CAPÍTULO XI FRANCISCO PIZARRO
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I
HAY en este conquistador algo como una tristeza inefable, que nos estimula a interesarnos por él y admirarlo más íntimamente.
Es la tristeza del hombre mal nacido, mal criado y peor aventurado, el cual aspira a la grandeza con un anhelo de vindicarse y ennoblecerse, ¡y llega a poseer la fortuna y la gloria demasiado tarde! Y cuando lo consigue todo, muere en forma miserable, obscuramente, a manos de los asesinos.
Otros aventureros habían logrado el triunfo en poco tiempo, de un golpe afortunado; Pizarro necesita perder su juventud en modestas heroicidades y labrar su éxito a fuerza de obstinación. La fortuna le escatima sus mercedes y no le entrega nada de regalo; es el héroe quien debe sojuzgar a la fortuna por el imperio de su voluntad de acero.
Nada le han dado; todo necesita adquirirlo. Carece del linaje y de la cultura de Hernán Cortés; le falta acaso viveza imaginativa y cierta simpatía avasalladora; pierde pronto sus galas juveniles, su risa y desenvoltura, en los primeros y rudos trabajos de reivindicación personal; y cuando, poco a poco, ha hecho respetable su nombre y posee en Panamá alguna hacienda, Pizarro es viejo, grave, sobrio de palabras y está exento de atractiva y brillante fogosidad. Entonces, en un último esfuerzo de voluntad, el conquistador exige salir del anónimo, asalta a la Fortuna, insiste y marcha derecho contra el imperio de los Incas.
Hay en Francisco Pizarro esa grave y vaga tristeza que trasciende de la tierra de Extremadura. Es un ejemplar representativo del país de Trujillo y de Cáceres, austera y bella comarca en que la luz de un cielo ancho y limpio consigue apenas paliar el tono adusto, estoico y noble de las ciudades y de las gentes. Con sus torres cuadradas y sus incontables casas abolengas, Cáceres es un nido de hidalgos, puesto sobre la colina amurallada, dormido en ensueños de lejanía. Rodeado de encinares y extensos campos de labor, Trujillo se encarama igualmente a su colina almenada y tiene, para soñar lejanos sueños, el espectáculo de la tierra infinita. El nervio montuoso de la sierra atraviesa la comarca, y es aquéllo como un lenitivo de dulzura, con sus valles y encañadas donde el viajero descubre repentinamente pueblos idílicos, huertos amables, frondosidad y alegría de campo ingenuo. De este territorio mixto, formado con llanuras religiosas y bucólicos valles, con ciudades guerreras y cándidos montañeses, sacó Francisco Pizarro la mayor cantidad de sus compañeros.
Los que se obstinaron en roer y mezquinar la obra de España en América, necesitaban un hombre a quien acusar de barbarie y en el cual reunir todas las características del aventurero ignorante, inhumano y cruel. Este hombre tipo, esta fiera brutal y carnívora era Pizarro. Y ha sido, en efecto, Francisco Pizarro la víctima propiciatoria que hubo de representar el salvajismo de la conquista española.
Al contrario, este héroe extremeño representa uno de los lados más salientes y gloriosos del carácter español. Si España a causa de su latitud geográfica no puede eximirse de ciertas peculiaridades del meridionalismo, como son la impulsividad, el repentinismo y la ligereza improvisadora, no hay duda que pesan más en su carácter las otras cualidades de obstinación, de insistencia en el propósito, de una como perezosa terquedad. Lo comprueban la lucha secular contra los moros, el empeño de imponer el catolicismo en Europa, la colonización de América, la campaña contra Napoleón, la insistencia de sus guerras civiles, sin contar la absurda y heroica resistencia de sus sitios, universalmente famosos: Numancia, Zaragoza, Gerona.
Francisco Pizarro era hijo bastardo de un capitán. Se ha dicho que en su niñez hacía el oficio de pastor; menos aún, se dice que era porquero. En la tierra de Trujillo abunda mucho la crianza de puercos, y el cuidarlos o pastorearlos no parece que significase allí nunca un desdoro. El cerdo ha sido en Extremadura un blasón heráldico bastante frecuente, y en el mismo escudo originario de los Pizarros se ve, efectivamente, una encina entre dos cerdos rampantes.
Cuidando puercos, descalzo de pie y pierna, el futuro conquistador del Perú bulliría por las cuestas y plazas de su ciudad, ni más ni menos que la generalidad de los chicos extremeños; esos chicos robustos, sanos, honrados, con su color de manzana y sus hermosas facciones, que hoy mismo ofrecen al viajero tan fuertes y ecuánimes ejemplares de humanidad. No sabía escribir. Conocería, acaso, el manejo de las armas, según la costumbre de la época. Era obscuro, inhábil, pobre. Si tenía el brazo musculoso y la sangre caliente, cuando menos no se le conocía por pendenciero, procaz, ni galanteador. Su juventud carece de anécdotas. No se anuncia en él a un futuro bandolero; no mata ni hiere a nadie. Probablemente era un mozo esforzado y ardido; bueno, sincero, noble. La ráfaga que volaba hacia las Indias le arrastró a él, como a tantos otros, y allá se fué con la espada al cinto.
Curioso es advertir cómo en una nacionalidad se presentan frecuentes casos de paralelismo entre personas distintas y derroteros contrarios. Recorriendo la vida de Pizarro no podemos alejar la memoria de Cervantes. He ahí dos hombres de principios infortunados, de vida trabajosa, de heroicidades infructuosas, de un desgaste de la vida sin brillo y sin pasmosa fortuna. Dos hombres que insisten en perseguir el éxito y sólo consiguen lograrlo en la vejez.
Lo cierto es que Francisco Pizarro, puesto que no era un hombre insignificante, pudo ganar ciertos méritos y algunas haciendas en largos años de guerras y expediciones; se halló en múltiples campañas, sufrió hambres y luchas en Tierra Firme y era uno de los pobladores heroicos de Panamá. Pero como él, y con mayores éxitos que él, había numerosos españoles en las islas y en el continente. Y en esta maleza de las mil tentativas sin brillo, en este trabajar cuotidiano y soso, se le pasó lo mejor de la vida. Era, pues, el tipo del héroe que nada debe al nacimiento, a la falacia, ni a la fortuna. Todo se lo amasó y fabricó por sí mismo. Por eso hay en él aquella vaga tristeza de que hablábamos al principio. Porque, en efecto, el triunfo y la gloria son deseables cuando se presentan en plena juventud o cuando vienen a caballo sobre el azar y en forma de lotería; el éxito que hemos trabajado con sangre y con el horror de la larga espera, puede enorgullecernos mucho, pero nos defrauda a la vez por el dejo de la melancolía. Demasiado tarde quiere decir: sentimiento de la ingratitud transcendental ante el desvío o parsimonia de la fortuna.
Pero aquel héroe retardado no desesperaba del porvenir. No era el exitista impetuoso y audaz que se adelanta y que atropella por todo, que exige imperativa y descaradamente; tenía más bien una invencible timidez de hombre humilde y nada brillante. Entonces, entrando ya en la vejez, las primeras noticias del Perú fastuoso llegaron a Panamá. Se hablaba de un país grande y rico, que estaba hacia el lado del Sur, por la mar adelante. Y Francisco Pizarro decidió emprender la inaudita heroicidad.
Puso en la obra todo su dinero, su prestigio honrado, su experiencia y su fe. De qué naturaleza era su fe y su obstinación nos lo han de decir los fracasos, los peligros y las aventuras que soportará el héroe antes de que vea cumplida su hazaña.
La escena de la isla del Gallo se nos presenta como única en la Historia; tiene, por otra parte, un raro carácter de lección psicológica, fuertemente humana y novelesca. Es el instante en que la vida toda de un hombre se derrumba sin remedio y no queda de pie más que aquello que la voluntad osa sostener. La expedición había fracasado; heridos y hambrientos, los soldados rehuyen seguir la campaña; ni imperios fabulosos, ni riquezas y triunfos aparecen por ninguna parte... Es hora de volverse a Panamá. ¡Ah! Los soldados jóvenes e indigentes pueden tornar sin pena, a la espera de una ocasión más propicia; pero Pizarro, ¿qué puede esperar en volviendo? Su hacienda está comprometida, perdida; su renombre también está comprometido; es viejo ya para rehacer dinero y prestigio. Y en lo hondo de su alma hay un grito veraz que le dice que el Perú aguarda al hombre osado, al hombre de fe.
Cuando entonces desnuda la espada, casi loco de ira y de iluminación transcendental; cuando, en ese gesto decisivo de los valientes y los matones, traza en la arena de la playa una línea violenta y vibrante; cuando exclama, en fin: «¡Ea, caballeros, por aquí se va a Panamá a ser pobres, por aquí al Perú a ser ricos y venturosos; quien me quiera bien, que me siga!...» Entonces es cuando el primer capítulo de una emocionante y no igualada novela da comienzo.
El héroe ha saltado la raya; su trémula y violenta mano blande todavía la espada. Once compañeros pasan la raya y firman su cédula para la posteridad. Y mientras los demás se tornan, los aventureros pueden llamarse efectivamente aventureros. Se han quedado solos, desamparados, constreñidos a comer moluscos, locos Robinsones de un naufragio voluntario, ilusos ambiciosos de un ideal lejano, presentido, inconstante.
Nosotros, los modernos, habituados a la rapidez de las distancias, las obras y los fenómenos, ponemos nuestra femenina nerviosidad en todos los casos, y concluímos por inferirle a la vida un daño de disminución. Nuestra vida, de tanto multiplicarse y precipitarse los acontecimientos, concluye por carecer de magnitud y hasta de espacio. Un viaje de varios días no acertamos siquiera a concebirlo; una obra lenta nos irrita.
Pizarro y sus compañeros carecían sin duda de nuestra nerviosidad. Ellos, como hijos de otro tiempo, concebían la vida bien distintamente. La vida era un trozo de eternidad, he ahí todo... Por lo tanto, cada hora tenía un valor correspondiente a la dimensión de la eternidad, y debiéndose realizar las obras para siempre, para eternamente, el plazo de la vida importaba poco; la vida es bastante larga si se sabe emplearla bien. Aquellos hombres confiaban en el tiempo largo; sabían esperar. Esperaron y vencieron.
Pero nuestro ánimo moderno se intimida cuando recordamos que Francisco Pizarro, para poder descubrir la maravilla de Túmbez, aquella puerta marítima del remoto Perú, estuvo navegando y combatiendo por espacio de tres años...
Bien; la puerta ha sido vista y también dominada. Ahora necesitamos seguir al héroe hasta la entraña del Perú.
II
A la vista de la ciudad de Túmbez, después de tres años angustiosos y zozobrantes, el alma taciturna de Francisco Pizarro debió de abrirse como una flor reconcentrada, densa y tardía. Su vida, obscura hasta entonces, tomaba una orientación inexorable y una claridad de gloria universal. Si hay en nosotros momentos de rara y como mística clarividencia, en que el sentido del porvenir se nos revela lúcida y repentinamente, ese instante religioso fué para Pizarro aquél en que viera, por último, las casas, el puerto, los indios, la semicivilización de Túmbez.
Vió, sin duda, toda la grandeza del imperio, que estaba por conquistar todavía, pero cuya existencia se palpaba y ya era suficiente. Sus tres años de fatigas y miserias tenían, pues, una correspondiente compensación. Las noticias y versiones del Perú, vagas y dudosas hasta aquel momento augural, quedaban finalmente confirmadas. Y puesto que él existía, Pizarro estimó que el Perú era suyo... En efecto, a través de los relatos incompletos de los cronistas, nosotros ahora podemos llenar las fallas y lagunas psicológicas; y tal como en el episodio de la isla del Gallo, cuando el héroe desnuda la espada, traza una línea en la arena y convida a los valientes que la traspasen, hay también ahora, delante de la populosa ciudad de Túmbez, una conmoción transcendental en la vida del héroe.
Con un poco esfuerzo imaginativo podemos contemplar a Pizarro, mudo de asombro y trémulo de alegría, fijos sus ojos en la maravilla de la ciudad descubierta. Su habitual gravedad se hacía mayor entonces. Callado, taciturno, encorvado por la religiosidad de la hora su hercúleo y alto cuerpo, Pizarro asistía a la asunción de un vasto país, y, por tanto, al principio de un episodio fundamental para el mundo. El mundo, y primeramente el poderío de España, agrandábase súbitamente con la aportación de aquel nuevo imperio. ¡Y era él, Francisco Pizarro, quien debería ganar y poseer la rica y misteriosa tierra!... Estos momentos augurales, en que aparecía de súbito la fruta de un imperio brillante a los ojos del explorador, y en que el hombre saltaba de un brinco a lomos de la galopante Fortuna, verdaderamente fué entonces y en América cuando tuvieron su mejor realidad.
La aparición de Túmbez define la vida de Pizarro, la orienta para siempre, la transforma sin remedio. El carácter ha cambiado también. Desde aquel instante se introduce en el ánimo del héroe una especie de angustia entusiasta; se llena, se hincha de una impaciente ambición; tiene miedo de perder la dicha que pasa a su lado. Y el hombre obscuro y ecuánime que había sido, he ahí que se emborracha al anuncio de la gloria.
Manda dar la vuelta al Panamá, y apenas cumple el gusto y el deber de abrazar a sus asociados y amigos, rescata el dinero que su penuria le consiente y corre a presentarse en España.
Las cosas han variado del todo. El obscuro soldado se penetra bien de su situación y decide continuar hasta el fin y con la mayor energía aquel juego de azar. Es un buen jugador; tiene alma de estoico y de valiente. Mientras la Fortuna le huye, él espera y aguanta, y hasta consiente morir en un orgulloso olvido; pero ahí se muestra la Fortuna y el héroe pone su vida a una jugada.
Es un nuevo hombre el que nace. Está vibrando de actividad y se crece, materialmente se agranda y multiplica en aptitudes y calidades. Se le ve trocarse en hombre pulido y ostentoso. Marcha a la corte y no se inmuta delante del Emperador. Toma un poco el aire del exitista, porque es indispensable para navegar entre Ministros y cortesanos y para eludir las zancadillas o estorbos del Consejo de Indias. Se viste, pues, de conquistador, cuando en realidad no ha conquistado nada todavía. Es decir, que se compromete todo él, lo pone todo a una jugada, para evitar cualquier retroceso.
Y tanto se ha comprometido, que no duda en apresurar su viaje a costa de saltar por encima de los formulismos oficinescos. Contratada la conquista del Perú con la Corona, recibe los condignos honores y los títulos necesarios; ha prometido reclutar un ejército, que no acaba de completar nunca; impaciente, temeroso de perder la partida, comete un ligero fraude y zarpa de Sevilla sin llenar todas las formalidades. No importa; él subsanará la falta de soldados poniendo lo que le sobre de corazón. Con pocos o muchos, él conquistará el Perú. Y tienen, ciertamente, los actos de Pizarro, esta particularidad: no cuenta el número y la masa de su gente, ni se asusta por la limitación de sus pertrechos y material de guerra; no se para en contar sus arcabuceros y cañones; diríase que tiene una fe ciega en su valor personal, como un héroe de los libros de caballería. Se le habrá de ver, poco antes de atravesar la cordillera, brindar, a quien quisiere, la eximisión del contrato, y despedir sin ira ni pena a los soldados que, efectivamente, por miedo a la aventura, retornan al abrigo del pueblo de San Miguel.
Es un caso especial entre los conquistadores este membrudo y taciturno héroe, que no cuenta, que no pesa su tropa y material por el número o cantidad. Sólo le importa la calidad. Fía en los hombres por lo que tienen, no por lo que representan. Es así el tipo del héroe representativo que da al hombre un valor ilimitado, casi milagroso. Para él un hombre equivale a una infinita posibilidad.
De otro modo sería imposible comprender cómo ninguna fuerza humana se lanzase a tal empeño con tan reducidos recursos. ¿Era inconsciencia? No, porque Pizarro había perdido lo mejor de su vida en experiencias americanas. ¿Era un concepto despreciable del poderío de los Incas? Tampoco podemos presumir que aquel hombre, habituado a las guerras indias y trabajado por tantos peligros, desconociese la gravedad de la empresa o ignorase las fuerzas de un imperio extenso, rico, populoso y organizado.
No hay más que aquella fe en el valor del hombre de que hablábamos. Siéntese Pizarro él mismo tan capaz y resistente, tan apto para lo increíble y excepcional, que aplica a los otros hombres su propio concepto. Su concepto del hombre es infinito. Y no piensa seguramente por ilusorias hipótesis; cada uno de sus hombres lo ha contratado él mismo, lo ha palpado y lo ha probado. Mira a su gente marchar, proceder, desenvolverse. Examina y estudia a sus soldados en los menesteres incontables de la expedición, oye sus murmuraciones, asiste a sus trabajos, pulsa su resistencia en las marchas y escaramuzas. Cuando se interna al fin en la fragosidad de los Andes, Pizarro sabe que no comanda un ejército: manda y dirige a ciento sesenta y cuatro hombres.
