CAPÍTULO VII LA CODICIA
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SE ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.
Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere, es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en algún grado la aptitud ideal.
Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra, cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados, descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán, y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y azadones».
Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan posible descubrir el interés hasta en la vida de los mayores mártires!
Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su bandera.
Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo. Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de viejo ni para morir tuvo reposo.
La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra de América, ocupando los puestos avanzados.
Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición milagrosa.
La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y de perlas.
Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban, sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas, viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada, riéndose de su propio fracaso.
Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el arenal...»
Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a carcajadas.
Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro hasta los bordes.
¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones! ¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!
¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés, si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si les anteponía la tentación de los regalos de oro!
Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...» ¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van, al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y mortaldades sin ejemplo.
La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas, presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los nombres y cantidades.
«De todo lo demás—dice Francisco de Je——, sacado el quinto real y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero valía entonces dos o tres veces más que hoy.
¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr, paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho próspero al Nuevo Mundo.
Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de oro, buscando a los acreedores...»
Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo. Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó con los gajes de toda empresa heroica.