decir que en América perviven las formas y el espíritu de España, debemos entender que esas formas y ese espíritu son andaluces. De manera que América recibió el ser de España a través de Andalucía, en cuanto Andalucía representa el concepto español más puro, auténtico, y, por consiguiente, total.
Fué una suerte para América que se hubiera encargado Andalucía de infundirle el ser y la civilización; Andalucía era por sí misma un mundo, una nación, un núcleo civilizado en absoluto. Las otras porciones de España no podían arrostrar el trabajo de fecundar un continente. El territorio cantábrico era de sentido rural; Cataluña fallaba por el idioma y en aquella época carecía de virtud expansiva; Castilla estaba lejos del mar y era ella misma incompleta, insuficiente.
Mientras que Andalucía lo poseía todo, y en aquel momento hasta tuvo el instinto de su misión y la ráfaga emocional del entusiasmo. En Andalucía estaba madura la civilización, y el Renacimiento sopló bien pronto en sus palacios y ciudades. Henchida de savia propia y original, Andalucía traspasó a América su contenido cívico y religioso, sus costumbres y su carácter. Toda esa bella zona que comprende desde el valle del Guadalquivir hasta el mar, con la zona adyacente y correlativa de Extremadura, ha sido el país que pobló primeramente América, y que la selló para siempre con su cuño. Las modalidades de esa zona guadalquivireña y extremeña, están ahora mismo palpables en todo lo ancho del nuevo continente. El rumbo y el empaque, el aire de señorío, la repugnancia por la tacañería, el don dadivoso, la hospitalidad caballeresca, el sentido hidalgo y señorial de la vida... todo eso, tan hispano-americano, es de directa progenie andaluza. Esas cualidades pueden hallarse dispersas en otras comarcas españolas; pero todas juntas, en un haz, sólo es posible encontrarlas en Andalucía.
La fuerza expansiva y el pronunciado carácter andaluz son tales, contra lo que supone la frivolidad del vulgo, que Andalucía, en efecto, no consintió, no dió lugar, hizo imposible que otra cualquiera influencia interviniese en el resellamiento de la sociedad americana. América, en rigor, no puede llamarse castellana, ni siquiera española; es propiamente andaluza. Si cabe llamarla castellana y española, será tan solo por cuanto Andalucía representa en una medida excelsa y perfeccionada la idea de Castilla, y, consiguientemente, el concepto de España.
¡Qué madura y qué llena, cuán brillante y animosa aquella Sevilla del 1500; bella por su luz y sus flores; prestigiosa por sus palacios y monumentos; ilustre por sus señores y sus artistas!... Y rica, además, en realidades de oro y en quimeras de remotas aventuras.
Era entonces el núcleo más atrayente de la Península, cuando Toledo declinaba y Madrid no había logrado aún absorber la vida nacional. A las márgenes del Guadalquivir acudían, como a un cauce lógico, todos los que exigían algo de la gloria y de la fortuna, y en algunos autores, como Cervantes, la idea vuela continuamente al escenario de Sevilla, el más digno, por tanto, de cualquier ficción literaria y el único sitio que verdaderamente merecía la pena de ser vivido y narrado.
Poco esfuerzo necesita hacer nuestra imaginación para concebir la complicación de aquella ciudad en aquel tiempo, cuando los naturales motivos de esplendor que posee la comarca se aumentaban con el inaudito trajín de los muelles, punto exclusivo de arranque para las flotas de Indias. Todo espíritu ambicioso tenía que afluir a Sevilla, sede de la pompa religiosa y tablado eximio de las letras; acudían los mercaderes y los armadores, los cartógrafos y los pilotos, los caballeros de mesnada, los simples soldados, los propios pícaros. Junto con ellos se congregaban los ambiciosos de otras naciones: franceses y flamencos y alemanes, y los insuperables maestros de rapacidad, los genoveses. En aquella muchedumbre cosmopolita y heterogénea existían los útiles necesarios para toda expedición. Era una abastecida síntesis del mundo. Así es explicable cómo en las flotas que partían para América marchaban tan completas las cosas y los hombres, de modo que arribando a las Indias era como si una ciudad de Europa se desbordase allí para florecer rápidamente.
Un rumor de fantasía palpitaba en los muelles sevillanos, y las mentiras de los que tornaban, uniéndose a las presunciones de los candidatos de Ultramar, daba cariz supersticioso a los navíos de dorados puentes que flameaban en el cielo andaluz sus banderolas. ¡Qué mágica visión de las nuevas tierras! ¡Qué gran puerta se abría al ensueño en aquellas márgenes del río opulento!... Las señas estaban allí bien evidentes; no valía pensar en subterfugios ni en engañifas. Allí reposaban los fardos de cacao y de pimienta, de azúcar, de café y de cuantos frutos preciados originaba el Nuevo Mundo. Allí bullían también los esclavos inauditos. Del vientre de las naves salían aquellas arcas evidentes, palpables, todas llenas de pasta de oro. ¿Y no era igualmente cierta la llegada de los señores, cubiertos de preseas y servidos por numerosos criados, que antes partieran pobres y con el matalotaje tomado a préstamo?
En aquel jubileo de las Indias pronto los mitos clavaron su espina impaciente en las imaginaciones. La leyenda de Jauja, la versión de Potosí, el sueño del Cerro de la Plata, el país de la Florida y sobre todo, por encima de todas las quimeras, el mito de Eldorado...
Todo era indispensable, sin embargo. El énfasis de la fantasía ha podido siempre obligar al hombre a osar lo inaudito, y sin la ayuda de la quimera hubiera sido imposible que aquellos hombres arrostraran tales trabajos, y pudieran, en fin, entre martirios y fracasos, alzar, para la vida civilizada, la realidad de un continente.