Nuestra época tiene un sentido multitudinario y una noción panegírica de la masa y el número; el Renacimiento, al contrario, atribuía al individuo un valor de excepcionalidad, y fué aquel período, es cierto, algo como una sorprendente floración de personalidades. La constitución social de España, con su régimen de hidalgos, prestábase entonces sobremanera a que descollasen los individuos de pro y a la culminación de temperamentos excepcionales. Los hombres de la tierra extremeña eran singularmente aptos para la excepcionalidad individual. Porque en los países de población muy densa, muy abundante, los hombres tienden con facilidad a formar muchedumbres y a convertirse en gente, tanto como en los territorios despoblados y recios los hombres tienden a ser personas. En algunas comarcas numerosas, nutridas, bullentes, del centro de Europa, los hombres se confunden y mezclan con las casas, los sembrados, las ciudades y los talleres, de tal modo, que desaparecen y se anegan en la totalidad; la totalidad es lo único que destaca, como una grande y hermosa nota orquestral. Pero en ciertos países, y uno de ellos es Extremadura, cada pueblo, en la soledad, adquiere una importancia suprema; un simple pastor, en el inmenso despoblado, nos sugiere casi la idea divina de la humanidad. Y aquel hombre está en medio del paisaje como algo extraordinario, inconfundible, parecido a sí mismo, único en el mundo.
Hernán Cortés, con su medio millar de soldados, con su pequeño tropel de marineros, artesanos y mercaderes, supone ya un concepto de multitud y de masa; Pizarro lleva sólo 164 hombres, todos aptos para combatir. Más pobre y apurado de medios que Cortés, cuenta en su tropa tres escopetas... Bien es verdad que llevaba con título de general de artillería al griego animoso, el que pasó de los primeros la raya trascendental en la isla del Gallo, el fiel Candía. Lleva como ayuda, para los lances a distancia, veinte ballesteros... Pero cuenta con una proporción de caballos muy superiores a las otras expediciones; van sesenta y dos caballeros para ciento dos infantes.
Bien, ya todo está en orden y cumplido. Han fundado la ciudad de San Miguel en la costa, para que sea un refugio y un punto de contacto con Panamá, con el mundo. Se ha indagado el régimen del país, espiado a los caciques y explorado los contornos. Es preciso penetrar al corazón del imperio, y sobre todo conviene ir recto al núcleo, al órgano vital del país, al mismo campo del emperador Atahualpa.
Para llegar a la meseta de Caxamalca, donde acampa el gran Inca, será preciso internarse en las gargantas de la cordillera, escalar los puertos de los Andes, llegar al límite de los hielos y las nieves y caer en el seno de un país que se ignora. No se dará, no, un paso que no sea medido. Francisco Pizarro saca del fondo de su ser todas las instintivas o experimentadas cualidades de astucia, observación, inteligencia y tiento. Se aviva en él la naturaleza astuta, y va, en efecto, preparando el salto de tigre poco a poco. Envía mensajeros al emperador, interroga a los indios, adula o amenaza a los caciques. Hácese el imprudente, para desconcertar al adversario, y se deja atraer a la cueva del lobo, prestándose desde luego a ser comido...
De pronto, llegando a los últimos contrafuertes de los Andes, muéstrase a los españoles el camino del puerto; es una escalera tallada en la roca, larga y altísima, dominada por horribles derrumbaderos. Hasta entonces todo ha marchado menos mal; los preparativos de la astucia están bien trabados; pero falta la última prueba y ésta no consiente argucia alguna... Es preciso arriesgarse, jugar a una carta. Los soldados palidecen y aun osan advertir al general el rumbo temerario de la empresa. El general sabe que en la vida del héroe hay un instante que decide precisamente y califica el heroísmo; es el momento en que el camino se estrecha, se hace excepcional, se obstaculiza para los hombres inferiores o medianos. Es el momento en que hace falta jugar. Pizarro juega, salva la cordillera, sigue, y por último cae en pleno campamento de Caxamalca, donde millares de indios rodean a su luminoso y divino Emperador.