← Table of contents
Locura y muerte de Nadie

Prólogo

Reading edition

A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe que aparece en este mundo: el de su propia aparición.

Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando —fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más profundo los antiguos signos de interrogación.

La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines; pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.

A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales, que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable, persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina, mata.

Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.

Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría crispado, convulso.

Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?

Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las manos.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings