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Locura y muerte de Nadie

3 Amor disperso

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La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un caballero gran cruz.

Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de la calle.

De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.

Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:

¡Incendiaria!

Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de radium de entre algunos quintales de mineral.

Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de voz. Arturo era ya entonces inspector de El Cisne, Sociedad de seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario de La Rosa Blanca, almacén de tejidos, las verdaderas causas del sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.

Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo. ¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con el propietario de La Rosa Blanca, cierta sinuosa viuda de treinta años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...

En la escaramuza brotó la palabra definitiva:

—¡Incendiaria!

Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre. Allí perdió El Cisne gran parte de su prestigio: todo por el matiz poco claro de un insulto.

Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó su requiebro en una desconocida...

Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama. Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos, difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.

Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.

Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de Tristán e Isolda. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand, y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros de frenético amor.

Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte dosis de deleite para seguir viviendo.

Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue rozaría los nervios como un alfiler.

Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.

Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica epidermis del mundo.

La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra, empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.

Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia encajada en los compartimientos del aire.

Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad, blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas, luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen sangrar: la dureza.

Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no saber nada de los hombres.

—¿No vienes?

—Se me ha extraviado un pendiente.

—¡Déjalo!

¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de pureza hay siempre una larga fila de impotencias.

Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es ahora un prodigio de claroscuro.

Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan sabrosos.

¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.

En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por fuera.

—¡Aquí está!

Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a esconderse entre los brazos de Arturo.

***

Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.

Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos extraviados de Arturo.

El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.

—¡Alfredo!

Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad. Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre cualquiera.

Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin futuro, con un fugaz y encantador presente.

Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso. A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo, lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.

Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la sensación y del concepto.

Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca, se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el total y verdadero Arturo.

Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces a climas inéditos.

Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos, libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las delicias de todo el orbe.

Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.

Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.

El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para fines utilitarios.

—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.

—Bien.

Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—, Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:

—Lanuza, 87.

El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.

Sale.

La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En la calle, llama a un chófer:

—Lanuza, 87.

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