7 Auto, bodegón y celos
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El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado de algunas flores raquíticas.
La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la ciudad.
Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un apremiante deseo. El hombre y la cosa originales se producen súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad estalle, para volver a ella los ojos.
En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas —marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas, metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca, retratos, rollos amarillos de papel.
—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.
Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:
—¿Verdad que tardan?
Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los rizos de Matilde, frases mutiladas.
—...una hora..., tardanza...
—...siniestro difícil..., director..., urgente...
—...falso..., catástrofes de pega...
—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...
Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.
—Mi fortuna se fragua entre escombros.
—Se ve que te enamoran los conflictos.
—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos.
—Tienen fe.
—No tienen curiosidad.
—Tú no crees en nada.
Dulcemente, muy bajo:
—...ni siquiera en mí.
A Juan Sánchez solo le llega el mí, un mí ardiente, afilado, inconfundible.
—No es fe, es deseo. Creo que te basta.
Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil, que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes.
Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.
—¡Ya está aquí mi pasado!
Salen todos a recibirlo.
***
La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se enrollan, se resisten al aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica todo.
Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un poeta, de los llamados chirles, cantor de frondas y arroyuelos, constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.
Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le dedica una sorda oración fúnebre.
—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos de metáforas tradicionales, burdamente cosidas con alambre retórico barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos, porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano, y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes, y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso al precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota ilusionado!
La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.
—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!
Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca más a Arturo como buscando refugio.
—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, Arturo. ¡Acción, acción! Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos.
—Es su espuma, su perfume, nada más.
—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la acción!
Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más azorada, solo acierta a decir:
—Bien. Vamos a comer.
Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado, la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.
***
—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.
Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan otras golosinas. Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.
Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo cómplice.
—La señorita va a venir. Pase al comedor.
Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia cristalina: una pirámide.
Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo, conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.
Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, pero dejándolo bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto.
—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.
De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.
Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo, porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.
Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.
Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel, abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se sacia o naufraga definitivamente el deseo.
Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar. Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para siempre deliciosos instantes.
Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en escorzo, donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.
En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.
Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel metálica parece terminar la irradiación de su belleza.
Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer, donde el espíritu fue desalojado por una estación telefónica de innumerables, de opuestas intenciones.
Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen del mundo en torno.
Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con sus islotes rosas, carmesíes.
Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada, aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate. Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los microscópicos abismos una leve espuma.
La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón, se prende a cada brizna de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo, risueñamente.
Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie, chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo deformador.
Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada, ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste, hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.
—Coma. ¿Le gustan?
Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.
Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con todos sus zumos destilando en plena desnudez.
«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna voluptuosidad».
Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.
Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría acechando...
—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.
Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que confiesa:
—Perdóneme. Iba a matarle a usted.
—¿A mí?
—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo.
Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.
—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos, donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser nunca nada, ni antes ni después de existir.
Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan compartida.
Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las bromas inflexibles de la cuarta dimensión.
Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin hirsutos filos.
Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de alguna caravana acabada de engullir.
Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan, lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre relajados.
La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad. En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica.
En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.
Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como armas arrojadizas.
Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los amantes, la extrema temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.
Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.
Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato.